La zarpa peluda y almohadillada suspendida en el vació infinito se balanceaba sin fuerzas. Rhaenys ya había desaparecido, engullida por una bestia sin compasión que devoraba todo rastro de luz inundando todo su entorno en una mortuoria tenebrosidad. Ni los ojos penetrantes de Eirian eran capaces de atravesar ese caparazón de tinieblas.
Poco a poco, como si de pequeñas gotas de agua que se colaban en su mente, fue percatándose de lo que había ocurrido. Rhaenys ya no estaba, muy probablemente se hallaba muerta o moribunda en la más profunda de las simas. Se levantó como un autómata. Apenas era consiente del movimiento de sus piernas.
Al otro lado de la sala, en la entrada por la que habían accedido, dos puntos de plata fríos y duros le observaban desde la sombra. Eirian pestañeo un par de veces sin prestar atención a esos ojos que le aguijoneaban desde la distancia. Sus ojos bajaron sin rumbo fijo mientras el resto de su cuerpo corría por los pasillos, bajando, siempre bajando. El tiempo dejo de controlarlo, podrían haber pasado segundos o siglos que el apenas notaría la diferencia.
Las cámaras se sucedían, las grietas y cuevas se bifurcaban en miles de posibilidades. Eirian siempre bajaba. Esqueletos, arañas, Trols, cualquier ser imaginable que habitara esas montañas le salía al encuentro en un intento por devorarle o robarle. No supieron que les vino encima. Como un huracán enfurecido las zarpas del Khajiita hendieron las entrañas de los enemigos.
El rastro de destrucción y muerte que causa un dragón habría pasado desapercibido a su lado. La sangre seca se le acumulaba en el otrora sedoso pelaje que ahora no eran más que grumos. Sus ojos escudriñaban cada ínfimo espacio. La sensación de ser observado se acrecentaba cada vez más, los pasos disimulados se oían como el reverberar de los suyos propios. Eirian sabía que si se daba la vuelta vería esas dos pupilas sin vidas clavadas en su espalda. No lo hizo.
Llegó a una vasta grieta de una profundidad inimaginable tanto por abajo por donde le llegaba el suave rumor de un torrente embravecido cuyo eco llegaba hasta él distorsionado por la distancia. Ya había llegado, tras un puente de piedra, una formación natural sin duda, se distinguía la estela de un sendero que bajaba serpenteando por la pared opuesta del barranco.
Cruzó la mitad del puente cuando oyó el repiquetear del acero contra la roca. Esta vez sí se dio la vuelta. A su izquierda, tan lejos que los dos puntos plateados se perdían entre sombras, su visitante. Justo tras él una bestia como nunca la había visto en vida, leyenda o rumor. Una criatura tan alta como ancha, su cabeza sobrepasaba por mucho la de los gigantes.
Una bestia surgida de la llama y la sombra. Como un animal creado por el fuego y envuelto en el humo oscuro que le cobija. Una cara como la de los bueyes con dos cuernos a ambos lados que se curvaban hacía abajo con siniestros resultados para el observador. Una espalda ancha coronada por dos poderosas y temibles alas quebradas y agujereadas como una colcha raída por las polillas.
En una mano portaba un látigo de un intenso fulgor rojo como el de la piedra incandescente de una fragua. En la otra una espada ancha sin filo de la misma altura que el propio Eirian. No importaba la falta de filo solo el peso de tamaña monstruosidad le partiría en dos como un melón maduro.
Sin embargo no intento huir, se plantó delante de la bestia con espada y escudo, una oscura y brillante pezuña del tamaño de la pata de un dragón piso el frágil puente que se quejó con un murmullo de rocas precipitándose al vacío. La bestia hizo restallar el látigo contra la pared del precipicio y esta brillo donde la habían golpeado.
- ¡No vas a pasar! – rugió como lo hacen los Khajiitas en época de territorialidad, en la que luchan por sus dominios como dictaban sus leyes.
El bramido bajo retumbó en el aire extendiéndose kilómetros y kilómetros en el enrevesado laberinto en el que se encontraba, a decenas de kilómetros de la superficie. La bestia infernal le miró con una curiosidad parecida a la que muestra un predador con una presa nueva. Abrió su gigantesca boca por la que un torbellino de aire caliente escapó chamuscando el pelaje de Eirian.
Un grito de batalla surgió de ese averno incandescente, como el de un rio de lava explotando y fluyendo con violencia, consumiéndolo todo y a todos los que se encuentran en su camino. Eirian se sorprendió como el aire caliente le empujaba hacia atrás lentamente. Sus garras se clavaron en la frágil roca y frenó su avance.
La bestia en un alarde de fuerza decidió acabar de un golpe con tan insignificante presa. Dejó caer su pesada espada sobre Eirian con fuerza.
- ¡Llama de Alduin! – gritó Eirian mientras se mantenía en una pose de bloqueo con su espada puesta para frenar el golpe. Un escudo mágico de celestes colores hizo rebotar la poderosa espada de la criatura haciéndola añicos que se precipitaron por la grieta hasta el fondo del infinito. Un nuevo latigazo restallo cegando momentáneamente a Eirian que rodo por el suelo para evitar la envestida que previó, por poco cae por el borde del puente pero ese no fue su mayor complicación. La bestia, aprovechando su ceguera había avanzado y ahora estaba en el centro del puente a escasos metros de él. Se fijo en como la piedra iba resquebrajándose y fundiendo a medida que el monstruo avanzaba. - ¡No vas a pasar! – clamó a los cuatro vientos al tiempo que haciendo acopio de todas sus fuerzas lanzaba su Thu`um más potente. La roca terminó por partirse pero no como Eirian esperaba. Todo el puente se derrumbó. Ambos contendientes cayeron en el abismo en una lucha a muerte en la que no podían perder. Eirian golpeaba cuando podía acercarse pero era lanzado contra los límites de la grieta, gran parte de la armadura se desprendió en la caída. El fuego y la sombra los cubrían en un abrazo malévolo.
Eirian no sabía cuánto tiempo llevaba cayendo hasta que el calor abrasador fue sustituido repentinamente por un frio congelante y una presión inusitada. Había llegado al torrente de agua. Una fuerte corriente tiro de él como si un muñeco de trapo fuera. Por el rabillo del ojo veía desaparecer el brillo rojo de su enemigo que era arrastrado por algún afluente mientras él era conducido a alguna parte por la línea principal de agua.
Las rocas afiladas del fondo de aquel turbulento rio subterráneo le cortaban como cuchillas al rojo. Y tan de repente como el agua le había absorbido le expulsó, Eirian chocó contra la orilla, una orilla de guijarros gruesos y pulidos con poca pendiente. No tenía fuerzas para arrastrarse y ponerse a salvo por si el caudal aumentaba rápidamente.
Alguien sin embargo si tenía dichas fuerzas y tiró de él hasta sacarlo, eran unas manos finas y femeninas, no parecían capaces de cargar con el peso del Khajiita pero entonces unas garras enormes se entornaron en su cintura y fue izado en el aire hasta un lugar seguro.
Tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente a medida que tosía el agua que se había acumulado en sus pulmones. Unos segundos de reposo y pudo abrir sus ojos azules. Se encontró ante algo que no esperaba volver a ver pero que deseaba volver a hacerlo. La mirada llena de divertimento de Rhaenys. Tenía una sonrisa de suficiencia en el rostro. Tras ella vio los profundos ojos de Paarthurnax, como dos pozos sin fondo de sabiduría.
- Se suponía que eras tú el que tenía que rescatarme y no al revés. Creo que me merezco el puesto de Archimaga. – dijo Rhaenys a modo de saludo mientras le ayudaba a levantarse.
- ¿Y eso por qué? – pregunto entre toses. Aunque profundamente agradecido de que su amiga estuviera bien.
- Veamos… Me he salvado de una caída mortal, he encontrado a Paarthurnax, le he liberado de sus captores y te he salvado de morir ahogado.
- Felicidades, eres la nueva archimaga. – aceptó Eirian mirándola por fin a los ojos habiéndose librado de todo el liquido. – ¿Se puede saber de quién has salvado a Paarthurnax?
- Pues de…
- Ahora no…- les calló el dragón haciéndoles mirar en dirección a la orilla donde la bestia de fuego volvía a erguirse en todo su esplendor como si el baño solo la hubiera vuelto más peligrosa y violenta. – Primero acabemos con él.
- ¿Otra vez tú? – se quejó Eirian llevando la mano al cinto que encontró vacio. Había perdido todas sus armas. – Pues qué bien. ¿No sabrás quien es esta belleza?
- Un monstruo de los tiempos antiguos. Anterior a los dragones y el hombre, anterior a los mismos dioses. Es Morthog, una criatura de fuego y sombra. El ultimo habitante vivo de los seres que habitaban el mundo mucho antes de que el mundo existiera.
- Pues habrá que matarlo – dijo con simpleza Rhaenys.
