Rhaenys nado con todas sus fuerzas, todo lo que llevaba puesto era como una pesada losa que la sumergía aun más en el lago subterráneo. Hacia unos minutos se había soltado de Eirian precipitándose en el vació. La caída fue eterna pero el golpe fue peor. Su cuerpo, apenas cubierto por la fina tela de la túnica Thalmor, golpeo el agua con fuerza. Aun se preguntaba como no se había destrozado todos los huesos, su escudo no había aguantado el impacto contra la superficie tensionada del agua. Se había desvanecido como una pompa de jabón.
El agua entro violentamente por su garganta, por poco se ahoga en los primeros segundos. El pánico la invadió y la necesidad de aire se hizo tan imperiosa que por poco da una profunda bocanada a pesar de hallarse a varios metros por debajo de la superficie. El entrenamiento que recibió del Imperio y de Eirian entro en acción. Su mente bloqueo cualquier deseo o dolor. No importaban. Sus brazos y piernas se agitaron en las heladoras aguas y comenzó a ascender.
Veía puntitos luminosos y la vista se le nublaba pero no sabía si era por la falta de oxigeno o por la oscuridad total que le jugaba malas pasadas a su mente. Al fin, sus manos entumecidas rompieron la calma superficial. La bocanada de aire que tomo a continuación se extendió como la pólvora por la caverna, como si fuera una explosión que habría despertado hasta a los muertos comparada con la silenciosa quietud que invadía el lugar.
Nadó durante largo rato hasta que sus manos doloridas chocaron contra la orilla de roca pétrea. Era una pared lisa y resbaladiza de un metro de altura. Sus uñas se agrietaron y rompieron mientras intentaba trepar pero no le importaba, el entumecimiento hacía que no sentía nada en absoluto, cuando entrara en calor el dolor ya vendría, de momento no le importaría.
Estaba helada y tiritaba de frió pero no se atrevió a encender un fuego para calentarse, no sabía donde estaba y no podía saber lo que había a su alrededor. Miró hacia arriba con la esperanza de ver un punto luminoso, la cámara desde la que había caído. Aumentando su desesperación no vio más que kilómetros y kilómetros de oscuridad por encima, no llegaba ni una pizca de luz.
En ese momento deseo ser una Khajiita, Eirian era capaz de ver en la oscuridad, ella no. Desenganchó el bastón de su espalda y comenzó a andar haciendo un amplio arco con el báculo para saber por donde iba, no quería caerse. La madera bruñida y antigua rozaba el suelo de piedra arrastrando algunas partículas. Andaba lentamente, parando cada pocos segundos al haber creído oír algo que no era más que el sonido de su propia túnica empapada.
La sensación de ser observada había desaparecido, era evidente que alguien los seguía, no era una ilusión producida por la paranoia. Ahora sea quien sea el que los seguía estaría persiguiendo a Eirian. El basto chocó contra algo. Rhaenys tanteo con la mano y descubrió un rectángulo perfecto practicado en la pared que se hundía en la cámara. Se agachó e inspeccionó el suelo con cuidado dándose cuenta que era un pasaje que ascendía.
Siguió andando semiacuclillada utilizando el bastón a modo de ojos, se movía más lentamente para evitar golpear la pared y llamar la atención de lo que sea que hubiera en esas cuevas. La pendiente ascendía lentamente, casi sin darse cuenta se encontró yendo a cuatro patas para poder seguir ascendiendo debido a la exagerada pendiente.
Se colgó el bastón al hombro y siguió avanzando, el frió le estaba pasando factura, sus dientes castañeteaban sin control produciendo un sonido que se extendía a lo largo del corredor. Rezó porque nadie le prestara atención a ese sonido. De pronto se percato que aun llevaba la mascara puesta en la cara, se la quito enseguida y la guardo en la bolsa recordando el tenue brillo que la envolvía.
Siguió avanzando maldiciéndose por lo bajo de ser tan imprudente y olvidadiza. Ahora veía infinitamente mejor, era evidente que el brillo la cegaba y no le permitía ver bien. Ahora era capaz de ver varios metros del túnel antes de que este fuera engullido en las sombras, casi parecía que fuera creándose a medida que ella avanzaba por él. Suelo, paredes y techo parecían limados y pulidos, pero aun mostraban las marcas de los picos y las palas. Ese túnel había sido abierto hace poco, no llegaría a la década de antigüedad, pero no se tenía constancia de que hubiera enanos en estos tiempos.
Su aventura como Sangre de Dragón avanzaba sin pausa pero solo había más y más incógnitas y ninguna respuesta agradable. Rhaenys se paró de golpe, las paredes y el techo desaparecían unos metros por delante. Había llegado al final del túnel, a otra cámara de proporciones colosales, pero era distinta, tenía un tenue fulgor azul por todas partes. Parecía la cueva en la que estaba el pergamino que les permitió aprender el Thu`um de Desgarro de Dragones.
A un par de kilómetros se alzaba un castillo que surgía de la misma roca como si fuera parte de ella. Sabía de la maestría de los enanos pero eso era algo maravilloso, no parecía obra de ningún mortal. Era como si la poderosa estructura hubiera crecido de la propia montaña. En las almenas vio la figura de bravos guerreros sucumbiendo a dragones que se enrollaban y con sus alas de piedra cubrían los puestos de arqueros. Las paredes desde lejos parecían bastas pero a medida que Rhaenys se acercaba podía apreciar la belleza cincelada en la lisa piedra. Si el muro de Alduin la sobrecogió por su perfección, el mural que se hallaba ante ella era un reflejo de la realidad. Cientos de miles de dragones sobrevolaban con orgullo sobre los hombres que no se atrevían a alzar sus cabezas para mirar a sus amos.
Los atrevidos que osaban no solo ver a los dragones sino retarlos caían ante las llamas y era conducido a lo más alto para dar ejemplo de que no debían volver a hacerlo. Rhaenys se detuvo a unos cientos de metros oculta tras unas rocas al pie de una pequeña catarata. La puerta de piedra maciza estaba vigilada por dos seres altos enfundados en armaduras que sin duda Eirian envidiaría. No podía reconocerlos, podían ser Argonianos, Khajiita o humano, la armadura era tan opulenta que ocultaba cualquier rasgo distintivo.
No había ventanas, ni siquiera los ventanucos para los arqueros, los torreones se encontraban muy por encima del suelo para poder treparlos sin cuerda u otra sujeción. Se iba a dar por vencida y alejarse para buscar una salida cuando oyó un murmullo bajo proveniente del castillo seguido de unas risotadas crueles y vulgares, de argoniano. El murmullo se repitió y entonces estuvo segura, era una voz, una voz que conocía muy bien.
La voz de Paarthurnax se filtraba a través del muro impenetrable, un ligero rumor que se colaba entre el aire viciado y llegaba a los oídos de la imperial. El muro era grueso, diseñado para aguantar asedios, no podía estar muy lejos de ella, y debía de haber algún tipo de hendidura o agujero por el que el sonido traspasaba el muro. Se arrastró con cuidado parándose cada segundo para mirar a los guardias. No parecían reparar en ella.
Se pegó a la pared esperando que la falta de luz la confundiera con la roca que había detrás se quito los zapatos reforzados, producían demasiado ruido. Descalza y clavándose toda roca puntiaguda que hubiera llego hasta la pared del castillo donde se escondió de la vista de los guardianes. Una vez estuvo fuera de un peligro inminente se puso a examinar a conciencia cada centímetro de aquella monumental pared.
No había ni un resquicio, grieta o abolladura, solo el mural sobresalía de aquella muralla. Llegó hasta el final de aquel segmento de castillo y se topo con el final de la cueva, el castillo se fundía a la roca de la montaña. No había cuatro paredes solo tres y una montaña entera detrás. Le impresionó pero no lo contempló mucho tiempo pues a sus pies el suelo estaba calido y unos hilillos de humo giraban en el aire surgiendo de una zona que a simple vista parecía igual de hermética, pero al acercarse vio que no era más que una ilusión mágica.
Usando las manos fue probando la anchura de la abertura. No era mayor que la de un ventanuco, pero entraría, con dificultades pero lo haría. Se arrastró a través de la ilusión y acabo por ver el interior de la estancia. Lo que vio la dejo de piedra. Paarthurnax estaba allí, encadenado con las alas inmovilizadas por gruesas argollas, y un bozal de hierro le impedía abrir las fauces pero era capaz de abrirla un poco, lo suficiente para que algo de humo se filtrara entre sus colmillos y ascendiera hasta la ventana en la que se encontraba Rhaenys.
Sus ojos giraron en la cuenca hasta posarse sobre la imperial. Algo parecido a una sonrisa cruzo fugazmente su rostro ancestral. Rhaenys salto al interior de la cámara y sin hacer ruido fue debilitando las cadenas y con un chasquido ruidoso todas cayeron en miles de fragmentos. Un instante después dos argonianos entraron con las armas en alto dispuestos a matar.
No llegaron a saber que les sucedió, Paarthurnax los incinero con una llamarada. Cogió a Rhaenys en su lomo y atravesó el muro de piedra con una explosión de fuego, desplegó las alas y salió volando alejándose rápidamente del castillo y esquivando las flechas que los guardias les lanzaban sin fortuna.
- ¿Qué hacías hay metido, cansino? – preguntó Rhaenys a voz en grito para hacerse oir por encima del viento que generaba el dragón al volar.
- Es una larga historia, ahora me preocupa más encontrara Eirian. He oído a los guardias que Morthog ha escapado a los niveles superiores y que iba detrás del Sangre de Dragón. Dado que la mayor parte del mundo cree que Eirian es el Sangre de Dragón y tú estás aquí, es evidente que está en peligro. – explicó con su habitual parsimonia introduciendo fragmentos de su propio idioma.
- No pienso preguntar cómo has deducido todo eso – sentenció Rhaenys a quien le gustaban las charlas con el dragón pero se volvían pesadas y soporíferas. - ¿Cómo podemos encontrarlo?
- Ya vamos rumbo a él, le huelo. – dijo descendiendo en picado, plegó las alas y se introdujo por una grieta de diez o doce metros. Volteó en el aire frio de una garganta que rugía bajo ellos y Paarthurnax aterrizó sobre una orilla, una hendidura socavada en la pared de la grieta. – Rápido, antes de que se lo lleve de nuevo la corriente. – gruñó señalando con la cabeza el cuerpo de Eirian.
- Ayúdame no podré sola con él. – gritó Rhaenys mientras corría en ayuda de su amigo.
