La criatura enfangada y mojada mostraba una furia tan profunda y malévola que Eirian y Rhaenys se sintieron, durante un instante, intimidados. Eirian aun tosiendo el agua que quedaba en sus pulmones dio un paso al frente y tapó con su cuerpo el de Rhaenys. La imperial bufó indignada y clavó su espada en la cola grisácea del Khajiita.
Este atrapó es rugido de dolor que iba a escapar de entre sus colmillos, Rhaenys le golpeó en el hombro y se puso a su altura. Se miraron un instante, el con el ceño fruncido, ella con indignación y suficiencia; le paso con brusquedad su espada y descolgó su báculo que ya estaba empezando a brillar en la punta enjoyada con minerales.
Paarthurnax a sus espaldas miraba con condescendencia a su contrapartida en el mundo antiguo. El Morthog fue durante milenios, antes de la aparición del hombre y los dragones, el ser supremo del mundo. Pero los dioses aburridos de sus creaciones decidieron poblar la tierra con nuevas criaturas deshaciéndose de los antiguos habitantes.
Ese extraño trío de una humana, un Khajiita y un dragón hizo frente a una criatura que había sobrevivido durante milenios demostrando una fortaleza digna de un dios. El Morthog extendió con un aleteo espasmódico sus alas de cuero ajado que salpicaron con un agua hirviente el suelo a su alrededor lanzando volutas de vapor al aire.
Su pezuña se arrastró por la arena de la orilla creando una zanja ardiente de roca fundida. El cuerpo que hacía unos instantes era pura oscuridad ahora, una vez librado del agua que cubría su cuerpo, era una llamarada cubierta por humo negro. Sus ojos asesinos desde su altura privilegiada, examinaba esa triada de guerreros que acabarían sucumbiendo ante él y ahora estaba planeando a cual atacar.
No pudo terminarse de decidir cuando Eirian se lanzó con un salto de varios metros al cuello de la criatura que reaccionó en el acto. El Khajiita frenó en un segundo y fue lanzado hacia atrás con una fuerza descomunal capaz de desplazar montañas. Morthog había lanzado un puñetazo que acertó en el pecho de Eirian. Chocó con violencia contra el suelo rodando varias veces antes de que sus garras actuaran de ancla. Siguiendo su instinto alargó el brazo y atrapó el de Rhaenys. Pivotó sobre sí mismo a modo de onda y Rhaenys salió despedida como si de una piedra se tratase.
La imperial no sabía que estaba ocurriendo pero aprovechó la situación para juntar sus pies y tensar las piernas. Como si fuera un ariete golpeo el cuello de Morthog que retrocedió un paso antes de apartar a la rubia de un manotazo que le prendió fuego a la mayor parte de la túnica. Por suerte Rhaenys cayó al agua. Paarthurnax alzó el vuelo y embistió a Morthog que era tres veces más grande que él.
Ambas criaturas se enzarzaron en una lucha sin tregua hasta que Morthog sujetándole la cola y un ala lo estampó contra el suelo y luego lo pisoteo antes de darle una patada. Era algo terrorífico que algo pudiera acabar tan fácilmente con un dragón. Paarthurnax aun era capaz de moverse pero no podía erguirse y era posible que tuviera varios huesos rotos.
Rhaenys gateaba unos cientos de metros más abajo, y Eirian era incapaz de tomar la ofensiva, bastante le estaba costando defenderse a duras penas. Ahora solo podía desviar los golpes con las zarpas pues la espada se hallaba a sus pies medio fundida. A su espalda, su cola herida por el corte de Rhaenys, tanteaba todos sus cintos en busca de algún arma pero no encontraba ninguna.
Fue acumulando toda la magia que tenía, que no era mucha debido a la batalla interminable contra aquel monstruo. Esquivó una patada del Morthog que intentó aplastarlo y viendo que ahora estaba en una posición precaria lanzó su Thu`um. "Fus Ro Dah" gritó tirando de espalda a la bestia. Eirian continuo con un ataque de hielo que congelo gran parte de la piel pero estalló en un segundo por el fuego que formaba aquel enorme cuerpo.
Uno de los fragmentos del líquido solidificado se le clavo en el hombro tirándolo de espaldas. Morthog agarró el cuerpo peludo del felino y lo tiro con furia. Eirian voló por el aire antes de chocar contra el cuerpo de Paarthurnax que gimió por el golpe. El Khajiita respiró agitado cuando sus manos se toparon con el fragmento afilado de hielo incrustado en su cuerpo. Tanteó el lugar para asegurarse de no haber más perforaciones.
Una sensación de ahogamiento le ascendía por la medula informándole que un pulmón se estaba encharcando con su sangre y con el agua del arma volátil. Aparte de sus propios problemas notó el latir desacompasado y lento de Paarthurnax. Miró hacia la oscuridad donde había visto a Rhaenys. La joven se apoyaba en su bastón con visibles muestras de dolor. Morthog se acercó a ella e intento aplastarla como había hecho con el dragón pero Rhaenys era muy rápida para un ser tan inmenso.
Esquivó uno tras otros todos los embates de Morthog, pero se estaba cansando con celeridad y su oponente no parecía más que hacerse más fuerte con cada intento fallido. Rhaenys lanzaba chispas, ascuas, hielo, todas sus armas mágicas y ninguna hacía mella en él. En un descuido Morthog aferró la pierna de la rubia imperial y como si de un juguete de trapo en manos de un niño pequeño se tratará, Rhaenys iba de arriba a abajo con movimientos rápidos, bruscos y vertiginosos.
Al cabo de unos minutos de tensión para todos Morthog aburrido de su enemigo lo tiro junto a Eirian y Paarthurnax. Después una llama de rojo sangre surgió de su mano hasta conformar una espada verdaderamente inmensa. Tres pasos después el filo casi romo por su tamaño exagerado pendía sobre sus cabezas a punto de caer como una espada de Damocles.
No podían luchar y aun así la primera carga lograron bloquearla entre Rhaenys y Eirian con un custodio pero el impacto destrozó el escudo mágico y les arrancó las pocas fuerzas que les quedaban. Morthog volvió a izar el arma para volver a arremete. Eirian cogió la mano de Rhaenys estrechándola con la suya y cerró los ojos esperando el final de toda aquella aventura. Ninguno de los dos esperaba llegar a la vejez con la vida que llevaban pero no imaginaron que sus vidas terminarían en una caverna oculta y olvidada.
Uno no muere como le gustaría pensó Rhaenys demasiado tranquila, el saber de su muerte inminente tendría que haberla alterado y también tendría que estar luchando con todas sus fuerzas por resistir, pero se las habían robado, no le quedaba ímpetu para defenderse y no valía asustarse por la cercanía de la muerte, cuando la dama de hielo llegara, ella ya se habría ido.
Paarthurnax por su parte estaba dividido, por un lado su vida inmortal le había enseñado a desdeñar a la muerte por lo que el miedo no le atenazaba como lo habría hecho con cualquier ser pero por otro tenía la sensación de que su vida no podía acabar así a manos de una bestia inmunda.
Todo pareció detenerse, yendo muy lentamente, la espada descendió despacio, pareciendo una estalactita que a medida que pasaba el tiempo iba creciendo y creciendo hasta que los empalase con facilidad. Entonces un escudo dorado y gris detuvo la mortal espada a escasos milímetros de sus rostros. La espada explotó hiriendo la mano de Morthog.
Un segundo después era el propio e incrédulo monstruo el que estallaba convertido en una lluvia de chispas, brasas ardientes y jirones de niebla negra y densa. Eirian y Rhaenys vieron el espacio vació en el que había estado el monstruo cuando se percataron de un brillo dorado a lo lejos en la orilla del torrente subterráneo.
Un hombre cubierto con una armadura de oro que parecía brillar en la oscuridad reinante se acercaba a ellos con arrogancia. A ambos lados un ejército de Argonianos y dragones le seguía siete pasos por detrás. La armadura era tan perfecta, tan bella e inquietante que no podían dejar de mirarla hasta que el hombre estuvo frente a ellos mirándoles con superioridad a través del casco. Entonces habló con una voz sobrenatural que parecía surgir de cada rincón de la caverna y a la vez de ninguno como si solo fuera una voz del interior de cada persona. Era fría, calculada, imperturbable.
- Esperaba más de los asesinos de mi hijo.
