Eirian respiraba con dificultad, cada bocanada de aire era como si le insuflaran acido ardiendo por el esófago. Rhaenys tampoco estaba mejor, tenía un tajo a lo largo de la espalda por el que surgía un torrente de sangre constante, cada segundo que pasaba perdía más color y se convertía en una muñeca de porcelana. La vida se les escapaba a ambos y no lograban canalizar ni un ápice de magia hacia sus heridas mortales.

Carecían de la fuerza necesaria para salvarse, su voluntad férrea se desmoronaba. La espada se escurrió de entre los dedos moribundos de Eirian y cayo con un repiqueteo contra el suelo. Paarthurnax hacia unos minutos que no se movía, no se sabía la causa. Bien podría estar siendo respetuoso con su padre o bien podría haber muerto tras la lucha contra el Morgoth.

La situación había desmejorado bastante. Al menos eso es lo que pensó Eirian de forma sarcástica. Lo poco que les quedase de existencia lo pasarían ahogándose en sus fluidos mientras escuchaban el discurso de turno. No era agradable aunque había cosas peores al menos no morían de aburrimiento en alguna de las numerosas reuniones políticas a las que estaban obligados a ir. Eirian sonrió con mofa por la idea, lo que provocó un latigazo de dolor cuando la risa le abrió aun más la brecha de los pulmones.

Jadeó intentando captar el aire que su cuerpo se negaba a utilizar. Miró de reojo a su compañera. Rhaenys tenía los ojos cerrados y respiraba muy lentamente, de manera superficial. Sería tan fácil imitarla y dormirse para alejarse del dolor… Pero no, no podía hacerle eso al mundo, ni a Rhaenys, ni a él mismo. Empezó lentamente a captar toda la energía ambiental que era capaz sin llamar la atención de los dragones.

No pensaba atacar, ni se le había pasado por la cabeza. No tenían poder, estrategia ni defensa. Y mucho menos, posibilidades. Lo que intentaba era más audaz y más peligroso. Si no lo hacía bien morirían los dos y el mundo estaría condenado a extinguirse. Bien era cierto que lo que iba a hacer no era por el mundo pero una parte de él debía preocuparse por él.

Suspiro con cansancio mientras su mirada vagaba por la cara de Rhaenys. Sus ojos de acero estaban hundidos pero daban un marcado contraste con el resto de su cara que ahora estaba sucia y cubierta por una cortina de sangre que seguía fluyendo lentamente a medida que la herida se coagulaba. Su zarpa se movió lentamente. Cada nimio movimiento le causaba dolor en cada musculo, articulación, tendón y hueso del cuerpo pero no necesitaba tocarla.

Entrecruzó los dedos almohadillados por los largos y finos de la humana. La mirada azul chocó con la gris. El terror inundó los ojos de Rhaenys cuando el conocimiento entró en su mente como un vendaval. No necesitó más de una mirada para saber lo que se proponía su amigo. Negó con la cabeza casi se puso a gritar, pero un nudo en la garganta se lo impidió.

Eirian sonrió tratando de infundirle la confianza de la que el mismo carecía. Intentó acercarse y abrazarla pero se contuvo, necesitaba toda la energía posible, eso era la escusa oficial. Pero era más que evidente que si la abrazaba perdería la voluntad y no haría lo necesario.

Las garras se revelaron de entre el suave pelaje, retrajo los labios mostrando una hilera de dientes afilados en una mueca de furia que incluso a los dragones atemorizó. Lo que ocurrió a continuación fue tan rápido que Rhaenys no pudo verlo claramente.

Eirian saltó hacia adelante en una nube eléctrica que había formado en escasos segundos. Los dragones rugieron entre enfurecidos y asustados. El hombre, Dios o lo que fuera ni se inmutó solo tuvo que levantar la mano para cubrirse de todos los rayos. Era precisamente el plan de Eirian, cegarlo momentáneamente, el tiempo necesario para poder girarse en el aire y lanzar un rayo azul intenso contra Rhaenys.

Rhaenys sintió energías y fuerzas renovadas, como todas las heridas sanaban rápidamente. Huesos que se soldaban, músculos que se entretejían de nuevo formando una nueva estructura más sana y fuerte, piel regenerándose, cubriendo las heridas y cicatrizándolas sin dejar rastro. Eso era lo que ella sentía y notaba pero también se había formado un segundo proceso por debajo del de curación. Uno que estaba consumiendo toda la magia de Eirian.

Un escudo plateado encerró a Rhaenys. Emitía pulsos de energía cada vez más rápidos hasta que literalmente implosionó. Convirtiéndose en nada más que un diminuto punto de luz, como una estrella demasiado lejana. Rhaenys se había ido, estaba a salvo.

Eirian cayó al suelo, desplomándose sin fuerzas. Los dragones se lanzaron contra él en una vorágine de fuego y garra. El hombre miro con irritación el cumulo de cuerpos que era la carnicería que habían provocado los dragones grises y después miró el punto donde había desaparecido Rhaenys. Rabioso por haber perdido a uno de los Dovahkiin se dio la vuelta y se marchó.

Cientos de leguas al norte de allí, en El Colegio. Rhaenys apareció con una explosión de luz en su propia habitación o mejor dicho en su propia nueva habitación ya que se trataba del dormitorio del Archimago. El viaje había sido tan intenso que simplemente se desmayó sobre la cama.

Varias horas después se despertó entre sudores fríos. Las pesadillas, las pesadillas que hacía años que no sufría, habían vuelto con más intensidad de nunca. Le costaba respirar y se agarraba el pecho con angustia. Era como si se le hubiese grabado a fuego la imagen de Eirian. Sonriéndole mientras se desmoronaba y tras él una jauría de dragones se lanzaban para devorarle. Deseaba haber desaparecido unos instantes antes. Era cruel y egoísta pero habría preferido la incertidumbre de no saber el destino de su amigo.

Sin saber cómo se acurrucó en una esquina abrazándose a sí misma con las rodillas junto a la cara. Hundió el rostro entre ellas y se dejó llevar. Las lágrimas empezaron a caer sin parar empapando las ya ajadas y húmedas ropas. La sangre reseca se disolvía lentamente por culpa de las lágrimas, convirtiéndolo en un llanto sanguinolento que surcaba su cuerpo hasta llegar al suelo.

Era un llanto ahogado, carente de todo rastro de humanidad. Lloraba de pura tristeza e impotencia. Estaba angustiado, desconsolada y por encima de todo enfadada. Estaba irremediablemente enfurecida por lo que había hecho Eirian. No debería haber elegido por ella. Era él el que tenía los contactos, el más popular, el que más ayuda recibiría. Tendría que haberse salvado él. Y se había sacrificado solo por salvarla. A sabiendas de que no era lo correcto.

"Las emociones no pueden manejarnos en los momentos importantes o marcarían nuestras decisiones y posiblemente errando en ellas." Había dicho Eirian tras haber matado a Alduin. Eirian siempre era frio y calculador en esas situaciones, sin embargo en el mayor acontecimiento de toda su vida había dejado que sus emociones se inmiscuyeran. Y Rhaenys empezaba a odiarlo por ello. Era incapaz de aceptar el sacrificio y seguir con su vida como si nada. Necesitaba esa emoción para mantenerse cuerda.

Se quedo allí durante horas hasta que el cansancio y el puro agotamiento la hicieron quedarse dormida. Poco a poco se fue desplazando por la pared hasta que se tumbo en el suelo. Aun durmiendo las lagrimas seguían surgiendo. Los sueños la asaltaban con imágenes continuas de dragones, fuego, sangre y dolor. Para terminar con la imagen de Eirian despidiéndose con la mano envuelto en una bola de fuego.

Mientras Rhaenys se removía en sueños, Paarthurnax renqueaba por la caverna. Llevaba siglos en el mundo y nunca se había enfrentado a una situación tan cercana a la muerte. Era inmortal, la idea de ser mortal era simplemente imposible, inimaginable. Cada vez que tenía que avanzar con el ala rota no podía reprimir el jadeo ahogado impropio de su raza.

Tenía que mantenerse en silencio, hacia varias horas que estaba solo. Le habían dado por muerto y se habían marchado. Eso le permitió recuperarse lo suficiente para poder moverse. Aun tardaría bastante en recobrar su salud pero tendría que esperar mucho para que eso fuera una realidad. Sacudió la cabeza para centrarse en el presente y lo único que consiguió fue un latigazo de dolor en el cuello. Gruño y dio un nuevo paso hacia adelante. Ya estaba sobre el cuerpo de Eirian, el Khajiita estaba irreconocible, una amalgama de carne y sangre seca.

Paarthurnax negó y se acercó aun más apoyando la mandíbula inferior en el pecho de Eirian. El cansancio le inundo y no pudo evitar dormirse sobre el cuerpo que yacía bajo su cabeza.

El mundo sobre sus cabezas empezaba a prepararse para una guerra contra sí mismo. Una tormenta se acercaba por la costa. Una tormenta de nubes negras y rayos que iluminaban el cielo de forma amenazadora. La profecía se cumplía paso a paso y acababan de perder a un paladín del lado de los humanos y los Khajiitas.