22 de Junio
El primer día de Verano (Afro)
Derrapé sobre el mármol al frenar de golpe. El Gran Templo tenía bonitos suelos de mármol, inútiles para cualquier cosa que no fuera entrenar patinadores olímpicos. Me agarré al marco de la puerta para anclarme en sitio, tu mano se mueve sola tras dos meses viviendo allí, y mis planes estallaron en pedazos cuando ví una batalla muy distinta a la que esperaba encontrar. Saga de Géminis, el humano más duro y terrorífico de nuestra era por aclamación popular, estaba hecho un ovillo en el suelo y gimoteaba, agarrándose la cabeza como si intentara contener una explosión nuclear. El cadáver de Shion estaba bajo él, repartiendo sangre generosamente por la pista de patinaje, y al otro lado, agarrado al marco de la segunda entrada a la sala, cortando el supuesto escape del supuesto intruso, como habíamos acordado, estaban los ojos de DeathMask, desorbitados como los míos.
Me sentí furioso con Shion. Fue el primer instinto. Furioso porque había muerto. ¿No era consciente del dolor que iba a traer su muerte? Me sentí furioso porque nos había dejado solos. Santuario iba a ser un caos, caos absoluto. ¿Cómo habían podido matarle tan rápido?, ¿Como había sido tan débil de dejarse matar tan rápido? ¡Habíamos tardado segundos desde al explosión de cosmos hasta llegar desde Cáncer! ¡Ahora había guerra, civil!¿ahora..como iba nada a funcionar? ¿Cómo..?
Las desgracias que acababan de acaecer, los problemas, las implicaciones, se daban codazos por entrar primero en mi cabeza, atascando las entradas y los sistemas. Eran tantas que no podía abarcarlas todas con el pensamiento; tomaban forma, muy deprisa, pero no sabía qué ran. En medio de eso estaban Saga, y el cuerpo, y Shura y Aiolos y miles de piezas que tardé en interpretar. DeathMask fue más rápido que yo sacando conclusiones. Apenas dos segundos de derecho a shock y le vi desaparecer de la puerta en un destello dorado.
No he tenido más miedo en mi vida, y no he corrido más deprisa en mi vida. No sé cómo le alcancé, fue un milagro, o eso quise pensar entonces. Necesitaba algo que me validara. Algo. Y esto parecía justo lo que necesitaba. Cuando tus motivos coincidían con los de Athena conseguían cosas imposibles, o eso decían.
Rodamos de Tauro a Aries con ruido metálico, sin dejar de forcejear. Logré aterrizar encima de él, empujándole por los hombros hacia abajo para que se tumbara.
-¡Para!
Me encajó el puñetazo de lleno. No lo esperaba. Tampoco estaba pensando en eso. La boca se llenó de sangre, pero no le solté.
-¡Suéltame! ¡Tenemos que avisar a todos!
-¡Y después, qué? ¡Imbécil!
-¡Después subimos y matamos al puto Géminis! ¡Ha matado a Shion, ha matado a Sagitario, Ha matado a..!
-¡¿Y qué pasa después?!-Me miró a los ojos, sorprendido y confuso. Dos segundos de confusión antes de que todo se fuera al infierno, que se volvieron cinco segundos, y diez, y quince, a medida que mis palabras iban calando lentamente en su cerebro. Mask siempre ha tenido un horrible problema para un santo: es muy inteligente. La furia homicida en su rostro se fue disipando, y yo fui soltando mi agarre para dejarle incorporarse. La adrenalina nos latía en las sienes, la luna estaba escondida, y el silencio amenazaba con hacerlos desaparecer.
-No habrá nadie de más de doce años, Mask…- Recuerdo el sonido de mi propia voz, ahogada, aguda y sacada a la fuerza, como si estuviera observando la escena desde fuera. Mask me miró, como si acabara de arrancarle el alma y echa´rsela a los cerdos, al ver que tenía razón, y sé que él también empezó a ver todo aquello desde fuera. Sentía su energía helada sacudirse, cerca de mi, lejos del cuerpo de ambos.
-Los caballeros de plata…-no sabían lo suficiente. No sabían nada de dioses, de titanes, de qué nos esperaba. No podían ayudarnos-Athena…-protestó, voz aguda como el estertor de un muerto.
No terminó la frase. Sus ojos se humedecieron. Los dos estábamos pensando lo mismo, pero no teníamos corazón para decirlo, asi que solo nos miramos en desesperación, esperando más valor del otro que de nosotros mismos. Fue como mirarme en un espejo. La imágen solía venirme a la cabeza cuando algún idiota decía que éramos muy distintos. Sus ojos, temblando, la sensación de tener un hermano.
Habíamos llegado a esa conclusión en algún punto entre ver el cuerpo de Shión destrozado y forcejear en el suelo. Athena no podía guiar Santuario si ejecutábamos a Saga. Athena también había muerto.
-Pero...es una Diosa…-protestó, sin voz y sin convicción. Sabía que su queja no tenía sentido mucho antes de que yo se lo dijera
-Era un bebé, Mask.
-...
-No existe nadie tan idiota como para perder un blanco como ese. No después de liar..esto- No necesité decirle más, ni decir en alto como cada oportunidad de escape se contrarrestaban con una reacción muy fácil que Saga podía tomar. El silencio volvió a devorarnos. Mask apretó los puños, los dientes, miró a otro lado, se tapó la cara...Yo no recuerdo qué hice. Intenté escapar a las flores a los lados del camino por un instante, y sentir que tenía hojas verdes, y pétalos cubiertos de rocío, y que nada de esto iba conmigo. No fue un gran consuelo. La primavera estaba terminando, solo sentí que tenían sed, y se estaban muriendo.
Me sacudió un poco, furioso de que le estuviera intentando dejar solo. Sin un Patriarca que supiera qué hacer el caos destruiría Santuario, pero si la muerte de Athena se sabía sería el fin de la orden. ¿Sabeis quien nos habría venido realmente bien en este momento? Dhoko de Libra. Pero, al parecer, estaba muy ocupado en alguna otra parte y nosotros ni siquiera sabíamos que existía. El único rastro de cosmo dorado que sentíamos ahí era el de Shura, una montaña de angustia que rasgaba el plano astral en pedazos.
-Tenemos que ir con él.
Apretó los dientes y sacudió la cabeza, torturado por demasiados impulsos contradictorios. Fue más duro para él que para mi. Yo podía permitirme seguir a mis estrellas, dejarlas conducir y pasar días sin pensar en nada. Las suyas exigían que el culpable fuera castigado, y tuvo que pasar esos mismos días luchando contra ellas.
El resto es bastante borroso. Andar, sin prisa, porque todo estaba perdido ya. Seguir el muro de alaridos y angustia que era el cosmo de Shura. Recuerdo que le cogí la mano en el camino, más por mí que por él. Mask me dejó hacerlo, pero no nos consoló a ninguno. Fue como aferrarse a un pedazo de trapo.
El primer día de Verano (Sh)
Recuerdo la pelea y la muerte de Aiolos perfectamente, como si fuera lo único que he hecho en mi vida, pero, después de que Sagitario cayera muerto, apenas recuerdo nada. Es un borrón blanco con escenas difusas, con fantasmas que no recuerdo de donde salieron, y lugares a los que no recuerdo cómo llegué. El tejido de esos recuerdos es tan débil que se dobla con pensar en él, y se adapta a lo que parece lógico. Intento no forzarme a raspar en mi memoria y llenar los huecos, acabaré inventando recuerdos y creyendo que son reales.
Recuerdo manos levantándome del suelo por los hombros, Recuerdo voces, llamándome, quizás antes de las manos, o quizás después. En general, manoseo molesto, y palabras que me sacaban de quicio, porque no quería pensar. Y recuerdo lluvia, aunque se que no había ninguna. Quizás sea porque las imágenes son borrosas. Afrodita y DeathMask insistieron en que hacía calor, las pocas veces que hemos hablado de esa noche, pero yo recuerdo las imágenes deformadas por agua.
Afrodita dice que caminé hasta mi templo y que no me derrumbé hasta entonces, pero no puedes fiarte de él, miente más de lo que habla. Nunca ha sido de fiar, lo supe al principio y no debí haberlo olvidado. DeathMask no dice nada. Tampoco creo que el tema le importe lo suficiente como para molestarse en contestar.
Supongo que, o caminé, o que me cargaron, porque sé que estaba en mi templo algún tiempo después, y que alguien forcejeaban con Capricornio para intentar quitármelo. Por supuesto, no pudieron quitármelo, salvo por el casco. Lo recuerdo deslizándose con delicadeza sobre la piel de las mejillas hasta quedar fuera.
No se si me quité el resto o no al final, peor si lo hice, fue después de que alguien me limpiaba la la sangre con un trapo húmedo. El agua era tibia, y se colaba por las rendijas entre piel y armadura cuando esa persona trataba de escurrir un poco de tela bajo el metal. Era como una lengua de perro gigante moviéndose delicadamente por el canto de mi mano, dando lametazos rápidos sobre el rostro, siempre acompañada de una voz amable con a qué recuerdo conversar. Estaba lúcido entonces, no es que la conversación real fuera tan vaga como es en mi memoria, simplemente no me acuerdo de ello. Solo recuerdo claramente, tan claro como la pelea, que acabé sentado al pie de la estatua de Athena y pasé ahí el resto de la noche. Tenía la armadura, asi que supongo que no me la quité. Las personas que habían estado conmigo se marcharon al poco rato de estar ahí conmigo. Puede que fueran Piscis y Cáncer, pero también puede que fueran criados.
El primer día de Verano (DM)
-Buenos días, Baslikike.
-Buenos días, señora
-¿Cómo está su pequeñina?
-Oh, ¡Estupendamente! Ya tiene un nuevo diente. No nos deja dormir, la pobre
-¡Ah!, ¡El tiempo pasa tan rápido! Ponme una docena de huevos, por favor; y cuarto y mitad de picadillo de vaca.
El señor y la señora suspiraron, resignados, cuando la lata oxidada con ruedas que repartía la leche en Rodoiro interrumpió su conversación, entre saltos y chirridos y nubes de polvo arrancados a la carretera sin asfaltar. Un niño, con arañazos en las rodillas, y su perro, corrían tras la furgoneta, convencidos de su propia inmortalidad. Un muchacho de resaca orinaba en la esquina alegremente, y la gente se cambiaba de acera al verme. El sol brillaba, las nubes se deshacían bajo él por cocción, las golondrinas cazaban moscas, lanzándose desde los tejados en temeraria actuación. Todo seguía normal. Todo estaba como lo habíamos dejado la noche anterior, cuando Afro me había arrastrado a nadar a los riscos, insistiendo en que debía hacer algo. Sus manitas pequeñas habían cargado caracolas y tesoros marinos por estas mismas calles, que no habían cambiado desde entonces.
Si alguien me hubiera preguntado, si a alguien le hubiera interesado lo más mínimo, habría contestado que la normalidad del mundo fue la peor parte. Athena había muerto la noche anterior. Lo peor que podía ocurrir había ocurrido, y nada había cambiado. No había gorgonas corriendo por la calle, ni viejos llorando, ni lluvias de fuego y pasó nada al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente a ese. El sol salió por donde solía, yo me vestí y comí e hice lo que hacía siempre, porque, ¿qué iba a hacer si no?. La gente se rió, se enfadó, habló de naderías, evitó morir arrollada por la furgoneta de la leche...
El ruido del infierno seguía en mis oídos, recordándome a cada paso que esta no era una simple pregunta abstracta. Está en tu aura, nunca dejas de oírlo mientras vives.
Shura había matado a su mejor amigo, Afrodita y yo habíamos mentido, Saga había cometido traición, habíamos violado las virtudes sagradas a las que nos dedicábamos, y no había pasado nada. Athena había muerto, y su muerte no había tenido más impacto que la muerte de un insecto. El centro de mi vida había desaparecido, y tampoco importaba. ¿Por qué debería importar? Si ella era un insecto, nosotros éramos aún menos.
