El capítulo usa PoV de todos, pero se centra en Afro

28 de Septiembre. Otoño

El Santo Más Cruel(DM)

Los niños dorados no tenían ni idea del tema, pero nosotros recordábamos Karantina y Damour perfectamente. Fue una de las últimas misiones de las que Aiolos se llegó a ocupar. Nos llevó a los tres, para mostrarnos qué hacer, y cómo. Piscis estaba furioso mientras recordaba. Shura rezaba discretamente, y yo me reía a mandíbula batiente mientras el mensajero daba detalles de última hora sobre Sabra y Chatila.

Aquello no tenía nada de última hora, aquel conflicto había sido un dolor de huevos por años, que resurgía en cuanto teníamos algo más importante entre manos. ¡Era para morirse de risa!¡Tan irónico! El certificado de fracaso de Shion y el bueno de Aiolos llegaba escrito en tripas de refugiado. ¡Me habría encantado ver sus caras! Me habría reído cualquier día, peor ese día tenía que reírme más fuerte y pensar que Saga era mejor que Shion más alto, porque cada vez estaba menos seguro de ello. Géminis se estaba volviendo débil, se preocupaba por qué pensarían otros países y si se aliarían contra nosotros. ¡Al demonio! Si no podíamos con todos ellos, no merecíamos existir en primer lugar!

Era solo uno más en ese área, la gota que colmó algún vaso invisible. Escorpio bromeó con que deberíamos mover el Santuario entero allí, para ahorrar tiempo, Saga dijo que no volveríamos a intervenir tras esto. Después hubo cacareo de críos imberbes, y discusión sobre quien iría, hasta que Afro abrió la boca por primera vez en semanas y arrastró todas las miradas hacia él.

-Permitidme ir a mi, Su Santidad

Piscis evitaba luchar contra humanos. Este era el prototipo de asunto en que no le gustaba mezclarse. Saga le miró, curioso, pero terminó aceptando.

El Santo Más Cruel(Sh)

El valiente Capricornio, veterano disciplinado, el héroe desalmado según los muchos idiotas que rondaban Santuario, contuvo una arcada y se dió la vuelta, cubriéndose la boca con la mano entera para no vomitar hasta el alma. Creo que esa fue la noche en que comprendí que algo iba mal. Que algo en Santuario iba horriblemente mal. Esto era más que un síntoma de enfermedad en la orden, era gangrena. Piscis estaba de pie frente a mí, observando el paisaje con cara serena. Congelado, atrapado fuera del tiempo. No se movió desde que llegué, y por la forma en que su silueta se dibujaba en negativo tras él en un espacio libre de gotitas de sangre, creo que no se había movido desde mucho antes. Desde el borde de una cornisa derruida por los mordiscos de sus rosas, observaba su obra con ojos vacíos, mirando sin ver, perdido en alguna oscuridad remota más allá de los edificios y las víctimas. Perdido, literalmente.

Tuve miedo. No de él, de mí, de nosotros, de los doce, del vacío en sus ojos. Tuve pánico. Pánico al reconocer mi propia mirada tras matar a Sagitario, y, en ese instante, tuve que recurrir a toda mi disciplina para no cortarle la cabeza allí mismo y lanzarla rodando a la pila sacrílega de cadáveres y flores que teníamos a los pies. El chasquido de mi cosmos debió atraer sua tención de nuevo, o , al menos, parte de ella.

-No te preocupes - aclaró con voz dulce, aumentando la burla que había en todo aquello. Sus dedos acariciando distraídamente un pétalo de rosa roja. Sentí el impulso de romperlos uno a uno- Les quité todos los sentidos antes de hacer esto. No pueden sentir nada. Solo es una imagen desagradable.

-Eran civiles, Piscis.

-No todos. Y muchos menos eran inocentes.

-¿Cómo puedes decir eso?- trataba de contenerme, y de encontrar un sentido a aquello. Él afiló la mirada, cubriendo de hielo el abismo hueco que había tras ella

-El Patriarca ha enviado a "cribar" sitios varias veces. Nunca tuviste problema con eso.

-Era necesario, no fue a civiles ¡Y no fue así!

"Desagradable" era la madre de todos los eufemismos para un río de pétalos rojos que serpenteaba entre ruinas y altares de carne, vísceras y espinas. De cada palmo de terreno salían gruesas ramas espinosas que elevaban, desmembraban, u ofrecían cuerpos aún palpitantes al cielo. Mujeres y hombres cuyos cuerpos se movían, en espasmos involuntarios que los empalaban más en las ramas floridas que entraban y salían libremente por ojos, bocas y nos e cuantos otros agujeros que no creo que tuvieran cuando nacieron. La carne se sacudía mientras la vida fluía fuera de ellos, o, a veces, era desgarrada por efecto de la gravedad.

Había miembros pálidos mezclados entre las rosas del suelo, había trozos de no sé exactamente qué, ni lo quiero saber, creando un engrudo pardo que acababa cubierto por la lluvia de pétalos. Había doncellas de hierro espinosas que sacaban jugo de persona for als fisuras entre sus ramas, pero, de lejos, lo peor eran las ofrendas verticales. Eran lo más brutalmente blasfemo de todo aquello, erna intencionadamente blasfemas, en forma, en posición, en todo. Una nube de muerte diluviando rojo sobre una alfombra de flores.

-Esto no es lo que te ordenó el patriarca.

-Esto es exactamente lo que ordenó. Estoy harto de sus cribas de militares y guerrilleros. Solo es la punta del iceberg, no toca la raíz- Entornó los ojos, huecos como los de un reptil. Parecía tener que luchar consigo mismo por apartar la vista de su "bella" obra un solo instante. Rojo, por todas partes- Deja que las noticias de esto se extiendan. Deja que pongan un par de fotos a circular, o vídeos, y te juro que ni una sola rata en este continente se atreverá a levantarle la mano a una mosca, por miedo a que lo sepamos.

-¡Enfermo!, ¡Esta no es la misión del Santuario!

-Discrepo.

Le agarré el hombro y le obligué a girarse y encararme como un hombre. Grité, le dije que se había vuelto loco, que la Diosa jamás quiso esto, un largo etcétera que duché de sacudidas y babas, e insultos, y palabras. Mi propio reflejo ensangrentado en sus ojos me hizo estallar. Piscis se limitó a ladear el rostro y cerrar los ojos, para esquivar la lluvia de saliva. No estaba escuchando nada.

Le solté de un empujón. Él me devolvió la mirada, tranquila,y , por segunda vez, tuve que elegir entre mirar a otra parte o partirle en dos. Me di la vuelta, asqueado, asqueado más allá de lo que las palabras pueden describir.

-Has perdido la cabeza.

-No. He perdido la paciencia.

A través de la rabia, el asco, y la vergüenza, una vocecita infantil llegó a mis oídos, yo mismo, la lealtad de un niño pequeño hacia uno de sus pocos amigos, me decía que sacara a Afrodita de allí como fuera. Piscis había estado en la misma postura, en el mismo sitio, prácticamente desde que llegué, y obviamente no se encontraba bien, nada que hubiera conducido a esto estaba bien, y observar este paisaje por horas no podía serle más beneficioso que a cualquier otro. La repugnancia fue más fuerte, era igual que Cáncer, o peor aún. Sentí asco, asco repentino e incontrolable ante la sola idea de tocarle, de dirigirle la palabra siqueira. Asco hast ala nausea solo de pensar que servíamos a la misma Diosa. No era posible, yo no podía tener nada que ver con aquello. Mi corazón le repudia, mi alma rechazaba esa blasfemia de carne y cadáveres y la lógica enfermiza que la había generado. Solo mirar su gesto suave y sus líneas tranquilas era más que suficiente para hacerme vomitar.

-Deberías marcharte, Shura. El aire aún es tóxico- Le oigo decir a lo lejos, aconsejando al vacío.

Eventualmente, volvería a Santuario. Eventualmente Cáncer le felicitaría por la bella obra que había hecho. Eventualmente, Piscis le daría las gracias, escupiendo veneno en cada sílaba, mirando a Mask de la misma forma en que yo le miraba a él

El Santo Más Cruel (Afro)

Saga.

No necesitaba anunciarse, sentías escalofríos por la espalda desde que se acercaba a la puerta. Quien diga que no sentía la ambición en su cosmos, simplemente está mintiendo. No es que importe mucho ya.

Tragué en seco, incapaz de sentir miedo real, y envié a Piscis a su caja. Esperaba esa visita, aunque quizás con un emisario mediante. Algo más impersonal. Me quité la camisa, por ahorrar tiempo, y empecé a doblarla sobre la cama, aún con rosas y sangre en la mirada. Desde que salí de Libia caminaba como en sueños, y no conseguía sentir nada.

-Dije perfil bajo. Eso no lo fue.

-Lo se- Mejor doblar la otra camisa también, en el tiempo que tenía. Una vez terminara con lo que venía, iba a estar de humor para ordenar ropa.

-Dije que quería evitar que Santuario llamara la atención, y fuera visto como una amenaza. ¿Lo recuerdas?

-Si, Su Santidad.

-¿Crees que esto ha seguido mis directrices?- ¿serían quinientos?, ¿mil?

-No, Su Santidad.

-Aún así, Piscis, decidiste actuar de esa manera- Debería tener miedo, aunque fuera por cortesía, pero no lograba sentir nada, ni siquiera eso.

Fui a guardar la ropa en un cajón. Hacía las tareas tan despacio como me era posible sin delatarme frente a mí mismo. En parte, porque seguía en ese estado de ensoñación en que nada parecía real. En parte, porque el castigo que me esperaba era una perspectiva muy poco agradable aunque lo tuviera voz de Saga me detuvo a medio camino.

-Eso no será necesario

-¿Como?- no era fácil pensar, aquella tarde, ni siquiera en naderías como aquella. Me llevó un rato. Debo alabar la paciencia de nuestra mado líder si esque nos e estaba riendo, directamente- ¿Debo ir al Cavo, entonces?

-Tampoco. No recibirás un castigo. Hoy no. Tu método me ha intrigado. Quiero darle una oportunidad.

-¿Qué?

-¿Tienes alguna objeción?

La máscara roja me devolvía la imagen de un crío totalmente idiotizado y fuera de elemento, con la camisa a medio doblar aún en las manos. Retiré la vista, avergonzado, y apreté la ropa con los dedos. Saga extendió la mano, y me acarició el cabello. Una costumbre odiosa ante la que no me animaba a protestar. Menos ahora.

- Le daré tiempo. Si da resultado, y por mucho que mi látigo extrañe tu hermoso cuerpo, no tendría sentido castigarte…En cualquier caso, pequeño, creo que te has ganado toda una reputación de ahora en adelante. Esa era la idea, ¿Verdad?

Atiné a asentir, o a balbuciar, o a pensar que sí, ni siquiera estoy seguro, con cara de lelo y el miedo que no sentía antes, acelerándose el corazón ahora. Deberle una a DeathMask era la menor de mis nauseas; una mosca en un pastel d emeirda. El resto era el pastel entero, de dos pisos, y con sirope, pero no sabía por qué. Si mi idea funcionaba, se evitaría violencia, se evitaría dolor, se evitarían muertes a largo plazo, se conseguiría lo que buscaba… ¿Maquiavelo lo dijo? Si, creo que si. El problema es que, aún así, a través de las nieblas blancas que me mantenían flotando desde que salí de Libia, algo en mi estaba rogando, rogando de rodillas tra sla niebla y la anestesia, para que aquello no funcionara.

Por supuesto, funcionó. Funciono perfectamente. Ni un conflicto, ni una represalia. Nada. Solo algunas quejas de gobiernos enfadados que se silenciaban rápido con un pétalo de rosa enviado dentro de un sobre al remitente de tan altas preocupaciones.

Saga estaba encantado con todo ello, celebraba cada éxito diplomático por vía postal con más caricias que me ponían el cuerpo al revés.