¡Hola amigos! Les dejo mi aportación al reto semanal. Este relato está inspirado en la línea Mirai, en Gohan y en lo que vivió aquél día en que perdió lo poco que le quedaba. Ojalá que les guste.
Él era sólo un pobre niño con el corazón roto
12 de mayo
10 de la mañana
Año 777
Dejó escapar un suspiro mientras miraba a través de la ventana de su triste hogar. El día había amanecido soleado y el viento fresco le enfriaba sus mejillas. Eran suaves, aunque una de ellas, estába marcada por la cicatriz que le dejó una anterior batalla.
Sin embargo, la cicatriz más profunda que tenía era aquella que no ha podido cerrar por completo y que destruyó su vida y su corazón una mañana como esa, pero de 10 años atrás, cuando era sólo un niño.
El año 767 fue fatídico para él. Con 10 años tuvo que afrontar la muerte de su padre. El primer golpe al corazón que recibió.
El guerrero había vuelto de un largo viaje en el que enfrentó y derrotó a un tirano espacial. Regresó a casa varios meses después, y desde entonces, en su hogar sólo había lugar para la felicidad. Tres años de paz no habían sido suficientes.
Una tarde de febrero, la sombra del dolor comenzó a posarse sobre su familia. Eran cerca de las 15 horas cuando notó que algo en papá no estaba bien. Nunca se había cansado tanto en un entrenamiento como esta vez en la que no paraba de respirar por la boca, algo que era símbolo de un agotamiento extremo que le parecía ilógico.
Las cosas no mejoraron y el guerrero, muy agotado, decidió volver a casa antes de lo planeado. Cuando llegó a su hogar lo único que pudo hacer fue acostarse en su cama, de la cual ya no se levantaría.
— ¡Papito! ¿Qué te sucede? ¡Papito! ¿Estás bien? — exclamaba él desesperado al ver que su progenitor prácticamente se había desmayado sobre la cama.
Su madre llegó corriendo, le quitó los zapatos y la ropa a su esposo, para que pudiera dormir a gusto. No pasaron muchas horas para que despertara y lo hizo de una forma que a él le sigue erizando la piel cada que lo recuerda.
Gritos. Desgarradores gritos mientras con una mano se tocaba el pecho y con la otra arrugaba las sábanas con violencia. De nada sirvió llamar a doctores. Tampoco Kamisama pudo curarlo. Ni Bulma con todos sus adelantos científicos.
Una tarde de febrero, cuando los árboles comenzaban a vestirse de un verde tierno y el gris del cielo cedía ante un azul resplandeciente, su padre murió.
Él habia salido por encargo de su madre a comprar víberes, pero una sensación de angustia se apoderó de su corazón por lo que volvió rápidamente a casa. Cuando llegó supo que todo había acabado. Lo decían las miradas de los amigos de su padre, lo gritaba el desconsuelo con que su mamá lloraba.
Su papá se había ido.
Durante un par de semanas se convirtió en un fantasma. Caminaba por su casa sin decir palabra y evitaba cruzarse con su madre porque inevitablemente, romperían a llorar. Sólo los paseos mañaneros con su abuelito lo animaban un poco. Después de todo, era sólo un niño de 10 años que había perdido a su padre, su ejemplo, su inspiración.
Amaneció aquél 12 de mayo.
Se levantó y desayunó en silencio junto a su madre. Una sensación lo atrapó mientras terminaba de degustar sus alimentos. Había una perturbación muy grande en el ambiente y pequeñas presencias desaparecían gradualmente.
¿Qué demonios pasaba?
Salió de su casa y miró hacia la dirección en que, estaba seguro, ocurría algo. Era hacia el sur. Muchas personas estaban muriendo, pero no sentía alguna presencia maligna cerca de ahí.
El ki que sí sintio fue el de Krillin y Yamcha, que volaban hacia su dirección. Era seguro. Algo terrible estaba pasando. ¿Quizá una catástofre natural? Se preocupó, sí, pero su dolor seguía siendo mayor a su sentido de la solidaridad.
— No iré amigos — susurró el niño cuando los dos guerreros estuvieron frente a él.
— Pero Gohan. Está muriendo mucha gente inocente. Debemos ir a ayudarlos — suplicó Krillin. En vano.
Después de un par de intentos infructuosos entendieron que era inútil seguir insistiendo. No quería pelear y no era por negligencia o desidía. El niño no tenía fuerzas para actuar. Los guerreros decidieron tratar de entenderlo y se marcharon hacia el sur, hacia la muerte.
Un par de horas después, él se enteró a través de la televisión que todo estaba mal. Dos individuos muy poderosos aparecieron haciendo destrozos en una ciudad ubicada en una pequeña isla a 9 kilómetros de la Capital del Sur. Ni el ejército, ni varios guerreros que los enfrentaron pudieron detenerlos. Sí, esos guerreros eran sus amigos.
Piccolo, Vegeta, Krillin, Yamcha, Ten Shin Han, Chaos y hasta Jajirobe fueron asesinados aquél 12 de mayo. Se enteró de ello pocas horas después, gracias a una llamada de Bulma.
— Cuídate mucho, Gohan, y no te arriesgues — le dijo la mujer con la voz entrecortada, que también había sufrido una gran pérdida.
Entonces, el niño de 10 años se derrumbó.
— ¡Es mi culpa! ¡Es mi culpa! — repetía entre llantos.
En vano intentaron consolarlo diciéndole que había sido la mejor decisión, pues de otra manera, el número de muertos habría sido mayor. Él debía ayudarlos y no lo hizo y ahora, todos estaban muertos. Todos. Sin posibilidad de ser resucitados.
Él era sólo un pobre niño con el corazón roto, sin padre, sin amigos, sin fuerzas y sin valor. Porque ni ahora, 10 años después de aquél 12 mayo, conseguía perdonarse el no haberlos ayudado.
Pero la vida a veces da segundas oportunidades y a él se la presentó con un bebé de ojos azules y cabello morado. Trunks era su nombre, hijo de Vegeta y con sangre saiyayin y terrícola, como él.
Semanas después de la muerte de los guerreros, Bulma los visitó. A pesar de haber perdido al padre de su hijo, ella trataba de ser fuerte y sonreirle al dolor, a la tragedia, a la muerte. En Bulma vio fortaleza, en el bebé, alegría; pues el vivía sin ser consciente del caos que era el mundo. Y eso era bueno.
Entonces, Gohan supo que la mejor manera de honrar la memoria de su padre y de sus amigos era haciendo que sus muertes valieran la pena. Sí, iba a luchar y lo iba a hacer del lado de ese pequeño.
— Cuando Trunks crezca, lo voy a entrenar — le dijo a Bulma.
Ella no respondió enseguida. No le agradaba la idea de que su hijo también fuera un guerrero, aunque si su sangre de saiyayin lo incitaba a pelear, no podría detenerlo. Después de todo, su padre había sido el príncipe de esa raza.
— Está bien Gohan. Si Trunks quiere pelear, entrenará contigo.
Claro que quiso. El bebé creció fuerte y sano y pronto comenzó a entrenar con Gohan, ya adolescente.
Diez años después, supo que iban por buen camino.
Los androides seguían causando muerte y destrucción, pero él era un guerrero fuerte y su discípulo, también. Sabía que sólo era cuestión de tiempo alcanzar su nivel y para ello se seguirían preparando.
Para derrotar al enemigo.
Para tener un futuro en paz.
Para que las muertes de sus seres amados hayan valido la pena.
