PRINCESA DE LA NOCHE
Por Astrid Ortiz
(Eiffel)
CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.
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CAPITULO 2: Cruel destino
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La luz proveniente de la puesta de sol había bañado el horizonte, cubriendo los rascacielos de un uniforme color dorado, y a lo lejos, Russell Bird contemplaba, desde el puerto, los mensajes que enviaba el Todopoderoso a través de la naturaleza, y de diversas formas. En otras partes del mundo debían ser las doce de la medianoche, pero en el cielo neoyorkino, apenas empezaba a dibujarse el intenso atardecer, y a pesar de haber padecido tantas desgracias, Russell sabía reconocer las semillas de esperanza que Dios plantaba sobre la tierra. Después de todo, la vida le había sonreído al contar con un empleo honesto y decente, gracias a un jefe que había sido enviado por el Creador como un ángel, aunque para otras personas era el demonio encarnado, pues raras veces el joven Terry mostraba su lado generoso y caritativo, y de no haber sido por el novel actor, a estas alturas él seguiría pidiendo limosna en las calles. No, Terry Granchester no era un hombre arrogante, y mucho menos egoísta, pero su apatía a relacionarse con otras personas, y la envidia que despertaba en sus compañeros de elenco, habían redundado en una mala reputación para este artista, cuya imagen ya se había empañado con su previo abandono de los escenarios, y más que nada, con su problema con la bebida, aunque ahora se mantenía sobrio, y para Russell, ayudarlo a levantarse no era sólo cuestión de humanidad, sino también de deber. Y a pesar de que llevaba sólo unas semanas trabajando para él, Russell había aprendido a conocer casi a cabalidad a su empleador, tanto así que podía asegurar que el señor Terry no estaba enamorado de su actual novia, aunque a decir verdad, la señorita Susana demandaba su compañía constantemente, y no lo dejaba respirar. El no era quién para emitir juicio sobre la vida personal de su salvador como tampoco de su prometida, pero era evidente el grado de dependencia y desconfianza que mostraba la hermosa actriz cada vez que estaba junto a su novio, y lo que ella no se daba cuenta era de que mientras más asfixiara al joven Terry con su asedio y constantes reclamos, más lo alejaba de su intención de formalizar su compromiso. Pero ya era tarde para hacerla razonar sobre su comportamiento…
A sólo unos pasos de donde él se encontraba, Susana discutía, por vigésima vez en el día, con su consternada madre. "¡Ya déjame partir, por favor!", rogaba ella, casi a gritos, en su silla de ruedas, ¡Por más que lo intentes, nada ni nadie va a impedir que me vaya!"
La señora Marlowe no cesaba de llorar. "Eres una insensata y una malagradecida. ¡Ten un poco más de fe en Terry! Si no ha dejado saber su paradero, por algo será", dijo sin mucho convencimiento.
"Voy a buscarlo, mamá", insistió su hija, y antes que su progenitora volviera a diferir, alzó una mano en el aire y agregó: "Has sido la mejor de las madres, pero éste es un viaje que necesito hacer por mi propio bien… sólo así estaré tranquila."
"Nunca vas a estar tranquila mientras sigas acosando a Terry de la manera como lo haces", sostuvo la señora Marlowe. "¿No ves que en lugar de ganarte su amor, no has hecho otra cosa que espantarlo?"
"Ya una vez me abandonó, y en cualquier momento lo puede volver a hacer."
"Ni siquiera sabes dónde ha ido. ¿Cómo puedes estar segura que está en Londres?"
"Inglaterra es el país donde creció la mayor parte de su vida, y lo lógico es que sienta nostalgia por su tierra."
Russell hizo un esfuerzo para no reír. ¿Desde cuándo Terry Granchester desarrollaba apego por algún lugar? ¡Qué poco conocía la joven Susana a su futuro esposo! No bien su jefe había comenzado su receso de Broadway, y ya ella estaba pidiendo al pelirrojo ayudante del actor que la condujera al puerto para tomar el último barco que zarparía al final de la tarde.
"¿Russell?" Lo llamó Susana desde la esquina donde se había situado junto a su madre; y cuando el servicial empleado de Terry se aproximó a ambas, no fue necesario que ella le impartiera instrucciones, pues el chico ya se encontraba cargando la maleta que la enferma llevaría consigo al barco. A juzgar por el ceño fruncido de Russell, éste tampoco aprobaba que Susana se lanzara a cruzar el Atlántico en busca de Terry. Nadie, ni siquiera la señora Baker, tenía idea de dónde se encontraba descansando el joven duque; y aunque él le había avisado con anticipación sobre este período de reposo, ella no fue quién para negarse, pero en el fondo se había acrecentado el temor, que nunca estuvo ausente, de que él aprovechara la ocasión para abandonarla definitivamente, o peor aún, para regresar a los brazos de Candy. En última instancia, la decisión de reiniciar una relación dependería por completo de la enfermera, quien le había prometido aquella noche en el hospital Saint Joseph que le dejaría el camino libre; pero después de todo, era un ser humano de carne y hueso como todos, y su voluntad bien pudiera flaquear en cualquier momento, y si Terry volviera como un manso cordero a reclamar su amor, Candy podría ignorar el pacto acordado. Cerró los ojos con fuerza al pensar en esa posibilidad, y con más empeño arrastró su silla de ruedas en dirección a la rampa que conducía al interior del barco; y luego de estrechar la mano de Russell, y de abrazar a su llorosa y desconsolada madre, permitió que un oficial del barco la subiera. Detrás de ella, una diminuta pasajera de mediano cabello oscuro y espesos anteojos aguardaba con paciencia su turno para abordar, y observaba a la incapacitada joven con curiosidad, pero en la mente de Susana no había cabida para nada más que no fuera encontrar a su amado; y sin mirar atrás, impulsó su silla de ruedas al interior de la cubierta.
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El oscuro camarote resplandecía con la claridad del vibrante sol mañanero; y como era su costumbre, Albert fue el primero en levantarse. Con sumo cuidado de no despertar a Archie, quien dormía en la cama adyacente, caminó hasta el baño, donde se aseó. Luego abrió la puerta de la habitación, y asegurándose de no haber interrumpido el sueño de Archie, cerró la misma tras de sí, dirigiendo sus pasos hacia el camarote de Candy, ubicado casi al final del corredor. Había considerado colocarla en el mismo cuarto que la tía Elroy, pero esta última se había negado tajantemente, y de nada había servido la explicación de él sobre las ventajas que conllevaba contar con una enfermera como compañera de habitación, al menos en lo que a salud se refería. Pero a la tía abuela le importaba más su orgullo y su reputación que el mantenimiento de su salud, y en cuanto a Candy, tampoco se mostraba muy entusiasta en compartir su habitación, a pesar de que había estado dispuesta a aceptar un cuarto de servicio con tal de no hacer incurrir en muchos gastos al joven millonario. "De ninguna manera", había dicho él entonces, a lo que reservó uno de los camarotes más amplios de todo el barco, algo muy favorable para ella, pues a medida que pasaban los días, pasaba más horas encerrada en ese limitado espacio… ella, que había crecido en un ambiente diferente, rodeada de interminables cuerdas de terreno y acariciada por el viento. Así fue como Albert se propuso que cada mañana, al despuntar el alba, él sería el primero en darle la bienvenida a un nuevo día, y ella corría a saludarlo con la misma jovialidad que siempre había derrochado, a pesar de su tristeza… y hoy no iba a ser la excepción. Deteniéndose frente a la puerta de su camarote, tocó la misma en una especie de clave que sólo él y Candy comprendían, y al ver que ella se tardaba en abrir, supuso que estaba en el baño. Aguardó unos minutos más, y golpeó de nuevo, pero aún no obtenía respuesta. "No se escucha ningún sonido adentro", murmuró; y con un escalofrío de peligro recorriendo su espalda preguntó: "¿Te encuentras bien, Candy?"
Una vez más, el silencio se encargó de responderle, y él corrió a toda prisa en busca de algún encargado. Cuando al fin lo halló, cerca del salón comedor, lo tomó por los hombros y le dijo: "Necesito con urgencia que alguien abra la habitación 6583; temo mucho que mi acompañante haya sufrido un desmayo o recibido un fuerte golpe."
"Tengo conmigo una llave maestra", mencionó el empleado para alivio de Albert, y siguió al rubio hasta el camarote en mención. Mientras el hombre colocaba la llave en la cerradura, el cuerpo de Albert se estremeció con un terrible presentimiento, hasta que la puerta se abrió, y el sofocante calor de la habitación era insoportable. "Parece que nadie ha estado aquí en horas", opinó el oficial, terminando por alarmar a Albert. "Tal vez bebió demás, y durmió en plena cubierta…"
"Ella no toma alcohol", aclaró él, aunque con el extraño comportamiento de Candy los últimos días, ya nada se podía descartar. Avanzó dentro de la cabina, y grande fue su sorpresa al ver que la cama estaba inmaculadamente arreglada. 'Las sábanas no están arrugadas, tampoco el edredón', pensó con horror, y corrió en dirección al baño, esperando que se tratara de una broma, y que su pequeña estuviera riendo escondida en la bañera; pero al correr la cortina, el brillo de limpieza del grifo lo había cegado con tal magnitud que tuvo que colocarse los lentes para no castigar su visión con el exceso de claridad. "Calma, Albert", se ordenó en voz baja, y luego escuchó la voz del hombre que lo ayudaba: "Es posible que la señorita haya despertado antes que usted, y que a estas alturas esté tomando su desayuno en el salón comedor. Si desea, puedo enviar por ella-"
"Aguarde un segundo", interrumpió Albert, mientras caminaba en dirección al ropero. "Si es cierto lo que usted dice, y ojalá lo sea, entonces el vestido que llevó anoche debe estar colgado aún…" Abrió el mismo de par en par, y al no encontrar la pieza de ropa de inmediato, corrió al tocador, buscando en varias gavetas a la vez. "Debe estar en alguna parte", continuó, mientras el otro hombre observaba con impotencia. ¿Cuántas pérdidas no se habían suscitado a bordo con anterioridad… y cuántas veces no había sido partícipe de la negación de los familiares de los desaparecidos en aceptar lo que era evidente? Pero llegar a conclusiones sería prematuro, en especial cuando no se había efectuado una búsqueda oficial de la pasajera en cuestión. "Avisaré al capitán, señor; buscaremos en cada rincón del barco, y no cesaremos hasta confirmar que la señorita haya aparecido y se encuentre bien", informó, pidiendo a Dios que sólo se tratara de una broma de mal gusto de la muchacha y no un asunto de mayor envergadura.
Albert asintió, pues no convenía desesperarse, y tampoco lograría nada con ello. "Hablaré con mi familia… tal vez ellos sepan algo al respecto." Y en cuanto el marinero salió a notificar la situación al capitán, corrió de regreso al camarote que compartía con Archie. "¡Hola, tío!", exclamó el chico con simpatía. "Veo que tú y Candy desayunaron demasiado rápido. ¡Ni siquiera tuve tiempo de alcanzarlos!"
"Tú vé por la popa y yo busco en la proa…"
"¿A qué te refieres?"
"Candy no aparece", fue la escueta explicación de Albert. "Sólo espero que sean exageraciones mías, y que ella se haya adelantado en su paseo por el barco o esté merodeando en el área de la tripulación…"
El rostro de Archie se transformó con la misma rapidez con la que había acogido con beneplácito el inicio del día. En el escaso tiempo que llevaba compartiendo con Albert como su pariente, había aprendido que la máxima autoridad de los Andley solía ser muy certero con su instinto, lo que lo asustó aún más. Sin tiempo que perder, ambos atravesaron a grandes zancadas la habitación, y al par de minutos, cada uno revisaba hasta el lugar más absurdo de la nave, con la esperanza de que Candy emergiera de algún escondite.
Al cabo de un rato coincidieron en una de las cubiertas superiores. "¿Avisaste a la tía abuela y los demás?", preguntó Albert.
Archie sacudió la cabeza. "Pensaba hacerlo en este preciso momento."
"Pues me temo que vamos a tener que decirles… aunque es posible que Candy decidiera pasar más tiempo con la tía abuela después de todo."
"¿De veras lo crees?" Ambos enmudecieron por un instante, y luego se echaron a reír. "No, por supuesto que no", concluyó Archie. "Si quieres, yo hablaré con ellos; tal vez la hayan visto, o si no, al menos pueden decirnos dónde la vieron por última vez."
"Gracias, Archie."
Archibald se dirigió al corredor en el cual se encontraban las cabinas contiguas donde pernoctaban la tía Elroy y los hermanos Legan, y tocó ambas puertas simultáneamente. 'Comprendo que a la tía abuela le cueste trabajo ahora levantarse temprano, pero estos holgazanes quieren esperar al mediodía para hacerlo', pensó irritado, mientras continuaba dando golpes a la puerta. Esperó por espacio de un minuto, hasta que al final una de las puertas se abrió, y Elroy se había apoyado contra el marco de la misma, cruzando con autoridad los brazos sobre su pecho. "¿Se puede saber a qué se debe tanto escándalo a tan tempranas horas de la mañana?"
"Se trata de Candy, tía abuela. Ella está-" De repente, la puerta correspondiente al dormitorio de los Legan, se abrió, y un soñoliento Neil preguntó con fingida indiferencia: "¿Qué tan importante puede pasarle a esa barrendera para que nos despiertes de esta manera?"
Archie apretó los puños para no darle una paliza en pleno corredor. Sabía que Neil no tenía tacto para manejar las emergencias, pero de ahí a referirse a Candy con desprecio al comenzar el día… Apretó los dientes para no insultarlo frente a la tía abuela, por respeto a ésta. De pronto, Eliza apareció, con unas marcadas ojeras en su rostro. "¿Sigues preocupándote por ella, hermanito, aún después de haberte desprestigiado?", cuestionó a Neil, quien enrojeció de vergüenza al saberse descubierto en su debilidad. 'De nada sirve aparentar que Candy no me importa', pensó, 'Eliza es capaz de leer todos mis pensamientos.'
Agradecido de la intervención de Eliza, pues de este modo podía recobrar el control para evitar propinarle un puño a Neil, Archie dijo: "Candy no aparece, y la hemos buscado por todo el barco. ¿De casualidad alguno de ustedes la ha visto?"
Neil no pudo evitar hacer una mueca de sarcasmo. ¡Qué más quisiera él que pasar cada momento de sus días con Candy! "Debe estar metida en algún lío, como de costumbre", se limitó a decir.
"Así es", añadió la tía Elroy, para beneplácito de ambos hermanos. "Ya le había advertido a William que esa muchachita nos daría un susto tras otro."
"Ella no es ninguna niña, y sabe que no debe bromear respecto a estas cosas", sostuvo Archie, cruzando imaginariamente los dedos, deseando no estar equivocado. "Vamos; debemos subir y ver de qué manera podemos ayudar a Albert y al resto de la tripulación para encontrar a Candy."
"¿Acaso el barco va a detenerse en altamar sólo por ella?", preguntó Eliza con incredulidad.
Archie advirtió las señales de cansancio en la muchacha. "¿Y acaso dormiste mal anoche, Eliza?", cuestionó por su parte.
Ella se viró de espaldas con indignación, aunque a decir verdad, no quería que él la sorprendiera mientras se sonrojaba. "El barco iba a toda velocidad, y sufrí constantes mareos", se quejó. Entonces todos observaron a Archie, quien comenzaba a perder la paciencia, y se retiraron al interior de sus respectivos camarotes, incluyendo la tía Elroy.
Y media hora después, todos los Andley recorrían, de buena o mala gana, todos los confines del barco. Refunfuñando, Neil auscultó en las zonas de carga, pues sólo allí la estúpida de Candy se sentiría como en su casa. 'Muy parecido a los establos donde vivía', pensó con burla; y cuando estaba por abrir una enorme caja, Albert apareció, con mil y una inquietudes en sus ojos. "El capitán ha enviado por nosotros", avisó, "así que debemos ir al centro de mando."
Neil tuvo deseos de decir, "No se me da la gana ir a ninguna parte", pero se contuvo, pues a pesar de que hasta hace poco Albert era un total desconocido, o peor aún, un vagabundo, para la familia Legan, era un hombre de gran poderío, y volver a hacer un papelón como el de quedar en ridículo al no haber sido aceptado por Candy bien pudiera costarle su parte de la herencia. Con hastío, siguió a Albert a través de los corredores, hasta que ambos se toparon con Archie, Eliza y la tía abuela en el atrio central. Allí, uno de los hombres de confianza del capitán salió al encuentro del grupo, y condujo a todos a través de unas escaleras internas, hasta llegar al punto más alto del navío, desde donde se efectuaban las operaciones navales. En cuanto pusieron un pie en el lugar, el capitán, quien estaba a cargo del timón, hizo señas a uno de sus hombres para que lo relevara, y se acercó a los recién llegados. "Buenos días a todos. ¿Quién de ustedes está a cargo de la señorita White?"
Albert dio un paso adelante. "Yo soy."
El capitán respiró profundo. En sus más de treinta años al servicio de los mares, había tenido que pasar, un sinnúmero de veces, el trago amargo de ser el portador de tristes noticias, y jamás se acostumbraría a ello. Aunque le sucediera treinta veces más, nunca olvidaría los rostros de los familiares… nunca sería fácil. "Disculpe mi intromisión, señor-"
"Andley", pronunció Albert, "Albert Andley."
El hombre a cargo del barco estrechó manos con el rubio. "Mi nombre es Francis Newman", se aclaró la garganta. "Señor Andley, sé que esto no me incumbe pero… esa joven, Candy, ¿sabe usted si había tenido algún disgusto con alguien, o si estaba atravesando por un gran problema?"
Todos se miraron confundidos, excepto Archie, para quien el ánimo apagado de Candy nunca pasaba inadvertido, ni siquiera cuando ella trataba de disimularlo. ¿Sería posible que…? "Ella tiene sus días de risas y lágrimas, como todos los de su edad", explicó, tomando la palabra. "¿Pero a qué se debe la pregunta?"
El capitán Newman volvió a dirigir su atención a Albert. "¿Está usted de acuerdo con esa aseveración, señor?"
Albert asintió con la cabeza. "Mi hija adoptiva acaba de sufrir una desilusión amorosa, pero suele sobreponerse al dolor de forma admirable."
Newman caminó hacia la salida. "Tal vez se ha cansado de ser fuerte." Y abriendo la puerta para salir, hizo un gesto a la familia de pasajeros para que lo siguieran. Todos, incluyendo a los Legan y la tía Elroy, se miraron con curiosidad, y siguieron al experimentado hombre de mar, corredor por corredor, hasta llegar a la cubierta donde habían visto a Candy por última vez. Allí, el capitán Newman extendió una mano, convocándolos a acercarse a la baranda, y así lo hicieron, excepto Eliza. "¡Ya estuvo bueno de tanto buscarla!", protestó furibunda. "¿No entienden que no la volveremos a ver?"
Todos se voltearon al escucharla. ¡Cómo deseaba ella tragarse las palabras! Ahora Albert y Archie sospecharían de ella, y serían capaces de cualquier cosa con tal de hacer justicia. ¿Cómo pudo ser tan estúpida? Su propia lengua viperina era su peor enemigo. Improvisando una manera de desviar la atención, explicó: "Veo que soy la única aquí que ha entendido lo que quiere decirnos el capitán: que Candy se lanzó al agua porque quería morir."
Albert, quien ahora la examinaba con escepticismo, hizo un esfuerzo para obviar la insensata teoría de Eliza, que más bien era un deseo, y preguntó a Newman, esta vez sin más rodeos: "¿Qué le pasó a Candy, señor?"
El capitán suspiró hondo, pues contrario a lo que tenía previsto, y a juzgar por la actitud despreocupada de la joven dama de cabello cobrizo, no le quedaba otro remedio que mostrar el hallazgo de una buena vez, así, sin delicadezas ni preámbulos. "Acérquese un poco más al borde, señor Andley", dijo a Albert; y cuando éste acató la orden, continuó: "No lo hemos removido pues queríamos aguardar a que usted lo viera."
"¿Qué es lo que tengo que ver?", cuestionó Albert, con un hilo de creciente impaciencia en su voz. "No logro distinguir nada…" Sin despegar los ojos del mar que los rodeaba, estaba a punto de concluir que no tenía sentido estar allí, y que el capitán se había equivocado, perdiendo un tiempo por demás valioso… y fue entonces cuando distinguió, más abajo, la cinta rosada colgando fuera de una escotilla, en la cubierta más profunda del barco, casi a nivel del mar. Esa cinta, que la noche anterior había rodeado la pequeña cintura de Candy por encima de su ropa, se había convertido en la prueba irrefutable de que su niña adorada se había topado con un cruel destino… o un triste final.
