PRINCESA DE LA NOCHE

Por Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.

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CAPITULO 3: Mercado de piel

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Días después

Un calor sofocante la había arropado de pies a cabeza, y fue así como adquirió conciencia de que no había sido un sueño después de todo, y que si había perdido el conocimiento, tenía que volver en sí. Trató de abrir los ojos, pero sus párpados estaban demasiado pesados. ¿Cuánto tiempo había llevado así, sin reaccionar… y dónde estaba? Apenas recordaba, parte por parte, lo que había sucedido: estaba jugando sobre la baranda en el barco cuando de repente sintió que se tambaleaba, y en un abrir y cerrar de ojos había caído al mar… ¿o sería que la empujaron? Trató de hacer memoria sobre la manera como había ido a parar a las oscuras aguas, pero cada vez que lo hacía, un latido amenazaba con martillar sus sienes. Aún así, no debieron haber pasado muchos minutos antes de haberse desmayado, y ahora estaba viva, ¡viva! con un pegajoso sudor en sus ropas y en su piel. ¿Por qué percibía su ropa tan liviana, y tan impregnada a su cuerpo?

"Al fin estás despertando… ya casi es mediodía."

Sin abrir sus ojos aún, Candy giró la cabeza en dirección a aquella voz de mujer. Intentó hablar, pues tenía mucho que preguntar, pero la resequedad de su boca y garganta lo impidieron. 'Tengo sed', pensó, y justo cuando separó los labios en un desesperado esfuerzo por emitir palabras, oyó otras veces lejanas, voces de personas, al parecer casi todos hombres, conversando en un lenguaje difícil de descifrar-

"¿En dónde estoy?"

La angustia había sido el detonante para que las palabras brotaran de los labios y el corazón de la enfermera, y acto seguido abrió los ojos, y se sentó de golpe, esperando encontrarse en la comodidad de su camarote y no en medio de una pesadilla de naufragio; pero al mirar a su alrededor, una tienda de campaña cubría todo el espectro visual, y un anaranjado e intenso sol parecía alojarse en el centro de la misma. "¿En dónde estoy?", volvió a preguntar; y fue entonces cuando sintió que le tocaban un hombro, y al haber dado un brinco de susto, la chica cuya voz había escuchado hacía unos segundos se interpuso entre ella y la abertura de la tienda. "Me alegra que hayas sobrevivido", la oyó decir, "estabas muy mal cuando te encontraron."

Candy se sobresaltó. La joven que estaba con ella parecía agradable, pero las rojizas tonalidades del sol que entraban por la espesa tela que formaba la tienda, y un fuerte olor a una especia hasta ahora desconocida empañaba cualquier intención de hacer conversación con ella o con alguien más. Entonces recordó que las voces provenientes del exterior hablaban en otro idioma, y antes que saliera huyendo despavorida, la otra muchacha, cuyos cabellos tenían un ligero matiz castaño, la sujetó con gentileza por la cintura, volviéndola a recostar en el suelo, esta vez sobre una pila de almohadas. "No debes esforzarte demasiado", sonrió, a pesar de que sus ojos reflejaban una profunda tristeza, ¿o resignación?, "Estuviste varios días con fiebre… al menos te trajeron hasta aquí, y me encargaron cuidarte mientras te reponías. Gracias a ti, no hemos tenido que dormir apiñadas con otras decenas de chicas."

"¿Apiñadas?", repitió Candy, abriendo los ojos más allá del límite de sus cejas, y su gesto había sido tan gracioso que la otra no tuvo otro remedio que reír. "Discúlpame… sé que no debería estar riendo cuando más bien debiéramos rogar porque esta vez nos escoja un buen dueño…"

Candy no sabía si tomar o no en serio las palabras de esta jovencita cuyo acento era indiscutiblemente británico, lo que desencadenó una madeja de recuerdos que no estaban supuestos a ser tan lejanos, recuerdos colegiales de una ilusión que, en lugar de haber mermado, había madurado con el paso de los años hasta sitiarse en su corazón de manera permanente, y era esa permanencia la que tenía que eliminar. "¡Casi llego a creerte, es muy buena broma!", exclamó, sintiendo que simpatizaba con la damita que destellaba unos ojos de un llamativo color jade. "¿Cómo te llamas?"

Aliviada al ver que la enferma se había repuesto, la muchacha respondió: "Soy Edwina… aunque en unas horas volverán a llamarme por el nombre que escogieron para mí."

"Pues yo soy Candy White, y de donde vengo, cada persona conserva su nombre."

Edwina sonrió con amargura, lo que volvió a activar el latido de alarma en la sien de ella. "Y yo que pensé que habías intentado escapar al igual que yo, pero ya veo que es tu primera vez…" Se acercó a ella de manera que nadie, dentro o fuera de la tienda, pudiera escuchar lo que ambas platicaban. "¿Sabes dónde estamos, Candy?"

La rubia sacudió los hombros en negativa. "El barco donde viajaba se dirigía a Egipto, así que supongo que debemos estar en El Cairo."

Edwina inhaló hondo. "Han pasado varios varios días y noches luego de que te recogieran; y ahora que hemos llegado a nuestro destino, es preciso que sepas por qué estamos aquí, y qué es lo que se espera de nosotras." Se viró de espaldas para asegurarse que la tienda estuviera cerrada por completo, de manera que pudiera continuar conversando a sus anchas; y fue así como Candy advirtió que, a excepción de una transparente túnica azulada, su compañera estaba desprovista de ropa. "No salgas a la calle vestida así, Edwina", le advirtió entre risas, extendiendo el brazo mientras lo hacía… revelando una igualmente traslúcida pieza sobre su piel. Con su corazón latiendo a toda velocidad, y con su sentido de alarma ahora estable dentro de su cabeza, apartó con brusquedad la manta con la que Edwina la había protegido de la fiebre, y al verse envuelta en una ligera capa más incitante que la desnudez misma, buscó los ojos de Edwina, encontrando en éstos la misma compasión y agotamiento que había notado al despertar. "¿Y mi vestido?", cuestionó con temor mientras se cubría su figura con sus manos, y ni siquiera su cabellera podía mantener ocultas ciertas áreas. "¿Y mi pelo?"

"Todas llevamos el mismo peinado… una gran trenza difícil de soltar", fue la rápida respuesta de Edwina. "Estamos en Anatolia, imperio de los otomanos… y tú y yo estamos a punto de ser vendidas como esclavas al mejor postor."

Candy estaba a punto de llevar sus manos hacia su cabello trenzado cuando recibió el impacto de las palabras de Edwina. Anatolia… otomanos… las historias que tantas veces Albert le había relatado y que ella nunca había dado por ciertas… ¡Albert! "Tengo amigos que me esperan en el barco, y deben estar buscándome", murmuró, tratando de ignorar el lugar y la situación en la que se encontraba. "Me simpatizas, Edwina, y me gustan tus bromas, pero Albert debe estar preocupado por mí", añadió, y se levantó para salir de la tienda, pero Edwina la sujetó por una de las muñecas. "Hablo en serio, Candy; de hecho, ésta no es la primera vez para mí, pues hace unos días intenté escapar, pero el barco donde viajaba había sido interceptado por los miembros de una goleta otomana, y aquí me tienes." Giró a Candy sobre sus talones con la intención de hacerla descansar un poco, pero esta última se escurrió entre las piernas de la otra, y justo cuando iba a apartar los pliegues de la abertura de la tienda, Edwina la agarró por las piernas, cayendo ambas al suelo. "¿Por qué no me dejas ir?", preguntó Candy con desesperación, luchando en vano por liberarse. "¿Por qué no me permites regresar junto a los míos?"

"Porque están muy lejos", contestó Edwina, mientras continuaba sujetando las piernas de Candy con dificultad, "y porque afuera hay unos hombres que te matarán si intentas huir."

"Debe haber algún error", objetó la rubia, y al ver la derrota en los ojos de Edwina, se zafó de los brazos que la aprisionaban, y salió corriendo de la tienda… para toparse con un gigantesco y temible hombre vestido con ropas extrañas, muy similares a las de los libros de cuentos ilustrados que Albert le había mostrado en el escaso tiempo que habían compartido luego que se diera a conocer su identidad. Tragó saliva al descubrir que todo cuando Edwina le había contado era cierto… había sido rescatada del agua por unos traficantes de esclavas, y ahora estaba bajo la lujuriosa mirada de unos comerciantes, lo que le hizo recordar que estaba escasa de ropa, y que ciertas partes de su cuerpo estaban demasiado expuestas al ojo de quienes la observaban. Esquivando los ojos del enorme sujeto que le cerraba el paso, miró de reojo a una muchedumbre, toda masculina, que se apostaba frente a un improvisado escenario hecho en tablas de madera, sobre el cual estaban situadas las tiendas de campaña donde Candy, Edwina, y quizás otras chicas raptadas aguardaban, impacientes e incrédulas, una vía de escape. Elevó un poco el mentón, lo suficiente para alcanzar a ver el angosto y concurrido callejón repleto de puestos de venta de artículos y alimentos, conformando una plaza de mercado donde ninguna mujer o niño era participante… a excepción de ella y quién sabía qué otras jóvenes encerradas. Todos los hombres llevaban un peculiar sombrero en la cabeza, así como una serie de interminables capas como prenda de vestir; y a lo lejos, uno de ellos hacía señas a los demás para que no hicieran tanto ruido. 'Es un mercado clandestino', pensó con pavor, enfocando su vista en un punto vacío que le permitiera ignorar la atmósfera de perversión a su alrededor, recibiendo como único campo visual el levantado pecho de ese hombre que ahora la sujetaba por una de sus muñecas…

"¡Candy!"

Como una bendita aparición, Edwina había salido corriendo de la tienda de campaña. "No debiste salir. ¡Ellos son capaces de lastimarte!"

"¿Lastimarme en qué modo?", preguntó Candy, mientras que su captor la llevaba casi a rastras al centro de la tarima, y Edwina, siguiendo sus pasos con impotencia, confesó: "Pueden matarte en un abrir y cerrar de ojos; pero si te refieres a tu honra, eso dependerá de quién se convertirá en tu amo. Yo, por ejemplo, sigo siendo virgen, pero a partir de hoy es posible que pierda mi doncellez."

"El Padre Celestial es mi único amo, y también el tuyo", declaró Candy con una sonrisa, a pesar de que el temible hombre la había colocado ante la vista de todos. "¿Qué hacías aquí entonces?"

Edwina había sido empujada por otro hasta quedar al lado de la recién llegada. "Veo que tratas de negar lo que está ocurriendo, pero de nada sirve… además, este no es un buen momento para conversar. Mira… ahí vienen otras, y si no nos comportamos como se espera, pudiéramos ser vendidas a una sucia casa de citas, o peor aún, ser llevadas lejos de Estambul, y entonces sí se perderían las esperanzas de escapar y hallar a nuestros seres más apreciados-"

¡PAF!

El golpe había sido tan inesperado que ninguna de las dos había tenido tiempo de asimilarlo. Aliviando con una mano el impacto del manoplazo que había recibido en la nuca, Edwina se incorporó con lentitud, mientras que otro hombre a cargo del grupo gritaba: "Çıkmayanları veya ölmek!" Candy miró a Edwina en busca de algún indicio de que su compañera hubiera aprendido a comprender el lenguaje de estas personas en su pasada experiencia, y al no hallar una respuesta en el compungido rostro, se concentró en observar la pared de un edificio al otro extremo del callejón. ¿De qué servía fingir ignorancia acerca de las intenciones de estos hombres, cuando ahora más que nunca deseaba hallar la manera de leer sus mentes, y más que nada, de salir de ese lugar que parecía tan lejano, muy distinto a la descripción que había hecho Albert de Egipto? Ni siquiera en pesadillas hubiera imaginado semejante escena. Conteniendo los deseos de gritar, guardó silencio para evitar que se asestara otro golpe a Edwina, o incluso a ella misma, y apretó los párpados en un intento de no prestar atención a los crecientes y ya incesantes gritos de euforia de los presentes, alentándose unos a otros. De pronto, sintió cómo sus manos eran llevadas detrás de su espalda, quedando inmovilizadas, y al abrir los ojos, otras cinco o seis chicas, de facciones mediterráneas, se apostaban al lado de ella, todas con lágrimas en los ojos, y al igual que ella, habían sido amarradas con una cuerda para no moverse. Al verlas en ese estado, la multitud comenzó a señalarlas con el dedo, y uno de los presentes apuntó hacia sus pechos, claramente visibles a través de la fina tela que la cubría, y volvió a fijar la vista en la distante pared, con la amenaza de una lágrima en la cuenca de sus ojos. Contempló dicho edificio lo suficiente para apreciar en detalle las ventanas en forma de arcos despuntados, el mosaico hecho a base de azulejos, y una amplia terraza en el piso más alto. De no haber sido por las circunstancias, se habría maravillado ante el minucioso y bien cuidado diseño, y se cuestionó si el resto de la arquitectura otomana era similar. Continuó con la mirada fija en la estructura hasta que oyó la susurrante voz de Edwina: "Nos dijo, 'Cállense o morirán.'" Y al ver que Candy se había quedado sin habla, explicó: "No conozco casi nada de la lengua otomana, pero aprendí a entender ciertas frases…"

Candy se llevó el dedo índice a los labios para silenciarla. "No quiero que vuelvan a golpearte."

Edwina sonrió con tristeza. "Al fin estás tomando esta subasta en serio… y mi mejor consejo, por muy absurdo que sea, es que pase lo que pase, luchemos por sobrevivir."

"Sobrevivir…", repitió Candy con incredulidad; de repente, vio con espanto cómo una de las esclavas era llevada al frente, quedando casi a merced de los lascivos compradores, y sin previo aviso, uno de los verdugos alzó un puñal que llevaba en el bolsillo, y con el mismo rasgó la túnica de la joven, dejándola desnuda a la vista de todos, y enseguida los hombres lanzaron silbidos y levantaron billetes al aire, sin dejar de admirar la mercancía de piel que les había sido presentada. La indefensa chica, incapaz de usar los brazos para moverse, intentó correr hacia un lado, pero uno de los captores la agarró por la cintura, y volvió a llevarla a su posición inicial, sujetándola por las caderas para que no volviera a huir, y ella, al sentir el escrutinio del público, comenzó a gritar, lo que acrecentó el deseo de quienes admiraban su belleza, hasta que el raptor, para callarla, extrajo un látigo de un bolso que llevaba colgado de un brazo, y con el mismo asestó un fuerte golpe en la delicada espalda, y la lastimada mujer, habiendo ya experimentado el dolor de la flagelación, se mordió los labios, y continuó llorando en silencio.

Candy comenzó a temblar sin control, y luchó con toda su fuerza interna para que los enfermizos compradores no repararan en su agitación, pues ni siquiera podía ocultar las reacciones de su cuerpo. 'Padre Eterno, ¿qué va a pasar conmigo?', preguntó en silencio, '¿y qué será de Albert y mis amigos cuando descubran que ya no estoy en el barco'? De repente, pensó en la señorita Pony y la hermana María, y en los niños del hogar de Pony, y un nudo se agolpó en su garganta, pues cada vez se hacía más grande la posibilidad de no regresar a América nunca más, ya fuera porque se convertiría en una esclava el resto de su existencia, o porque pudiera perder su vida… sobrevivir. Así había propuesto Edwina, como única solución al infortunio que se avecinaba, ¿pero cómo, si con toda probabilidad perdería su inocencia en cuestión de horas, a manos de cualquiera de estos pervertidos? Sus ojos esmeralda se llenaron con el ardor de las lágrimas al observar cómo la jovencita que había sido lastimada finalmente era vendida a uno de los hombres que había apostado por ella, y llevada de vuelta a su tienda de campaña, tal vez para ser arreglada y trasladada a su nueva morada, y preguntó a Edwina con voz entrecortada: "¿Quién era tu amo… y qué hacías antes que intentaras escapar?"

Edwina miró a ambos lados para asegurarse que nadie la escuchaba. "Trabajaba como cocinera en el palacio de Yildiz, actual vivienda del Sultán, aunque no creo que hoy corra la misma suerte…" Y cuando los sanguinarios se dedicaron a desvestir a la siguiente prisionera, agregó: "Es inevitable que seas vendida a cualquiera de los que se encuentra aquí, a menos que muestres un mal comportamiento y te maten; pero al menos podrías formar parte del séquito del Sultán."

"¿El Sultán?", preguntó Candy en voz alta, a lo que Edwina exclamó: "¡Shhhh!", y cuando los vendedores procedieron a vender a la tercera subyugada explicó: "Mehmed Reshad es bastante mayor, y no muy guapo que digamos, pero será una fortuna formar parte de su harén ya que así no tendrás que mendigar en las calles, como de seguro ocurrirá si uno de estos comerciantes de quinta te comprase a un precio módico."

"Hablas de mí como si fuera un objeto…"

"Porque eso somos para ellos, aunque se basan en un fundamento religioso. Además, el Sultán tiene varios hijos varones que también tienen ansias de llenar su necesidad de placer; y el más guapo de todos es ése que andaba perdido y que ya apareció… el príncipe Tarkan."

"No quiero pertenecer a ningún otro hombre, aunque sea el más guapo sobre la faz de la tierra."

"¿Ningún otro hombre? ¿Acaso ya…?"

"Aún no he dormido con un enamorado, por cuestión de principios… me refería a mi corazón, y hay alguien por quien sufro y respiro."

"Pues en Estambul nuestros principios no importan… aquí los valores son muy diferentes a los nuestros- ¡oh, no, ya vienen por ti!"

"Senin geri!"

Con sus verdes pupilas abiertas de par en par, Candy miró por última vez a Edwina, antes de ser llevada al centro de la compraventa. "Es tu turno, Candy", susurró su amiga, comprendiendo y repitiendo las palabras que habían sido pronunciadas. "Debes mantenerte fuerte…"

"¿Pero cómo?", preguntó la rubia, incapaz de patalear o arañar a los dos hombres que la sujetaban. "Ni siquiera puedo defenderme…"

"Mi nombre de esclava es Enise, ¡no lo olvides!"

"¡Edwina!" Sin siquiera poder extender el brazo a su amiga en señal de gratitud, Candy fue conducida al frente de las otras, quedando como centro de atención de todo el mercado. 'Esto no fue lo que planeamos para nuestras vacaciones, Albert', pensó con ironía, y casi rió por el absurdo de estar a punto de ser vendida como una res de ganado, pero al hacer memoria del castigo que pudiera serle infligido si mostraba indicio alguno de burla o resistencia, se mantuvo quieta en su lugar, muy en contra de su voluntad. Apretó los párpados hasta que le dolieron, no sólo para evitar la pena de sorprender a los maliciosos hombres devorándola con la mirada, sino también a modo de preparación para el momento en que quedara expuesta ante todos como Dios la trajo al mundo, y fue en ese instante que a su mente le asaltó un pensamiento como nunca antes lo había tenido: en cuestión de horas, o quizás hasta de minutos, se convertiría, a la fuerza, en una mujer… una mujer al servicio de quien estuviera dispuesto a pagar por disfrutar de su cuerpo, una y otra vez. Como parte de su preparación en la escuela de enfermería, ella y otras estudiantes habían sido instruidas en principios básicos de la vida íntima en pareja, pero de todos modos, y debido a su inexperiencia en la materia, su noción sobre el apareamiento entre un hombre y una mujer era muy vaga, alimentada sólo con la fantasía de disfrutar de esa primera vez junto a la persona que amaba, y con la que había soñado casarse algún día… Terry.Ahora que a todas luces iba a ser desflorada por el libidinoso que invirtiera en su material de placer, se detuvo a pensar, por vez primera, en lo que hubiera sido su primera noche de amor con su adorable chico rebelde. En medio de su desdicha, y distanciándose de los gritos ensordecedores del gentío que aclamaba por verla en traje de Eva, sonrió al imaginar a un irreverente Terry Granchester haciendo bromas en pleno lecho nupcial, a fin de hacerla sentir bien y que acogiera, sin ansiedad ni dolor, la unión física de ambos. 'Hubiera sido hermoso… su cabello, sus ojos, su cuerpo tan caliente…' Había experimentado la protección de esos brazos y la calidez de su pecho la tarde en la que ambos habían montado a caballo, dejando atrás la tristeza que había empañado su vida tras la muerte de Anthony, y desde ese día, ella había evitado pensar en ese cuerpo que había servido de refugio para su dolor, pues no era correcto que una señorita, y mucho menos una "dama" perteneciente a los Andley, tuviera pensamientos poco inocentes sobre la anatomía de alguien del género opuesto.'Si tan sólo hubieras sido tú, Terry… si hubiera sabido lo que me esperaba', pensó con aflicción, 'no me hubiera separado de ti nunca.' Y habiendo descifrado la verdad de su corazón, abrió los ojos para confirmar a sí misma lo que su alma de mujer enamorada le había revelado; pero de inmediato comprendió que había cometido un grave error, pues en cuanto abrió sus pupilas al mundo real, el peligroso y cruel negociante alzó su cuchillo, y en un único movimiento, despedazó la única pieza de tela que se interponía entre su piel y el deseo contenido de los consumidores.

De niña había estado acostumbrada a compartir la hora del baño con Annie y con otros huérfanos en el hogar de Pony, y posteriormente, en calidad de enfermera, había tenido que desvertir a no pocos pacientes, ayudando a varios de éstos en su aseo personal; no obstante, y a partir de su temporada junto a los Legan en Sunville, había preservado la desnudez de su cuerpo como algo propio y hasta sagrado… Elevó la mirada al cielo para esquivar las miradas fijas en sus formas, y sintió frío a consecuencia de su falta de ropa, un frío incómodo y desagradable que erizó su piel, en especial sus pechos susceptibles a los cambios en la temperatura, y uno de los tantos sujetos que se deleitaban con su anatomía se había dado cuenta de ello, y con el dedo apuntó hacia su torso, haciendo ademán a los otros para que mantuvieran la vista fija en el rosado pecho. Su cuerpo aún mostraba la inocencia de la niñez, lo que sería una desilusión para algunos, y un mayor éxtasis para otros, pero de lo que sí estaba segura era de que ella era, entre la esclavas, la única con tez muy blanca y cabellos dorados, lo que atraería aún más la atención de todos. De súbito, un individuo señaló el monte entre sus piernas, y todos comenzaron a reír, y Candy no entendía por qué, hasta que vio, a lo lejos, a la chica que había sido subastada justo antes que ella mientras era llevada al interior de la tienda de campaña. 'No tiene vello, y tampoco las demás', descubrió con el pánico de convertirse en el nuevo motivo de burla de la multitud, y cruzó las piernas por instinto, tratando, sin mucho éxito, de ocultarse, lo que avivó aún más la fogosidad de los espectadores, hasta que uno de ellos alzó la mano, portando varias monedas, y tras él, otros alzaron los brazos frenéticamente, mostrando amplias fajas de billetes…

Muchas veces había sufrido humillaciones, comenzando en la mansión Legan, pero todas las había superado con fe y perseverancia, aferrándose a la esperanza, que más tarde se convertía en certeza, de que más adelante llegarían tiempos mejores. La tragedia la había tocado de cerca varias veces, y a pesar de sus pasadas experiencias con la muerte de sus más apreciados, en tributo a ellos, se había repuesto de las mismas con entusiasmo y mucho, mucho esfuerzo. Y luego de su separación de Terry, poco a poco se había ido resignando a su soledad, así como a la obligación moral de él con Susana, aunque aún no lograba arrancarlo de su mente y su corazón. Varias pruebas le habían sido presentadas en su vida, demasiadas para una joven de su edad, y cada escollo que encontraba a su paso era dejado a un lado con energía y entusiasmo, y con cada lección aprendida aumentaban sus deseos de vivir… hasta ahora. Ninguno de los sucesos que habían acontecido a sus dieciocho años la habían preparado para la insensibilidad con la que este sádico grupo la exhibía en forma tan vulnerable, y aunque no había hecho nada de lo que cual pudiera avergonzarse, se sintió indigna de todo, y denigrada en lo más profundo de su ser; y por primera vez en su vida, comenzó a cuestionarse si no hubiera sido mejor morir en altamar. ¿Por qué la rescataron del naufragio, por qué… para luego ser degradada a algo menos que un artículo de limpieza? Nadie, ni siquiera Neil y Eliza, la había hecho sentir tan inferior, tan impura… sí, impura, pues todos cuantos se disputaban su cuerpo la habían manchado con sólo mirarla. Y aunque siempre le había tenido sin cuidado las apariencias, pensó en Albert, Annie y Archie, Patty, la señorita Pony la hermana María… '¿Qué dirían si me vieran así?' Y Terry, tan lejano como la quimera de lo que pudo haber sido entre los dos y nunca fue… 'Si tan sólo estuvieras aquí conmigo', rogó en su interior, 'si tan sólo te viera una última vez… ¡hay tantas cosas que quiero decirte!' Cansada de luchar contra lo inevitable, y sin poder contener más su desasosiego, bajó la cabeza en total rendición, dejando que un torrente de lágrimas se deslizara por sus mejillas, bajando hasta su tembloroso pecho, lo que desencadenó más risas de parte de los asistentes. Agotada aún cuando minutos atrás había despertado de un largo reposo, y sin dejar de llorar, mantuvo los ojos cerrados, a la espera de ser presentada ante el hombre que habría de desvirgarla…

"Söz konusu Var olan Prens!", gritó alguien.

El silencio se había apoderado del cóncavo espacio, y sin amainar su llanto, Candy abrió los ojos lentamente, temiendo ser víctima de otro suceso de aberración; pero esta vez los presentes se habían volteado de espaldas, y cuando ella se aventuró a elevar la vista a ver de qué se trataba, un espigado e imponente joven, montado en un caballo no antes visto en América ni en Londres, cabalgaba en medio de la multitud, abriéndose paso entre la gente… en dirección a ella. "Noooo", susurró entre lágrimas, con su pecho agitado por el miedo de ser entregada a este hombre que se acercaba cada vez más a ella, a su cuerpo desnudo… 'Nadie me había visto así, y menos tan de cerca', pensó aterrada, mientras el público se inclinaba en acto de reverencia ante la presencia de quien parecía ser un miembro de la realeza. Llevando un oscuro uniforme militar como vestimenta, y un pintoresco sombrero rojo sobre su cabeza, el recién llegado miraba por encima del hombro a la concurrencia, y su arrogancia no había pasado inadvertida para sus compueblanos, quienes hacían muecas de desagrado al ser prácticamente ignorados por el hombre que con indiferencia continuaba llevando las riendas de aquel caballo negro de mirada tan fuerte como la de su dueño. 'Padre Celestial, no permitas que sea él quien me lleve', rogó Candy con su mente y corazón, y fue entonces cuando oyó la voz de Edwina, o Enise, como debía llamarla en lo sucesivo, exclamar con asombro: "¡Es el príncipe Tarkan! No sabía que ya podía salir de paseo fuera de su sarayi. Y esta vez lleva un uniforme…"

Con su rostro aún empañado por las lágrimas, Candy giró un poco el rostro hacia atrás en busca de la chica que la había ayudado a salir de la peligrosa fiebre, y dijo, con voz quebrantada: "Silencio o volverán a golpearte…"

"¿A quién van a golpear, Nadire?"

Candy y Edwina cruzaron miradas. Ninguna de ellas había emitido palabra alguna. ¿Quién había tomado la palabra, entonces… y en inglés? Advirtiendo un súbito brillo en los ojos de Edwina, Candy sintió un escalofrío en la nuca, y poco a poco se incorporó de vuelta a su posición inicial… y allí estaba, como una visión de cuentos de fantasía, el príncipe que con su sola presencia había acallado a toda una plebe, bajando, con experto dominio, del intimidante equino que ahora protestaba, relinchando, por haber quedado separado de su amo, y él le dio una palmada en la crin diciendo: "Sakin, Saglam, Sakin…", y a paso lento, pero firme, caminó hacia ella, llevando una inexpresiva mirada. ¿Acaso ella le desagradaba, y quería mandarla a fusilar o algo parecido? Las pupilas del príncipe estaban enmarcadas por una turbidez que impedía descifrar su emoción, y a ella no le quedaba claro tan siquiera cuál era el color de sus ojos, lo que la asustó aún más, pues no sabía qué esperar de este hombre que, a pesar de que no aparentaba tener más de diecinueve o veinte años, exudaba peligro y distinción en una sola persona. Las condecoraciones y otras insignias de rango estaban ausentes en su uniforme, lo que confirmaba que este Tarkan era, como había indicado Edwina, el hijo pródigo del poderoso Sultán. Aún así, el desenfado de él al caminar, y la confianza y superioridad con la que se desenvolvía entre los comerciantes, mostraban un garbo y seguridad que sólo los aristócratas solían portar, como si respondiera al llamado de la sangre…

No se había percatado de que había dejado de llorar, y no era para menos, pues en un respiro el príncipe había subido en dos zancadas a la tarima, deteniéndose a sólo unos centímetros de ella, y sintió que su piel se erizaba de miedo al tenerlo frente a frente, tan cerca de su cuerpo desnudo, en plena luz del día… Bajó la cabeza, y notó que las botas puntiagudas que él tenía puestas lo hacían ver más alto y delgado de lo que ya era, y contuvo los deseos de volver a llorar, pues había quedado a merced de este señor.

"Te hice una pregunta, Nadire. ¿A quién quieren golpear?"

Candy no sabía si confiar en él o temerle aún más, pues todo en él era ambiguo y misterioso. La voz del príncipe era un contraste entre un melodioso tono y una arrastrada nota mediterránea, y recordó que era muy probable que él hubiera pasado gran parte de su vida en otro país. Un trasunto de acento americano, o tal vez europeo, se entremezclaba con una extrema y cautelosa lentitud al hablar, como si él midiera con premeditación cada una de sus palabras. Sin despegar la vista de las elegantes botas, ella preguntó, entre balbuceos: "¿Có… có… cómo me ha llamado?"

El colocó una mano debajo de la barbilla de ella, levantando la misma de forma tal que ella alzara la mirada hacia él. "Nadire… tu nombre será Nadire."

Olvidando su carencia de vestido, ella abrió los ojos, perpleja ante el exceso de confianza de él. ¿Con qué derecho la llamaba por el nombre que se le antojaba, aunque tuviera toda la autoridad para hacerlo… y cómo se atrevía tocarla así, por la barbilla, cuando sólo un muchacho lo había hecho con la misma insolencia, en una época y un lugar muy diferentes?... aunque a decir verdad, en aquella ocasión tampoco le había agradado el descaro con el que Terry la había obligado a mirarlo, habiéndola tomado por sorpresa. Pero ahora era un príncipe quien reclamaba su atención, con unas perturbadoras pupilas nubladas por algún torbellino emocional, o por un velo de misticismo, acentuado por sus manos cubiertas con finos guantes de un blanco resplandeciente, haciendo del contacto uno íntimo e imperativo al mismo tiempo. "Yyyyo…", comenzó a tartamudear, mientras que él alzaba las cejas, a la espera de una contestación. "Mi nueva amiga… pudieran lastimarla, y…" Se perdió en el vacío de sus palabras, y su mandíbula comenzó a temblar como antesala a un nuevo caudal de llanto. Su cuerpo, su dignidad, su vida, e incluso la vida de Edwina, estaban en manos de este príncipe de tez bronceada, nariz extrañamente perfilada y corto, aunque raro, cabello azabache. Fue así como por su mente atravesó la idea de que podía tomar ventaja del interés que había despertado en el venerado Tarkan, y correr lo más lejos que pudiera llegar, aunque luego tuviera que pedir ayuda para desatarse y pedir ropa prestada, sin importar que nadie la entendiera en su propio idioma. Buscó con el rabillo del ojo al grupo de hombres que la habían capturado, y grande fue su alivio al observar que éstos también mantenían sus sentidos ocupados con la presencia del príncipe. Sin tiempo que perder, inició una carrera para huir del eminente hijo del Sultán, y de todos los que allí se encontraban, pero él, precisamente él, fue más ágil interpretando los impulsos de ella, y con un potente brazo la asió por la cintura, y la atrajo hacia él, quedando justo detrás de ella; tanto, que podía sentir el aliento masculino en la base de la nuca, y un aroma que había reconocido en su temporada como enfermera en la Clínica Feliz: el pachulí. El doctor Martin usaba el mismo con fines medicinales, aclarando que dicha planta también despedía una sensual fragancia tan intensa como las tierras lejanas de donde provenía. Pero lo que más perturbaba a Candy era estar pegada cuerpo con cuerpo a él, sin ropa alguna que la protegiera, y casi podía palpar las delgadas proporciones del joven bajo la cálida tela de su uniforme. Cerró los párpados, esperando con espanto que él se propasara con ella allí mismo, frente a todos, hasta que oyó un terrible chasquido, y al abrir los ojos, el verdugo que momentos antes le había arrancado la ropa llevaba consigo el látigo con el que había azotado a la primera chica que había sido vendida. El corpulento ser levantó el instrumento de dolor en el aire, dispuesto a lanzar el primer azote contra Candy, pero el príncipe hizo un alto con la mano, en una clara señal de orden para que el otro se detuviera; y sin apartar la vista del castigador, susurró a ella en el oído: "Tranquila, Nadire… no voy a hacerte daño."

¿Acaso era su imaginación, o le pareció escuchar una risa contenida en la garganta del príncipe, como si el frustrado intento de ella para escapar le resultara divertido… o peor aún, se burlaba de ella por tener el poder de controlarla, al punto de impedir que fuera flagelada sin piedad? ¿Se suponía que debía estarle agradecida, cuando era casi un hecho que más tarde abusaría de ella? En eso, oyó que él decía al aprehensor, en ese curioso tono de voz armoniosa y a la vez forzada: " Bir giysi için ona arkadaş ... vaat içeren not onlar için ve tüm burada yaşayan."

El captor lo miró sin comprender; pero al cabo de unos segundos, hizo un gesto con la cabeza a sus hombres, y el príncipe permitió que Candy, Edwina y las esclavas restantes fueron llevadas de inmediato a una tienda de campaña cercana. Allí, fueron provistas con una túnica, y Candy, rauda y veloz, se cubrió con la misma, agradecida al Todopoderoso de contar, al fin, con una prenda de vestir, y de repente le asaltó un terrible pensamiento; pero Edwina, leyendo la preocupación en los ojos de su amiga, la reconfortó diciendo: "Fui yo quien te cambió de ropa antes que recobraras el conocimiento, a instancias de ellos."

Suspirando de alivio, Candy preguntó: "¿Qué sucede, Edwina?"

"Enise… debes llamarme Enise."

"¿Qué fue lo que pasó… pudiste entender lo que dijo el príncipe?"

Edwina sonrió con tristeza. "Aún me falta mucho por aprender de ese lenguaje, pero era algo así como, 'Busquen algo de ropa para ella y su amiga... pagaré por ellas y por todas las que aquí se encuentran.' Y por cierto, se me hizo difícil entenderlo, pues su dominio del vocabulario otomano es muy limitado."

Candy se rascó el trenzado cabello, desconcertada por la acción tomada por el príncipe. "Debe tener mucho apetito de placer ese señor Tarkan, para querer tomarnos a todas como sus concubinas."

Edwina movió la cabeza en negativa, hasta que no le quedó otro remedio que reír ante el comentario de la rubia. "¿Te parece gracioso?", preguntó Candy.

"Por lo visto tú y yo tenemos una percepción muy diferente de lo que ocurrió allá afuera", opinó su amiga, mientras se asomaba por la abertura de la tienda. "Allí está, dando una buena cantidad de liras… y casi puedo apostar a que los está reprendiendo a todos, aún con su limitación para desenvolverse en el lenguaje de ellos."

Contra su voluntad, Candy emitió una risilla al imaginar al altivo príncipe amonestando a los despiadados traficantes de esclavas. Involuntariamente, tocó la tela de su prenda de vestir, demasiado liviana y reveladora, y aunque le incomodaba no llevar nada debajo, reconoció la exquisitez del bordado y el satinado material en un acogedor color arena. "Se llama caftan", mencionó Edwina, y ella sonrió, pues aún si se hubiera tratado de un harapo, cualquier trapo era preferible a tener su figura expuesta a cualquier extraño, en especial a un joven príncipe.

El ruido de un carruaje llamó la atención de las siervas, y todas, excepto Candy, se asomaron a ver a quién pertenecía; y en una minúscula fracción de tiempo, Edwina y Candy fueron agarradas del brazo por el jefe de los traficantes, para luego ser montadas, o más bien lanzadas, al interior del vehículo. Reconociendo los medios de transporte utilizados en los grandes palacios, Edwina señaló: "Este es un coche de la realeza..."

"No tiene por dónde mirar", comentó Candy asustada. "No puedo ver la ciudad. ¿Hacia dónde nos dirigimos?"

"Creo que a la propiedad de Yildiz". Para no contrariar a la rubia, obvió mencionar que el mencionado lugar era la morada del sultán Mehmed, mas no del príncipe Tarkan, quien se mantenía casi en cautiverio en el palacio de Topkapi; por tanto, sería el Sultán, y no su joven y apuesto hijo, quien habría de llevar a su nueva amiga, o a ambas, a su recámara imperial.