PRINCESA DE LA NOCHE

Por Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.

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CAPITULO 4: Yildiz

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La mente y el alma de Candy White estaban tan agotados que, no empece los días de reposo que había tenido a consecuencia de su naufragio, se había recostado contra el espaldar del asiento del minúsculo y cerrado coche, y cuando apenas comenzaba a probar el curativo poder del sueño, sintió que Edwina, quien estaba sentada frente a ella, la tocaba por el hombro. "Despierta, Nadire… muy pronto vamos a llegar, y hay varias cosas que debo contarte." Pero la chica de rubio cabello se negaba a abrir los ojos, pues no valía la pena despertar en el encierro del carruaje, y mucho menos bajar del mismo… ¿para qué? En su letargo, sonrió con ironía al descubrir un nuevo lado de su personalidad, el lado pesimista. ¿Quién no se desanimaría al casi perecer en el mar, y luego ser adquirida por un séquito de sultanes, en un país que nunca antes había visitado y cuya ciudad no alcanzaba tan siquiera a ver?

"Nadire, Nadire…" Edwina la había tomado por los hombros, sacudiéndola hasta el cansancio, hasta que se dio por vencida, y cruzándose de brazos gritó: "¡Candy!"

Al oír la impaciente voz de Edwina, ella despertó de golpe. Tanto había sido el susto recibido que dio un brinco en el asiento, agitando los brazos en el aire, y con las esmeraldas de ojos en forma de cruces, sacó la lengua diciendo: "Si sigues llamándome Nadire, nunca voy a responder, pues ya ves que ni reconozco el nombre." Se dio un masaje para aliviar la tensión en el cuello. "¿Qué significa Enise?"

Edwina se frotó la barbilla. "Veamos, ya casi no recuerdo… me parece que quiere decir, 'digna de confiar'."

"¡Me estás tomando el pelo!", exclamó Candy entre risas.

"¡Es la verdad! Pero deberías acostumbrarte a tu nombre de esclava; si el Sultán se refiriera a ti como Nadire y no respondes, podrías sufrir un castigo muy, muy severo."

"¿Por qué el Sultán y no el príncipe Tarkan?"

"¡Qué rápido aprendiste su nombre!"

Candy cerró los ojos, y alzó la quijada en aparente negación del hombre que la había comprado. "Lo has mencionado tantas veces que es imposible no recordar."

"Pues deberías estarle agradecida por haberte salvado."

"El no me ha salvado; al contrario, me ha formado parte de su propiedad", objetó ella con incomodidad, pues aquellos ojos de color indefinido parecían haberse taladrado en su cerebro, y no podía apartar de su cabeza la mirada magnética del príncipe. ¿Qué pretendía él hacer con ella, y por qué la había nombrado 'Nadire'? "¿Y qué ha sido de él… acaso está preparándose para su gran noche?"

"De eso precisamente quiero hablarte, Ca-ejem, Nadire… el príncipe habita en Topkapi, mientras que el Sultán y sus hijos mayores viven en Yildiz."

"¿Y eso por qué?"

Edwina respiró hondo, pues contaba con tan sólo unos minutos para explicar algo que a ella le había tomado meses entender. "Verás… cuando existen varios herederos al trono de Sultán, y al menos uno de ellos se sintiera amenazado por la existencia de otro o de otros, aquél que es objeto de discordia correría peligro-"

"¿Aún tratándose de su hermano?"

"El honor de convertirse en Sultán sobrepasa las relaciones familiares en algunos de estos príncipes, y es por esa razón que todo potencial heredero que haya despertado la envidia de los otros, debe ser aislado del resto, teniendo como refugio un kiosko privado en el palacio de Topkapi… y por supuesto, contaría con todo un harén donde cada concubina se encargaría de hacer de su encierro uno menos tedioso."

"¿Quieres decir que el príncipe Tarkan no vive en Yildiz, sino en Topkapi?"

Edwina trató de no esbozar una sonrisa. ¿Acaso Candy no se daba cuenta de la desilusión reflejada en su voz al saber que el recién descubierto príncipe no habitaría en el mismo lugar que ella? "El sólo visita el palacio de Yildiz para propósitos formales, mayormente relacionados con el Sultán. Lo que aún no comprendo es, ¿cómo fue a parar al mercado cuando no estaba supuesto a abandonar su sarayi?"

"Tal vez escapó", supuso Candy con un suspiro. "Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo."

"Pues que no se te ocurra hacerlo, o de lo contrario te castigarán, si es que no te asesinan."

Candy guardó silencio. Si bien era cierto que Edwina se había convertido en su aliada a sólo un par de horas de haberse conocido, no debía confiar a nadie cualquier plan u oportunidad de escape que pudiera surgir. Edwina estaba determinada a resignarse a su suerte, pero ella no permitiría que sus amigos y otros conocidos en América sufrieran por su ausencia, pues de seguro todos la daban por muerta. Necesitaba salir de Anatolia a la mayor brevedad, aún cuando tuviera que viajar como polizonte, y no sería la primera vez… todo era posible con tal de llegar a la costa de El Cairo justo a tiempo para que Albert y Archie al fin respiraran tranquilos. Aún no configuraba bien los recuerdos sobre la forma como había caído al mar, pero ya habría tiempo para pensar en eso; por lo pronto, idear la forma de librarse del Sultán y los hijos de éste era su prioridad. Sonriendo como una niña que acababa de ser sorprendida en plena travesura, se llevó el dedo índice al mentón, y con un guiño de ojo exclamó: "¡Qué despistada soy, Enise! Había quedado sola con mis pensamientos, y olvidé que estabas platicando conmigo."

"Eso intento", protestó Edwina al ver que había sido ignorada por un momento. "¿No te importa que el joven Tarkan te hubiera comprado como una ofrenda para su padre?"

"¿Hay alguna diferencia?", preguntó Candy con curiosidad.

Edwina se aclaró la garganta. "Aunque no fue sino hasta hoy que conocí al príncipe Tarkan, he tenido la oportunidad de servir al Sultán y su familia como parte de mis labores, y en mi opinión, el amo Tarkan es el más apuesto de todos a pesar de…"

"¿A pesar de qué?"

La joven de ojos jade abrió los ojos al ver que la otra había hecho a un lado su miedo para conocer más a fondo la historia oculta tras el notorio príncipe. "Según había oído mencionar en la cocina del palacio a través de unas esclavas de habla inglesa, el joven Tarkan fue concebido con una concubina inglesa que escapó del palacio poco antes de haber dado a luz, y hasta hace poco ninguno de ellos había sido localizado, hasta que fueron encontrados en Londres, y es así como el príncipe ahora está de vuelta con nosotros."

Candy frunció el ceño al sospechar que el príncipe había sido traído a Anatolia a la fuerza, tal vez bajo amenaza de muerte a él… o a su madre. "¿Por qué decías que él está encerrado en otro palacio?"

"La escuela para formación de príncipes continúa operando en Topkapi", explicó Edwina, "pero también se mantiene aislado de sus hermanos, pues debido a la envidia que ha despertado en éstos, corre peligro de ser asesinado."

"¿Es Tarkan el mayor de todos los hijos?"

"Es el menor; pero ha recibido tanta atención del Sultán, que se ha convertido en el príncipe más odiado de todos."

"Y si está solo en Topkapi, ¿por qué no sale a divertirse?"

"Por seguridad; además, el sarayi está rodeado de soldados otomanos que han sido entrenados para proteger el palacio y sus habitantes, incluyendo las sirvientas que se comunican con el príncipe en inglés, y las chicas que le sirven de compañía."

"Ya veo por qué él me ha vendido a su padre", expresó Candy entre risas. "Con tantas muchachas a sus pies, ¡no necesita una más!"

"Te equivocas", replicó Edwina. "Según tengo entendido, el príncipe aún no ha escogido a nadie con quien formar su descendencia, y no lo culpo, pues debe sentirse inseguro por sus cicatrices."

Candy rió una vez más, pues a juzgar por el breve instante en que había estado cerca, demasiado cerca, de Tarkan, no lo consideraba inseguro en ningún aspecto, mas sin embargo preguntó: "¿Cuáles cicatrices?"

Edwina estiró los brazos, pues comenzaba a cansarse por el viaje. "Cuentan que poco antes de haber sido visto en Londres por los hombres del Sultán, hubo un horrible incendio cerca del lugar donde él vivía, y sufrió quemaduras en todo el cuerpo. Es por eso que siempre se cubre las manos con guantes, y no permite que nadie lo toque, pues tiene su piel cubierta de pintura."

"¿Y cómo luce en realidad?"

Edwina movió la cabeza, "Nadie lo sabe. Uno de sus primeros mandatos al llegar a Topkapi, según escuché de esas compañeras que hablan nuestro idioma, fue prohibir terminantemente ser aseado por sus súbditos, ya que él mismo se encargaría de ello en las noches."

"No sabía que los príncipes necesitaban la ayuda de otros para bañarse."

Su amiga la miró con lástima, pues Nadire no tenía idea de las costumbres del harén, y dentro de éstas, no sólo los príncipes y sultanes participaban del ritual de limpieza del palacio, sino también las concubinas, pero no quería inquietar a la rubia, y volvió a retomar el punto de su conversación. "De todas maneras, considero que este príncipe es más atractivo que los que viven en Yildiz, así que debes estar preparada para cuando llegue el momento en que seas señalada por cualquiera de ellos para compartir su lecho y procrear un heredero."

El miedo se apoderó de Candy, pues aunque había comprendido el papel que se esperaba que ella jugara en la nación otomana, no había contemplado el rol adicional que debía cumplir en esta sociedad: el de ser madre. Ya bastante tenía con hacerse a la idea de compartir su cuerpo con el Sultán o uno de sus allegados, para que encima tuviera que hacerle diligencias a la cigüeña. Apenas había idealizado una boda con Terry, y ni tan siquiera había fantaseado sobre sus relaciones maritales, mucho menos con la idea de concebir a su bebé, y no pudo evitar sonreír por la ironía de pensar sobre lo que hubiera sido su futuro, justo ahora que se encontraba bajo las órdenes de los más importantes señores de todo el imperio. "¿Por qué insisten en que seamos como una máquina para fabricar niños?", cuestionó.

"Porque ése es el papel que corresponde a las mujeres en esta parte del mundo", indicó Edwina. "Para los otomanos, la función del harén va más allá del goce y la satisfacción carnal; mientras más hijos produzcan, en especial varones, más afianzarán su poder, y también perpetuarán su linaje." De pronto, se quedó en silencio con mirada pensativa, y fue entonces cuando Candy se dio cuenta de la desventura de su amiga en regresar a Yildiz, y en la valentía con la que afrontaba su regreso a dicho palacio. "Ya una vez intentaste escapar, Edw… Enise. ¿Qué pasará contigo cuando te vean?"

En la oscuridad del coche, los ojos de Edwina resplandecieron, mas no de emoción, sino con un reprimido llanto. ¿Cómo incomodar a Nadire cuando ésta ya tenía las manos llenas con la asimilación de su nueva vida, o peor aún, con su disimulado plan de escape, aunque intentara hacer creer a todos que por su mente no había atravesado tal idea? Esbozando una falsa sonrisa, articuló una respuesta elegante: "Es obvio que no estarán felices de verme, y que me pondrán a trabajar más duro, pero nada más." Quiso agregar, "y me azotarán hasta que pierda la razón", pero se contuvo.

"Oh, Enise…" En un gesto solidario, Candy tomó por el hombro a la joven que la había ayudado a restablecerse. " Has sido muy buena conmigo. ¿Qué puedo hacer para ahorrarte tantas angustias?"

"Hacer caso a lo que te digo… y no cometer ninguna tontería." Los ojos de Edwina centelleaban de furia, pues Nadire estaba renuente a seguir sus consejos. "Olvida lo que pueda ocurrirme; preocúpate por mantenerte a flote, y tener mucha, mucha paciencia."

"Pero tú también escapaste, aunque te atraparon…"

"Tuve mala suerte, y créeme, esperé mucho antes de tomar la decisión de huir."

"No puedo pasar el resto de mi vida en este lugar; mis amigos me nece-" Se detuvo de repente al sentir que el coche había hecho un alto, y su corazón latió sin cesar al figurarse los deshonrosos planes que el Sultán tenía con ella, o con Edwina, en el harén. Sin percatarse de que hablaba en voz alta, murmuró: "Tuve un amor al que dejé ir, pero nunca le dije que lo amaba, y ahora…" Su voz se apagó en un ahogado sollozo, y cuando ella aclaró la garganta para reunir un poco de valor, pues se lo debía a Edwina, la puerta del carruaje se abrió de golpe, y dos sujetos, ataviados con similares túnicas en un sobrio marrón, y llevando el mismo sombrero rojo en la cabeza, tomaron a las recién llegadas de la cintura, y las bajaron del coche. "Son eunucos", dijo Edwina al oído de Candy, en referencia a ambos hombres . "A todos ellos se les priva de su hombría para evitar que cometan alguna indiscreción con las concubinas."

Candy se llevó un puño a la boca para no gritar. "¡Qué cosas tan horribles dices!" En eso, observó la estructura que se erigía frente a ellas. "Así que esto es Yildiz…" Una serie de edificios rodeaba una singular villa, formando un complejo de pabellones opacados por una gigantesca sombra; y al darse la vuelta, Candy observó una gran muralla circundando el boscoso y espeso terreno, que a su vez estaba adornado con infinidad de especies de flores y otros arbustos, llenando los alrededores de mucho colorido. Ubicado en lo alto de una colina, Yildiz no sólo estaba custodiado por guardianes y obstáculos; también quedaba separado del resto de Estambul por un vasto cuerpo de agua, parecido a un estrecho. Todo apuntaba, pues, a que tanto ella como Edwina habían sido vendidas luego de haber cruzado del otro lado, pero para entonces debió haber estado inconsciente. 'Qué lejos estoy', pensó con horror, a pesar de que la luz del sol llenaba la estampa de colores alegres. Y justo cuando comenzaba a fijarse en las bien elaboradas terminaciones , fue tomada por el brazo, obligada a darse la vuelta, y mientras ella y Edwina eran conducidas al interior del edificio principal, esta última se acercó a ella diciendo: "Si de veras estás enamorada como dices, entonces será mejor que te olvides de él."

"Pero-"

"Ya no hay marcha atrás", interrumpió Edwina, lamentando tener que hacer entrar a la otra en razón. "Por tu propio bien, olvida que ese otro muchacho existe." Pero no pudo continuar, pues uno de los eunucos la había agarrado por el cuello con tanta fuerza que tuvo que mantener la cabeza rígida mirando hacia el frente, mientras el eunuco que escoltaba a Candy pasaba frente a ellos. Sin saber por qué, la rubia se giró, a la espera de que el príncipe Tarkan apareciera y aclarara todo, que todo se trataba de una broma y que en unos instantes un coche la llevaría rumbo al puerto y de regreso a América. ¿Pero por qué pretendía encontrarlo allí, cuando era más que evidente que él la había comprado como un obsequio para su padre… y por qué gastaba energías pensando en él, cuando debía concentrarse en buscar la salida más cercana y encontrar un lugar seguro? Se encogió de hombros, pues no tenía caso pensar en él, y antes que el eunuco la empujara, caminó a paso apresurado al salón principal.

Apenas tuvo tiempo de estudiar el amplio lugar, aunque no pudo evitar desviar la vista hacia los tres enormes candelabros de cristal que atrapaban la mirada de cualquiera que entraba a la habitación, ni a las seis lámparas en cristal bohemio teñidas de rojo. Una pesada alfombra abarcaba casi toda el área del salón, y cuando Candy comenzaba a maravillarse con las numerosas piezas de artesanía desplegadas en las paredes, un grupo de hombres, cuyas vestiduras lucían mejor confeccionadas que las que había visto en el mercado, se mantenía atento a las dos chicas que habían hecho su aparición, y tembló al pensar en Edwina, y en el trato que ésta recibiría si sus dueños la reconocieran de inmediato. Candy caminaba al frente de ella, y por vez primera deseó agradar lo suficiente a esta familia como para que todos olvidaran, o al menos ignoraran, a la ayudante de cocina que había burlado las reglas y la vigilancia… aunque para eso tuviera que pagar con su propia carne. ¿Qué otra cosa podía esperar… que llegara Terry y la rescatara de las manos enemigas, como si ambos participaran de una de sus obras de teatro? Imposible; Terry había regresado al teatro, y a Susana, y allí era donde debía estar… pero si una sola cosa cambiaría de su pasado, era la manera tan abrupta en la que se despidieron en aquellas frías escaleras del hospital Saint Joseph. Debió decirle que lo amaba, y no suponer que él lo daba por sentado… pero ya no podía retroceder en el tiempo, y ahora debía recurrir a su habitual sentido de autosuficiencia para sobrellevar la tempestad que se avecinaba, y velar porque su amiga no sufriera daño alguno.

En su divagación, no se había percatado de que había llegado al centro de la habitación. Frente a ella, y sentado sobre una especie de trono con un contraste de toques rojos y dorados, un obeso hombre de edad mediana, cuya espesa barba blanca hacía juego con su escaso cabello de igual color, la revisaba de pies a cabeza. 'El Sultán', descubrió con espanto, al ver el pecho cubierto de insignias y otras distinciones, y una capa hecha en piel cubriendo el impresionante uniforme militar, que entremezclaba diseños rojos y negros, hechos a mano, en las mangas de la chaqueta. Y ese sombrero rojo sobre su redonda cabeza… ¿acaso era un mandato religioso llevar esa pieza? Su piel se erizó de sólo imaginar que se convertiría en la amante de este poderoso monarca que no le inspiraba atracción alguna, y aunque tampoco le interesaba pertenecer al príncipe Tarkan, al menos éste era joven y tenía un cuerpo mejor proporcionado… y a no ser por el relato de Edwina, no hubiera sabido que tenía cicatrices en la piel.

Candy escuchó un sonido gutural en la garganta de Edwina, quien de seguro estaba nerviosa por su inminente castigo. 'No subas la cabeza, amiga', suplicó con el pensamiento, rogando porque la otra mantuviera su rostro oculto tras la figura de ella, y alargó su silueta hasta que sintió crujir sus huesos, con tal de que Edwina fuera invisible ante los demás; pero el movimiento, al parecer, había entusiasmado tanto al Sultán, que éste dio un chasquido de dedos, y antes que ella pudiera evitarlo, los eunucos la sostuvieron por ambos brazos, y uno de ellos le arrancó la túnica de un tirón, dejándola, por segunda vez en el día, desnuda frente a los otomanos.

Contrario a su experiencia en el mercado negro, esta vez no esperaba ser exhibida en su naturaleza. "¡Oh!", exclamó, haciendo que el Sultán abriera los ojos con fascinación. Trató en vano de zafarse de los brazos de los eunucos, pues no podía soportar tener a los príncipes, y otros miembros de la dinastía, auscultando cada esquina de su piel; pero los sirvientes, más altos y corpulentos que ella, la mantenían casi inmóvil mientras Mehmed contemplaba extasiado sus formas. El Sultán dejaba entrever un destello de deseo en sus pupilas, y ella palideció de vergüenza y frustración. Enfrentarse a las acusaciones de ser una ladrona, y una asesina, a raíz de la muerte de Anthony, así como haber sido confinada a una inhóspita celda de castigo en el colegio San Pablo, superar las partidas de Stear y Anthony, y decir adiós a Terry, no habían sido sino piedras en el camino, y aunque había sido difícil lidiar con tantos problemas, al menos le aliviaba haber aprendido, de uno u otro modo, a resistir los embates del tiempo y la lucha de poder entre ciertas personas; pero esta invasión a lo más privado de su ser, su cuerpo… este ataque a su intimidad, sin que hubiera sido consumado aún un acto carnal, había derrumbado todas sus defensas. Atrás había quedado su resistencia para afrontar con valentía los retos que se le presentaban, y a juzgar por el evidente interés que había despertado en el Sultán, sólo un milagro del Padre Celestial podía evitar que él se la llevara a la cama esa misma noche. Pero de éste lograr su propósito, al menos le quedaría la tranquilidad de saber que logró con éxito desviar la atención hacia Edwina, evitarle a ella grandes pesares. Por ella, y por lo mucho que la había apoyado en las tensas horas que habían compartido, reunió las fuerzas para clavar sus ojos en una incrustación de oro en la pared de fondo, hasta que Mehmed señaló, con el dedo índice, la femineidad oculta en su jardín secreto, y ella se sonrojó, cruzando las piernas al recordar que era la usanza de los habitantes de Anatolia remover el vello de sus mujeres, y comenzó a llorar, impaciente porque terminara el tortuoso examen…

Fue entonces cuando reconoció el perfume, y su perturbadora presencia, justo a sus espaldas.

Mehmed se vio forzado a apartar los ojos de su nueva esclava occidental, para recibir a Tarkan, quien avanzó hasta quedar justo al lado de Candy. Junto a él, una dama de cabello rojo y ojos azul cielo, de alrededor de cincuenta años, y llevando por uniforme una modesta túnica azulada, permanecía quieta, posiblemente esperando instrucciones. Entonces Tarkan se inclinó sólo un poco, en reverencia a su padre, quien pronunció unas palabras en su lengua natal: "Ben daha bir çok iyi hediye."

Con su piel al descubierto tiritando de frío, Candy sintió un irremediable revoloteo en su estómago al escuchar la resonante voz del Sultán, hasta que la mujer que acompañaba al príncipe se volvió a él, tomando la palabra en un comprensible inglés: "El Sultán dice, 'Veo que has traído un muy buen obsequio.'"

Candy sintió desfallecer. ¡Entonces el príncipe sí quería mostrarla como un presente para su padre, para congraciarse con él! ¿Cómo pudo haber pensado que sería él, y no el Sultán, quien requiriera su presencia en la alcoba? Sintió una rabia inexplicable, como si quisiera descargar sobre el príncipe toda su pena y angustia contenidos. En eso, oyó que el príncipe asintió con la cabeza al mensaje de quien aparentaba ser su intérprete, y dijo con dificultad: "Gracias, Zerrin", y se dirigió a su progenitor, con un notable trasunto de cautela en su inusual voz, "Le ruego que me disculpe por mi demora, padre, pero tenía un asunto que atender en el mercado donde adquirí a estas dos doncellas, y luego pasé por el sarayi a recoger a Zerrin."

""Ben sizden özür dileriz benim için gecikme, baba, ama o da bir konu için katılmak, pazar nereden satın aldı bu iki kızları", tradujo Zerrin.

El Sultán frunció el ceño. "Nasıl tekrar escapaste sarayı, Tarkan?"

Zerrin prosiguió con su interpretación. "'¿Otra vez escapaste del palacio, Tarkan?'"

En medio de su pavor, Candy no pudo evitar sonreír al ver al temerario, y definitivamente rebelde príncipe, tornarse serio ante los reclamos de su padre, y luego de medir cuidadosamente cada palabra, él explicó: "Bien valió la pena mi desobediencia, señor, pues al fin concederé sus deseos, como también los míos."

Luego de una prolongada pausa, Zerrin repitió, en lenguaje otomano el mensaje de su amo, a lo que el Sultán alzó las cejas, y antes de proceder a interrogar a su vástago, Tarkan continuó: "Debido a que en todo este tiempo no he elegido una concubina, usted ha puesto en duda mi capacidad para formar una familia… pero ya no más." Se volteó de tal manera que sus ojos encontraron las esmeraldas de Candy, y sin retirar la vista de ella, informó: "Hoy, finalmente, voy a llevar a cabo lo que ya le había anticipado: elegir a mi princesa de la noche."

Olvidando su desnudez, Candy quedó estupefacta al escucharlo. ¿Qué quería decir él con eso… acaso tenía pensado compartirla con su padre? Sin hallar la respuesta, observó cómo él se incorporaba en su posición inicial, con su uniformada e imponente figura al lado de una no menos sorprendida Zerrin, quien luego de un largo silencio, continuó llevando las palabras de Tarkan al monarca, y a pesar de que éste ya no la miraba, Candy aún podía sentir sus ojos fijos en ella, y no en su cuerpo ni el beneficio que a la larga él, o su padre, obtendrían del mismo… sólo en ella, y le sobrevino una ligera sensación de vértigo al descubrir que en su primer encuentro en el mercado, él tampoco había posado sus ojos sobre su físico al descubierto, como si en el fondo no deseara poseerla… ¿pero por qué?

Luego que Zerrin terminara de indicar a Mehmed las intenciones del príncipe, el soberano formuló una pregunta, y la traductora le hizo llegar la misma: "'¿De quién se trata?'"

Tarkan no mostró expresión alguna; sin embargo, Candy advirtió un ligero movimiento en la yugular, hasta que, sin previo aviso, agarró de un eunuco la prenda de vestir que se le había arrebatado a la rubia, y situándose frente a ella, colocó la túnica, muy despacio, por encima de la trenzada cabeza, manteniendo las verdes pupilas atrapadas en las de él. Ella sabía que debía esquivar esa mirada, pero el juego de luces del salón, y el sol vespertino que se colaba a través de la ventana, había impregnado los ojos del príncipe de un verde tan intenso como un espeso bosque, ¿o serían los ojos de ella reflejados en los de él? ¿Qué color de ojos tenía Tarkan en realidad?

No se había dado cuenta de que, en un imperceptible movimiento, él la había tomado por los hombros, separándola, al fin, de los brazos de los hombres del Sultán; y a excepción de las manos de él sobre ella, había quedado libre, libre para propinar una cachetada al príncipe, para sacar la lengua al Sultán, e incluso para salir corriendo de allí… pero él la mantenía amarrada a sus ojos, y todos, incluyendo Mehmed, habían guardado silencio al presenciar el trance que la mantenía a ella inmóvil frente al príncipe. Estaban muy cerca el uno del otro, y a pesar de que aún llevaba la túnica colgada del cuello, ella había olvidado que estaba sin ropa, hasta que él deslizó la satinada bata por su pecho, y ella, como una niña pequeña incapaz de arreglarse por sí sola, permitió que él metiera los delicados brazos por las mangas, y cuando el resto de la tela había caído en su sitio hasta cubrir por completo el cuerpo de Candy, él dejó descansar las manos sobre la pequeña cintura. El gesto, aunque parecía inocente, dejaba clara una idea de posesión que no había pasado inadvertida para ella. Podía percibir unos largos nudillos bajo la elegante tela de los guantes, pero no podía pensar en nada más, pues su mirada continuaba adherida a la de él, y entonces notó que esos ojos, ahora grises, habían adquirido otra clase de brillo… un brillo de confianza y empatía, y fue así como Candy observó cómo las facciones de Tarkan se habían suavizado, como si él quisiera decir, "Confía en mí, todo saldrá bien"… y casi podía asegurar haber visto el comienzo de una sonrisa en una de sus comisuras. ¿Qué fuerza interior tenía Tarkan que paralizaba toda acción y pensamiento, aún entre los más poderosos? Una campanilla repicó en el fondo de su corazón, recordándole que no debía interesarse más en él; y sin explicar cómo o por qué, pensó en Terry, y en el carisma que proyectaba en sus actuaciones, y fuera de los escenarios. 'No debo pensar en Terry Granchester, y mucho menos cuando estoy por perder mi inocencia con otro muchacho', resolvió.

"El Sultán aguarda por una respuesta, mi señor", interrumpió Zerrin.

Tarkan abandonó finalmente la cintura de la chica, y se dio la vuelta, encarando a su padre, y en el mismo tono pausado con el que Candy lo había escuchado antes, comenzó: "¿Recuerda usted lo que yo había contado sobre mi fantasía de tener a una princesa de la noche?" Concedió unos segundos a Zerrin para que tradujera, y luego continuó: "Usted se había horrorizado pues entendía que mis anhelos obedecían a mi antigua cultura y educación, a lo que yo respondí que más bien se trataba de domar a una fierecilla salvaje, y que más tarde esa fierecilla me entregaría, por voluntad propia, su cuerpo y su alma, y aquí la tiene." Extendió un brazo en dirección a Candy. "Le presento a Nadire… mi princesa de la noche."

Aquello fue más de lo que Candy pudo soportar. Sintiendo que se sofocaba, la sala comenzó a girar a su alrededor, y las voces, entre éstas la del príncipe, se oían muy lejos, y ella agradeció al Todopoderoso por ello, pues no tenía las fuerzas para seguir escuchando cómo el joven exponía ante su padre todos los puntos referentes a su selección como "princesa de la noche". ¿Para esto había dejado a su madre y se había ido a vivir con su padre en Estambul… para llevar una vida de mujeriego a sus anchas, y justificar el tener una amante? ¿Y qué se suponía… que debía sentirse honrada en haber sido la elegida para llevar tan afamada distinción? Como enfermera, había aprendido que la muerte no era sino sólo una parte de la naturaleza de todo ser humano, por lo que había reflexionado sobre varias maneras en que se marcharía de este mundo… excepto ésta. Pasar el resto de sus días como odalisca en un país cuyas costumbres no conocía, y lejos del hogar de Pony, no formaba parte de esas posibilidades. ¡Y cómo añoraba volver a ver a los Andley! Nunca más volvería a renegar de su papel en esa familia, que aunque no era perfecta, sí representaba una constante en su vida. ¡Cuántas cosas hubiera querido cambiar! Sólo un acontecimiento la había destrozado tanto como hoy: la noche en que se despidió de Terry para siempre. Sin haber dado lugar a que él se expresara, había tomado la decisión de dejar el camino libre a Susana, pues de haberle permitido hablar, una sola frase de él hubiera aplastado su voluntad, y lo más que necesitaba en aquel momento era valor y fortaleza. ¿Pero había valido la pena el sacrificio? Después de todo, Terry había superado su alcoholismo para volver a dedicarse al teatro y a su nueva novia, pero aún no se anunciaban planes de casamiento. ¿Qué tal si él y Susana se casaban mientras ella compartía el lecho con un príncipe otomano? Con su estómago revuelto, y el calor de Estambul castigando sus poros, sintió que perdía el control de su cuerpo, y se dejó caer, tan liviana como una pluma, en unos fuertes brazos que amortiguaron su caída.