Capítulo 5: Topkapi
"No hagas de esto una costumbre, Nadire…"
Aunque sólo la había conocido hacía un par de horas, Candy había reconocido la voz de Edwina, y abrió los ojos de repente al tiempo que tomaba asiento dentro del… ¿coche? "Otra vez aquí…", murmuró.
El enojo de su amiga era evidente. "Así es, otra vez perdiste el conocimiento, y otra vez, como tú misma has mencionado, estamos dentro del coche… aunque en esta ocasión debo darte las gracias por ello."
Candy se rascó la cabeza, como si al hacerlo se aclarara todo en su cabeza, incluyendo las circunstancias de su naufragio. "Recuerdo que estábamos frente al Sultán, y de nuevo estaba sin ropa y…" Entonces le subieron los colores al rostro, y se puso de pie, a pesar de que el vehículo aún se encontraba en marcha. "¿Cómo es eso de que voy a ser una 'princesa de la noche'?"
Edwina había pasado del enfado a la gratitud, pues si a alguien le debía que aún continuara con vida, era a Nadire. "Toma asiento", sugirió, y en cuanto Nadire se incorporó, explicó: "Luego de que te desmayaras, el joven Tarkan y el Sultán sostuvieron una conversación, y gracias a la mediación de esa señora Zerrin, entendí casi todo-"
"¿Y qué pasará con nosotras?"
Su amiga asomó una sonrisa a flor de labios. "Resulta, Nadire querida, que desde que el príncipe arribara a Anatolia, jamás había tocado una mujer, aún cuando el Sultán le otorgó todo un séquito de hembras para uso exclusivo de él."
"Entonces no me va a poner un dedo encima, y podré salir de aquí."
"No tan rápido, Nadire; acabo de decir que no había tocado ninguna mujer, pero que no tenía intenciones de hacerlo… hasta que vio tu despliegue de resistencia en el mercado."
"¿Qué clase de resistencia iba yo a mostrar con las manos amarradas a la espalda?"
"Supongo que vio una llama en tus ojos… en fin, una chispa de vida que aceleró sus sentidos, y tal y como había comentado a su padre a su llegada a Estambul, él desea integrar los valores con los que creció a la actual tradición otomana, y fue así como concibió la idea de elegir a una princesa de la noche: una concubina que va más allá de ser la favorita, pues sería como una esposa, pero sin título."
Con estupor, Candy se llevó una mano a la frente. ¿Cómo era posible aplicar las enseñanzas recibidas en la niñez, en una vida donde la procreación justificaba el placer del hombre? "Mencionaste que el príncipe había crecido en Londres… ¿con quién?"
Edwina sonrió al ver la curiosidad de ella. "El y su madre vivían allí hasta que el Sultán le ordenó regresar."
"'¿Le ordenó?' ¿Y qué fue de su mamá?"
Edwina aún tomaba nota de la tristeza en el rostro de Candy cada vez que hablaba, u oía mencionar, sobre la ciudad de Londres, hasta que respondió: "Aún no tengo esos detalles; lo que importa en realidad es que el príncipe se interesó por ti de tal manera que sostuvo una fuerte discusión con el Sultán con tal de llevarte con él."
Candy ignoró un leve latido de su corazón al escucharla. "¿Por qué?"
Apenada, Edwina bajó la cabeza. "Cuando el joven Tarkan hizo acto de presencia en Yildiz, el Sultán ya había observado desde la raíz de tu cabello hasta la punta de tus pies, y tal y como describiera a su hijo, había quedado embelesado con tu juventud y la frescura de tu cuerpo, y no quería cederte con tanta facilidad, ni siquiera al príncipe, aún cuando el joven había llevado una vida célibe desde su llegada."
"¿Y qué pasó después?"
Su amiga la tomó de las manos, eufórica. "¿No lo imaginas? El príncipe, quien por cierto es muy astuto, expuso a su padre las muchas razones por las cuales convenía que fuera él, y no el señor Mehmed, quien se adueñara de ti: que para él sería un reto seducirte, que estar con una chica occidental le facilitaría una rápida adaptación al mundo otomano…"
"¿Y estás contenta por eso?", preguntó Candy con espanto.
"Si me dejas continuar, verás que esto es lo mejor que pudo haberte ocurrido." La alegría de Edwina era tan inmensa que irradiaba un arcoiris de emociones a través de sus ojos verdes. "A pesar de sus numerosos motivos, el príncipe aún no lograba convencer a su padre de convertirte en su princesa de la noche, y así fue como el Sultán le hizo una propuesta difícil de rechazar."
Candy sintió que lo poco que le quedaba de la valentía que había desarrollado a través de los años desaparecía en ese instante, pues cuando ya creía haber recibido todas las impresiones posibles en un solo día, siempre había una nueva sorpresa, y ninguna de éstas había sido para nada agradable. "¿Qué propuesta?", inquirió con cautela.
En medio de su alegría, Edwina mantuvo la compostura, pues los cambios que se avecinaban serían, al principio, unos golpes bajos para la afortunada Nadire. "El Sultán ha puesto un plazo de un mes para que el príncipe consume su unión contigo, o de lo contrario, enviará por ti para que regreses a Yildiz, como su mujer."
Una incontrolable sensación de náusea hizo que Candy se aferrara al espaldar del asiento. ¿Cómo Edwina podía estar así, tan tranquila, al ver cómo padre e hijo se disputaban una vida de placer con ella, como si se tratara de una transacción de negocios? "Eso no me hace sentir mejor", dijo por fin. "Hubiera preferido ser vendida a alguien de menos dinero y poder; al menos así se me hubiera hecho más fácil escapar, sin militares ni eunucos a vuelta redonda."
"¿Por qué huir cuando tienes en tus manos a los dos hombres más importantes de toda Anatolia?" Edwina no salía de su estupefacción. "¡Cualquier otra envidiaría tu suerte! Bien pudiste haber sido vendida a un pobre diablo con el único fin de limpiar su casa o ser víctima de su maltrato, pero ahora formarás parte del harén imperial, y si te lo propones, puedes enamorarte del príncipe y hacer que él se enamore de ti, y tener descendencia-"
"¡No voy a tener hijos con él, ni con el Sultán, ni con ninguna otra persona!", gritó ella, con el sabor amargo de las náuseas ocupando su garganta. "Mi vida está en América, ayudando a la señorita Pony y la hermana María, y los niños del hogar son como mis hijos. No voy a ser una monja, pero tampoco pienso casarme, así que tampoco voy a tener un bebé."
"¿Tampoco pensabas casarte con el muchacho de quien dices estar enamorada?" En eso, los ojos de Nadire se llenaron de lágrimas, y llena de pena, Edwina la tomó del hombro. "Lo siento; olvidé que tú y ese joven ya no están juntos."
"La noche anterior a nuestra separación, había imaginado cómo hubiera sido mi vida junto a él", continuó Candy, con una mirada soñadora, y al verla, Edwina supo que Nadire se había distanciado del carruaje, y su mente y corazón estaban muy, muy lejos de Estambul. "Estábamos casados, y yo le preparaba el desayuno antes que él saliera al teatro a ensayar para una de sus obras…"
"Lo dices como si en verdad hubiera sucedido."
"Pero no fue así…"
"Pues con más razón deberías aprovechar esta oportunidad que te da la vida, Nadire." Se arregló la falda de su caftan. "El príncipe no quiere que seas una simple odalisca o mujer de una sola noche: de haber sido así, ya hubiera cumplido su objetivo. Quiere tenerte como su compañera, pues ha crecido con las mismas costumbres y tradiciones con las que tú y yo lo hemos hecho… y si así lo quieres, puedes olvidarte de tu antiguo novio y aceptar todo lo que el príncipe tiene para ti."
Un súbito movimiento del coche hizo que ambas intercambiaran miradas. "Hemos llegado", anunció Edwina.
"¿Dónde estamos?", preguntó Candy.
"En la morada del príncipe… el palacio de Topkapi."
"¿Y por qué lo dices de ese modo, como si se tratara de un lugar enorme?" De pronto, recordó la difícil situación por la que de seguro había atravesado Edwina en Yildiz, mientras ella estaba inconsciente, y sintió remordimiento al no haber reparado antes en la suerte que había corrido su amiga. "¿Qué sucederá contigo, Enise… y por qué estás aquí y no en Yildiz?" Pero la chica movió la cabeza, negándose a responder, y antes que Candy volviera a insistir, la puerta del coche se abrió, y sin más tiempo que perder, la enfermera se lanzó del mismo, y se dispuso a correr sin rumbo fijo, mientras escuchaba a Edwina que le gritaba: "¡No llegarás muy lejos, Nadire; el príncipe viene tras de-"
Candy se detuvo, sólo para darse la vuelta y mirar por última vez a Edwina; pero en cuanto volvió a girar sobre sus talones, un monumental corcel negro avanzaba hacia ella, y antes que pudiera reaccionar, su jinete, sin soltar las riendas, se inclinó de costado, y la agarró por la cintura, y ambos flotaron en el aire a medida que aterrizaban sobre el lomo del caballo. "¡Te tengo!", exclamó Tarkan, en esa voz donde se cruzaban dos continentes, y ella sintió la agitada respiración del príncipe sobre su nuca. Su aliento era fresco, como una brisa de verano, y la mano que ahora se posaba sobre su vientre era delicada y masculina a la vez, típica de los más distinguidos caballeros. Intentó buscar una nueva vía de escape, pues debido a que no había avanzado mucho, Tarkan había soltado un poco las riendas de su caballo para que galopara con suavidad. ¿Qué tal si saltaba y corría en dirección contraria a la de él? Pero en cuanto tuvo conciencia del paisaje a su alrededor, una magnífica obra de arte ocupaba todo el espacio. Al igual que Yildiz, el palacio de Topkapi, construido sobre un promontorio, contaba con el estrecho de Bósforo como el punto visual más cercano. Una muralla hecha con la más resistente piedra daba la bienvenida a la grandiosa edificación, en cuyo centro una enorme puerta cubierta con mármol acentuaba el carácter defensivo de los otomanos, y el arco superior de la misma llevaba grabada una caligrafía en una lengua que no conocía. Dos guardias vestidos con uniforme militar mantenían vigilancia a ambos lados de la puerta, y al ver al príncipe, abrieron la entrada para que éste pudiera pasar. Sin bajar del caballo, Tarkan condujo a Nadire a través de la misma, pasando justo frente al coche del cual bajaban a una boquiabierta Edwina, cuando un segundo carruaje, con aberturas a ambos lados, aparcó detrás del anterior, y Zerrin bajó de inmediato, inclinándose en el suelo. "Vi lo que pasó a lo lejos, mi señor", se disculpó, "y prometo que en cuanto esta joven pise el suelo del sarayi, le daré su merecido castigo."
Tarkan alzó una mano en el aire para acallarla. "No será necesario, Zerrin. Eventualmente, Nadire será mi princesa de la noche… por su propia voluntad."
"¡Eres un engreído!"
Todos, excepto Tarkan, abrieron la boca con sorpresa al escuchar a la princesa de la noche hablar al príncipe con semejante actitud, pues aunque los guardias no entendían inglés, la expresión desafiante de Candy hablaba más que mil oraciones. "¡No permita que ella lo insulte de esa manera, mi señor!", exclamó Zerrin.
"Otra en su lugar hubiera recibido cien azotes por su insolencia", indicó él con mirada pensativa, "pero esta energía de Nadire es justo lo que necesito para cuando llegue el momento en que estaremos juntos en mi recámara."
Candy se había volteado para propinarle una bofetada, pero se contuvo, pues era tanta su rabia que había perdido la capacidad de expresar su descontento con la situación. ¿Quién se creía él para alardear de su erróneo sentido de pertenencia con respecto a ella? Llena de ira, como pocas veces lo había estado, sintió que su rostro se tornaba de un rojo escarlata, y deseó que el día terminara de una vez, con miras a despertar a la mañana siguiente con la buena nueva de que todo no había sido más que una terrible pesadilla. Con esa esperanza en su corazón, quedó perdida en su propio tiempo y espacio, mientras él y su caballo atravesaban la entrada, seguidos por Zerrin, Edwina y demás acompañantes. Frente a ellos, un jardín lleno de verdor, pero escaso de flores y árboles, servía de antesala a un segundo portal, que bien hubiera sido, por sí solo, como un castillo medieval, destacando a ambos lados dos inmensas y puntiagudas torres. En medio de las mismas, una puerta en forma de arco estaba ricamente decorada por los lados, así como en la parte superior, con inscripciones y símbolos, y Candy recordó los cuentos de hadas que le leía la señorita Pony, las fábulas y sueños de aventura que con ella compartiera Albert… e incluso algunas obras de teatro de Terry, las cuales se basaban en tiempos de la Edad Media. Muy a su pesar, emitió un suspiro ante tan magna belleza, difícil de ignorar aún en medio de la soledad y desasosiego que la embargaban. De pronto, la mano de Tarkan se afianzó más contra su cintura, y ella sintió miedo de la forma tan intuitiva en la que él reaccionaba a los temores de ella. ¿Acaso era él una especie de adivino, o era ella demasiado transparente en sus emociones? De cualquier manera, el modo en que él la sostenía sobre el caballo era tan posesivo y protector al mismo tiempo, que mientras más trataba de entender la personalidad del príncipe, mayor ambivalencia provocaba él en ella, ¿pero en qué sentido? Se frotó los ojos con vigor, como si al hacerlo adquiriera una mejor perspectiva de las cosas, y fue entonces cuando se dio cuenta de que a diferencia de ellos, Zerrin, Edwina y el resto del séquito marchaban a pie. "Sólo a los sultanes se les tiene permitido cabalgar a través de este punto, y yo soy la excepción", murmuró Tarkan en su oído, y ella dio un brinco de susto al sentir la respiración de él tan cercana a su rostro. A modo de hallar una distracción, buscó a Edwina con la mirada, y ésta, ávida de curiosidad, mantenía los ojos abiertos, en evidente sorpresa ante este palacio que hacía quedar al hermoso Yildiz como un simple cuarto de baño. Entonces los dos ayudantes que habían abierto la primera puerta, hicieron lo propio con este portal en forma de torres, y al atravesar el mismo, el salitre del Bósforo, un grato, aunque inesperado brote de aire puro, y la esencia a pachulí de Tarkan, se confundieron en un solo olor, y Candy no tuvo que esperar mucho para saber de dónde provenía la corriente de oxígeno, pues había llegado a un parque repleto de pavos reales y gacelas, impartiendo un toque de calidez en el panorama, y comprendió por qué a Albert le gustaba tanto jugar con los animales. 'Nada como una vida en la naturaleza para sentir que el mundo te pertenece', pensó, mientras avistaba una serie de edificios similares a aquél que había observado en el mercado, y una peculiar torre, más alta que las anteriores, sobresalía por sobre todos los predios, y Candy tuvo un incontenible deseo de subir a lo más alto de esa torre, y contemplar el Bósforo, y el resto de Estambul. Tenía que admitir, finalmente, que todo cuanto había visto era bellísimo, y hasta cierto punto romántico, aunque el amor era lo último en lo que quería pensar.
Tarkan miró hacia atrás, y cuando tuvo la atención de Edwina le dijo, en su corrompido timbre de voz: "Allá, al fondo, encontrarás la cocina imperial, Enise. Uno de mis ayudantes te llevará hacia allá y te dirá lo que tienes que hacer."
"No te vayas, amiga", suplicó Candy, con las lágrimas aglomerándose en sus pupilas. Edwina había sido su único apoyo en estas horas tan difíciles, y quedar sola entre tantos súbditos, y sujeta a la voluntad de Tarkan, sería algo intolerable.
Zerrin, quien hizo un esfuerzo sobrehumano para no mostrar su conmoción al ver el sufrimiento de la princesa de la noche, se armó de su habitual autoritarismo, y en un chasquido de dedos, hizo que un eunuco llevara a Edwina a toda prisa lejos de la joven Nadire, el príncipe y el resto del grupo. "¡Edwina!", gritó Candy, obviando el nombre que le había sido otorgado a la cocinera en Yildiz, y se volteó a mirar a Tarkan con reproche. "Ni siquiera pude despedirme de ella", le reclamó, con lágrimas en los ojos.
El príncipe la miró fijamente, y enseguida ella se arrepintió de sus palabras, no por miedo a ser castigada por lo que era considerado un mal comportamiento, sino por el velo de dolor que había revestido las facciones de él. Los ojos de ella se posaron sobre el corto cabello peinado hacia adentro dentro del sombrero rojo, así como en la bronceada pigmentación de su piel, y fue entonces cuando recordó que el príncipe había quedado desfigurado a raíz de un traumático accidente, aunque en ningún momento él había mostrado señal alguna de inseguridad por su físico; al contrario, era tan presumido, y estaba tan acostumbrado a impartir órdenes, que no dejaba de preguntarse qué tipo de vida había llevado en Londres.
"Te has quedado callada, Nadire", señaló él, a medida que avanzaba hacia otra puerta divisoria. ¡Aquello era un laberinto sin salida! "¿Debo suponer que sientes remordimiento… porque crees que me has ofendido?"
"¡Cómo te atreves!"
"Deberás tratarme de usted si no quieres tener a Zerrin reprendiéndote cada cinco minutos."
"Pero ella es una intérprete-"
"Es mi mano derecha, y además me acompaña en mis cursos para ser un buen príncipe."
Ella lo desafió con la mirada. "¿Y acaso no lo eres?"
"Vaya… veo que me estás tomando confianza, pues ya comienzas a jugar conmigo-"
Ella giró la cabeza para otro lado, apretando el rostro para hacer desaparecer el rubor que había aparecido en el mismo. "Yo jamás compartiría algo contigo."
"Pues dentro de poco vamos a practicar un juego que nos deleitará a ambos."
El rubor que a duras penas había logrado desvanecer regresó con furia a sus ya rosadas mejillas. Candy tartamudeó, intentando reunir las palabras necesarias para mandar al príncipe a freír espárragos, y cuando al fin enmudeció, incapaz de expresar su molestia, Tarkan comprimió los labios, y se escuchó un carraspeo en su garganta; y al mirarlo a los ojos, los mismos habían adquirido un resplandor de juventud, y su entrecejo se había suavizado, como si él hubiera aliviado una gran tensión. 'Estaba a punto de reír', descubrió ella, 'o quizá se está burlando de mí…' Pero el fulgor proveniente de aquellos ojos, ahora tornados en esferas amatista, había transformado su piel en una gama grisácea, perfilando aún más su nariz, y así fue como ella supo que Tarkan no se había burlado de ella. '¿Por qué no muestras tu risa, Tarkan?', cuestionó Candy con sus ojos verdes. ¿Pero por qué deseaba oírlo reír, en primer lugar? En lugar de estar pensando en su sonrisa, debería estar planeando cómo huir de ese amurallado palacio sin que fuera atrapada en el proceso. Sin más energías para seguir argumentando con el príncipe, miró hacia adelante, mientras él conducía el caballo a través del último pórtico, y lo que vio a partir de ese punto la dejó sin habla.
Un kiosko con techo azul ultramar y salpicado de aplicaciones de estrellas doradas, y en cuyo exterior figuraban decenas de columnas en variedades de blanco y azul turquesa, se interponía entre el espectador y un exuberante jardín, repleto de unos llamativos árboles, todos con un espacio hueco en su tronco, distribuidos a lo largo del lugar… y más adelante, un pabellón de tres niveles reclamaba su espacio sobre un acantilado, con una terraza con vista al estrecho y al mar. La parte superior estaba cubierta por una cúpula de altura considerable, y Candy había quedado prendada de la belleza del edificio cuando otra atracción fue presentada ante sus ojos. Una edificación en mármol que asemejaba una biblioteca o escuela también tenía un domo en el techo, dividiendo el sitio en cuatro secciones, y bajo el arco central de la entrada se encontraba una muy bien elaborada fuente de agua con nichos a cada lado. ¡Qué bonito y majestuoso era el palacio de Topkapi! El colegio San Pablo palidecía al lado de este exclusivo territorio, y le sobrevino un gran temor al constatar el poder que tenía el Sultán y su familia en este país otomano. ¿Pero por qué, siendo Topkapi el palacio más grande de Anatolia, el Sultán se había mudado a Yildiz, dejando a Tarkan aquí, y aislándolo de los otros herederos? 'Porque corría peligro', pensó, asombrada por sus propias conclusiones. Habiendo recién llegado de otra parte de Europa, el nuevo príncipe representaba una amenaza para sus hermanos, y el Sultán, para prevenir una desgracia, lo había confinado a Topkapi, donde además completaría su educación para cumplir con sus funciones de estado. 'El Sultán no es tan mal hombre, si quiere proteger a su hijo de los otros', se dijo a sí misma, 'aunque también pudo haberlo hecho sólo por deber…' Continuó observando la biblioteca hasta que la misma desapareció de su vista, y al girarse, un complejo de apartamentos ocupaba todo su entorno, dejando atrás los graciosos árboles, las cúpulas y los pequeños castillos. Contrario al resto del palacio, estaba construido en un espacio comprimido, y supuso que no había muchas áreas verdes en su interior. Se veía tan cerrado, como si entrar allí fuera un privilegio, o una maldición, y Tarkan, percibiendo el creciente temor de su princesa de la noche, apretó aún más su mano contra el diminuto vientre. Ella no sabía cómo interpretar el gesto de él… tal vez terminaba de marcar su nueva "posesión" antes de continuar, o más bien intentaba calmarla, y asegurarle que todo estaría bien. ¿Pero cómo, si en cuanto él lo dispusiera, se convertiría en su amante? No debía confiar en él; desde que lo vio por primera vez, había tenido la impresión de que existía una dualidad en él, como si estuviera hecho de un doble filo, más peligroso que el de un arma, aunque el cambio de vida por el cual él estaba atravesando debió haber jugado un papel muy importante en su contradictoria personalidad.
Se dirigieron a una puerta situada en uno de los extremos del edificio, y en esta ocasión, no fue necesario anunciar la llegada del príncipe, pues intuyendo su regreso, los sirvientes abrieron la angosta puerta que llevaba a un vestíbulo. Tarkan bajó de su caballo, y acarició la crin del animal diciendo: "Gracias por el paseo, Saglam", y cuando se dispuso a bajar a Candy de la silla, ésta sacó la lengua y exclamó: "¡Yo también sé montar a caballo, y me puedo bajar muy bien!" Y dicho esto, se impulsó hacia adelante, pero uno de sus pies se enredó en uno de los bordes de su túnica, y cayó hacia adelante, esperando aterrizar sobre el refinado suelo, pero un alto y delgado Tarkan reaccionó con rapidez, amortiguando la caída, de manera que ella quedó atrapada entre sus brazos.
Sin saber por qué, pensó en Terry, y en lo mucho que había deseado olvidarse de él para siempre; pero ahora que estaba apretada contra el cálido pecho de Tarkan, y que había descubierto, alarmada, cuán segura se sentía en sus brazos, y cuán terriblemente atractivo lucía el príncipe en su negro uniforme, comenzaba a reconsiderar su propósito de dejar atrás el recuerdo de su antiguo compañero de colegio. ¿De qué serviría enamorarse de Tarkan en una sociedad donde las mujeres sólo eran vistas como instrumentos de fertilidad y poder? Además, cuando lo creyera oportuno, ella escaparía de allí, del mismo modo en que había salido airosa en situaciones anteriores, como, por ejemplo, el fallido secuestro del que fuera objeto por parte de Neil. Si bien era cierto que días antes estaba resuelta a disfrutar de su viaje a Egipto y aceptar que no volvería a ver a Terry nunca más, en vista de su accidentada incursión al mundo del harén, era preferible conservar sus pasadas ilusiones, y revivirlas en su memoria, aunque no pudieran materializarse, a caer en los juegos de seducción de un príncipe que quería, por puro capricho, domesticarla como a un animal salvaje. Llena de remordimiento por siquiera haber comparado a Terry con este desconocido que pretendía tomarla a la fuerza, se apartó con brusquedad, ignorando una leve sonrisa en el rostro de Tarkan. "¿Te parece gracioso?", cuestionó ella con ira.
Zerrin, quien hasta entonces había admirado en silencio el carácter desenvuelto de la muchacha, intervino. "No permita que ella le falte al respeto, mi señor."
Pero él amplió aún más su discreta sonrisa. "Dejará de hacerlo pronto, Zerrin, así que no te preocupes. Y por favor, ya no finjas que no te simpatiza; en tus ojos veo el aprecio que ya le tienes."
"Pero señor-"
"Por supuesto, eso no significa que no debas tomar medidas disciplinarias cuando lo creas pertinente. Confío en ti, Zerrin, y sé que no me vas a fallar."
Zerrin bajó la cabeza, agradecida a la vida por haberle dado la oportunidad de servir a este noble muchacho. "Así será, señor."
Tarkan hizo una leve reverencia en señal de afirmación, y tomó a Candy de la mano con tanta fuerza que ella no tuvo escapatoria alguna; y fue entonces cuando él le susurró al oído las palabras que tanto había temido oír: "Hemos llegado al harén, mi princesa."
"No es verdad", refutó ella sin mover un músculo, a lo que él la condujo por el brazo por una puerta a la izquierda del minúsculo espacio, y al otro lado de la misma, Candy vio dos pisos de dormitorios, a través de los cuales se desplazaban varios eunucos. "Aquí duermen los sirvientes… y la escuela para príncipes está arriba, en el segundo piso."
"¿Compartes clases con tus hermanos?", preguntó ella con curiosidad, olvidando su resolución de no reconocerlo como su nuevo dueño.
El frunció el ceño, divertido, al ver la confianza con la que ella buscaba iniciar una conversación con él. "Me temo que soy el único aquí, y a no ser por Zerrin y sus interpretaciones, estaría muy, pero muy aburrido."
Ella sonrió al imaginar a un soñoliento príncipe tratando de escabullirse del aula como un adolescente, y al ser sorprendida, con su mirada soñadora, por él, caminó unos pasos adelante, sin saber adónde se dirigía. De inmediato, él avanzó hasta quedar a su lado, y esta vez permitió que caminara por cuenta propia, y Candy se percató de que él ya no la sujetaba como antes. '¿Tanto confía en mí… o se siente demasiado seguro del poder que cree tener sobre mí?', se preguntó. De repente, se detuvo frente a tres puertas, y Tarkan abrió la de la izquierda y dijo: "Luego sabrás dónde conducen las otras dos."
'Hacia la salida, espero', quiso decir Candy, pero guardó silencio, pues no era conveniente buscar enemigos cuando en realidad necesitaba una mano amiga que la ayudara a huir, y con Edwina trabajando en la remota cocina, y una que otra concubina luchando por ganarse las atenciones del príncipe, sería cuesta arriba completar con éxito su misión de escape. Siguiendo a Tarkan tras la puerta, ella contuvo la respiración al contemplar otra serie de apartamentos, pero éstos estaban desiertos, y se abrazó con fuerza al comprender el largo trayecto que emprendería hasta la posada donde le correspondería dormir. Continuaron en silencio hasta llegar a un angosto patio, y a medida que avanzaba por el corredor, Candy avistó dos mujeres, ambas con el mismo vestido de Zerrin, lavando ropa cerca de una fuente, y otras dos, también con uniforme, saliendo de uno de los dormitorios que había alrededor, para luego limpiar unos banquillos situados al otro lado del pasillo, y dedujo que en esta sección no solamente dormían y comían las concubinas, sino también las encargadas de ellas. Casi estaba por salir del reducido atrio cuando tres jovencitas, desnudas de pies a cabeza, emergieron de lo que a todas luces era un cuarto de baño... al aire libre. Una cuarta chica estaba acostada sobre su estómago en el suelo, con el cuerpo cubierto de aceite, y cuando sintió la llegada de otras personas, se levantó de golpe, y al ver a Tarkan, corrió en dirección a él, y rodeó el cuello del príncipe con los brazos y exclamó, con dificultad, en inglés: "¡Al fin ha vuelto, mi señor!" Alta, delgada y con cabello y ojos oscuros, era, sin duda, de aquellas tierras, y a juzgar por su dominio del inglés y la familiaridad con la que trataba a Tarkan, Candy comenzó a poner en duda su alegado tiempo en celibato, hasta que lo oyó confirmar los planes que tenía para con ella: "Tus destrezas en mi lengua vernácula han mejorado considerablemente, Hüveyda, pero lamento informarte que acabo de encontrar a mi princesa de la noche." Tomó la mano de Candy entre las suyas, y la rubia sintió cómo se erizaba su piel con el contacto. De haber estado en América, hubiera pensado que él la estaba presentando, orgulloso, con sus amigos, no como su amante, sino como su esposa… su mujer.
Hüveyda miró a Candy con repulsión, y cuestionó a Tarkan: "¿Quién es esta odalisca, señor?"
"¡Eso no es asunto tuyo!", gritó una encolerizada Zerrin.
Sin perder la compostura, Tarkan contestó: "Te presento a Nadire, mi princesa de la noche, y mi futura compañera de sueños y realidades."
Candy se estremeció al escucharlo. ¿Qué pretendía Tarkan en realidad? Siendo mitad inglés, era de suponerse que alguna vez hubiera anhelado casarse y formar una familia, pero en Anatolia la función de una esposa era muy diferente. ¿De veras el príncipe la deseaba como compañera, como amiga, y por supuesto como amante? ¿Cómo debía él suponer que entre ellos nacería el amor, así, de la noche a la mañana, sólo porque un día se le había antojado comprarla? Además, su corazón aún seguía henchido por Terry, y ahora que este hombre amenazaba con derrumbar los muros que había levantado alrededor de sus recuerdos, no permitiría que nadie, absolutamente nadie, doblegara su alma y su espíritu, a pesar de haber tenido deseos de morir mientras era exhibida en el mercado. Con valentía, alzó la vista para encarar los ojos azabache de Hüveyda, quien repitió, incrédula: "¿Nadire?"
"Así es", fue la respuesta de Tarkan. "¿Hay algún problema con eso?"
El semblante que él había adquirido era tan serio que Hüveyda enmudeció. Apenas había comenzado a concentrar, sin éxito, sus energías en seducir al príncipe y ser la afortunada en darle a él su primer hijo, y de repente llegaba esta odalisca a arruinarlo todo… "No, señor", contestó entre dientes, "no hay ningún problema." Y dirigiendo una mirada desafiante a Nadire, se puso una bata que colgaba del espaldar de una silla, y salió a pasos agigantados, alcanzando a sus compañeras que ya se habían vestido y alejado del lugar.
Candy se acercó a Zerrin. "¿Qué significa el nombre que me dio el príncipe?"
Por primera vez en toda la tarde, la mujer sonrió con ternura. "A su momento lo sabrás, querida."
La rubia no pudo evitar devolverle la sonrisa. Esa mujer de aspecto tan rudo, en realidad guardaba un enorme y maternal corazón, podía intuirlo. De pronto, Tarkan había desaparecido de la vista de todos, y cuando ella se adentró un poco más en el vaporoso baño, él apareció, con una gruesa sirvienta que llevaba como única pieza de ropa una improvisada falda, mientras que el torso de ella estaba desnudo. "Nadire debe estar hambrienta, Zerrin", sostuvo él, "pero antes, es preciso darle su primer baño."
"Entonces voy a dejarla aquí mientras recibe su aseo", acordó Zerrin. "Y si no me necesita, señor, solicito su permiso para retirarme. De todos modos regresaré en una hora con la cena de la joven Nadire."
"Tómate un descanso, Zerrin; voy a necesitar de tu ayuda los próximos días."
"¿Puedo tomar un baño entonces?", preguntó Candy, mientras Zerrin se marchaba discretamente a su cuarto. Luego de varios días y noches con fiebre, y de haber estado mucho tiempo bajo el sol en aquel callejón de contrabando, la perspiración comenzaba a hacer estragos en ella, y le parecía increíble que a estas alturas el príncipe no saliera huyendo despavorido.
El se apoyó contra una columna. "Por lo general las chicas comparten su hora de higiene juntas, y son las esclavas quienes están a cargo de este ritual."
"¿Ritual?"
Tarkan respiró hondo, pues sabía lo difícil que sería para ella acostumbrarse a este tipo de cosas. "Si el Sultán enviara por ti para satisfacer sus deseos, volverá a inspeccionarte, y si tu cuerpo no luce como él espera, no sólo tú serías castigada, sino también las esclavas a cargo de tu baño, quienes pagarían las consecuencias de su propia negligencia y de la tuya."
"¡Pero puedo bañarme sola!"
"Lo sé", recordó él, en referencia a su antigua vida, "y si te portas bien y pones en práctica lo que se te enseñe el día de hoy, a partir de mañana podrías tener una alberca sólo para ti."
"¿En serio, Tarkan?"
"Príncipe Tarkan, no lo olvides… aunque me alegra que cada vez confíes más en mí."
"¡No seas cínico!" En eso, la esclava comenzó a subirle el caftan hasta la cintura, y él se retiró, diciendo a su paso: "En cuanto hayas terminado tu cena, te llevaremos a tu habitación."
"Pero-"
El se detuvo, sin voltearse a mirarla. "¿Sí?"
Ella alzó en mentón luego de que le fuera removida la ropa por completo. "Me has visto desnuda dos veces. ¿Por qué no has vuelto a hacerlo ahora?"
El quedó pensativo mientras se enfocaba fijamente en una pared, como si no pudiera creer la osadía con la que ella le hablaba, o peor aún, la manera con la que ella lo desafiaba a mirarla. '¡Candy, qué cosas dices!', se reprochó, '¡Si te ha visto sin ropa, ha sido por las circunstancias! El no te ha mirado en forma indecente…' ¿Por qué actuaba de ese modo con él? Ni siquiera Eliza se hubiera comportado en forma tan inescrupulosa. 'El príncipe me ha hecho conocer una parte de mí que no sabía que existía', concluyó, y retomó su reflexión sobre por qué lo estaba instando a que la mirara. Se remontó a su niñez, a sus días de trabajo, a los de juego, a los de estudio…
Te vi, pero no te miré…
¡Eso! ¿Cómo olvidar aquella celebración en la que un irreverente Terry la había espiado con disimulo mientras se cambiaba de ropa, o la tarde en la que ella, por accidente, le había mostrado lo que había bajo la falda en lo alto de un árbol escocés? La primera ocasión, él se había escudado bajo el débil pretexto de que no pudo evitar ver, pero sí mirar, mientras que en la segunda, había sido inevitable que él la observara. Aunque no había querido admitirlo, ella se había emocionado al saber que le gustaba a Terry en ese plano, ¿pero por qué esperaba la misma reacción en Tarkan? Terry era un chico en aquel momento, incapaz de controlar sus impulsos, lo que justificaba parte de su rebeldía, pero Tarkan, aunque también era joven, comenzaba, como ella, a entrar en el umbral de la adultez, y no debía arriesgarse a que la mirara con ojos de hombre. '¡Ya deja de comparar al príncipe con Terry!', gritó una voz en su interior, aunque Terry siempre había tenido un carisma y aire de distinción que sólo era visto en las estratas más altas, y no era para menos, tomando en cuenta el prestigio y buen nombre de los Granchester en Londres. Suspiró de alivio al ver que Tarkan no había emitido respuesta alguna, hasta que éste se viró, y por primera vez desde su inicial encuentro en el mercado, sus ojos comenzaron a descender por el juvenil cuerpo de ella, y algo en la mirada de él cambió, y para horror de Candy, las pupilas de él se dilataron, tanto, que parecía como si estuviera con otra persona y no con el príncipe, y el tono de sus ojos fue variando, gradualmente, hasta que al detenerse en la frontera de sus piernas, fueron adquiriendo una tonalidad azul, oscureciéndose cada vez más… 'No, ese color no', suplicó ella en su mente, pues no quería ver presente en el príncipe ningún elemento que lo relacionara a Terry, 'ese color no… ¡ese color no!' Y justo cuando un furioso océano se había apoderado de sus ojos, él desvió la mirada, y volviendo a asumir la altivez con la que había hecho acto de presencia en el mercado, dijo con calculada lentitud, y un nuevo tono amarillo en sus ojos punzantes como los de un tigre: "Aún no tenía previsto admirar tu belleza… Nadire. Sin embargo, no he hecho más que complacer tus anhelos, aunque no quieras aceptarlo." Y antes que ella abriera la boca para protestar, se marchó, dejándola con muchas interrogantes en su cabeza… interrogantes sobre sí misma, de cómo ahora se desconocía, como si su alma estuviera dividida en dos mitades. "La adultez no es como yo me lo imaginaba", susurró, a medida que la esclava, carente de un vocabulario en inglés, la colocaba sobre un banco contiguo a una fuente en forma de pedestal, y de la cual salía un sofocante vapor.
¿En qué consistía el baño, y por qué Tarkan lo había anunciado con tanta formalidad? Iba a buscar un jabón cuando la esclava tomó unos instrumentos de una mesita, entre éstos una almohada, y la colocó bajo las caderas de la muchacha. Candy decidió asimilarlo todo de un modo filosófico, y aunque sabía que la otra no la entendía, exclamó, en un ataque de risas: "¡Esto de tomarse un baño en Anatolia es todo un evento! Sólo espera que les cuente a la señorita Pony y la hermana María."
Pero la esclava estaba muy lejos de reír. Separando las piernas de Candy, se levantó para empapar unas toallas con agua caliente, y las puso sobre el vientre de ella. Acostumbrada a bañarse con agua fría, ella dio un brinco al sentir el caliente pedazo de tela abrasando su piel. Entonces la otra mujer volvió a apartarse, y más tarde regresó con un recipiente que también echaba vapor, y cuando removió la sustancia dentro del mismo, Candy lo reconoció enseguida, como parte de uno de los malogrados experimentos de Stear. No recordaba el nombre… ¿cema, cira, cera? Aquella vez había reído mares pues el invento, como casi siempre ocurría, había fallado, y aún no comprendía, años después, qué papel había jugado la cora… cera, en la fabricación del artefacto.
Pero finalmente comprendió.
Haciendo uso de un pequeño pedazo de madera, la sierva tomó un poco de la cera, y la dejó vertir sobre el territorio entre las piernas de la nueva odalisca, y acto seguido, cubrió la recién formada capa con franjas de muselina, quedando las tiras incrustadas sobre la piel. ¿De qué se trataba todo esto? Tal vez había sido un poco ruda con Tarkan, pero no tanto para que él fuera capaz de dar instrucciones para torturarla en plena hora del baño, ¿o sí? ¿Qué clase de príncipe tenía la sangre tan fría como para causar sufrimiento físico a la joven con la que pensaba, según sus propias palabras, compartir sus sueños y realidades? No en balde él se había marchado tan abruptamente del baño público, pues estaba más que claro en el método de limpieza que habrían de practicarle a su nueva adquisición.
Pero lo peor estaba por venir. La experimentada esclava trabajó los dedos por entre los bordes de las franjas, mientras su otra mano hacía presión sobre el estómago de Candy… y arrancó la endurecida tira, y un feroz ardor recorrió el templo entre sus piernas mientras la mujer terminaba de extraer los cabellos que habían eludido las garras de la cera. Acto seguido, volvió a dejarla sola, y reapareció con un frasco conteniendo una fétida crema, la cual aplicó sobre el área que había quedado desprovista de obstáculos, y una ligera sensación de hormigueo desencadenó en una quemadura que se propagó como un triángulo de fuego sobre el rincón que ya había dejado de ser secreto, y Candy no pudo contener más las lágrimas, y trató de sentarse para buscar un alivio al incesante dolor, pero la esclava la sostuvo por los hombros, y así estuvieron, por un lapso de tiempo indescifrable, se removió el ungüento, disminuyendo el ardor, aliviando un poco su tormento. Sin dejar de llorar, y cansada de luchar contra un curso de vida que estaba fuera de su voluntad, permaneció quieta en el asiento mientras la otra frotaba con vigor una esponja, con agua demasiado caliente, y un arenoso jabón oscuro, por la sudorosa piel, y a partir de ese instante, ya nada podría ser más denigrante para Candice White Andley. Desprovista de su escudo protector, aún sentía el dolor en su montículo, y cruzó las piernas para evitar ser vista así, en ese espacio tan abierto a todos cuanto por allí pasaban, trasquilada como una oveja. ¿Cómo pudo Tarkan ser tan cruel? Aún no había sido desflorada, y ya se sentía degradada a lo más bajo, aseada por otros como si fuera una inútil, y desplumada como un ave, sin nada que dejar a la imaginación de un príncipe. Continuó llorando mientras le eran removidos los residuos de jabón de su cuerpo, y ser recostada, sobre su estómago, sobre un suelo sobre el cual se había depositado un par de toallas, y a partir de ese momento, cualquier cosa se podía esperar, como por ejemplo, que el príncipe hiciera su aparición y la tomara allí mismo. Cerró los ojos para no castigarlos más con tanta humillación visual, hasta que sintió las manos de la esclava por su cuerpo, cubriéndola de un pegajoso aceite, y aunque había escuchado, en los hospitales donde había trabajado, que recibir un masaje era beneficioso para la salud, en esta ocasión distaba mucho de ser relajante. Sin ofrecer resistencia, pues seguía dando rienda suelta a su llanto, se dejó colocar boca arriba, y aunque trató de cubrirse con los brazos, la sesión de aceite continuó, hasta que al fin cesó el latente enrojecimiento de su aposento privado, y al cabo de unos minutos, las calmantes propiedades del aceite habían hecho su efecto. Adormecida por sus propios sollozos, Candy fue levantada y sentada nuevamente, esta vez sobre un taburete, mientras su cabello era cepillado con un polvo de sándalo que barría los rastros de arena y otros desechos de su rubia melena. Al final, la cabellera caía como una cascada sobre su pecho… todo lo contrario a las antiguas coletas de estudiante que siempre había llevado. Había dejado de ser una niña, y ahora era una mujer, con cuerpo, ojos y cabello capaces de incitar, por vez primera, las pasiones de unos comerciantes, de un sultán, y de un príncipe… de cualquiera, excepto de un actor. ¡Cómo le hubiera gustado despertar a esta nueva etapa en otro lugar, en otro tiempo… y con Terry! Con él, y por él, estaba dispuesta incluso a casarse, pero la desgracia ocurrida a Susana había dado al traste con la realización de ese sueño de felicidad.
La esclava proveyó a Candy de una especie de camisón de un blanco traslúcido, y la condujo al final del corredor, donde la esperaba un eunuco. Ella se volteó, y la sierva la miraba con infinita compasión. 'Ella no tiene culpa de nada', pensó con tristeza. 'Sólo estaba cumpliendo su rol aquí.' Secándose las lágrimas, siguió al ayudante a través del pasillo, pasando justo frente a una doble puerta decorada en oro, y asumió que se trataba de una gran sala. Sin embargo, el eunuco prosiguió la marcha, y ella hizo lo propio, alcanzando a ver varias habitaciones cerradas, hasta que entraron a un pequeño, pero colorido saloncito privado cuyas paredes estaban pintadas con paneles de diseños florales y tazones frutales, y en una esquina, una chimenea llena de azulejos daba un aire acogedor al curioso cuarto. En el centro, una mesa de madera, rústica y rectangular, invitaba a sentarse y disfrutar de la calidez proveniente de la chimenea, aunque la misma no tenía fuego, dado el intenso calor del verano.
Anochecía. Aunque no había salido al exterior desde que entrara al harén, habían transcurrido varias horas desde que despertara a mitad del día en aquella tienda en el pleno centro de Estambul, y la humedad del baño aún no había abandonado su ligera prenda de vestir. Un fuerte sonido surgió del estómago de Candy, y ella adquirió conciencia sobre su apetito. Después de todo, llevaba varios días sin comer, y luego de los vaivenes y la agitación padecidos a lo largo de la tarde, su sistema digestivo había comenzado a protestar cuando una sonriente Edwina hizo su entrada al gracioso cuartito, llevando en la mano una bandeja con un vaso de jugo y un plato lleno de extraños alimentos. "¡Nadire!", exclamó, abrazándola con fuerza, y al pensar en todo el trabajo que le deparaba a su amiga, Candy decidió mantener ocultas las penurias por las que había atravesado, particularmente a la hora del baño. "¿Estás bien, Enise?", preguntó.
Edwina la miró con asombro. "¿Bromeas? ¡Esto es mucho mejor que Yildiz! No diré que es una vida de ensueño, y mucho menos que me quedaré aquí para siempre, pero todos aquí me tratan con respeto, y el idioma no ha sido una barrera para nosotros. Además, el príncipe se dio la vuelta por la cocina para saber cómo yo estaba y-"
"¡No me hables de él!", exclamó Candy con enojo.
Enise se cruzó de brazos. "¡No puedo creer que sigas teniendo esa actitud con él!" Señaló la comida que ya comenzaba a enfriarse. "Tengo estos kebap para ti, y como complemento, un poco de dolma, pues la comida otomana es más condimentada que la de Londres y Estados Unidos, y no quería preparar un plato fuerte… no quiero que enfermes del estómago." El olor de la carne trozada en forma de cuadros era irresistible, y los vegetales salteados, también marinados, emanaban un delicioso vapor… y Candy se lanzó de lleno a atragantarse la cena, disfrutando en cada bocado de un rico sabor a especias. La porción servida era suficiente para una familia de cuatro, pero el hambre de ella era tan voraz, que al cabo de cinco minutos, ya había dejado el plato vacío. "¿Quieres más?", preguntó una atónita Edwina.
Candy se puso de rodillas frente a su amiga. "¡Enise, consígueme un trabajo en la cocina! Esta comida es tan suculenta que trabajaría de gratis."
Edwina estalló en carcajadas. "Sabes que eso dependerá del príncipe… y de ti."
"¿Por qué sigues hablándome de él?"
"Porque le gustas", respondió la cocinera, mientras Candy se llevaba el jugo a los labios. "¿Es que aún no te ha contado?" Al ver que la rubia movía la cabeza en negativa, explicó: "En cuanto tú y yo abordamos el coche rumbo a Yildiz, el joven Tarkan ordenó a los vendedores de esclavas que las liberaran y luego se marcharan, aunque había pagado por ellas."
"¿En serio?"
"Eso no es todo", se acercó en forma tal que nadie pudiera escucharlas. "Antes de retirarse para alcanzarnos en Yildiz, y luego de asegurarse de que no quedara una sola chica cautiva, agarró al hombre que estuvo a punto de azotarte, y le propinó un puño que lo envió volando al otro lado del callejón."
"¿Cómo sabes todo eso?"
"El príncipe así lo relató al Sultán, al poco tiempo de que te hubieras desmayado."
"¡Es imposible!"
"No, no lo es." Edwina comenzaba a perder la paciencia. "¿Cuándo vas a entender que él es un buen hombre, y que si dejó libres a las esclavas y se quedó sólo contigo, lo hizo simple y llanamente porque está loco por ti?"
Candy sintió cómo se encontraban diversas emociones en su interior. Por un lado, el príncipe había cimentado en ella la semilla de la desconfianza, al haberla adquirido en un mercado como si fuera un jarrón de oro, y no una joven de dieciocho años, y más tarde, al haber ordenado la limpieza del centro de su femineidad; y de repente ahí estaba Edwina, contrarrestando cualquier noción adversa que pudiera tener sobre él, y ahora una pequeña parte de su corazón comenzaba a latir con fuerza luego de haber escuchado el desenlace de la venta en el mercado, y no encontraba razón alguna para explicar la emoción que la embargaba de sólo imaginar que Tarkan había clausurado la trata de esclavas, y se había ido a los golpes con un peligroso mercader… por ella. No sería la primera vez que alguien ponía en riesgo su reputación con el motivo de ayudarla, pues ya antes Stear y Archie, Albert, Anthony, y otros amigos, la habían defendido con uñas y dientes de injusticias y falsedades, al igual que Terry, al haber echado por tierra su título con tal de seguir sus propios sueños en Nueva York, no sin antes haberse marchado de San Pablo con tal de que no afectar el futuro académico de ella, y fue por tal razón que, al ver la aflicción y conflicto interno de él a raíz del accidente de Susana, correspondió a ella el turno de hacer el mayor sacrificio de amor jamás imaginado… el sacrificio de dejarlo libre. ¿Pero cómo podía Edwina catalogar el abuso de poder de Tarkan en el mercado como un acto de generosidad? De ser así, la hubiera liberado, aunque debido a la forma tan abrupta como éste se había dado a conocer en Anatolia, tal vez él no tenía tanta autoridad como para permitir que ella abandonara el país. ¡Estaba tan confundida! Tarkan tenía tantos perfiles, buenos y malos, y ella no sabía desde qué ángulo tratar con él.
Su debate en solitario fue interrumpido por Edwina. "Por cierto, Nadire, él me ha enviado para pedirte que lo disculparas por no tomar la cena contigo esta noche, pero acaban de llegar unos amigos del Sultán, y está atendiéndolos como es debido."
"¿Como es debido?", repitió Candy con enfado. "Eso no fue lo que pensó cuando mandó que me depilaran."
"Aaaahhh, entonces de eso se trata", dijo Edwina, recogiendo el plato y el vaso de la mesa. "¿Cómo crees que un príncipe que apenas lleva un mes viviendo en Estambul, luego de haber estado toda su vida en Londres, va a tener la más remota idea de la molestia que produce la remoción del vello?"
"¿Entonces tú también…?"
"Todas pasamos por eso cuando llegamos a los palacios imperiales, lo mismo si fuéramos a barrer el piso, o si pasáramos la noche con el Sultán . Arde mucho la primera vez, pero luego te brindan una crema con mal olor que evita un nuevo crecimiento-"
"¿Quieres decir que voy a estar así el resto de mi vida?"
Edwina contuvo los deseos de reír. Era absurdo que su amiga se preocupara tanto por esta costumbre de aseo, haciendo incluso responsable al príncipe por ello, sólo porque era una experiencia desconocida para ella. "No", contestó al fin, "pero deberás acostumbrarte, ya que lucirás así por mucho, mucho tiempo."
"Estoy tan descubierta", se lamentó la joven de ojos esmeralda. "Aún así, el príncipe no debió permitir que otra mujer me bañara."
"Tal vez lo hizo para que descansaras un poco, o porque no sabe el dolor que provoca el uso de la cera." Se dirigió a la salida, y se volteó una última vez, con una sonrisa a flor de labios. "No debes ser tan dura con él." Y se marchó, no sin antes tropezar con Zerrin. "¡Cuidado por donde caminas, Enise!", exclamó la estricta ayudante.
"Disculpe", musitó Edwina, antes de desaparecer por el corredor, y Zerrin se quedó en el marco de la puerta. "Ven conmigo, Nadire."
Candy se levantó, y mientras seguía a Zerrin preguntó: "¿Por qué el príncipe te deja a cargo de todo aquí? Es mucho trabajo para ti sola."
"No lo cuestiones", espetó Zerrin con dureza. "Además, él tiene otros ayudantes a su cargo, y mi nueva encomienda es asistirte." Y sin decir más, se detuvo frente a la puerta de una recámara separada del resto de los departamentos, pero colindante con las vías principales, y entraron a la peculiar estructura.
El interior consistía de dos grandes habitaciones conectadas entre sí, resultando ambas en un kiosko con techo de diseño cónico. En la primera, los muebles brillaban por su ausencia, y un largo sofá de rojo terciopelo, colocado contra una de las paredes laterales, representaba el único lugar para sentarse. Los azulejos decorativos daban un toque de intimidad al cuarto, y reflejaban la alta calidad de un trabajo hecho a mano, y la cúpula de madera estaba exquisitamente pintada en varios tonos, destacando el azul entre todos. Se adentró un poco más hasta llegar al ala gemela del kiosko, y quedó perpleja ante la belleza de la chimenea, que irradiaba un centenar de colores por el reflejo de las contraventanas decoradas en nácar. Las ventanas, con grabados donde predominaban el negro y el rojo, estaban abiertas de par en par, y a través de éstas se contemplaba una gran terraza adyacente a los kioskos donde ahora se encontraba, y bajo la misma, una alberca, casi privada, rodeada de jardines. Y al otro lado de la terraza, se podía observar un bellísimo edificio de dos pisos, con puertas herméticamente cerradas.
Zerrin siguió la mirada de la princesa de la noche. "Aquellos son los dormitorios de las concubinas favoritas", y añadió, "sólo hay cuatro jovencitas, a quienes viste antes que tomaras el baño."
"¿Incluyendo esa chica Hüveyda?", preguntó ella con intranquilidad, pues había algo en esa muchacha que no le agradaba.
Zerrin intentó permanecer callada ante la reacción de Nadire sobre el papel que desempeñaba Hüveyda en el harén, pero al diablo, la princesa de la noche merecía saber… "El príncipe no le ha tocado un pelo a ella, ni al resto de las concubinas."
"¿Cómo iba a tocarle un pelo, si aquí los remueven todos?"
El comentario había sido tan espontáneo que Zerrin abrió la boca, dejando entrever unos perlados dientes. Con sus cejas arqueadas en demasía, observó a la pícara Nadire, quien, apenada por sus palabras, se había sonrojado de tal manera que comenzó a morder con ansiedad el filo de sus uñas… y Zerrin estalló en carcajadas, tan estruendosas que las ventanas del kiosko empezaron a vibrar, y Candy, hallando en la otra un alma gemela, comenzó a reír también, y ambas continuaron así, por un par de minutos, compartiendo la ironía de su cautiverio. "Tienes razón", balbuceó Zerrin en medio de un ataque de risa, "Qué tonta soy, claro que el príncipe no puede-" Y se abrazó el torso con ambas manos, pues de tanto reír había comenzado a dolerle el estómago, y Candy rió aún más fuerte, casi tanto como en aquellos días felices en el hogar de Pony, o con Terry en Escocia; y al recordar, una vez más, al famoso actor, cesó finalmente la risa, y Zerrin se acercó a ella, colocando un rebelde rizo dorado en su lugar. "Hasta que al fin te veo reír, querida…" Tomándola del brazo, la llevó a la esquina más remota de la habitación, donde una amplia y cómoda cama cubierta de un edredón rojo aguardaba dentro de una especie de cenefa o base elaborada con placas doradas. "Estamos nada más y nada menos que en los Kioskos Gemelos, es decir, el dormitorio exclusivo de los príncipes herederos, pero como el primero en sucesión habita en el palacio de Dolmabahce, el Sultán ha otorgado el privilegio de usar este kiosko al joven Tarkan."
"¿Entonces es aquí donde duerme?", preguntó Candy con interés.
Zerrin negó con la cabeza. "Al principio sí lo hizo, pero luego comenzó a pasar cada noche en una recámara diferente". Mostró una amplia sonrisa. "En su opinión, el espacio de este sarayi está siendo desperdiciado, y se debe obtener el mayor provecho posible de cada una de las habitaciones."
"¿De qué modo?"
"¿No acabo de decirte que el príncipe aún no ha pasado la noche con ninguna de las chicas que le ha obsequiado el Sultán?"
"¿Y qué hace?"
Luego de mucho reflexionar, Zerrin comentó: "Tal vez se siente solo en este palacio tan grande, y como un niño, busca la forma de pasar el tiempo."
"¿De dónde eres, Zerrin?"
La mujer se detuvo en seco. Nunca antes, en las décadas que llevaba al servicio del Sultán, había despertado un genuino interés en una de las concubinas, mucho menos la preferida de un príncipe. "Mi nombre de pila es Gloria, y soy de Nueva Zelandia. Hace treinta años llegué a Anatolia con mi primer esposo en un viaje de expedición, y al cabo de un tiempo él murió de malaria, justo antes de abordar el barco de regreso a Auckland… y ésa fue la oportunidad que aprovecharon los otomanos para atraparme." Entonces alisó su uniforme, y caminó hacia la cama, dando pequeños golpes en el borde. "De hoy en adelante dormirás aquí, Nadire, según el mandato del príncipe."
"¿Cómo?" Candy apenas podía creer lo que había escuchado. El kiosko daba vueltas a su alrededor, derrochando opulencia y buen gusto, y un aire definitivamente masculino. El lugar parecía sacado de una de las leyendas contadas por Albert, como un hermoso sueño, y para ella sería un honor reposar allí, pero algo no parecía estar bien. ¿Por qué Tarkan habría de abandonar la parte más remota y tranquila del palacio para saltar de cama en cama todas las noches… y qué tenía el kiosko que no era del agrado de él? 'El encierro…', contestó su mente con rapidez, 'El encierro y la soledad.' ¿Cómo pudo haber sido tan ilusa en creer que el príncipe había tenido el lindo detalle de brindarle un alojamiento digno de su título… una princesa? Una vez más, sintió rabia hacia este despreciable ser que sólo quería manejarla como una marioneta. La expresión de su rostro no pasó desapercibida para Zerrin, pero entendía que ya había hablado demás, y que en lo sucesivo debería ser el príncipe, y no ella, quien despejara las dudas en la adorable muchacha, aunque no venía mal ofrecer un último detalle, por lo que se aventuró a decirle, mientras caminaba hacia la puerta: "Enise ha sido perdonada por el Sultán… a petición del príncipe. Debido a que sabe hablar inglés, el joven Tarkan considera idónea su presencia en Topkapi para hacer más fácil tu comunicación con la servidumbre. "
Candy cayó de espaldas sobre la cama. Ahora entendía por qué Edwina se mostraba tan feliz de haber sido trasladada a Topkapi: ¡le debía la vida al príncipe! Pero lo más grave de todo era que la única razón por la cual se encontraba laborando en este palacio, era precisamente ella, Nadire, la princesa de la noche. De ella, y sólo de ella, pendía la permanencia y seguridad de Edwina en Topkapi. "¿Por qué ella no me dijo nada?", cuestionó en voz baja, aunque ya su corazón le había dictado las razones. En su mayor interés porque Candy se sintiera a gusto en el palacio, Edwina había callado los términos de su estancia para no contrariarla, de manera que con el tiempo la rubia aprendiera a amar a Estambul por su propia voluntad, y no porque llevara sobre sus hombros el destino de su amiga. ¿Cómo escapar ahora, si de ella dependía el rumbo de otra persona… y cómo había llegado a suceder todo esto? "Tarkan", dijo en voz alta, alarmando a Zerrin. "¡Tarkan es el culpable de todo!"
"No lo llames por su nombre", la reprendió Zerrin, lo que molestó más a Candy. ¿Por qué Edwina y ella lo defendían tanto?
Sintiéndose culpable por haber mencionado algo inapropiado, Zerrin abrió la puerta, y cuando estaba por cerrar la misma le dijo: "Unica y genuina."
Candy la miró sin comprender. "¿A qué te refieres?"
Zerrin sonrió con cansancio. "El príncipe ha resultado ser un buen aprendiz en lo que respecta al significado de los nombres." Y mirando que todo estuviera en orden en la habitación antes de salir, añadió: "Estar aquí ha sido tan difícil para él como lo es para ti." Y cerró la puerta, dejando a Candy en la inmensa soledad del kiosko. En su desespero por salir de Estambul y de Anatolia, había pasado por alto que Tarkan también venía de otras tierras, y no sólo debía asimilar otro idioma, sino también la religión, la inusual vida marital, y sus funciones diplomáticas, entre otras costumbres otomanas, así que ella no era la única que estaba sufriendo. Había sido injusta con Edwina al no comprender su felicidad, y en cierto modo, había sido dura con él. ¿Por qué había escogido ese nombre para ella, justo cuando la acababa de conocer? Nadire… saboreó el nombre con la punta de la lengua, orgullosa, y honrada, de llevar tan hermoso apelativo, y reconoció que Tarkan había seleccionado un nombre maravilloso.
Fue entonces cuando vio la cuerda en el borde de una ventana.
En su fascinación con el interior del kiosko, ella y Zerrin no habían reparado en una soga que había sido cuidadosamente colocada en el borde inferior del marco, y se podía divisar, no muy lejos, un frondoso árbol remeneando sus ramas afuera. La cuerda era lo suficiente larga como para hacer un buen nudo y alcanzar una de las ramas, y el resto dependería de ella. ¿Pero qué sería de Edwina? No podía dejarla así como así, después de haber sido sanada por ella luego de haber sido sacada del mar. ¿Qué hacía la cuerda allí en primer lugar? De seguro Zerrin, o alguna otra sirvienta, se había asegurado de que las instalaciones estuvieran nítidas y armoniosas para el momento en que llegara "la princesa", y era de suponer que nadie tenía la potestad de irrumpir en el kiosko del príncipe heredero…nadie, a excepción de-
Oyó que tocaban a la puerta, y ella respondió, "Pasa, Zerrin." Pero la persona que ahora entraba con seguridad y confianza al dormitorio no era la eficiente ayudante de Tarkan, sino el príncipe mismo. "Sólo vine a desearte las buenas noches, mi prin-"
¡PAF!
El golpe había sido tan contundente que él tuvo que sostenerse de uno de los pilares de la cama para no caer. Cuando al fin recobró el equilibrio, la miró con ojos verdes llenos de furia, alzando una mano en el aire, para luego cerrarla en un puño, y de igual modo, apretó sus párpados y labios, procurando no perder el control. "Debo suponer", dijo entre dientes, "que no es la primera vez que golpeas a alguien…"
"¡Y no será la última!" Candy iba a asestarle otra bofetada, pero esta vez él la esquivó, atrapando la mano de ella en la suya. "¿Qué le hecho a usted, mi princesa, para merecer tan preciado premio?", preguntó con una sonrisa burlona.
Incapaz de liberar el brazo, ella alzó la quijada, enfrentando los ojos que habían adquirido un verde esmeralda, ¿o serían nuevamente sus propios ojos reflejados en los de él? "¿Y todavía lo preguntas? Me compras como si fuera un caballo, luego haces que me arranquen el vello-"
"No sé de qué vello me hablas-"
Pero Candy no le permitió continuar. "Luego me encierras en este lugar, como si fuera un pájaro en una jaula de oro, mientras tú das vueltas por el palacio… ¡y para colmo colocas una cuerda frente a mis narices, para ponerme a prueba!"
"¿Cuál cuerda?" Entonces sus ojos se enfocaron en el objeto que descansaba en una de las ventanas. "No sé cómo fue a parar allí…"
"¡Eres un tirano y un mentiroso!" Esta vez Candy dejó caer las lágrimas que había reprimido luego de su horrible aseo. "¡Y para que lo sepas, no me gusta tu pelo, ni tu voz, y mucho menos esos ojos que siempre cambian de color!"
"Vaya… si has visto todo eso, es porque ya has mirado lo demás-"
"Pero lo más que me disgusta de ti es tu maldad, tu actitud, y la forma como juegas con la vida de otras personas y pretendes gobernar la mía, ¡y no me gustas nada! ¡Eres malo, muy malo, y por eso te odio!" Y con la fuerza de diez guerreros, soltó el brazo que tenía aprisionado, y se apartó a toda prisa, cayendo de bruces sobre la cama, sollozando a viva voz, cansada de haber sufrido tantas agresiones en un solo día. ¿Qué sería de su vida ahora? En eso, sintió que acariciaban su espalda con gentileza, y antes que ella tuviera tiempo de apartarse, él se inclinó, apartando los cabellos que se habían humedecido con sus lágrimas, y le susurró: "Si eso es lo que piensas de mí, me encargaré de hacerte cambiar de opinión." Y cuando ella agarró una almohada para lanzarla contra él, éste ya se había esfumado como el polvo. "Así se sienten las aves cuando están en cautiverio", dijo entre sollozos, y dio rienda suelta a toda su congoja y frustración, sin que encontrara consuelo en aquel inmenso palacio, ni en sus recuerdos, que ahora figuraban como únicos y leales compañeros, hasta que al final puso todo en manos de Dios, elevando una oración en acción de gracias por haberle permitido sobrevivir al naufragio, pues de no haber sido así, Edwina no seguiría viva. Con la esperanza de que el próximo día le traería buenas nuevas, cerró los ojos, y envuelta en una embriagadora esencia masculina que emanaba de las sábanas, se quedó profundamente dormida.
