PRINCESA DE LA NOCHE
Por Astrid Ortiz
(Eiffel)
CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.
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CAPITULO 6: Sueños y realidades
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Los niños correteaban entre las vacas cuando Annie llegó al hogar de Pony. Bajó del auto, y dando las gracias al chofer, caminó el corto trayecto desde la cerca hasta la entrada de la casa. Era alrededor de la una de la tarde, pero no podía esperar, ¿y quién mejor para compartir sus preocupaciones que la señorita Pony y la hermana María? Por mucho que confiara en su madre, la bien disimulada antipatía que Jane Britter aún sentía por Candy dificultaba que Annie pudiera contarle sobre sus alegrías y penas junto a su extrovertida amiga. Iba a tocar la puerta para anunciar su llegada, pero recordó que no era necesario hacerlo, pues el hogar de Pony era su segunda casa, y había sido su hogar los primeros años de su vida. En un gesto inconsciente, arregló su cabello azabache, el cual llevaba suelto, cuando vio el caballo de Tom de pie junto a un lado de la cerca, y sonrió, pues gracias a la compañía y ocurrencias de él, había sido más fácil lidiar con la ausencia de Archie.
La señora Britter no paraba de reclamar a su hija el haber permitido que su novio empacara sus cosas para ir a Egipto, a lo que la joven volvía a explicar, como había hecho tantas veces, que dicho viaje se estaba llevando a cabo en carácter familiar, y no hubiera sido correcto que Archie hiciera un desaire al resto de los Andley. Pero lo que su madre desconocía era el verdadero motivo por el cual Archie había decidido emprender el viaje. ¿Cómo decírselo, cuando ella misma no podía dormir tranquila? Cuando él le había comunicado las intenciones de Albert de reunir a la familia, y de llevarlo a él para hacer más llevadero el viaje a Candy, Annie supo que había algo más, y en lugar de impedir a toda costa que abordara el barco que cruzaría el Atlántico, guardó su orgullo en un rincón oculto de su corazón, deseándole, en su despedida, la mejor de las vacaciones. Archie no era el único que necesitaba tomarse un tiempo, ella también consideraba propicia una temporada separada de él, para así deshacerse del mal hábito que había desarrollado de depender demasiado de sus sentimientos. El no era posesivo, y mucho menos celoso, lo que la consternaba aún más, no sólo porque denotaba una falta de interés de Archie hacia ella, sino también porque la confianza que él le había depositado la hacía cada vez más responsable de sus propias inseguridades. Después de todo, él ya no mencionaba a Candy tan a menudo, a excepción de aquellas pláticas donde la rubia era el tema de discusión, y por lo general era ella quien iniciaba las mismas. Y en lo que concernía a ellos dos, en días recientes él se había mostrado más cariñoso, aunque ella debía atribuirlo a su necesidad de afecto tras la muerte de su hermano. Así pues, y con su corazón pendiendo de un hilo, había dejado partir a las dos personas más especiales que había conocido: Archie y Candy. ¡Se sentía tan sola! Ni siquiera podía contar con su amiga para expresarle sus dudas respecto a su novio, y no sería sino hasta dentro de uno o dos meses que volvería a tener noticias de ella y Archie. Ya no le preocupaba, como antes, la absurda rivalidad que había inventado con su hermana del alma, sino la reacción de él al saberse solo, con su antiguo amor imposible, en la remota ciudad de El Cairo; además, y aunque a Candy le costara mucho reconocerlo, ésta seguía embelesada con Terry. ¿Cómo pudo haber sido capaz de dejarlo ir? Los artículos en los diarios acerca de la relación entre él y la infortunada actriz Susana Marlowe la ayudaron a armar el rompecabezas sobre las razones que indujeron a su amiga a separarse tan abruptamente de él, justo cuando el vínculo entre ellos parecía ser más fuerte. 'Qué valiente eres, Candy', la admiró en silencio, 'pues yo en tu lugar no habría hecho lo mismo, y hubiera luchado por Archie hasta el final…' Y como parte de sus oraciones antes de acostarse, suplicaba al Todopoderoso porque obrara un milagro para que Terry y Candy volvieran a estar juntos, o de no ser así, para que pusiera en el camino de la enfermera un nuevo amor, más fuerte y extraordinario que el anterior, aunque sería muy difícil hacer que Candy olvidara a Terry, a menos que a su vida llegara un muchacho que fuera aún más maduro, intenso y guapo que el joven duque, quien, ante los ojos de Annie, había sido el gran amor de Candy, sin restar mérito a la linda amistad que había tenido con Anthony, ni a su primera ilusión con el príncipe de la colina, quien resultó ser el famoso abuelo William, que no era otro sino Albert. Varias veces se había preguntado si alguna vez el joven Andley no había estado interesado en desposar a su amiga, pero luego descartó la idea, pues Candy continuaba con su mirada ausente puesta en su inconcluso sueño de amor por Terry. ¡Si tan sólo tuviera la oportunidad de encontrar a alguien con quien pasar el resto de sus días!
"¡Annie!" La puerta se había abierto sin que ella se diera cuenta, y la señorita Pony la tomaba en sus brazos, del mismo modo que lo había hecho desde que Annie estaba en pañales. "¡Qué alegría verte! Sabes que no tienes que esperar que abramos la puerta; ¡ésta es tu casa y puedes entrar y salir de ella cuando quieras!"
"Oh, señorita Pony", se disculpó Annie, "tanto ustedes como mis papás siempre me han enseñado a hacer las cosas correctamente, y cuando debo ser más informal, ¡lo olvido!"
"No debes sentirte mal por eso", dijo la hermana María, quien emergió de la cocina para salir al encuentro de la morena. "Hace mucho que no vienes por aquí."
"Es verdad, y no saben cuánto lo lamento."
"¿Todo bien, Annie?" Tom estaba pelando patatas con la hermana María cuando oyó la voz de la muchacha en la sala, y caminó con paso apresurado para ver que todo estuviera bien. Desde que Archie y Candy partieran a Egipto, él había prometido a la señorita Pony y a la hermana María que velaría por ella, pues debía sentirse muy sola sin la compañía de sus amigos, razón por la cual la había invitado varias veces a su rancho, a modo de distracción, aunque Annie no estaba acostumbrada al estilo de vida rústico que él y el señor Steve llevaban, por lo que casi siempre se limitaba a observar a padre e hijo cabalgando y manejando, entre los dos, las diversas faenas del ganado, entre otras labores, y el señor Steve siempre se regocijaba en recibir a la amiga de Candy, lo que también ayudaba al experto hombre de campo a tomarse un descanso, pues el corazón de éste, aunque sanado gracias a la intervención de Candy y de los médicos, no estaba en condiciones para caer en excesos, de manera que tanto Tom como Annie se habían beneficiado mutuamente de sus ratos libres, aunque a Tom no le agradaba que su amiga se negara a decir a la señora Britter que de vez en cuando disfrutaba de su compañía. ¿Acaso Annie tenía miedo de que se suscitara un malentendido, y que ciertos chismes o comentarios mal infundados llegaran a oídos de Archie? Si éste era el caso, el silencio de Annie sería más peligroso aún pues desencadenaría una madeja de rumores alrededor de la amistad de ambos, pero no por ello le pediría cancelar sus visitas. Sin Candy a su alrededor, ellos debían recuperar los años perdidos para afianzar su relación de hermanos.
"¡Tom!" Annie corrió a los fraternales brazos de su amigo. "¡Qué bueno verte! Así puedo platicar a todos sobre la razón que me trajo aquí."
"¿Qué otro motivo debiera haber que no sea estar con nosotros?", preguntó la señorita Pony con una sonrisa.
Annie se sonrojó. "Está en lo cierto, pero anoche ocurrió algo que…", no pudo continuar, pues sus ojos se llenaron de lágrimas, "yo… necesito que la paz llegue a mi vida, y estar segura de que todo va a estar bien."
"Con Dios en tu corazón, nada es imposible", dijo la hermana María.
Annie tomó asiento en la salita, buscando las palabras para continuar, pero estalló en sollozos, y la hermana María acarició el tembloroso rostro de la chica. "¿Qué ocurre?", preguntó, con el rostro compungido.
"Ay, hermana", Annie no paraba de llorar, "sé que no debo hacer caso a mis sueños, pero han transcurrido dos noches en que…" Y volvió a irrumpir en llanto, y Tom sintió cómo se le erizaba la piel al escucharla, pues la noche anterior él había despertado en su cama, de golpe, con un terrible presentimiento, y no sabía a qué o a quién atribuirlo. "¿De qué se trata?", preguntó con impaciencia.
La señorita Pony se retiró a la cocina, y luego volvió con una taza de chocolate. "Vamos, querida, cuéntanos…"
"¡Candy está en peligro!"
"¿Eh?" La señorita Pony y la hermana María intercambiaron miradas de asombro, y Annie, luego de sorber un poco del chocolate, agregó: "Sólo tengo pesadillas cuando algo muy malo le ocurre a mi amiga…"
"No sabía que tomabas alcohol a escondidas, Annie", bromeó Tom. "En serio, debes dejar ese vicio."
"Hablo muy en serio", dijo ella con enfado. "He tenido el mismo sueño por dos noches consecutivas, y aunque he acudido a la iglesia varias veces desde entonces, no he logrado tener tranquilidad, y eso me asusta." Terminó de tomar el resto del chocolate de una sola vez. "En mi sueño, Candy cae al mar, y luego llega a un país desconocido."
Tom quedó de una pieza. Aunque no había sufrido pesadillas como Annie, el extraño sentido de cautela que él tenía había comenzado justo al mismo tiempo en que ella había comenzado a soñar con su amiga. Dándole una palmada en su hombro para calmarla, preguntó: "¿Cómo era ese país con el que soñaste?"
"No recuerdo los detalles", respondió ella con frustración. "Supuse que era un lugar extraño pues ella no entendía nada de lo hablaban sus habitantes", se llevó las manos al rostro, sollozando, "además, el barco donde ella viaja con los Andley ya debe haber llegado a tierra firme. ¿Por qué no nos han enviado un telegrama aún?"
"Tal vez continúan dentro del barco", comentó la señorita Pony. "Si mis cálculos no fallan, no creo que hayan llegado antes de hoy o de ayer."
"La señorita Pony tiene razón, Annie", secundó la hermana María. "Nadie puede asegurarnos que el señor William nos envíe un mensaje mientras se encuentra en Egipto; y si así fuera, habrá que aguardar a que tenga la oportunidad de hacerlo."
"Pero Candy no hubiera esperado", objetó Annie. "A estas alturas ya hubiera tenido lista, al menos, una carta para nosotras-"
"No creo que sea sino hasta ahora que ella pueda enviarla", dijo la señorita Pony. "Y si lo hiciera, no recibiríamos la misma hasta dentro una o dos semanas."
Tom comenzó a caminar de un lado a otro de la sala, frotándose el cabello con las manos. "¿Qué te sucede, hijo?", preguntó la hermana María.
El no respondió, y se llevó las manos a la cintura, tratando de controlar sus impulsos, hasta que pudo más su instinto que su razón y sugirió: "Pues ya que estamos deseosos por tener noticias de Candy y los demás, deberíamos ser nosotros quienes enviemos un telegrama, ¿no creen?"
"¿Cómo?" La hermana María se llevó una mano a la frente. "¿En verdad crees que las pesadillas de Annie son una realidad?"
"Hermana…" El no sabía por dónde comenzar, pues no quería que se corriera el rumor de que el más fornido ranchero de toda el área se dejaba llevar por sus corazonadas. ¿Qué pensaría el señor Steve si se enteraba de que su único hijo hacía caso a los dictados del corazón? "Hermana, yo… lo cierto es que… bueno…", tragó saliva antes de proseguir, "algo me dice que Candy está atravesando serias dificultades."
Annie lo miró con sorpresa. El, que siempre estaba en control de todo, incluyendo su vida amorosa, al punto de haberse negado al mandato de casamiento que una vez hiciera su padre, estaba visiblemente perturbado, y aunque en el fondo sintió alivio al saber que no era la única conmocionada por la ausencia de Candy, sintió una profunda pena por su amigo. "¿Tú también?", preguntó.
El afirmó con la cabeza. "Ni siquiera se lo dicho a papá, pues de seguro va a pensar que soy débil como una señorita, pero llevo varios días sintiendo una fuerte opresión en el pecho, como si en cualquier momento fuéramos a recibir malas noticias… y sé que esas noticias guardan relación con Candy."
La hermana María tomó la palabra. "¿No creen que se están sugestionando demasiado?" Tomó la mano de Annie entre las suyas. "No sólo extrañas a Candy, sino también a Archie. Y tú, Tom," despeinó la melena del ranchero con ternura, "aún sigues alimentando demasiado tu imaginación como cuando eras un niño."
"¿De veras cree que estamos equivocados?", preguntó Annie, en busca de una confirmación.
"Candy sabe cuidarse sola, más que un pelotón de soldados", aseguró la señorita Pony. "En todo caso, son los demás quienes deberían cuidarse de ella… aunque no vendría mal que enviáramos el telegrama."
"¡Señorita Pony!", exclamó la hermana María.
"¿En serio podemos hacerlo?", preguntaron Tom y Annie al unísono.
La sabia mujer sonrió al escucharlos. "¿Acaso alguien se los impide?"
Annie miró a Tom con ilusión. "Es muy tarde para ir a la oficina del telégrafo, pero mañana pediré a mi padre que me lleve allí, y así enviaremos nuestro mensaje a Candy."
"Permite mejor que yo lo haga", aconsejó él. "Soy un hombre, y puedo cuidarme mejor de los peligros de la calle."
"Hablas como todo un ranchero… pero será como quieras. Además, prometí a mi madre acompañarla a comprarse unos vestidos, y ya que me harás el favor de enviar el telegrama, podemos estar más tiempo juntas."
"Me parece buena idea", opinó él. "El paseo te servirá de distracción."
"¡Ya me siento mucho mejor!"
"Entonces quédate entre nosotros un rato más", pidió la señorita Pony. "Y tú también, Tom."
"Claro que sí", dijo él con energía, y todos platicaron de otras cosas, aliviando la cargada atmósfera con temas más alegres, evitando hablar sobre Archie o Candy. Y cuando al cabo de unas horas Annie y Tom se marcharon, la hermana María acudió a la habitación de la señorita Pony, mientras ésta limpiaba sus anteojos. "¿Por qué hizo eso?", preguntó con curiosidad.
La señorita Pony volvió a colocarse los lentes. "¿Por qué hice qué?"
"¿Por qué dio permiso a Tom y Annie para que enviaran un telegrama a Candy?"
Pony sonrió. "Ellos no son unos niños para pedirme autorización; de hecho, me hace feliz que aún consulten algunas cosas con nosotras."
"¿Pero no considera una imprudencia escribir tan pronto a Candy cuando apenas debe estar desembarcando?"
"Tal vez lo sea, pero Candy se pondrá muy contenta cuando tenga noticias de sus amigos."
"No lo había visto desde ese ángulo…"
"De cualquier manera, ellos hacen muy bien en velar porque nuestra niña esté fuera de peligro."
"¿Quéeee?" La hermana María se sostuvo contra el marco de la puerta, y supo que había llegado el momento de que ambas confrontaran sus respectivos temores. "¿Está pensando lo mismo que yo?"
Pony se dirigió a la religiosa con franqueza. "Hermana, aún usted, en calidad de sierva del Señor, debe percibir que algo muy extraño está sucediendo."
"Dios obra por caminos misteriosos, incluso si esos senderos se manifiestan a través de la mente", reconoció la hermana. "Admito que también siento un gran vacío en mi pecho, como si algo se hubiera despedazado, y no he dejado de orar por Candy desde entonces."
"No quería preocupar más a Tom y a Annie, pero desde el momento en que la vi llorar por su amiga, supe de qué se trataba."
"Yo también… pero no debemos permitir que nuestros hijos, ni nosotras, perdamos nuestra fe."
La señorita Pony suspiró. "Sólo espero que estemos equivocadas, y que sólo se trate de un exceso de cariño-"
"Un exceso muy presente cuando nuestra niña se marcha tan lejos."
"Quizá por eso estamos tan ansiosos… nunca antes Candy había viajado tan lejos."
"Aún así, no debemos dejar de orar por ella", sostuvo la hermana María, mientras abandonaba el cuarto para atender a un niño que lloraba a lo lejos. "Pensándolo bien, no es tan mala idea que escribamos a Candy después de todo."
"De seguro está emocionada con la idea de visitar todas esas pirámides de las que le ha hablado el señor Albert."
"Eso espero." Y continuaron con sus labores, pidiendo a Dios porque su Candy regresara a casa sana y salva.
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La niebla era tan densa que apenas podía distinguir el puerto. Era su primera vez en Inglaterra, pero no andaba en plan de visita, y a diferencia de otros pasajeros, Susana había permanecido en cubierta, con su silla de ruedas helada por el frío de la medianoche. No quería irse a dormir, pues en cuanto el barco anclara en Southampton, usaría la silla como un veloz automóvil y bajaría a toda prisa hasta tocar tierra firme. No era mucho lo que podía hacer a esa hora de la noche, pero no aguantaba más los deseos de saber sobre Terry, aunque sabía que estaba caminando sobre arenas movedizas, pues su novio no había informado a nadie sobre sus planes. Una parte de ella se sentía culpable por no resistir los deseos de verlo aún cuando él había dejado claro que necesitaba un tiempo a solas, pero de sólo pensar que iría a buscarla a ella, a Candy… 'Mejor importunarlo que perderlo', pensó, colocándose su abrigo, pues el frío era tan intenso que no permitía poner los pensamientos en orden. Era obvio que él estaba huyendo de ella, y que por tal razón no había divulgado sus planes de descanso, pero la lógica le decía que debía estar con su padre en Londres. Aunque tenía la leve percepción de que Terry y Richard Granchester no tenían muy buena relación, lo más razonable era que ambos estuvieran juntos en la propiedad del duque, y Susana no veía la hora en que abordara un coche, a la hora que fuera, para reunirse con su amor, y no separarse de él nunca más.
Estaba casi segura que Eleanor Baker conocía el actual escondite de su hijo, así como Russell, y ninguno de ellos quería decir nada… ¿tal vez porque el mismo Terry así lo había pedido? Incluso había preguntado a Robert Hathaway, con quien raras veces había entablado conversación luego de haber sufrido el accidente, y de igual forma, éste se había negado a darle la información. ¿Por qué todos se empeñaban en fingir desconocimiento total sobre el asunto, si ella estaba resuelta a emprender el viaje de cualquier manera? Sintió pena por su madre, a quien había dejado llorando en Nueva York, pero necesitaba encontrarlo, y así recobrar la paz que tanto necesitaba, si alguna vez la había tenido.
El barco se detuvo, y con ello, su respiración. Sólo sería cuestión de moverse en su silla de ruedas, y bajar del barco hasta llegar al hotel más cercano y pasar allí la noche, y al día siguiente pediría un coche que la llevaría rumbo a la mansión del duque de Granchester. No había tenido la oportunidad de conocer a su futuro suegro y el resto de la familia, pero eso no importaba, pues Terry había hecho una vida propia en Nueva York, y si a alguien tenía que rendir cuentas, sería a él y no a su padre ni a su madrastra. Con su pesada valija ocupando el espacio vacante de su antigua pierna, aceleró la silla de ruedas hasta llegar a la rampa por la cual descendería del barco, siendo detenida por uno de los oficiales. "Permítame ayudarla, señorita."
"No puedo darme el lujo de esperar; será más rápido si voy sola", dijo ella con terquedad, al tiempo que descendía a través de la rampa exterior; pero el peso de su maleta había desequilibrado el movimiento de la silla, haciendo que diera tumbos de un lado a otro de la rampa, hasta que al final dio un vuelco, y tanto la silla de ruedas como su acompañante bajaron rodando hasta quedar fuera del barco, cayendo en el frío suelo del muelle.
Había quedado boca abajo, sintiendo el amargo sabor de la sangre en una de las comisuras de sus labios, y la rodilla de su pierna sana ardía como el fuego, pero nada tan desgarrador como la vergüenza de haber llegado así, tan inútil y minusválida, accidentándose como si fuera una infante aprendiendo a dar sus primeros pasos. Incapaz de alzar el rostro para enfrentar a la muchedumbre que se había apostado a su alrededor, comenzó a llorar, sintiendo sobre su espalda las miradas de quienes se habían limitado a contemplarla con curiosidad, y no precisamente por la caída, sino por su deformidad.
Una delicada mano se posó sobre su hombro, tratando de voltearla. "No trates de ayudarme", susurró ella entre sollozos, "¡no quiero ver las caras de todos mientras se burlan!"
"Te llevaré a un hotel", dijo la dulce, y un poco nerviosa, voz de mujer. "Vamos, yo también estoy sola y asustada…"
"¿De veras?" Por primera vez desde que abordara el barco en Nueva York, Susana mostró un leve interés por alguien que no fuera Terry, aunque ello respondiera a que había hallado una persona con la que aparentaba tener algo en común. Se volteó de repente, y al hacerlo, una diminuta joven con anteojos la miraba con tristeza. A pesar de su juventud, unas arrugas, al parecer recientes, enmarcaban sus ojos, y aunque Susana no la conocía, pudo ver que el rostro de la chica que ahora la ayudaba a sentarse lucía bastante demacrado. "¿Cómo te llamas?"
La muchacha de semblante apagado esbozó una débil sonrisa. "Mi nombre es Patricia, pero puedes llamarme Patty." Y fue en busca de la silla de ruedas, mientras uno de los oficiales finalmente se aprestaba a arreglar la valija, la cual se había abierto al caer, desparramando piezas de ropa y otros artículos personales por todo el suelo. Apenada, Susana bajó la cabeza, mientras Patty la ayudaba a ponerse en pie, y con la asistencia de otro viajero, fue incorporada en la silla. "Permite que te lleve", sugirió Patty, tomando el control del asiento móvil, alejándose así del muelle, y del lamentable incidente.
Patricia se mantuvo en silencio mientras ella y Susana se dirigían a un hotel que quedaba a unas cuantas cuadras, para dar espacio a la enferma a olvidar lo ocurrido. ¿Pero qué hacía ella allí, cuando apenas podía valerse por sí sola luego de haber perdido la pierna? Había leído en los periódicos la noticia de que Terry se había tomado un receso del teatro… "¿Qué hacías sola en este viaje?", preguntó al fin.
Susana no dejaba de mirar las frías y desoladas calles. "Estoy buscando a mi novio, el actor Terrence Granchester", suspiró, "aunque supongo que ya lo sabes, pues mi foto también ha aparecido en los diarios."
'Sé más cosas de ti de lo que imaginas', quiso decir Patty, pero no era momento de mencionar a Candy… no era justo para Susana ni para su amiga, a lo que Patricia se limitó a ofrecer la ayuda que cualquier otro hubiera brindado a la otrora actriz. Después de todo, ambas compartían la soledad de un amor perdido: Susana, en su desesperado intento de asegurar su noviazgo con Terry, y ella, en su esfuerzo para seguir adelante sin el afecto de Stear, tal y como había prometido a su abuela Martha. Luego de varios meses encerrada en un mar de llanto en su depresiva habitación en Florida, y de esperar en vano unas palabras de aliento de sus progenitores, finalmente había aceptado un pasaje pagado por la abuela para regresar al lugar donde había construido tantos recuerdos con Stear, Candy, y demás amigos. Había pedido a la abuela que la acompañara, pero el médico había recomendado a Martha evitar viajes largos por motivos de salud, y Patty, a pesar de su miedo a revivir sus experiencias en el viejo continente, accedió a abordar el barco por cuenta propia, a modo de promesa a la abuela, pues no quería ser la causante de cualquier quebranto de salud que ésta pudiera sufrir.
Llena de curiosidad, Susana comenzó a interesarse en la joven de pocas palabras. "¿Por qué decías que estabas sola y asustada?"
Patty suspiró. ¿Por qué, entre tantas travesías, tenía precisamente que tomar ésta? Había visto a Susana en varias ocasiones en cubierta, pero había optado por no acercarse, pues Susana no la conocía, y también sentía una profunda lástima por ella, y por Candy. Aunque Susana no tenía culpa alguna de su terrible accidente, no podía evitar sentir rabia ante la manera tan injusta como la vida había separado a Candy de su más grande amor. Aún así, no pudo evitar sentir compasión por la actriz, para quien la angustia de no ver a su amado se asemejaba, sólo un poco, a su propia desolación. "Yo…", comenzó, incapaz de creer que estuviera sincerándose con otra mujer deprimida; hasta que el llanto dominó sus emociones, y aunque no había dejado de llevar a Susana en la silla, sus lágrimas seguían rodando, sin detenerse, por sus mejillas. "Susana, yo… mi novio… ¡mi novio se murió!"
Los ojos de Susana se humedecieron al recordar aquel ensayo en el que Terry casi llegaba a perder la vida. No soportaba haber perdido su pierna, pero había valido la pena su sacrificio, pues con ello había salvado a Terry de un retiro involuntario de los escenarios, e incluso de las garras de la muerte. "Debió haber sido horrible para ti", fue todo lo que pudo decir.
"Sigue siendo horrible, ¡y no sabes cómo duele!"
"Tienes razón… lo siento."
Pero Patty no pudo ocultar el reproche en sus palabras. "Debes dar gracias a Dios porque Terry… Terrence, aún vive y está a tu lado, aunque no todo sea perfecto." Se cubrió el rostro con las manos. "¡Yo, en cambio, tengo que conformarme con tener a Stear vivo sólo en mi memoria!" Y siguió llorando sin control, dejando a Susana con un gran remordimiento. Quiso disculparse una vez más, pero el sufrimiento de Patty era tan grande que apenas se atrevía a emitir palabra.
Ambas continuaron marchando, inmersas en sus propias tempestades, hasta que encontraron una posada con dos habitaciones vacantes, y luego de haber llevado a Susana a su cuarto y dar con formalidad las buenas noches, se dio la vuelta rumbo a su propio dormitorio. Una cosa era ayudarla a trasladarse de un lugar a otro, y otra muy diferente era convertirse en su amiga, pues sería como una traición a Candy, aunque sabía que su amiga no guardaba rencor hacia la que había sido su rival en amores. "Susana nunca sabrá que Candy y yo somos amigas", dijo con resolución, mientras caminaba por el corredor rumbo a su cuarto, "y si ambas estamos aquí, es por pura casualidad nada más-" En eso, sintió que la tomaban del brazo, y cuando vio que estaba siendo arrinconada contra una remota y solitaria pared, abrió la boca para gritar, pero el extraño que la había agarrado la silenció colocando un dedo índice en sus labios. "Shhhh, no soy un delincuente ni nada parecido-"
"¿Ah, no?", replicó ella, mientras trataba en vano de liberarse de los brazos que la mantenían aprisionada contra la pared. "¿Cómo llamas a esto entonces?"
El alto y pelirrojo atacante sonrió, mostrando unas líneas de expresión alrededor de sus ojos grises. ¿Acaso solía reír con regularidad, o había llorado tanto como ella? "Siento haberte asustado", dijo, dejándola al fin libre, "es que te vi en el barco mientras observabas a la señorita Susana y-"
"¿La conoces?"
El desconocido asintió. "Soy asistente de su novio Terry, y debido a que la joven Susana está cometiendo, en mi opinión, una locura, pensé que mi deber era asegurarme de que nada malo fuera a ocurrirle, así que compré un pasaje de abordaje para seguirla sin que se dé cuenta."
Patty olvidó la desconfianza que sentía por el muchacho. "¿Y dónde está él… su novio?"
El se encogió de hombros. "No dijo a nadie adónde iba, ni siquiera a la señora Baker, aunque ella está tranquila porque entiende que estas vacaciones serán de mucho provecho para su hijo."
Patty miró al desconocido con escepticismo. "¿Y por qué no avisaste a Susana que estabas aquí?"
"Porque se sentiría acechada, y sería capaz de cualquier cosa con tal de lograr su objetivo de encontrar al señor Terry." Extendió su mano izquierda. "Por cierto, mi nombre es Russell… Russell Bird."
Contra su voluntad, ella permitió que él estrechara su mano. "Patricia O'Brien."
"Mucho gusto, Patricia." A pesar de que la joven se mostraba fría y distante, la voz y expresiones de ella al hablar eran sutiles, denotando una gran sensibilidad e introspección. "Debes pensar que soy un loco al tomarte así, tan desprevenida…"
"¿Por qué me sigues a mí, en lugar de a Susana… y qué tengo que ver con los problemas de ustedes?"
El tomó una bocanada de aire, pues a medida que seguían conversando, Patricia colocaba más barreras entre ellos. "A lo lejos, pude ver cómo mirabas a la señorita Susana con disimulo, como si estuvieras ocultándote de ella, y pensé que por alguna razón que desconozco, no querías que ella te descubriera."
"Pues supones bien", dijo ella con brusquedad. "Susana no lo sabe, pero soy Patty, la amiga de Candy White. ¿Tu jefe no te ha comentado nada sobre ella?"
"¿Por qué me tratas así, a secas? Tal vez fui un poco brusco contigo por el modo en que te tomé del brazo, pero era el único modo de llamar tu atención."
"Pues no quiero llamar tu atención ni la de ningún otro hombre. ¡Soy viuda!"
El palideció. "Lo siento mucho, no sabía… eres muy joven-"
"Me refiero a que mi novio murió", masculló ella, conteniendo los deseos de volver a llorar, algo que no haría frente a este sujeto que de la nada pretendía establecer una conección entre ella y Susana.
Russell enmudeció. Hasta hacía unos meses, había atravesado la misma situación que ella, y él, más que nadie, comprendía a la perfección la pena que la embargaba. "Mi novia también falleció, junto a mis padres adoptivos, en un accidente de auto…" Y se viró de espaldas, pues no quería que ella viera un atisbo de lágrimas en sus pupilas. Su desgracia no se había limitado a la partida de las tres personas que más amaba; su triste historia había dado comienzo mucho antes, pero no quería ofrecer tantos detalles a Patricia, pues la carga de ella pesaba tanto como la de él. "Sólo iba a pedirte que te ocuparas de ella, que evites que cometa una torpeza mientras localizo al señor Terry y le informo lo que ha pasado… y ella no debe saber que estoy aquí, y mucho menos que he hablado contigo."
Patty limpió sus empañados anteojos. "¿En verdad viniste a Londres sólo por eso? ¿Y qué tal si Terry no estuviera aquí?"
Russell agitó la cabeza. "La joven Susana iría a la Patagonia si fuera necesario, y en su condición, no es una buena idea que siga viajando… y es por eso que necesito tu ayuda, para que así yo pueda ganar tiempo y evitar que ella siga dando vueltas por el mundo y arruine las vacaciones a mi jefe."
Ella hizo una mueca de asombro. "¿Qué te hace pensar que voy a aceptar?"
El se pasó una mano por su ondulado cabello. "Somos iguales, Patty; tú y yo llevamos el mismo dolor a cuestas… y en tus ojos veo un alma pura."
"¿Eh?" Ella se echó hacia atrás, encontrando nuevamente el frío de la pared. Un alma pura reconoce otra alma pura… ¿Cuántas veces no había usado esas palabras con Candy White… y por qué este muchacho alegaba de repente tener algo en común con ella? "Eres un atrevido", dijo al fin, apretando los dientes para controlar los nervios que se apoderaban de ella, "y tengo cosas importantes que hacer aquí en Inglaterra, así que no puedo ayudarte hoy, ni mañana, ni nunca…" Y con indescriptible desconcierto, se alejó a toda carrera rumbo a su habitación, huyendo de esos ojos grises que habían leído su alma, como muy pocos lo habían hecho.
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El barco había anclado en el muelle egipcio al amanecer, y los pasajeros, cansados de haber estado varios días en altamar, abandonaron, casi corriendo, el navío, excepto una familia cuyos miembros habían permanecido en sus respectivos camarotes, a la espera de nuevas noticias del capitán. "¿Por qué se demora tanto?", preguntó Neil con impaciencia, deseoso de llegar a tierra firme.
Eliza observó a su hermano a través del espejo del tocador, donde trataba, por cuarta vez, de arreglar su peinado. "Pierden el tiempo", respondió, "ella nunca va a aparecer."
"Pareces muy segura de eso", dijo él con suspicacia, reparando en el envejecido rostro de ella. Durante los pasados días, no había dejado de preguntar a su hermana si ella había tenido que ver con la desaparición de Candy, y Eliza, montada en cólera, repetía una y otra vez que no había vuelto a ver a la enfermera desde que todos se habían retirado de la cubierta aquella noche. Despacio, ella se volteó en su silla, y observó a Neil con ojos llenos de cansancio. "¿Qué parte de la frase 'no sé nada' no entiendes? Si deseas, puedo buscarte una enciclopedia."
Neil retrocedió unos pasos ante la agresividad de ella. "¡Bueno, no es para tanto! Tampoco te pongas así; es sólo que aquella noche regresaste tarde al camarote, y diste varias vueltas en la cama porque no podías dormir…"
"¡Lo que haya hecho en ese tiempo no es asunto tuyo!"
"Pues si de Candy se trata, es asunto mío, y de todos", sostuvo él. "Por cierto, ¿no crees que ya es hora de que la tía abuela termine de arreglarse?"
Eliza agradeció en silencio que él cambiara el tópico de conversación. "Ha estado muy callada desde que el barco llegó a puerto seguro."
"Todos han estado silenciosos desde que Candy…" No pudo decir más, pues cada vez que pensaba en lo sucedido, sentía que le faltaba el aire. "Voy a tocar a la puerta de su habitación; en cualquier momento el abuelo William bajará del barco, y no creo que esté de humor para esperar por cualquiera de nosotros."
"Y yo no estoy de humor para pasar más tiempo en este camarote", dijo ella con hastío, mientras seguía a Neil rumbo a la puerta de la habitación de la tía Elroy. "Tía abuela", llamaron al unísono, y al ver que ella no respondía, dieron varios golpes a la puerta. "¿Tía abuela, te encuentras bien?" Pero sólo se escuchaba un perturbador silencio, a lo que Neil retrocedió unos pasos, y cuando iba a tomar impulso para forzar la puerta, Eliza abrió los ojos desmesuradamente. "¿Se puede saber qué estás haciendo?"
Neil la miró con enfado. "Voy a derribar la puerta, por supuesto", dijo, mientras se alzaba las mangas de su costosa chaqueta. "¿O acaso dudas de mi fuerza?" Y tomando aire, arremetió contra la puerta, sólo para caer estrellado contra el suelo, sus piernas suspendidas en el aire, y Eliza comenzó a reír, para mayor disgusto de su hermano. "¿Por qué mejor no me ayudas a levantarme?", reclamó él.
"¿Todo bien por aquí?"
Un oficial se había asomado al corredor al escuchar el contundente golpe de Neil. "Escuché un ruido, como si alguien se hubiera lastimado…"
Neil rió con sarcasmo. "¿Y ahora viene a ayudarme?" Aún podía ver pajarillos cantando y revoloteando alrededor de su cabeza. "¿Qué espera para levantarme?"
El hombre extendió un brazo, ayudándolo a ponerse en pie. "¿Cómo fue que usted se cayó, señor?"
"Olvídese de eso, y hágame el favor de abrir la habitación de mi pariente, pues no contesta, y ya nos basta con una desaparecida."
"Oh, por Dios", murmuró el oficial, extrayendo una llave maestra. "No me diga que ustedes son la familia de esa chica que cayó al mar…"
"¿Usted vino a ayudarnos o a entablar conversación?", cuestionó Eliza con impaciencia. "¡Vamos, apúrese!"
"Sí, señorita", y sin decir más, abrió la puerta del camarote, y al entrar, todos quedaron en una pieza al ver a la tía Elroy tirada en el suelo. "¡Tía abuela!", gritaron ambos hermanos, sujetándola por ambos lados. "Debe haberle subido la presión otra vez, y ya las enfermeras del barco han hecho todo lo posible por estabilizarla", dijo Eliza. "¡Debemos sacarla del barco de inmediato!"
/
Con el rostro compungido, y sus ojos hinchados de tanto llorar, Archie caminó a paso lento rumbo a su camarote. ¿Cómo pudo haber ocurrido esta desgracia, cuando el motivo del viaje era precisamente unir más a la familia… y cómo iba a dar la noticia a Annie y a las señoras del hogar de Pony? En sus manos estaba proteger a Candy, y ayudarla, al igual que Albert, a sanar sus heridas. Si tan sólo no la hubiera dejado sola en cubierta, y haberla llevado, aunque fuera a rastras, a su habitación, esta tragedia no hubiera ocurrido. ¡Oh, Annie! ¿Cómo enfrentar a su amada diciéndole que con toda probabilidad la amiga de ambos había muerto, y que él no había hecho nada para impedirlo? Entró al camarote, y aunque la información que había recibido minutos atrás era alentadora, era casi imposible que Candy fuera encontrada algún día…
Albert estaba sentado en una butaca cercana a la cama, con sus ojos enrojecidos por la falta de descanso, cuando sintió que Archie se acercaba. "¿Qué te dijo el capitán Newman?", preguntó, sin mover una sola pestaña.
Archie tomó asiento al borde de la cama, dándose un masaje en la base de la nuca. "Nada ha cambiado, tío, Candy aún no aparece aunque…", estiró los brazos para aliviar la tensión acumulada en su espalda, "el capitán acaba de recibir un comunicado de alerta sobre unos bandidos que navegan en goletas, y se cree que había muchas como ésas la noche que…" Y se llevó las manos al rostro, tratando de ocultar las lágrimas que volvían a asomarse a sus ojos. "Es inútil, tío", susurró, "es imposible que Candy hubiera sido rescatada, mucho menos por estos contrabandistas-"
"Ella está viva", interrumpió el rubio, haciendo que Archie brincara del susto. "Ella está viva, mi corazón me lo dice…"
Archie lo miró sin comprender. "¿Entonces por qué el mío no me dice nada?"
'Porque ya no estás enamorado de ella', quiso decir Albert, pero se contuvo, pues no quería sacar a la luz sus sentimientos hacia Candy. Lo único que deseaba, más que nada en el mundo, era tenerla de regreso, y escuchar su contagiosa risa. "Es mi culpa", dijo en voz baja, sin percatarse de que Archie lo escuchaba con claridad, "yo soy el único responsable de lo que ha pasado-"
"Esto no tiene que ver contigo", comentó su joven amigo. "En todo caso, nadie ha sido más culpable que yo, al haber dejado a Candy sola en la cubierta…"
"¿Y crees que ella hubiera permitido que la llevaras a la fuerza?" Al no escuchar respuesta de Archie, respiró profundo. "No tiene caso repartirnos culpas; además, aún no nos queda claro cómo ocurrieron las cosas."
"¡Maldita Eliza!" Archie lanzó un puño contra la cama. "Estoy seguro de que fue ella quien lanzó a Candy por la borda, ¡de eso no me queda la menor duda!"
"No tenemos pruebas concretas para llegar a esas conclusiones, aunque no debemos descartar esa posibilidad", dijo Albert con cansancio, "y si, en efecto, Eliza resultara culpable de haber ocasionado este terrible accidente, yo mismo me ocuparé de que se tomen las medidas de rigor."
"¿Y por qué no tomas cartas en el asunto ahora?", preguntó Archie desesperado.
Albert lo observó con detenimiento. "¿De veras prefieres perder un tiempo valioso recriminando a Eliza, en lugar de emplear tus esfuerzos en buscar a nuestra pequeña?"
"¡Ella no va a aparecer!", insistió Archie.
Neil irrumpió sin previo aviso a la habitación. "Archie, abuelo William… ¡debemos abandonar el barco lo antes posible!"
"¿Qué sucede, Neil?", preguntó Archie con espanto. ¿Qué otra mala noticia habría de recibir?
"Es la tía abuela", contestó el joven de tez bronceada. "Eliza y varios oficiales la han bajado del barco pues está muy grave… van a llevarla al hospital más cercano."
"No puede ser", dijo Albert en voz baja, y acto seguido agarró sus maletas, y él y Archie siguieron a Neil por todo el navío, hasta que quedaron fuera del mismo; y una vez en el puerto, tomaron un coche rumbo a la dirección que el personal del barco había ofrecido a Neil antes que la tía Elroy fuera trasladada en compañía de Eliza a una facilidad hospitalaria.
Debido a la gran cantidad de pasajeros que había desembarcado, demoraron mucho tiempo en llegar. La austera clínica, ubicada en la ciudad de Tanis, estaba atestada de pacientes egipcios y también de extranjeros, y mientras Neil y Archie pagaban al conductor del coche, Albert corrió a la recepción, preguntando por la tía abuela, y la enfermera a cargo lo miró de reojo a través de sus anteojos y le dijo con reproche, en un absoluto acento norteamericano: "Vaya, sí que usted se ha tardado; hace mucho que la paciente fue llevada a una habitación…"
Albert hizo caso omiso al cinismo de ella. "Señorita, sólo dígame si ella se encuentra bien, si logró estabilizarse su presión-"
"¿Y por qué no se preocupó por ella antes?", continuó cuestionando la chica, y Albert no pudo evitar pensar en Candy, y en su trato gentil para con sus pacientes, en completo contraste con la insensibilidad de esta enfermera. "Mi tía ha recibido una fuerte impresión mientras estábamos en altamar, y aunque los médicos a bordo la han mantenido en observación-", dijo, tratando de mantener la calma.
"Pues al parecer ellos no hicieron bien su trabajo, ya que las pastillas que ha estado tomando no le servirán de nada."
"Con un demonio…"
Ambos intercambiaron miradas de asombro. A lo largo de su vida, Albert había presenciado la guerra, el hambre, la pobreza, y la maldad de algunas personas, pero nunca… nunca, había perdido la paciencia con nadie, pues para él, todo ser humano, por más vil y canalla que fuera, era digno de respeto por el prójimo. La desaparición de Candy, así como la gravedad de la tía abuela, y desde luego el agotamiento, habían hecho mella en su capacidad de raciocinio, e incluso en su carácter, pero no podía negar que la seria enfermera de anteojos no se mostraba nada amable. "Le ruego que me disculpe, señorita…"
Pero la enfermera no tardó en reaccionar. "Sus súplicas no harán que lo lleve a ver a su tía más rápido…" Y le dio la espalda mientras hojeaba unos documentos, mientras Neil y Archie entraban al lugar. "Ya llegamos, tío Albert", anunció Archie. "¿Dónde está la tía abuela?"
El rubio sacudió la cabeza, señalando a la chica que lo había atendido con frialdad. "Es lo que estoy tratando de averiguar…"
Neil alzó las cejas. "¿Pero cómo… acaso se niega a darte información?" Se acercó al mostrador, y dio un fuerte puño sobre la superficie. "¡Exijo que me lleven con la tía abuela de inmediato!"
La enfermera observó al recién llegado por encima de sus anteojos. "¿Es usted el más alto mandatario de Egipto?"
El se sonrojó. "Sé que debo parecerme a él, pero lamento desilusionarte, aunque pertenezco a una de las familias más poderosas de los Estados Unidos."
"Pues entonces tome asiento en la salita y espere como todos los demás."
"¿Cómo te…?" Neil abrió la boca varias veces para expresar su indignación, pero la enfermera permanecía impasible, sin sentirse intimidada en lo absoluto. "¡Cómo te atreves a insultarme a mí… a un Andley!"
La joven, quien hasta ese momento había mostrado una mueca de sarcasmo, quedó paralizada al oírlo, a lo que él sonrió con triunfo, vanagloriándose de haberla silenciado. "¡Ya veo que el apellido pesa más que su ética de trabajo, señorita!"
"Aguarda un momento", intervino Archie, quien había estado varios pasos detrás de ellos, y avanzó entre la gente, hasta quedar justo frente a la enfermera que les hacía la vida imposible. "¡Yo te conozco!"
Un destello de reconocimiento brilló en los ojos de ella, traspasando la protección de sus lentes, y ella se remojó los labios, los cuales se habían resecado de repente. "No sé de qué me habla, joven…"
"Claro que sabes de lo que hablo. ¿Por qué de pronto callaste al oír mencionar el apellido de los Andley… acaso olvidaste el desplante que una vez hiciste a tu compañera mientras viajábamos en automóvil?"
"¿A qué compañera te refieres?", preguntó Albert, aún sorprendido por la terquedad de la enfermera.
Archie sacudió la cabeza. "Poco antes que fueras llevado al hospital Santa Juana, Candy compartía el dormitorio de su hospedaje con una chica muy antipática de nombre Flammy Hamilton… y ahí la tienes", señaló hacia el mostrador. "La señorita aquí presente no soporta tan siquiera escuchar el apellido Andley."
"¿Insinúas que se niega a ayudarnos porque nos tiene mala voluntad?", preguntó Albert.
"¡Un momento!" Habiendo perdido la compostura, Flammy atravesó la puerta divisoria entre la recepción y el resto de la sala, y se detuvo frente a los tres visitantes. "Para su información, ¡yo desconocía la identidad de la señora Elroy, y ni tan siquiera alcancé a ver a la joven que andaba con ella! Aquí se trata a todos los pacientes por igual-"
"En eso estamos de acuerdo, pues jamás pretenderíamos recibir un trato preferencial", aclaró Albert.
"Pues no creo que el caballero aquí piense lo mismo", alegó ella, en clara referencia a Neil. "Además, la paciente está siendo evaluada por los médicos; y por último", respiró profundo, "¡ustedes no son nadie para cuestionar mi método de trabajo! ¿Por qué no avisaron a Candy, quien de seguro se encuentra vacacionando con ustedes?"
"¡Suficiente!", gritó Archie, con su rostro enrojecido por la ira. "¡Tal vez seas la enfermera más diestra, pero en calidad humana eres de lo peor!" Y para sorpresa de todos, estalló en fuertes sollozos. "¿Cómo pudo mi hermano haber ayudado a Candy a encontrar a tu mamá?"
Flammy iba a ordenar que sacaran a los tres recién llegados del área cuando escuchó las últimas palabras de Archie, y airada como nunca antes dijo: "No… metas… a mi familia… en esto…" ¡Dios! ¿Qué había hecho para merecer tanta histeria ajena apenas despuntando el día… y por qué Candy seguía siendo, aún a través de sus familiares, una constante en su vida? Y encima de todo, ahora uno de sus familiares alegaba que Candy había hablado con la señora Hamilton… "Háganme el favor de abandonar el hospital."
"¡No iremos a ninguna otra parte!", exclamó Archie, y Albert lo sostuvo por el brazo, evitando que burlara la seguridad de la clínica. " ¡Suéltame!", gritó Archie, haciendo a un lado con brusquedad el brazo de Albert, cuando de repente se llevó una mano a las sienes, y en menos de un segundo, se había desplomado al suelo, ante la vista de todos los presentes. "¡Archie!", exclamó Albert, mientras levantaba a su amigo. "Ayúdame con él, Neil…"
"Sólo esto nos faltaba", se quejó el otro, levantando a Archie por los brazos, "Espero que tú no seas el próximo, abuelito."
Flammy desapareció por una puerta, y luego volvió con un frasco de medicinas. "Esto le aliviará la tensión", dijo, mientras colocaba una pastilla en la boca de Archie, y luego lo ayudó a ingerir la misma con un vaso de agua. "Estaba muy alterado…"
"Muchas cosas nos han sucedido", explicó Albert en tono serio, lo que despertó un terrible presentimiento en ella, y lo más absurdo era que dicha corazonada guardaba relación con Candy. ¿Por qué tenía una aguda intuición sobre ella? Como parte de la familia Andley, era lógico que la rubia se hubiera unido a la aventura de viajar al otro lado del mundo, aunque ya una vez había mencionado que no quería estar asociada a ese apellido. Entonces observó las líneas de expresión en los ojos del más adulto de los varones, y aunque apenas lo acababa de conocer, supo que las marcas eran bastante recientes, y que el rostro demacrado del rubio era producto de mucha tensión acumulada, y tuvo el enorme deseo de preguntar sobre Candy, o cualquier otra situación que hubiera propiciado tantos colapsos nerviosos en la familia, pero luego del altercado que se había suscitado, y con uno de los jóvenes fuera de sí, se abstuvo de hacer más comentarios. En silencio, hizo señas con las manos a Neil y Albert para que la siguieran, y con Archie inconsciente en medio de ambos, recorrieron un estrecho corredor, hasta llegar a un minúsculo y caluroso cuarto, donde la tía Elroy dormía plácidamente, y a su lado, la no menos agotada Eliza roncaba sobre una silla contigua. "Aquí hay otra camilla", señaló Flammy, tomando a Archie por la cintura, y recostándolo sobre dos almohadas. Después procedió a tomarle el pulso, y luego de transcurrido un minuto, hizo unas anotaciones, y se disponía ir en busca de un médico cuando éste entró furibundo a la habitación, tirando la puerta tras su paso. "¿Se puede saber qué está haciendo, enfermera Hamilton?"
Ella observó al doctor con serenidad. "Estaba verificando los signos vitales del joven, doctor Matthews…"
"Me refiero al escándalo que has provocado en la sala… tres pacientes que aguardan se han quejado de la forma tan ruda como has tratado a estas personas frente a todos-"
"¡Trataban de ir contra las reglas del hospital!"
"Aún si eso fuera cierto, no disculpa tu descortesía", indicó el galeno. "Además, los tres testigos indican que ordenaste que ellos salieran de la clínica…"
"Estaban emitiendo juicio sobre mi vida personal, señor."
"¿Los conoces?"
"No exactamente…"
"Disculpe, doctor", intervino Albert, quien comenzaba a sentirse incómodo con el argumento entre jefe y empleado. "Dos miembros de mi familia han sufrido serias complicaciones de salud, y necesito que alguien me mantenga informado, al menos sobre la tía abuela."
"Claro que sí", dijo el doctor Matthews con una débil sonrisa, y luego se dirigió a Flammy. "Puede darme el expediente del recién llegado, enfermera Hamilton; ya puede retirarse."
"Pero doctor-"
"Hablaremos luego", continuó el experto con voz firme, y abrió la boca para objetar, hasta que una mirada más autoritaria de él hizo que bajara la cabeza, saliendo apresuradamente del cuarto.
Albert, quien había percibido un súbito cambio de ánimo en la enfermera, permaneció recostado contra una pared mientras Neil trataba infructuosamente de despertar a Eliza, y el doctor Matthews examinaba a Archie; y cuando éste terminó, se colocó el estetoscopio alrededor del cuello. "Su corazón está bien… por suerte no es nada de cuidado."
"¿Qué tiene, entonces?", preguntó Albert consternado.
"La señorita Legan contó lo ocurrido con un miembro de su familia, y supongo que el joven debe haber acumulado mucha tensión, al igual que su tía."
"¿Quiere decir que en cualquier momento Archie despertará y estará bien?"
"Así es." Matthews revisó el expediente preparado por Flammy. "La enfermera Hamilton actuó rápidamente al haberle suministrado un calmante, aunque lo hizo sin mi consentimiento."
"Debe ser muy buena la enfermera Hamilton para haber estado tan confiada en su proceder", reconoció Albert, "e incluso mencionó que la tía abuela no ha estado ingiriendo los medicamentos que corresponden en realidad. ¿Es eso cierto?"
El doctor asintió. "No sólo ha mostrado un gran sentido de urgencia con este muchacho, sino también con la señora Elroy. De hecho…", sacudió la cabeza con asombro. "fue ella quien se percató de que las pastillas que estaba tomando no le servían de mucho."
Albert se echó el cabello hacia atrás. La actitud de Flammy Hamilton había dejado mucho que desear, pero a pesar de su prejuicio, había cumplido a cabalidad sus deberes, y aún así, el médico la había amonestado delante de todos. "Si la señorita Hamilton hizo bien al actuar por iniciativa propia", indicó, "podemos pasar por alto su exabrupto en la recepción."
El doctor Matthews, quien estaba exhausto luego de haber trabajado doble turno, restregó los ojos al escucharlo. "¿Está dispuesto a obviar su mal comportamiento?"
"Así es."
"Aún así, debo tomar medidas con ella, pues no es la primera vez que recibo quejas sobre el maltrato de ella hacia los pacientes."
"Tal vez está agotada con tanto trabajo", supuso Albert, a pesar de haber recibido una dosis del veneno de palabras que había destilado la chica. "Usted mismo reconoce que ella es una estupenda enfermera."
"Pero no puedo eximirla de su responsabilidad al haber provocado el ataque de nervios de este joven", dijo el médico, apuntando a la camilla donde descansaba Archie.
Albert trató de idear otro pretexto para que el doctor no cometiera el error de despedir a Flammy, pero no era quién para rebasar su autoridad; sin embargo, ya llevaba sobre sus hombros la difícil tarea de lanzarse a buscar a Candy, mientras dos miembros de su familia atravesaban una crisis de salud, y no deseaba ser el causante de que una enfermera graduada perdiera su empleo por una tontería, aunque no podía negar que ella había contribuido al desgaste mental de Archie. En eso, sintió que los ronquidos de Eliza habían cesado, y cuando se dio la vuelta, ésta se acomodaba su peinado. "¿Ya nos vamos, tío William?"
El sonrió al ver que ambos hermanos Legan se encontraban bien, aunque aún quedaba por resolver el posible papel que había desempeñado Eliza en el naufragio de Candy. De sólo recordar la cinta de su pequeña colgando varias cubiertas más abajo de donde estaban, se le había erizado la piel… pero por lo pronto había que velar por la recuperación de la tía abuela, en adición a la de Archie. Había considerado enviar un comunicado a Illinois informando a los Britter sobre el estado físico y emocional de él, pero no quería alarmar a Annie, y pidió a Dios porque el chico lograra reponerse de su deterioro. "Iremos al hotel en cuanto el doctor Matthews confirme que Archie y la tía abuela están fuera de peligro."
"¿Archie?" Aún aturdida por el sueño, ella miró a ambos lados de la habitación, hasta que vio al muchacho de cabello castaño sobre la camilla que había estado vacante. "¿Y a éste qué le pasó?"
Neil tomó la palabra. "Se alteró demasiado… por culpa de una estúpida enfermera que al parecer conoce a Candy y a casi todos aquí."
Los ojos de Eliza se llenaron de furia. "¡Flammy Hamilton! Yo también tuve que vérmelas con ella al llegar con la tía abuela, y tras que me había prohibido en un principio hacer compañía a la tía, fingió no conocerme…"
"¿Conocerte… de dónde?", preguntó Neil con curiosidad.
Ella cruzó los brazos, pues prefería disimular indignación a revelar la verdad sobre el día en que trató de ejercer sus influencias como Andley en el hospital Santa Juana con tal de ver al paciente que se había registrado en el hospital como Terry Granchester. "Sólo puedo decirles que en una ocasión fui al hospital Santa Juana a hacer una obra de caridad, ¡y ella hizo de mi visita un infierno! Juré que jamás olvidaría su nombre."
El doctor Matthews, quien de manera involuntaria había escuchado las palabras de Eliza, preguntó: "¿La enfermera Hamilton sabe que usted es una Andley?"
"¿Acaso importa?", reclamó Albert, quien ya comenzaba a molestarse por la falta de ética y privacidad del médico en lo que concernía a sus empleados, aún cuando Eliza había probado, con su testimonio, que Flammy había mentido al negar haber visto a la persona que se encontraba con la señora Elroy.
El doctor Matthews lo miró con seriedad. "Por supuesto que importa, pero no por las razones que usted cree. Mi enfermera no sólo causó un desaire a esta señorita y a su tía, sino que también negó conocerlas, así como a este otro joven", volvió a señalar a Archie, "ocasionando que él perdiera la paciencia."
"¡Usted debería despedirla!", exclamó Neil. "Ya una vez logramos que echaran a su compañera de cuarto de todos los hospitales, y no veo por qué no pudiéramos hacer lo mismo con la impertinente de Flammy Hamilton."
"Tu comentario está fuera de lugar, Neil", dijo Albert. "ninguno de nosotros va a mover un dedo para que Flammy sea despedida… sólo el personal a cargo de la clínica debe tomar esa decisión." Se quitó la chamarra, y colocó la misma al pie de la camilla donde descansaba la tía Elroy, pues no soportaba el intenso calor de Tanis. "Doctor, sé que tiene que atender otros pacientes, ¿pero me permite cinco minutos de su tiempo? Necesito hablar con usted… a solas." Y ambos hombres abandonaron el cuarto, quedando Neil y Eliza a cargo de Archie y la tía Elroy. "¡Estoy tan aburrida!", exclamó Eliza.
Neil se dejó caer sobre una silla, y luego de unos minutos, manifestó su cansancio. "¡Uf! Y yo muero por llegar al hotel y dormir una siesta, aunque con lo que le pasó a Candy, será difícil conciliar el sueño."
Ella lo miró con estupefacción. "¿No has dejado de pensar en ella, hermanito?"
"¿Cómo crees?", reprochó él sin mucho convencimiento. "Eso no es lo que me preocupa, sino el escándalo que se va a formar si la gente llega a enterarse de que un miembro de los Andley murió mientras viajaba en barco… ¿no es así, Eliza?"
"¡Qué más desearía yo que hacerte tragar tus palabras!", gritó ella, impulsándose hacia adelante con la intención de estrangular a su hermano, cuando de pronto Albert entró de vuelta a la habitación y anunció: "Vamos a buscar a Candy. Tarde o temprano, viva o muerta… ella tendrá que aparecer."
"¿Y dónde piensas buscarla, tío… entre los corales?", preguntó Neil entre risas. "No tenemos idea de dónde está el cuerpo…"
"No asumas que no está con vida", dijo Albert con voz más cortante de lo usual. "Si lo que he escuchado sobre las goletas es cierto, y Candy fue recogida en una de éstas, de seguro se dirige a tierras otomanas… y a manos enemigas."
"¿Acaso los otomanos participan en la guerra?", volvió a preguntar Neil.
Albert respiró hondo. "Por desgracia, así es, y no precisamente en calidad de aliados."
"¿Y qué piensas hacer?"
"Contar con ustedes", respondió él, a modo de petición. "Es un hecho que con la tía abuela y Archibald enfermos, no me será posible abandonar El Cairo, al menos no hasta que ellos mejoren."
"Ya decía yo que se morían por ver las pirámides", comentó Neil.
"Pasará mucho tiempo antes que un barco zarpe rumbo a Anatolia, u otro país cercano, sin que nos ocasione dificultades, posiblemente un mes. Y si la tía Elroy no mejorara para entonces, ya que su condición no le permite volver a abordar un barco con tanta facilidad… no me quedará otro remedio que enviar a alguien más rumbo a territorio otomano."
Neil comenzó a reír con ironía. "Es obvio que Eliza no será esa persona, pues ya hemos perdido una mujer, y si regreso a Sunville sin mi hermana, mis padres me matarán…" De pronto, se detuvo en seco al reparar en la significativa mirada del rubio patriarca, y de no haber sido porque la señora Legan estaba muy lejos de allí, la hubiera llamado a gritos para que ésta tratara de evitar lo que a todas luces era inevitable; pero las cartas habían sido puestas sobre la mesa, y en esta ocasión, el tío William ya había tomado control y autoridad en el asunto, y exclamó, desesperanzado: "¡No estarás pensando en mí!"
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"¿Trabajar para William Albert Andley, dice?"
"Como lo oyes", respondió el doctor Matthews en la oficina de este último. "Flammy, tu experiencia durante la guerra ha sido reconocida por todos, y te has ganado, con mucho esfuerzo, las condecoraciones que has recibido, razón por la cual fuiste trasladada aquí, para que no tuvieras que seguir poniendo tu vida en juego en el conflicto armado-"
"¿Qué trata de decirme, señor… que quiere deshacerse de mí?"
Matthews frotó el sudor de su frente. "Al contrario, eres muy disciplinada y eficiente… pero a veces eso puede convertirse en un problema, para ti y muchos de los pacientes."
"¿A qué se refiere?"
El médico se armó de paciencia para volver a enfatizar lo que ya había observado en ella los pasados meses. "Eres muy arbitraria en lo que haces, y te concentras tanto en hacer tus tareas con suma perfección, que olvidas añadir un toque de amor y humanidad en los enfermos… y es a ellos que le debes tu trabajo, no a mí, ni al director del hospital… ni siquiera a quienes nos pagan."
"No es la primera vez que hablamos sobre esto, doctor Matthews-"
"¿Entonces por qué no haces caso a lo que digo?", preguntó él con frustración. "¿Sabes que el director ordenó que te despidieran?"
Ella limpiaba sus anteojos al escucharlo, y dejó caer los mismos al suelo. "¿Echarme de aquí… por culpa de los Andley?"
"Por culpa tuya", contestó Matthews con parquedad. "La responsabilidad de tratar a los pacientes con respeto y amabilidad recae únicamente en ti. En un campo de batalla, la prioridad es salvar las vidas de los soldados, sin dejar espacio para el cariño, pero aquí…", dio varios golpes contra su escritorio, "todo paciente debe recibir un servicio de altura, y ya estoy cansado de explicártelo." Se levantó de golpe, y miró a través de la ventana de su oficina. "Por suerte, el señor Andley, aquél a quien te atreviste a hablar con desprecio, salió en tu defensa, y solicitó tu permanencia en el empleo a cambio de que te traslades al hotel donde él y su familia pernoctan, y estés al pendiente de la salud de la señora Elroy y el señor Cornwell."
"¡Esto es inaceptable!"
"No estás en posición de exigir u objetar nada", reiteró el médico, "así que recoge tus cosas, y dirígete a la salida, pues el señor Andley te espera, así como a los pacientes, que para gracia de Dios, ya están mejor."
Flammy se colocó los anteojos en su lugar, para no mostrar al doctor Matthews las lágrimas que amenazaban con abandonar sus oscuras pupilas. ¿Con qué descaro Matthews y el director del hospital se confabulaban para criticar su trabajo, y a la más mínima oportunidad de hallar una falta en ella, correrla de la clínica donde había trabajado con tanto ahínco? Calidad humana… esas cursilerías eran típicas de una Candy White Andley, pero ella no era igual… jamás, haría las mismas tonterías que la rubia de colas en horas laborables. ¿Y quién se creía William Andley para pedir su cabeza, y abusar de su poder como millonario para hacer lo que le diera en gana en una institución de salud? "Sólo una cosa voy a preguntar, doctor", dijo entre dientes. "¿De casualidad el señor Andley ha mencionado a una chica de nombre Candy White?"
El rostro de Matthews adquirió un matiz sombrío, y por segunda vez en la mañana, ella experimentó un peligroso escalofrío, y al igual que la vez anterior, sintió que su sentido de alerta estaba relacionado a su antigua compañera de cuarto. "Viajaba con ellos", dijo con voz entrecortada, "pero hace unos días cayó al mar, y no se sabe nada de ella… el señor Andley va a organizar una búsqueda que se extenderá a Anatolia."
"¿Anatolia?", repitió ella con horror, pues bien que había experimentado el sabor amargo que habían dejado los otomanos con sus sangrientas batallas, siendo los armenios sus principales víctimas. "No puede ser… ¿Candy en Constantinopla?" Y se llevó las manos al pecho, tratando de controlar los acelerados latidos de su corazón. Candy, la insoportable, y obstinada, pero muy apreciada enfermera a quien todos amaban a pesar de sus habituales peripecias y despistes, posiblemente atrapada por los otomanos, o peor aún, muerta… a pesar de la pésima relación que ambas habían sostenido, ella no quería este final para Candy, no para la rubia de pensamiento optimista. ¿Y qué había de su novio, el actor… por qué no estaba con ella y el resto de los suyos en el barco? La oficina comenzó a girar en su cabeza, y como una autómata, caminó hacia la salida de la clínica, sin ningún efecto personal consigo, al encuentro del abusivo y prepotente William Albert Andley.
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Y en Illinois, Annie despertaba en medio de la noche, con el cuerpo lleno de sudor. "¡Archie!" A diferencia de las pasadas ocasiones, el sueño donde Candy vagaba en un lejano país no había invadido su mente… y ahora era Archie quien ocupaba su mundo alterno. "Dios, no permitas que nada malo le ocurra", susurró en dirección a una pared, "si él o Candy se mueren, mi corazón también morirá."
