Capítulo 7: Una mañana con el príncipe
Aunque apenas eran las ocho de la mañana, Tarkan ocupaba su lugar en el aula de la escuela para príncipes, no muy lejos de Zerrin, quien se encargaba de interpretar las lecciones que allí se le impartían. Sentado sobre una alfombra, él y otros hijos del Sultán escuchaban una lectura sobre el Islam, y mientras disimulaba escuchar la materia, sintió las miradas inquisitivas de los otros aspirantes al trono de sultán, y tuvo que morderse la lengua para no estallar en carcajadas en medio de tan solemne reflexión. Ahí estaban ellos, fingiendo estar atentos a la predicación, cuando en el fondo ansiaban atravesar la sala para hacerlo trizas, y la idea resultaba más divertida que la doctrina que habría de aprender en vano. Por mucho que se practicara el islamismo en gran parte del país, la realidad era que había crecido en un entorno cristiano, y aunque no había participado con devoción de los sacramentos, al menos estaba familiarizado con los conceptos de Occidente, y si apenas había puesto en práctica las enseñanzas de la Biblia, mucho menos iba a adoptar una nueva filosofía, pero no le quedaba otro remedio que escuchar a sus maestros, como parte de su principado, con la ironía de que justo ahora había quedado convencido, finalmente, de la intervención divina en el mundo. No era que no creía en Dios, pero al haber desarrollado cierta intolerancia hacia la hipocresía imperante en ciertas instituciones religiosas con posturas obsoletas sobre el modo correcto de vivir en el mundo, se había alejado de todo lo que representaba para él una imposición. Para él, el uso, o mal uso, que hacían algunos de la religión, no debía ser un asunto de seguir reglas, sino de estar en buenos términos con Dios. Así pues, se había resignado a conocer más sobre esta facción de la cultura otomana, algo que tomaría a su favor para ganarse la confianza de muchos de los hombres del Sultán. De todos modos, y si todo resultaba según planeado, no estaría en Constantinopla para siempre; de ahí que el día anterior burlara a los oficiales del sarayi con tal de dar un vistazo a la ciudad y planificar su proyectado escape, sin que nada ni nadie se interpusiera en su propósito… y fue entonces cuando vio, en carne propia, la presencia y vivo milagro de Dios.
No tuvo que hacer gran esfuerzo para salir del sarayi, pues la sola compañía de Saglam bastó para que los centinelas abrieran el pórtico principal y permitieran pasar al animal y su jinete. Aún era una incógnita la llegada del casi extinto ejemplar karacabey a Topkapi, pues había arribado cuando el palacio ya estaba desierto, y cuando el nuevo príncipe y su comitiva se instalaron en el sarayi, el equino ya se había apropiado del lugar, resistiéndose a todo intento de los guardianes en sacarlo de los predios. Y justo cuando uno de los oficiales estaba a punto de derribarlo a tiros, el príncipe lo descubrió, y una vez se miraron a los ojos, encontraron en cada uno un alma solitaria, pero también dispuesta a enfrentar la adversidad… y se dejó montar por su nuevo amo, sin ninguna dificultad, aunque no dejaba de sembrar el pánico en los demás.
Con Saglam bajo sus riendas, el príncipe atravesó las murallas de Topkapi, bajo el riesgo de recibir severas penalidades del Sultán. Debido a que no podía abusar de su desobediencia, pues ya era la segunda vez que se escurría fuera del sarayi, se dio a la tarea de sacar el mayor provecho al paseo, pues ésa sería su última oportunidad para hallar los posibles lugares o circunstancias bajo las cuales habría de desaparecer dentro de dos meses. ¿Cómo haría para salir de Estambul en una pieza, sin que el Sultán ordenara a los suyos volver a buscarlo a Londres? Hubiera sido más sencillo huir a otro país, pero en Inglaterra, la vida de otra persona dependía enteramente de él, y no podía evadir su responsabilidad; además, tenía otros asuntos que atender, y el tiempo se agotaba, por lo que tenía que actuar con mesura, e irónicamente, con mucha paciencia. Continuó cabalgando por la ciudad, despertando la curiosidad de la gente, y muchos murmuraban sobre la frialdad con la que el príncipe intruso se codeaba entre los habitantes, llevando uniforme militar cuando aún no había obtenido ningún rango, pero poco le importaba la opinión de los demás. Aunque estaba supuesto a vestir siempre un lujoso caftan, el mismo resultaba poco práctico para una tarde de verano en las calles de Estambul, y consiguió un uniforme negro, que aunque no tenía medallas de honor, era distintivo de los más altos diputados otomanos. Avanzó entre las personas que caminaban de un lado a otro, cuando divisó lo que parecía ser una revuelta en un recóndito callejón. Se adentró para ver de qué se trataba, pues no descartaba la posibilidad de encontrar allí una coartada para concretar su huida más adelante… y entonces la vio, en el centro de todo, con su diminuto y juvenil cuerpo cubierto sólo por las incisivas miradas de sus futuros compradores, y su rostro y pecho empañados con lágrimas. Pero a pesar del agravio por el cual debía estar atravesando, el ángel de cabellos dorados afrontaba su destino con aplomo y fortaleza, y sólo él parecía estar conciente de la fuerza interior que ella debió haber reunido para no perder el control. Cual aparición celestial, ella se mostraba en tan magnífica belleza, que evitó, a toda costa, admirarla como hubiera deseado, pues tenía miedo de lastimarla con el pensamiento. Tan frágil, y al mismo tiempo tan fuerte… y fue así el príncipe supo que no estaba en Anatolia por pura casualidad, ni para salvar la vida de otro. Dios lo había llevado a Estambul con un propósito: el de salvar a esta chica de las garras del enemigo, y llevarla de vuelta a su mundo. La voluntad divina se había manifestado a través de este encuentro con la hermosa joven de ojos esmeralda, quien había dejado de ser una niña en ese instante, convirtiéndose, a un alto costo, en una indefensa mujer. Y si bien había tomado con calma su estancia en Constantinopla, ahora debía agilizar su escapatoria si quería que ella regresara con los suyos, ¿pero cómo? De pronto, recordó la treta que había utilizado con el Sultán para que éste cesara en su campaña para que el menor de sus hijos se acostara con una concubina a la mayor brevedad: la selección de su princesa de la noche.
No había pensado tomarla como concubina, pues la virginidad de una mujer, especialmente en una muchacha tan tierna y joven como ella, era un asunto muy serio en los países occidentales; sólo haría creer a todos, incluyendo a Mehmed mismo, que había elegido a la nueva esclava para pasar las noches con él… pero no contaba con que, al momento de alcanzarlas a ella y su amiga en Yildiz, el Sultán ya había posado sus ojos en ella, y tuvo que aludir, a último momento, a una de las pocas pláticas que había sostenido con él, en la cual había expresado su deseo de tomar a una chica que fungiera como su princesa de la noche, aunque no era cierto que deseara tal cosa, pues el tema de la concubina escogida por él para tener su descendencia no era sino un anzuelo para atrapar al Sultán el tiempo suficiente para que éste no siguiera presionándolo para dormir con la pegajosa de Hüveyda o cualquier otra chica del harén. Ya tenía demasiado con pensar en las múltiples maneras de salir de Estambul, para añadir la responsabilidad de un hijo no deseado, lo que lo ataría aún más al suelo otomano. Pero a partir de la mágica tarde del día anterior en ese mercado ilegal, su nueva concubina era su prioridad, y aunque tuvo éxito en convencer al Sultán de que la hermosa rubia adquirida por él sería su princesa de la noche, Mehmed persistía en su deseo de poseerla después, y para dejar claro sus intenciones, el maduro mandatario anunció que, al cumplirse el plazo otorgado para que su hijo se hiciera amante de su princesa de la noche, él mismo inspeccionaría, parte por parte, el cuerpo de ella para asegurarse de que el príncipe ya había completado su tarea, y entonces no le quedó otro remedio que hacer lo que fuera necesario para que el engaño se convirtiera en realidad: si él no la hacía suya, Mehmed se encargaría de hacerlo en su lugar. No era lo que hubiera querido para esta chica acostumbrada a otras tierras y costumbres, pero como su princesa de la noche, ella tendría más probabilidades de regresar a su país, aunque su vida tomara un rumbo diferente a la de él.
Todo apuntaba a que el Sultán iba a cerrar el asunto de… Nadire, hasta que en una estocada final, Mehmed lanzó una última advertencia; y al hacerlo, el príncipe mantuvo la cabeza en alto, ocultando la inquietud que se había adueñado de él. A partir de ahora, ya no se trataba solamente de seducir a la princesa de la noche; él también perdería mucho si no lograba poseerla, ya que el Sultán así lo había dispuesto como garantía de la virginidad que su hijo habría de obtener de ella. Sin embargo, y a pesar de la gran amenaza que llevaba sobre su espalda de no cumplir su objetivo con la concubina, juró que nunca le diría la verdad a Nadire, pues no quería sembrar en ella un sentimiento de culpa en caso de que la relación entre ellos tuviera un fatal desenlace, e hizo prometer a Zerrin y Enise, respectivamente, que nunca habrían de contar a su amiga esa parte de su conversación con el Sultán.
La lección había terminado, pero a diferencia de los otros príncipes, él permanecía sentado en el suelo, pensativo, a lo que Zerrin preguntó: "¿Está usted bien, mi señor? El maestro le hizo dos preguntas sobre la lectura , pero usted no prestaba aten-"
"¿Por qué nadie me dijo que durante el hammam se remueve el vello a las mujeres?"
Zerrin abrió los ojos con desproporción. De todas las dudas posibles luego de haber tomado un estudio doctrinal tan profundo, ésta era la que menos se hubiera imaginado de parte de él. "Pensé que usted estaba al tanto de eso, joven Tarkan; no creí que fuera tan importante…"
"Para Nadire sí lo fue."
"Porque no está acostumbrada a este tipo de baño", continuó ella, "pero luego de un tiempo le gustará."
Pero el príncipe no estaba muy convencido de que Nadire dejara atrás la experiencia tan fácilmente, y haciendo una mueca de insatisfacción señaló: "Ella cree que yo ordené su depilación, como método de tortura."
"Esto es inaudito", murmuró ella, conteniendo los deseos de reír al ver la tristeza de él. "No puedo creer que ella se ensañe con usted de esa manera… ni que usted hubiera hecho caso omiso a la clase de hoy por estar pensando en cómo su princesa debe estar sufriendo sin su vello."
"No entiendes", argumentó él, apoyándose en sus manos con guantes para levantarse. "No debo dar a Nadire ningún motivo para que se sienta incómoda aquí e intente escapar."
"¿Y usted va a permitir que ella lo domine con sus berrinches?", reclamó ella. "Yo también vengo de un país lejano, y aunque al principio mi vida aquí era horrible, a la larga me tuve que acostumbrar-"
"Pero a diferencia de ella, no has tenido que servir como concubina… ella sí."
"Cielos", dijo ella con voz entrecortada por el asombro, "¡En verdad usted la desea, señor!"
"No seas entrometida", la reprendió él, aunque en el fondo sabía bien que las palabras de su ayudante eran muy ciertas. ¿Cómo olvidar el modo en que su princesa lo había incitado, con ingenuidad, a que la admirara en todo su esplendor físico? Y ahora que tenía conocimiento sobre su depilación, no podía evitar imaginarla a flor de piel, su resplandeciente y cegadora anatomía atrapando miradas, incluyendo la del Sultán… "¡No!", exclamó con furia, saliendo a pasos agigantados del aula, mientras Zerrin trataba por todos los medios de seguirle el paso. No debía permitirse pensar en ella día y noche, pues una sola acción mal ejecutada acabaría con su vida y la de otros, incluyendo la de ella. No había espacio para las debilidades, los deseos… aunque la imagen de ella al anochecer, con sus rizos flotando encima de su casi transparente caftan no abandonaba su memoria. Su princesa de la noche era toda una mujer de magna y rosada belleza envuelta en un halo de cabellos dorados, y su diminuta figura guardaba la promesa de algo muy especial. Y esos ojos tan verdes como una esmeralda, así como el carácter firme que había mostrado y sus fuertes convicciones… todo, todo en ella lo tenía embelesado desde la primera vez que la vio. "Iré a verla, Zerrin", dijo, con su corazón a galope, como si fuera a iniciar una gran aventura, "aún debe estar dormida, y quiero estar allí cuando despierte."
"Debe tomar las cosas con más calma, joven… no olvide que apenas llegó ayer, y está muy asustada."
"No tanto como yo", admitió él, y a medida que caminaban por los corredores del harén, decidió cambiar de tema. "Anoche, mientras realizaba una visita a la recámara de Nadire-"
"¿Se refiere al aposento de usted?"
"El aposento de ambos", aclaró él. "Ella vio una cuerda cerca de una ventana, y cree que la coloqué allí a propósito para ponerla a prueba, y alentarla a que corriera el riesgo de escapar."
"¡Pero usted no haría eso!", exclamó Zerrin con indignación. "Además, yo inspeccioné con mucho cuidado la habitación antes que la niña Nadire se instalara, aunque confieso que no revisé bien las sábanas-"
"Entonces alguien debió haber tenido acceso al kiosko, y fue lo suficientemente sigiloso como para haber dejado su regalo de bienvenida a Nadire y salir sin que nadie se diera cuenta."
Zerrin se inclinó hacia adelante, haciendo varias reverencias al príncipe. "Le ruego que me disculpe por mi descuido, señor… estoy dispuesta a recibir el castigo que merezco-"
"¡Nadie va a castigarte, Zerrin!", exclamó él con incredulidad. ¿Así de severas eran las sanciones en este país, cuando su ayudante ni siquiera había hecho nada indebido? "Sólo dos personas tienen acceso a los Kioskos Gemelos, y somos tú y yo."
"Eso quiere decir que-"
"Quien quiera que lo haya hecho, debió haber colocado la cuerda desde el exterior… tal vez desde la terraza."
"¿Y quién haría semejante broma de mal gusto a la princesa? Apenas lleva un día en Topkapi, y nadie sería tan inmaduro o tan estúpido como para meterse con la concubina favorita del príncipe, a menos que…" Enmudeció de repente, y su rostro se iluminó con una posibilidad, que más bien era una certeza. "Señor, ¿le importaría si le pido que en esta ocasión usted se adelante para ver a la joven Nadire? Creo tener una idea de quién es el causante del malestar ocasionado con la cuerda."
El rostro del príncipe irradió de esperanza, pues ya tenía con qué probar, en adición a su palabra, que él no había cometido la mezquindad de llevar la cuerda al kiosko. "Desde luego que puedes retirarte", dijo, y antes de encaminar sus pasos rumbo a la habitación de Nadire, preguntó: "¿Ordenaste el desayuno a la recámara como lo pedí?"
Ella esbozó una sonrisa de complicidad. "Si no se apura, los alimentos llegarán antes que usted." El príncipe había tomado las clases sin haber probado bocado, esperando que Nadire despertara y compartiera los manjares con él. "Lo que no me queda claro es dónde y con quién tomará el almuerzo", dijo la intérprete.
El guiñó un ojo con picardía. "Claro que lo sabes, pero te niegas a obedecer mis órdenes."
"Pero no está permitido que ella-"
"No vine al mundo a seguir reglas, sino a romperlas." Y habiendo cerrado la discusión, siguió su camino hacia el dormitorio de su princesa.
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Aunque la luz del sol que entraba por la ventana era cada vez más brillante, castigando sin piedad su rostro, ella se negaba a abrir los ojos. 'Mientras no lo haga, todo habrá sido una pesadilla nada más', pensó Candy con tristeza, aferrándose al cálido edredón que había acogido su sueño, y sobre el cual había pasado toda la noche, sin tomarse la molestia de preparar la cama. A lo lejos, el sonido de unos pajarillos alegraban la mañana, haciéndole recordar los amaneceres en el hogar de Pony. Las mariposas, los animales, y el bullicio de los niños, eran una inyección de vitalidad para comenzar el día con mucho vigor, y sonrió al evocar esos detalles en su memoria. Estuvo así varios minutos, sin atreverse siquiera a abrir los párpados, pues en cuanto lo hiciera, se rompería el encanto del mundo al que pertenecía, ahora muy lejano.
El príncipe…
Ella se sentó de golpe contra la cabecera de la cama. "¿Qué pasa contigo, Candy White?", se reprochó en voz alta. Cada mañana, sin excepción, recibía el nuevo día con la imagen de Terry en su cabeza, y solía recriminarse por ello, pues quería olvidarlo de una buena vez, pero sus sueños, y las plegarias que no dejaba de hacer por él, traicionaban su imaginación y voluntad. Sin embargo, y a raíz de todo el sufrimiento vivido en carne propia el día anterior, había decidido sostenerse a esa ilusión como válvula de escape al horror que había padecido, y el cual habría de continuar…
¿Entonces por qué despertó pensando en el príncipe?
"¡No, no y no!", gritó ella en la inmensidad de la habitación, lanzando puños contra las almohadas. "No puedo permitir que Tarkan me traumatice al punto de apropiarse de mi mente", dijo a solas, mientras se levantaba finalmente de la cama. ¿Qué tal si él aparecía allí, de repente, dispuesto a retomar su iniciativa para seducirla, o peor aún, para castigarla? No había tomado en cuenta las consecuencias que afrontaría por haberlo insultado y abofeteado, aunque bien merecido se lo tenía, por haber ordenado su depilación, así como por haberla provocado con la cuerda para que escapara, a sabiendas que no podía hacerlo… todavía. Y como si adquiriera conciencia de la alteración practicada en su cuerpo, sintió una horrible corriente de aire en su femineidad, y al cruzar las piernas con tal de detener la incómoda sensación, un sudor descendió a lo largo de sus muslos, y al separarlos, sus extremidades hicieron un insoportable chirrido. "Ya no lo aguanto", dijo entre dientes, buscando algo que la ayudara a manejar la terrible sensación. Fue así como vio un espejo de cuerpo entero al otro extremo de la cama, el cual no había alcanzado a ver la noche anterior, y caminó en dirección al mismo, no sin antes agarrar un girasol que descansaba en una vasija con agua sobre una mesita, y sin hacer daño a los pétalos, extrajo varias hojas, y las colocó entre sus piernas. "Así está mejor", suspiró con alivio al volver a sentir un peso en su cuerpo. No pudo evitar contemplarse, y aunque ya se había arreglado la falda de su caftan, se quedó mirando fijamente su reflejo. ¿Dónde había quedado la niña con colas que dormía con camisón de volantes? 'Murió en el mercado', contestó en su interior, mientras tocaba cada hebra de su voluptuoso cabello, y luego se daba la vuelta para admirar la parte posterior del caftan, y su mente viajó al instante en que unas manos con guantes le acariciaban la espalda para consolarla… y se horrorizó al sentir que su piel hormigueaba con el solo recuerdo de las protectoras manos de Tarkan sobre su temblorosa piel. Tratando de retomar el control de sus emociones, dio varias palmadas sobre su brazo. "¡Deja de reaccionar así!", se ordenó, de vuelta a su propia imagen en el espejo. Aunque aún no se resignaba a su nueva vida, al menos estaba más tranquila, y con la mente mucho más clara que la noche anterior. "Fuiste muy dura con él, Candy White-"
"¿Así que ése es tu nombre de nacimiento?"
"¡Oh!" Al oír la confusa y ambigua voz, supo de quién se trataba. Muy despacio, se apartó del espejo, y al darse la vuelta, Tarkan la observaba, con su cuerpo relajado contra una columna, y los brazos cruzados frente a su pecho. En lugar de un uniforme, llevaba puestos una ajustada camisa azul celeste con bordados en oro a lo largo del torso, y un largo pantalón blanco que daba paso a unas elegantes botas negras… y no podían faltar los guantes, ni el típico sombrero rojo sobre su cabeza. 'El príncipe tiene buen gusto al vestir', pensó ella, deteniéndose en los muslos anchos y fuertes. ¿Por qué tenía que ponerse esa ropa, que parecía esculpir mejor su cuerpo, haciéndolo ver más atractivo? Se aclaró la garganta, y al mirarlo a los ojos, él se había llevado un puño a la boca a la vez que se mordía los labios, conteniendo la risa. '¿Por qué no ríe?', volvió a cuestionar ella en su cabeza, '¿y de qué ríe en primer lugar... de mí?'
Luego de unos segundos casi interminables, él se frotó los ojos, haciendo a un lado sus deseos de reír. "Buenos días, Nadire."
Sin saber qué hacer, ella hizo una reverencia, y sin levantar el rostro del suelo masculló: "Bbbbbuenos ddddías, sssseñor."
"Veo que la intrépida chica que me dio las buenas noches con una tierna caricia tiene miedo el día de hoy…" Se acercó peligrosamente a ella, y con su mano levantó su rostro hasta que los ojos esmeralda quedaron mirando las esferas que se habían tornado de un color café, y lo oyó decir: "Prefiero que vuelvas a darme diez bofetadas como las de anoche, a que me recibas con la frialdad de tu silencio."
"Príncipe, yo-"
"¿Qué pudo haber cambiado de la noche a la mañana para que ahora te refieras a mí por mi título?" Sonrió con ironía. "Ayer tuve que pedir que lo hicieras… aunque reconozco que mientras estamos solos, mi nombre y mi posición pesan como un crimen."
"Uuuuus…tedddd… entró… sin… avisssssar", balbuceó ella.
El se llevó las manos a la cintura. "Según tengo entendido, soy el príncipe, y como tal, tengo derecho de entrar y salir a cualquier habitación, aunque estuviera ocupada…"
"Tttttiene… rrrrazón… señor…"
Tarkan se llevó un dedo índice a los labios. "Ya estamos mejorando… hemos pasado del mutismo a la tartamudez", y acortando la distancia entre ellos, colocó un brazo alrededor de la cintura de ella, atrayéndola hacia él.
Contrario al día anterior, la fuerte esencia de pachulí había desaparecido, y en su lugar, un rico aroma a sándalo estaba impregnado en la piel del príncipe. Con los brazos colgando a sus costados, ella permaneció inmóvil, a la espera de que él hiciera un movimiento… y lo hizo. Tomando el rostro de ella entre sus manos, Tarkan se acercó hasta que su aliento rozó su oído y susurró: "A mi lado no tienes nada que temer, princesa."
Ella sintió cómo se agitaba su propia respiración al escucharlo. Su cercanía era intimidante, mas no representaba una seria amenaza para ella. Y el modo como la había llamado… princesa… Desde luego se refería a su apelativo de princesa de la noche, y aún así… la calculada lentitud de él al hablar, en un sorpresivo y placentero tono grave y ronco… Sin desearlo, se sintió protegida bajo el fuerte y cálido brazo que sujetaba su cintura, mientras que una aurora boreal nublaba los ojos de él…
Tarkan volvió a tomar su rostro. "¿No me vas a dar otra cachetada?", preguntó en tono burlón. Pero ella apenas lo escuchaba, pues su mirada estaba perdida en los ojos tornasolados de él, como si estuviera bajo un hechizo… Y justo cuando él se inclinaba en dirección a sus labios, la puerta se abrió de golpe, y Edwina entró a toda prisa, portando una bandeja con dos desayunos. "Buenos días, mi señor… buenos días, princesa."
Candy respondió el saludo con una amplia sonrisa. "¡Buenos días!" Por alguna razón, se sentía mucho mejor, y la llegada de su amiga había ayudado a elevar más su espíritu.
Tarkan respiró hondo. "Buenos días, Enise…la próxima vez debes tocar la puerta antes de entrar."
Las mejillas de Edwina se llenaron de toda una gama de colores. "¡Cuánto lo siento, joven Tarkan! He preparado estos deliciosos baklavas, y como no quería demorar en traerlos, pues aún están frescos y calientes, no pensé que estuviera ocupado con la princesa."
"No soy una princesa, Enise", protestó Candy.
Pero Edwina no hizo caso a las palabras de su amiga. "¿Dónde pongo la bandeja, señor?"
"Permíteme." Tomando el desayuno en sus manos, Tarkan caminó hasta la cama, depositando la bandeja al pie de la misma. "Nadire y yo comeremos aquí."
Edwina lanzó una mirada de asombro a Candy. No sólo el príncipe se había tomado la molestia de cargar la bandeja, sino que además se disponía a tomar los alimentos con su princesa de la noche en un mismo lecho. ¿Acaso pensaba sostener relaciones físicas con ella en ese mismo instante?
Los ojos de Candy se desviaron a la bandeja de baklavas que descansaba al borde de la cama. ¿Por qué no podían desayunar como los demás, sentados a una mesa, y no en la privacidad de su habitación? Entonces recordó que no era su dormitorio, sino el de él, y aunque no lo hubiera sido, él tenía la libertad de pasearse por cualquier parte del palacio como le viniera en gana. Se dejó caer sobre la cama, sin darse cuenta de que Edwina ya se había retirado, y antes de propiciar otro momento de tensión con el príncipe, se apresuró a tomar unos bocaditos de ese apetecible dulce confeccionado a base de hojaldre, y relleno de miel y nueces. "Mmmmm…" Cerró los ojos, y se dejó llevar por el exquisito sabor de los ingredientes, y aunque nunca había sido una chica golosa, estaba más que encantada con el plato. No se había fijado en el número de dulcecitos que ya se había llevado a la boca cuando abrió los ojos, y Tarkan, quien estaba acostado sobre su estómago junto a la bandeja, sonreía divertido. "Pobre Enise", dijo, "parece que le espera mucho trabajo a costa tuya."
"¡Eso no es cierto!", exclamó ella con enfado, disfrutando otro pedacito de baklava. "Con o sin Enise, la comida aquí es deliciosa."
"Ahora entiendo por qué te mostrabas tan tímida al principio", dijo Tarkan, "el apetito no te permitía hablar con claridad."
"¡No te soporto!" Una vez más, Tarkan había tomado las cosas con demasiada confianza, y a ella no le agradaba la idea de que con el tiempo llegaran a conocerse mejor, y mucho menos que se hicieran amigos, pues eso agravaría aún más la penosa situación de concubinato en la que estaba metida; y si en efecto, él tuviera éxito en dormir con ella y despojarla de su virginidad, un lazo de amistad haría más peligrosa su relación. Entonces recordó que como príncipe, él tenía la potestad de castigarla por su indisciplina con sólo pedirlo, y dándole la espalda, se acostó sobre su costado. "Quise decir… no lo soporto."
"¿A quién no soportas?", preguntó él con ironía, "¿a mí, o al ramillete de hojas que llevas metido entre tus piernas?"
Ella se levantó de la cama de un salto. "¿Cómo te atreviste… tú… entonces me viste mientras yo-"
El le ofreció un vaso de jugo que Enise había servido junto a las baklavas, y ella lo descartó, colocándolo sobre una mesa. "Descuida, princesa", lo oyó decir, "por desgracia no alcancé a ver tu nueva piel." Entonces palpó el edredón que ahora estaba arrugado por los movimientos que ella hiciera la noche anterior al dormir y comentó: "Zerrin estaba en lo cierto… no tuvo tiempo de cambiar las sábanas."
"¿Por qué lo dices?", preguntó ella con curiosidad, haciendo a un lado su vergüenza al saber que el príncipe la había sorprendido mientras cubría sus partes íntimas con hojas. "¿El edredón sobre el cual dormí… no estaba limpio?"
Tarkan no contestó, pero su rostro hablaba más que mil palabras. Alzó las cejas con deleite, y al principio ella no comprendía por qué se mostraba tan complacido de que las sábanas reales, sus propias sábanas, no estuvieran aseadas para su huésped.
Sus propias sábanas…
"¡Oh, Dios mío!" Ella se cubrió el rostro con las manos. Aquella esencia tan reconfortante que había aliviado sus penas hasta llevarla a un remanso de sueño, ese olor tan agradable que había emanado de la cama y que, tal y como hicieran con anterioridad las manos de él al frotar su espalda, calmara su llanto, provenía nada más y nada menos que de… él. Se viró de espaldas, pues aunque en esta ocasión no estaba desnuda frente a él, se sentía tan descubierta como si estuviera desprovista de ropa. 'No debe ver que me sonrojo, ¡no debe!' De un día para otro, él la había visto tres veces como Dios la trajo al mundo, y también se había dado cuenta de que tenía el interior de sus muslos a la vista de todos, especialmente de él. ¿Cómo mirarlo a los ojos, cuando él ya lo había visto todo? 'Con él no tengo secretos', descubrió con desesperación, 'no hay nada sobre mí que él no haya visto…' Y por si fuera poco, escuchó que él se levantaba de la cama, y sin atreverse a mirar, lo sintió acercarse a ella, y tembló al pensar en la estatura de él, y lo pequeña que ella luciría junto al espigado príncipe. Entonces sintió que tocaban su hombro, y cuando se volteó, el sostenía la vasija de donde ella había extraído el girasol minutos antes. "¿Va a dedicarse a la jardinería?", preguntó Candy.
"¿Otra vez tratándome de usted? No es necesario que lo hagas mientras estamos en privado."
Ella tembló al oír la connotación que él había dado a la palabra 'privado'. "¿Para qué quiere… para qué quieres esa vasija?"
"¿No lo adivinas?" El sonreía divertido, con la malicia de quien estuviera a punto de hacer una travesura. "Aún queda agua en esta vasija, y tus plantas", señaló el punto de encuentro de las piernas de ella, "necesitan mantenimiento."
"¡No te atreverías!"
"¿Quieres apostar?" Se veía decidido, a medida que ella retrocedía, y él iba avanzando hacia ella. "Sólo se trata de vertir un poco de agua para irrigar ese jardín que tanto deseas preservar."
Ella agarró las almohadas de la cama, y las lanzó con toda su fuerza; pero al ver que él las esquivaba con éxito exclamó: "¡No dejaré que me mojes!"
"Y yo no permitiré que por un capricho tuyo lastimes tu doncellez."
Ella enmudeció. ¿Era su imaginación, o la siempre rara voz de él denotaba cierto grado de preocupación? Una parte de ella se estremeció, como si en el fondo hubiera esperado que él la protegiera de todo daño; pero de inmediato descartó esa conclusión, pues de seguro ella reaccionaba de ese modo debido a que estaba conciente del rol que ella desempeñaría en la cama del joven. No, el príncipe no se preocupaba por ella, sino por su orgullo propio ante la posibilidad de no ser él quien despoje de su virtud a la princesa de la noche… "Yo sé cómo cuidarme, y ni tú ni nadie pueden decirme qué hacer con mi cuerpo", sus ojos se llenaron de lágrimas, "excepto tomarlo." Y tomando el vaso de jugo que había dejado sobre la mesa, lo lanzó hacia él, derramando el contenido sobre la elaborada camisa.
El permaneció en silencio, pensativo, con la mirada puesta en la arruinada camisa. 'Está molesto… muy molesto', pensó Candy con temor, arrepintiéndose de su acto de inmadurez. Se había pasado de la raya, abusando de la generosidad de él al no haberla reprendido por la cachetada de la pasada noche, y para agravar las cosas, él continuaba con la vasija en la mano, y no quería que él se desquitara empapando la única pieza de ropa que llevaba puesta… y no le quedó otro remedio que darse la vuelta, y deshacerse de las hojas con las que había improvisado su nuevo escudo virginal. Temiendo lo peor, se aseguró de tener el caftan bien puesto, y se giró lentamente, a la espera de que él le entrara a azotes, o que la poseyera allí mismo, sin contemplación alguna… hasta que al fin él preguntó: "¿No vas a decir nada?"
Ella tragó saliva. ¿Qué debía comentar en estos casos: que no estaba en sus cabales, y que derramó el jugo sobre él porque no tenía nada mejor que hacer… o mejor le confesaba la verdad, que quería preservar su inocencia porque ahora no dejaba de tener la estúpida ilusión de entregarse solamente al único hombre con quien había deseado compartir su vida… su verdadero y gran amor? "Terry…", suspiró.
Tarkan la miró atónito, y sus ojos se tornaron tan negros como su cabello mal peinado dentro del fez, y por primera vez desde su encuentro en el mercado, la observó en forma desafiante. "¿Quién es Terry?"
Candy se llevó un puño a la boca. Una cachetada, y ahora un jugo derramado sobre su costosa vestimenta, no habían sido suficientes para airar al príncipe; pero la mención del nombre de Terry había transformado el rostro de Tarkan, y sus ojos negros parecían lacerar los de ella. No se había sentido tan atemorizada desde que quedara envuelta en sus brazos en el mercado, y comenzó a temblar al ver cómo el mentón de él estaba más pronunciado que de costumbre, y casi podía palpar los músculos tensos de su cuello… "¿Quién es Terry?", repitió él con voz más firme.
"¡Príncipe Tarkan!" Zerrin abrió la puerta con tanta fuerza que Candy cayó a la cama del susto… pero no estaba sola. Halando a Hüveyda por los cabellos, cerró la puerta tras su paso, colocando el cerrojo de manera que la morena concubina no hallara cómo huir. "¡Aquí tiene a la persona que colocó la cuerda!"
El príncipe, cuya mirada no había abandonado el rostro de Candy, desvió su atención hacia las dos mujeres. "¿Hüveyda?"
"Así es, señor", confirmó Zerrin, sujetando a la acusada del brazo. "Anoche, poco antes de que yo trajera a la joven Nadire a esta habitación, Hüveyda me había pedido permiso para salir del dormitorio de las concubinas, bajo el alegato de que el baño se había descompuesto y le urgía usar otro servicio sanitario, y dejé que se fuera…"
"Eso no explica lo de la cuerda, Zerrin", objetó Tarkan.
"No he terminado de contarle, señor-"
"¡Porque no hay nada más que contar!", gritó Hüveyda en su ya inalterable inglés. Sus ojos echaban chispas, en especial porque la susodicha "princesa de la noche" estaba acostada en esa cama, la cama del príncipe… y no era la rubia, sino ella, quien debía ocupar ese lugar.
Zerrin no se amilanó ante la actitud intimidante de Hüveyda. "Mientras usted tomaba el desayuno con la princesa, pregunté a dos guardias que hicieron la ronda de anoche si de casualidad habían visto a alguien pasar con una cuerda, y uno de ellos afirmó haber visto a una concubina salir del dormitorio de los eunucos con una soga en sus manos… al parecer hizo muy feliz a uno de ellos con tal de que le hiciera el favor de facilitarle la cuerda."
"¡Eso no es cierto!", gritó Hüveyda. "Además, ¿cómo voy a pagar a un eunuco con carne cuando no tiene-"
"Hay otras formas de recibir placer, Hüveyda", señaló Tarkan, caminando rumbo a la ventana donde Nadire había dejado reposar la cuerda, sin haberla movido de sitio. "¿Por qué lo hiciste… por qué quieres mortificar a tu princesa?"
"¡Ella no es mi princesa ni nada parecido!" Librándose del brazo de Zerrin, corrió a los brazos del príncipe, rodeando el cuello de él con sus brazos. "¡Yo puedo ser tu princesa, mi señor!"
Incapaz de comprender sus propias emociones, Candy sintió un escalofrío recorrer su espalda al ver a Hüveyda aferrándose al cuerpo de Tarkan. 'Estás confundida', pensó, 'te sientes así porque no has dejado de verlo desde que llegaste, y estás lejos de todo y de todos, así que no puedes pensar con claridad…' Y volvió a levantarse de la cama, esta vez para enfrentar a Hüveyda. "Si tanto quieres al príncipe", dijo con frialdad, "entonces quédate con él."
"¡Nadire, retira tus palabras de inmediato!", exclamó Zerrin en tono autoritario.
Tarkan observó a Nadire con detenimiento, y por un momento se quedó inmóvil, sin emitir palabra, permitiendo que Hüveyda se mantuviera pegada a él. 'Me está provocando', descubrió Candy con sorpresa, 'y está tomando revancha porque mencioné el nombre de Terry…' ¡El muy posesivo! No se conformaba con nombrarla su princesa de la noche, sino que también tenía que convertir a Hüveyda en su amante… Entonces él apartó los brazos de Hüveyda de su cuello y le dijo: "No niego que tu belleza es difícil de ignorar, pero tampoco olvido que debes ser castigada", se volteó en dirección a Candy, "y eso aplica también para ti."
Candy sintió que su mundo se detenía. ¡Entonces Tarkan sí había planeado darle un escarmiento de todas formas! "¿Cómo puedes ser tan cruel?", cuestionó.
"¡No permita que ella le hable en ese tono, mi señor!", exclamó Hüveyda con voz temblorosa, en anticipación a su inminente castigo.
"¡Cállate, Hüveyda!", ordenó Zerrin, quien volvió a sujetarla por los cabellos, y con la mano que le quedaba libre, quitó el cerrojo de la puerta, dispuesta a salir. "Aguardaré porque usted me dé instrucciones sobre el método de castigo de sus concubinas, señor."
"Sobre Hüveyda hablaremos más tarde… y en cuanto a Nadire, yo mismo me haré cargo."
Zerrin observó al príncipe con mirada helada, mas luego recobró su compostura, y haciendo una última reverencia a él y a Candy, se retiró del kiosko, llevándose consigo a una iracunda Hüveyda, quien no dejaba de gritar por todo el corredor: "¡Me las pagarás, Nadire!"
Candy volvió a quedar a solas con Tarkan en la habitación, con la incertidumbre de no saber qué pasaba por la mente del príncipe en ese momento. Había cometido demasiadas equivocaciones con él, y aunque en un inicio él se había mostrado paciente, su cordialidad había llegado al límite, y el Tarkan que ahora la desafiaba con ojos azabache era muy distinto a aquél que la había defendido de los contrabandistas, y que hoy había estado incluso a punto de besarla… había conocido el lado generoso de él, y ahora estaba a punto de descubrir su lado oscuro, y ella había sido la causante del cambio. El príncipe se había armado de un poderoso escudo como defensa a los ataques de ella, y ya no estaba segura de que volviera a ser el Tarkan de antes. ¿Pero por qué quería que todo volviera a ser así, "como antes", cuando apenas llevaba un día de conocerlo? Había transcurrido muy poco tiempo para que ella supiera con certeza cómo era la personalidad de él, y a juzgar por la seriedad con que la estaba mirando, dicha personalidad tenía muchos matices. "A tu derecha verás un ropero con varios vestidos a tu medida", dijo él luego de un largo silencio. "Volveré en cinco minutos… espero que estés lista para entonces."
"¿Vas a castigarme?"
"Iré a cambiarme", fue la rápida y cortante respuesta de él. "Más tarde pensaré cómo darte una lección." Y salió de la recámara, dejando a Candy con muchas incógnitas sobre lo ocurrido. A veces Tarkan se comportaba en modo jocoso, y otras, se tornaba serio e introvertido. ¿Cómo era él en realidad? Un remolino de emociones se formaba en su interior cada vez que pensaba en él, en su instinto protector, y en su enojo al escuchar el nombre de Terry. Por un lado, era un muchacho prepotente, sin el más mínimo escrúpulo para adquirir mujeres a cambio de dinero, ni para disciplinar a una problemática concubina, pero por otro… "El tenía razón", dijo, mientras caminaba hacia el ropero, "él no fue quien colocó la cuerda, y tampoco mandó que me depilaran…" ¿Cómo pudo haberlo juzgado tan mal? Desde su llegada al palacio, no había hecho más que causar problemas al príncipe, y no en balde él quería darle su merecido; lo que no comprendía era qué papel jugaba Hüveyda en todo esto. Según las historias contadas por Albert, las concubinas no estaban supuestas a enamorarse de los sultanes y príncipes, sino a fungir como instrumentos de procreación y placer, así que Hüveyda no debía tener motivos para estar celosa de la princesa de la noche; en todo caso, era ella, Hüveyda, quien tenía la dicha de no ser el centro de atención del príncipe, a diferencia de ella, quien debía estar con él día y noche. Sin dar más vueltas a su ya atribulado pensamiento, abrió el ropero, y lo que vio allí la había dejado sin habla: unos siete u ocho vestidos nunca antes vistos en América, todos con brillante colorido, colgaban del pelchero, y las telas eran tan exquisitas y satinadas que Candy no estaba segura si era correcto llevar puesta una de esas piezas. "Hüveyda no se veía tan elegante hoy; su vestido era parecido al de Zerrin…" Y de repente recordó que había sido escogida por Tarkan como su princesa de la noche, y por tanto, su vestimenta sería más fina y diferente del resto de las concubinas… en verdad luciría como una princesa. Y para complementar el vestuario de ensueño, un par de tiaras con auténticas joyas, y una serie de brazaletes que hacían juego, habían sido colocadas junto a la ropa.
Debido a su trabajo como enfermera, no había sido práctico portar joyas, y su estilo de vida tampoco le había permitido comprar alguna, aunque tampoco le gustaba mostrar tanta opulencia; sin embargo, las sencillas, pero bien confeccionadas alhajas que admiraba realzaban tanto los hermosos caftanes, que hubiera sido un pecado dejarlas en el olvido. Cerrando los ojos, extrajo el primer vestido que tocó con la mano, y al abrirlos nuevamente, se encontró acariciando el delicado material de una pieza dorada con franjas y bordes rojos, cuyas mangas caían en vuelo bajo su antebrazo, terminando en una falda con aberturas en ambas piernas, revelando una segunda capa de tela, también con detalles rojos y dorados, y más arriba, un cinturón del mismo color afinaba su cintura. "¡Qué bonito!", exclamó Candy con una sonrisa. La vida le había dado la oportunidad de llevar hermosos conjuntos de ropa, casi todos durante el tiempo que había residido con los Andley, y debía estar agradecida a ellos por eso, aunque en los últimos meses no quería volver a saber de ellos. "Fui muy afortunada al ser adoptada por Albert", dijo con tristeza. Tomó dos de los brazaletes y los colocó en su brazo izquierdo, y luego de mucho pensarlo, escogió una sencilla tiara dorada con diminutos cristales blancos, y al adornar su cabeza con la misma, su cabello quedó ligeramente recogido hacia atrás, pero sólo un poco. Corrió hacia el espejo, y sonrió al ver su imagen, la imagen de una princesa… la imagen de una mujer. Se colocó las mismas sandalias de la noche anterior, pues hacían juego con su fino caftan, y miró de reojo los vestidos que quedaban en el ropero, y observó que todos eran de su talla, y el que llevaba puesto le sentaba a la perfección. ¿Habría sido Zerrin la encargada de adquirir la ropa, o la había seleccionado el príncipe mismo? "Qué cosas dices… el príncipe no tiene tiempo para ordenar ropa para una chica."
"Sí lo tuve, Nadire." Una vez más, Tarkan había entrado en silencio al kiosko, y en esta ocasión, la tensión había abandonado su rostro, suavizando sus facciones, y sus ojos lanzaban destellos ambarinos, tal vez debido a su camisa color café. ¿Qué inverosímil combinación entre la luz del día y el falso pigmento de él convertía sus pupilas en un prisma de colores? Sin ánimos de romper el hielo, Candy volvió a contemplarse en el espejo, sintiendo la mirada de él sobre ella. ¿Acaso venía a administrarle el mencionado castigo? Reunió el valor para auscultar en su penetrante mirada, y el fuego que encontró en sus ojos casi la hizo tambalearse… "Te ves hermosa, Nadire", dijo él con voz ronca, y en dos pasos estaba junto a ella, mirando el reflejo de ambos en el espejo, y sin dejar de contemplarla en su nuevo atuendo, colocó sus manos con guantes sobre los diminutos, pero fuertes hombros. "Te ves… eres, muy hermosa… Candy."
Ella abrió los ojos, perpleja, sin quitar la vista del espejo. Al fin lo había escuchado llamarla por su nombre, su identidad, su vida… el hogar de Pony, Lakewood, su breve pero emocionante temporada en Londres y Escocia… Tarkan se había topado, con la sola mención de su nombre de pila, con el pasado y el presente de Candy, y en medio de todo, estaba él, sonriendo a la imagen de ella en el espejo. Pero más que agradarle oír su nombre de labios de él, pues estaba claro que en Estambul debía llevar el nombre que se le había asignado como concubina, su corazón ya se había henchido desde la primera vez que le dijo… hermosa. No se consideraba poco agraciada, pero tampoco era un derroche de belleza como Annie o Susana Marlowe, y no pocas veces Anthony, al igual que Stear y Archie, había comentado favorablemente sobre su tipo de belleza… y aunque Terry no había tenido la oportunidad de decirle lo que opinaba sobre su físico, a juzgar por su impulsivo beso en Escocia, y por los pretextos con los que él buscaba tener contacto con ella, tenía la impresión de que, en el plano estético, tampoco le había sido indiferente. ¡Si tan sólo hubiera escuchado a Terry decir, al menos una vez, que ella era hermosa! Pero ahora, en una ciudad muy lejos de Broadway, su realidad era que un contradictorio y apuesto príncipe otomano la miraba con genuino deseo, elogiando sus cualidades físicas. "Gracias", susurró al fin, halagada por el cumplido.
El retiró las manos, y caminó rumbo a la ventana donde aún estaba la cuerda que había dejado Hüveyda. "Antes de haberme golpeado y decirme que me odiabas", sonrió divertido, "habías comentado que te sentías encerrada en este cuarto…"
"He hecho y dicho cosas que no debí-"
"De cualquier manera, Nadire", interrumpió él, trepando de un salto la ventana, "mañana recibirás el castigo que te corresponde."
Candy tembló al configurar en su imaginación otro espectáculo como el que había presenciado en el mercado, y arrancó el horrible recuerdo de su mente, y se dedicó a mirar, con curiosidad, al príncipe, quien ahora levantaba la cuerda en el aire, hasta que la lanzó muy lejos, quedando colgada del fuerte tronco de un roble que estaba a unos metros del kiosko, y Tarkan, sosteniendo el otro extremo de la cuerda, extendió un brazo hacia ella. "¿No vienes?"
Ella no sabía qué pensar. ¿No se suponía que él estaba a punto de azotarla o algo parecido? Llena de curiosidad, tomó su mano, y a pesar de los guantes, una corriente de electricidad recorrió su espina dorsal. Sin saber por qué, se había formado una conección entre ellos, tan evidente que continuaron con las manos entrelazadas aún después que ella había trepado al borde de la ventana, y para su intranquilidad, no quería que él la soltara. "¿Qué piensas hacer?", preguntó, con una pizca de entusiasmo en su voz, y fue entonces cuando descubrió el espectacular paisaje frente a ellos. Cuando ya creía haber visto el palacio en su totalidad, una gran extensión de tierra, a través de la cual estaban distribuidos varios edificios, la dejaron sin habla… y al final, el Bósforo sonreía en el horizonte, y al otro lado, la ciudad de Estambul era toda bullicio y movimiento. Jamás hubiera imaginado disfrutar de tan magnífica vista desde el harén, y fue así como comprendió finalmente por qué Tarkan la había instalado en su propio aposento. "Nunca quisiste encerrarme", le dijo en un susurro, quedando atrapada en sus ojos almendrados, "me diste la habitación más bonita del palacio."
Una luz brillante resurgió en lo más recóndito de las pupilas de Tarkan, y las líneas de expresión alrededor de sus párpados se contrajeron, y su rostro se iluminó con una leve sonrisa. 'Aún no he visto su dentadura', pensó Candy con tristeza, mientras él rompía el silencio diciendo: "Hasta que al fin te diste cuenta", y rodeando la cintura de ella con un brazo, se impulsó en la cuerda, y ambos volaron en el aire en dirección al tronco del árbol.
Una cálida brisa acariciaba el rostro de Candy. Ya no recordaba la última vez que había trepado árboles en el hogar de Pony, pues había dejado de hacerlo; pero aquí en Topkapi, el paseo no sólo refrescaba sus días felices en la cima del padre árbol… también era la primera vez que hacía la pirueta en compañía de alguien. El brazo de Tarkan alrededor de su cintura la mantenía segura de un posible golpe o aterrizaje forzoso, y al voltearse a verlo, él la miraba con ojos risueños, ansiosos de iniciar una aventura. Llegaron al tronco del árbol, y cuando ambos bajaron de la cuerda, ella comenzó a reír, esta vez a carcajadas, feliz de haberse transportado de un lugar a otro del palacio, gracias al príncipe. "¡Fue tan divertido!", exclamó riendo, "¡Es como si volviera a ser niña otra vez!"
"Todos somos niños en uno u otro modo", sostuvo él, aferrándose al tronco del árbol con el fin de iniciar su descenso a tierra. "Hemos ahorrado el tener que bajar por las escaleras de la terraza o atravesar el área de la alberca."
"¡Así es!", secundó ella con alegría. De repente, sentía alivio dentro del triste giro que había dado su vida en los últimos días. Al igual que Albert, necesitaba estar en contacto con la naturaleza para hallar sosiego y serenidad. "¿Dónde estamos?"
"Este es el cuarto atrio del sarayi, una especie de santuario familiar", explicó él mientras bajaba del tronco, y con sumo pesar, ella hizo lo propio, deteniéndose de vez en cuando para admirar las inmediaciones del palacio. Una vez sobre tierra, él dijo: "Vamos a dar un paseo… y por supuesto conversaremos sobre ti."
"No hay mucho sobre mí que debas conocer, al menos no para tus propósitos."
"Yo no pienso igual", argumentó él, dando inicio a la marcha. "Lo primero que debo preguntarte es, ¿cómo rayos llegaste aquí?"
"¿No te contó Enise ayer?"
"Sólo dijo que caíste de un barco, y unos contrabandistas te encontraron y te subieron a su goleta."
"No recuerdo nada del naufragio", confesó ella. "No sé cómo sucedió, ni qué ocurrió mientras deliraba de fiebre en la otra embarcación."
"Debió ser duro para ti despertar en un país desconocido, con la buena nueva de que te habías convertido en una esclava de Estambul."
"No te burles", dijo ella con dolor, "tú tampoco debes estar pasándola bien lejos de tu madre…"
El se detuvo, y ella permaneció en silencio. ¿Acaso había dicho algo indebido? Optó por quedarse callada para evitar cometer otra indiscreción, pero él seguía allí, petrificado, frente a un edificio matizado de azulejos con aplicaciones florales. "¿Qué es este lugar?", preguntó, a modo de hacer conversación.
Pero él continuaba detenido en el tiempo, allí, con mirada gélida, frente al hermoso, pero solitario pabellón. "¿Qué te pasa, Tarkan?", insistió Candy con inquietud.
El respiró profundo, y ella pudo ver cómo él trataba de relajar los músculos de sus hombros. "No deberás mencionar este lugar, Nadire… nunca."
"¿Por qué?"
"Está prohibido, eso es todo", dijo él con parquedad, y prosiguió la marcha. ¿Qué acontecía en aquel pabellón que ocasionaba una reacción tan brusca en él? 'Tenía miedo', descubrió, 'y pronto voy a averiguar por qué teme tanto pasar por aquí.' Y continuó caminando a su lado, hasta que él rodeó la cintura de ella con un brazo, atrayéndola hacia él. "Fui muy rudo contigo… perdóname, Nadire."
Ella lo observó boquiabierta. Luego de haber pasado frente al pabellón, Tarkan se había conducido con ella de manera tosca y desagradable, y ahora que se habían alejado del grande y solitario kiosko, volvía a expresarse con seguridad. ¿Qué tenía ese kiosko que lo había puesto tan vulnerable? Sintió una profunda lástima por él, pues por primera vez lo había visto en un perfil más humano, mostrando debilidad, y ya no lucía tan peligroso para ella. "No hay nada que yo deba perdonar", señaló, y los ojos de él resplandecieron con un azul turquesa, y ella avanzó unos pasos delante de él, para esquivar ese color de ojos que le recordaba tanto a Terry. 'Si tan sólo estuvieras aquí', pensó, a medida que echaban un vistazo a otros pabellones de interés, 'estaríamos corriendo por los predios, y yo escucharía tu hermosa risa…', pero Terry estaba en Broadway con Susana, sin tener idea de que "Tarzán pecosa", como solía llamarla, había naufragado hasta llegar a territorio otomano, y era mejor así, pues de haber sido Terry, y no ella, quien hubiera sido capturado y llevado como prisionero a Anatolia, no hubiera sobrevivido para contarlo, contrario a ella, quien a pesar de haber sido comprada por el príncipe, estaba a salvo de los soldados otomanos y otras personas de peligro. 'Debo dar gracias a Dios, porque pudo haber sido peor", concluyó, y de repente se detuvieron frente a lo que parecía ser una cabaña al pie de unas escaleras; y cuando Candy buscó la mirada de Tarkan en busca de respuestas, éste explicó: "Es la clínica del palacio, y el médico residente proviene de Francia, aunque domina varios idiomas, entre ellos el inglés."
"¿De veras?" El corazón de Candy se llenó de inmensa alegría al conocer el lugar donde se realizaban servicios de salud. Aunque negaba admitirlo, extrañaba su trabajo, ayudar a los pacientes, consolando a los enfermos cuando éstos creían que ya no había esperanza… Subió las escaleras corriendo, y Tarkan siguió sus pasos preguntando: "¿Te sientes enferma?"
Ella sonrió. "Al contrario… ¡estoy feliz de haber encontrado este hospital!"
"¿Eres enfermera o algo parecido?"
"¡Lo soy!" Y abrió la puerta sin avisar, pero en cuanto lo hizo, lanzó un grito de espanto. Un eunuco, quien estaba bajo los efectos de un sedante, estaba siendo operado en sus órganos castrados, y en sus años en la medicina, Candy no había visto nada igual. Retrocedió unos pasos cuando el médico detuvo el procedimiento, y levantando las manos, comenzó a gritar en francés, haciendo señas para que ella abandonara el cuarto.
Candy sintió que sus mejillas se sonrojaban. "Disculpe, yo…" Pero quedó sin palabras al desviar la mirada hacia el paciente que estaba siendo intervenido, y corrió hacia la puerta, pero en vez de hallar la salida, terminó en brazos de Tarkan, quien recién había entrado; y en vez de separarla y seguir avanzando al interior de la clínica, la apretó aún más contra él, acariciando su espalda tal y como había hecho la noche anterior. "Te has sonrojado", dijo él con suavidad, guiando las manos de ella hacia su pecho.
Ella no quería mirarlo a los ojos, pues sabía que en el momento en que lo hiciera, quedaría atrapada bajo el embrujo de los mismos, pero la imagen del eunuco en plena fase operatoria no era nada alentadora, así que alzó la barbilla para mirar cara a cara al príncipe. El azul de sus pupilas, ahora en un tono celeste, resplandecía a medida que él continuaba tocando su espalda, y lejos de sentir repulsión o empujarlo, se mantuvo quieta en sus brazos, sintiendo los latidos de su corazón bajo sus manos. No debía pensar en lo agradable que era estar tan cerca de él, pero no pudo evitar sentir nudos en su estómago al ser tocada por el aliento del príncipe, tan suave como la brisa de Estambul, y reconoció que nunca antes había quedado tan pegada a otro cuerpo, ni siquiera durante el tiempo en que uno u otro huérfano trepaba a su cama en el hogar de Pony buscando alivio a una pesadilla. Había sido abrazada por Anthony, y también había compartido expresiones fraternales con Albert, y en menor grado, con Stear y Archie; no obstante, su noción sobre la intimidad había comenzado a cambiar la noche en que Terry la había alcanzado en las escaleras del hospital Saint Joseph, durante su separación. La agonía de haber decidido tomar rumbos separados, y el tácido acuerdo de cada uno, pésimamente cumplido, de encontrar la felicidad, habían pasado a otro plano en el momento que ella y Terry sostuvieron una silenciosa comunicación en aquel abrazo, más expresivo, solidario y amoroso que cualquier palabra intercambiada, un abrazo lleno de amor y respeto mutuo, y al mismo tiempo, del sabor amargo del adiós. Su recuerdo sobre ese último instante junto a Terry era pues, uno agridulce, ya que el fuerte sentimiento que los había mantenido unidos aún en la distancia, se había empañado con el dolor de tener que separarse. A partir de entonces, no había vuelto a experimentar este tipo de enlace, pero ahora que estaba abrazada a Tarkan, con su femenino y abultado pecho comprimido contra el de él, comenzaba a adquirir conciencia del efecto que creaba en el cuerpo la atracción entre un chico y una chica, y que dicha reacción no era sino un mensaje de la mente y el corazón. "Ese eunuco", explicó, luego de una prolongada pausa, "lo están operando, y nunca había visto un hombre sin su-"
Los vestigios de una sonrisa se asomaron a los ojos de Tarkan. "Entiendo… una enfermera que lo ha visto todo, excepto esto", y sin deshacer el abrazo, habló al médico cuya labor había sido interrumpida: "Le ruego que disculpe a la señorita, doctor Dujardin; ella es enfermera, y apenas me había comentado que moría por aprender algo nuevo hoy, pero por lo visto entró sin tocar a la puerta antes."
Dujardin se inclinó hacia adelante para reconocer la presencia del príncipe. "Soy yo quien solicita su perdón, señor", dijo en un claro inglés, "por no haberme dado cuenta de que la joven estaba haciéndole compañía."
"Debimos haber avisado nuestra llegada", se excusó Tarkan, "pues no todos los días una concubina sale de las inmediaciones del harén."
Candy miró a Tarkan con asombro, olvidando que a pocos metros el eunuco se mostraba en toda su anatomía. "¿En serio las concubinas no abandonan el harén?"
"Casi nunca", respondió él, sin molestarse en romper el abrazo, "y si no intentas escapar, podrías salir más a menudo."
"Ejem", el doctor Dujardin estaba impaciente por resumir la operación, pero no quería desperdiciar esta oportunidad presentada justo frente a sus ojos. "¿Decía usted que la señorita es enfermera?"
"Así es", contestó el príncipe.
"Entonces solicito su permiso para que la joven pueda venir de vez en cuando, pues sería bueno para su esparcimiento, y me sería de mucha ayuda para llevar a cabo las intervenciones más complicadas."
"¿Y por qué el Sultán no le ha asignado una enfermera o médico adicional?"
"Están todos en Yildiz, señor."
"Cierto es." Entonces contempló a Candy, de quien aún no pensaba separarse. "¿Qué dices, princesa… quieres matar tu aburrimiento ayudando al doctor Dujardin?"
"Debería ser yo quien pida que me conceda ese favor, no usted", dijo ella, recordando que no debía tutearlo en presencia de otros, aunque solía olvidarlo cuando estaba frente a Enise y Zerrin.
"Pues que no se diga más", dijo él, "si me permite, doctor Dujardin, mi princesa y yo estamos a la mitad de un paseo."
"Pierda cuidado, señor", sonrió Dujardin. "Como puede ver, estoy muy ocupado…"
Candy comenzó a reír a carcajadas. "¡Pobre de usted, doctor! Lo estamos importunando…", y apartándose del príncipe, se encaminó hacia la salida, pero él la alcanzó, colocando una mano sobre la espalda de ella, mientras abría la puerta para que pasara. "Siempre conmigo", susurró a su oído. Una vez más, sus reflejos la traicionaron al sentir cómo hormigueaba su piel al sentir el roce de esos dedos… '¿Cómo se sentirán sus manos sin los guantes?', preguntó en su interior.
Bajaron las escaleras en silencio, y avanzaron un poco más hasta llegar a un amplio jardín, como última parada de la improvisada excursión, y Candy sintió la adrenalina subir por sus venas, y sus piernas se movieron sin cesar, preparándose para el inicio de una gran carrera… y corrió sobre la hierba, haciendo piruetas en el aire, y aunque no estaba en Escocia ni en el hogar de Pony, había hallado en Topkapi un nuevo espacio donde admirar las bellezas naturales a sus anchas.
"¡No tan rápido, Nadire!", gritó Tarkan a lo lejos, "¡o me obligarás a ir por ti!"
"¡Tú no corres tan rápido como yo!"
"¡No olvides que ayer te detuve!"
"¡Pero no más!", exclamó ella entre risas, saltando del mismo modo como acostumbraba hacerlo en la colina de Pony. Así estuvo unos minutos, recorriendo y conociendo el terreno con una euforia indescriptible. Debería estar triste y deprimida por estar muy lejos de su casa y no poder escapar como quisiera, pero su futuro ya no se vislumbraba tan negro; sólo era cuestión, tal y como había sugerido Edwina, de aguardar porque llegara el momento apropiado, pero mientras tanto, sacaría el mayor provecho posible a las bellezas del palacio, y trataría de no pensar en las noches que le esperaban junto al príncipe… "¿Tarkan?"
El la sorprendió tomándola de la cintura. "¡Lo hice otra vez!", exclamó con júbilo.
Ella se apartó, pues no quería atravesar otro momento de confusión, ya que sus dudas terminarían por desembocar nuevamente en Terry. "¡Eso no se vale!", protestó, "¡Me tomaste desprevenida!"
"¿Y quién ha dicho que estamos jugando?"
"¡Yo lo digo!"
"Qué extraño", dijo él con tono burlón, mientras se frotaba la barbilla, "anoche dijiste que me odiabas."
Ella enmudeció de repente. El Tarkan que correteaba con ella alrededor de la propiedad era muy alegre y divertido, en contraste con el implacable jinete que había sido capaz de cerrar un mercado, y el hombre cuya expresión había sido indescifrable al oír mencionar el nombre de otro en los labios de su próxima amante. Cambiando el tema, se concentró, con genuino interés, en el pasado de su compañero. "¿A qué te dedicas, Tarkan?"
El sonrió. "¿Te refieres a cuando no soy príncipe?" Y al ver que ella reía en afirmativa respondió: "Estudiaba literatura en una universidad de Londres."
"¿De veras?" Ella se rascó la cabeza. "¿Y cuántos años tienes?"
Con ojos púrpura profundo, él se adentró en las pupilas de ella. "Los suficientes para hacerte mi mujer."
"Eso sí que no", dijo ella, sepultando las piernas en el suelo para controlar el temblor de las mismas. "Yo jamás seré tuya, al menos no con el corazón."
"Ya veremos", insistió él, y dio paso a otro asunto de interés. "No me has dicho de dónde vienes, ni con quién andabas cuando caíste del barco."
"Soy de Illinois, y estaba viviendo con mis madres de crianza en el hogar de Pony-"
"¿Y no estabas trabajando?"
El comentario la había tomado por sorpresa. Tarkan no sólo era inteligente, sino además generoso con sus súbditos, y prestaba atención a cada palabra o detalle de ella. "Estaba tomando un tiempo de descanso cuando Albert y su familia me invitaron a viajar a El Cairo-"
"¿Te refieres a William Albert Andley, el magnate?"
Ella quedó boquiabierta al escucharlo. "¿Cómo lo sabes?"
El se acostó sobre el césped, apoyándose en un codo. "Poco antes de salir de Londres, leí una breve noticia sobre él en los diarios, aunque no se ofrecían muchos detalles."
"Entonces también debes saber quién es-"
El alzó una ceja en señal de alerta. "¿A quién te referías, Nadire?" Al ver que ella no contestaba, repitió: "¿De quién querías hablarme?"
Candy quedó sin palabras. Estaba tan envuelta en su regocijo porque Tarkan conocía de referencia a Albert, que no había tomado en cuenta que si hablaba con él sobre Terry, y que si, en efecto, él tenía conocimiento de su carrera actoral, el príncipe movería cielo y tierra para encontrarlo, en cualquier parte del mundo, y entonces el Sultán y sus hombres considerarían al actor un enemigo para los intereses del harén, en virtud de su pasada relación con ella. Y aunque a medida que pasaban las horas estaba más convencida de que Tarkan no sería capaz de causar daño a nadie, no quería tentarlo a rebasar los límites para tener a su princesa de la noche. "¿No es Zerrin quien viene caminando con una bandeja de comida?"
Sin retirar sus ojos púrpura de los de ella, él asintió con la cabeza. "Ordené que trajeran el almuerzo hasta aquí… aunque no entiendo por qué fue Zerrin quien vino, y no uno de los sirvientes."
Candy dio gracias a Dios en silencio por la oportuna llegada de Zerrin, y tomó asiento junto al príncipe, deseosa de probar los exquisitos platos que con toda probabilidad había preparado Edwina. Y cuando Zerrin finalmente llegó a ellos, agarró el plato que ésta le había ofrecido, y engulló la comida sin detenerse a respirar. "Despacio, Nadire", dijo Tarkan, recibiendo su porción de manos de Zerrin, "no quiero que sufras una indigestión."
"¡Es que todo sabe tan rico!", exclamó ella con deleite, bebiendo un sorbo de jugo.
"Gran alivio me produce saberlo, joven Nadire", expresó Zerrin, "pues fue Hüveyda quien preparó todo."
"¿Hüveyda?"
Zerrin miró al príncipe sin comprender. "¿Es que usted no le dijo…?"
"No es necesario que lo sepa, Zerrin", sostuvo Tarkan.
"¿Saber qué?", preguntó Candy con interés.
Haciendo caso omiso a las indicaciones del príncipe, Zerrin explicó: "El joven Tarkan no acostumbra castigar a nadie, pero entendía que tenía que actuar de inmediato con Hüveyda, para impedir que siguiera haciendo maldades a usted… y tomó la sabia decisión de enviarla a ayudar a Enise en la cocina."
Con el corazón acelerado con la esperanza de un castigo menos severo, Candy dirigió su mirada al príncipe. "¿Entonces no piensas azotar a nadie?"
Pero la respuesta de él no era nada satisfactoria. "No cantes victoria, Nadire. Tal vez no haya mandado a castigar a Hüveyda, pero no he olvidado que tenemos algo pendiente que resolver."
"Oh, no…"
"Siento mucho interrumpirlo, señor", dijo Zerrin, "pero me temo que deberá terminar su almuerzo cuanto antes, pues acaba de llegar un mensajero de Yildiz informando que el Sultán ha convocado a todos sus hijos a una reunión en donde se van a discutir los planes para contrarrestar un posible ataque de los armenios."
Tarkan se incorporó, apurándose con los alimentos. "Una guerra en plena ciudad es lo último que deseo en estos momentos."
La desesperación se apoderó de Candy. ¿Cómo podía escapar más adelante si Estambul se iba a las armas con Armenia… y qué papel desempeñaría Tarkan en el conflicto armado? "¿Tú también vas a combatir?"
Los ojos del príncipe se llenaron de tristeza. "Hablaremos de eso más tarde, princesa." Tomándola de la mano, la ayudó a levantarse. "Lamento tener que dejarte así en nuestra primera cita-"
"¡Esto no es ninguna cita!"
"Te prometo que mañana será mejor", aseguró él, y con Zerrin en medio de ambos, caminaron de regreso al harén, y de vuelta en la puerta del kiosko, Candy sintió un desgarrador vacío en su interior. Había tenido, con ironía, una de las mañanas más mágicas de su vida, y ahora volvía a la realidad del concubinato. Y percibiendo su melancolía, Tarkan le dijo: "Puedes dar una vuelta por el harén mientras Zerrin y yo acudimos a la reunión con el Sultán."
"Pero-"
"Te veré luego", dijo, y él y Zerrin marcharon hasta desaparecer del corredor. ¿Qué planes tenía el Sultán para la guerra, y qué correspondería hacer a Tarkan en la misma? Aunque era un hombre valiente, ella no se imaginaba al príncipe apuntando a civiles con un arma y disparando a diestra y siniestra; y si el Sultán le ordenara hacerlo, de seguro Tarkan no contaba con suficiente experiencia para formar parte de la batalla, él, un estudiante de literatura… Hubiera querido preguntarle si le gustaban las obras de teatro, pero evitó hacerlo, para evitar correr el riesgo de que el príncipe reconociera a Terry de algún lado, sin embargo… "Tarkan no puede ir a la guerra", dijo en voz alta, mientras se acostaba en el amplio sofá de la sala. ¿Por qué se preocupaba tanto por él? Su concepto sobre el príncipe había cambiado bastante en el transcurso del día, pero no tanto para considerarlo su amigo, y mucho menos para estar pensando en él a cada instante, aunque era inevitable, pues cada vez era más probable que lograra su anhelo de convertirla en su princesa de la noche…
No supo en qué momento se quedó dormida; lo único que recordaba era que había cerrado los ojos, reviviendo el fugaz viaje que ella y el príncipe hicieron desde la ventana del kiosko hasta el árbol, y al abrirlos, el anaranjado sol de Anatolia anunciaba el atardecer a través de los vitrales de la habitación. "¿Cuánto tiempo estuve dormida?", preguntó, y al levantarse, tuvo que sostenerse del sofá para no caer. Una fuerte punzada en el estómago la había dejado sin aliento, y el dolor se extendió a su vientre, provocando una serie de contracciones. "Tranquila, Candy, es sólo una indigestión…" Y se dio un masaje con las manos, esperando hallar en el mismo un alivio para el dolor; y al cabo de unos minutos, el mismo desapareció, y ella suspiró tranquila. "Debes tomar los alimentos con más calma, por muy exquisitos que sean", se reprochó. "Tomar un baño me vendría muy bien", y entonces recordó la agonía del día anterior, y justo cuando había decidido no asearse más el resto de su vida, encontró una bandeja de comida, con una nota adjunta sobre la mesa: El príncipe me encargó dejar en tu ropero unos efectos de higiene mientras ustedes disfrutaban su paseo, y quiere que te bañes en la alberca, pues nadie pasa por allí… Enise."
Candy exhaló una fuerte bocanada de aire. "Gracias, Dios mío… y gracias, Tarkan", dijo, con sus ojos al borde de las lágrimas. "Ya no debo preocuparme porque otros me bañen", y recordó que el príncipe tenía por costumbre tomar el baño a altas horas de la noche, sin que nadie alcanzara a ver su cuerpo quemado… 'Quisiera preguntarle sobre su accidente, pero debe ser muy doloroso para él, y no sabe que estoy al tanto de su historia', pensó.
Luego de comer una pequeña porción de la cena, pues no era saludable bañarse con el estómago lleno, sacó una túnica informal del ropero, y con una toalla y jabón en mano, salió de la habitación, bajando las escaleras hacia la alberca visible desde su dormitorio. A diferencia de los baños públicos, el lugar era apacible, invitando a relajarse y nadar en las mansas aguas. Miró a todos lados, y asegurándose que no había nadie a la vista, se quitó toda la ropa, y se metió al agua, sintiendo la fría temperatura entre sus piernas. "Lo había olvidado, ahora estoy más sensible…" Y para aclimatarse a las aguas, nadó con dominio y dedicación, permitiendo que la ligera corriente acariciara su cuerpo. Luego se enjabonó y se lavó el cabello, y después retomó sus ejercicios en el agua. Nunca antes había nadado desnuda, y aunque al principio se había sentido incómoda al respecto, ahora braceaba con mayor libertad, gozando de tener la alberca para ella sola…
"¿Así que ahora te bañas aquí, eh?"
Candy flotaba en la superficie cuando vio la silueta de Hüveyda aproximarse al borde de la alberca. "¿Qué quieres?", preguntó.
Hüveyda la miró con reproche. "Por tu culpa ahora estoy encerrada en una cocina, y no fue sino hasta ahora que se me permitió salir, así que no tengo mucho tiempo…" Y tomando en sus manos todas las pertenencias que Candy había dejado fuera de la alberca, incluyendo la toalla, huyó corriendo al dormitorio de las concubinas.
"¡Espera!", gritó ella a todo pulmón, pero Hüveyda siguió corriendo hasta esfumarse por completo. "¿Qué hago? Me he quedado sin ropa, y aunque no hay nadie alrededor, en cuanto llegue al corredor pudiera tropezar con algún sirviente…" Pero tarde o temprano tendría que salir de la alberca, o de lo contrario, sufriría una hipotermia, y sus dientes ya empezaban a rechinar de frío, y sin pensarlo más tiempo, salió del agua, y de inmediato sus pechos se irguieron con el frío de la noche que se avecinaba. Sin una toalla con qué secarse, sacudió el cuerpo para quitar el exceso de agua, y se dio la vuelta, justo a tiempo para ver al príncipe caminando hacia ella. "Quise saber dónde estabas y-" Enmudeció de repente, y antes que llegara a ver su intimidad al descubierto, ella cruzó las piernas, y colocó los brazos frente a sus puntiagudos pechos. "Hüveyda", susurró, tiritando de frío, "se llevó toda mi ropa…"
"No te ocultes de mí", dijo él con voz ronca, extendiendo una mano al interior de las piernas de ella, y muy sutilmente, separó las mismas, exhibiendo la nueva frontera ante los ojos celestes de él. "No tienes de qué avergonzarte… luces hermosa", y retiró los brazos que se aferraban al pecho, revelando los capullos que seguían elevados por el frío, y una repentina ola de calor envolvió la parte baja de su vientre. Entonces él la miró a los ojos, abandonando el deseo que había invadido los mismos, y con inmensa ternura, la levantó en brazos, cobijándola en su pecho, y sin dejar de frotarle la espalda para darle más calor, subió las escaleras en dirección al kiosko. Ella mantenía los ojos apretados, pues las llamaradas de calor que consumían su interior aún estaban presentes, y lo oyó decir: "Debo darle las gracias a Hüveyda, por permitirme admirar a mi mujer…"
Al oírlo, ella abrió los ojos con emoción, y al buscar en las profundidades de las pupilas del príncipe, un intenso zafiro había tomado posesión de ellas. 'No, Dios mío, Terry…' Se cubrió el rostro con las manos, ocultando la cabeza en el cuello de él, hasta que entraron a la habitación, y luego de haberla depositado sobre la cama cuyas sábanas ahora estaban limpias, acercó un pulgar a uno de los pechos de ella, y sin apartar su azulada vista de los ojos esmeralda, rozó, de manera casi imperceptible, el arrugado pétalo, y ella sufrió una ligera sacudida de estremecimiento. "Dulces sueños, princesa", y con mucha calma, se alejó hasta cerrar la puerta tras de él.
Había llegado su turno de tomar el baño. Entrando a la recámara perteneciente en tiempos antiguos al rey Murat III, el príncipe tomó sus artículos, y salió rumbo a la alberca. A pesar de la poca distancia entre el área de aseo y el dormitorio de las concubinas, podía limpiarse a sus anchas, removiendo la pintura de su cuerpo, y eliminando el exceso de aceite de su cabello. Para su fortuna, los apartamentos de las concubinas estaban enrejados y clausurados a la vista de los visitantes, lo que imposibilitaba que alguna curiosa chica como Hüveyda fisgoneara a través de las ventanas.
Era el único momento que tenía para pensar como quería, para hablar a solas como quería, para ser él mismo, sin títulos de nobleza. Se restregó toda su fisionomía con el mismo tedio con que lo había hecho desde que llegara al palacio, y aunque el agua estaba insoportablemente fría, el deseo, y otras emociones de mayor intensidad, habían comenzado a adueñarse de él. No debía pensar en ella de ese modo, pero era tan dulce, tan exquisita, tan auténtica… y por casualidades de la vida, la había visto desnuda varias veces, y aunque siempre procuraba portarse como un caballero, no era inmune a su naturalidad, ni al aplomo con que ella afrontaba su actual posición en el harén. Tratando de controlar sus impulsos, sujetó el interior de sus piernas con una mano, pero todo era inútil: la princesa ya tenía carcomido su cerebro, y cuando ella había reaccionado con gozo al ser tocada por él, tuvo que contener las ansias de contarle todo, las razones por las cuales había aceptado, sin resistencia, vivir en Constantinopla, el comentado incendio, la amenaza del Sultán… pero ella no merecía añadir una carga adicional de problemas a su vida, y era casi un hecho que, una vez ambos quedaran fuera de la nación otomana, no volverían a verse nunca más. "Debo aprovechar al máximo este tiempo", dijo en un susurro, dejándose llevar por la ola de fuego que lo arropaba sin remedio, "no era mi intención al principio… pero no… creo… que pueda… resistir…"
A pocos pasos de él, Candy no dejaba de dar vueltas en la cama, y aunque ahora estaba cubierta con un camisón, aún sentía los dedos de Tarkan sobre su piel, y trató de pensar en otros asuntos. "Las sábanas han perdido su olor", se lamentó, "y hoy, más que nunca, necesito despejar mi cabeza a través del sueño, aunque aparezca Terry en el mismo…"
Escuchó un chapoteo afuera, y rápido corrió hacia la ventana, tratando de ubicar la alberca. Estaba muy oscuro, con la luz de la luna como único reflector en el exterior. 'Debe ser él', pensó con emoción, esperando encontrar un movimiento en el agua, pero era muy difícil… hasta que el reflejo de la luna se posó sobre la figura que estaba de espaldas a ella, y aunque no podía apreciarlo con claridad, supo que el ángel desnudo que tomaba el baño en la alberca no era otro sino el príncipe. "No alcanzo a ver sus cicatrices, y tiene la cabeza baja… ni siquiera sé cómo es su cabello", dijo en voz alta, "pero su espalda, ¡su espalda!" Aunque no podía decir categóricamente que había visto a Tarkan tal cual era, el cuerpo en penumbras que contemplaba con admiración evocaba los dioses guerreros de los libros de mitología que Albert solía leer. "Tarkan", susurró, "apenas puedo verte, pero sé que eres hermoso…" Y con el remordimiento de estar invadiendo lo que quizás era el único momento de privacidad de él en todo el día, se dispuso a dormir, sin saber que en la tranquilidad de la alberca, el príncipe dejaba escapar sobre el agua todo el deseo contenido por ella.
Capítulo 7: Una mañana con el príncipe
Aunque apenas eran las ocho de la mañana, Tarkan ocupaba su lugar en el aula de la escuela para príncipes, no muy lejos de Zerrin, quien se encargaba de interpretar las lecciones que allí se le impartían. Sentado sobre una alfombra, él y otros hijos del Sultán escuchaban una lectura sobre el Islam, y mientras disimulaba escuchar la materia, sintió las miradas inquisitivas de los otros aspirantes al trono de sultán, y tuvo que morderse la lengua para no estallar en carcajadas en medio de tan solemne reflexión. Ahí estaban ellos, fingiendo estar atentos a la predicación, cuando en el fondo ansiaban atravesar la sala para hacerlo trizas, y la idea resultaba más divertida que la doctrina que habría de aprender en vano. Por mucho que se practicara el islamismo en gran parte del país, la realidad era que había crecido en un entorno cristiano, y aunque no había participado con devoción de los sacramentos, al menos estaba familiarizado con los conceptos de Occidente, y si apenas había puesto en práctica las enseñanzas de la Biblia, mucho menos iba a adoptar una nueva filosofía, pero no le quedaba otro remedio que escuchar a sus maestros, como parte de su principado, con la ironía de que justo ahora había quedado convencido, finalmente, de la intervención divina en el mundo. No era que no creía en Dios, pero al haber desarrollado cierta intolerancia hacia la hipocresía imperante en ciertas instituciones religiosas con posturas obsoletas sobre el modo correcto de vivir en el mundo, se había alejado de todo lo que representaba para él una imposición. Para él, el uso, o mal uso, que hacían algunos de la religión, no debía ser un asunto de seguir reglas, sino de estar en buenos términos con Dios. Así pues, se había resignado a conocer más sobre esta facción de la cultura otomana, algo que tomaría a su favor para ganarse la confianza de muchos de los hombres del Sultán. De todos modos, y si todo resultaba según planeado, no estaría en Constantinopla para siempre; de ahí que el día anterior burlara a los oficiales del sarayi con tal de dar un vistazo a la ciudad y planificar su proyectado escape, sin que nada ni nadie se interpusiera en su propósito… y fue entonces cuando vio, en carne propia, la presencia y vivo milagro de Dios.
No tuvo que hacer gran esfuerzo para salir del sarayi, pues la sola compañía de Saglam bastó para que los centinelas abrieran el pórtico principal y permitieran pasar al animal y su jinete. Aún era una incógnita la llegada del casi extinto ejemplar karacabey a Topkapi, pues había arribado cuando el palacio ya estaba desierto, y cuando el nuevo príncipe y su comitiva se instalaron en el sarayi, el equino ya se había apropiado del lugar, resistiéndose a todo intento de los guardianes en sacarlo de los predios. Y justo cuando uno de los oficiales estaba a punto de derribarlo a tiros, el príncipe lo descubrió, y una vez se miraron a los ojos, encontraron en cada uno un alma solitaria, pero también dispuesta a enfrentar la adversidad… y se dejó montar por su nuevo amo, sin ninguna dificultad, aunque no dejaba de sembrar el pánico en los demás.
Con Saglam bajo sus riendas, el príncipe atravesó las murallas de Topkapi, bajo el riesgo de recibir severas penalidades del Sultán. Debido a que no podía abusar de su desobediencia, pues ya era la segunda vez que se escurría fuera del sarayi, se dio a la tarea de sacar el mayor provecho al paseo, pues ésa sería su última oportunidad para hallar los posibles lugares o circunstancias bajo las cuales habría de desaparecer dentro de dos meses. ¿Cómo haría para salir de Estambul en una pieza, sin que el Sultán ordenara a los suyos volver a buscarlo a Londres? Hubiera sido más sencillo huir a otro país, pero en Inglaterra, la vida de otra persona dependía enteramente de él, y no podía evadir su responsabilidad; además, tenía otros asuntos que atender, y el tiempo se agotaba, por lo que tenía que actuar con mesura, e irónicamente, con mucha paciencia. Continuó cabalgando por la ciudad, despertando la curiosidad de la gente, y muchos murmuraban sobre la frialdad con la que el príncipe intruso se codeaba entre los habitantes, llevando uniforme militar cuando aún no había obtenido ningún rango, pero poco le importaba la opinión de los demás. Aunque estaba supuesto a vestir siempre un lujoso caftan, el mismo resultaba poco práctico para una tarde de verano en las calles de Estambul, y consiguió un uniforme negro, que aunque no tenía medallas de honor, era distintivo de los más altos diputados otomanos. Avanzó entre las personas que caminaban de un lado a otro, cuando divisó lo que parecía ser una revuelta en un recóndito callejón. Se adentró para ver de qué se trataba, pues no descartaba la posibilidad de encontrar allí una coartada para concretar su huida más adelante… y entonces la vio, en el centro de todo, con su diminuto y juvenil cuerpo cubierto sólo por las incisivas miradas de sus futuros compradores, y su rostro y pecho empañados con lágrimas. Pero a pesar del agravio por el cual debía estar atravesando, el ángel de cabellos dorados afrontaba su destino con aplomo y fortaleza, y sólo él parecía estar conciente de la fuerza interior que ella debió haber reunido para no perder el control. Cual aparición celestial, ella se mostraba en tan magnífica belleza, que evitó, a toda costa, admirarla como hubiera deseado, pues tenía miedo de lastimarla con el pensamiento. Tan frágil, y al mismo tiempo tan fuerte… y fue así el príncipe supo que no estaba en Anatolia por pura casualidad, ni para salvar la vida de otro. Dios lo había llevado a Estambul con un propósito: el de salvar a esta chica de las garras del enemigo, y llevarla de vuelta a su mundo. La voluntad divina se había manifestado a través de este encuentro con la hermosa joven de ojos esmeralda, quien había dejado de ser una niña en ese instante, convirtiéndose, a un alto costo, en una indefensa mujer. Y si bien había tomado con calma su estancia en Constantinopla, ahora debía agilizar su escapatoria si quería que ella regresara con los suyos, ¿pero cómo? De pronto, recordó la treta que había utilizado con el Sultán para que éste cesara en su campaña para que el menor de sus hijos se acostara con una concubina a la mayor brevedad: la selección de su princesa de la noche.
No había pensado tomarla como concubina, pues la virginidad de una mujer, especialmente en una muchacha tan tierna y joven como ella, era un asunto muy serio en los países occidentales; sólo haría creer a todos, incluyendo a Mehmed mismo, que había elegido a la nueva esclava para pasar las noches con él… pero no contaba con que, al momento de alcanzarlas a ella y su amiga en Yildiz, el Sultán ya había posado sus ojos en ella, y tuvo que aludir, a último momento, a una de las pocas pláticas que había sostenido con él, en la cual había expresado su deseo de tomar a una chica que fungiera como su princesa de la noche, aunque no era cierto que deseara tal cosa, pues el tema de la concubina escogida por él para tener su descendencia no era sino un anzuelo para atrapar al Sultán el tiempo suficiente para que éste no siguiera presionándolo para dormir con la pegajosa de Hüveyda o cualquier otra chica del harén. Ya tenía demasiado con pensar en las múltiples maneras de salir de Estambul, para añadir la responsabilidad de un hijo no deseado, lo que lo ataría aún más al suelo otomano. Pero a partir de la mágica tarde del día anterior en ese mercado ilegal, su nueva concubina era su prioridad, y aunque tuvo éxito en convencer al Sultán de que la hermosa rubia adquirida por él sería su princesa de la noche, Mehmed persistía en su deseo de poseerla después, y para dejar claro sus intenciones, el maduro mandatario anunció que, al cumplirse el plazo otorgado para que su hijo se hiciera amante de su princesa de la noche, él mismo inspeccionaría, parte por parte, el cuerpo de ella para asegurarse de que el príncipe ya había completado su tarea, y entonces no le quedó otro remedio que hacer lo que fuera necesario para que el engaño se convirtiera en realidad: si él no la hacía suya, Mehmed se encargaría de hacerlo en su lugar. No era lo que hubiera querido para esta chica acostumbrada a otras tierras y costumbres, pero como su princesa de la noche, ella tendría más probabilidades de regresar a su país, aunque su vida tomara un rumbo diferente a la de él.
Todo apuntaba a que el Sultán iba a cerrar el asunto de… Nadire, hasta que en una estocada final, Mehmed lanzó una última advertencia; y al hacerlo, el príncipe mantuvo la cabeza en alto, ocultando la inquietud que se había adueñado de él. A partir de ahora, ya no se trataba solamente de seducir a la princesa de la noche; él también perdería mucho si no lograba poseerla, ya que el Sultán así lo había dispuesto como garantía de la virginidad que su hijo habría de obtener de ella. Sin embargo, y a pesar de la gran amenaza que llevaba sobre su espalda de no cumplir su objetivo con la concubina, juró que nunca le diría la verdad a Nadire, pues no quería sembrar en ella un sentimiento de culpa en caso de que la relación entre ellos tuviera un fatal desenlace, e hizo prometer a Zerrin y Enise, respectivamente, que nunca habrían de contar a su amiga esa parte de su conversación con el Sultán.
La lección había terminado, pero a diferencia de los otros príncipes, él permanecía sentado en el suelo, pensativo, a lo que Zerrin preguntó: "¿Está usted bien, mi señor? El maestro le hizo dos preguntas sobre la lectura , pero usted no prestaba aten-"
"¿Por qué nadie me dijo que durante el hammam se remueve el vello a las mujeres?"
Zerrin abrió los ojos con desproporción. De todas las dudas posibles luego de haber tomado un estudio doctrinal tan profundo, ésta era la que menos se hubiera imaginado de parte de él. "Pensé que usted estaba al tanto de eso, joven Tarkan; no creí que fuera tan importante…"
"Para Nadire sí lo fue."
"Porque no está acostumbrada a este tipo de baño", continuó ella, "pero luego de un tiempo le gustará."
Pero el príncipe no estaba muy convencido de que Nadire dejara atrás la experiencia tan fácilmente, y haciendo una mueca de insatisfacción señaló: "Ella cree que yo ordené su depilación, como método de tortura."
"Esto es inaudito", murmuró ella, conteniendo los deseos de reír al ver la tristeza de él. "No puedo creer que ella se ensañe con usted de esa manera… ni que usted hubiera hecho caso omiso a la clase de hoy por estar pensando en cómo su princesa debe estar sufriendo sin su vello."
"No entiendes", argumentó él, apoyándose en sus manos con guantes para levantarse. "No debo dar a Nadire ningún motivo para que se sienta incómoda aquí e intente escapar."
"¿Y usted va a permitir que ella lo domine con sus berrinches?", reclamó ella. "Yo también vengo de un país lejano, y aunque al principio mi vida aquí era horrible, a la larga me tuve que acostumbrar-"
"Pero a diferencia de ella, no has tenido que servir como concubina… ella sí."
"Cielos", dijo ella con voz entrecortada por el asombro, "¡En verdad usted la desea, señor!"
"No seas entrometida", la reprendió él, aunque en el fondo sabía bien que las palabras de su ayudante eran muy ciertas. ¿Cómo olvidar el modo en que su princesa lo había incitado, con ingenuidad, a que la admirara en todo su esplendor físico? Y ahora que tenía conocimiento sobre su depilación, no podía evitar imaginarla a flor de piel, su resplandeciente y cegadora anatomía atrapando miradas, incluyendo la del Sultán… "¡No!", exclamó con furia, saliendo a pasos agigantados del aula, mientras Zerrin trataba por todos los medios de seguirle el paso. No debía permitirse pensar en ella día y noche, pues una sola acción mal ejecutada acabaría con su vida y la de otros, incluyendo la de ella. No había espacio para las debilidades, los deseos… aunque la imagen de ella al anochecer, con sus rizos flotando encima de su casi transparente caftan no abandonaba su memoria. Su princesa de la noche era toda una mujer de magna y rosada belleza envuelta en un halo de cabellos dorados, y su diminuta figura guardaba la promesa de algo muy especial. Y esos ojos tan verdes como una esmeralda, así como el carácter firme que había mostrado y sus fuertes convicciones… todo, todo en ella lo tenía embelesado desde la primera vez que la vio. "Iré a verla, Zerrin", dijo, con su corazón a galope, como si fuera a iniciar una gran aventura, "aún debe estar dormida, y quiero estar allí cuando despierte."
"Debe tomar las cosas con más calma, joven… no olvide que apenas llegó ayer, y está muy asustada."
"No tanto como yo", admitió él, y a medida que caminaban por los corredores del harén, decidió cambiar de tema. "Anoche, mientras realizaba una visita a la recámara de Nadire-"
"¿Se refiere al aposento de usted?"
"El aposento de ambos", aclaró él. "Ella vio una cuerda cerca de una ventana, y cree que la coloqué allí a propósito para ponerla a prueba, y alentarla a que corriera el riesgo de escapar."
"¡Pero usted no haría eso!", exclamó Zerrin con indignación. "Además, yo inspeccioné con mucho cuidado la habitación antes que la niña Nadire se instalara, aunque confieso que no revisé bien las sábanas-"
"Entonces alguien debió haber tenido acceso al kiosko, y fue lo suficientemente sigiloso como para haber dejado su regalo de bienvenida a Nadire y salir sin que nadie se diera cuenta."
Zerrin se inclinó hacia adelante, haciendo varias reverencias al príncipe. "Le ruego que me disculpe por mi descuido, señor… estoy dispuesta a recibir el castigo que merezco-"
"¡Nadie va a castigarte, Zerrin!", exclamó él con incredulidad. ¿Así de severas eran las sanciones en este país, cuando su ayudante ni siquiera había hecho nada indebido? "Sólo dos personas tienen acceso a los Kioskos Gemelos, y somos tú y yo."
"Eso quiere decir que-"
"Quien quiera que lo haya hecho, debió haber colocado la cuerda desde el exterior… tal vez desde la terraza."
"¿Y quién haría semejante broma de mal gusto a la princesa? Apenas lleva un día en Topkapi, y nadie sería tan inmaduro o tan estúpido como para meterse con la concubina favorita del príncipe, a menos que…" Enmudeció de repente, y su rostro se iluminó con una posibilidad, que más bien era una certeza. "Señor, ¿le importaría si le pido que en esta ocasión usted se adelante para ver a la joven Nadire? Creo tener una idea de quién es el causante del malestar ocasionado con la cuerda."
El rostro del príncipe irradió de esperanza, pues ya tenía con qué probar, en adición a su palabra, que él no había cometido la mezquindad de llevar la cuerda al kiosko. "Desde luego que puedes retirarte", dijo, y antes de encaminar sus pasos rumbo a la habitación de Nadire, preguntó: "¿Ordenaste el desayuno a la recámara como lo pedí?"
Ella esbozó una sonrisa de complicidad. "Si no se apura, los alimentos llegarán antes que usted." El príncipe había tomado las clases sin haber probado bocado, esperando que Nadire despertara y compartiera los manjares con él. "Lo que no me queda claro es dónde y con quién tomará el almuerzo", dijo la intérprete.
El guiñó un ojo con picardía. "Claro que lo sabes, pero te niegas a obedecer mis órdenes."
"Pero no está permitido que ella-"
"No vine al mundo a seguir reglas, sino a romperlas." Y habiendo cerrado la discusión, siguió su camino hacia el dormitorio de su princesa.
/
Aunque la luz del sol que entraba por la ventana era cada vez más brillante, castigando sin piedad su rostro, ella se negaba a abrir los ojos. 'Mientras no lo haga, todo habrá sido una pesadilla nada más', pensó Candy con tristeza, aferrándose al cálido edredón que había acogido su sueño, y sobre el cual había pasado toda la noche, sin tomarse la molestia de preparar la cama. A lo lejos, el sonido de unos pajarillos alegraban la mañana, haciéndole recordar los amaneceres en el hogar de Pony. Las mariposas, los animales, y el bullicio de los niños, eran una inyección de vitalidad para comenzar el día con mucho vigor, y sonrió al evocar esos detalles en su memoria. Estuvo así varios minutos, sin atreverse siquiera a abrir los párpados, pues en cuanto lo hiciera, se rompería el encanto del mundo al que pertenecía, ahora muy lejano.
El príncipe…
Ella se sentó de golpe contra la cabecera de la cama. "¿Qué pasa contigo, Candy White?", se reprochó en voz alta. Cada mañana, sin excepción, recibía el nuevo día con la imagen de Terry en su cabeza, y solía recriminarse por ello, pues quería olvidarlo de una buena vez, pero sus sueños, y las plegarias que no dejaba de hacer por él, traicionaban su imaginación y voluntad. Sin embargo, y a raíz de todo el sufrimiento vivido en carne propia el día anterior, había decidido sostenerse a esa ilusión como válvula de escape al horror que había padecido, y el cual habría de continuar…
¿Entonces por qué despertó pensando en el príncipe?
"¡No, no y no!", gritó ella en la inmensidad de la habitación, lanzando puños contra las almohadas. "No puedo permitir que Tarkan me traumatice al punto de apropiarse de mi mente", dijo a solas, mientras se levantaba finalmente de la cama. ¿Qué tal si él aparecía allí, de repente, dispuesto a retomar su iniciativa para seducirla, o peor aún, para castigarla? No había tomado en cuenta las consecuencias que afrontaría por haberlo insultado y abofeteado, aunque bien merecido se lo tenía, por haber ordenado su depilación, así como por haberla provocado con la cuerda para que escapara, a sabiendas que no podía hacerlo… todavía. Y como si adquiriera conciencia de la alteración practicada en su cuerpo, sintió una horrible corriente de aire en su femineidad, y al cruzar las piernas con tal de detener la incómoda sensación, un sudor descendió a lo largo de sus muslos, y al separarlos, sus extremidades hicieron un insoportable chirrido. "Ya no lo aguanto", dijo entre dientes, buscando algo que la ayudara a manejar la terrible sensación. Fue así como vio un espejo de cuerpo entero al otro extremo de la cama, el cual no había alcanzado a ver la noche anterior, y caminó en dirección al mismo, no sin antes agarrar un girasol que descansaba en una vasija con agua sobre una mesita, y sin hacer daño a los pétalos, extrajo varias hojas, y las colocó entre sus piernas. "Así está mejor", suspiró con alivio al volver a sentir un peso en su cuerpo. No pudo evitar contemplarse, y aunque ya se había arreglado la falda de su caftan, se quedó mirando fijamente su reflejo. ¿Dónde había quedado la niña con colas que dormía con camisón de volantes? 'Murió en el mercado', contestó en su interior, mientras tocaba cada hebra de su voluptuoso cabello, y luego se daba la vuelta para admirar la parte posterior del caftan, y su mente viajó al instante en que unas manos con guantes le acariciaban la espalda para consolarla… y se horrorizó al sentir que su piel hormigueaba con el solo recuerdo de las protectoras manos de Tarkan sobre su temblorosa piel. Tratando de retomar el control de sus emociones, dio varias palmadas sobre su brazo. "¡Deja de reaccionar así!", se ordenó, de vuelta a su propia imagen en el espejo. Aunque aún no se resignaba a su nueva vida, al menos estaba más tranquila, y con la mente mucho más clara que la noche anterior. "Fuiste muy dura con él, Candy White-"
"¿Así que ése es tu nombre de nacimiento?"
"¡Oh!" Al oír la confusa y ambigua voz, supo de quién se trataba. Muy despacio, se apartó del espejo, y al darse la vuelta, Tarkan la observaba, con su cuerpo relajado contra una columna, y los brazos cruzados frente a su pecho. En lugar de un uniforme, llevaba puestos una ajustada camisa azul celeste con bordados en oro a lo largo del torso, y un largo pantalón blanco que daba paso a unas elegantes botas negras… y no podían faltar los guantes, ni el típico sombrero rojo sobre su cabeza. 'El príncipe tiene buen gusto al vestir', pensó ella, deteniéndose en los muslos anchos y fuertes. ¿Por qué tenía que ponerse esa ropa, que parecía esculpir mejor su cuerpo, haciéndolo ver más atractivo? Se aclaró la garganta, y al mirarlo a los ojos, él se había llevado un puño a la boca a la vez que se mordía los labios, conteniendo la risa. '¿Por qué no ríe?', volvió a cuestionar ella en su cabeza, '¿y de qué ríe en primer lugar... de mí?'
Luego de unos segundos casi interminables, él se frotó los ojos, haciendo a un lado sus deseos de reír. "Buenos días, Nadire."
Sin saber qué hacer, ella hizo una reverencia, y sin levantar el rostro del suelo masculló: "Bbbbbuenos ddddías, sssseñor."
"Veo que la intrépida chica que me dio las buenas noches con una tierna caricia tiene miedo el día de hoy…" Se acercó peligrosamente a ella, y con su mano levantó su rostro hasta que los ojos esmeralda quedaron mirando las esferas que se habían tornado de un color café, y lo oyó decir: "Prefiero que vuelvas a darme diez bofetadas como las de anoche, a que me recibas con la frialdad de tu silencio."
"Príncipe, yo-"
"¿Qué pudo haber cambiado de la noche a la mañana para que ahora te refieras a mí por mi título?" Sonrió con ironía. "Ayer tuve que pedir que lo hicieras… aunque reconozco que mientras estamos solos, mi nombre y mi posición pesan como un crimen."
"Uuuuus…tedddd… entró… sin… avisssssar", balbuceó ella.
El se llevó las manos a la cintura. "Según tengo entendido, soy el príncipe, y como tal, tengo derecho de entrar y salir a cualquier habitación, aunque estuviera ocupada…"
"Tttttiene… rrrrazón… señor…"
Tarkan se llevó un dedo índice a los labios. "Ya estamos mejorando… hemos pasado del mutismo a la tartamudez", y acortando la distancia entre ellos, colocó un brazo alrededor de la cintura de ella, atrayéndola hacia él.
Contrario al día anterior, la fuerte esencia de pachulí había desaparecido, y en su lugar, un rico aroma a sándalo estaba impregnado en la piel del príncipe. Con los brazos colgando a sus costados, ella permaneció inmóvil, a la espera de que él hiciera un movimiento… y lo hizo. Tomando el rostro de ella entre sus manos, Tarkan se acercó hasta que su aliento rozó su oído y susurró: "A mi lado no tienes nada que temer, princesa."
Ella sintió cómo se agitaba su propia respiración al escucharlo. Su cercanía era intimidante, mas no representaba una seria amenaza para ella. Y el modo como la había llamado… princesa… Desde luego se refería a su apelativo de princesa de la noche, y aún así… la calculada lentitud de él al hablar, en un sorpresivo y placentero tono grave y ronco… Sin desearlo, se sintió protegida bajo el fuerte y cálido brazo que sujetaba su cintura, mientras que una aurora boreal nublaba los ojos de él…
Tarkan volvió a tomar su rostro. "¿No me vas a dar otra cachetada?", preguntó en tono burlón. Pero ella apenas lo escuchaba, pues su mirada estaba perdida en los ojos tornasolados de él, como si estuviera bajo un hechizo… Y justo cuando él se inclinaba en dirección a sus labios, la puerta se abrió de golpe, y Edwina entró a toda prisa, portando una bandeja con dos desayunos. "Buenos días, mi señor… buenos días, princesa."
Candy respondió el saludo con una amplia sonrisa. "¡Buenos días!" Por alguna razón, se sentía mucho mejor, y la llegada de su amiga había ayudado a elevar más su espíritu.
Tarkan respiró hondo. "Buenos días, Enise…la próxima vez debes tocar la puerta antes de entrar."
Las mejillas de Edwina se llenaron de toda una gama de colores. "¡Cuánto lo siento, joven Tarkan! He preparado estos deliciosos baklavas, y como no quería demorar en traerlos, pues aún están frescos y calientes, no pensé que estuviera ocupado con la princesa."
"No soy una princesa, Enise", protestó Candy.
Pero Edwina no hizo caso a las palabras de su amiga. "¿Dónde pongo la bandeja, señor?"
"Permíteme." Tomando el desayuno en sus manos, Tarkan caminó hasta la cama, depositando la bandeja al pie de la misma. "Nadire y yo comeremos aquí."
Edwina lanzó una mirada de asombro a Candy. No sólo el príncipe se había tomado la molestia de cargar la bandeja, sino que además se disponía a tomar los alimentos con su princesa de la noche en un mismo lecho. ¿Acaso pensaba sostener relaciones físicas con ella en ese mismo instante?
Los ojos de Candy se desviaron a la bandeja de baklavas que descansaba al borde de la cama. ¿Por qué no podían desayunar como los demás, sentados a una mesa, y no en la privacidad de su habitación? Entonces recordó que no era su dormitorio, sino el de él, y aunque no lo hubiera sido, él tenía la libertad de pasearse por cualquier parte del palacio como le viniera en gana. Se dejó caer sobre la cama, sin darse cuenta de que Edwina ya se había retirado, y antes de propiciar otro momento de tensión con el príncipe, se apresuró a tomar unos bocaditos de ese apetecible dulce confeccionado a base de hojaldre, y relleno de miel y nueces. "Mmmmm…" Cerró los ojos, y se dejó llevar por el exquisito sabor de los ingredientes, y aunque nunca había sido una chica golosa, estaba más que encantada con el plato. No se había fijado en el número de dulcecitos que ya se había llevado a la boca cuando abrió los ojos, y Tarkan, quien estaba acostado sobre su estómago junto a la bandeja, sonreía divertido. "Pobre Enise", dijo, "parece que le espera mucho trabajo a costa tuya."
"¡Eso no es cierto!", exclamó ella con enfado, disfrutando otro pedacito de baklava. "Con o sin Enise, la comida aquí es deliciosa."
"Ahora entiendo por qué te mostrabas tan tímida al principio", dijo Tarkan, "el apetito no te permitía hablar con claridad."
"¡No te soporto!" Una vez más, Tarkan había tomado las cosas con demasiada confianza, y a ella no le agradaba la idea de que con el tiempo llegaran a conocerse mejor, y mucho menos que se hicieran amigos, pues eso agravaría aún más la penosa situación de concubinato en la que estaba metida; y si en efecto, él tuviera éxito en dormir con ella y despojarla de su virginidad, un lazo de amistad haría más peligrosa su relación. Entonces recordó que como príncipe, él tenía la potestad de castigarla por su indisciplina con sólo pedirlo, y dándole la espalda, se acostó sobre su costado. "Quise decir… no lo soporto."
"¿A quién no soportas?", preguntó él con ironía, "¿a mí, o al ramillete de hojas que llevas metido entre tus piernas?"
Ella se levantó de la cama de un salto. "¿Cómo te atreviste… tú… entonces me viste mientras yo-"
El le ofreció un vaso de jugo que Enise había servido junto a las baklavas, y ella lo descartó, colocándolo sobre una mesa. "Descuida, princesa", lo oyó decir, "por desgracia no alcancé a ver tu nueva piel." Entonces palpó el edredón que ahora estaba arrugado por los movimientos que ella hiciera la noche anterior al dormir y comentó: "Zerrin estaba en lo cierto… no tuvo tiempo de cambiar las sábanas."
"¿Por qué lo dices?", preguntó ella con curiosidad, haciendo a un lado su vergüenza al saber que el príncipe la había sorprendido mientras cubría sus partes íntimas con hojas. "¿El edredón sobre el cual dormí… no estaba limpio?"
Tarkan no contestó, pero su rostro hablaba más que mil palabras. Alzó las cejas con deleite, y al principio ella no comprendía por qué se mostraba tan complacido de que las sábanas reales, sus propias sábanas, no estuvieran aseadas para su huésped.
Sus propias sábanas…
"¡Oh, Dios mío!" Ella se cubrió el rostro con las manos. Aquella esencia tan reconfortante que había aliviado sus penas hasta llevarla a un remanso de sueño, ese olor tan agradable que había emanado de la cama y que, tal y como hicieran con anterioridad las manos de él al frotar su espalda, calmara su llanto, provenía nada más y nada menos que de… él. Se viró de espaldas, pues aunque en esta ocasión no estaba desnuda frente a él, se sentía tan descubierta como si estuviera desprovista de ropa. 'No debe ver que me sonrojo, ¡no debe!' De un día para otro, él la había visto tres veces como Dios la trajo al mundo, y también se había dado cuenta de que tenía el interior de sus muslos a la vista de todos, especialmente de él. ¿Cómo mirarlo a los ojos, cuando él ya lo había visto todo? 'Con él no tengo secretos', descubrió con desesperación, 'no hay nada sobre mí que él no haya visto…' Y por si fuera poco, escuchó que él se levantaba de la cama, y sin atreverse a mirar, lo sintió acercarse a ella, y tembló al pensar en la estatura de él, y lo pequeña que ella luciría junto al espigado príncipe. Entonces sintió que tocaban su hombro, y cuando se volteó, el sostenía la vasija de donde ella había extraído el girasol minutos antes. "¿Va a dedicarse a la jardinería?", preguntó Candy.
"¿Otra vez tratándome de usted? No es necesario que lo hagas mientras estamos en privado."
Ella tembló al oír la connotación que él había dado a la palabra 'privado'. "¿Para qué quiere… para qué quieres esa vasija?"
"¿No lo adivinas?" El sonreía divertido, con la malicia de quien estuviera a punto de hacer una travesura. "Aún queda agua en esta vasija, y tus plantas", señaló el punto de encuentro de las piernas de ella, "necesitan mantenimiento."
"¡No te atreverías!"
"¿Quieres apostar?" Se veía decidido, a medida que ella retrocedía, y él iba avanzando hacia ella. "Sólo se trata de vertir un poco de agua para irrigar ese jardín que tanto deseas preservar."
Ella agarró las almohadas de la cama, y las lanzó con toda su fuerza; pero al ver que él las esquivaba con éxito exclamó: "¡No dejaré que me mojes!"
"Y yo no permitiré que por un capricho tuyo lastimes tu doncellez."
Ella enmudeció. ¿Era su imaginación, o la siempre rara voz de él denotaba cierto grado de preocupación? Una parte de ella se estremeció, como si en el fondo hubiera esperado que él la protegiera de todo daño; pero de inmediato descartó esa conclusión, pues de seguro ella reaccionaba de ese modo debido a que estaba conciente del rol que ella desempeñaría en la cama del joven. No, el príncipe no se preocupaba por ella, sino por su orgullo propio ante la posibilidad de no ser él quien despoje de su virtud a la princesa de la noche… "Yo sé cómo cuidarme, y ni tú ni nadie pueden decirme qué hacer con mi cuerpo", sus ojos se llenaron de lágrimas, "excepto tomarlo." Y tomando el vaso de jugo que había dejado sobre la mesa, lo lanzó hacia él, derramando el contenido sobre la elaborada camisa.
El permaneció en silencio, pensativo, con la mirada puesta en la arruinada camisa. 'Está molesto… muy molesto', pensó Candy con temor, arrepintiéndose de su acto de inmadurez. Se había pasado de la raya, abusando de la generosidad de él al no haberla reprendido por la cachetada de la pasada noche, y para agravar las cosas, él continuaba con la vasija en la mano, y no quería que él se desquitara empapando la única pieza de ropa que llevaba puesta… y no le quedó otro remedio que darse la vuelta, y deshacerse de las hojas con las que había improvisado su nuevo escudo virginal. Temiendo lo peor, se aseguró de tener el caftan bien puesto, y se giró lentamente, a la espera de que él le entrara a azotes, o que la poseyera allí mismo, sin contemplación alguna… hasta que al fin él preguntó: "¿No vas a decir nada?"
Ella tragó saliva. ¿Qué debía comentar en estos casos: que no estaba en sus cabales, y que derramó el jugo sobre él porque no tenía nada mejor que hacer… o mejor le confesaba la verdad, que quería preservar su inocencia porque ahora no dejaba de tener la estúpida ilusión de entregarse solamente al único hombre con quien había deseado compartir su vida… su verdadero y gran amor? "Terry…", suspiró.
Tarkan la miró atónito, y sus ojos se tornaron tan negros como su cabello mal peinado dentro del fez, y por primera vez desde su encuentro en el mercado, la observó en forma desafiante. "¿Quién es Terry?"
Candy se llevó un puño a la boca. Una cachetada, y ahora un jugo derramado sobre su costosa vestimenta, no habían sido suficientes para airar al príncipe; pero la mención del nombre de Terry había transformado el rostro de Tarkan, y sus ojos negros parecían lacerar los de ella. No se había sentido tan atemorizada desde que quedara envuelta en sus brazos en el mercado, y comenzó a temblar al ver cómo el mentón de él estaba más pronunciado que de costumbre, y casi podía palpar los músculos tensos de su cuello… "¿Quién es Terry?", repitió él con voz más firme.
"¡Príncipe Tarkan!" Zerrin abrió la puerta con tanta fuerza que Candy cayó a la cama del susto… pero no estaba sola. Halando a Hüveyda por los cabellos, cerró la puerta tras su paso, colocando el cerrojo de manera que la morena concubina no hallara cómo huir. "¡Aquí tiene a la persona que colocó la cuerda!"
El príncipe, cuya mirada no había abandonado el rostro de Candy, desvió su atención hacia las dos mujeres. "¿Hüveyda?"
"Así es, señor", confirmó Zerrin, sujetando a la acusada del brazo. "Anoche, poco antes de que yo trajera a la joven Nadire a esta habitación, Hüveyda me había pedido permiso para salir del dormitorio de las concubinas, bajo el alegato de que el baño se había descompuesto y le urgía usar otro servicio sanitario, y dejé que se fuera…"
"Eso no explica lo de la cuerda, Zerrin", objetó Tarkan.
"No he terminado de contarle, señor-"
"¡Porque no hay nada más que contar!", gritó Hüveyda en su ya inalterable inglés. Sus ojos echaban chispas, en especial porque la susodicha "princesa de la noche" estaba acostada en esa cama, la cama del príncipe… y no era la rubia, sino ella, quien debía ocupar ese lugar.
Zerrin no se amilanó ante la actitud intimidante de Hüveyda. "Mientras usted tomaba el desayuno con la princesa, pregunté a dos guardias que hicieron la ronda de anoche si de casualidad habían visto a alguien pasar con una cuerda, y uno de ellos afirmó haber visto a una concubina salir del dormitorio de los eunucos con una soga en sus manos… al parecer hizo muy feliz a uno de ellos con tal de que le hiciera el favor de facilitarle la cuerda."
"¡Eso no es cierto!", gritó Hüveyda. "Además, ¿cómo voy a pagar a un eunuco con carne cuando no tiene-"
"Hay otras formas de recibir placer, Hüveyda", señaló Tarkan, caminando rumbo a la ventana donde Nadire había dejado reposar la cuerda, sin haberla movido de sitio. "¿Por qué lo hiciste… por qué quieres mortificar a tu princesa?"
"¡Ella no es mi princesa ni nada parecido!" Librándose del brazo de Zerrin, corrió a los brazos del príncipe, rodeando el cuello de él con sus brazos. "¡Yo puedo ser tu princesa, mi señor!"
Incapaz de comprender sus propias emociones, Candy sintió un escalofrío recorrer su espalda al ver a Hüveyda aferrándose al cuerpo de Tarkan. 'Estás confundida', pensó, 'te sientes así porque no has dejado de verlo desde que llegaste, y estás lejos de todo y de todos, así que no puedes pensar con claridad…' Y volvió a levantarse de la cama, esta vez para enfrentar a Hüveyda. "Si tanto quieres al príncipe", dijo con frialdad, "entonces quédate con él."
"¡Nadire, retira tus palabras de inmediato!", exclamó Zerrin en tono autoritario.
Tarkan observó a Nadire con detenimiento, y por un momento se quedó inmóvil, sin emitir palabra, permitiendo que Hüveyda se mantuviera pegada a él. 'Me está provocando', descubrió Candy con sorpresa, 'y está tomando revancha porque mencioné el nombre de Terry…' ¡El muy posesivo! No se conformaba con nombrarla su princesa de la noche, sino que también tenía que convertir a Hüveyda en su amante… Entonces él apartó los brazos de Hüveyda de su cuello y le dijo: "No niego que tu belleza es difícil de ignorar, pero tampoco olvido que debes ser castigada", se volteó en dirección a Candy, "y eso aplica también para ti."
Candy sintió que su mundo se detenía. ¡Entonces Tarkan sí había planeado darle un escarmiento de todas formas! "¿Cómo puedes ser tan cruel?", cuestionó.
"¡No permita que ella le hable en ese tono, mi señor!", exclamó Hüveyda con voz temblorosa, en anticipación a su inminente castigo.
"¡Cállate, Hüveyda!", ordenó Zerrin, quien volvió a sujetarla por los cabellos, y con la mano que le quedaba libre, quitó el cerrojo de la puerta, dispuesta a salir. "Aguardaré porque usted me dé instrucciones sobre el método de castigo de sus concubinas, señor."
"Sobre Hüveyda hablaremos más tarde… y en cuanto a Nadire, yo mismo me haré cargo."
Zerrin observó al príncipe con mirada helada, mas luego recobró su compostura, y haciendo una última reverencia a él y a Candy, se retiró del kiosko, llevándose consigo a una iracunda Hüveyda, quien no dejaba de gritar por todo el corredor: "¡Me las pagarás, Nadire!"
Candy volvió a quedar a solas con Tarkan en la habitación, con la incertidumbre de no saber qué pasaba por la mente del príncipe en ese momento. Había cometido demasiadas equivocaciones con él, y aunque en un inicio él se había mostrado paciente, su cordialidad había llegado al límite, y el Tarkan que ahora la desafiaba con ojos azabache era muy distinto a aquél que la había defendido de los contrabandistas, y que hoy había estado incluso a punto de besarla… había conocido el lado generoso de él, y ahora estaba a punto de descubrir su lado oscuro, y ella había sido la causante del cambio. El príncipe se había armado de un poderoso escudo como defensa a los ataques de ella, y ya no estaba segura de que volviera a ser el Tarkan de antes. ¿Pero por qué quería que todo volviera a ser así, "como antes", cuando apenas llevaba un día de conocerlo? Había transcurrido muy poco tiempo para que ella supiera con certeza cómo era la personalidad de él, y a juzgar por la seriedad con que la estaba mirando, dicha personalidad tenía muchos matices. "A tu derecha verás un ropero con varios vestidos a tu medida", dijo él luego de un largo silencio. "Volveré en cinco minutos… espero que estés lista para entonces."
"¿Vas a castigarme?"
"Iré a cambiarme", fue la rápida y cortante respuesta de él. "Más tarde pensaré cómo darte una lección." Y salió de la recámara, dejando a Candy con muchas incógnitas sobre lo ocurrido. A veces Tarkan se comportaba en modo jocoso, y otras, se tornaba serio e introvertido. ¿Cómo era él en realidad? Un remolino de emociones se formaba en su interior cada vez que pensaba en él, en su instinto protector, y en su enojo al escuchar el nombre de Terry. Por un lado, era un muchacho prepotente, sin el más mínimo escrúpulo para adquirir mujeres a cambio de dinero, ni para disciplinar a una problemática concubina, pero por otro… "El tenía razón", dijo, mientras caminaba hacia el ropero, "él no fue quien colocó la cuerda, y tampoco mandó que me depilaran…" ¿Cómo pudo haberlo juzgado tan mal? Desde su llegada al palacio, no había hecho más que causar problemas al príncipe, y no en balde él quería darle su merecido; lo que no comprendía era qué papel jugaba Hüveyda en todo esto. Según las historias contadas por Albert, las concubinas no estaban supuestas a enamorarse de los sultanes y príncipes, sino a fungir como instrumentos de procreación y placer, así que Hüveyda no debía tener motivos para estar celosa de la princesa de la noche; en todo caso, era ella, Hüveyda, quien tenía la dicha de no ser el centro de atención del príncipe, a diferencia de ella, quien debía estar con él día y noche. Sin dar más vueltas a su ya atribulado pensamiento, abrió el ropero, y lo que vio allí la había dejado sin habla: unos siete u ocho vestidos nunca antes vistos en América, todos con brillante colorido, colgaban del pelchero, y las telas eran tan exquisitas y satinadas que Candy no estaba segura si era correcto llevar puesta una de esas piezas. "Hüveyda no se veía tan elegante hoy; su vestido era parecido al de Zerrin…" Y de repente recordó que había sido escogida por Tarkan como su princesa de la noche, y por tanto, su vestimenta sería más fina y diferente del resto de las concubinas… en verdad luciría como una princesa. Y para complementar el vestuario de ensueño, un par de tiaras con auténticas joyas, y una serie de brazaletes que hacían juego, habían sido colocadas junto a la ropa.
Debido a su trabajo como enfermera, no había sido práctico portar joyas, y su estilo de vida tampoco le había permitido comprar alguna, aunque tampoco le gustaba mostrar tanta opulencia; sin embargo, las sencillas, pero bien confeccionadas alhajas que admiraba realzaban tanto los hermosos caftanes, que hubiera sido un pecado dejarlas en el olvido. Cerrando los ojos, extrajo el primer vestido que tocó con la mano, y al abrirlos nuevamente, se encontró acariciando el delicado material de una pieza dorada con franjas y bordes rojos, cuyas mangas caían en vuelo bajo su antebrazo, terminando en una falda con aberturas en ambas piernas, revelando una segunda capa de tela, también con detalles rojos y dorados, y más arriba, un cinturón del mismo color afinaba su cintura. "¡Qué bonito!", exclamó Candy con una sonrisa. La vida le había dado la oportunidad de llevar hermosos conjuntos de ropa, casi todos durante el tiempo que había residido con los Andley, y debía estar agradecida a ellos por eso, aunque en los últimos meses no quería volver a saber de ellos. "Fui muy afortunada al ser adoptada por Albert", dijo con tristeza. Tomó dos de los brazaletes y los colocó en su brazo izquierdo, y luego de mucho pensarlo, escogió una sencilla tiara dorada con diminutos cristales blancos, y al adornar su cabeza con la misma, su cabello quedó ligeramente recogido hacia atrás, pero sólo un poco. Corrió hacia el espejo, y sonrió al ver su imagen, la imagen de una princesa… la imagen de una mujer. Se colocó las mismas sandalias de la noche anterior, pues hacían juego con su fino caftan, y miró de reojo los vestidos que quedaban en el ropero, y observó que todos eran de su talla, y el que llevaba puesto le sentaba a la perfección. ¿Habría sido Zerrin la encargada de adquirir la ropa, o la había seleccionado el príncipe mismo? "Qué cosas dices… el príncipe no tiene tiempo para ordenar ropa para una chica."
"Sí lo tuve, Nadire." Una vez más, Tarkan había entrado en silencio al kiosko, y en esta ocasión, la tensión había abandonado su rostro, suavizando sus facciones, y sus ojos lanzaban destellos ambarinos, tal vez debido a su camisa color café. ¿Qué inverosímil combinación entre la luz del día y el falso pigmento de él convertía sus pupilas en un prisma de colores? Sin ánimos de romper el hielo, Candy volvió a contemplarse en el espejo, sintiendo la mirada de él sobre ella. ¿Acaso venía a administrarle el mencionado castigo? Reunió el valor para auscultar en su penetrante mirada, y el fuego que encontró en sus ojos casi la hizo tambalearse… "Te ves hermosa, Nadire", dijo él con voz ronca, y en dos pasos estaba junto a ella, mirando el reflejo de ambos en el espejo, y sin dejar de contemplarla en su nuevo atuendo, colocó sus manos con guantes sobre los diminutos, pero fuertes hombros. "Te ves… eres, muy hermosa… Candy."
Ella abrió los ojos, perpleja, sin quitar la vista del espejo. Al fin lo había escuchado llamarla por su nombre, su identidad, su vida… el hogar de Pony, Lakewood, su breve pero emocionante temporada en Londres y Escocia… Tarkan se había topado, con la sola mención de su nombre de pila, con el pasado y el presente de Candy, y en medio de todo, estaba él, sonriendo a la imagen de ella en el espejo. Pero más que agradarle oír su nombre de labios de él, pues estaba claro que en Estambul debía llevar el nombre que se le había asignado como concubina, su corazón ya se había henchido desde la primera vez que le dijo… hermosa. No se consideraba poco agraciada, pero tampoco era un derroche de belleza como Annie o Susana Marlowe, y no pocas veces Anthony, al igual que Stear y Archie, había comentado favorablemente sobre su tipo de belleza… y aunque Terry no había tenido la oportunidad de decirle lo que opinaba sobre su físico, a juzgar por su impulsivo beso en Escocia, y por los pretextos con los que él buscaba tener contacto con ella, tenía la impresión de que, en el plano estético, tampoco le había sido indiferente. ¡Si tan sólo hubiera escuchado a Terry decir, al menos una vez, que ella era hermosa! Pero ahora, en una ciudad muy lejos de Broadway, su realidad era que un contradictorio y apuesto príncipe otomano la miraba con genuino deseo, elogiando sus cualidades físicas. "Gracias", susurró al fin, halagada por el cumplido.
El retiró las manos, y caminó rumbo a la ventana donde aún estaba la cuerda que había dejado Hüveyda. "Antes de haberme golpeado y decirme que me odiabas", sonrió divertido, "habías comentado que te sentías encerrada en este cuarto…"
"He hecho y dicho cosas que no debí-"
"De cualquier manera, Nadire", interrumpió él, trepando de un salto la ventana, "mañana recibirás el castigo que te corresponde."
Candy tembló al configurar en su imaginación otro espectáculo como el que había presenciado en el mercado, y arrancó el horrible recuerdo de su mente, y se dedicó a mirar, con curiosidad, al príncipe, quien ahora levantaba la cuerda en el aire, hasta que la lanzó muy lejos, quedando colgada del fuerte tronco de un roble que estaba a unos metros del kiosko, y Tarkan, sosteniendo el otro extremo de la cuerda, extendió un brazo hacia ella. "¿No vienes?"
Ella no sabía qué pensar. ¿No se suponía que él estaba a punto de azotarla o algo parecido? Llena de curiosidad, tomó su mano, y a pesar de los guantes, una corriente de electricidad recorrió su espina dorsal. Sin saber por qué, se había formado una conección entre ellos, tan evidente que continuaron con las manos entrelazadas aún después que ella había trepado al borde de la ventana, y para su intranquilidad, no quería que él la soltara. "¿Qué piensas hacer?", preguntó, con una pizca de entusiasmo en su voz, y fue entonces cuando descubrió el espectacular paisaje frente a ellos. Cuando ya creía haber visto el palacio en su totalidad, una gran extensión de tierra, a través de la cual estaban distribuidos varios edificios, la dejaron sin habla… y al final, el Bósforo sonreía en el horizonte, y al otro lado, la ciudad de Estambul era toda bullicio y movimiento. Jamás hubiera imaginado disfrutar de tan magnífica vista desde el harén, y fue así como comprendió finalmente por qué Tarkan la había instalado en su propio aposento. "Nunca quisiste encerrarme", le dijo en un susurro, quedando atrapada en sus ojos almendrados, "me diste la habitación más bonita del palacio."
Una luz brillante resurgió en lo más recóndito de las pupilas de Tarkan, y las líneas de expresión alrededor de sus párpados se contrajeron, y su rostro se iluminó con una leve sonrisa. 'Aún no he visto su dentadura', pensó Candy con tristeza, mientras él rompía el silencio diciendo: "Hasta que al fin te diste cuenta", y rodeando la cintura de ella con un brazo, se impulsó en la cuerda, y ambos volaron en el aire en dirección al tronco del árbol.
Una cálida brisa acariciaba el rostro de Candy. Ya no recordaba la última vez que había trepado árboles en el hogar de Pony, pues había dejado de hacerlo; pero aquí en Topkapi, el paseo no sólo refrescaba sus días felices en la cima del padre árbol… también era la primera vez que hacía la pirueta en compañía de alguien. El brazo de Tarkan alrededor de su cintura la mantenía segura de un posible golpe o aterrizaje forzoso, y al voltearse a verlo, él la miraba con ojos risueños, ansiosos de iniciar una aventura. Llegaron al tronco del árbol, y cuando ambos bajaron de la cuerda, ella comenzó a reír, esta vez a carcajadas, feliz de haberse transportado de un lugar a otro del palacio, gracias al príncipe. "¡Fue tan divertido!", exclamó riendo, "¡Es como si volviera a ser niña otra vez!"
"Todos somos niños en uno u otro modo", sostuvo él, aferrándose al tronco del árbol con el fin de iniciar su descenso a tierra. "Hemos ahorrado el tener que bajar por las escaleras de la terraza o atravesar el área de la alberca."
"¡Así es!", secundó ella con alegría. De repente, sentía alivio dentro del triste giro que había dado su vida en los últimos días. Al igual que Albert, necesitaba estar en contacto con la naturaleza para hallar sosiego y serenidad. "¿Dónde estamos?"
"Este es el cuarto atrio del sarayi, una especie de santuario familiar", explicó él mientras bajaba del tronco, y con sumo pesar, ella hizo lo propio, deteniéndose de vez en cuando para admirar las inmediaciones del palacio. Una vez sobre tierra, él dijo: "Vamos a dar un paseo… y por supuesto conversaremos sobre ti."
"No hay mucho sobre mí que debas conocer, al menos no para tus propósitos."
"Yo no pienso igual", argumentó él, dando inicio a la marcha. "Lo primero que debo preguntarte es, ¿cómo rayos llegaste aquí?"
"¿No te contó Enise ayer?"
"Sólo dijo que caíste de un barco, y unos contrabandistas te encontraron y te subieron a su goleta."
"No recuerdo nada del naufragio", confesó ella. "No sé cómo sucedió, ni qué ocurrió mientras deliraba de fiebre en la otra embarcación."
"Debió ser duro para ti despertar en un país desconocido, con la buena nueva de que te habías convertido en una esclava de Estambul."
"No te burles", dijo ella con dolor, "tú tampoco debes estar pasándola bien lejos de tu madre…"
El se detuvo, y ella permaneció en silencio. ¿Acaso había dicho algo indebido? Optó por quedarse callada para evitar cometer otra indiscreción, pero él seguía allí, petrificado, frente a un edificio matizado de azulejos con aplicaciones florales. "¿Qué es este lugar?", preguntó, a modo de hacer conversación.
Pero él continuaba detenido en el tiempo, allí, con mirada gélida, frente al hermoso, pero solitario pabellón. "¿Qué te pasa, Tarkan?", insistió Candy con inquietud.
El respiró profundo, y ella pudo ver cómo él trataba de relajar los músculos de sus hombros. "No deberás mencionar este lugar, Nadire… nunca."
"¿Por qué?"
"Está prohibido, eso es todo", dijo él con parquedad, y prosiguió la marcha. ¿Qué acontecía en aquel pabellón que ocasionaba una reacción tan brusca en él? 'Tenía miedo', descubrió, 'y pronto voy a averiguar por qué teme tanto pasar por aquí.' Y continuó caminando a su lado, hasta que él rodeó la cintura de ella con un brazo, atrayéndola hacia él. "Fui muy rudo contigo… perdóname, Nadire."
Ella lo observó boquiabierta. Luego de haber pasado frente al pabellón, Tarkan se había conducido con ella de manera tosca y desagradable, y ahora que se habían alejado del grande y solitario kiosko, volvía a expresarse con seguridad. ¿Qué tenía ese kiosko que lo había puesto tan vulnerable? Sintió una profunda lástima por él, pues por primera vez lo había visto en un perfil más humano, mostrando debilidad, y ya no lucía tan peligroso para ella. "No hay nada que yo deba perdonar", señaló, y los ojos de él resplandecieron con un azul turquesa, y ella avanzó unos pasos delante de él, para esquivar ese color de ojos que le recordaba tanto a Terry. 'Si tan sólo estuvieras aquí', pensó, a medida que echaban un vistazo a otros pabellones de interés, 'estaríamos corriendo por los predios, y yo escucharía tu hermosa risa…', pero Terry estaba en Broadway con Susana, sin tener idea de que "Tarzán pecosa", como solía llamarla, había naufragado hasta llegar a territorio otomano, y era mejor así, pues de haber sido Terry, y no ella, quien hubiera sido capturado y llevado como prisionero a Anatolia, no hubiera sobrevivido para contarlo, contrario a ella, quien a pesar de haber sido comprada por el príncipe, estaba a salvo de los soldados otomanos y otras personas de peligro. 'Debo dar gracias a Dios, porque pudo haber sido peor", concluyó, y de repente se detuvieron frente a lo que parecía ser una cabaña al pie de unas escaleras; y cuando Candy buscó la mirada de Tarkan en busca de respuestas, éste explicó: "Es la clínica del palacio, y el médico residente proviene de Francia, aunque domina varios idiomas, entre ellos el inglés."
"¿De veras?" El corazón de Candy se llenó de inmensa alegría al conocer el lugar donde se realizaban servicios de salud. Aunque negaba admitirlo, extrañaba su trabajo, ayudar a los pacientes, consolando a los enfermos cuando éstos creían que ya no había esperanza… Subió las escaleras corriendo, y Tarkan siguió sus pasos preguntando: "¿Te sientes enferma?"
Ella sonrió. "Al contrario… ¡estoy feliz de haber encontrado este hospital!"
"¿Eres enfermera o algo parecido?"
"¡Lo soy!" Y abrió la puerta sin avisar, pero en cuanto lo hizo, lanzó un grito de espanto. Un eunuco, quien estaba bajo los efectos de un sedante, estaba siendo operado en sus órganos castrados, y en sus años en la medicina, Candy no había visto nada igual. Retrocedió unos pasos cuando el médico detuvo el procedimiento, y levantando las manos, comenzó a gritar en francés, haciendo señas para que ella abandonara el cuarto.
Candy sintió que sus mejillas se sonrojaban. "Disculpe, yo…" Pero quedó sin palabras al desviar la mirada hacia el paciente que estaba siendo intervenido, y corrió hacia la puerta, pero en vez de hallar la salida, terminó en brazos de Tarkan, quien recién había entrado; y en vez de separarla y seguir avanzando al interior de la clínica, la apretó aún más contra él, acariciando su espalda tal y como había hecho la noche anterior. "Te has sonrojado", dijo él con suavidad, guiando las manos de ella hacia su pecho.
Ella no quería mirarlo a los ojos, pues sabía que en el momento en que lo hiciera, quedaría atrapada bajo el embrujo de los mismos, pero la imagen del eunuco en plena fase operatoria no era nada alentadora, así que alzó la barbilla para mirar cara a cara al príncipe. El azul de sus pupilas, ahora en un tono celeste, resplandecía a medida que él continuaba tocando su espalda, y lejos de sentir repulsión o empujarlo, se mantuvo quieta en sus brazos, sintiendo los latidos de su corazón bajo sus manos. No debía pensar en lo agradable que era estar tan cerca de él, pero no pudo evitar sentir nudos en su estómago al ser tocada por el aliento del príncipe, tan suave como la brisa de Estambul, y reconoció que nunca antes había quedado tan pegada a otro cuerpo, ni siquiera durante el tiempo en que uno u otro huérfano trepaba a su cama en el hogar de Pony buscando alivio a una pesadilla. Había sido abrazada por Anthony, y también había compartido expresiones fraternales con Albert, y en menor grado, con Stear y Archie; no obstante, su noción sobre la intimidad había comenzado a cambiar la noche en que Terry la había alcanzado en las escaleras del hospital Saint Joseph, durante su separación. La agonía de haber decidido tomar rumbos separados, y el tácido acuerdo de cada uno, pésimamente cumplido, de encontrar la felicidad, habían pasado a otro plano en el momento que ella y Terry sostuvieron una silenciosa comunicación en aquel abrazo, más expresivo, solidario y amoroso que cualquier palabra intercambiada, un abrazo lleno de amor y respeto mutuo, y al mismo tiempo, del sabor amargo del adiós. Su recuerdo sobre ese último instante junto a Terry era pues, uno agridulce, ya que el fuerte sentimiento que los había mantenido unidos aún en la distancia, se había empañado con el dolor de tener que separarse. A partir de entonces, no había vuelto a experimentar este tipo de enlace, pero ahora que estaba abrazada a Tarkan, con su femenino y abultado pecho comprimido contra el de él, comenzaba a adquirir conciencia del efecto que creaba en el cuerpo la atracción entre un chico y una chica, y que dicha reacción no era sino un mensaje de la mente y el corazón. "Ese eunuco", explicó, luego de una prolongada pausa, "lo están operando, y nunca había visto un hombre sin su-"
Los vestigios de una sonrisa se asomaron a los ojos de Tarkan. "Entiendo… una enfermera que lo ha visto todo, excepto esto", y sin deshacer el abrazo, habló al médico cuya labor había sido interrumpida: "Le ruego que disculpe a la señorita, doctor Dujardin; ella es enfermera, y apenas me había comentado que moría por aprender algo nuevo hoy, pero por lo visto entró sin tocar a la puerta antes."
Dujardin se inclinó hacia adelante para reconocer la presencia del príncipe. "Soy yo quien solicita su perdón, señor", dijo en un claro inglés, "por no haberme dado cuenta de que la joven estaba haciéndole compañía."
"Debimos haber avisado nuestra llegada", se excusó Tarkan, "pues no todos los días una concubina sale de las inmediaciones del harén."
Candy miró a Tarkan con asombro, olvidando que a pocos metros el eunuco se mostraba en toda su anatomía. "¿En serio las concubinas no abandonan el harén?"
"Casi nunca", respondió él, sin molestarse en romper el abrazo, "y si no intentas escapar, podrías salir más a menudo."
"Ejem", el doctor Dujardin estaba impaciente por resumir la operación, pero no quería desperdiciar esta oportunidad presentada justo frente a sus ojos. "¿Decía usted que la señorita es enfermera?"
"Así es", contestó el príncipe.
"Entonces solicito su permiso para que la joven pueda venir de vez en cuando, pues sería bueno para su esparcimiento, y me sería de mucha ayuda para llevar a cabo las intervenciones más complicadas."
"¿Y por qué el Sultán no le ha asignado una enfermera o médico adicional?"
"Están todos en Yildiz, señor."
"Cierto es." Entonces contempló a Candy, de quien aún no pensaba separarse. "¿Qué dices, princesa… quieres matar tu aburrimiento ayudando al doctor Dujardin?"
"Debería ser yo quien pida que me conceda ese favor, no usted", dijo ella, recordando que no debía tutearlo en presencia de otros, aunque solía olvidarlo cuando estaba frente a Enise y Zerrin.
"Pues que no se diga más", dijo él, "si me permite, doctor Dujardin, mi princesa y yo estamos a la mitad de un paseo."
"Pierda cuidado, señor", sonrió Dujardin. "Como puede ver, estoy muy ocupado…"
Candy comenzó a reír a carcajadas. "¡Pobre de usted, doctor! Lo estamos importunando…", y apartándose del príncipe, se encaminó hacia la salida, pero él la alcanzó, colocando una mano sobre la espalda de ella, mientras abría la puerta para que pasara. "Siempre conmigo", susurró a su oído. Una vez más, sus reflejos la traicionaron al sentir cómo hormigueaba su piel al sentir el roce de esos dedos… '¿Cómo se sentirán sus manos sin los guantes?', preguntó en su interior.
Bajaron las escaleras en silencio, y avanzaron un poco más hasta llegar a un amplio jardín, como última parada de la improvisada excursión, y Candy sintió la adrenalina subir por sus venas, y sus piernas se movieron sin cesar, preparándose para el inicio de una gran carrera… y corrió sobre la hierba, haciendo piruetas en el aire, y aunque no estaba en Escocia ni en el hogar de Pony, había hallado en Topkapi un nuevo espacio donde admirar las bellezas naturales a sus anchas.
"¡No tan rápido, Nadire!", gritó Tarkan a lo lejos, "¡o me obligarás a ir por ti!"
"¡Tú no corres tan rápido como yo!"
"¡No olvides que ayer te detuve!"
"¡Pero no más!", exclamó ella entre risas, saltando del mismo modo como acostumbraba hacerlo en la colina de Pony. Así estuvo unos minutos, recorriendo y conociendo el terreno con una euforia indescriptible. Debería estar triste y deprimida por estar muy lejos de su casa y no poder escapar como quisiera, pero su futuro ya no se vislumbraba tan negro; sólo era cuestión, tal y como había sugerido Edwina, de aguardar porque llegara el momento apropiado, pero mientras tanto, sacaría el mayor provecho posible a las bellezas del palacio, y trataría de no pensar en las noches que le esperaban junto al príncipe… "¿Tarkan?"
El la sorprendió tomándola de la cintura. "¡Lo hice otra vez!", exclamó con júbilo.
Ella se apartó, pues no quería atravesar otro momento de confusión, ya que sus dudas terminarían por desembocar nuevamente en Terry. "¡Eso no se vale!", protestó, "¡Me tomaste desprevenida!"
"¿Y quién ha dicho que estamos jugando?"
"¡Yo lo digo!"
"Qué extraño", dijo él con tono burlón, mientras se frotaba la barbilla, "anoche dijiste que me odiabas."
Ella enmudeció de repente. El Tarkan que correteaba con ella alrededor de la propiedad era muy alegre y divertido, en contraste con el implacable jinete que había sido capaz de cerrar un mercado, y el hombre cuya expresión había sido indescifrable al oír mencionar el nombre de otro en los labios de su próxima amante. Cambiando el tema, se concentró, con genuino interés, en el pasado de su compañero. "¿A qué te dedicas, Tarkan?"
El sonrió. "¿Te refieres a cuando no soy príncipe?" Y al ver que ella reía en afirmativa respondió: "Estudiaba literatura en una universidad de Londres."
"¿De veras?" Ella se rascó la cabeza. "¿Y cuántos años tienes?"
Con ojos púrpura profundo, él se adentró en las pupilas de ella. "Los suficientes para hacerte mi mujer."
"Eso sí que no", dijo ella, sepultando las piernas en el suelo para controlar el temblor de las mismas. "Yo jamás seré tuya, al menos no con el corazón."
"Ya veremos", insistió él, y dio paso a otro asunto de interés. "No me has dicho de dónde vienes, ni con quién andabas cuando caíste del barco."
"Soy de Illinois, y estaba viviendo con mis madres de crianza en el hogar de Pony-"
"¿Y no estabas trabajando?"
El comentario la había tomado por sorpresa. Tarkan no sólo era inteligente, sino además generoso con sus súbditos, y prestaba atención a cada palabra o detalle de ella. "Estaba tomando un tiempo de descanso cuando Albert y su familia me invitaron a viajar a El Cairo-"
"¿Te refieres a William Albert Andley, el magnate?"
Ella quedó boquiabierta al escucharlo. "¿Cómo lo sabes?"
El se acostó sobre el césped, apoyándose en un codo. "Poco antes de salir de Londres, leí una breve noticia sobre él en los diarios, aunque no se ofrecían muchos detalles."
"Entonces también debes saber quién es-"
El alzó una ceja en señal de alerta. "¿A quién te referías, Nadire?" Al ver que ella no contestaba, repitió: "¿De quién querías hablarme?"
Candy quedó sin palabras. Estaba tan envuelta en su regocijo porque Tarkan conocía de referencia a Albert, que no había tomado en cuenta que si hablaba con él sobre Terry, y que si, en efecto, él tenía conocimiento de su carrera actoral, el príncipe movería cielo y tierra para encontrarlo, en cualquier parte del mundo, y entonces el Sultán y sus hombres considerarían al actor un enemigo para los intereses del harén, en virtud de su pasada relación con ella. Y aunque a medida que pasaban las horas estaba más convencida de que Tarkan no sería capaz de causar daño a nadie, no quería tentarlo a rebasar los límites para tener a su princesa de la noche. "¿No es Zerrin quien viene caminando con una bandeja de comida?"
Sin retirar sus ojos púrpura de los de ella, él asintió con la cabeza. "Ordené que trajeran el almuerzo hasta aquí… aunque no entiendo por qué fue Zerrin quien vino, y no uno de los sirvientes."
Candy dio gracias a Dios en silencio por la oportuna llegada de Zerrin, y tomó asiento junto al príncipe, deseosa de probar los exquisitos platos que con toda probabilidad había preparado Edwina. Y cuando Zerrin finalmente llegó a ellos, agarró el plato que ésta le había ofrecido, y engulló la comida sin detenerse a respirar. "Despacio, Nadire", dijo Tarkan, recibiendo su porción de manos de Zerrin, "no quiero que sufras una indigestión."
"¡Es que todo sabe tan rico!", exclamó ella con deleite, bebiendo un sorbo de jugo.
"Gran alivio me produce saberlo, joven Nadire", expresó Zerrin, "pues fue Hüveyda quien preparó todo."
"¿Hüveyda?"
Zerrin miró al príncipe sin comprender. "¿Es que usted no le dijo…?"
"No es necesario que lo sepa, Zerrin", sostuvo Tarkan.
"¿Saber qué?", preguntó Candy con interés.
Haciendo caso omiso a las indicaciones del príncipe, Zerrin explicó: "El joven Tarkan no acostumbra castigar a nadie, pero entendía que tenía que actuar de inmediato con Hüveyda, para impedir que siguiera haciendo maldades a usted… y tomó la sabia decisión de enviarla a ayudar a Enise en la cocina."
Con el corazón acelerado con la esperanza de un castigo menos severo, Candy dirigió su mirada al príncipe. "¿Entonces no piensas azotar a nadie?"
Pero la respuesta de él no era nada satisfactoria. "No cantes victoria, Nadire. Tal vez no haya mandado a castigar a Hüveyda, pero no he olvidado que tenemos algo pendiente que resolver."
"Oh, no…"
"Siento mucho interrumpirlo, señor", dijo Zerrin, "pero me temo que deberá terminar su almuerzo cuanto antes, pues acaba de llegar un mensajero de Yildiz informando que el Sultán ha convocado a todos sus hijos a una reunión en donde se van a discutir los planes para contrarrestar un posible ataque de los armenios."
Tarkan se incorporó, apurándose con los alimentos. "Una guerra en plena ciudad es lo último que deseo en estos momentos."
La desesperación se apoderó de Candy. ¿Cómo podía escapar más adelante si Estambul se iba a las armas con Armenia… y qué papel desempeñaría Tarkan en el conflicto armado? "¿Tú también vas a combatir?"
Los ojos del príncipe se llenaron de tristeza. "Hablaremos de eso más tarde, princesa." Tomándola de la mano, la ayudó a levantarse. "Lamento tener que dejarte así en nuestra primera cita-"
"¡Esto no es ninguna cita!"
"Te prometo que mañana será mejor", aseguró él, y con Zerrin en medio de ambos, caminaron de regreso al harén, y de vuelta en la puerta del kiosko, Candy sintió un desgarrador vacío en su interior. Había tenido, con ironía, una de las mañanas más mágicas de su vida, y ahora volvía a la realidad del concubinato. Y percibiendo su melancolía, Tarkan le dijo: "Puedes dar una vuelta por el harén mientras Zerrin y yo acudimos a la reunión con el Sultán."
"Pero-"
"Te veré luego", dijo, y él y Zerrin marcharon hasta desaparecer del corredor. ¿Qué planes tenía el Sultán para la guerra, y qué correspondería hacer a Tarkan en la misma? Aunque era un hombre valiente, ella no se imaginaba al príncipe apuntando a civiles con un arma y disparando a diestra y siniestra; y si el Sultán le ordenara hacerlo, de seguro Tarkan no contaba con suficiente experiencia para formar parte de la batalla, él, un estudiante de literatura… Hubiera querido preguntarle si le gustaban las obras de teatro, pero evitó hacerlo, para evitar correr el riesgo de que el príncipe reconociera a Terry de algún lado, sin embargo… "Tarkan no puede ir a la guerra", dijo en voz alta, mientras se acostaba en el amplio sofá de la sala. ¿Por qué se preocupaba tanto por él? Su concepto sobre el príncipe había cambiado bastante en el transcurso del día, pero no tanto para considerarlo su amigo, y mucho menos para estar pensando en él a cada instante, aunque era inevitable, pues cada vez era más probable que lograra su anhelo de convertirla en su princesa de la noche…
No supo en qué momento se quedó dormida; lo único que recordaba era que había cerrado los ojos, reviviendo el fugaz viaje que ella y el príncipe hicieron desde la ventana del kiosko hasta el árbol, y al abrirlos, el anaranjado sol de Anatolia anunciaba el atardecer a través de los vitrales de la habitación. "¿Cuánto tiempo estuve dormida?", preguntó, y al levantarse, tuvo que sostenerse del sofá para no caer. Una fuerte punzada en el estómago la había dejado sin aliento, y el dolor se extendió a su vientre, provocando una serie de contracciones. "Tranquila, Candy, es sólo una indigestión…" Y se dio un masaje con las manos, esperando hallar en el mismo un alivio para el dolor; y al cabo de unos minutos, el mismo desapareció, y ella suspiró tranquila. "Debes tomar los alimentos con más calma, por muy exquisitos que sean", se reprochó. "Tomar un baño me vendría muy bien", y entonces recordó la agonía del día anterior, y justo cuando había decidido no asearse más el resto de su vida, encontró una bandeja de comida, con una nota adjunta sobre la mesa: El príncipe me encargó dejar en tu ropero unos efectos de higiene mientras ustedes disfrutaban su paseo, y quiere que te bañes en la alberca, pues nadie pasa por allí… Enise."
Candy exhaló una fuerte bocanada de aire. "Gracias, Dios mío… y gracias, Tarkan", dijo, con sus ojos al borde de las lágrimas. "Ya no debo preocuparme porque otros me bañen", y recordó que el príncipe tenía por costumbre tomar el baño a altas horas de la noche, sin que nadie alcanzara a ver su cuerpo quemado… 'Quisiera preguntarle sobre su accidente, pero debe ser muy doloroso para él, y no sabe que estoy al tanto de su historia', pensó.
Luego de comer una pequeña porción de la cena, pues no era saludable bañarse con el estómago lleno, sacó una túnica informal del ropero, y con una toalla y jabón en mano, salió de la habitación, bajando las escaleras hacia la alberca visible desde su dormitorio. A diferencia de los baños públicos, el lugar era apacible, invitando a relajarse y nadar en las mansas aguas. Miró a todos lados, y asegurándose que no había nadie a la vista, se quitó toda la ropa, y se metió al agua, sintiendo la fría temperatura entre sus piernas. "Lo había olvidado, ahora estoy más sensible…" Y para aclimatarse a las aguas, nadó con dominio y dedicación, permitiendo que la ligera corriente acariciara su cuerpo. Luego se enjabonó y se lavó el cabello, y después retomó sus ejercicios en el agua. Nunca antes había nadado desnuda, y aunque al principio se había sentido incómoda al respecto, ahora braceaba con mayor libertad, gozando de tener la alberca para ella sola…
"¿Así que ahora te bañas aquí, eh?"
Candy flotaba en la superficie cuando vio la silueta de Hüveyda aproximarse al borde de la alberca. "¿Qué quieres?", preguntó.
Hüveyda la miró con reproche. "Por tu culpa ahora estoy encerrada en una cocina, y no fue sino hasta ahora que se me permitió salir, así que no tengo mucho tiempo…" Y tomando en sus manos todas las pertenencias que Candy había dejado fuera de la alberca, incluyendo la toalla, huyó corriendo al dormitorio de las concubinas.
"¡Espera!", gritó ella a todo pulmón, pero Hüveyda siguió corriendo hasta esfumarse por completo. "¿Qué hago? Me he quedado sin ropa, y aunque no hay nadie alrededor, en cuanto llegue al corredor pudiera tropezar con algún sirviente…" Pero tarde o temprano tendría que salir de la alberca, o de lo contrario, sufriría una hipotermia, y sus dientes ya empezaban a rechinar de frío, y sin pensarlo más tiempo, salió del agua, y de inmediato sus pechos se irguieron con el frío de la noche que se avecinaba. Sin una toalla con qué secarse, sacudió el cuerpo para quitar el exceso de agua, y se dio la vuelta, justo a tiempo para ver al príncipe caminando hacia ella. "Quise saber dónde estabas y-" Enmudeció de repente, y antes que llegara a ver su intimidad al descubierto, ella cruzó las piernas, y colocó los brazos frente a sus puntiagudos pechos. "Hüveyda", susurró, tiritando de frío, "se llevó toda mi ropa…"
"No te ocultes de mí", dijo él con voz ronca, extendiendo una mano al interior de las piernas de ella, y muy sutilmente, separó las mismas, exhibiendo la nueva frontera ante los ojos celestes de él. "No tienes de qué avergonzarte… luces hermosa", y retiró los brazos que se aferraban al pecho, revelando los capullos que seguían elevados por el frío, y una repentina ola de calor envolvió la parte baja de su vientre. Entonces él la miró a los ojos, abandonando el deseo que había invadido los mismos, y con inmensa ternura, la levantó en brazos, cobijándola en su pecho, y sin dejar de frotarle la espalda para darle más calor, subió las escaleras en dirección al kiosko. Ella mantenía los ojos apretados, pues las llamaradas de calor que consumían su interior aún estaban presentes, y lo oyó decir: "Debo darle las gracias a Hüveyda, por permitirme admirar a mi mujer…"
Al oírlo, ella abrió los ojos con emoción, y al buscar en las profundidades de las pupilas del príncipe, un intenso zafiro había tomado posesión de ellas. 'No, Dios mío, Terry…' Se cubrió el rostro con las manos, ocultando la cabeza en el cuello de él, hasta que entraron a la habitación, y luego de haberla depositado sobre la cama cuyas sábanas ahora estaban limpias, acercó un pulgar a uno de los pechos de ella, y sin apartar su azulada vista de los ojos esmeralda, rozó, de manera casi imperceptible, el arrugado pétalo, y ella sufrió una ligera sacudida de estremecimiento. "Dulces sueños, princesa", y con mucha calma, se alejó hasta cerrar la puerta tras de él.
Había llegado su turno de tomar el baño. Entrando a la recámara perteneciente en tiempos antiguos al rey Murat III, el príncipe tomó sus artículos, y salió rumbo a la alberca. A pesar de la poca distancia entre el área de aseo y el dormitorio de las concubinas, podía limpiarse a sus anchas, removiendo la pintura de su cuerpo, y eliminando el exceso de aceite de su cabello. Para su fortuna, los apartamentos de las concubinas estaban enrejados y clausurados a la vista de los visitantes, lo que imposibilitaba que alguna curiosa chica como Hüveyda fisgoneara a través de las ventanas.
Era el único momento que tenía para pensar como quería, para hablar a solas como quería, para ser él mismo, sin títulos de nobleza. Se restregó toda su fisionomía con el mismo tedio con que lo había hecho desde que llegara al palacio, y aunque el agua estaba insoportablemente fría, el deseo, y otras emociones de mayor intensidad, habían comenzado a adueñarse de él. No debía pensar en ella de ese modo, pero era tan dulce, tan exquisita, tan auténtica… y por casualidades de la vida, la había visto desnuda varias veces, y aunque siempre procuraba portarse como un caballero, no era inmune a su naturalidad, ni al aplomo con que ella afrontaba su actual posición en el harén. Tratando de controlar sus impulsos, sujetó el interior de sus piernas con una mano, pero todo era inútil: la princesa ya tenía carcomido su cerebro, y cuando ella había reaccionado con gozo al ser tocada por él, tuvo que contener las ansias de contarle todo, las razones por las cuales había aceptado, sin resistencia, vivir en Constantinopla, el comentado incendio, la amenaza del Sultán… pero ella no merecía añadir una carga adicional de problemas a su vida, y era casi un hecho que, una vez ambos quedaran fuera de la nación otomana, no volverían a verse nunca más. "Debo aprovechar al máximo este tiempo", dijo en un susurro, dejándose llevar por la ola de fuego que lo arropaba sin remedio, "no era mi intención al principio… pero no… creo… que pueda… resistir…"
A pocos pasos de él, Candy no dejaba de dar vueltas en la cama, y aunque ahora estaba cubierta con un camisón, aún sentía los dedos de Tarkan sobre su piel, y trató de pensar en otros asuntos. "Las sábanas han perdido su olor", se lamentó, "y hoy, más que nunca, necesito despejar mi cabeza a través del sueño, aunque aparezca Terry en el mismo…"
Escuchó un chapoteo afuera, y rápido corrió hacia la ventana, tratando de ubicar la alberca. Estaba muy oscuro, con la luz de la luna como único reflector en el exterior. 'Debe ser él', pensó con emoción, esperando encontrar un movimiento en el agua, pero era muy difícil… hasta que el reflejo de la luna se posó sobre la figura que estaba de espaldas a ella, y aunque no podía apreciarlo con claridad, supo que el ángel desnudo que tomaba el baño en la alberca no era otro sino el príncipe. "No alcanzo a ver sus cicatrices, y tiene la cabeza baja… ni siquiera sé cómo es su cabello", dijo en voz alta, "pero su espalda, ¡su espalda!" Aunque no podía decir categóricamente que había visto a Tarkan tal cual era, el cuerpo en penumbras que contemplaba con admiración evocaba los dioses guerreros de los libros de mitología que Albert solía leer. "Tarkan", susurró, "apenas puedo verte, pero sé que eres hermoso…" Y con el remordimiento de estar invadiendo lo que quizás era el único momento de privacidad de él en todo el día, se dispuso a dormir, sin saber que en la tranquilidad de la alberca, el príncipe dejaba escapar sobre el agua todo el deseo contenido por ella.
