Capítulo 8: El árbol hueco

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Tarkan y Zerrin abandonaban la escuela para príncipes cuando se toparon con Enise. "Buenos días, señor", saludó la cocinera haciendo la reverencia de rigor, "buenos días, Zerrin."

El inclinó la cabeza en reconocimiento al saludo. "¿Qué se te ofrece, Enise… todo en orden?" Esa mañana había ordenado que su ayudante llevara el desayuno a la cama de Nadire, y de este modo ambas amigas podían platicar a sus anchas, y quién sabe, tal vez Nadire se sinceraría con ella sobre sus sentimientos, sobre él… sobre Terry. Su princesa estaba aferrada a su pasado, y no la culpaba, pues él tampoco había sido capaz de dejar atrás sus propias frustraciones, sus desaciertos. Y aunque había llegado a Estambul por razones de gran peso y fuera de su control, en el fondo sabía que su estancia en el sarayi había sido beneficiosa para él, especialmente ahora, que por azares del destino, tuvo en sus manos rescatar a su princesa del ultraje y la esclavitud. Para ella, el harén no era muy diferente a los mercados de trata de mujeres en otras partes de la ciudad; pero para el príncipe, Topkapi era el lugar más seguro donde pudiera resguardarla de otras dificultades, entre éstas, el secreto a voces sobre un inminente ataque de los armenios, en el cual habría de mostrar al Sultán, tal y como éste había pedido en su pasada reunión, su valor como soldado de guerra. ¿Pero cómo estaría al mando de las fuerzas otomanas, si a sus diecinueve años nunca había portado un arma, y lo más importante… no apoyaba la intervención de Anatolia en la guerra? Desde que diera inicio la gran batalla entre los países del mundo, él había restado importancia a los conflictos, excepto en una ocasión, cuando había temido que seres queridos estuvieran en peligro; pero la guerra no era sino un acto de cobardía e inmadurez entre los gobernantes con el único fin de ostentar el poder, y no de salvar la vida en países vecinos como solían argumentar. No obstante, la masacre en masa perpetuada por los otomanos en Armenia había sido imperdonable, y el príncipe estaba entre la espada y la pared, pues debía escoger entre formar parte del exterminio de los armenios por parte de los otomanos y asegurar la confianza del Sultán, y con ello la seguridad de la princesa, o acelerar sus planes de huida y desaparecer del panorama, no sin antes procurar que su chica estuviera a salvo y de vuelta a su hogar.

Enise interrumpió sus pensamientos. "Se trata de Nadire, señor; ella no quería que viniera a decirle pero-"

"¿Está todo bien con ella?", preguntó él con preocupación. La presencia de Nadire en el palacio no era grata para todos, y menos para Hüveyda, a quien nunca había dado esperanza alguna de sostener una relación; y aunque su princesa era valiente y capaz de defenderse por sí sola, tenía que protegerla de una de las armas más mortales habidas en la historia… los celos de otra mujer.

Enise se mordió las uñas con nerviosismo. "Verá, señor… como Hüveyda aún no se reportaba a la cocina, y ya era hora que usted y la joven Nadire tomaran el desayuno, salí en su búsqueda, y de repente la vi salir a toda prisa del dormitorio de la princesa, rumbo al dormitorio de ella y otras concubinas, llevando la ropa que usted había encargado para la princesa… y corrí a la habitación de usted y Nadire, y ella me contó lo que pasó."

"¡Voy a castigarla ahora mismo!", gritó Zerrin con cólera. Por lo general, la sirvienta siempre era benévola, a pesar de su autoridad, con las chicas del harén, pues se ponía en el lugar de ellas; pero Hüveyda se había ganado, con creces, su propia marginación, así como la indiferencia del príncipe. ¿Cuándo iba a entender que el joven Tarkan nunca llevaría a la cama a ninguna de las esclavas seleccionadas por el Sultán, y más bien se encaminaba a dormir con la princesa Nadire?

Pero el príncipe la detuvo por un brazo, y preguntó a Enise: "¿Qué hizo Nadire al respecto?"

Enise se encogió de hombros. "Ella cree que es mejor así, pues siente pena por ellas."

"¿Por qué habría de hacerlo, si Hüveyda no ha hecho más que molestarla?" Furioso, avanzó a pasos agigantados por el corredor, no sin antes decir a Zerrin y Enise: "Ustedes vayan por los desayunos; yo mismo me encargaré de esto."

"Sí, señor", dijeron ambas mujeres al unísono, mientras veían al airado hombre desaparecer en dirección al dormitorio de las concubinas.

Hüveyda y las demás chicas reían en el vestíbulo del edificio mientras se probaban los elegantes vestidos, cuando la puerta principal se abrió, y el príncipe entró a la misma, provocando risas de emoción entre las jovencitas. "¿Hüveyda?"

La morena, quien llevaba una pieza azul marino destinada a Nadire, se lanzó a los brazos de él, y antes que pudiera apartarla, lo besó apasionadamente en los labios. "¡Al fin se decide a visitar nuestros aposentos, mi señor! Me ofrezco con humildad en sacrificio para ser la primera en administrarle los cuidados que necesita y aún no recibe…"

El príncipe sonrió a la sumisa concubina. "De hecho, he venido por ti… acompáñame", dijo en voz baja, y ambos salieron del dormitorio directo a los Kioskos Gemelos.

Dentro de la recámara, Candy, aún envuelta en su camisón de dormir, palpaba uno de sus pechos con una mano, y con la otra sujetaba la flor de su intimidad. Debió haberlo insultado o golpeado, pues no se trataba así a una chica, mucho menos cuando era virgen, pero aún así… la había acariciado en forma tan sensible y pura, y aunque las manos del príncipe habían estado cubiertas por sus guantes, el calor de las mismas había sido transmitido al vulnerable cuerpo de ella. Ni en sus sueños hubiera esperado ser descubierta así por Anthony, ni por su antiguo príncipe de la colina, ni siquiera por Terry. ¿Entonces por qué había permitido que Tarkan la rozara con tanta posesión y dulzura en un mismo movimiento? Lo más grave de todo era que, lejos de sentirse indignada, se estaba habituando a ser observada por él estando sin ropa, y ya no le incomodaba tanto como debiera. ¿Dónde había quedado su pudor y su recato? No era una dama, nunca quiso serlo, pero tampoco se consideraba una chica fácil, así que no entendía como, de la noche a la mañana, se había colado en su mente otro muchacho que no fuera Terry. Si bien no podían estar juntos, tampoco traicionaría el lindo recuerdo de sus juegos y pasadías en Londres y Escocia, ni el gran amor que aún profesaba por él. Ella y Terry se habían separado amándose, y ella le debía al actor cierto respeto en nombre del sentimiento tan especial que habían compartido, aún cuando él la olvidara para rehacer su vida al lado de Susana. ¿Y quién se creía Tarkan para poner las manos sobre su cuerpo como ninguna otra persona lo había hecho? Ella era su princesa de la noche, pero eso no le daba el derecho de marcar su territorio… como si fuera suya. Los colores subieron a su rostro al rememorar el instante en que él había separado sus piernas, y más tarde, con suma delicadeza, había tocado la punta de su pecho, y no pudo evitar pensar en esa delgada espalda recibiendo un baño de luna… y nuevamente, como había ocurrido varias veces desde que él le diera las buenas noches, su pecho se levantó, mientras su secreto de mujer se dilataba hasta dejar asomar un hilo de humedad …y le gustaba-no, le encantaba-esa nueva sensación. "¿Qué has hecho conmigo, Tarkan?", preguntó en voz alta, "Ya no soy la misma desde que te conocí…" Y se dejó caer de espaldas en la cama, buscando la manera de no pensar en él, ni en la respuesta de su cuerpo ante su contacto, cuando la puerta se abrió de golpe, y Tarkan entró con tranquilidad, de la mano de-"¿Hüveyda?"

Con una sonrisa de triunfo en su rostro, la concubina de cabello oscuro se aferró al brazo de Tarkan. "¿Te sorprende verme con el príncipe, Nadire?" Comenzó a reír a carcajadas. "¡Eres una tonta si creías que él iba a preferirte a ti sobre mí!"

Candy miró a Tarkan con lágrimas en los ojos, obviando el llamativo caftan marrón que llevaba puesto. "¿Usted fue en busca de Hüveyda, señor?"

El príncipe contuvo los deseos de correr a abrazar a la rubia. "Sí, Nadire, pero-"

"¿Y por qué me compró entonces?" Esta vez Candy permitió que el llanto fluyera por sus mejillas. "¿Por qué se empeña en mantenerme prisionera si ya tiene con quién pasar las noches?"

"Vaya, vaya", murmuró Hüveyda, disfrutando el sufrimiento de la princesa. ¿Con qué derecho venía esta rubia odalisca a meterse en el medio y quedarse con lo que le pertenecía? Tantas noches con el Sultán y otros príncipes no serían en vano, y no descansaría hasta hacer que el príncipe Tarkan cayera rendido a sus pies. "Quién lo hubiera pensado", continuó, "¡la princesa lleva apenas dos días en el palacio, y ya siente celos porque el príncipe me escogió a mí!"

El llanto de Candy se hizo más agudo. "¡No es lo que piensas, Hüveyda! Si estoy llorando es porque tengo una familia que de seguro cree que estoy muerta, y mientras más tiempo me tiene el príncipe aquí encerrada, ¡menos posibilidades tengo de regresar con mis amigos!"

"¡Mientes!" Clavó las uñas en el brazo de Tarkan. "Eres una hipócrita. ¿Por qué no aceptas que el príncipe te gusta tanto como a nosotras?" En eso, escuchó que tocaban a la puerta, a lo que Tarkan dijo: "Pasa, Zerrin."

La puerta se abrió, y Zerrin y Edwina entraban con dos charolas con desayuno, y Hüveyda sonrió derretida. "No puedo creerlo… ¡mi príncipe quiere comer conmigo!"

"Te equivocas, Hüveyda", aclaró Tarkan en tono serio, mientras se desprendía del forzoso abrazo de la concubina. "la única con la que voy a tomar mis alimentos mientras tenga vida en este palacio, es mi princesa Nadire."

Enjugándose las lágrimas, Candy volvió a mirar al príncipe. ¿Qué se traía Tarkan entre manos? Primero la compraba en un mercado negro, para luego exhibirse con Hüveyda en su propia habitación, ¿y ahora decía que sólo ella le importaba? Se limpió la nariz, hinchada de tanto llorar, sin hallar explicación a su arrebato con Tarkan por la presencia de Hüveyda. 'No son celos', se reprendió, 'apenas nos conocemos…'

Hüveyda rompió el silencio. "Debe ser una broma. ¡Usted fue a buscarme al dormitorio de las concubinas!"

El sonrió con burla. "Claro que lo hice… porque quería que estuvieras presente para cuando dé las nuevas directrices." Dirigió su atención a las dos sirvientas que contemplaban atónitas la escena. "Enise, vé al dormitorio de la sultana Valide y escoge los mejores vestidos de su guardarropa. Y Zerrin: lleva a Hüveyda de regreso al dormitorio, y envía por la mejor costurera de Estambul para que venga al palacio y le enseñe cómo hacer trajes a la medida."

"¿Cómo dijo, mi príncipe?", preguntó Hüveyda disimulando su indignación.

"Me parece que escuchaste muy bien… desde ahora no sólo ayudarás en la cocina, sino también a diseñar los nuevos vestidos de Nadire."

"¡Esto es un atropello!"

"¡Cierra la boca!", ordenó Zerrin. "Agradece al príncipe que no ordenara darte unos buenos azotes, y ganas no me faltan de hacerlo."

"Disculpe mi intromisión, señor, pero…", intervino Edwina con timidez, "¿no está prohibido entrar a la recámara de Valide? Esos aposentos son casi sagrados, y nadie ha entrado allí desde que la madre de Suleiman el Magnífico-"

"Pues a partir de ahora ya no lo está", indicó él con dureza.

Candy tomó la palabra, olvidando las formalidades. "¿Por qué haces esto, Tarkan? Ni siquiera quería que supieras que Hüveyda había tomado los vestidos en primer lugar."

Con una mueca seductora, él se acercó peligrosamente a ella. "¿Y eso por qué?"

Ella lo miró a los ojos, que habían adoptado el mismo verde esmeralda que los de ella. "Porque me da tristeza que no usen los mismos vestidos que yo, y no es justo que yo vista como una princesa mientras que ellas-"

"Esto es bien sencillo, Nadire", dijo él con tranquilidad, acortando la distancia entre ellos. "Ellas no son princesas, y tú sí."

"¡Pero sólo de nombre!"

"Eso es lo que tú crees." Y en una movida que sorprendió a todos, se colocó detrás de ella, volteándola de manera que quedara frente a Hüveyda y las demás mujeres, y la agarró por la cintura.

Candy sintió que el corazón llegaba hasta su boca. Tarkan exudaba un aroma a lavanda difícil de resistir, y la mano sobre su cintura era el vivo recuerdo de todo cuanto había acontecido el día anterior: el paseo en la cuerda, el abrazo de ambos en la clínica del doctor Dujardin, el roce de los guantes sobre lo más íntimo de su cuerpo… y lo que él hizo a continuación dejó sin respiración a todos: "La razón principal por la que te traje hasta aquí, Hüveyda", dijo con seguridad, manteniendo su mano cómodamente sobre el vientre de la rubia, "es porque quiero darte las gracias, pues de no ser por ti, y por tu infinidad de maldades, no podría tocar a Nadire así…" Y haciendo uso de la mano que tenía libre, tomó el mismo pecho que había acariciado la noche antes, y con el dedo índice trazó pequeños círculos sobre la delicada punta, hasta hacerla florecer… y lejos de estar furiosa con él por haberla usado para darle a Hüveyda su merecido, o por ponerle las manos encima frente a otras personas, ella cerró los ojos, y echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en el pecho de él. No podía engañarse a sí misma y pretender que las caricias de la pasada noche le habían desagradado, al contrario… en lo más profundo de su interior, ella había deseado que los avances de él se repitieran. El tiempo se detuvo, y no se había dado cuenta de que sonreía, ni de que ahora emitía suspiros de gusto, cuando él se acercó a su oído y susurró: "Lo cierto es que estaba buscando una razón para tocarte…"

Ella se paralizó al escucharlo, y sin borrar la sonrisa de su rostro, abrió los ojos, y el verde de las pupilas de Tarkan se había intensificado al tiempo que él alzaba las cejas, con una mezcla de asombro y, ¿emoción? Volvió a cerrar los párpados, disfrutando la increíble sensación, y oyó la lejana voz de Edwina murmurando en voz casi inaudible: "Creo… que es hora… de que me retire… señor…"

Zerrin, por su parte, se mantenía incólume frente a la joven pareja, pero en el fondo deseaba dar saltos de alegría en la cama de la princesa, pues estaba casi segura de que Nadire no despertaba al estímulo del príncipe por puro impulso, y más bien respondía a la voz del corazón. Y aunque era muy pronto para que el amor surgiera entre ambos, la idea no le parecía del todo imposible. "Creo que Hüveyda ya ha visto suficiente", comentó al fin.

Hüveyda no apartaba los ojos del príncipe. 'Nunca antes lo había visto de ese modo, tan hechizado por una mujer', pensó con amargura. Y en cuanto a Nadire, ésta parecía estar ajena a todo a su alrededor, y confirmó lo que tanto había temido y que Nadire aún se empeñaba en negar: la princesa también sentía algo por el príncipe, o de lo contrario, no mostraría tanta satisfacción al ser tocada por su captor frente a ella y la servidumbre. "Vámonos, Zerrin", suplicó, y Zerrin la condujo fuera del kiosko, seguida por Edwina, quien hizo una última pregunta al príncipe: "¿Qué ropa usará la princesa mientras tanto, señor?"

Sin soltar a Nadire, él contestó: "Dejémosla así hasta tanto consigas los vestidos de Valide."

"De acuerdo." Y las tres salieron del dormitorio, y el príncipe continuó mostrando a la princesa, con sus manos, la atracción que sentía por ella, entre otras cosas. La nobleza de ella no tenía límites, y contrario a lo que había hecho creer a ella, en realidad estaba orgulloso de su generosidad para con las demás concubinas, y de ahí que no impartiera un castigo más severo a Hüveyda. ¿Cómo penalizar a esta última por lo que hizo, cuando las acciones de ella lo habían acercado más a su princesa? Contempló, extasiado, a la hermosa muchacha. Con los ojos cerrados, y una sonrisa de felicidad, había derrumbado sus defensas, aunque él sabía que era sólo cuestión de tiempo antes que ella volviera a erigir murallas alrededor de su alma… pero si de algo estaba seguro, era que la hermosa criatura que acogía con beneplácito sus movimientos no había sido tocada de ese modo jamás… sólo por él. Así estuvieron otros minutos, y ella parecía transportarse a otro tiempo y espacio, como si deseara que fuera otro, y no él, quien explorara los rincones de su cuerpo… y se detuvo, con la brusquedad de quien acababa de despertar de un mal sueño. Con sumo pesar se apartó de ella, y tomó asiento en la sala.

Candy abrió los ojos de golpe, y tembló al descubrir que ella y Tarkan habían quedado solos en el kiosko. El estaba sentado en un sofá, apoyando los codos sobre las rodillas, y frotándose los ojos con furia. "¿Estás bien, Tarkan?"

El se incorporó, y un millón de emociones se reflejaba en su rostro. "Sí, Nadire… hace rato que se fueron… pero estábamos muy ocupados el uno con el otro."

"¡Cómo te atreves!" Ella buscó una de las almohadas, y la aventó contra él. "El único que estuvo ocupado manoseándome a su antojo fuiste tú!"

"¿Así es cómo le llaman ahora?" El sonreía divertido. "Pues no estabas muy molesta que digamos-"

"¿Qué más querías que hiciera si eres el príncipe?"

El se llevó una mano al mentón. "Déjame ver… me has golpeado, insultado, derramado cosas… y qué casualidad que hace unos minutos no se te ocurriera 'naaaaada' para evitar que te tocara, a menos que…"

"¿A menos que qué?"

El rostro se Tarkan se tornó serio y sombrío, y antes que él terminara de hablar, ella ya sabía de qué se trataba: "A menos que estuvieras pensando en ese tal Terry… Terry Granchester."

Candy soltó la segunda almohada que iba a lanzarle. Había hecho todo lo posible por no volver a mencionar a Terry, para que así el príncipe no tuviera la más mínima sospecha de que el amor imposible de su princesa no era otro sino el actor más cotizado del momento, tanto, que con toda seguridad se había corrido la voz de su talento en Londres. "Sólo estás tratando de adivinar", musitó, "el Terrence de mi vida no es el que tú crees."

"¿Y por qué tus ojos mienten?"

La dicha que había experimentado al saberse la única chica deseada por el príncipe se había desvanecido con la misma rapidez con la que había experimentado esa ligera comunicación física con él frente a las otras mujeres, y rogó a Dios con todas sus fuerzas para volver a apreciar a Tarkan tal y como lo había hecho a su llegada al harén: como un monstruo insensible, capaz de llevarse a todos por el medio sin misericordia. "¿Vas a hacerle daño?", preguntó con derrota, pues de nada serviría sostener su mentira. Para Tarkan, las esmeraldas de ella eran el espejo de su alma, y mientras más negara la identidad sobre Terry, mayor sería el enfado del príncipe, y con toda posibilidad ordenaría el rastreo del actor, hasta el fin del mundo.

Tarkan caminó rumbo a la mesa donde ya se había enfriado el desayuno. "Primero vamos a comer", y en silencio, ambos degustaron los platos confeccionados por Edwina. Contrario a otras ocasiones, él se mantuvo en silencio, y no se había tomado la molestia de alzar el rostro para mirarla, y ella se sintió vacía en la inmensidad de la habitación. Se apresuró a terminar su porción, pues no soportaba el incómodo silencio entre ellos, hasta que él se levantó del asiento diciendo: "Vamos a caminar un rato."

Ella obedeció sin emitir palabra alguna, y aunque sólo llevaba puesto el camisón que no dejaba nada a la imaginación, caminó con él a lo largo del corredor; y sin saber por qué, emitió una risilla nerviosa, y Tarkan la observó con interés en sus ojos ahora marrones. "¿Qué te parece gracioso, mi princesa?"

Ella se alegró de verlo animado nuevamente. "Jijiji… la cara que puso Hüveyda cuando tú… bueno…", y de la risa pasó a las carcajadas, y aunque él se había contagiado con el buen humor de ella, suprimió los deseos de reír, y mostró una sonrisa arrebatadora. "Veo que mi chica sí tiene un lado perverso después de todo… y también ha demostrado ser muy, muy celosa."

Ella colocó las manos en la cintura. "¿Cómo voy a estar celosa por cuenta de alguien que apenas conozco?"

"Pues sí que lo estabas."

"¡Eso es lo que tú quisieras!" Apretó el paso de manera que ahora caminaba varios centímetros frente a él, y se dio la vuelta, sacando la lengua, tan larga como era, al sorprendido príncipe. "¡Eres un insoportable!"

El avanzó hacia ella, lo cual no tuvo que hacer con mucho esfuerzo dada su estatura y largas extremidades. "Este insoportable, como bien dices, tiene una interrogante para ti", y al ver que había capturado la atención de ella preguntó: "¿Por qué sólo piensas en él cuando estás conmigo… es tanto lo que te recuerdo a ese hombre?"

Ella lo miró con furia. ¿Por qué Tarkan no acababa de cerrar el asunto de Terry de una buena vez? Ya bastante tenía con la incertidumbre de no saber si el príncipe haría daño a Terrence como para seguir soportando que él la lastimara con la constante mención del actor. "No eres dueño de mi mente para saber lo que pienso y lo que no."

"Tus ojos me dicen todo lo que necesito saber."

"Pues no me preguntes." Iba a darse la vuelta para proseguir su camino hacia un rumbo desconocido, pues apenas había salido de los confines del harén; pero enseguida él la tomó del brazo, y la tomó con fuerza por los hombros. "¿Qué fue lo que hubo entre ustedes, Candy? Tengo entendido que tiene novia, así que tú-"

Ella sintió una chispa de cólera encenderse en sus venas. "No tengo por qué darte explicaciones… además, hay cosas de ti que no me has contado."

"¿Como por ejemplo?"

"¡Tus quemaduras!"

El la observó detenidamente, con sus ojos amarillos clavados en los de ella. "Supongo que ya estás al tanto de eso", dijo a secas, y retomó la marcha, abandonando el hacinado harén.

Pero Candy estaba ausente del trayecto que estaban tomando, pues no dejaría que él se escapara tan fácilmente, no hasta después que hablaran de ciertos asuntos. "¿Cómo puedes esperar que me acueste contigo si no quieres contarme sobre el incendio… y cómo pretendes que yo te dé un hijo…", se detuvo en seco, pues hasta entonces casi había olvidado ese aspecto de su relación con él, "un hijo… si ni tan siquiera te muestras conmigo tal y como eres?"

"No voy a tener hijos contigo, Nadire."

"¿Quéeeeeee?" Los jardines del palacio, que ya estaban a la vista de ambos, comenzaron a dar vueltas alrededor de ella. "¿Y eso por qué?"

El alzó la barbilla en desafío. "Tengo mis razones… y también supongo que te conviene no embarazarte de mí, a menos que ahora te sientas herida en tu propio orgullo y te disguste que no quiera que seas la madre de mis hijos."

Ella retrocedió unos pasos para reconocerlo, pues no estaba segura de estar hablando con Tarkan, el príncipe paciente y generoso que tanto había alardeado de querer conquistarla. "No entiendo… ¿no querías que fuera tu princesa?"

El respiró profundo. "Eso no ha cambiado en lo absoluto."

"¿Entonces quieres que sea tu amante, pero no deseas que tengamos un bebé?" Y guardó silencio de repente al oírse a sí misma brindando una significativa connotación a la idea de tener un bebé de Tarkan, un bebé con el príncipe… '¡Imposible!', gritó en su interior. Con o sin vida íntima con Tarkan, su misión era escapar y regresar al lado de los Andley y los chicos del hogar de Pony, y era obvio que no podía hacerlo con una criatura en brazos.

Tarkan la miró largo y tendido. "Hablas como si en verdad desearas tener un hijo mío… y contestando tu pregunta, no creo que sea prudente planificar la llegada de un niño a este mundo si su padre muere en batalla antes de que éste nazca."

"¿En batalla?" De pronto, ella recordó el accidentado almuerzo que habían compartido en el cuarto atrio, y la repentina reunión a la que el príncipe había asistido en horas de la tarde. "¿Habrá una guerra en Estambul, Tarkan?"

El asintió con la cabeza. "Los armenios están cansados de los malos tratos de los otomanos, y unos informantes han dado aviso de una revuelta en la ciudad, que pudiera tener lugar en cualquier momento."

"Pero eres de Londres… tú no sabes cómo combatir."

"El Sultán quiere que yo esté al frente de las tropas", informó él, "y no soy quién para negarme."

"¿Qué clase de padre envía a un hijo sin experiencia a liderar una batalla?"

"¿Estás preocupada por mí, princesa?"

Ella se sonrojó. Por muy ambivalente que fuera su opinión acerca del príncipe, ella no le deseaba ningún mal. "Me preocupo por ti como lo haría con cualquier otro ser humano…" Y bajó las pestañas para que él no viera las lágrimas que la traicionaban. ¿Por qué de pronto estaba tan sensible, y no podía soportar que el príncipe tomara participación en la guerra contra Armenia? Una gruesa gota salada descendió por una de sus mejillas, y él la atrapó entre sus nudillos, mientras alzaba el rosado rostro con la otra mano, y los ojos llorosos de ella quedaron al descubierto ante las nuevas pupilas doradas de él. "Estaré bien, te lo prometo…" Y tomándola de la mano, la condujo a un curioso árbol cuyo tronco era tan ancho como hueco. "Luego que terminemos, puedes ir a la clínica de Dujardin y almorzar con él si quieres, y pasar el resto de la tarde allí… voy a dejar que descanses de mi presencia un rato."

"Presumido", dijo ella con una débil sonrisa. "¿Luego que terminemos qué?"

Aunque él no dejaba ver su dentadura, mostró una amplia sonrisa sin siquiera separar sus labios. "Tu castigo, por supuesto." Y tomándola de la cintura, la llevó al interior del árbol vacío.

Ella trató de soltarse, pero él la sujetó por ambas muñecas, llevando ambos brazos encima de su cabeza. "¿Vas a azotarme aquí dentro, en este hueco tan oscuro?", preguntó ella con voz entrecortada.

"Nada de eso", dijo él con voz queda, apretando su cuerpo al de ella en aquel minúsculo y cóncavo espacio, y enseguida ella regresó a ese mágico instante en que él había tocado y acariciado su pecho frente a Zerrin, Edwina y Hüveyda… y ambas planicies volvieron a levantarse a modo de invitación, y ella se reprendió en su interior por no tener control de las reacciones de su cuerpo. "¿Qué piensas hacer, Tarkan?"

El avanzó con lentitud, hasta que su rostro casi tocaba la temblorosa piel de ella. "¿Ese Terry… te ha besado alguna vez?"

Ella tuvo deseos de abofetearlo, pero tenía las manos inmovilizadas, y giró la cabeza a un lado. "No debería responderte, pero si es lo que necesito para que me dejes en paz… apenas dejé que rozara mis labios, y a partir de ahí no pudo llegar más lejos…"

"Ahhhh… entonces no pudo completar su exploración", dijo él en tono de burla, "pero yo no cometeré el mismo error…", y tomándola por la barbilla, la giró de frente a él, y antes que ella pudiera evitarlo, sus labios se habían apoderado de los de ella.

"¡Ummmfffff!" Ella pataleó y se agitó lo más que pudo, pero él la aventajaba en fuerza y estatura, y sus gritos quedaban ahogados bajo los labios de Tarkan, que continuaban sellando los suyos. Apretó los dientes para evitar que él avanzara en su objetivo, pero él no cesaba en su intención de cumplir a cabalidad su castigo, y retrocedió sólo un poco, y luego procedió a dar pequeños chasquidos, tan suaves como el aleteo de los pajarillos, y ella comenzó a sentir cosquillas en el estómago al recibir esas pequeñas punzadas de besos. Los labios de Tarkan eran suaves, y el beso, aunque forzado, no envolvía un solo grado de violencia, y sin darse cuenta, ella había cesado en su lucha por zafarse de sus brazos, y con resignación decidió esperar que la tortura terminara, y ahora sus labios comenzaban a suavizarse ante el incesante roce de la boca de él, hasta que en un movimiento involuntario, ella separó los labios para tomar un poco de aire, y él aprovechó la oportunidad para unir su boca a la de ella.

Nunca antes había sido invadida de ese modo, ni siquiera por Terry. No tuvo tiempo de cerrar los dientes para evitar el asedio, y trató de morder la lengua del príncipe, pero él había esquivado el ataque, y al hacerlo, su lengua se topó involuntariamente con la de ella, y con sus manos intentó empujarlo, pero ya era tarde… la boca de Tarkan encontró el modo de danzar al son de la de ella, encontrando y amarrando la lengua de ella con la suya, en lentos y repetitivos movimientos… y finalmente ella sucumbió ante los embates, y se encontró devolviendo cada exploración y reconocimiento, entregándose al sabor de lo desconocido. Había dejado de luchar, y a medida que ella permitía que la boca de él conociera la suya, un intenso escalofrío recorrió todas las terminaciones de su cuerpo. Terry le había dado su primer beso, un beso que no tuvo la oportunidad de disfrutar por su propia testarudez; pero Tarkan había ido más allá, y para su sorpresa, ella correspondía sus besos con el mismo afán con que él la besaba. No se había percatado de que él había soltado sus manos, y ahora la abrazaba por la cintura, y ella, sin pensarlo, apoyó sus manos cerca del cuello de él, pero no era suficiente… quería hacer del beso uno más profundo, y no entendía por qué. Gimiendo con frustración, rodeó el cuello del príncipe con sus manos, las cuales quedaron impregnadas con el aceite que éste se untaba en el cabello, pero no importaba… Candy White Andley, ahora Nadire, princesa de la noche, había sido azotada nada más y nada menos que con el beso de un príncipe que había puesto su vida boca abajo… un príncipe que no dejaba de castigarla con su boca, y ahora aminoraba la velocidad, determinado a hacerla vibrar de emoción… y ella no pudo evitar lanzar gemidos de incomprensible alegría, pues aunque le doliera reconocerlo, Tarkan se estaba adueñando de ella… y lo más ilógico de todo era que mientras más atraída se sentía hacia él, más reafirmaba el amor tan profundo que aún guardaba para Terry…

Despacio, muy despacio, el príncipe apartó los labios, manteniéndola abrazada a él; y cuando ella abrió los ojos, un destello de zafiros volvía a aparecer en los ojos de él… y se retiró con brusquedad, y estalló en llanto diciendo: "No me hagas esto… no hagas que lo recuerde a través de ti…", y se alejó corriendo, dejando al príncipe solo en la oscuridad del árbol, mientras ella enfrentaba la cruda realidad: mientras estuviera cerca de Tarkan, y de su camaleónica mirada y forma de ser, Terry siempre estaría vivo dentro de ella.