PRINCESA DE LA NOCHE
Por Astrid Ortiz
(Eiffel)
CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.
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CAPITULO 9: Jugando al amor
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Eran apenas las ocho de la mañana, pero para Susana, el tiempo se agotaba para encontrar a Terry. Luego de haber pasado los últimos días en la soledad del módico hotel de Southampton, finalmente había conseguido un conductor que la llevara a Londres, y a medida que el coche transitaba las calles, ella contemplaba la ciudad a través de la ventana. Todo era impresionante, pero en su mente no había cabida para admirar los paisajes o atracciones de interés. Había cruzado el Atlántico con un propósito, y no volvería a Nueva York a menos que Terry estuviera a su lado.
Junto a ella, Patricia tejía un abrigo, ajena al ajetreo del exterior. En un súbito cambio de planes, había aceptado la petición de Susana para que la acompañara en el viaje, pues no sabía cuánto tiempo más iba a tener que esperar por el próximo coche o carruaje que estuviera disponible para moverse a la gran ciudad. De todos modos, ella tenía pensado visitar varios lugares donde había pasado lindos momentos con Stear, y lo cierto era que la compañía de Susana hacía menos aburrido el trayecto. 'Que no crea ese muchacho Russell que estoy haciendo lo que me pidió', pensó, aunque no había dejado de preguntarse qué había sido del pelirrojo a quien no había vuelto a ver a partir de aquella noche. Y aunque no había vuelto a platicar con Susana luego que se hospedaran en la posada del puerto, cuando la rubia de cabello largo fue esa mañana a su habitación a preguntarle si quería tomar el coche con ella camino a Londres, pensó en las palabras del supuesto asistente de Terry, y sin aguantar más la curiosidad, aceptó el ofrecimiento… y aquí estaba, ayudándola a soportar el largo viaje, hasta que al fin el vehículo aparcó frente a una impresionante propiedad de varias hectáreas de terreno, destacándose en el centro una alta e imponente mansión. "La villa del duque de Granchester", murmuró Patty boquiabierta, mientras el conductor del carro ayudaba a bajar a Susana, y esperó con paciencia a que la actriz culminara su visita… pero no tuvo que aguardar mucho tiempo, pues al cabo de unos cinco minutos, la enferma ponía a andar su silla de ruedas de regreso al coche, con sus ojos empañados de lágrimas. "¿Qué ocurre?", preguntó Patty preocupada por la muchacha.
Susana dejó escapar un espeso torrente de lágrimas a medida que era subida de vuelta al automóvil. "El duque no está aquí, sino en España", sostuvo con rabia la manta que cubría sus piernas, "¡En España! Y no tengo tanto dinero para seguir viajando…"
'Eso debiste pensarlo cuando abandonaste tu hogar', pensó Patty en silencio; pero el sufrimiento de Susana era tal que no pudo evitar el deseo de ayudarla. "¿Qué fue exactamente lo que te dijeron?", preguntó.
La novia de Terry sonó con un pañuelo su enrojecida nariz, mientras el auto reiniciaba la marcha. "El estuvo aquí, o está aquí", su llanto se intensificó al saber que había estado a sólo unas semanas de haberlo encontrado. "Hablé con el mayordomo, y me dijo que hace un tiempo Terry había escrito al duque desde Broadway informándole que vendría a Londres a platicar con él, y ver si de uno u otro modo recuperaban su relación de padre e hijo…"
La curiosidad de Patty crecía a cada segundo. "¿Y qué pasó… pudo Terry reunirse con su papá?" Y entonces ocurrió lo inesperado: Susana se lanzó a los brazos de quien consideraba ahora su nueva amiga, su única amiga, buscando consuelo a su desamparo, y entre sollozos indicó: "El nunca llegó, Patricia… su padre se quedó esperándolo, pues también quería hacer las paces con él, pero fue visto por última vez en una librería y…", se detuvo para dejar escapar otro caudal de llanto, "a partir de entonces, nadie ha sabido de él."
"Qué extraño", comentó Patty, "Terry es muy conocido en América, y también en Londres, por su apellido. ¿Cómo es que nadie se ha dado a la tarea de buscarlo?"
"El duque comenzó a hacerlo, y cree que está en España… es por tal razón que se encuentra allá."
"¿Por qué?"
Una vez más, Susana irrumpió en llanto. "Según explicó el mayordomo, el señor Granchester acudió a esa librería, y allí habló con el dueño, Wilbur, quien había conversado con Terry poco antes de que se marchara…"
"¿Y de qué hablaron?", insistió Patty con sumo interés.
"Al parecer, Terry había hecho una parada allí para reunir el valor antes de ver a su padre cara a cara, luego de tantos años, y se interesó en un par de libros con temas de interés para llevar a cabo una posible obra en el futuro… y terminó comprando Don Quijote de la Mancha."
"¿Qué relación guarda eso con que el duque viajara a España?"
"El escritor de esa novela es español", explicó Susana enjugándose las lágrimas, 'y es posible que Terry se hubiera arrepentido de ver a su papá, y huyera a España bajo el pretexto que necesitaba aprender sobre la vida en España para personificar a don Quijote."
"No creo que Terry sea capaz de dejar plantado a su padre por algo así…"
Susana miró a Patricia con escepticismo. "¿Conoces a Terrence en persona?"
Patty se aclaró la garganta, pues Susana la había tomado desprevenida. Debía ser más precavida con sus comentarios, pues era imposible predecir la reacción de la rubia si descubría que ella no sólo había tratado a Terry, sino también a Candy. "Usa la lógica, Susana. ¿Cómo Terry iba a postergar un encuentro tan importante, y por el cual pidió una dispensa en la compañía donde trabaja, para luego ir a otro país a prepararse para una obra?"
La actriz suspiró, evitando llorar otra vez. "Quizás no huía de su padre, sino de mí." Entonces llamó al conductor y dijo: "Luego que deje a la señorita en el hotel, lléveme a la librería McCormick, por favor."
Patty la miró estupefacta. "El duque ya hizo sus averiguaciones allí. ¿Qué sentido tiene que vayas y te repitan la misma información?"
Susana alzó una ceja con obstinación. Había abusado de la generosidad de Patricia, y había llegado la hora de dejar que la chica de anteojos prosiguiera su camino. "Tal vez no vaya a España como es mi deseo, pero sí puedo quedarme en Londres todo el tiempo que sea necesario, hasta que Terry regrese… y sé que cuando lo haga, volverá a visitar esa librería."
"¿Piensas comprar todos los libros?"
Susana sonrió. "Sólo los que él ha leído." Entonces el coche se detuvo frente al hotel Savoy, y luego de despedirse de Patricia, continuó en el auto rumbo a la librería. Más tarde se ocuparía de registrarse, pero necesitaba visitar ese lugar donde había estado su adorado Terry, conocer los libros que le habían llamado la atención, platicar con las mismas personas con quienes él había hablado…
Luego que el carro donde viajaba Susana doblaba una esquina, Patty se llevó una mano a la cabeza, sosteniendo su valija con la otra. ¿En qué estaba pensando Susana Marlowe? Su dependencia de Terry le había hecho cometer la locura de tomar un barco hasta el viejo continente, a sabiendas de su condición. "Es la última vez que la ayudo", dijo para sí, "ella sólo añade sal a mis heridas…" Se dio la vuelta para entrar a la famosa hospedería cuando otro auto se detuvo frente a la entrada del hotel, y con maleta en mano, Russell Bird bajaba del mismo. "¿Patty?"
Olvidando su inicial aversión a él, ella salió al encuentro del pelirrojo. "Menos mal que llegas", suspiró. "Susana y el duque de Granchester creen que Terry se ha ido a España a prepararse para una obra o para huir de sus responsabilidades-
"El señor Terry nunca haría eso", aclaró Russell con seriedad.
Con el remordimiento de haber hecho un comentario que él consideraba fuera de lugar, ella prosiguió: "Eso no es todo, Russell. Ahora Susana se empeña en frecuentar la librería donde Terry fue visto por última vez… y creo que la señora Marlowe debe estar al tanto de esto, así como Eleanor Baker."
"Es muy pronto para avisarles", opinó él.
"¿Cómo así?"
"Debemos ser pacientes, y esperar a tener más noticias; después de todo, el señor Terry es famoso aquí y en Estados Unidos, y no dudo que alguien tenga información sobre él."
"Me preocupa Susana. ¿Qué tal si se obsesiona demasiado?"
"¿Más de lo que ya lo ha hecho?"
Ella no pudo evitar reír por la irónica y muy cierta suposición de él. No debería tomar la situación a broma, pues una mujer tan enamorada como Susana sería capaz de cualquier cosa; sin embargo, Patricia nunca había llevado a cabo un acto alocado a consecuencia de su amor por Stear, y justo ahora que estaba muerto, estaba al mando, por primera vez en su vida, de una inesperada aventura llamada Susana, cuyo cómplice era el empleado de Terry, Russell Bird. 'Me alegro que no estés aquí, Candy', pensó, 'pues ni siquiera alguien tan alegre como tú soportaría algo como esto…'
"¿Patty?"
Ella no se había dado cuenta de que ahora él la llamaba por su apodo, como había hecho otras dos veces, y sintió alivio al dejar a un lado la formalidad con él. "¿Sí?"
"¿Dónde queda esa librería?"
Ella titubeó un poco. "Bueno… no conozco tanto sobre Londres, pero dijo algo así como… McDonalds, McDowell, McConnell… ¡McCormick!"
"Entonces no perdamos más el tiempo…"
"No pensarás espiarla, ¿o sí?"
El sonrió animado. "¿Qué tal si nuestra amiga tuviera razón, y hallara en ese lugar las respuestas que otros no han encontrado?"
"¿Pero no piensas registrarte en el hotel?"
"Tú tampoco lo has hecho", y aprovechando que el coche que lo había llevado al hotel continuaba estacionado, volvió a montar el mismo, y Patty no tuvo otro remedio que acompañar al desquiciado muchacho a vivir su posible fantasía detectivesca, y sonrió al imaginar a ambos en un acto de espionaje. 'Esto me hará bien después de todo', concluyó, 'así mantendré mi mente ocupada, y no pensaré tanto en Stear.' Y en menos de cinco minutos, llegaron a la librería, y luego de haber pagado al conductor del auto para que llevara las maletas de ambos al Savoy, Russell condujo a Patty hacia un callejón, desde el cual se veía el escaparate del establecimiento…
Susana esperaba porque el dueño tuviera un momento para atenderla. Rubio, con escaso cabello, y mediana estatura, Wilbur McCormick llevaba una sonrisa sellada a su rostro, quedando oculta sólo por el sobrepeso y sus danzantes ojos acuamarinos. Entonces la vio, y como un niño pequeño, rió con alegría al recibir a su primer cliente de la jornada. "¡Buenos días, hermosa señorita! ¿En qué puedo ayudarla?"
El rollizo joven era tan vivaracho que ella comenzó a reír. "Cómo cree… soy una inválida", y al escuchar sus propias palabras, se sorprendió al darse cuenta de que no hablaba con amargura, y más bien tomaba con humor su trágico accidente.
Pero él no estaba convencido de lo que ella había dicho. "¿Y cuál es el problema? Yo soy obeso, y he perdido casi todo el cabello. ¡Es obvio que usted es la más bonita de los dos!" Y ambos se desternillaron de risa con las ocurrencias de él. 'La mañana me sonríe", pensó ella con optimismo, "es muy buena forma de comenzar el día…" Estrechó la mano del encargado diciendo: "Mi nombre es Susana Marlowe. ¿Debo entender que usted es el señor McCormick?"
"No me trate como a un viejo decrépito… llámeme Wilbur."
"Y no me trate como a una rubia inválida… háblame de tú." Y al descubrir esta nueva faceta de su persona, ella volvió a sonreír, pues nunca antes hubiera pensado en tomar a broma su incapacidad, pero sin embargo… ¡se sentía tan bien! Reírse de sí misma y de su desgracia había funcionado como un antídoto para su apesadumbrada alma, y se lo debía al gracioso dueño de la librería. "Busco un libro… Don Quijote de la Mancha."
Un fugaz destello arropó los diminutos ojos de Wilbur. "Vaya que esa novela ha sido muy solicitada… hace un mes un chico visitó la tienda, y adquirió ese libro, entre otros cuyo nombre ya no recuerdo", sacudió la cabeza con vehemencia, "y ahora su padre anda buscándolo."
"¡Ese muchacho es mi novio!"
Wilbur abandonó su típico sentido del humor. 'Imposible', pensó, 'el joven nunca mencionó que tenía una novia ni nada parecido…' Para no hacer sentir mal a Susana, se limitó a decir: "Has venido a buscarlo, ¿verdad?"
Ella asintió con la cabeza. "Si bien es cierto que no tengo suficiente dinero para ir a España, donde se presume que pudiera estar, al menos puedo disfrutar de los libros que fueron de su agrado, como Don Quijote."
"No todos entienden bien esa historia", puntualizó Wilbur, "pero bien que merece la pena ser leída."
"¡Tomaré en cuenta tu consejo!'
"¿Por qué no hacemos algo mejor?", sugirió Wilbur, tomando un libro de uno de los estantes. "¿Qué te parece si vienes todos los días, y leemos la novela en voz alta, como si estuviéramos ensayando para una obra? Casi no viene nadie en las mañanas, y es el mejor momento para divertirnos con esta absurda aventura de Cervantes."
Un velo de nostalgia cubrió los ojos de Susana. ¡Qué lejos habían quedado los agotadores ensayos, las tormentosas audiciones, y el sonido placentero de los aplausos! Pero Wilbur le presentaba una oportunidad de oro, y aunque no era más que un juego, Susana formaría parte de ese elenco de dos, con la misma dedicación con que se había entregado a todas sus pasadas presentaciones. "Soy actriz", dijo de la nada, tomando por sorpresa a Wilbur, "o debo decir, era…"
El sonrió con burla. "¿Y quién dice que ya no lo eres… tú?" Al ver que ella no contestaba, añadió: "Si de casualidad se debe a esa parte del cuerpo que te falta, nada impide que sigas trabajando en el teatro… tal vez no como protagonista, pero sí haciendo otras cosas."
Ella desechó la idea. "No creo que sea posible." Y cambiando el tema, rodó su silla de ruedas, cerca del escritorio del gracioso hombrecito que mostraba una intensa pasión por su trabajo.
Fuera del local, Patty lanzaba un bostezo. "¿Lo ves, Russell? No tenemos nada que hacer aquí…"
"Yo no estaría tan seguro", indicó Russell. "El señor Terry cree que mi instinto casi nunca falla, y espero que hoy no sea diferente-"
"¿De qué estás hablando?"
El hizo señas a un carruaje para que los recogiera. "Tengo la impresión de que en esta librería hallaremos la clave de todo… con o sin presencia de Susana." /
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Candy terminaba de arreglar su lindo vestido de un tono tan verde como sus ojos, y peinó todo su cabello hacia un lado. "Nunca me había arreglado así", dijo mirándose frente al espejo, mientras llevaba la charola vacía a una mesa. Contrario a los pasados días, el príncipe no había tomado el desayuno con ella. 'Debe estar enfadado conmigo, por haber terminado el beso…' Se llevó el dedo índice a los labios, que aún estaban inflamados por el castigo de Tarkan sobre ellos, y los apretó con fuerza, buscando de algún modo volver a probar el dulce sabor de él. "¡No debo pensar así!", exclamó en voz alta, "Ese beso fue robado, y no me gustó… ¡no me gustó!" ¿Entonces por qué no dejaba de recordar la sublime exploración de ambos, al intercambiar sus bocas en un simple, pero intenso beso… y por qué no dejaba de sentir las manos de él sobre su piel, como si fuera lo más natural del mundo? "Sólo las personas que se aman pueden expresarse así, ¡y no permitiré que Tarkan vuelva a ponerme una mano encima!" De repente, le asaltó la ansiosa expectativa de no saber qué le depararía a ambos en menos de un mes. Si no ponía un freno a los avances de Tarkan, terminaría compartiendo el lecho con él… por su propia voluntad. No, no dejaría que él la sedujera con éxito, y prefería ser una solterona el resto de su vida a complacer los caprichos de Tarkan en la cama. ¿Con cuántas mujeres había estado? Tal vez tenía una novia esperándolo en Londres, o peor aún, era casado… "¡Y eso qué importa!", se reprochó, incapaz de apartar al príncipe de su mente. ¿Por qué no había desayunado con ella? Por más que trata de evitar su presencia, ella se sentía sola en la gran amplitud del kiosko, aunque Edwina se había sentado a platicar con ella un largo rato. 'Acéptalo, Candy… quieres verlo a él', dijo una voz en su interior, y ella dio varias patadas al aire, furiosa con su propio comportamiento, hasta que lo vio entrar, vistiendo un llamativo conjunto color sepia, y por primera vez desde que lo conoció, no llevaba el fez sobre su cabeza. Su oscuro cabello estaba peinado hacia arriba, creando la falsa impresión de que estaba alborotado, cuando en realidad estaba embadurnado de aceite, y aún así, lucía endemoniadamente atractivo. Sin saber qué decir, ella permaneció en silencio, a la espera de que él la marginara por haber salido huyendo la mañana anterior. Parecía como si hubiera transcurrido un siglo sin verlo, cuando sólo habían estado apartados el uno del otro por menos de veinticuatro horas… y de repente empezó a llorar de alivio, pues aunque había dispersado su mente ayudando al doctor Dujardin, y recibido las visitas de Zerrin y Edwina, así como unos bonitos vestidos provenientes de la exclusiva recámara de las Valide o madres de los sultanes, había sentido un profundo vacío en su interior, un vacío que sólo podía ser llenado por… él.
El príncipe contempló con fascinación a la exquisita belleza de cabellos dorados ataviada con el caftan que acentuaba sus bellos ojos, y sintió que su corazón se hacía pedazos. La pobre no hacía más que llorar desde aquella tarde en el mercado, y no era para menos, pues había despertado lejos de la comodidad del barco, de su familia, de sus amigos… y no hacía falta conocerla más a fondo para saber que las líneas de expresión de sus ojos eran producto de sus risas juveniles, y no de las lágrimas. "Te he dejado sola mucho tiempo, ¿verdad?"
Ella no respondió. Estaba ofendida por la lección recibida dentro del árbol, pero el peor de los castigos había sido el de su indiferencia. No era que muriera de ganas de estar con él, pero no tenía caso que él insistiera en hacerla suya si en realidad no estaba interesado en ella, ni en concebir niños. ¿No era ésa la finalidad del harén, procrear la descendencia? Sin atreverse a pronunciar una sola palabra que lo hiciera marcharse, siguió llorando abiertamente y sin pena.
"¿Qué tengo que hacer para ganarme tu confianza, Nadire?", preguntó el príncipe, acercándose poco a poco a su princesa. "Cuéntame, ¿por qué lloras?" Los labios de ella estaban resecos por sus besos, y en un gesto inconciente, él se mordió los labios, reavivando en él la llama que se había encendido cuando ella respondió a sus besos. Dócil y apasionada al mismo tiempo, la princesa comenzaba a aprender la expresión física de afecto, y a juzgar por sus gemidos y la respuesta de su cuerpo, ella había ansiado ese momento tanto como él… aunque ella aún no lo sabía. 'Quisiera decirte tantas cosas', pensó con tristeza, 'pero temo que si lo hago, no querrás estar conmigo… aún en este amurallado palacio.'
En medio de sus sollozos, Candy vio una inmensa melancolía en los ojos grises de él. "¿Tarkan?" Dio unos cuantos pasos adelante, para asegurarse que él estuviera bien, hasta que él no soportó más la tensa atmósfera entre ellos, y la envolvió en sus brazos, cerrando la brecha emocional que los separaba.
"¡Tarkan!" Candy explotó en llanto, y dejó descansar su cabeza y sus manos sobre el cálido pecho, humedeciendo el masculino caftan con sus lágrimas. "¡No… sé… qué… me pasa…ya… no… sé… quién… soy!"
Tarkan acarició la espesa cabellera de ella, que se había empañado con su llanto, y la apretó más contra él, mientras colocaba la barbilla sobre la cabeza de ella. "Claro que lo sabes", dijo con suavidad, con esa voz retorcida que ya comenzaba a agradarle, "el problema es que no quieres mostrarte aquí tal cual eres…"
"¡No… quiero… estar… aquí!"
"Yo tampoco", confesó él, y ella se sorprendió al escucharlo. Tarkan aparentaba haberse adaptado con facilidad al mundo otomano, por lo que jamás se le hubiera ocurrido que sus nuevos privilegios no eran de su agrado. Alzando la cabeza con asombro, preguntó: "¿De veras no estás a gusto en el palacio?"
El tomó el lloroso rostro entre sus manos, y ella cerró los ojos al contacto de los guantes. "¿Te digo algo?" Sin apartar las manos de las rosadas mejillas, se acercó a su oído diciendo: "Estoy muy, muy aburrido…" Y aquello fue lo que ella necesitaba para dejar de llorar, y comenzó a reír a carcajadas. '¿Te burlas de mí, princesa?", preguntó Tarkan con jocosidad. "Entonces me alegro, porque al fin has dejado de llorar", y sin previo aviso, la levantó en brazos, y la condujo hasta el sofá, y el tomó asiento, sentándola sobre sus piernas, en un abrazo íntimo y confortable al mismo tiempo. Para no perder el balance, ella se aferró a su cuello, quedando ambos muy cerca del otro, y Candy sintió los latidos de su corazón marchando al unísono con los de él. Un día antes, él la había besado a la fuerza, abusando de su poder como el más alto mandatario del sarayi, pero hoy, volvía a ser el muchacho atento y bondadoso que aguantaba sus rabietas, aunque a decir verdad, ella había consentido el beso de la mañana anterior. Si no lo hubiera dejado allí, de esa forma tan abrupta, tal vez él hubiera desistido de la idea de darle un poco de espacio, repitiendo el mágico paseo por los confines del palacio…
El príncipe contempló la belleza casi irreal que tenía frente a él. Manteniendo los ojos verdes encadenados a los suyos, él se llenó de una alegría inmensa al ver cómo su princesa iba derribando, poco a poco, los muros que había levantado en su corazón. En Londres y otras partes del mundo, los convencionalismos sociales hubieran evitado que expresara, en forma tan abierta y sincera, el interés que tenía en ella, a excepción de un beso en la palma de la mano tal vez; pero estar en Anatolia tenía sus ventajas, y mientras que el afecto físico era visto en Occidente como una perversión, en el harén no era sino un paso más hacia la realización de un sueño otomano… para el príncipe, un sueño de amor. Se dejó caer sobre el espaldar del sofá, sin hacer el mínimo esfuerzo en desprender las diminutas manos enlazadas en su cuello. "Te he llevado en brazos tres veces, y en ninguna de ellas te has resistido."
"No han sido tres veces, sino dos", objetó ella, perdida en los ojos verde olivo.
Ocultando su emoción, él sonrió. "No sabía que llevabas la cuenta… pero siento decir que te equivocas. Te desmayaste en Yildiz, ¿lo olvidas?"
Ella bajó la cabeza. ¿Entonces había sido él quien la levantara del suelo, cuando había colapsado porque su vida parecía no tener sentido? Tres veces la había cargado, y un sinnúmero de veces había visto su cuerpo desnudo… ayer la había besado por primera vez, y siempre buscaba la forma de abrazarla, de tocarla. No tenía nada que ocultar a Tarkan, pues el ya lo había visto todo… lo único que faltaba era consumar la unión entre ambos. "Oh", murmuró ella al convocar en su mente la imagen del príncipe desnudo, mostrando a su princesa las delicias del amor…
'Está apenada', pensó el príncipe, sin apartar la vista de la joven. Ella era como un sueño hecho realidad, el eslabón perdido en su vida… y a partir de ahora, habría de convertir ese infierno al cual había sido arrastrado en un idílico paraíso. Colocó la cabeza de ella sobre su pecho, de manera que ambos habían quedado, uno encima del otro, inclinados sobre el sofá, y cuando ella dejó reposar sus manos sobre el firme y aplanado vientre, una traicionera parte de su cuerpo reclamaba su atención. 'Ahora no, maldición…' Se incorporó un poco, con tal de no dejarse llevar por la emoción de la carne, hasta que ella preguntó, sin abandonar el remanso de su pecho: "¿Cómo supiste que el Terry que conocí es Terrence Granchester?"
El mantuvo la calma, pues no quería romper el encanto. "¿Me creerías si te digo que tan sólo lo adiviné?" Colocó las manos sobre la cintura de la muchacha, y la sintió temblar bajo los guantes. "Todo Londres lo conoce por ser hijo del duque, y allá han llegado noticias sobre su ascendente carrera como actor en Broadway."
"Debí suponerlo", dijo ella, acurrucándose contra el musculoso pecho, y a medida que pasaban los minutos, Terry se alejaba cada vez más de su pensamiento. No era Terry, sino Tarkan, quien la abrazaba en la soledad del dormitorio, y le daba calor… era el príncipe, y no el actor, quien había roto los códigos de conducta en su propio palacio con tal que ella se sintiera a gusto en las instalaciones… y cuyos pasados besos aún quemaban sus labios enrojecidos. Respiró el olor a lavanda que brotaba de él, mientras que él jugaba con sus rizos, y a pesar de su cautiverio, sintió una paz que nunca antes había tenido. Encerrada en un magnífico palacio, y a merced de un enigmático príncipe, había conocido una nueva cultura, nuevos amigos, nuevos enemigos… y a pesar de estar viviendo en un país adverso, Constantinopla era un lugar maravilloso… y en silencio pidió perdón al Todopoderoso por haber deseado morir en el mercado. 'Si no hubiera vivido, Edwina habría sido vendida al mejor postor, y yo no hubiera conocido al príncipe…' En un gesto inconciente, lo abrazó con fuerza, y sintió cómo el vientre de él se contraía, como si también estuviera experimentando la felicidad de estar con ella. Con mucho cuidado, él subió el torso de ella, hasta tener su rostro cerca de él, y con cristalinas esferas ambarinas, la miró a los ojos, y colocándole un travieso rizo detrás de la oreja le dijo: "No volveré a hablar de él… te lo prometo."
"Tarkan…" El era tan contradictorio que le costaba trabajo entenderlo. Fuerte y poderoso en su posición, apasionado para el romance, generoso con sus súbditos, y dulce y tierno cuando estaban a solas… Dejó que él trazara círculos con el pulgar alrededor de sus labios, encendiendo una nueva hoguera en su interior. "Sé que permaneces aquí porque quieres ayudar a Enise", con su otra mano acariciaba la sonrojada mejilla, "y que siempre tienes el genuino deseo de ayudar a los demás, incluyendo a aquéllos que te desprecian", sosteniendo la barbilla de la muchacha con firmeza, clavó su penetrante mirada en la de ella, "y aunque las condiciones que te rodean son adversas", volvió a rozar los delicados labios con su dedo, "quiero que te olvides de todo y te relajes…"
Ella abrió los ojos cuan grandes eran. "¿Cómo voy a relajarme estando contigo?"
El apretó los labios, aguantando los deseos de reír. "¿Por qué haces eso?", preguntó Candy.
"¿A qué te refieres?"
"¿Por qué no muestras tu risa?"
El le regaló una mirada de ensueño. "Porque no me dejas adorarte", e inclinándose hacia adelante, dio un profundo, y sonoro beso en uno de sus oídos, y ella se estremeció al sentir su agradable aliento. "Me tienes loco, princesa…" Y depositó otro beso, esta vez sobre su cuello, y ella tembló de alegría y placer… pero él quería más, y con ojos tan azules como el océano, acercó sus labios a los de ella, y Candy abrió la boca de inmediato, dando paso a la anhelada intromisión del príncipe, con su boca y sus sentidos armonizando con los de él. Lenta y dulcemente, él saboreaba cada rincón, ayudándola a acoplarse, y lo oyó emitir un gemido de satisfacción, y ella, como orgullosa alumna, estaba feliz de haber aprendido a cabalidad el misterio más allá de unos labios. Tarkan era un príncipe, y como tal, merecía el mejor de los besos… Para no caer sobre él, sostuvo el pigmentado rostro en sus manos, y no pudo evitar pasar las yemas de los dedos entre las pobladas cejas…
'Ya no se resiste', pensó él con alegría, con su corazón palpitando a gran velocidad, 'y está tomando el control…' Se rindió a las manos de ella en su rostro, a la entrega con que aceptaba recibir sus besos y abrazos… y con sus manos enguantadas comenzó a recorrer, de arriba a abajo, toda la blanca espalda, y ella suspiró con gozo mientras se le erizaba la piel, así como la de él. Ella había dejado de ser una enfermera sufriendo una desilusión, y él un hombre sin rumbo, para convertirse en el príncipe y la princesa que jugaban al amor… y haciendo un esfuerzo sobrehumano, se apartó, y ella emitió un quejido que elevó su ego. "¿Quieres más?" Y la besó nuevamente, disfrutando cada sabor compartido, pero al cabo de unos segundos, volvió a retirarse, y ahora daba pequeños chasquidos sobre los ahora abultados labios. "Siento… decirte… esto… pero… alguien… toca… a la puerta…" Con mucho pesar, se levantó del sofá, con sumo cuidado de no derribar a la princesa al suelo, y se dispuso a abrir la puerta cuando Candy interrumpió sus pensamientos. "No oí que llamaran a la puerta, Tarkan."
El sonrió. "Cierto es; pero desde que entré a esta habitación hay alguien esperando afuera."
"¿Cómo?" Ella se levantó de golpe. "¿Tienes a alguien esperando hace rato, y no pudiste decirme?"
"No creo que se moleste", dijo él, abriendo la puerta lo suficiente para que un temible animal de cuatro patas hiciera su pomposa entrada al kiosko. "Gracias por tu paciencia, Saglam", bromeó el príncipe, "pero el recreo se terminó."
Candy se echó a reír a carcajadas. "¡Pobre Saglam! Debería llevarte a juicio por abuso de animales-"
"Pues ya que lo defiendes tanto", montó a Saglam con experto dominio, "entonces puedes quedarte aquí, y te perderás la sorpresa."
Ella rió con alegría. "¿Cuál sorpresa?"
El fingió completo desconocimiento. "Pues nunca lo sabrás si no vienes." Y extendiendo una mano para ayudarla, la trepó sobre el caballo, y llevando las riendas, salió cabalgando del dormitorio.
