PRINCESA DE LA NOCHE

Por Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.

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CAPITULO 10: Una tarde con el príncipe

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"¡Esto es lo más absurdo que he escuchado en toda mi vida!"

Archie estaba siendo asistido por Flammy en la habitación del hotel Talisman en el centro de El Cairo cuando Albert le informó que, con toda probabilidad, Neil tomaría un barco seguro que lo llevara a Estambul, y la enfermera se dispuso a tomarle la presión, pues el chico había comenzado a alterarse. "Estoy mucho mejor, tío, ¡no necesitas enviar a Neil! Dudo que nos sirva de mucho allá."

"El doctor Matthews ordenó estricto reposo, Archibald", repitió Albert por séptima vez en el día, y Flammy puso los ojos en blanco al tener que escuchar la misma letanía una y otra vez.

Pero Archie no se daba por vencido. "Sólo sufrí un desmayo, ¡no estaré enfermo el resto de mi vida!"

Como era su costumbre desde que llegara con ellos al hotel, Flammy lanzó la bomba de medición de presión a la cama de Albert. "Por lo visto, señor Cornwell, todo lo que a usted se le dice le entra por un oído y le sale por el otro-"

"¡Tú cállate!", gritó Archie. "¡Por tu culpa estoy aquí, durmiendo y tomando medicinas, en vez de ayudar al tío Albert a buscar a Candy!"

Albert intervino. "Todos estamos preocupados por Candy, pero no queremos que te exaltes."

"Sí, claro", dijo el otro con mofa, "todos, excepto Eliza."

"En eso sí le doy la razón", sostuvo Flammy.

La tía Elroy, quien ya estaba repuesta de su crisis, entró a la habitación, en compañía de Eliza y Neil. "Estoy de acuerdo con que te quedes en Egipto, Archibald. Mis problemas con la presión se remontan a hace varios años, pero tú eres joven, y no es bueno que tengas este tipo de sucesos."

Eliza intervino. "¿Por qué no dejan que sea Archie quien decida si quiere ir o no? Si no dejamos que vaya, de todas maneras dará mucha lata aquí en el hotel, y terminaremos siendo nosotros quienes tengamos la presión por las nubes."

Archie se levantó de la cama. "¡El único modo en que te suba la presión, zorra disfrazada de dama, es si Candy estuviera viva!"

"Está viva, Archie", insistió Albert, quien ya comenzaba a experimentar un martilleo en su cabeza, y frotando sus sienes, tomó asiento al borde de la cama; y Flammy, advirtiendo el cambio en el semblante del rubio, extrajo unas pastillas de su maletín de medicamentos y primeros auxilios, y sirviendo un vaso con agua de una jarra puesta sobre una mesita, llevó las mismas al jefe de los Andley. "Tome… si no lo hace, el dolor de cabeza será tan fuerte que no podrá levantarse de la cama mañana."

Albert ingirió las pastillas. "Es lo que me pasa por andar vagando de tren en tren… ahora padezco de migrañas a consecuencia de la amnesia que sufrí."

Flammy se sentó a su lado. "¿Usted perdió la memoria, señor Andley?"

"Soy Albert", recordó él por millonésima vez desde que salieran de la clínica en Tanis, "y sí, estuve sin memoria varios meses, luego de una explosión de tren en Italia", cerró los ojos al recordar el desgarrador suceso, "y tuve suerte de no haber muerto."

"No lo sabía…"

"Ya estuvo bueno de hablar sobre el abuelito", interrumpió Neil, "el caso es que no quiero ir a Anatolia, y Archie no quiere quedarse. Dejar que él vaya en mi lugar es tan simple como que dos más dos son cuatro."

"Existe un detalle, Neil", dijo Albert, sintiendo el calmante efecto de la medicina suministrada por Flammy. "Archie no tiene facciones mediterráneas, y tú sí."

"¿Eeeeeehhhhhh?" Todos, incluyendo a Flammy, se miraron sin comprender, y esta vez fue la tía Elroy quien rompió el silencio. "¿Qué quieres decir, William… que nuestro Neil debe hacerse pasar por otra persona para entrar a ese país?"

El bebió otro sorbo del vaso de agua provisto por Flammy. "Espero que no sea necesario… pero si así fuera, debemos ser precavidos y asegurarnos que tanto Neil como Candy abandonen Anatolia sin problemas."

"Pero no podemos asegurar que Candy vive, o que haya ido a parar a ese país…"

"Yo sé que está viva, tía abuela."

Eliza caminó de un lado a otro de la habitación. "¡Esto es el colmo! No vamos a exponer a Neil en un país enemigo cuando a Candy ya se la comieron los tiburones-"

"¡Largo de la habitación!", gritó Archie, lanzando un par de almohadas hacia ella. "¡Tú eres la única culpable de todo!"

"Usted no va a echar a nadie de aquí", dijo Flammy con tono autoritario, y levantándose de la cama exclamó: "¡Quien va a sacarlos a todos soy yo!"

Eliza apretó los puños. "¡Cómo te atreves a echarnos, arrimada! Cuando menos debes guardar respeto a tus mayores-"

"Al contario, Eliza", interrumpió la tía abuela. "¡La enfermera Hamilton es justo lo que necesitamos para poner esta familia en orden!"

Archie sintió que volvía a desmayarse. "¿Cómo puede decir eso, tía, después de todo lo que ha provocado? Además, Candy también la ha atendido a usted con esmero…"

"Pero no ha tenido las agallas suficientes para decir a ustedes las verdades que se merecen… Flammy sí."

"No necesito que me defienda, señora", protestó la enfermera.

Eliza se sostuvo de una pared para no entrarle a golpes a la intrusa cuatroojos. "¿Lo ven? Es malcriada y también prepotente…"

"Pues sea como sea, su método de trabajo parece sentarle bien a la tía abuela, y también ha sido de ayuda para Archie", reiteró Albert para sorpresa de todos. "Pero en vez de estar cuestionando la labor de Flammy, deberíamos establecer un plan de acción para recuperar a Candy."

"Sigo creyendo que es una causa perdida", protestó Neil.

"También yo", secundó Archie.

"¿Qué les pasa a ustedes?" Flammy se dirigió a todos con desprecio. "¿Acaso están tan acostumbrados a andar pegados a las faldas de sus mamás, que no se atreven mirar ni a la esquina? Son una partida de cobardes…" Abrió la puerta del cuarto, y se quedó de pie en el marco de la misma. "¡Me parece haber ordenado que salieran de aquí!"

"¡Condenada enfermera!", gritó Neil, lanzando puños y patadas al aire, mas emprendió su camino rumbo a su propio dormitorio, seguido de una furiosa Eliza, y después, de la tía Elroy, quien guiñó el ojo a la enfermera que hacía un extraordinario trabajo al mismo tiempo que ponía a todos en su lugar. Al verla, Flammy contuvo los deseos de reír, y para no hacerlo, limpió un falso sucio de sus anteojos. No estaba allí para que la adularan, sino para cumplir con el trabajo encomendado. Entonces vio que Albert continuaba sentado al pie de la cama y dijo: "Debe tomar un descanso, señor Andley."

"Albert", reiteró él por millonésimaprimera vez, "y tú deberías reposar también."

"No es correcto que usted me trate de tú. Soy una empleada, y por eso estoy aquí."

"No soy tu enemigo, Flammy." El se levantó para aproximarse a la cama donde Archie trataba de dormir, y le dijo al muchacho: "Aunque parezca que has mejorado, tienes muchas preocupaciones que no te permiten pensar con claridad… y debo pedirte una disculpa por haberte traído hasta aquí."

"Mis problemas son los mismos que los de ustedes", sostuvo Archie.

"Pero eres muy apegado a Candy, y ahora que ella ha desaparecido, sientes que has sufrido otra gran pérdida… y con Annie lejos, te ha sido difícil conservar la calma."

Flammy escuchaba, atenta, las palabras del señor Andley. 'En verdad esta familia estima mucho a mi compañera… al menos parte de ella', pensó, y en lugar de amargarse o enfurecerse por la sana unión familiar del prójimo, sonrió al saber que Candy aún contaba con el cariño de sus amigos pero… ¿dónde estaba su novio Terry? En ocasiones había estado a punto de preguntar por el actor de teatro, pero todo apuntaba a que el más indicado para ofrecer las respuestas que buscaba era el mismísimo William Andley, y primero perdería un dedo del pie antes que consultarle… aunque no podía negar que el rubio llevaba una gran responsabilidad a cuestas, en especial la de recuperar a Candy. Olvidando que el señor Andley continuaba en la habitación, arregló la almohada de Archie, y fue entonces cuando formuló la pregunta que había deseado hacer desde que los Andley arribaran a Tanis: "¿Cómo fue que su hermano conoció a mi madre, señor Cornwell?"

Albert observó con interés a la enfermera que había propiciado la hipertensión de Archie, y sintió desconcierto, pues aunque ella había complicado las gestiones de los Andley en el hospital, en todo momento tuvo buen juicio e iniciativa al tomar decisiones. 'Es una buena enfermera', pensó, mientras Archie se debatía entre relatar o no a ella las circunstancias bajo las cuales Stear había visitado la taberna donde trabajaba la madre de ésta. 'No guardes rencor, amigo', instó el rubio en su interior, esperando que Archie dejara atrás su amarga experiencia en la clínica… y finalmente oyó cómo su pariente contaba a la joven todo lo relacionado al día en que Stear y Candy acudieron al negocio de su progenitora, y Flammy bajó la cabeza, tratando de no empañar sus anteojos con lágrimas. De pronto, Archie se quedó dormido bajo el efecto de los medicamentos, y luego que ella se asegurara que no había nadie a su alrededor, se quitó los anteojos, y comenzó a llorar, sin intenciones de detenerse. La soledad había sido su más fiel compañera los últimos años, y gracias a ello, se había ahorrado muchos sufrimientos que no hubieran mermado de haber continuado en el vicioso ambiente donde había crecido. Sentía pena por sus hermanitos, a quienes había dejado en la misma oscuridad de donde había salido, pero nada podía hacer por ellos, y el mejor modo de olvidar su propio abandono, así como el de los suyos, era cumpliendo con su deber, ya que era la única forma de tener el control de su vida. Lloró como pocas veces se había permitido hacerlo, pues había presenciado el dolor y la tragedia en todas sus variantes, luego que pisara el territorio en guerra, y en ese continente marcado por el hambre y la destrucción, la tristeza que había acumulado con el paso de los años no tenía mérito…

Una de las medicinas que siempre llevaba consigo había caído de su bolsillo, añadiendo un peso a su mano derecha, que reposaba sobre la mesita de noche, y cuando se dispuso a ponerlo de vuelta en su lugar, se dio cuenta de que el peso no provenía del frasco… y que William Albert Andley había dejado su mano descansando sobre la de ella. "Es tal y como lo pensé", dijo el rubio en voz baja, "has sufrido mucho, y no quieres demostrarlo…"

Ella no sabía si apartar o no su mano de la de él. No tenía idea de que él había permanecido en la habitación mientras ella lloraba como una niña pequeña sin su juguete, y no cometería la rudeza de retirarse repentinamente, no después que él la hubiera visto despojada de su fortaleza. Buscando una posible razón por la que él estuviera atento a su arranque, miró a los ojos azules de su empleador, y lejos de encontrar en ellos señal alguna de burla o de sarcasmo, sólo vio un dejo de preocupación… y cansancio. "Creo… creo haberle dicho que descansara un poco, señor Andley…"

El sonrió a la enfermera cuya tenacidad había evitado que bajara las defensas que había construido para no dejarse abatir por el daño que a todas luces había sufrido en el pasado, y dijo, por millonésimasegunda ocasión, "Albert." Y procedió a preparar la cama, ante la mirada atónita de ella, pues aún no comprendía por qué él la había conmocionado con el simple gesto de tomarla con su cálida mano. No se había percatado de que ahora tocaba el lugar donde él la había tocado, hasta que oyó la voz de él que decía: "No quiero que le digas nada a Archibald, pero si mejora, tal vez pueda acompañarme a Estambul, luego que Neil se haya adelantado."

Ella lo miró con curiosidad. "¿Y por qué enviar al señor Legan primero?"

El respiró hondo. "El tiene los rasgos físicos idóneos para confundir a los enemigos; además, necesito ganar tiempo y hacer los movimientos necesarios e investigar quien es el líder de la resistencia otomana, pues nos puede ayudar a recuperar a Candy."

"¿Y cometer la estupidez de arriesgar su vida y la del señor Cornwell?"

"Es preciso ser estúpido de vez en cuando, Flammy, aunque para eso hubiera que infringir las reglas."

"¿Y qué pasará con la señora Elroy y la señorita Legan?"

"Se quedarán contigo en Egipto, y después… volverán a América, y eso te incluye a ti."

"¡No puedo regresar a casa!"

"¿No puedes… o no quieres?"

Ella frunció el entrecejo, deseando que el rubio desapareciera de Egipto y de su vida. ¿Cómo se atrevía a leer la mente de las personas como si fuera un clarividente… y por qué siempre tenía la capacidad de percibir todo a su alrededor, y luego proceder con sabiduría? "Váyase al diablo, señor Andley-"

El permaneció impacible, pues era obvio que a ella le aterraba la idea de enfrentar sus temores y superar sus traumas. "Albert", corrigió, por millonésimatercera vez.

'Esto tiene que ser una broma', pensó ella con enfado, sintiendo que tenía las manos atadas, pues si no cumplía a cabalidad su nuevo rol, sería despedida definitivamente, recibiendo malas recomendaciones para futuros empleos. Se apresuró a la salida, y abriendo la puerta con violencia exclamó: "¡Entonces váyase al diablo… Albert!", y tiró la puerta tras su paso.

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Saglam había dejado de hacerse el difícil, y abandonando su pose de caballo poco amigable, remeneó su cola de un lado a otro mientras llevaba a su amo, y a la hembra de su amo, fuera de los predios del harén, a paso lento, pero seguro, pues su instinto le decía que quienes lo montaban estaban en celo, y debía conducirse con premeditada calma hasta que llegara el momento en que ambos jinetes quisieran aparearse. ¿Pero por qué a los seres humanos les costaba tanto trabajo unirse cuando se gustaban? El resto del reino animal solía ir al grano, y cuando a él, enamoradizo al fin, le gustaba una yegua, le dejaba saber, con franqueza, lo mucho que la deseaba, así que no comprendía por qué su amo, con su corazón de guerrero al igual que él, no terminaba de hacer su parte para poseer a su pareja. Algo se le debía ocurrir, y en cualquier momento, haría de las suyas para que su dueño hiciera de su compañera su nueva dueña…

Cabalgando junto a Tarkan, Candy dejó que la brisa mañanera acariciara su rostro y su cabello suelto. Ese día decidió no llevar ninguna tiara, pues había llegado a pensar que el príncipe no la visitaría, y ahora se arrepentía de no haberse arreglado mejor, puesto que ya se estaba acostumbrando a lucir más presentable para él. Mirando hacia adelante preguntó: "¿No vamos a la clínica del doctor Dujardin?"

El mantenía las manos sujetas a las riendas de Saglam. "Este es un trayecto más largo para llegar hasta allá. Daremos una vuelta a la izquierda, luego dos más a la derecha y después…", aguardó a que ella reaccionara, y al ver que había guardado silencio exclamó, conteniendo la risa: "¡Por supuesto que no iremos! Nuestra primera parada es…" Se detuvo frente al magno edificio que había admirado a su llegada a Topkapi, "la biblioteca del palacio." Desmontó el caballo, dispuesto a ayudarla a bajar, pero Candy saltó sin previo aviso, pues luego de los pasados besos, quería estar en sus cinco sentidos para admirar todos los nuevos lugares que Tarkan le mostraría en este nuevo paseo. No se dio cuenta de que él sonreía a sus espaldas a medida que ella subía las escaleras de la entrada principal, y cuando abrió la puerta, estornudó varias veces al recibir el fuerte olor de los libros antiguos y empolvados… y a su alrededor, varios pisos de estantes la saludaban, ofreciendo páginas y páginas de conocimientos a los únicos visitantes del oscuro y solitario lugar. "¡Cuántos libros!", exclamó, pero de inmediato recordó que era casi imposible encontrar alguno que estuviera escrito en inglés. "¿Has tenido la oportunidad de leer alguno, Tarkan?"

"Debo hacerlo", respondió él, "es parte de mi educación, aunque no entienda ni jota de algunas palabras."

Ella sintió lástima por el joven, pues de seguro estudiar en la academia de príncipes era como volver a completar las difíciles asignaturas de la primaria. "¿Y qué te hacen leer… política?

El hojeaba un libro de cubierta desgarrada cuando la escuchó, y el púrpura de sus ojos se transformó en el desafiante negro azabache, y su mirada era capaz de clavar más profundo que una daga, y luego de una larga pausa contestó: "Religión."

Ella lo observó con cautela. "Entiendo… supongo que tus creencias y las mías son diferentes a las de los otomanos, y por eso-"

"Tampoco soy muy devoto de la iglesia que ya conocemos", dijo él con parquedad, aunque a raíz de su encuentro en el mercado, no dejaba de reflexionar sobre el papel que Dios le había otorgado en el mundo. "Ven; aquí hay unos libros que serán de interés para ti…" Siguió caminando a lo largo de un largo e incómodo corredor, pero ella no movió uno solo de sus pies. Seguía intrigada por el súbito cambio de humor de su acompañante, y no le gustaba verlo tan cerrado en sí mismo.

Al no escuchar los pasos de ella cerca de él, el príncipe se dio la vuelta, y la vio parada en el mismo lugar donde la había dejado. "¿No vas a venir?", preguntó a secas.

Candy dio unos breves pasos hacia él. "¿Por qué no te gusta tocar el tema de la religión, Tarkan?"

El frunció el entrecejo, y sus pupilas se nublaron en evidente tormento emocional. ¡Cuánto ansiaba decir la verdad a su princesa! Las costumbres islámicas lo tenían aterrado, pero debía mantenerse firme en su propósito de mantener a Nadire alejada del Sultán, y si le contaba todo, ella, en su altruismo de siempre, se ofrecería en sacrificio con tal de evitarle un sufrimiento, lo que complicaría aún más los planes para sacarla del harén. Rogando a Dios porque ella olvidara el asunto, se limitó a decir: "No he venido aquí a repetir mis clases de teología." Y retomó su paso, dejando a Candy con muchas dudas. 'Esa expresión', pensó, 'esa expresión… la misma que tenía cuando pasamos frente a aquel kiosko en el cuarto atrio…" Una voz interior le decía que el temor de él ante cierto aspecto del islam estaba relacionado a lo que fuera que hubiera dentro del pabellón desconocido, y su corazón latió con fuerza. '¿Qué es eso que te tiene tan abrumado, Tarkan?' Al principio había creído que la intranquilidad de él se debía a la inminente llegada de los armenios a Estambul, lo que era motivo de preocupación para todos, pero había algo más, algo que el príncipe se negaba a contar, ¿pero por qué? Para no arruinar su día juntos, siguió sus pasos, hasta detenerse frente a un estante, y Tarkan extrajo unos libros, y se los dio a ella diciendo: "No necesitas hablar en otomano para entenderlos…"

Candy abrió uno de los libros, y lanzó un grito de euforia al encontrar en el mismo varios dibujos y otras imágenes correspondientes al mundo de la medicina. "¡Cuántos ejemplos! Aquí hay material muy valioso incluso para los médicos…"

"Algunos tomos son muy antiguos, y hay veces en que es mejor recurrir a la vieja escuela para mejorar la salud de las personas."

"Y el mejor método de esa vieja escuela es el cariño", señaló ella con el dedo, a modo de enseñanza. "¡Esa es la mejor medicina para el cuerpo y el alma!"

El cruzó los brazos, recostándose contra el estante. Ya podía imaginar a su princesa saltando a la cama de sus pacientes, haciendo piruetas y gestos graciosos a sus pacientes antes de colocarles una dolorosa inyección, o calmando a un niño lloroso haciendo chistes o abrazándolo… y no pudo evitar recordar una época no muy lejana en su vida, en la que el cariño había movido la cordillera de hielo que había en su corazón, y de vuelta al palacio, asintió a las palabras de Nadire. "Ya lo veo que sí", susurró, y Candy se alivió al verlo más relajado, aunque no cesaría en su búsqueda de la verdad acerca del misterioso pabellón, y su relación contra el pavor de Tarkan hacia la religión otomana.

Ella prosiguió con el segundo libro, y así estuvo unos minutos, sin darse cuenta que él había desaparecido por una esquina, y justo cuando terminaba de hojear el último tomo, los exóticos acordes de una guitarra comenzaron a escucharse en el interior del edificio. "¿Tarkan?" Colocó los libros de vuelta a su lugar, y buscó al príncipe por todos lados. "Tarkan, creo que no estamos solos…" Recorrió cada rincón de aquel laberinto de libros, pero no había rastro alguno de él, ni de ningún otro recién llegado. ¿Acaso habían fantasmas en la biblioteca? No lo descartaba, pues a juzgar por el polvo que permeaba dentro, habían transcurrido años sin que nadie visitara el interesante lugar, a excepción del príncipe. Las notas provenientes de la guitarra eran interpretadas de manera magistral, envolviendo los sentidos de Candy con elegancia y sentimiento… y sin desearlo, se transportó a aquellas tardes de verano en Escocia, donde un rebelde chico inglés mostraba su lado más sensible a través de los acordes de un piano. Terry tenía muchas aptitudes para las artes… no sólo en el teatro, sino también en lo concerniente al mundo musical. Ella le había regalado la armónica para ayudarlo a canalizar sus vicios, sin saber que el trasfondo musical del actor iba más allá que las prácticas y el rápido dominio del uso de la armónica… y el tiempo le mostró que aquellos dedos tan largos y delgados de Terry eran los dedos de un talentoso pianista. ¿Cómo olvidar la melodía que él interpretaba hasta la saciedad, porque era la favorita de ella? Incluso había tratado en vano de enseñarla a manejar las teclas, pero estaba tan embelesada con su porte al tocar el instrumento, que no lograba concentrarse lo suficiente para aprender.

La música no cesaba dentro del acústico espacio de la biblioteca, y ya estaba por darse por vencida y salir al exterior, cuando avistó una última fila de libros, en lo más remoto del edificio; y cuando ella se asomó a ver, Tarkan interpretaba, con una extraña y peculiar guitarra en mano, una melodía aparentemente otomana… y la concentración en los ojos escarlata de él sólo era opacada por la admiración que en ella despertaba su experto dominio sobre las cuerdas. El príncipe tocaba con experto dominio, tal vez como parte de sus requisitos en la escuela para príncipes, o quizás había sido enseñado por su madre… y leyendo sus pensamientos, él mencionó: "La música es una manifestación del alma, y aquél que tenga el enorme deseo de ser uno mismo a través de ella, es capaz de dominar ese arte, bajo cualquier circunstancia", siguió tocando, y Candy sintió cómo las fibras de su corazón se movían con la misma afinación con que lo hacían las cuerdas de la guitarra, y el Terry que había quedado resguardado en su memoria tras el constante recuerdo de unos fogosos besos con el príncipe, ahora regresaba con furia, reclamando su relegado espacio en el alma de su pecosa.

Como recuerdo viviente de aquello por lo cual aún respiraba, y que debía dejar atrás, Tarkan continuó tocando, y de repente desafinó una nota, capturando la atención de ella, y preguntó: "¿Alguna vez has contado a alguien todo sobre tu vida?"

Ella parpadeó varias veces. Tarkan era impredecible, y no tenía ningún derecho de indagar sobre sus asuntos personales, él, menos que nadie. "Albert siempre ha sido como un hermano para mí, y mi vida es casi como un libro abierto para él."

"¿Tanto así?"

Ella lo miró con enojo. "Albert es mi amigo, y no tiene malas intenciones conmigo; además, no lo conoces, así que no tienes que insinuar-"

"¿Y no hay nadie más, aparte de él, a quien hayas confiado todos tus secretos?"

Candy no comprendía adónde quería llegar Tarkan. El había prometido no volver a mencionar el nombre de Terry; sin embargo, sus acciones mostraban lo contrario, induciéndola a recordarlo. "Eres cruel", le dijo, y luego guardó silencio. Ciertamente le hubiera gustado compartir con Terry todo lo referente a sus primeros años en el hogar de Pony, sus dificultades en Sunville, y su temporada de ilusiones junto a Anthony, así como sus providenciales encuentros con Albert, príncipe de la colina… el primero de dos príncipes en su vida. Durante su noviazgo a distancia había acariciado la esperanza de un mañana junto a Terrence, y como parte de ese mañana, terminaría de contarle todo lo que había faltado por decirle; pero ese mañana nunca llegó, y las revelaciones que había guardado para él habían quedado pendientes por salir a la luz… y sin saber cómo, abrió su corazón a Tarkan, como nunca antes lo había hecho con Annie, sus madres en Pony, o con el mismo Albert, y relató, parte por parte, cada suceso de su vida, desde su milagroso hallazgo en una noche de invierno cuando apenas era una bebé, y todas sus etapas subsiguientes, hasta la fatídica noche en que cayera del trasatlántico una semana atrás, y él, sin dejar de tocar la guitarra, la escuchaba con atención, con el silencio, y las notas de la guitarra, como única interrupción. Tantos gratos momentos con sus amigos, y tantas experiencias vividas, y nunca, nunca, había confiado a alguien su perspectiva de lo que había sido su vida, paso por paso, y aquí estaba, en un país ajeno del cual esperaba escapar algún día, narrando su existencia a un príncipe que acababa de conocer… y se detuvo, sintiendo que había liberado un cúmulo de emociones contenidas. "Es todo", anunció; y para añadir un toque casual a la ocasión, preguntó: "¿Cuál es el nombre de esa guitarra?"

Tarkan dejó de tocar, y estiró sus largos y entumecidos dedos. "Es una baglama. Un día la encontré tirada en un rincón de esta biblioteca, y la llevé a la escuela de príncipes con el propósito de recibir lecciones para aprender a manejar ese instrumento, y desde entonces vengo aquí, de vez en cuando, a practicar cuando nadie me ve… excepto tú."

Ella ignoró el pálpito de emoción que había surgido en su corazón, y supo que había llegado su turno de conocer más sobre él. "¿Qué hay de ti, Tarkan… qué me cuentas sobre tu madre, tu antiguo trabajo, o si dejaste alguna novia en Londres?"

Los ojos azabache volvieron a posarse sobre los de ella, cual cazador vigilando no convertirse en presa. "No hay mucho que contar", dijo en tono áspero, "mi vida comenzó aquí, en Estambul, hace poco más de un mes…"

Ella guiñó un ojo y sonrió. "Si te refieres a los cambios, yo también empecé a vivir hace una semana." Avida de curiosidad, descansó el mentón sobre la palma de la mano. "Vamos, cuéntame sobre tu vida…"

"Ya sabes lo suficiente-"

"No es justo", dijo ella, furiosa porque él le había tomado el pelo. "Me haces hablar de mi vida entera, y ahora que pido que hagas tú lo mismo, ¿no quieres decirme absolutamente nada? " Se levantó, próxima a marcharse. "¿Quieres ser mi amante, pero no quieres ser mi amigo?"

El sonrió con sarcasmo. "Eso no fue lo que me demostraste aquella noche que me golpeaste… al contrario, dejaste muy claro que no querías tener que ver con nada que te atara emocionalmente a mí."

'Pero ya lo estoy', quiso gritar ella a todo pulmón, mas se detuvo, pues él tenía razón acerca de su primera impresión sobre él. "¿Por qué no quieres hablar sobre ti?"

"Porque soy el príncipe."

"¡Eres un arrogante y un engreído!" Caminó hacia la salida, donde Saglam los esperaba impaciente, y volteándose por última vez a contemplar los libros dejados en el olvido, preguntó: "¿Te gustan las obras de teatro?"

Nuevamente, el hermetismo figuró como única respuesta de Tarkan; y cuando ella alzó una pierna para montar a Saglam, él la alcanzó, y subiendo a la silla comentó: "Las odio." Y llevó a Saglam más adelante, sumiendo a Candy en la confusión. El príncipe era atento, romántico, con buen sentido del humor… pero en lo que concernía a su vida personal, se mostraba introvertido, y hasta cierto punto renuente a entablar conversación. Cabalgaron en silencio hasta llegar a la puerta principal del sarayi, y la mirada intimidante de Saglam fue suficiente para que los guardias de turno abrieran paso al príncipe y su acompañante, y fue entonces cuando ella decidió romper el hielo. "¿No está prohibido que salgas del palacio?"

El príncipe, quien aún coordinaba la manera de pedir disculpas a su princesa por su errático comportamiento en la biblioteca, contestó: "En eso debes darle las gracias a Saglam… le gusta ser el centro de atención."

Ella rió con frescura, y al escucharla, sintió el ácido sabor del remordimiento. Ella había abierto su libro de la vida, permitiendo que él escuchara cada una de sus locuras, y de sus tristezas, y sólo había pedido a cambio que él hiciera lo mismo… ¿pero cómo decirle que el concepto que ella tenía de él no era sino un espejismo, y que temía contarle la verdad por miedo a que ella lo rechazara, o peor aún, que huyera del palacio para caer en las garras del enemigo? 'Debes controlarte', se ordenó, reprochándose por haber sido grosero con ella, 'ahora te corresponde enmendar el daño…' Alzando el borde del vestido de la chica, buscó la falda que servía de relleno, y rasgó una tira de la costosa tela, sorprendiendo a Nadire en el acto. "¿Tarkan, qué haces?", preguntó.

"Shhhh", haciendo un doblez al pedazo de tela, la colocó sobre la cabeza de ella. "Te servirá de velo", dijo, y atravesaron la puerta, hasta quedar en plena calle de Estambul. "Estoy afuera", dijo Candy, con su corazón a galope, "¡Oh, Tarkan, estamos afuera!"

El sonrió al respirar la misma libertad que ella. "Así es." De repente, le sobrevino un terrible pensamiento: una vez afuera, la princesa podía intentar escapar como ya había hecho con anterioridad, y sería más difícil rescatarla de los malhechores. Soltando una de las riendas, colocó una mano en el vientre de la princesa, y sintió cómo se contraía la piel bajo el verde vestido. Entonces ella se giró, y con una sonrisa en los hermosos y bien besados labios, susurró: "No voy a escapar, Tarkan. No puedo hacerlo, y aunque así fuera, no quiero ser malagradecida y echar a perder el paseo…"

"Y yo no quiero que nada malo te pase si lo haces."

"¿Es por eso que no quieres que huya… porque te preocupas por mí?"

El continuaba con su mano firme sobre el bien formado vientre. "Por eso… y por muchas cosas más."

Ella volvió a mirarlo, ampliando más su sonrisa. Por segunda vez en el día, el había doblegado su propio carácter, tomando control de sí mismo, volviendo a desenvolverse con madurez. Se dedicó a admirar las míticas edificaciones, la gente comprando y vendiendo en la calle, los niños riendo… una estampa deliciosamente acogedora, muy diferente al horrible escenario en el que había sido vendida como un pedazo de carne, precisamente a él. 'Es un día encantador en Estambul', pensó, mientras todas las personas se detenían a murmurar sobre el príncipe extranjero que había osado escapar de su palacio para cabalgar en compañía de su nueva concubina. Sin contener el deseo de mezclarse entre la gente, saltó del caballo, y dando brincos de alegría, comenzó a transitar en medio de la multitud, feliz de estar en contacto con el mundo exterior, y ansiosa por conocer más sobre Constantinopla.

"¡Nadire!", gritó el príncipe, tratando de hacer avanzar a Saglam entre la gente. "¡Nadire, espera!"

Pero Candy estaba absorta en su euforia de conocer la ciudad. Corría a través de las tiendas, sosteniendo ropa, adornos, y otros artículos autóctonos de Anatolia, y lamentó no contar con dinero para adquirir lindos regalos para sus amigos en América, y la gente hermosa del palacio, entre ellos el príncipe. Se detuvo para examinar una bella pulsera de hombre, completamente cubierta de zafiros… "A Tarkan le encantará esto", dijo en voz alta, y justo cuando iba a preguntar el precio y pensar en el modo de reunir dinero en el palacio para adquirir la exquisita joya, un sujeto barbudo y maloliente la agarró de la cintura, y en un abrir y cerrar de ojos, la llevó a un angosto y desolado callejón, y con aliento fétido le dijo, en un arrastrado uso del inglés: "Te vi en el mercado, y no sabes cómo te deseo…"

Candy trató de hacer memoria de sus antiguas tácticas de defensa en Chicago, y valiéndose de un farol, se impulsó con ambos brazos, hasta dar varias vueltas en el aire, hasta que se soltó, aterrizando sobre el torso del atacante, a quien derribó al suelo. Sacudiéndose el estropeado vestido, se levantó del suelo con expresión de triunfo. "Algunas cosas no se olvidan, Candy White…", pero no bien había comenzado a andar, cuando el hombre la tomó por ambas piernas, haciendo que ella cayera con él, a lo que ella hizo de su instinto su mejor arma al dar una patada en el grueso mentón, y volvió a levantarse, pero él la empujó con el brazo, y al caer por segunda ocasión, ella se dio un fuerte golpe en la cabeza, y en el aturdimiento, el agresor se colocó encima de ella, aprisionándola con su cuerpo, y aunque ella forcejeaba para liberarse, el peso de él le impedía buscar una salida. Trató de empujarlo con todas sus fuerzas, pero no tuvo resultado, y el lujurioso hombre la miraba con ansiedad, mientras comenzaba a bajarse el pantalón; pero fue levantado de golpe, y antes que el sátiro alcanzara a ver de quién se trataba, el príncipe lo había sostenido por el cuello de su caftan, y le propinó un puño que lo lanzó directo contra el farol, y el hombre cayó sentado, inconciente, mientras el príncipe terminaba de incorporar a Candy, y ella se disculpó diciendo: "Perdí mi velo…"

El clavó sus dedos en los hombros de ella. "¡Olvida el velo! ¿No ves que acabas de cometer una estupidez?" Sus ojos almendrados estaban llenos de furia y, ¿desesperación? No podía descifrar la expresión de aquellos ojos túrbidos… "¡No vuelvas a dar un paseo sin mi permiso!"

"Tarkan, yo-"

Las facciones de él se suavizaron, e inhaló profundo, pues su carrera para salvarla lo había dejado sin aire. "Te defendiste muy bien, princesa."

"¿Viste todo lo que pasó?"

El asintió con la cabeza. "Estaban muy lejos… tuve que correr lo más rápido que pude."

Llena de pena por haberlo agobiado, ella dijo con suavidad: "Lo siento."

El la miró, atónito por la tranquilidad de ella. "¡Pues ten más cuidado la próxima vez!"

"¡Ya no me grites!"

"¡No quiero perd-!" Tarkan le dio la espalda a Candy, y se llevó las manos a la cabeza, dándose un masaje en la sien, manchando así sus inmaculados guantes. "¡Maldición!" Y dándose la vuelta nuevamente, tomó el rostro de ella entre sus manos, y la besó con tal fuerza, que ella no tuvo tiempo para cerrar los labios. Luchó contra él y su bien proporcionado cuerpo, dando puños sobre el pecho de él, y de repente él se detuvo, con sus labios aún posándose sobre los de ella, y se quedó así, sin mover un músculo, y ella no sabía qué hacer… y entonces él volvió al ataque, y esta vez ella no tuvo con qué defenderse, o no quería defenderse. Le devolvió el beso con afán, con gratitud, con intensidad… y con un sentimiento que no podía explicar. Agradecida por haber sido salvada por él una vez más, y ansiosa de tenerlo más cerca, lo abrazó con fuerza, y él no dejaba de acariciar su pelo, su cintura, sus cejas… Candice White Andley tenía los elementos necesarios para contraatacar a todo aquél que le hiciera daño, pero sus más poderosas armas se derretían como mantequilla al ser besada por el príncipe. Despacio, él se apartó, y tomándola de la mano, lanzó un silbido, y en un instante Saglam había llegado al callejón. "Vamos a almorzar", dijo Tarkan con voz ronca, pero cuando se volteó a mirarla, Nadire estaba agachada en el suelo, abrazando su estómago con ambas manos. "No quiero… saber nada… sobre comida…", balbuceó.

Tarkan corrió a su lado, y tomándola con suavidad de la barbilla preguntó: "¿Te sientes bien, princesa?"

Ella negó con la cabeza. "Hace unos días, desde que tuvimos nuestro primer almuerzo, siento un malestar en el estómago, pero le resté importancia, pues pensé que era una indigestión."

"¿Por qué no me dijiste antes?"

"Ya te expliqué, no le di mucha importancia", insistió ella, retorciéndose de dolor.

El príncipe comenzó a hacer memoria de la situación. Su primer almuerzo… Zerrin llevando las bandejas, anunciando la primera comida preparada por… Hüveyda. Limpiando el sudor de la frente de Nadire le dijo: "Te llevaré con el doctor Dujardin."

Ella sonrió, a pesar de su dolencia. "No es nada… yo…" Entonces se volteó de espaldas a él, y sin poder contenerse, vació todo lo que había desayunado sobre el suelo. "¡Nadire!", gritó el príncipe, intentando ponerla en pie, pero ella lo empujó, con lágrimas en los ojos. "¡No, por favor!"

"Eres enfermera, sabes que estas cosas le pasan a cualquiera", dijo él con ternura, alisando su cabello. "No tienes de qué avergonzarte…" Pero ella no alcanzó a escuchar, pues la deshidratación ya había hecho estragos en su organismo… y todo se volvió negro a su alrededor, incluyendo el príncipe que la había rescatado del abismo.