Capítulo 11: Siempre contigo
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Las voces de Zerrin y Edwina eran tan claras como el agua. "Han pasado cuatro días", dijo la mayor de las mujeres, "de hoy no pasa que ella despierte…"
Candy no quería abrir los ojos. La primera vez que había despertado de un desmayo, había sido en la tienda de campaña en el mercado de Estambul, y ahora que volvía a despertar de la inconciencia, no quería caer en otra pesadilla, y mucho menos descubrir que sus besos con el príncipe no habían sido más que un sueño. Sintió la mano de Zerrin tocándole la frente mientras comentaba en voz baja: "Al fin le bajó la fiebre…"
"No pensé que el naufragio bajaría las defensas de nuestra amiga", murmuró Edwina, "de no haber sido así, no se hubiera complicado el virus."
"No olvides que también se alojó una bacteria en su estómago."
"Cómo quisiera ahorcar a Hüveyda… por su culpa Nadire casi se nos muere, y el príncipe-"
"¡Shhh!" Zerrin se llevó el dedo índice a los labios. "Aún sigue durmiendo en la sala."
"Deberíamos despertarlo", sugirió Edwina, "lleva varios días sin bañarse."
"Si Nadire despertara y él no estuviera presente, no nos perdonaría…"
La cocinera se cruzó de brazos. "No creo que sea tan severo con nosotras… ya ves, ni siquiera le impuso un castigo a Hüveyda-"
"Porque resultó ser muy astuta la chica", explicó Zerrin. "Fingió no saber que la pimienta de Alepo era un condimento muy fuerte."
"Yo también tuve la culpa, por no haber estado más pendiente a ella, y por no haber revisado los ingredientes."
Zerrin miró a la muchacha con exasperación. "¿Cuántas veces vamos a volver sobre lo mismo, Enise? Nadie, absolutamente nadie, puede garantizar que la pimienta de Alepo estuviera en la cocina desde hace tiempo, pues ya casi ni se usa en el harén… y es casi seguro que ella sedujo a algún eunuco u otro centinela para que la trajera del exterior."
"¡Pobre príncipe Tarkan! No se ha despegado de su lado-"
Candy, quien había estado atenta a la conversación, apartó las sábanas de golpe. "¡Tarkan! ¿Tarkan, dónde estás?"
"¡Nadire!" Edwina corrió al lado de su amiga, seguida de Zerrin, y ambas ayudaron a la princesa a levantarse. "No debes esforzarte mucho, estuviste muy débil…"
"Creo que ya lo sabe", dijo Zerrin con una sonrisa en su rostro, "al parecer nos escuchó mientras estábamos hablando."
Pero Candy no estaba de ánimos para iniciar una tertulia con sus amigas. Tarkan había evitado que fuera atacada por un desconocido, y con toda seguridad, también la había llevado en su caballo de regreso al palacio… y tenía mucho que agradecerle. "Quiero verlo… ¡quiero ver al príncipe!"
Zerrin y Edwina intercambiaron una sonrisa. "Con calma, Nadire", sugirió esta última, "El príncipe se ha quedado dormido-"
"Y yo les dije muy claramente que me avisaran en cuanto ella despertara", dijo Tarkan, apareciendo desde el fondo de la sala.
Candy quedó en una sola pieza al verlo. "Apenas acabo de volver en mí", se disculpó, para evitar que él se molestara con Zerrin y Edwina; pero no fueron sus palabras las que la impresionaron, sino su rostro desencajado y maltrecho. Sus ojos plateados y vidriosos habían quedado hundidos y ojerosos, y su tez era más oscura, pues la falta de aseo había terminado por cimentar el pigmento sobre su piel. "Debes bañarte", tartamudeó, "o de lo contrario no podrás removerte la pintura…"
"La princesa tiene razón, señor", expuso Zerrin. "Como puede ver, lo peor ya pasó, y ahora debe tomar un descanso, que tanta falta le hace."
"Incluso no tiene por qué salir de la habitación mientras se asea, joven Tarkan", agregó Enise. "Si desea, nos llevaremos a la joven Nadire para cambiarle el camisón mientras usted termina de limpiarse."
Pero el príncipe no escuchaba nada de lo que decían sus empleadas. Su princesa estaba de vuelta con él, luego de haber estado al borde de la muerte, y su cuerpo estaba tan frágil que el camisón quedaba colgando de su silueta. Fueron cuatro días a la deriva, esperando alguna señal de mejoría, cuatro días de agonía al verla tan deteriorada, tan marcada por su enfermedad, cuatro días de estar perdido sin ella, sin sus risas, sus ocurrencias, sus dificultades… cuatro días de haber deseado morir si ella lo hacía antes que él. Había encontrado una princesa en medio de la adversidad, tan escurridiza, que su propia vida estuvo por salirse de sus manos… y no había hecho más que escuchar su voz al otro lado del kiosko, y ahí estaba, como un súbdito a las órdenes de la rubia. Esta vez no tuvo el poder de controlar la emoción que lo embargaba, y antes que se diera cuenta, las lágrimas habían llenado sus pupilas.
Candy nunca lo había visto tan desmejorado. "¿Tarkan?" Edwina y Zerrin se habían retirado con sigilo, pues sentían que estaban demás en la privacidad del dormitorio, y aún quedaba por resolver el asunto del baño del príncipe, pero nada de eso importaba… en lo único que ella pensaba era en esos ojos cargados de desolación, desesperación, y hasta de lágrimas. "¿Tanto te importo, Tarkan?", preguntó, y al acercarse sintió unos inmensos deseos de llorar. "¿Estuviste todo este tiempo… junto a mí?"
El no contestó. Continuaba con la mirada perdida en ella, sin atreverse a emitir palabra alguna por miedo a romper ese instante, y descubrir que todo era un sueño, y que ella no estaba allí. "¿Tarkan?", repitió Candy, esta vez con voz más firme, y aquello fue como una sacudida a su maltratado corazón. Ella había sobrevivido al naufragio, a la esclavitud, y ahora a un terrible virus… ¿cuántas pruebas más habrían de enfrentar ambos? Por vez primera, había implorado, de rodillas, al Todopoderoso porque salvara la vida de su princesa… y su mejoría había sido un milagro, pues el doctor Dujardin no había dado muchas esperanzas de recuperación. "Un baño…", comenzó a decir, agradeciendo a Dios en silencio por la nueva oportunidad que había dado a ambos, "un baño… no será suficiente para remover la pintura-"
"Lo sé", dijo ella con suavidad, deseando borrar el anticipo de llanto de los ojos de él. "Cuando estés mejor, puedes ir a la alberca y asearte las veces que sea necesario hasta que estés limpio…"
El volteó la cabeza a otro lado, para que ella no viera las lágrimas saliendo del cauce de sus ojos. "No estuve todo el tiempo junto a ti… sino contigo", confesó con voz entrecortada, "siempre contigo…" Y con la alegría de saberla a salvo, cayó de rodillas frente a ella, y la abrazó por la cintura, dejando escapar todo el llanto que había contenido por los pasados cuatro días, y ella lo apretó aún más, alisando los enmarañados y grasientos cabellos. "¡Tarkan!", exclamó, con sus propias lágrimas rodando por sus mejillas. "No llores… ¡por favor, ya no llores!" Pero él continuaba allí, rendido a sus pies, liberando toda la tensión acumulada durante la crisis de ella. 'Sus sienes laten fuertemente', pensó, 'y sus hombros se sienten tan rígidos…', y le sobrevino una gran preocupación por la salud de él. Lloró de alivio al descubrir que ambos habían llegado de una pieza al palacio luego del incidente en el callejón, y que él estaba en buen estado físico, a pesar de su debilidad. "Tarkan, no llores", suplicó, emitiendo un sollozo, "¡mira que me has hecho llorar a mí también!" Y todo su interior trepidó de alborozo al tener a este príncipe capaz de todo, desde defenderla a golpes de los intrusos, hasta llorar a todo pulmón en su emoción de verla fuera de peligro. 'No es posible, ha pasado poco tiempo', pensó, mientras él bajaba sus manos hasta frotar las piernas de ella, asegurándose de que ella era real, y que no se marcharía de allí, '¿será que el príncipe se ha enamorado de mí?' Y su estómago vibró con exaltación, descubriendo, para su asombro, cuánto había ansiado que floreciera entre ambos un sentimiento muy hermoso, difícil de definir. Ya no podía negar lo mucho que le gustaba, pero pensar en él equivalía a borrar a Terry por completo de su corazón. ¿No era eso lo que tanto había querido… olvidarse de él para siempre? Ya no estaba tan segura de eso, una vez que Tarkan había llegado a trastocar su vida en todos los aspectos. El príncipe la había hecho despertar a un mundo nuevo, a un lado desconocido de su personalidad… y a su esencia de mujer. Terry había sido un gran amor, si no el amor de su vida, pero su relación no había llegado a germinar lo suficiente para crecer a la par con ellos, y traspasar el umbral de la adolescencia para afianzarse en la temprana adultez. Sin embargo, Tarkan era un joven que empezaba a ser hombre, del mismo modo en que ella comenzaba a ser mujer, y aunque era casi improbable que estuvieran juntos para siempre, puesto que en cualquier momento ella escaparía y regresaría con los suyos a Estados Unidos, lo que había surgido entre ellos no era sólo una atracción física o una manipulación hecha seducción, sino una alianza de amistad, pasión y cariño que los acercaba cada vez más, como si se conocieran de toda la vida… Permanecieron así, con el kiosko como refugio, aislados de las amenazas del mundo exterior, hasta que él se levantó, con el rostro bañado en lágrimas, y tal y como él había mencionado, la falta de baño había endurecido el maquillaje de tal manera que seguía impregnado sobre su piel. Con delicadeza, ella limpió el rostro del príncipe con la palma de su mano, y lo sintió temblar entre sus dedos. "Es hora de darte un baño", musitó.
El la miró sin comprender. "Enise y Zerrin ya se marcharon; además, yo siempre tomo el baño solo…"
Ella sonrió, mientras un intenso color rojo coloreaba sus mejillas. "Aún puedes ir a la alberca en la noche, pero en este preciso momento… ¡hueles terriblemente mal!" Y soltó una risotada, mientras él la contemplaba, agradecido a la vida por haberle devuelto a su princesa, y escuchar de nuevo su voz, su risa… y al verla llena de dudas sobre el ritual que bien podía hacer, como todos los días, por sí mismo, decidió desenmascarar aquel indeciso corazón. "Pobre Nadire", dijo en voz baja, "esas mujeres te han dejado sola, con un príncipe que insiste en que puede tomar el baño por sí solo."
"¡De ninguna manera!", exclamó ella con resolución. "Apenas puedes sostenerte, ¡y también necesitas dormir!"
"Entonces dormiré primero, y luego me doy el baño."
"Pero tal vez no despiertes hasta dentro de un día o dos."
"Llevo cuatro días sin asearme, y puedo aguardar un poco más."
"No lo entiendes", ella se viró de espaldas, para que él no viera la indecisión y creciente ansiedad en su rostro. "Yo debo… necesito, compensarte por todo lo que has hecho por mí. Has puesto en riesgo tu vida, tu salud, algunas costumbres del palacio-"
"Hay otras formas de agradecerme que no sean hacer el enorme sacrificio de bañar a tu príncipe", recordó él en tono burlón. "Además, no me verías tal cual soy, pues pasarán días antes que la pintura desaparezca por completo."
Ella lo miró con seriedad. "Veo que has vuelto a la normalidad…"
El se llevó una mano al mentón, observando a la chica con interés. "¿Qué es lo que quieres realmente, Nadire?"
"Yo…" Ella tragó saliva, pues si bien era cierto que en infinidad de ocasiones había bañado a muchos de sus pacientes, entre ellos varones, el hombre a quien estaba dispuesto a administrar las labores de higiene no era otro sino el príncipe que quería hacerla suya. "Como enfermera, yo…"
"¿Sí?"
Ella hizo acopio de todo su valor para continuar. "He bañado muchos enfermos en el hospital, y al final siempre quedaban contentos, y se sentían especiales porque alguien se había tomado la gentileza de cuidarlos, de atenderlos…" Lo miró a los ojos, que ahora adoptaban un verde azuloso. "En estos días has cuidado de mí, y me has llenado de atenciones, sin importar las circunstancias, y yo quiero… yo quiero…", respiró hondo, "reciprocar tu bondad para conmigo, y quiero atenderte como al mejor de mis pacientes, cuidarte… y conocerte, aunque para eso tenga que ver tu cuerpo desnudo, y no pueda ver tu piel bajo toda esa pintura-"
"No es necesario que hagas eso, Nadire", sostuvo él, "no tienes que demostrarme nada."
"Pero quiero hacerlo", insistió ella.
El suspiró. "Es casi un hecho que me quedaré dormido a mitad del baño, y además… no pienso seducirte."
"Lo sé…"
El la miró fijamente. ¿De veras ella estaba dispuesta a compartir con él el ritual del baño, a sabiendas que eso los acercaría más como pareja, y que a partir de ese momento, ya no habría marcha atrás respecto a sus planes de hacerla su mujer? Pero ella había sido sincera al ofrecer sus razones, y aunque una parte de él luchaba por mantener los principios occidentales de ambos, en el fondo sabía que ella no albergaba ninguna intención lujuriosa, y simplemente quería cuidar del príncipe, como él había hecho con ella. "De acuerdo", dijo, dándose por vencido, e inhaló profundo a la espera de que ella efectuara los procedimientos de rigor excepto- "No habrá masaje", aclaró, "si lo haces, entonces sí no te aseguro que pueda detenerme…"
Ella rió con nerviosismo. "Está bien." Con dedos temblorosos, extendió las manos hacia él, y procedió a quitar, uno por uno, los botones de su caftan. "Despacio", sugirió él, "tenemos todo el tiempo del mundo." Y ella no pudo menos que sonreírle, a medida que con manos torpes terminaba de desenfundar la elaborada pieza, revelando el torso desnudo del príncipe. Delgado, pero en buena forma, Tarkan tenía los hombros más anchos de lo que había imaginado, y se sintió avasallada por la amplitud de su pecho. 'Sé valiente, Candy', se ordenó, mientras él se desprendía de las botas y medias, así como de los guantes, y cuando él se irguió en su verdadera estatura, ella se sintió intimidada por la apariencia de su dueño. Las botas no añadían ni quitaban porte al imponente joven, sino que realzaban su altura… ignorando el gran atractivo del príncipe, ella colocó la mano en el botón de su pantalón, y se detuvo, ya que había visto centenares de hombres desnudos como parte de su trabajo, pero ninguno tan cerca, ni tan adherido a su vida como Tarkan. Iba a terminar de desvestirlo cuando él retiró la mano con gentileza. "Yo te ayudo", murmuró, y en un rápido movimiento, el pantalón cayó al suelo, dejando al descubierto el resto de su cuerpo.
En cuanto la figura de Tarkan quedó expuesta ante ella como una escultura, Candy apretó los ojos, volteando la cabeza a otro lado, a lo que él extendió una mano, y con el dorso de la misma, rozó la sonrojada mejilla de ella, y al hacerlo, Candy sintió una explosión de fuegos artificiales en su rostro. Era la primera vez que él la tocaba sin usar los guantes, dejando una imborrable huella de calor y afecto. Los largos dedos de Tarkan eran suaves, pero firmes, y ella lamentó no haber sido abrazada o tocada con anterioridad por esas manos libres. Entonces lo oyó decir: "No me mires como enfermera, ni como amante, y mucho menos como cordero que va directo al sacrificio. Mírame como lo que eres… una amiga." Y tomándola de la mano, en ese contacto con su palma tibia y carente de guantes, la condujo hasta una silla ubicada en una esquina de la habitación, y tomó asiento, a la espera de que ella diera inicio al ritual del harén. Aún estaba corta de respiración por la magnitud del masculino cuerpo, y su centro era la única parte que había escapado al colorante, lo cual era una distracción, y finalmente comentó: "Qué extraño… no veo las marcas en ningún lado-"
"Es porque el maquillaje las esconde muy bien."
"¿Y dónde consigues esas cremas?"
El sonrió divertido, aunque su rostro aún tenía rastros de su repentino llanto. "¿Por qué lo preguntas… acaso quieres disimular los granitos en la espalda, o esas pecas que tienes cerca de la nariz?"
Ella había ido por los jabones y la tinaja de agua cuando lo escuchó. Sus pecas… ¿por qué todos se fijaban en ellas? Anthony, luego Terry-con su estilo tan único para apodarla- y ahora Tarkan… Y sin avisar, derramó una buena cantidad de agua sobre el oloroso príncipe, y él se sacudió de frío, mirándola con enfado. "¿Debo entender que te molestó mi comentario sobre tus pecas?"
Aunque su mente se llenó de nostalgia con sus días como Tarzán pecosa, ella comenzó a reír a carcajadas, olvidando la pena de ver al príncipe en toda su desnudez. "¡A mí me gustan mis pecas, y mucho!" Y arrojó otra porción de agua sobre él, eliminando sólo un poco del aceite en su cabello. "Tendrás que bañarte dos días seguidos para quitar todas las manchas…"
"¿Piensas bañarme sí o no?"
"¡Jajajajaja!" Tomando una esponja con jabón, y haciendo un esfuerzo para no perder el control de sus temblorosas manos, ella comenzó a frotar vigorosamente uno de los adoloridos pies del príncipe, quien echó la cabeza hacia atrás para relajarse. Lo que usualmente era para él una áspera esponja, en manos de la princesa se sentía como seda, y su respiración se agitó a medida que ella procedía con la pierna, alcanzando la parte de atrás de la rodilla, continuando la jornada hasta detenerse en su cadera y muslo.
Ella trataba de no tocarlo más allá de lo que la esponja le permitía, pero era inevitable rozar con sus dedos una que otra parte de él, como ahora, cuando con las yemas de los dedos sujetaba la cadera del príncipe mientras removía el sudor del muslo. . No podía negar que la anatomía del príncipe era digna de admirar, y que no tenía nada que envidiarle a esos dioses de la mitología mencionados en algunos libros; pero no había tomado la decisión de bañarlo para verlo como Dios lo había traído al mundo, sino porque quería devolverle todos los gestos que él había tenido para con ella, y que en un principio no supo apreciar, con la misma cercanía física y emocional con la que él se desenvolvía mientras estaba con ella. Así pues, trabajó con la otra pierna, repitiendo el procedimiento, y luego subió hasta la parte baja de su plano abdomen, y los músculos de él se contrajeron al sentir las manos de ella sobre su vientre. 'No es la primera vez que lo hace', pensó ella con curiosidad, 'tiene un vientre muy sensible…', y continuó con el pecho, asegurándose que la esponja hiciera su trabajo, y cuando él abrió los ojos un segundo, ella era toda concentración. Con el ceño fruncido, su princesa enfermera se encargaba de lavarlo con esmero y dedicación, y en vez de volver a recostar la cabeza, él la sujetó por la muñeca, y guió su mano hacia el único lugar que faltaba por ser aseado.
Ella se sobresaltó, y lo miró desconcertada. No sabía qué hacer con su mano, y se quedó allí, con su palma entre las piernas de él. "Esto fue idea tuya", la acusó él con una sonrisa, "y como enfermera, no debe ser la primera vez que limpias a un paciente…" Y para ayudarla a vencer el miedo, comenzó a pasar la esponja sobre su hombría, sin soltar la mano de ella mientras lo hacía… y ella se mantuvo mirándolo a los ojos en todo momento, mientras él la calmaba con una débil sonrisa. Entonces ella retiró la esponja, y ante ella, el universo oculto del príncipe se mostraba en toda su magnitud. No tenía elementos de juicio para compararlo con otros hombres, pero en relación a sus pacientes, se podía decir que el amuleto privado de Tarkan armonizaba muy bien con el resto de su cuerpo. '¡Candy, qué cosas piensas!', se recriminó, y de inmediato se dio cuenta que era la primera vez que admiraba, así de cerca, la figura de un hombre desnudo, no con ojos de enfermera, sino como una mujer… y volvió a sentir el ya familiar tintineo entre sus piernas. 'Esto me pasa por haberme dejado depilar', pensó, sin percatarse de que él había tomado el envase en sus manos para enjuagarse, y cuando al fin se dio cuenta, él ya había se estaba secando con la toalla, y se puso de pie, mostrando su espléndida y aún pintada figura bañada por la luz del sol que entraba por la ventana. El príncipe era un espectáculo de belleza humana, y ella se quedó inmóvil frente a la silla donde lo había bañado mientras él se acostaba en un lado de la cama, no sin antes decirle a ella: "Ven aquí."
Ella tembló con anticipación. ¿Acaso pensaba convertirla en princesa de la noche allí mismo? De todos modos, obedeció, y cuando estuvo frente a él, Tarkan la abrazó, rodeando su cintura con aquellas manos que la tocaban como alas de mariposa, y el corazón de ella se ensanchó al verlo tan extenuado… entonces él se acostó, y sin molestarse siquiera en buscar una frazada para cubrirse, entrecerró los ojos, y antes que terminara de caer rendido por el sueño, dejó entrever un azul profundo a través de sus pupilas… y finalmente durmió como un niño, con una expresión de paz en su rostro, y Candy lloró de felicidad al ver que había conseguido calmarlo. "Descansa, Tarkan", dijo en voz baja, cubriendo su cuerpo con una sábana; y con su corazón rebosante de alegría y otras sensaciones que desconocía, caminó al ropero, y seleccionó el vestido con el cual habría de acudir a la clínica Dujardin. No sólo iría a asistirlo con otros pacientes como de costumbre, sino también a darle las gracias por haberle salvado la vida. No tenía apetito para almorzar, pues cuando despertó, ya eran más de las dos de la tarde, pero resolvió ayudar a Dujardin mientras el príncipe reposaba en sus aposentos. ¡Cómo le hubiera gustado verlo tal cual era, sin una falsa piel! Pero él había sido enfático en ocultar su verdadera apariencia, y ella no era quién para obligarlo a dejar atrás sus temores. 'No seas tonto, Tarkan', pensó con una sonrisa, 'eres guapo de todas formas…' Y estuvo el resto de la tarde en la clínica, hasta que llegada la hora de la cena, regresó a los kioskos gemelos, y cuando abrió la puerta, Tarkan se había marchado, abriendo un gran vacío dentro de ella. "¿Tarkan, dónde estás?", y salió en busca de Edwina, encontrándola en el gracioso cuartito que servía de salón comedor. "¿Dónde está el príncipe, Enise?"
Edwina colocaba la cena de Nadire sobre la mesa. "¿Pero es que él no te ha contado?"
Candy negó con la cabeza. "¿De qué se trata?"
Su amiga le dio una palmada en el hombro. "El y Zerrin salieron de viaje al interior del país. El Sultán requirió la comparecencia de todos los príncipes, y aunque el joven Tarkan estaba supuesto a irse hace varios días, aplazó su salida al ver la gravedad de tu condición, y esperó a que te recuperaras para marcharse."
"¿El pospuso un viaje… por mí?"
Edwina sonrió. "No tienes idea de hasta dónde llega su fascinación por ti, Nadire."
"¿Pero y su baño?", preguntó ella con desesperación. "Aún no logra remover su vieja pintura-"
"Estoy segura de que él se hará cargo, amiga."
"No puede ser", dijo ella con agonía. "¿Y cuánto tiempo va a estar fuera?"
"¿Por qué no te sientas y comes algo? No puedes seguir con el estómago vacío…."
"Si lo hago, ¿me dirás cuándo regresa el príncipe?"
Edwina sintió lástima por su amiga, pues ésta no acababa de comprender lo mucho que significaba el príncipe para ella. "De acuerdo", dijo, y luego que Candy se hubiera servido unas cuantas cucharadas de arroz, informó: "En tres días lo tendrás de regreso."
Ella se levantó de la mesa. "¿Tres días?"
La cocinera aguantó los deseos de reír. "No seas exagerada, Nadire, tres días se van volando. Además, el príncipe esperó, no tres, sino cuatro días a que tú te recobraras del virus, y temió que fueras a morir."
Candy guardó silencio. No era justo que ella hiciera berrinches porque el príncipe se encontraba en una visita diplomática, mientras que él la había visto luchar contra la muerte por espacio de cuatro días consecutivos. "Gracias, Padre Celestial", dijo al Creador, "gracias por darme otra oportunidad…" Y se apresuró a terminar los alimentos, mientras Edwina sentía compasión por ella. "Te prometo, Enise, que no volveré a mencionar al príncipe en lo que resta de su viaje…"
Dos días más tarde, Edwina había perdido la paciencia. Estaba cansada de explicar a Nadire, una y otra vez, que el príncipe aún no regresaba del viaje, y llegó a cuestionarse si acaso la soledad del palacio no había hecho mella en la salud mental de su amiga. Nadire había pasado los días en la clínica de Dujardin, y luego daba una vuelta por los jardines, para finalmente darse un baño en la alberca, y luego se retiraba a su habitación. Ya no se le escuchaba llorar, pero la tristeza en sus ojos era más que evidente, y Edwina rogó a Dios porque el príncipe y Zerrin estuvieran de regreso lo antes posible… y así sucedió.
Candy contaba, una a una, las fichas que el doctor Dujardin le había prestado. No recibía paga por sus servicios, pues su labor era voluntaria; pero el médico se había encariñado tanto con ella, que le dio unas liras para que las conservara, y de inmediato pensó en la fabulosa pulsera de zafiros que quería comprar para el príncipe. 'Si son suficientes, puedo aprovechar la próxima salida a la ciudad, y darle a Tarkan una buena sorpresa…' De repente, descubrió, con profundo pesar, que no sabía siquiera la fecha de su cumpleaños. ¿Pero por qué se interesaba tanto en complacerlo, y en hacerlo feliz, cuando todavía deliraba por Terry Granchester? Siguió caminando a través del jardín cuando vio a Edwina corriendo en dirección a ella. "¡Ya está aquí, Nadire… el príncipe ya regresó!"
Ella no sabía si llorar o reír. Tarkan la había comprado como su propiedad, era su dueño… y aún así, la alegría que la embargaba era tan inmensa, que no hubo espacio para otro sentimiento, y corrió en dirección a su habitación, segura de que el príncipe la recibiría con los brazos abiertos. "¡Tarkan!", gritó al entrar, pero sólo el silencio le dio la bienvenida. "¡Tarkan, no te escondas, ya sé que estás aquí!"
"Está preparándose para la fiesta, princesa", anunció Zerrin, quien hacía su llegada al dormitorio.
Ella interrogó a la traductora con la mirada. "¿Qué fiesta?"
Zerrin le hizo entrega de un llamativo conjunto de ropa. "Esta noche, en el Salón Imperial, el príncipe llevará a cabo un festejo, donde acudirán todas sus concubinas."
"¿Cuál es el Salón Imperial?"
"Pronto lo sabrás."
Ella quedó de una pieza. "¿ Y Hüveyda también irá?"
Zerrin asintió. "Como mencioné, todas las concubinas estarán presentes." Señaló el paquete que tenía la princesa en sus manos. "Es tu vestido para el baile." Y dicho esto, se retiró.
Sosteniendo el vestido en sus manos, Candy permaneció inquieta y pensativa en la soledad del kiosko. ¿Por qué tanto misterio? El príncipe no se había tomado la molestia de saludarla, y el modo en que Zerrin la había convidado a la fiesta había sido tan frío e impersonal… Cayó la noche, y aunque comenzaban a escucharse, a lo lejos, los acordes de la baglama, y otro instrumento musical que no conocía, nadie había pasado a recogerla. ¿Dónde quedaba el Salón Imperial, y por qué Tarkan no había enviado por ella? Agarró la ropa que descansaba sobre la cama, y empezó a vestirse, pero al terminar de colocarse la falda, un hilo de sangre bajó por una de sus piernas, manchando el suelo del kiosko. "¡Oh, no!", exclamó, pues por primera vez en su vida, su flujo mensual se había adelantado, y un súbito y punzante dolor se apoderó de su vientre, pero no por eso dejaría de acudir a la fiesta. Tomó la blusa, o debería decirse sostén, entre sus manos, y al terminar de ponerse el mismo, se contempló en el espejo, y los colores subieron a su rostro. Un escandaloso sostén azul marino de finos manguillos y cuentas colgando de las copas estaba revestido de piedras plateadas, y una pieza de tela, en igual color, con una reveladora apertura en el mismo centro, y cuya costura comenzaba justo debajo del ombligo, conformaba la falda. "Esto es demasiado… sugestivo", dijo a su reflejo, "hace lucir mi piel más blanca, y ahora que ha llegado mi flujo…" Contempló, horrorizada, el área del busto, que solía inflamarse durante su período. "Parece que va a salirse del sostén… me aprieta", y tomó asiento al borde de la cama, a la espera que Tarkan, las sirvientas, o algún eunuco fueran en su busca. ¿Qué clase de fiesta era ésa que requería tales códigos de vestimenta? Se sentía desnuda y depravada, y sus caderas no dejaban nada a la imaginación. ¿Acaso las otras chicas llevarían la misma indumentaria, o sólo ella, la princesa de la noche, habría de ataviarse de ese modo? 'Hüveyda tiene una gran figura", pensó con pánico, 'y si el príncipe la viera vestida así…' Apartó la idea de su cabeza, pues no tenía derecho de decidir con quién quería estar el príncipe y con quién no, y sólo a él le concernía qué hacer con su vida; el problema era que también tenía capacidad para manejar, dado su título, las vidas de los demás, incluyendo la de ella. Se escuchaban risas provenientes del lugar donde de seguro se llevaba a cabo la fiesta, y la impaciencia la dominó. ¿Por qué no estaba en el baile desde el principio? De seguro Tarkan ya estaba sentado en su trono de príncipe, disfrutando el espectáculo visual de concubinas que se apostaban frente a él para sortear cuál de ellas se lo llevaría esa noche como premio… "¿Por qué Tarkan me quiere a su lado, si le da vergüenza presentarme en público?", preguntó al espejo, haciendo un esfuerzo para no llorar. No debería importarle lo que él sintiera o pensara, pero luego de haber participado con él de su baño, uno que nadie había tenido el privilegio de presenciar, creyó que ahora estaban más unidos, y que algo tan simple como una rutina de baño, así como la enfermedad de ella, pusiera la sensibilidad del príncipe a flor de piel. Nunca nadie había visto a Tarkan en sus prácticas de higiene, y de repente él había abierto las puertas de su cuerpo y de su alma, permitiendo que ella purificara su piel así como su apesadumbrado corazón. ¡Qué equivocada había estado! Ella no era más que un trofeo en la gran lista de logros del príncipe, ya que estaba casi segura de que aún en Londres estaba acostumbrado a que todo se hiciera según su voluntad. 'Tarkan no es el tipo de hombre que cumple obligaciones por puro honor o deber', descubrió, y no sabía si tomar ese hallazgo como un defecto o una virtud. Ella y Terry se habían separado para ser honorables con Susana, pues era lo correcto para todos, ¿o no? Pero Tarkan no necesitaba ser príncipe para tomar sus propias decisiones, y de seguro le importaba un bledo si anteponía sus intereses a los de otros, aunque eso estaba por verse, pues nadie en su sano juicio abandonaría a su madre así como así, y nadie le quitaba de la cabeza que la religión del Sultán, así como el solitario pabellón del cuarto atrio, jugaban un papel muy importante en las decisiones del muchacho.
Pasaron varios minutos, y con su diminuto atuendo lastimándole la piel, sintió que su estómago iba a reventar encima de la falda. "¿Qué está pasando… y por qué sigo aquí?" Sin ánimo de esperar más tiempo, salió corriendo del kiosko, en dirección al lugar de donde provenían las voces y la música, y a pesar de que varios guardias y eunucos daban la ronda a lo largo del corredor, siguió su camino, atrapando las miradas de algunos hombres de servicio, y se cubrió el cuerpo con las manos, hasta que se detuvo frente a la entrada de oro que no había dejado de llamar su atención desde su llegada a Topkapi. "Así que éste el Salón Imperial", dijo con una sonrisa, y trató de abrir las puertas, pero la misma era pesaba demasiado, y retrocediendo unos pasos, se lanzó con toda su fuerza, y ambas puertas se abrieron, y ella cayó de bruces sobre el suelo, frente a las miradas atónitas de decenas de invitados.
Un incómodo silencio llenaba el espacio de lo que era un gran salón de actividades. La música que tanto había escuchado en su dormitorio brillaba por su ausencia, y todas las miradas estaban fijas sobre ella. Lentamente, se levantó del suelo, despertando la curiosidad, y la burla, de todos los presentes. Al igual que otras habitaciones del palacio, la decoración del salón se destacaba por sus mosaicos y azulejos, con la diferencia de que en medio del lugar, una enorme lámpara fungía como protagonista, y bajo la misma, las concubinas, entre ellas Hüveyda, terminaban de bailar abruptamente al haberse detenido la música. Una de ellas no se había percatado de la interrupción, y siguió moviendo sus caderas en forma extraña, como si estuviera convulsando, y al igual que ella, todas mostraban sus bien esculpidos torsos, y al lado de ellas, Candy se sentía como una muñeca de trapo. Hüveyda lucía un llamativo conjunto rojo que realzaba su enorme busto, y la ceñida falda levantaba su trasero, y Candy tuvo deseos de salir corriendo de la fiesta y encerrarse en la habitación el resto de sus días- bueno, no el resto de sus días, pero sí el resto de la fiesta… y entonces lo vio, acostado sobre un trono al fondo del salón, y se quedó sin aliento. El príncipe vestía un formal y asombroso caftan gris y verde que alargaba más sus piernas, y su cabello mal peinado, nuevamente sin el fez, resplandecía bajo la luz de la lámpara; y cuando buscó con la vista los impecables guantes, se sorprendió al observar que Tarkan tenía sus manos libres. 'Sus manos', pensó, recordando la deliciosa sensación de ser acariciada por él sin la interferencia de los guantes, 'sus grandes y hermosas manos…'
El príncipe bostezaba por undécima vez durante la desesperada danza del vientre de sus concubinas cuando Nadire hizo su apoteósica entrada a la habitación. Había evitado a toda costa que ella estuviera allí, aunque le tenía deparada una sorpresa; pero al parecer la había hecho esperar demasiado, pues allí estaba, en medio de todos, con una expresión que hablaba más que mil palabras. 'Se siente excluida', pensó, y no soportó la idea de que ella lo despreciara, no esa noche, ya que al día siguiente… Uno de los invitados señaló a la despistada odalisca que había llegado tarde al agasajo, y comenzó a reír abiertamente, desencadenando las burlas del resto de los que allí se encontraban, y él se puso de pie, por primera vez en toda la noche, y caminó hacia la puerta, abriéndola de golpe. Nadie, absolutamente nadie, se burlaría de su princesa, y menos esa noche… Apoyado contra el marco de la puerta, dio varias palmadas en el aire, y extendió el brazo hacia el exterior del palacio, gesticulando a todos para marcharse. La fiesta había terminado… al menos para ellos. Poco a poco, y de mala gana, los invitados comenzaron a desalojar la sala, así como las concubinas, quienes no salían de su asombro, y al igual que el resto de la gente, cuchicheaban sobre la mala educación del príncipe al haberlos echado del salón. Ya faltaban pocos por retirarse, y cuando la princesa avanzaba hacia la puerta, él la detuvo por el hombro diciendo: "Tú no, Nadire… quédate aquí."
Candy, quien estaba de espaldas a él, se detuvo, y lentamente se dio la vuelta, con sus ojos enrojecidos. ¿Para qué la había hecho vestirse de ese manera tan provocativa, si al final sería objeto de burla de todos? "¿Qué soy yo para ti, Tarkan… el bufón de la fiesta acaso?", preguntó. "¿O es que no te basta con la humillación que sufrí en público cuando me compraste?"
"Nunca ha sido mi intención humillarte, ni siquiera con el pensamiento", dijo él; pero ella no entendía razones y cuestionó: "¿Por qué no viniste a saludarme? Pensé que éramos amigos. ¿O es que te avergüenzas de mí?"
Un destello de dolor atravesó los ojos jade de él. "¿Cómo puedes pensar así de mí después de-"
"¿Entonces por qué me dejaste sola en el kiosko?"
"Pensaba ir por ti en cualquier momento, pero por lo visto, me demoré demasiado…" Caminó unos pasos hasta quedar a sólo un respiro de ella, y Candy bajó la mirada al sentir los ojos de él sobre el apretado sostén. "Lo cierto, Nadire, es que no quería inmiscuirte en una celebración en la cual yo no quería tomar parte-"
"¿Por qué?"
"Porque no era una fiesta de bienvenida, sino de despedida", respondió él. "Mañana parto con los otros príncipes al otro lado del país, para poner en marcha el plan de defensa contra los armenios", se ajustó el caftan con nerviosismo, "pues atacarán Estambul en unos dos o tres días."
Candy se llevó un puño a la boca. América y el resto del mundo ya tenían suficiente con la guerra desatada en Europa, y ahora que parecía estar segura tras las murallas de Topkapi, una nueva amenaza llegaba a la ciudad, y los armenios estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de hacer justicia y recuperar su dignidad. "¿Otra ves… te vas?", preguntó con voz entrecortada. Los pasados días habían sido largos y tediosos, aún cuando había dado lo mejor de sí ayudando al doctor Dujardin, y aunque Edwina había hecho hasta lo indecible por buscar formas de esparcimiento a la rubia, ella lo había extrañado como hacía mucho no había echado de menos a alguien. Su ansia por volver a ver a Tarkan sólo era comparada con el tormento de no volver a Terry nunca más, y si el príncipe se iba a las armas con Armenia, también desaparecería de su vida… "Apenas llegaste", protestó, "¿y de nuevo te marchas?"
El enjugó una lágrima que había escapado de sus pupilas, y ella cerró los ojos al sentir el roce de sus dedos. "Volveré por ti", dijo, "no dejaré que te hagan daño." Y colocando ambas manos sobre las caderas de ella, añadió: "Quise esperar a que estuviéramos solos… para pedirte que bailaras para mí."
Ella lo miró con asombro. "Tarkan, yo-"
"Y contestando tu pregunta", interrumpió él, sin apartar las manos de su princesa, "no me avergüenzo de ti, sino de ellos." Colocó una mano sobre el inflamado vientre, y ella se retorció de dolor, y él preguntó, alarmado: "¿Has vuelto a enfermar del estómago, princesa?"
Al verlo tan preocupado, ella no pudo menos que sonreír. "Estoy bien, Tarkan; es sólo que ha llegado mi flujo, y tengo mucho dolor e hinchazón…"
"Entiendo", se cruzó de brazos, pensativo. "¿Así que es por eso que tu busto se ve más agrandado?"
"¡Tarkan!" Ella cubrió su levantado pecho con los brazos. Sabía que se veía voluptuosa a consecuencia de su menstruación, pero no tenía idea del efecto que sus formas actuales ejercían sobre el príncipe. Entonces él apartó los brazos, y manteniendo su cálida mano sobre el adolorido vientre, y la otra sobre una de sus caderas, comenzó a rotar la cintura de ella de un lado a otro, en movimientos lentos y sensuales. "¿Qué es esto?", preguntó ella con espanto.
El continuó girando las caderas de ella, aguardando con paciencia a que ella encontrara el ritmo. "Es la danza del vientre… por eso estás vestida así."
"Es como si me estuviera ofreciendo yo misma a aquél que me ve…"
"Y eso es exactamente lo que estás haciendo", dijo él con una sonrisa.
Sin detener el ritmo de sus caderas, ella alzó la mirada, y sus ojos encontraron los de él. ¡Entonces de eso se trataba todo! "Querías tenerme sólo para ti", dijo con emoción.
Los ojos de Tarkan brillaban de deseo. "¡Hasta que al fin te das cuenta, princesa!"
"¡No lo tomes a broma!"
"Oooohhh, no sabía que querías mostrar tus dotes de bailarina a cientos de hombres", bromeó él, y sin que ella se diera cuenta, apartó sus manos de ella, y de repente allí estaba, su princesa de la noche, moviendo las caderas al ritmo de una música inexistente. 'La música de su alma', pensó, mientras ella seguía al vaivén de propio ritmo, y con sus ojos esmeralda rebosantes de orgullo, mostró la más hermosa de sus sonrisas. "Estoy bailando, Tarkan", dijo con euforia, "¡Estoy bailando para ti!"
El la miró divertido. "No sé qué te produce más alegría, si haber aliviado tu dolor… o estar bailando para mí."
Ella se detuvo, respirando de hito en hito. Bailar con el vientre era más agotador de lo que creía… "No seas presumido. ¡Por supuesto que estoy feliz de que haya desaparecido el dolor!"
"¿Y no estarías más feliz si te quitaras ese sostén?"
Ella quedó boquiabierta al escucharlo. "¿Cómo crees que voy a hacer eso frente a ti?"
El le regaló la más seductora de las sonrisas. "No te hagas la ofendida… te he visto y mirado varias veces, y tú también me has mirado a mí."
"¡No es cierto!"
"No creas que no me di cuenta que mientras me bañaba no dejabas de observar mis… diferencias."
"¡Eres un pervertido!"
"¿Eso crees?" Halándola por la cintura, la atrajo hacia él, quedando ambos apretados uno contra el otro. "Perversión, Nadire querida, sería permitir que esas copas sigan cortándote la circulación-"
"Sobreviviré, te lo aseguro…"
"No, no podrás."
"¿Me estás provocando?"
El penetró su mirada en la de ella. "No estoy haciendo nada que no quieras que haga", y sin retirar los nuevos ojos grises de los de ella, agarró el sostén con ambas manos, y tiró de ambos lados de la pieza, rompiéndola en dos mitades, y los pechos de Candy se sacudieron con violencia, siendo liberados de la opresión a la que habían sido sometidos.
El príncipe retrocedió, asustado. Si bien quería aliviar la molestia de ella, no había tenido la intención de ser tan brusco, pero las piedras preciosas que habían emergido de las copas lo tomaron por sorpresa. Ella intentó cubrirse con un brazo, pero él se lo impidió, alejando las blancas y pequeñas manos del rosado pecho; y fue así como notó las profundas marcas de la costura del sostén sobre la nacarada piel, y con la punta de sus dedos, acarició las mismas, tratando de suavizarlas.
Candy permaneció quieta mientras Tarkan examinaba su lastimada piel. Lo que había comenzado como una incitación amorosa, se había convertido en un hermoso gesto de atención. Con mucha dulzura, el príncipe iba borrando, con sus dedos, los rastros que había dejado la tela sobre su piel, y ella observó el ceño fruncido de él mientras terminaba de asegurarse que su pecho volviera a estar libre y lozano. "Eres tan complejo, Tarkan", susurró, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta, y él la escuchó,
y respondió con un excitante guiño de ojo: "Y tú eres una masoquista… yo mismo sentí que me asfixiaba con sólo verte", y la besó en la boca, siendo correspondido con experto dominio por su princesa, y el orgullo dominó todos sus sentidos, mientras ambos se abrazaban el uno al otro. Ella no había besado así antes que a él, no había abrazado a nadie así antes que a él, y no había sido tocada así por nadie… sólo por él. Con sus manos libres de los guantes, él recorrió, por completo, la espalda de la princesa, haciendo que se tensara, y lanzara suspiros de gozo. Había entrado a la fiesta temiendo que él ya no la quisiera, o peor aún, que consumara sus deseos carnales con Hüveyda o alguna otra de las concubinas, y ahora, como niña mimada, se dejaba consentir por él, por sus besos, sus maravillosas manos, unas manos que tal vez no podrían tocarla nunca más, y una boca que quizás no volvería a probar… y siguió besándolo mientras dejaba que las lágrimas bajaran por sus mejillas, y él se detuvo, temeroso de haber lastimado, sin querer, el sensible pecho de la princesa. "¿Te encuentras bien?", preguntó, con tanta gentileza que algo dentro de ella palpitó de emoción, y lo abrazó muy fuerte, sollozando sobre su hombro. "¡No… quiero… que te vayas!"
El acarició su rubio cabello. "Yo tampoco", confesó, "pero tengo que hacerlo", y levantándola en brazos, caminó con ella por todo el corredor, pero a diferencia de la noche en que la había visto desnuda en la alberca, ella no ocultaba la cabeza en su pecho. Se sentía orgullosa de Tarkan, y de la mujer en que se había convertido gracias a él. Era la misma de siempre, con sus locuras, sus ocurrencias y sus despistes, pero una parte de ella que había estado dormida, había florecido con el cariño, detalles y sensualidad de este apuesto y muy humano príncipe. Entraron a la recámara, y él la acostó en la cama, bajo las protestas de ella quien exclamó: "¡No me dejes así!"
"Es lo mejor", dijo él con voz casi inaudible. "Si no me marcho ahora, no tendré la voluntad de hacerlo nunca…" Y depositando un último beso en los labios, se marchó de la habitación, dejándola a ella en un mar de sollozos. "Pudo haber hecho conmigo lo que quisiera, haberme tomado aquí, ahora", su llanto se hizo más agudo, "¿pero por qué no lo hizo?" Como príncipe, sólo le bastaba con aparecerse al cuarto y poseerla, pero nada de eso había acontecido en sus casi tres semanas de encierro en el harén, como si estuviera extendiendo el plazo de tiempo para-
Ahora comprendía todo. ¡Tarkan no la había comprado para acostarse con ella! De haber sido así, a estas alturas ya hubiera sido desflorada por él, o por el Sultán, pero su adquisición no había ocurrido por pura casualidad, ni por el febril deseo del príncipe en convertirla en su amante. "Lo hizo para protegerme", dijo en un nuevo golpe de llanto, "desde que me vio en la plataforma de ese mercado, sólo quería protegerme…" Y continuó llorando sin cesar, hasta que el sueño la venció, sabiendo que al día siguiente el príncipe estaría muy lejos del palacio… y de su vida.
