Capítulo 12: La goleta de la libertad
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"¡Ya vienen los armenios!"
Esa mañana Candy ayudaba al doctor Dujardin a coser una herida en el brazo de un eunuco cuando Edwina entró corriendo a la clínica. "¡Regrésate a la cocina!", ordenó Dujardin, quien quedó fuera de concentración.
Aunque no era necesario, Edwina hizo una reverencia al médico. "Disculpe que no haya avisado mi llegada, doctor, pero ante la ausencia del príncipe, es la princesa quien debe tener conocimiento de todo cuanto ocurre fuera del sarayi."
La astucia de Edwina hizo que Candy sonriera por primera vez en varios días, pero no lo suficiente para ignorar la reciente noticia. "¿No sabes cómo será el ataque?", preguntó.
Su amiga recobró el aliento y respondió: "Entrarán por tierra… supongo que vienen enfurecidos."
Dujardin hizo una pausa en la operación. "Si quiere puede retirarse, señorita Nadire; es importante que usted esté al pendiente de cualquier novedad respecto a los otomanos, en especial el joven Tarkan."
"No estaré más tranquila fuera de aquí", razonó la rubia, procediendo a continuar con el paciente. "Gracias, Enise." Y siguió trabajando con Dujardin, y llegada la hora del almuerzo, probó uno que otro bocado en su habitación. Habían transcurrido varios días desde que Tarkan hubiera partido a reunirse con el resto de la familia imperial, y no había tenido noticias de ninguno de ellos. ¿Qué sería de Tarkan durante el ataque? El no estaba acostumbrado a este tipo de vida en Londres, y no tenía experiencia de guerra. ¿Cómo había sido capaz el Sultán de enviar a su propio hijo a pelear por la causa del imperio? El honor parecía ser más importante para él que la dicha de haber encontrado a su hijo perdido, y a sólo dos meses de tenerlo consigo en Estambul, estaba dispuesto incluso a perderlo, esta vez para siempre. ¿Para eso lo había sacado de Londres, separándolo de su madre? Pensó en Terry, y en lo terrible que debió haber sido para él ser arrancado de los brazos de la señora Baker. ¿Cómo sería la relación entre madre e hijo ahora que él se había radicado definitivamente en Broadway? Con la adición de Susana a su vida, de seguro Eleanor Baker visitaría más a menudo a su unigénito, para facilitar una buena comunicación con su futura nuera. 'Amalo bien, Susana', rogó en su interior, haciendo reverdecer su intenso amor por el actor, 'haz que todo haya valido la pena…' Sólo esperaba que la razón por la cual él había marchado de Broadway temporeramente no fuera una recaída en el alcohol, y mucho menos un escape a sus responsabilidades. ¿Pero quién había determinado que Terry Granchester debía asumir el cargo de Susana Marlowe, como si fuera su tutor y no su novio? El estaba en completo estado de confusión aquella noche en el Saint Joseph, cuando se vio en la encrucijada de aclarar las cosas con ella, o atender con prontitud a la enferma que había atentado contra su vida. ¿Quién, pues, había impuesto sobre los hombros de Terrence el deber de cuidar a Susana para siempre? Ella, por supuesto. Candy, y solamente Candy, había puesto en bandeja de plata la solución, o lo que creía entonces que era la solución, a todos los problemas, pero ahora no dejaba de preguntarse si Susana era feliz ahora que lo tenía a su lado, y si él era feliz con su prometida ahora que había lidiado con su alcoholismo y regresado al mundo del teatro. ¿Soportaría Susana, como la actriz que una vez había sido, los celos y los sacrificios que conllevaba la carrera de un actor cada vez más cotizado?
Su reflexión se vio interrumpida por unos contundentes golpes a la puerta de entrada al harén. ¿Quién tocaba con tanta agresividad? Salió al encuentro de Zerrin, quien de seguro se encontraba en el dormitorio de las concubinas, y tropezó con ella a mitad de camino. "¿Oyes esos ruidos, Zerrin?"
"Así es, Nadire", respondió la mujer, mientras Hüveyda y las otras chicas desobedecían las reglas y salían de sus respectivos dormitorios. Para la morena concubina, la princesa había sido una peste las pasadas tres semanas, pero contrario a lo que se pensaba de ella, sus intenciones nunca habían sido las de matarla, pues sabía a qué atenerse en caso de ser descubierta, y hubiera pagado incluso con su vida. Sólo quería hacerla pasar un buen susto, y que diera varias visitas al baño, pero no contaba con que la rubia había cultivado una bacteria en su cuerpo durante su naufragio. Así las cosas, y aunque la chica aún no le agradaba, había dejado el asunto en paz… por ahora. Ella no había nacido para ser una concubina el resto de su vida, quería algo más… quería ser una reina, o si no, una princesa. "Quien quiera que sea, parece llevar el diablo dentro", comentó en son de plática; en eso, una de sus compañeras apuntó al cielo en la lejanía y exclamó: "¡Miren!"
Todas, incluyendo Candy y Zerrin, se voltearon para ver de qué se trataba, y lo que vieron en el horizonte desbordó los ojos de la enfermera de lágrimas: a lo lejos, las calles de Estambul ardían en llamas, y una columna de humo oscurecía el cielo otomano. "Tarkan", susurró, dejando en el olvido sus preocupaciones sobre Terry, "Tarkan me necesita…"
"Y yo necesito que te quedes y conserves la calma", sostuvo Zerrin con firmeza, y luego se dirigió a las asustadas concubinas. "Ustedes cuatro, regresen a sus habitaciones sin preguntas ni peros, pues allí estarán a salvo."
"¿Y qué hay con esa persona que no deja de tocar a la puerta?", preguntó Hüveyda.
Candy afinó el oído, buscando razones por las cuales se escuchaba ese sonido tan lejano al otro extremo del harén. No era normal que esos ruidos retumbaran en los apartamentos de las concubinas, era imposible que eso sucediera a menos que… "No es una persona", concluyó, con el frío del terror recorriendo su espalda.
Hüveyda seguía a regañadientes a sus compañeras de regreso al dormitorio al escuchar a Nadire. "¿Te has vuelto loca o qué?"
Haciendo a un lado su rivalidad con la chica que había atentado contra su vida, Candy repitió: "No es una persona…" Tal vez era un pobre perro asustado por los bombardeos, o un toro escapado de algún rancho,… "Saglam", murmuró, sintiendo cómo se acrecentaba el miedo en su interior, "¡Saglam!" Y corrió a toda velocidad en dirección al pórtico que separaba el harén del resto del sarayi, seguida por Zerrin, quien trataba en vano de detenerla. "¡No es seguro que abramos la puerta! Puede tratarse de una trampa…"
"Es Saglam, estoy segura", reiteró Candy. "No creo que los armenios entren al palacio con facilidad, y el único que puede hacerlo sin ningún problema es Saglam."
"¿No se supone que esté con el príncipe?"
"Eso espero; pero si quien golpea a la puerta con tanta insistencia resultara ser Saglam, entonces…" No pudo terminar la oración, pues su corazón ya había recibido un fuerte presentimiento. Se detuvo frente a la puerta, y para no prolongar la espera, abrió la misma de golpe; y tal y como había temido, un exhausto Saglam confrontaba a ambas mujeres con el lomo lleno de sangre… sin su jinete. "¡Tarkan!", exclamó, llevándose las manos al rostro, "¡Tarkan está en aprietos!"
"No llegues a conclusiones precipitadas", aconsejó Zerrin. "No olvides que este caballo es muy rebelde, como lo es su dueño a veces, y bien pudo haberse escapado."
"Y también tiene buen corazón, y es fiel a su amo", objetó Candy, "y sé que no hubiera llegado hasta aquí a menos que Tarkan estuviera en peligro…"
Cansada de hacer entrar en razón a la chica, Zerrin preguntó: "¿Qué piensas hacer?"
Candy observó a Saglam con detenimiento. Nadie, a excepción del príncipe, había conseguido con éxito montar al indomable animal; pero cuando Saglam vio la congoja y el desasosiego en el rostro de la hembra de su amo, supo que le había llegado su turno de ayudar, aunque para eso tuviera que hacer un lado su equino orgullo… y dobló sus cuatro patas, hasta quedar sentado sobre la tierra, a lo que Zerrin preguntó con horror: "¿Está herido?"
La princesa negó con la cabeza. "Está tratando de decirme algo…"
"El día que eso suceda, me tomaré tres frascos de esa pimienta que echó Hüveyda en tu comida."
"Me refiero a que trata de enviarme un mensaje…" Con osadía, se acercó al salvaje caballo, y con mucho cuidado, acarició su crin del color del azabache. "¿Qué ocurre, amiguito?"
Saglam relinchó con frustración. ¿Qué más tenía que hacer para que ella entendiera que estaba dispuesto a ayudarla… acostarse de espaldas y dejar que ella le rascara la panza? En un último intento por ayudarla, agitó la cola dentro y fuera de su silla, y así estuvo por espacio de un minuto, hasta que ella abrió los ojos desmesuradamente, y dándole un beso en la frente, montó sobre él, manchando su blanco caftan con la sangre que había sido derramada por un soldado enemigo. "Gracias, Saglam", dijo la hembra, dándole una palmada en el hombro, y Zerrin se sostuvo del marco de la puerta para no desmayarse. "¡Está prohibido que salga del harén, princesa!"
"También lo está permitir que Tarkan muera allá afuera", dijo Candy con resolución, y sin necesidad de apretar las riendas, Saglam salió disparado rumbo a la ciudad, y Zerrin, al ver al animal montado por su nuevo jinete, cayó desplomada al suelo.
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De todas las situaciones posibles, ésta era la que menos hubiera imaginado.
El príncipe había cabalgado, con otros herederos, al frente de las tropas otomanas. En esta ocasión, y para no dañar la reputación de los miembros del imperio, el Sultán había ordenado colocar en su uniforme verde olivo unas falsas condecoraciones, y de este modo obtendría el respeto de sus subordinados. Así las cosas, había aguardado en un rincón, aislado del resto de los militares, porque Estambul recibiera el primer ataque, pero mientras aún deliberaba entre traicionar su propia moral y destruir a los infortunados armenios, o salvarse a sí mismo y a su princesa, un hombre lo derribó de su caballo, y cuando se levantó para defenderse, Mehmed Ziyaeddin, el hijo mayor del Sultán, arremetía contra él, con una pistola en la mano. Sabía que los aspirantes al trono no lo veían con buenos ojos, en particular porque el Sultán parecía brindar más atención al hijo recién encontrado que a sus ambiciosos hermanos. Sin embargo, y a juzgar por las decisiones de estado que tomaba Mehmed, todo apuntaba a que ninguno de sus vástagos sería elegido sultán, y que el poder recaería en el hermano menor de Mehmed, Mehmet Vhadettin, encargado de cubrir varias de las gestiones internacionales de Reshad, especialmente en países aliados como Londres. "Ziyaeddin", comenzó a decir, tratando de hallar la oportunidad de sacar su arma del pantalón; pero el mayor de los príncipes estaba decidido a eliminarlo, y hacer creer a todos que el menor de los herederos había fallecido a consecuencia del ataque de los armenios, y no asesinado por su hermano. Ziyaeddin apuntó a la sien del joven príncipe con la pistola, y antes de halar el gatillo, el chico extrajo una pequeña espada de su pecho, e hirió al atacante en el muslo izquierdo, y salió corriendo en busca de Saglam, pero las calles estaban atestadas de civiles huyendo de la ciudad, así como de soldados otomanos, y armenios con sed de venganza… Se confundió entre la gente, esperando encontrar a su caballo y llegar hasta Yildiz, para informar al Sultán sobre el atentado, más rápido y con mejor constitución física, avanzaba a pasos agigantados. El príncipe apresuró el paso, y aunque Saglam hubiera desaparecido, iría a Yildiz de todos modos, pero Ziyaeddin se acercaba cada vez más a él. A lo lejos, muchos otomanos abandonaban la ciudad abarcando goletas con rumbo desconocido, y por una fracción de segundo, pensó que había llegado el momento de marcharse, pues su misión ya estaba cumplida, y ya era hora de regresar a Londres… pero las cosas habían cambiado, y en Topkapi le esperaba alguien por quién velar, por quién soñar, por quién amar…
"¡Tarkan!"
El creyó haber perdido la razón, o de lo contrario, no hubiera escuchado su voz, ya que estaba supuesta a permanecer tras las seguras murallas de Topkapi. "¡Tarkan!", volvió a escuchar, y cuando buscó entre la despavorida multitud, ella venía galopando, temeraria, llevando las riendas de… "¿Saglam?"
Apenas podía creerlo. El caballo al que nadie se atrevía domesticar, y no que no se dejaba montar de nadie salvo por él, estaba siendo conducido, con envidiable maestría, por su princesa de la noche. ¡La muy testaruda! ¿Qué hacía allí, en medio de los ataques, cuando se les tenía prohibido a las concubinas abandonar el harén? Más tarde sostendría una plática con Zerrin al respecto, pero lo más importante en ese momento era que tenía que sacarla de allí, cuanto antes.
Candy apretó las riendas de Saglam al ver al príncipe contemplando las goletas saliendo del muelle. "¡Allá voy, Tarkan!", lo llamó entre la gente, avanzando cada vez más, hasta que extendió la mano al príncipe, y enseguida él trepó al caballo, quedando detrás de su princesa, quien le pasó las riendas de Saglam. "Vamos al muelle", indicó él, llevando a Saglam a gran velocidad, y la fuerza y tenacidad del caballo eran tales que todos, tanto soldados como ciudadanos, dejaban el camino libre para permitir el paso del animal. "¡Vamos, Saglam!", gritó Tarkan, y Saglam, feliz de volver a ser conducido por su amo, dio cátedra de la excelente condición de todos los de su especie, llegando más lejos que los mismos automóviles, y entonces llegaron al muelle, y el príncipe bajó primero, seguido por Nadire; y asiéndola de la cintura, la condujo a través de un grupo de personas que se apiñaban alrededor de una goleta; y extrayendo una faja de liras de uno de sus bolsillos, lo colocó en la palma de la mano de ella. "En caso de que lo necesites-"
Ella sintió que su corazón escapaba de su pecho. "¿Qué significa esto, Tarkan?", preguntó con inquietud. Al fin lo había encontrado, pero ahora él actuaba de un modo extraño, como si quisiera deshacerse de ella. "¿Qué piensas hacer?", repitió.
El la tomó por los hombros. "De seguro estas goletas irán a puerto seguro, o a otro país", dijo, "y aquí está tu oportunidad para que huyas."
"¿Qué has dicho?", preguntó ella atónita, "¿No pensabas convertirme en tu princesa de la noche?"
"No si puedo hacer que te vayas…"
"¿Y qué pasará contigo?" La situación estaba muy caldeada, y aún el príncipe, en toda su valentía, estaría a merced de los aguerridos armenios, y si resultara atrapado… "Entonces ven conmigo", suplicó, "acompáñame, por favor…"
Un millón de emociones atravesó los ojos verdosos de Tarkan, quien luego de mucho pensarlo, finalmente movió la cabeza en negativa. "Si descubren que voy a bordo de cualquiera de estas naves, pudieran dispararnos a todos. No, Nadire…", limpió las lágrimas que ya rodaban por las rosadas mejillas, "no puedo ir contigo… lo siento", y antes que ella pudiera reaccionar, montó a Saglam rápidamente, y desapareció en medio de la histeria y el caos que allí imperaban. Luego de tres semanas de cautiverio en el harén, había llegado el momento de partir. "No puedo creerlo, Dios mío", suspiró, mientras hombres y mujeres se empujaban, unos a otros, en su lucha por ganar un espacio en la embarcación. Sin importar adónde viajara el bote, quedaría lejos del imperio otomano, y de toda la opresión y dictadura que ese estilo de vida conllevaba… y todo gracias a él, a ese príncipe que la había rescatado de la esclavitud, y la había defendido a capa y espada de cuantos se burlaban de ella o intentaban hacerle daño, un príncipe al que siempre le estaría agradecida, y que estaba en medio de una batalla que no le concernía, pues su alma no estaba en Estambul, sino en Inglaterra, o quién sabía qué otro lugar, pero ciertamente Tarkan no pertenecía a Anatolia; su porte, carisma y personalidad no eran propias de este mundo bárbaro y en decadencia. Había algo en él que lo hacía distinguirse entre los demás, y no precisamente por su título, y la guerra contra un país aplastado por los mismos otomanos no formaba parte de su libreto de vida. Tarkan estaba en peligro de morir, y no podía soportar la idea de que eso sucediera… y se alejó de la goleta, encarando una avalancha de personas que corrían aterradas a refugiarse de las balaceras, pero tenía que encontrarlo, saber que estaba bien… Escapar había sido su más ferviente deseo desde que llegara a Constantinopla, pero su añorado sueño de escapar palidecía al lado de su inalterable preocupación por Tarkan, y si algo malo le ocurriera en su ausencia, jamás se lo perdonaría. "Jamás lo voy a encontrar si continúo caminando", dijo en voz alta; y como si Dios hubiera escuchado su corazón, se presentó, ante sus ojos, una bicicleta de niño tirada en el suelo, probablemente dejada en el olvido ante el colosal ataque. Levantó la bicicleta, y para su suerte, estaba en buenas condiciones, aunque sería incómodo manejarla, pues al ser de un tamaño infantil, debía pedalear con las rodillas flexionadas hacia arriba, pero todo se valía con tal de encontrar a Tarkan sano y salvo. Poco a poco, comenzó a manejar a través de las peligrosas calles, sin apartar la vista de los soldados uniformados de verde, esperando ver a Tarkan entre ellos. De pronto vio, a lo lejos, dos soldados otomanos luchando entre sí, y cuando uno de ellos se viró de espaldas al otro, este último sacó una pistola, y disparó contra su compañero, quien lanzó un grito de dolor mientras palpaba su baja espalda, mientras que el traidor huía de la escena, y una horrible corazonada atacó todo su ser. Saltando de la bicicleta, corrió el tramo que le restaba para asistir al recién herido, quien estaba tirado en el suelo, y cuando lo volteó para revisar sus signos vitales, sus peores temores se confirmaron. "¡Tarkan!"
El príncipe aún estaba conciente, pero ahora respiraba con dificultad; no obstante, reunió el oxígeno necesario para gritar: "¿Qué rayos haces aquí? ¡Deberías estar subiendo a la goleta!"
Tomándolo en brazos, ella comenzó a llorar. "No pude hacerlo, Tarkan", masculló entre sollozos. "¿Cómo iba a hacerlo, si mi señor estaba en peligro?"
En medio de su dolor, él acarició una mejilla con la palma de su enguantada mano. "¿Te das cuenta de lo que esto significa? Pasará mucho tiempo antes que vuelva a presentarse una oportunidad como ésta…"
Ella sonrió, a pesar de que él estaba perdiendo mucha sangre. "Estoy dispuesta a esperar el tiempo que sea necesario, con tal que regreses al palacio…" Y lloró más fuerte al verse desprovista de equipo médico para atenderlo. Sin tiempo que perder, rasgó una tira de su caftan, y la colocó en la boca del príncipe diciendo: "Para que te muerdas los labios… y no vayas a quedar dormido." No podía permitir que el príncipe cayera rendido por el sueño, pues podía perderlo a causa de un coma, pero era necesario extraerle la bala en ese mismo momento. "¿Dónde está Saglam?", preguntó, mientras buscaba un objeto punzante en los alrededores.
El se quitó el pedazo de tela y contestó: "Debe estar buscándome… fui derribado una segunda ocasión-"
"¿Quién te hizo esto?", cuestionó ella, encontrando un pedazo de vidrio roto cerca de un farol.
El apenas podía respirar. "Uno… de los herederos…"
"¡Debes acusarlo con el Sultán!"
"Pensaba hacerlo… pero sería la palabra de Ziyaeddin contra la mía-" No pudo decir más, pues la princesa había vuelto a colocar la tela en su boca, y colocándolo sobre su estómago, alzó la chaqueta y camisa de su uniforme, revelando la herida profunda que había recibido en la espalda baja, y sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué tal si él se moría, y no volviera a verlo nunca más? Apartando los temores de su cabeza, tomó el pedazo de vidrio en sus manos, y acercándose a Tarkan le susurró al oído: "Resiste… y muerde si fuera necesario", y sin decir más, introdujo la punta de vidrio dentro de la piel del príncipe, y él se aferró al suelo con sus manos, mientras todo su cuerpo se tensaba de dolor; pero ella tenía que continuar, si no quería verlo morir desangrado, y si no extraía la bala a tiempo, bien podía quedar paralítico. Comenzó a rodear el área donde se encontraba alojada la bala, y no le quedó más remedio que insertar el vidrio más profundo, mientras él se retorcía a ambos lados, mas no mostraba resistencia al tortuoso procedimiento. Sin el alivio de un sedante, Tarkan podía desmayarse en cualquier momento, y ella tenía que actuar con rapidez. Encontrando la base de la bala, comenzó a subir la misma, con el uso del vidrio, de vuelta al exterior, y al cabo de unos minutos, el proyectil estaba fuera de su cuerpo, y ella derramó lágrimas de alivio, ya que al menos no quedaría inválido, aunque ahora corría el riesgo de contraer una infección debido al uso del vidrio. Tomó el rostro de Tarkan en sus manos, y ella lanzó un grito de horror al descubrir que había perdido el conocimiento. "¡Lo estoy perdiendo!', gritó, y extrayendo el pedazo de tela de la boca de él, lo colocó sobre la herida, y aplicó presión sobre la misma, hasta que se detuvo la hemorragia, al menos por el momento… y como si fuera un milagro, Saglam apareció entre la humareda, y sin pedir explicaciones, se inclinó para recibir a su dueño sobre él, y Candy volteó al príncipe de manera que quedó acostado, boca abajo, sobre el lomo de Saglam, y acto seguido, ella también subió, y a paso terriblemente moderado, cabalgaron de regreso a Topkapi.
En cuanto llegaron, Zerrin envió por Enise, quien preparaba un té en la cocina, y entre las dos ayudaron a Candy a llevar a Tarkan al kiosko de ella, mientras esperaban al doctor Dujardin. Una vez que lo colocaron, sobre su estómago, en la cama, ella hizo uso del equipo de primeros auxilios del harén para desinfectar la herida a lo que llegaba Dujardin. Finalmente, el doctor llegó a la habitación, extrayendo de su maletín los instrumentos necesarios para coser el hueco por donde había entrado la bala, y con la ayuda de ella, cerró la fisura, colocando un vendaje para evitar que la herida se abriera por accidente. "Es una suerte que lo hubieras encontrado", dijo el francés a la enfermera, "unos minutos más, y hubiera perdido el uso de las piernas, o hubiera muerto por la infección", y luego de suministrar a ella un frasco de pastillas para el dolor, se retiró, y Candy lloró de alegría al tenerlo de vuelta en el palacio, alejado de la violencia. Aún quedaba por verse qué explicación ofrecería Tarkan al Sultán sobre lo acontecido, pero por lo pronto, su prioridad era ayudarlo a recuperarse, y evitar que padeciera una infección. La noche había caído, y ella se quitó el ensangrentado caftan, y en su lugar se colocó el camisón de dormir, y acercándose al príncipe, comenzó a desvestirlo, pues muy pronto comenzaría a subirle la fiebre, y no debía estar acalorado para entonces… pero por desgracia no tuvo que esperar mucho a que eso sucediera, pues no bien ella había removido la última pieza de ropa que llevaba puesta, cuando él comenzó a sacudirse sin control, y ella frotó su espalda con suavidad y ternura, esperando que el cuerpo de él se refrescara; pero al cabo de unos minutos, ocurrió todo lo contrario… la piel del príncipe se erizaba a medida que su cuerpo sufría violentos espasmos, y su piel temblaba con escalofríos… y sin pensarlo dos veces, ella se metió a la cama, y con su cuerpo cubrió el de él, y con mucho cuidado de no lastimar su espalda, se deslizó hasta llegar a sus posaderas, y recostando su cabeza sobre las mismas, lo abrazó por la cintura, con lágrimas en los ojos, elevando una plegaria al Creador para que el príncipe saliera airoso de la crisis. "Sálvalo, Padre Celestial", pidió entre sollozos, "por favor, no dejes que se muera…" Y siguió llorando sin consuelo, mientras que en el dormitorio de las concubinas, Hüveyda escuchaba el llanto de la odalisca. "Lo ama", dijo en voz baja, mientras sus amigas trataban de conciliar el sueño, "ella lo ama, aunque no quiera aceptarlo…" Y por vez primera, sintió compasión de la princesa, y sus propios ojos se llenaron de lágrimas.
