PRINCESA DE LA NOCHE
Por Astrid Ortiz
(Eiffel)
CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.
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CAPITULO 14: Una noche con el príncipe
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La luna hacía sus travesuras en la ciudad de Estambul, otorgando a muy pocos el privilegio de su luz resplandeciente. Estaba en cuarto menguante, lo que mantenía el paisaje en penumbras, a la espera de que una luz más brillante iluminara todo, y brindara claridad a los lugares, los objetos, las mentes…
Tumbada sobre el pecho de Terry, Candy recobraba el aliento. El aún estaba dentro de ella, y con las manos que había adorado por todo un mes, aún bajo los gruesos guantes, acariciaba la espalda llena de sudor, mientras ella ocultaba su rostro sobre el varonil pecho, escondiendo los brazos debajo de su mentón. No podía abrazarlo, pues no sabía quién era en realidad… aunque las fabulosas manos sobre su espalda eran un recordatorio de sus vivencias con el príncipe, un príncipe que ya no estaba, que había desaparecido… que nunca existió. En su lugar, un actor inglés radicado en Broadway, haciendo uso de su talento histriónico, había conseguido tomarle el pelo, llevándose de plano su virginidad, a sabiendas que en América una novia abnegada aguardaba por él… Se apartó con brusquedad, y cubriéndose con el edredón, se alejó de él lo más que pudo, ocultando el rostro entre sus manos para no ver la desnudez de él. Terry desnudo… Terry tocando sus pechos y su intimidad en la alberca… Terry comprándola en el mercado… El se acercó, e intentó abrazarla con su cuerpo, pero ella se hizo un ovillo bajo el edredón, desatando toda su confusión por medio del llanto. "No te acerques", suplicó, cerrando los ojos para no ver el sudor de pasión en él, "¡Por favor, cúbrete!"
Terry estaba deshecho. Acababa de hacer el amor con su pecosa, a quien no había dejado de amar aún cuando ya era un hombre, y ahora ella lo rechazaba, mas no la culpaba por ello, pues bajo engaño, había caído rendida ante un príncipe que no había sido sino un producto de su propia creación. Cubriendo la parte de inferior de su cuerpo con una sábana para no contrariarla dijo: "Candy, déjame explicarte-"
Ella alzó una mano para asegurar la distancia entre ellos. "Eres muy buen actor", reclamó, con el rostro bañado en llanto, "lo hiciste tan bien que ni siquiera te reconocí."
El recibió la carga de amargura de aquellas palabras con el mismo impacto de una bofetada. "No lo tomes de ese modo, princesa; todo esto comenzó mucho antes que aparecieras…"
"¡Ya no me digas princesa!"
"Lo seguiré haciendo, todas las veces que se me antoje", el lado rebelde e insolente de él salía a la superficie para amortiguar el desprecio de ella. "Fue pura coincidencia… no, un milagro, haberte hallado esa tarde en el mercado; y digo milagro porque sólo la intervención divina hubiera hecho posible nuestro encuentro."
Ella envolvió su cuerpo en el edredón. "¿Dónde dejaste a Susana… acaso sabe que viniste a Estambul a conseguir una amante?"
Terry trataba de ser paciente con su princesa, pero ella seguía obstinada en creer que la había usado, burlándose de ella, y le dolió que ella no confiara en él, no después de haberse unido en cuerpo y espíritu. "No es como lo quieres poner", respondió en tono serio, "Si me dejas explicarte, verás que nunca fue mi intención aprovecharme de ti."
Ella guardó silencio. Había aceptado, sin condiciones ni reservas, convertirse en princesa de la noche, luego de darse cuenta de que el príncipe no la había adquirido en el mercado para satisfacer sus deseos carnales como había hecho creer al Sultán, sino para protegerla y salvarla de los hombres lujuriosos que la codiciaban en el mercado, y más tarde, para sacarla del país. 'El te ama', dijo entonces Hüveyda, y ella le creyó, pues el príncipe había mostrado, con hechos y con palabras, que su interés por ella iba más allá de una atracción física… Se quedó quieta en su refugio, lista para escuchar el nuevo libreto de Terry Granchester. "Tú dirás."
El avanzó un poco, pues no quería estar un minuto más separado de ella, de ese cuerpo que ella le había entregado con amor; pero ella se mantenía abrazada al cobertor, renuente a tener más contacto físico con él. "Supongo que leíste en los periódicos", comenzó, estudiando la mirada suspicaz de ella, "que me di un alto en los escenarios para tomarme unas vacaciones…"
Candy continuaba observándolo con recelo. "¿Por qué lo hiciste… para huir de Susana?"
El la miró con detenimiento… no sería fácil ganarse el perdón de la pecosa. "No niego que su dependencia me ahogaba, al igual que sus celos… pero no fue por eso que me marché."
"¿Entonces?"
El se acostó sobre su estómago, apoyando el mentón sobre sus brazos, y ella miró hacia a un lado para ignorar lo atractivo que se veía. "Quería ver al duque de Granchester, y abrazarlo como hacía tiempo no lo había hecho."
"¿En serio pensabas limar asperezas con él?"
El asintió. "Al parecer, ambos teníamos la misma iniciativa, y acordamos que nos encontraríamos en su villa, aunque significara tener que soportar a la cara de cerdo de su esposa y unos hermanos que no quieren saber de mí."
'Pobre Terry', pensó Candy, 'iba a hacer su orgullo a un lado para reconciliarse con su papá…' "¿Tú le habías avisado que ya estabas en Londres?"
"No", respondió él, "pero pensaba darle una sorpresa, y en cuanto llegué a Londres, me dispuse a visitar su propiedad, pero antes...", se aclaró la garganta antes de continuar, "me faltaba valor para verlo, y hablarle después de todo lo que había pasado entre nosotros, así que me detuve en una librería a distraerme un poco antes de ir a ver a mi padre", respiró profundo, "y fue así como conocí a Wilbur McCormick."
Candy había pasado del resentimiento a la curiosidad. Con sus rodillas dobladas frente a ella, pero sin retirar el edredón, apoyó los codos sobre las mismas. "¿Y quién es él?"
El esbozó una encantadora sonrisa. "Wilbur, mi querida princesa, es nada más y nada menos que el verdadero príncipe de Constantinopla." Había hablado con tanta formalidad que atrapó la atención de la chica, quien no pudo evitar seguir indagando en la historia. "¿Entonces no existe ningún Tarkan? Ya empezaba a gustarme el nombre."
"Wilbur lo inventó para hacer más creíble la farsa… significa 'valiente y audaz.'"
Ella se sonrojó al descubrir cuán afín había sido el nombre al joven que lo había llevado. "Me gusta… pero no me has dicho por qué estás haciéndote pasar por él."
"Porque no se me ocurrió una mejor cosa", bromeó Terry, guiñando un ojo con picardía. "Hablando en serio, estaba comprando unos libros de literatura con temas culturales de Medio Oriente, pues se me había ocurrido que Robert podía presentar una obra en Broadway basada en estas sociedades. Fui al mostrador a pagar los libros, y Wilbur, al ver mi interés en esos temas, comenzó a entablar conversación conmigo, algo que no es difícil para él, pues habla y se expresa hasta por los codos."
Candy rió al imaginar al famoso e inaccesible Terry Granchester tratando de salir a toda prisa de la librería, mientras Wilbur lo retenía hablándole de diversos asuntos. "¿Y qué sucedió entonces?"
El respiró hondo, pues lo que estaba a punto de contar parecía sacado de un mítico cuento. "El me pidió que lo acompañara a la puerta trasera de la librería, y que observara detenidamente a un sujeto que no dejaba de mirarnos. Estaba vestido con la ropa que usamos los occidentales, pero llevaba un sombrero rojo en su cabeza-"
"El fez", dijo Candy, haciendo alarde de sus conocimientos otomanos.
"Aprendes rápido, primor", observó él con orgullo. "El caso es que ese hombre seguía mirando en dirección a nosotros, y cuando pregunté a Wilbur si lo conocía, me explicó que se trataba del diputado Mehmet Vahdettin, a quien he tenido la oportunidad de ver posteriormente aquí en Estambul."
"¿Qué hacía él allí?"
El se acostó, cubriendo su parte baja con la sábana para no asustarla, y recostando la cabeza sobre las manos explicó: "Wilbur, siempre tan elocuente, me contó sobre su origen… El Sultán había concebido un hijo con una odalisca británica que logró escapar del harén, regresando a su natal Londres. Tenía dos meses de embarazo, y no quería que su hijo o hija por nacer sufriera las penurias que conllevaba una vida en Topkapi."
"Y ese hijo es Wilbur…"
"Supones bien, preciosa." Sin moverse de donde estaba, descansó una mano sobre los muy cubiertos muslos de ella. "La madre de Wilbur no quería que el niño estuviera relacionado al mundo otomano, aunque más tarde su curiosidad lo llevó a aventurarse en los libros y aprender lo necesario para comprender el mundo donde había sido concebido."
"¿Y qué hacía ese señor Rasputin allí?"
"Vahdettin", aclaró él, contento por el interés que mostraba ella en el tema. "Aparentemente el Sultán estuvo peinando todo el continente esperando dar con su hijo, bajo la débil suposición de que su concubina inglesa no volvería a Londres por miedo a que él fuera a rastrearla allí… supuso mal, pues ella volvió precisamente a Inglaterra, y crió a su hijo como todo un británico." Estuvo en silencio unos segundos, y entonces dijo: "Hace unos meses, Vahdettin viajó a Londres para definir las relaciones diplomáticas entre Anatolia e Inglaterra, ya que la guerra entre países había comenzado, y mientras iba como pasajero en un coche de vuelta a Southampton, avistó a una señora de mediana edad que se asemejaba demasiado a la odalisca que había visto varias veces con el Sultán casi dos décadas atrás. Vahdettin ordenó al conductor del coche que siguiera con disimulo a la mujer que iba caminando a la orilla de la carretera, hasta que ella se detuvo frente a la librería. Había ido a visitar a Wilbur sin imaginar que ese hombre la estaba siguiendo, y entró a la tienda como de costumbre, platicando con su hijo, y al salir, Vahdettin entró a la tienda, y preguntó a Wilbur todo tipo de datos sobre la mujer que había entrado y salido de la librería en cuestión de segundos, y cuando Wilbur preguntó a qué se debía el interrogatorio, Vahdettin confirmó sus sospechas… estaba tratando de localizar al hijo del Sultán para llevarlo a la fuerza a Estambul, y no tenía idea de que estaba hablando justamente con él."
"¿Pero Valentín no imaginaba que Wilbur-"
"Vahdettin", reiteró él con una sonrisa. "Pues no, no llegó a sospechar de Wilbur después de todo…"
"¿Por qué?"
'Mi princesa ya no está tan molesta', pensó él con alegría. "Mehmed Reshad es grande y grueso, y su odalisca, la madre de Wilbur, es extremadamente delgada, y ambos tienen los ojos claros, así que no entiendo cómo a Vahdettin no se le ocurrió que el dueño gordito de la librería pudiera ser el joven que tanto andaban buscando."
"Tal vez porque lleva otro apellido que no es el de su madre."
Terry la miró con embeleso. "Pensándolo bien, tal vez sea esa la razón... El asunto es que Vahdettin ya había enviado un comunicado a Mehmed indicando el hallazgo de la madre de Wilbur, y el Sultán determinó dejar un aviso, con Wilbur de intermediario, de que si la madre de su hijo no divulgaba su paradero, enviaría por unos hombres ingleses de su confianza para matarlos a ambos."
Candy lanzó un grito de espanto. "¡Pobre Wilbur! Tener que oír una amenaza de ese tipo contra él y su madre…"
"El decidió no contar nada de ella, pues sabía de sus años de esclavitud en el harén, y no quería causarle un nuevo contratiempo, y en un impulso, actuó sin pensar y le dijo a Vahdettin que sabía perfectamente quién era el príncipe, y que en unos días se los entregaría a ellos…"
"Y ese príncipe impostor eras tú", dedujo Candy de inmediato. "¿Pero por qué tú y no alguien más?"
"El me reconoció en el momento en que llegué a la tienda, y sabía que me encontraba de vacaciones", contestó Terry, "y al verme tan interesado en la cultura de su país, me propuso hacerme pasar por príncipe por la duración de mis vacaciones… y luego planificaría mi muerte, y así Wilbur y su madre vivirían en paz para siempre."
"¿Piensas suicidarte?", preguntó Candy con horror.
"Veamos… una vez encontré un pedazo de cuerda colgando de un árbol…" Al ver la creciente preocupación en los ojos verdes, exclamó: "¡Claro que no voy a quitarme la vida, Tarzán! Hablaba de fingir mi propia muerte, pero en raras ocasiones he salido del palacio, y no puedo abusar de la amabilidad de Saglam, pues el día menos pensado pudieran sacrificarlo con tal que el príncipe no vuelva a escabullirse del palacio."
Ella se cruzó de brazos, sin percatarse de que al hacerlo, comenzaba a deslizarse el borde superior del edredón. "¡No vuelvas a asustarme de ese modo!"
"Estabas preocupada por mí, ¿eh?" Esquivó una almohada que ella le había aventado, y aprovechó el movimiento para admirar los pechos que habían quedado al descubierto, pero no se lo diría aún… quería disfrutar de su fabuloso relieve. "Wilbur y yo hicimos un pacto de no decir a nadie lo que haríamos. Si la prensa o algún otro medio de comunicación se enteraba, hubiera arruinado los planes, al menos en Londres, ya que Terrence Granchester no es conocido en Estambul… y para eso tuve que aplazar la visita a mi padre."
"¿Y la señora Baker?"
"Eleanor dijo, antes que yo partiera de Nueva York, que confiaba plenamente en mi juicio, y que no pediría explicaciones a mi regreso, así que está tranquila, o debe estarlo."
"¿Y Susana?" Candy le dirigió una mirada de reproche. "¿Cómo pudiste dejar sola a Susana? Debe estar desesperada creyendo que estás dando un paseo por el mundo, dejándola en el olvido…"
"Debo aceptar que en cierto modo quería descansar un poco de ella", dijo él, "pero no tenía intenciones de abandonar nuestro compromiso, y aún después de haber llegado a Constantinopla, estaba muy claro en que mi estancia allí sería pasajera, y en cuanto terminara todo, volvería a Broadway, y a mis deberes con Susana y su señora madre." Tomó un respiro antes de continuar. "Hace un mes, y con la ayuda de Saglam, escapé del palacio buscando posibles maneras de desaparecer más tarde, de tal modo que me dieran por muerto, y me acerqué a un grupo de mercaderes, pues si en reuniones posteriores se suscitara un motín, sería la muerte perfecta para el príncipe, y entonces…", apretó los párpados con fuerza, como queriendo borrar una horrible imagen de su memoria, "apareciste tú, desnuda en aquella plaza, a punto de ser vendida a quien ofreciera más dinero y…" Su voz se entrecortó de repente, y fue así como Candy, al recordar la humillación de haber sido desvestida en público, descubrió que su pecho estaba ante la vista de Terry, y volvió a cubrirlos con el edredón. "Entre tantos lugares que hay en el mundo", lo oyó murmurar, "entre tantos lugares, tantas ciudades, tantos escenarios, tuviste que estar precisamente allí, lejos de América y de los tuyos, lejos de todo", su voz comenzaba a quebrantarse, y al verlo, ella sintió que su corazón avanzaba hacia él, "y esa fue la primera vez que comencé realmente a respetar a Dios, porque sólo El hubiera sido capaz de traernos a ambos hasta aquí…"
"Terry-"
"Sé que nunca hemos hablado sobre Susana, nunca tuvimos la oportunidad de conversar la noche de nuestra separación", continuó él, "y tampoco hemos hablado sobre el problema con la bebida que tuve después-"
"No tienes nada que explicarme sobre tu alcoholismo, Terry", sostuvo ella, en solidaridad con el vacío que debió haber experimentado el actor durante los meses que subsiguieron a su ruptura, "en cierto modo yo me siento responsable por tu conducta, pues fui yo quien propició la separación, sin darte el espacio para que habláramos, y halláramos una solución…"
"Yo tampoco facilité las cosas", reconoció él con tristeza, "oculté la verdad sobre lo ocurrido con Susana por miedo a que me dejaras más pronto, y dejé recaer sobre tus hombros la decisión de alejarte, y no fue justo, mi amor…", con un puño, removió una lágrima que había escapado de sus zafiros, "no fue justo que hubieras realizado tan largo viaje, y que después no hubiera valido la pena… por mi cobardía, porque no supe encarar la situación-"
"Tenías diecisiete años, Terry, y yo dieciséis", dijo ella con sabiduría. El tiempo, y todo lo vivido en Anatolia, se habían encargado de brindarle una mejor perspectiva de las cosas. "Aún éramos unos chicos… con profesiones y responsabilidades que otros de nuestra edad no tenían, pero éramos niños… y creo que hemos sido duros con nosotros mismos al habernos impuesto un sacrificio tan grande sobre nosotros." Comenzó a llorar, y él enjugó su llanto con una mano, y el recuerdo de Tarkan se hizo presente al rememorar las caricias del príncipe… las caricias de su amado Terry. "Aquella tarde, en el mercado, yo me quería morir-"
"No digas eso, princesa…"
"Y en lo único que pensaba era en ti, Terry… en ti… y en cómo hubiera querido cambiar el rumbo que tomé respecto a ti…"
"Y yo pensé lo mismo cuando te vi", admitió él, con su voz temblando de emoción. "No era mi intención comprarte como un artículo, pero era la única solución posible para que no volvieras a caer en aquellas redes… y ya que no estábamos allí por pura casualidad, sino por una fuerza superior a nosotros, juré, en ese mismo momento, que ninguna Susana o admiradora impediría que estuviéramos juntos, aunque sólo fuera en este país."
Candy prestó atención a las palabras de Terry. Ahora que sabía toda la verdad, había llegado a la misma conclusión que él: Dios había cruzado sus caminos nuevamente por una razón, y su encuentro en el mercado había sido providencial para ambos. El Padre Celestial había colocado a Terry en el lugar adecuado, y en el momento adecuado, no sólo para protegerla, sino para volver a enamorarse el uno del otro, no como los chicos de escuela que habían sido, sino como un hombre y una mujer. ¿Quién era ella, pues, para negarse a la voluntad del Señor? "No podemos escapar de esto, Candy", dijo él en un sollozo, apoyando su frente sobre la de ella, sus lágrimas saladas entremezclándose con el llanto de ella, "ya una vez lo intenté, refugiándome en el alcohol, pero no puedo… no podemos escapar de esto, princesa…"
Ella permitió que su llanto y el de él se unieran en un mismo dolor. "¿Por qué no me dijiste que eras Tarkan?", preguntó, sin apartarse de su lado.
El retrocedió sólo un poco, revelando unos llorosos ojos azules. "Porque no quería perderte", confesó, "y temía que al decirte la verdad desde el principio, hubieras buscado la forma de huir de mi lado, y eso hubiera sido peligroso para ti, pero además…", contempló la lámpara que ahora se reflejaba en sus pupilas, "Tarkan es el hombre que siempre quise ser, o al menos, el que quería ser para ti, atento, maduro, seguro de sí mismo… una versión mejorada de mí." Y no pudo evitar sonreír con su comentario, mientras Candy se maravillaba al verlo. Terry Granchester, en su deseo de ayudar incondicionalmente a un príncipe que en realidad no quería serlo, había asumido otra identidad, otra cultura, e incluso estuvo a punto de sacrificar su hombría en pos de la religión, pero más que nada, la había rescatado de una desdichada vida en Estambul, y le había salvado la vida, arriesgando luego la de él… Y como si hubiera leído su pensamiento a la perfección, él dijo: "No voy a hacer que castiguen al hombre que me hirió, pues le estoy agradecido…"
Ella abrió los ojos con asombro. "¿Cómo puedes decir eso, Terry?"
El retiró un rizo dorado de la frente aún empapada en sudor. "De no haber sido por él, hubiera estado entre la espada y la pared. Tengo experiencia dándome a los golpes, montando a caballo, y peleando con espadas, pero no quería usar mis tácticas de defensa para dañar a nadie, ya fuera armenio u otomano." Y la abrazó con fuerza, derramando su llanto sobre el hombro de su princesa. "Te he extrañado tanto…"
Ella seguía contagiada con sus lágrimas, y pasó sus manos por el frondoso y ahora mediano cabello del actor. "Yo también…"
"Sé que en cuanto salgamos de aquí, vas a pedirme que vuelva con Susana, y te marcharás de nuevo", sostuvo él, "pero mientras estemos aquí, serás mía, y yo seré tuyo."
"Oh, Terrence…"
El sonrió al escuchar su nombre en los labios de ella. "Me has llamado Terrence", susurró, y tomando una mano de ella entre la suya, rogó porque su princesa volviera a abrir su corazón, como lo había hecho cuando creía que era un príncipe encantado. "¿Qué más tengo que hacer para que confíes en mí?"
Candy contempló al amor de su vida, incapaz de creer aún que estaba en Estambul con ella, que siempre había estado cerca para ayudarla y protegerla, y que le había demostrado, antes, durante, y después de ser Tarkan, que la seguía amando… y ella a él. "Es por eso que no reías mientras estabas conmigo", descubrió, "de haberlo hecho, yo te hubiera reconocido…", y se lanzó a él, olvidando su pudor, y con sus manos comenzó a hacer cosquillas en sus brazos, mientras él se mordía la lengua, persistente en no perder el juego. "¿Se puede saber qué estás haciendo, princesa?", preguntó con una sonrisa.
Ella continuó al ataque. "¿Qué crees, querido? ¡Voy a hacerte reír, y no me detendré hasta conseguirlo! Es mi único requisito para volver a confiar en ti…" Y prosiguió pellizcándolo en el pecho y los brazos, hasta que en una movida inesperada, procedió con uno de los puntos más vulnerables del cuerpo de Terry: su vientre. 'Lo conozco tan bien, incluso su cuerpo', pensó con orgullo de mujer, mientras redirigía sus cosquillas al sensible estómago de él, hasta que Terry no pudo controlarse más tiempo, y su risa retumbó por toda la habitación, y ya no podía detenerse. Un mes sin reír junto a su princesa había sido como querer volar encerrado en una jaula, pero ahora que ella sabía todo, ya no tenía objeto suprimir su risa. "¡Jajajajajajajajajaja!"
"Me gusta hacerte reír, Terry, y oírte reír", confesó ella entre lágrimas, deteniendo las cosquillas al momento, pero él no cesaba en su ataque de risa, como si hubiera contenido las mismas demasiado tiempo. "¡Jajajajajajajajajaja!" Ella escuchó el agradable sonido de sus carcajadas, reconociendo que él tenía razón, y que de haberle mostrado su risa, ella lo hubiera puesto en evidencia de inmediato, aunque fuera por accidente. De repente, él se detuvo, y con una mirada llena de amor le dijo: "Gracias por quedarte aquí conmigo, y por aceptar ser mi mujer…" Sabía que para ella había sido un gran sacrificio, dada su formación en el hogar de Pony, perder su virginidad sin haber llegado al matrimonio; pero al mirarla a los ojos, no encontró señal alguna de arrepentimiento. "¿Qué dices, princesa… quieres que vivamos juntos?"
El sentido de pertenencia con que él había hecho la petición la tomó desprevenida. Era obvio que él se refería al tiempo que estuvieran encerrados en Topkapi, pero ante la imposibilidad de contraer nupcias, al menos en el plano cristiano, su propuesta había adquirido cierta formalidad, como si estuviera pidiendo su mano en compromiso. Una gran emoción la embargó, y mirándolo a los ojos, decidió seguir el mismo rumbo que había determinado tomar con Tarkan: "Sí, mi amor", suspiró, tomando el rostro de él entre sus manos, "quiero ser tu amiga, tu amante, tu mujer… te amo", y lo abrazó con fervor, mientras el edredón se deslizaba hacia la cintura, y el contacto de su pecho desnudo apretado contra el de él le produjo un espasmo delicioso. Despacio, ella se apartó, y entonces él se puso de pie, tomando sus efectos de limpieza de una mesa, y ella se sonrojó al ver su desnudez. "No sé por qué te apenas tanto, Candy", dijo él en tono burlón, "ya me has visto así varias veces…"
"No sin tu maquillaje", se disculpó ella, "es como si te estuviera viendo por primera vez…" De pronto, él la haló por un brazo, y llevándola de la mano con gentileza, caminó hasta la salida de la recámara, y cuando salieron al exterior, ella trató de cubrirse con la mano que le quedaba libre. "¿Terry, qué estás haciendo?"
"Tranquila", aseguró él, mientras seguían recorriendo, tomados de la mano, el gran corredor. "A esta hora los sirvientes duermen, y los únicos que mantienen vigilia son los centinelas de la entrada principal; es por eso que tomo el baño a altas horas de la noche."
"¡Pero ya te bañaste!"
"¿Me has estado espiando?"
Ella se sonrojó. "¿Crees que si lo hubiera hecho, no hubiera descubierto quién eres?"
"Tienes razón", dijo él con zalamería, "y ahora, Candice White Andley, vamos a tomar nuestro primer baño juntos."
"¿Eh?" El corazón de ella latía a mil por hora. Mientras hacían el amor, ella había creído que él era otra persona, pero ahora todo era diferente… estaba completamente segura de que el hombre con quien caminaba desnuda hacia la alberca no otro sino el Terry de su alma y corazón, y aunque ya lo había aseado luego de ella haber despertado del peligroso virus que casi había acabado con su vida, esta vez lo haría con todo el conocimiento de que eran marido y mujer, sin contar con que sería la primera vez que el la limpiaría… y sintió la tensión acrecentarse en su interior a medida que se aproximaban al espacio al aire libre de la alberca. La noche era fresca y tranquila, y la luna apenas se dejaba ver en el agua, y un nudo se formó en el estómago de ella al ver a Terry dejando sobre el suelo sus pertenencias personales. Entonces se metió a la alberca hasta que el agua cubrió sus rodillas, y cuando extendió los brazos hacia ella, Candy había ocultado los secretos de su cuerpo con ambas manos; y tal y como hiciera aquella noche en que Hüveyda la dejara sin ropa, él apartó los brazos a ambos lados, y agarrándola por la cintura, la atrajo hacia él, quedando uno frente al otro.
Aunque habían tenido intimidad juntos, compartir el ritual del baño sería, para ella, una forma muy especial de expresarse su amor, donde uno conocería el cuerpo del otro como un modo de cercanía a su alma. Se habían visto despojados de sus vestiduras en infinidad de ocasiones, él, como Tarkan, y ella, como Nadire, y por primera vez se habían descubierto como Candy y Terry, aunque nunca habían dejado de ser ellos mismos. Conciente del miedo de ella a deshacerse de sus preocupaciones, él decidió tomar la iniciativa, y tomando la esponja y el jabón del borde la alberca donde lo había colocado, se le dio a ella diciendo: "Empecemos conmigo."
Ella lo miró sin comprender. Si bien lo había aseado cuando apenas tenía fuerzas para sostenerse en pie luego de haber velado su reposo los cuatro días que estuvo enferma, no sería lo mismo ahora que estaba al tanto de quién era en realidad. "Vamos, Candy… no muerdo", bromeó él, para calmarla un poco; y con sus manos temblando de frío y de miedo, lo volteó de espaldas, y comenzó a aplicarle la esponja, trabajando los músculos de sus hombros, apreciando la anchura de los mismos, y fue descendiendo hasta detenerse en el vendaje. Rozando la venda con la punta de las uñas, ella preguntó: "¿Te molesta mucho?"
El se enterneció con la preocupación de ella. "Ya no tanto." Y luego ella lavó su posterior, sus caderas, sus piernas, y él se dio la vuelta, a la espera de que ella siguiera con la parte frontal de su cuerpo. Enjabonó su cuello y su pecho, y él cerró los ojos, disfrutando el contraste entre el frío veraniego y el ardor que quemaba su vientre. No sabía que esa área de su cuerpo fuera tan explosiva, pero gracias a su pecosa, había descubierto cuán gratificante era ser acariciado allí. Con manos de seda, Candy tomó su parte más sensible, y con timidez frotó la esponja para limpiarlo, pero él ya se había transformado ante sus ojos, y ella se volteó de espaldas, pero él la hizo girarse nuevamente, y tomando la esponja de sus manos, frotó, con mucha suavidad, la cordillera de sus pechos, y ella cerró los ojos, sonriendo, al notar cómo evolucionaba su amor por él mostrando, con sus pezones erguidos, la plenitud que sentía con sólo ser observada por él. Dejó que él aseara, con deliberada lentitud, su piernas y su espalda, advirtiendo que, con mucha premeditación, él había dejado su aposento de mujer para el final, y sin ofrecer resistencia, permitió que él separara sus piernas poco a poco, mientras hacía círculos con la esponja, estimulándola lo suficiente para aliviar el dolor que aún la aquejaba luego de su primera vez juntos. Al terminar, la esponja se había impregnado de su sangre virginal, y llena de vergüenza, se tapó los ojos con las manos, pero él sólo rió con masculino orgullo, pues no dejaba de sentirse afortunado de haber sido el primero en atravesar el sendero oculto de su princesa. Colocando una mano sobre su espalda, él la llevó fuera de la alberca, y se acostó en el borde, tomando un frasco que había traído consigo junto al jabón y la esponja, y fue entonces cuando Candy se percató de que algo faltaba. "¡No tenemos toallas!", exclamó.
El la tomó de la barbilla, y depositando el frasco en la palma de su mano, dijo con voz ronca: "No las necesitaremos."
Ella reconoció el frasco de inmediato. En su primer baño en Topkapi, la esclava la había embadurnado de aceite con el fin de relajarla luego de la depilación, lo cual nunca ocurrió. Entonces observó a Terry, y el amor y el deseo que llenaba los zafiros de sus ojos la instaba a dejar a un lado sus inhibiciones, y entregarse de lleno a él, aún en los rituales otomanos.
Con el firme propósito de brindar a su princesa la mejor de las noches, él se viró sobre su estómago, para no causar a ella la molestia de tener que tocarlo en lugares que aún le resultaran embarazosos, lo cual ella agradeció en silencio, y vertiendo un poco del tibio aceite en sus manos, frotó los hombros y la espalda del chico, aliviando la tensión acumulada por el dolor de la herida, así como por sus esfuerzos amorosos, y él lanzó un gemido de satisfacción. La combinación del aceite templado y las suaves y hábiles manos de su enfermera lo habían relajado por completo, empezando a flotar en un mar de somnolencia hasta que ella aplicó el masaje sobre sus posaderas, y en medio de ellas, y la tensión en su cuerpo se hizo insoportable a medida que ella continuaba su labor de amor, disolviendo el aceite sobre él, sin darse cuenta de que ahora frotaba despacio y con un toque de sensualidad, y las terminaciones nerviosas de él se dispararon, enviando pequeñas chispas de placer al interior de sus piernas. Incapaz de soportar más tiempo las deliciosas manos de ella sobre su piel, él se sentó, y colocando una mano sobre el vientre de ella, la acostó sobre el suelo, y aplicó el aceite sobre los ya endurecidos pechos, y ella se estremeció de felicidad. No podía reprimir lo que sentía por él, y suplicó, desde lo más hondo de su corazón, que él volviera a enseñarle las maravillas del amor. El distribuyó el aceite sobre el tembloroso vientre, las delicadas caderas, sus bien torneadas piernas… dejando, como único rincón sin atender, el portal escondido entre sus piernas. De pronto, él hizo a un lado el aceite, y acercando su boca a uno de sus pechos, rozó, con la punta de la lengua, la flor que con mucho orgullo se había erguido para él, y ella comenzó a entonar una canción de gozo al recibir los calientes labios de él sobre sus capullos. Cambió de lado, sin dejar olvidado el pétalo que había probado, acariciándolo con sus dedos, mientras continuaba saboreando el dulce néctar de esa otra colina que lo estaba enloqueciendo. Ella era tan suave, tan perfecta, tan exquisita, que cada caricia que le brindaba le producía más placer que cualquier otro estímulo. "Abrázame, Terry", pidió ella con respiración entrecortada, y él no se hizo esperar, y de inmediato los dos pechos se encontraron, y ambos se disfrutaron el uno al otro, abrazándose y amándose mientras ella acariciaba esa espalda que tanto le gustaba, y él, agradecido, depositaba pequeños besos en su cuello, hasta que tomó posesión de su boca, y ambos se exploraron con vehemencia sin dejar de amarrarse con sus besos, hasta que él descendió la cabeza más allá de la cintura, y antes que ella pudiera evitarlo, él apartó sus piernas diciendo: "A ustedes las señoritas se les enseña a mantener las piernas siempre cerradas… pero esta noche te enseñaré a abrirlas", y enterrando la cabeza entre sus muslos, comenzó a degustar el sabor de su femineidad, y ella se sostuvo a ambos lados del suelo, sacudiéndose con frenesí al sentir el fresco aliento de él dentro de ella, y cada movimiento de él la llenaba de una dicha difícil de describir. No sabía que el amor podía ser tan hermoso que traspasara las barreras físicas, escribiendo su propio lenguaje a través de la piel. Toda ella vibraba con cada bocado que él probaba, y sus caderas se paralizaron en anticipo a la unión final de ambos. Entonces él se apartó, y justo en ese momento, la débil luz de la luna invadió los ojos zafiro cual si fuera una piedra preciosa. "Tus ojos", dijo ella en un suspiro, "son más hermosos que un anillo de oro, y que cualquier otra joya que haya visto", y comenzó a llorar de felicidad, y él la tomó en sus brazos, frotando su espalda con dulzura para que se calmara. "¿Por qué lloras?", preguntó con suavidad.
Ella lo miró, sin apenas creer que tanta dicha fuera posible. "Porque soy feliz, muy feliz…" Y permanecieron así, abrazados, hasta que ella cesó su llanto, y él decidió que ella estaba lista para la última jornada del viaje. En sus pasadas experiencias, nunca había adoptado esa forma de placer, pero el Sultán revisaría a la princesa en un par de días, asegurándose de que el príncipe la hubiera
hecho suya en todas partes, y no iba a permitir que Mehmed tomara ventaja de cualquier rincón que estuviera sin descubrir. Con sumo cuidado de no asustarla, la volteó de manera que quedara de espaldas a él, y ella sintió el deseo de él rozando su espalda. "Terry…"
"Confía en mí, mi amor", le dijo él al oído, mientras colocaba sobre su centro un poco del aceite, "esto también es nuevo para mí, pero ya verás que todo saldrá bien…" Habiendo visto el miedo en sus ojos verdes, depositó dulces besos en la base de la nuca, y añadió, "me encanta que lleves tu cabello suelto", y levantando ambas caderas con sus manos, entró con mucha suavidad, pero el dolor que ella comenzaba a sentir era tan desgarrador que se agitó debajo de él para liberarse, y él tomó las muñecas de ella entre las suyas, y avanzó hacia adelante, y ella alzó la cabeza ante la insoportable molestia. "¡Duele!", exclamó.
El le acarició la espalda con gentileza. "Shhh, ya pasó, shhhhh", y dio comienzo a la danza del amor, deseoso porque ella aliviara su dolor, y terminara uniéndose al baile. La luna resplandecía sobre ellos, y al sentir cómo él la enamoraba haciendo uso de sí mismo, su corazón brincó de júbilo, y su alegría se tradujo en un placentero gozo a medida que sus caderas salían al encuentro de las de él. Ya no conocía esas caderas, ahora se movían por sí solas, comandadas por la anatomía y deseos de él… hasta que ambas siluetas se alinearon en una sola, y ella sintió cómo su amor brotaba por sus poros mientras alcanzaba el cénit de su pasión, y él aceleraba sus embates, dispuesto a alcanzarla en el universo de ambos, hasta que la manifestación líquida de su amor se desbordó en ella como una fuente, seguida por los torrentes de él, y se desplomó sobre ella, tratando de recobrar el aliento.
Ella no sabía si estaba dormida o despierta; sólo sintió que él la alzaba en brazos, y en absoluta rendición, se dejó llevar, con sus brazos y cabeza echados hacia atrás, a quién sabía cuál habitación, y él la colocó de costado sobre la cama, posicionándose detrás de ella. "Te amo, Candy…", dijo él con cansancio, abrazándola fuertemente, y ella, con los ojos en blanco, no pudo menos que sonreír. "Yo también te amo, Terry, mi príncipe, mi amor…", y ambos quedaron sumidos en un profundo sueño.
