PRINCESA DE LA NOCHE
Por Astrid Ortiz
(Eiffel)
CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.
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CAPITULO 15: Aguila mensajera
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Estambul recibió el tibio sol del amanecer. Una goleta continuaba suspendida en el muelle, pero sus tres ocupantes aún no bajaban de la misma, ya que querían asegurarse de que nadie alcanzara a ver la mercancía de valor que habían escondido. Los hombres habían sido pagados por un influyente comerciante egipcio para guardar con mucho recelo el paquete que se les había encargado, incluyendo la vestimenta y otros accesorios necesarios para que la operación transcurriera con éxito. Según el pagador, un rico empresario norteamericano necesitaba que se transportara el equipaje a la mayor brevedad, procurando que no sufriera daño, pero llevar el material había sido un suplicio. Por mucho que apoyaban la causa de la resistencia otomana, y por más que deseaban el fin del imperio, los marineros iban a pedir un aumento de dinero en cuanto regresaran a Egipto, en virtud de la problemática carga que habían llevado.
El muelle estaba desolado, posiblemente por la pasada batalla contra los armenios, que para su desgracia, ganaron los locales, y enseguida salieron de la embarcación, llevando a cuestas el pesado saco que tanto habían preservado. Caminaron unas cuantas cuadras, hasta que avistaron la emblemática catedral que sobresalía entre el resto de los pabellones del Topkapi, y supieron que su labor ya estaba terminada. El águila mensajera ya estaba preparada, y sólo faltaba que se ejecutara la tarea según como se había enseñado. Ocultándose en un callejón, los tres sujetos bajaron el saco, y no hicieron más que abrir el mismo, y el chico que habían llevado como polizonte comenzó a toser con descontrol, a lo que el único del trío que dominaba con dificultad el inglés, y que a su vez era el más fornido de todos, lo amonestó. "¡Ahora trate de calmarse, señorita! Hemos llegado a Anatolia, y si no sigue las instrucciones como le hemos dicho, le irá muy mal a usted, como también a la persona que buscan."
Neil escupió un mazo de heno que había en el fondo del saco. "¡No me diga señorita, Bartunҫ! Entendí perfectamente que debo silbar a ese pájaro del demonio cuando-"
"Hablas más que mi cacatúa", indicó Bartunҫ con mofa. "Por lo pronto, procura no estropear tu ropa de sirviente, pues te llevaremos a Topkapi de inmediato."
Neil hizo un puchero al revisar su nueva indumentaria. ¿Por qué tenía que fingir ser un esclavo, y no un hombre de casta? "Aún no entiendo por qué tengo que entrar a esa guarida de leones, cuando Candy pudiera estar en cualquier otra parte, incluso muerta…"
"Por lo visto todo lo que te he explicado te ha entrado por un oído y salido por el otro", dijo Bartunҫ con exasperación. "Sólo entrando a Topkapi podrás enterarte de todo cuanto sucede en la ciudad, y es más probable que tengas noticias sobre la chica tras las murallas del palacio, que fuera de ellas. Además", se secó el sudor de su frente, pues el chico no había hecho sino causar problemas a lo largo de todo el viaje, en particular mientras se entendía con Faik, su brillante águila mensajera. Sin dar la oportunidad al muchacho de seguir abriendo el pico, Bartunҫ y los suyos condujeron a Neil hasta la entrada principal de Topkapi. "Tu nombre será Dalan", anunció, causando la risa de sus compañeros al escuchar el nombre, "y si no hubiera alguien en el sarayi que hable inglés, podemos decir que te cortaron la lengua además de tu-" Pero fue interrumpido por un guardia que había abierto el gran pórtico, y luego de intercambiar unas palabras con él, Bartunҫ y los demás entraron con Neil a los inmensos predios del palacio. "Ahora estamos hablando", dijo el joven con una sonrisa, satisfecho de que los bárbaros hombres con los que había viajado al fin comprendían cuál era su posición, "este sí es un buen lugar para vivir…"
"Tú cállate, pues no serás precisamente el jefe del harén", señaló Bartunҫ, a medida que caminaban por los amplios terrenos, "Más bien te hemos conseguido un empleo… sin sueldo, claro está, ya que trabajarías en claridad de esclavo."
"¿Esclaaaaaavo?", repitió él, incrédulo. ¿Acaso el abuelo William no tenía idea del tipo de personas que contrató? El rubio había recurrido a un intermediario egipcio, por lo cual no podía decir con certeza que estuviera al tanto de las estrategias de estos tres señores. "¿Qué clase de esclavitud, si se puede saber?"
Bartunҫ resistió los deseos de darle un coscorrón. "Serás un eunuco, por supuesto… no concibo otra labor para ti, pues eres un inútil."
"¿Cóooooooomo?"
"Lo que oíste; pero no te preocupes, nadie sabe que todavía eres viril… y tuviste suerte de que en el palacio hay un par de mujeres que hablan tu lengua, pues gracias a eso te aceptaron."
"¿Por qué?"
El hombre frotó sus párpados, pues estaba cansado. "En el sarayi habita un príncipe recién llegado de Londres, y no domina muy bien la lengua otomana, así que necesita más personas con quién comunicarse, sin contar con que ahora tiene una concubina, quien tampoco habla bien nuestro idioma, a quien denominan 'princesa de la noche'."
"¿Y tengo que hacerla de intérprete con ellos?"
"No necesariamente… de hecho, tal vez no alcances a verlos."
"Esto es el colmo", Neil movió la cabeza frenéticamente de un lado a otro. "¿Ni siquiera puedes cambiar mi pájaro mensajero… una paloma, tal vez un periquito?"
Bartunҫ estaba a punto de perder la paciencia. "Nadie insulta a mi águila… será Faik o ninguno." Se detuvieron frente a un cuarto de donde provenía un fuerte olor a comida. "Irás a la cocina; te tocará lavar los platos." Y antes que Neil pudiera objetar la tarea a realizar, los tres hombres le lanzaron un bolso con ropa, y desaparecieron de su vista.
El lanzó patadas al aire, echando humo por los oídos. "¡Estúpida Eliza! Estoy casi seguro que fuiste tú la culpable de que Candy desapareciera, ¡pero te juro que me las pagarás!"
"¡Espero que no estés hablando de mí!"
En su rabia, Neil no se había percatado de que la puerta se había abierto, y una joven de cabello y ojos oscuros lo miraba con atención. Aunque Nadire y Hüveyda ya se habían hecho buenas amigas, esta última pidió a Enise y a Zerrin continuar con sus labores en la cocina y el taller de costura, no como una continuación de su castigo, sino para invertir su tiempo en cosas más productivas que hacer la vida imposible a los demás. "¿Tú eres el eunuco lavaplatos, verdad?", preguntó con voz áspera.
Neil alzó las cejas con desagrado a la muchacha que le hablaba con tan poca amabilidad. "¿Y tú con quién crees que estás tratando, parejera? Soy un hombre de sociedad, y me debes una disc-"
"Esconde bien ese bulto."
El sostuvo el bolso que Bartunҫ y los suyos le habían facilitado. "¿Por qué, si se puede saber?"
"No me refiero a eso, idiota", dijo ella con impaciencia; y en una movida que lo sacó de concentración, la agresiva muchacha agarró su condición de hombre con ambas manos, y sosteniéndola con firmeza le advirtió: "Acabo de darme cuenta que sí tienes una envoltura después de todo, y aquí en la cocina lo más que abundan son los cuchillos, así que más vale que te comportes como es debido… ¡o te lo corto!"
Neil comenzó a sudar frío, ya que la chica no acababa de soltarlo. Su compañera, o nueva jefa, estaba decidida a cumplir su amenaza, así que no era muy buena idea provocarla… aunque tenía que admitir que la mano que estaba puesta sobre él lo hacía sentirse muy, muy bien. "Vaya", sonrió ella con malicia, "está despertando tu amiguito", y retirando la mano añadió: "Trata de que nadie se entere que lo llevas contigo." Y se retiró al fondo de la cocina, mientras él se lamentaba de que ella no lo hubiera tocado más tiempo. "Ahora debo terminar el trabajo yo solo", se quejó, colocando la mano entre sus pantalones, pero no era lo mismo que con ella; y cuando al fin desistió de la idea, exclamó, con todo el dolor que conllevaba el no haber completado la descarga de su pasión: "¡Mamáaaaaaaaa!"
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Con el cuerpo adormecido por las sesiones de amor de la noche anterior, Candy abrió los ojos muy lentamente. 'Estuve en el Paraíso', pensó, pues había tocado el cielo y regresado a la tierra. Estaba acostada sobre su estómago, y sintió un peso sobre sus piernas… y no tuvo que voltearse para saber que era él. Sonrió al sentir con agrado el cálido aliento de Terry sobre su espalda, sus brazos rodeando las caderas de ella; y no quería que ese momento terminara nunca, ya que por vez primera, despertaba en brazos de un hombre, y ese hombre era Terry, el muchacho que tanto amaba… y se dio cuenta que, lejos de tener éxito en su intención de olvidarlo, su amor por él había crecido más cada día, aún cuando ella había iniciado su adultez, y las últimas semanas junto a él la ayudaron a conocer una nueva faceta de su amado, y ese nuevo perfil era tan agradable que terminó enamorándose aún más de él. Quería estar así para siempre, rodeada por sus brazos, y ya cuando estaba por cerrar los ojos de nuevo, se percató de que se encontraba en los Kioskos Gemelos, y que Terry no tenía qué ponerse. Levantó la cabeza con sobresalto, y él movió la cabeza, pero volvió a descansar la recia mejilla sobre su cadera.
Terry había aspirado el dulce aroma de su pecosa, y supo que estaba soñando, ya que ella no podía estar allí, junto a él, en el remoto palacio de Estambul; pero al mover su cabeza buscando otra posición, sus labios rozaron una tersa y sudorosa espalda… y el sudor de él sobre su piel. 'Entonces fue real', pensó con emoción, 'mi princesa se entregó a mí, y ya somos una pareja…' Y alzó la mirada en busca de aquellos ojos verdes que habían quedado en blanco en plena cumbre de su última comunión corporal... y su vientre aún temblaba al recordar la electrizante sensación de haber quedado atrapado entre las paredes internas de ella, en aquel templo que muy pocas osaban ofrecer, y volvió a estremecerse al repetir en su memoria, una y otra vez, el instante en que había desgarrado el pliegue de su candor, aguardando con paciencia a que ella estuviera tan plena como él; y su corazón quedó henchido de orgullo y amor por ella, pues su princesa le había obsequiado todo su ser, ofreciendo, sin límites, su cuerpo y su alma, a pesar de que no eran esposos. "Buenos días, princesa", sonrió a los hermosos ojos esmeralda.
Ella se retorció bajo su cuerpo, pues ya comenzaba a incomodarle su peso. "Buenos días, mi amor", dijo con una sonrisa de mujer realizada, y él abandonó el refugio de su espalda para quedar a su lado, y colocándose de costado, apoyó la cabeza sobre un codo, mientras que con la otra mano acariciaba los suaves y rosados pechos, y la oyó decir: "Ya me está gustando estar sin ropa…" Y era verdad, ya que al quedar ambos en su naturaleza, surgía en ellos la necesidad de enlazarse en su propio mundo, uno fabricado por ellos. "A mí también", reconoció él, mirándola a los ojos a la vez que iba bajando el roce de su mano hacia el bien formado vientre, y ella retuvo la respiración, sin despegar sus ojos de los magnéticos zafiros de él. "Yo…", se remojó los labios, ya que no dejaba de admirar aquella figura masculina a la cual había adaptado sus propias formas, y sonrió con gusto al recordar el momento en que, en un gesto de instintivo amor, había tomado al príncipe en sus labios, sintiendo cómo él se entregaba a las caricias de su boca. "Terry, tú…", tartamudeó, tratando de ignorar la humedad que ya se acumulaba en su interior, "no tienes nada de ropa aquí, y podrían descubrirte…"
El sonrió con picardía. "Estoy casi seguro que Zerrin, o cualquiera de los sirvientes, dejará varias mudas de ropa junto a la puerta, así como un poco de comida…"
"¿Cómo estás tan seguro?", preguntó ella con una sonrisa burlona.
"Zerrin no es tonta, mi amor", djio él, plantando un beso sobre su cuello, "ella sabe muy bien lo que estamos haciendo, y nos dejará tranquilos. Además, no será necesario vestirnos."
Ella abrió los ojos con inquietud. "¿Qué piensas hacer, Terry?"
"¿No lo imaginas?" Se colocó encima de ella, rozándola en toda la amplitud de su cuerpo. "¿Soy yo, o percibo un poco de humedad en ti?" Y al ver que ella esquivaba la mirada, la tomó de la barbilla, obligándola a verlo a los ojos. "El príncipe ha determinado, Tarzán pecosa, que no saldremos de esta habitación hasta muy entrado el anochecer-"
"¡Terry!"
"Y después", comenzó a moverse sobre ella, incitándola a la pasión, "nos daremos un baño, e iremos por mis cosas, pues a partir de hoy dormiremos juntos aquí."
Ella pasó del susto a la emoción. "¿Dijiste juntos?" El asintió con la cabeza, y ella lo abrazó por el cuello, risueña de felicidad. "¡Es lo que más deseo, mi amor!" De pronto, un pensamiento la asaltó. "¿No crees que si dormimos en el kiosko podrían oírnos?"
El hizo una mueca para contener la risa. ¿Qué le parecía tan gracioso? Estaban conversando sobre su nueva vida juntos, ¿y lo tomaba a broma? Entonces él no pudo contener más la risa, y dio paso a sus ya no disimuladas carcajadas: "¡Jajajajajajajajaja!"
Ella se incorporó contra el espaldar de la cama. "¿Qué te causa tanta risa?" Pero él seguía riendo sin parar, tanto, que ella comenzó a reír con él, sin saber tan siquiera el motivo o la circunstancia, hasta que él cesó la risa, y dejando descansar la palma de su mano sobre el muslo de ella, dijo con suavidad: "Ese es el punto, mi princesa; quiero que el palacio entero escuche nuestros sonidos, todo el día… y toda la noche", y se abalanzó sobre ella, reiniciando los juegos de amor entre ellos, pero para él, el ritual amoroso que sostendrían significaría mucho más que el intercambio de sus emociones, pues tenía un motivo ulterior… el de sellar, con caricias y besos, el cuerpo de su princesa, reclamándola como suya, marcando cada rincón de tal manera que el Sultán no volviera siquiera a posar sus ojos en ella.
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En un momento de descanso en su dormitorio, Hüveyda acariciaba su rostro con una mano cuando escuchó los primeros delirios de pasión de los enamorados. "Ya comenzaron", dijo a sus compañeras, quienes al igual que ella, conservaban aún las ojeras a consecuencia de no haber dormido la noche anterior debido a los incesantes cánticos de gozo del príncipe y su concubina provenientes de la alberca. "Iré a decirle a Zerrin que deje unas toallas frente a la habitación; de seguro van a necesitar limpiarse el uno al otro, y la cama también se llenará de sudor", y así lo hizo, y durante las horas siguientes, las concubinas se taparon los oídos con almohadas para no oír los sonidos del príncipe y su mujer, y los ruidos trascendieron las enclaustradas paredes del harén, llegando incluso a la cocina, donde Neil apenas terminaba de lavar su primer plato, cuando oyó, como otras tantas veces en el día, el jadeo de los dos amantes, y volvió a dejar caer el plato al suelo, rompiéndose en varios pedazos. "¿Es que no se cansan? ¿Cómo piensa esa chica que voy a lavar los utensilios si esos dos no me dejan concentrarme… acaso no piensan detenerse? Parecen cabras en celo…", y haciendo un nuevo esfuerzo por continuar, tomó otro plato, buscando la forma de lavarlo sin dejar rastro, cuando los gritos de la pareja se acrecentaron, y supo que una vez más, la princesa de la noche y su dueño habían consumado su acto. "Deben estar pasándola muy bien", murmuró, sintiendo envidia de ellos.
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Archie leía un diario en su habitación del hotel Talismán cuando sintió que tocaban a la puerta. Albert había salido en compañía de Flammy a comprar unas medicinas para la tía Elroy, quien junto a Eliza, disfrutaba de un paseo matutino por la ciudad, buscando la forma de distraerse, y aunque él ya estaba en condiciones de salir nuevamente, optó por quedarse en el dormitorio y leer los periódicos, en busca de noticias sobre el acontecer del mundo otomano. "Debe ser el recepcionista, para traerme más artículos", dijo a solas, abriendo la puerta para recibirlos, pero no era el empleado quien estaba al otro lado de la entrada. "¡Annie!", exclamó. "¿Qué haces aquí?"
Sin moverse un ápice de su cuerpo, ella respondió: "Tuve el presentimiento de que algo muy grave te había sucedido a ti, y a Candy…" Buscó en los ojos de su novio algún indicio de que estaba equivocada, y de que su viaje había sido en vano. "¿Por qué no respondieron el telegrama que Tom y yo enviamos?"
"¿Qué haces aquí?", insistió él, pensando que estaba en un oasis del desierto, y que la presencia de Annie no era sino un espejismo. Con su cabello peinado hacia atrás, y un blanco vestido de verano, ella lucía como toda una dama, y estaba más hermosa que nunca… "¿Saben tus padres que estás aquí?"
Ella hizo una mueca de remordimiento. "Les mentí… dije que estaría en Florida, brindando consuelo a Patty." En eso, observó varios medicamentos sobre una mesita de noche. "¿Acaso estás enfermo?"
El se quedó sin palabras, pues no hallaba la manera de explicarle a ella, en una sola frase, que tanto él como la tía Elroy estaban en observación, y que Candy había sido dada por desaparecida, o tal vez muerta, posiblemente a manos de Eliza, sin contar con que a esas alturas Neil ya estaría desembarcando en Estambul. "¡Qué tonto soy, dejándote allí afuera! Pasa, Annie", y se hizo a un lado para permitir que ella entrara al cuarto. "No me has dicho de quién son esas medicinas", la oyó decir.
Archie contempló a su novia, la chica que con mucha paciencia había esperado que se enamorara de ella. "Annie, yo", titubeó, pues si para él había sido un golpe bajo afrontar las noticias sobre Candy, para Annie sería algo devastador. "Toma asiento."
Ella se dejó caer al borde de lo que creía era la cama donde pernoctaba su novio. "Me estás asustando, Archibald. ¿De quién son esas pastillas, y por qué de pronto estás tan nervioso… acaso le ha pasado algo a Candy?" Y entonces él se dejó de rodeos, y tomando las manos de ella entre las suyas, le relató todo, desde la actitud pesimista de Candy en el barco, hasta la partida de Neil rumbo a Anatolia; y cuando terminó, ella arregló el bien estilizado cabello de él, dando gracias a Dios porque su desmayo no tuvo mayores repercusiones, aunque ahora faltaba por ver qué había sucedido con Candy. "Tuve razón al pensar que algo muy grande había ocurrido", comentó, "y Tom también."
Archie alzó una ceja al oír el nombre del ranchero por segunda vez en menos de un minuto. "¿Qué tanto estás haciendo con Tom, Annie?"
A ella le desagradó el tono con que él se refería a su hermano de crianza. "No entiendo a qué te refieres…"
"Has hablado más de él… que de nosotros." Y lanzándose sobre ella, se apoderó de sus labios, en lo que era, para ella, su primer beso, y aunque había reaccionado sorprendida por la impulsividad de él, cerró los ojos instintivamente, y sin necesidad de un manual que lé indicara cómo comportarse en esos casos, se dejó llevar por los movimientos de él, y devolvió sus besos con la misma efusividad, disfrutando de esta primera experiencia con él. "Es obvio que estoy celoso", lo oyó decir, mientras le depositaba un sonoro beso en el cuello. Nunca antes había sido tan tierno, tan apasionado, tan intenso… lo apartó con las manos, y sus ojos se llenaron de lágrimas. "¿Qué ocurre, Annie?", preguntó él.
Ella lo miró con reproche. "¿Por qué haces esto… por qué me haces sufrir de este modo?"
El la miró sin comprender. "¿Hacer qué?"
Ella limpió su nariz con un pañuelo. "¿Por qué me haces creer que me amas… y me besas así, de repente, como si yo fuera lo más importante en este mundo?"
Archie sintió que agonizaba de dolor. Ahora que se había dado cuenta del gran amor que sentía por Annie, ella ponía en duda su cariño, algo que no podía darse el lujo de permitir. "Te amo, Annie", confesó, como lo había querido hacer una vez que estuvieron separados, "te amo y te necesito… estos días sin ti me han vuelto loco, y no veía la hora en que estuviéramos de regreso en Illinois, para poder abrazarte, y besarte por primera vez… aunque eso ya lo hice."
"Archie, yo…"
"Shhhh", el colocó un dedo índice sobre sus labios. "He sido un tonto, Annie, al no haberme dado cuenta antes de lo que sentía por ti. Te he extrañado como no tienes idea, y me faltaba tu amor, tu fortaleza… tanto, que mi cuerpo no pudo soportar tanta soledad."
"¡Archie!" Annie se lanzó a sus brazos, permitiendo que él cubriera su rostro de besos. Este era el Archie por el cual había esperado por varios años, el Archie enamorado y profundamente entregado a su amor. "Te amo, Archie…"
"Dilo otra vez", suplicó él, apretándola contra su pecho. "Nunca más volveré a dudar de lo que siento, mi amor… por favor, dime que me amas…"
Ella lloraba de felicidad, pues aunque no se encontraban en la mejor de las situaciones, ya que no se sabía nada de Candy, la declaración de amor de Archie, en el mismo centro de El Cairo, había sido un remanso en medio de tantas dificultades. Lo abrazó como nunca antes lo había hecho, y entonces él volvió a besarla, esta vez con furia y desenfreno, enardeciendo, por primera vez desde que se conocieran, su deseo de hombre. Sin molestarse en preámbulos, el metió la mano debajo del vestido de ella, esperando que ella lo empujara, o le propinara una bofetada, pero para su sorpresa, ella reaccionaba a sus avances con femenina naturalidad. Archie era su novio, el amor de su vida, y por él había cruzado el Atlántico, sola, y ahora que al fin estaba segura de su amor, y de que en efecto, ese cariño terminaría en matrimonio, no permitiría que las normas sociales que tanto le había dictado su madre empañaran su deseo de estar con él. "Se supone que me porte como un caballero", se disculpó él, "pero no lo pude evitar. Te prometo que no lo volveré a hacer-"
"¡Quiero que me lo vuelvas a hacer!", exclamó ella, luchando, por primera vez, por disfrutar a cabalidad de ese amor que le pertenecía por derecho. "Tú y yo nos amamos. ¿De qué sirve el decoro si por principios castigamos nuestros corazones?" Y esa fue toda la autorización que él necesitó, y cuando le arrancó el vestido, ella, en vez de sentir pena por su desnudez, se alegró de mostrarse para él tal cual era, y todo su ser vibró de emoción al ver cómo él se desprendía de su ropa. "Eres hermoso, mi amor", susurró, y riendo como unos chiquillos, cayeron tumbados sobre la cama, y se besaron con ahínco, y él no dejaba de acariciarla, mientras que ella comenzaba a conocer el entorno corporal de su amado, moldeando el cuerpo de él cual si fuera una valiosa artesanía, y él tembló de amor y éxtasis al saberse el primero en su lecho, y en su vida; y cuando estuvo seguro de que ella estaba lista para recibirlo, apartó sus piernas con ternura, y colocándose encima de ella, poco a poco fue entrando en la tibieza de su vergel, hasta que en un único movimiento, se abrió paso hasta atravesar su esencia de mujer, y ella lanzó un grito de dolor que lo encendió aún más, y para suerte de ambos, el dolor había sido tan efímero, que al instante ella estaba abrazando las caderas de él con sus piernas. 'Esto es amor', pensó ella con alegría, 'sólo un sentimiento tan hermoso puede hacer que nuestros cuerpos se expresen así, como si se hubieran conocido de toda una vida…', y entonces él comenzó a moverse más rápido, sacudido por la sensación de estar íntimamente unido a ella, hasta que Annie no aguantó más la urgencia de entregar la ofrenda líquida de su humedad, y despegó el cuerpo de su cama, tensando su torso hacia él mientras alcanzaba las estrellas, y él sintió que había llegado su turno, y se retiró, antes de drenarla con el río de su pasión, y dejó escapar su caudal de amor sobre el lecho, evitando así que surgiera una situación que comprometiera la reputación de su Annie. Iba a envolverla con sus brazos cuando la puerta se abrió de golpe, y al ver de quién se trataba, Albert y Flammy miraban, con rostros congelados, a ambos jóvenes, y por instinto, Archie cubrió el cuerpo de su novia, pero Annie no hizo intento alguno de esconderse, pues luego de haber hecho el amor con él, no tenía nada de qué avergonzarse. "Qué gusto verte, Annie", dijo Albert con torpeza, recibiendo un pellizco de la no menos sonrojada Flammy, quien a su vez comentó: "De haber sabido que esto era lo que necesitaba para recuperarse, señor Cornwell, hubiera enviado por ella mucho antes", y salió corriendo de la habitación, sintiendo que sus mejillas se encendían al revivir la comprometedora escena. Trató de abrir la puerta de su habitación, pero sus manos temblaban tanto, que sus llaves habían caído tres veces al suelo, y al recogerlas, Albert tomó las mismas de sus manos y preguntó: "¿Te sientes bien?"
Ella temblaba de pies a cabeza. Nunca antes había visto a una pareja haciendo el amor, y al sorprenderlos, sintió un hondo vacío en su interior, ya que Archie y su novia se veían tan compenetrados, tan enamorados… Aunque no necesitaba un hombre para progresar en su carrera como enfermera, una nueva soledad la embargó: la soledad de no amar y ser amada. "Señor Andley, yo-"
El buscó sus ojos más allá de los anteojos. "¿No te sientes cómoda con lo que ha pasado, verdad?" Al ver que ella alzaba la quijada para no mostrar su inseguridad, la tomó por los hombros diciendo: "No es un delito sentir pena, ni estar nerviosa de vez en cuando…"
La forma tan serena como él le había hablado, así como el aplomo con que había manejado la sorprendente escena, doblegaron el duro corazón de Flammy, y cuando él le quitó los anteojos para estudiar su reacción, un golpe de llanto escapó de su interior, y él la tomó en sus brazos, pasando una mano por su espalda para calmarla. "La vida da muchas sorpresas, Flammy", lo oyó decir, "y las mismas no se planean… sólo llegan", apartándola un poco, secó sus lágrimas con las palmas de sus manos, y al verla, encontró en ella un alma perdida, alguien que necesitaba una guía para mantener el norte de su vida, y descubrió, para su asombro, que Flammy Hamilton lo necesitaba más que su propia hija adoptiva. Si bien Albert había sido de suma importancia en el crecimiento de su pequeña, la carencia de cariño de Flammy no podía ser desatendida, y una mujer brillante como ella no tenía por qué vivir en la amargura… "Ya una vez te había comentado mi interés en que regresaras a América con nosotros-"
"Y yo le dije que se fuera al diablo", recordó ella, secándose las lágrimas.
El rió al recordar el enojo de ella mientras tiraba la puerta. "No quiero imponerte nada, Flammy, pero tampoco puedo prescindir de alguien como tú. La tía abuela adora tu carácter, y has traído un orden y una disciplina a la familia que no había visto antes… y me gustaría que consideraras la idea de trabajar permanentemente con nosotros." Y antes que ella abriera la boca para negarse, continuó: "No espero que me des una respuesta ahora; por lo pronto quiero que me digas, en tu opinión, qué debemos hacer con ese par que acabamos de ver."
Contra su voluntad, ella lanzó una carcajada. "Me temo que va a tener que reservar una habitación, adicional, señor Andley, pues no creo que ellos estén dispuestos a apartarse tan fácilmente, y no queremos causar otro soponcio a la señora Elroy."
El no pudo evitar compartir su risa. "Ya lo veo que no." Se dispuso a marcharse, no sin antes decir a la enfermera, "Puedes llamarme Albert." Y se dirigió a las afueras del hotel, seguido por la mirada de ella.
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Habían transcurrido dos días de haberse entregado el uno al otro, y finalmente, Terry y Candy tomaban un coche que los llevaría a Yildiz, mientras Zerrin viajaba en un auto contiguo, para que ellos platicaran a sus anchas. Una vez allí, el confesó a ella sus temores sobre una posible ceremonia de circuncisión, y para su sorpresa, ella le dijo que ya estaba al tanto de todo gracias a Hüveyda. "¿Por qué no me lo dijiste?", preguntó él.
Ella observó el rostro que había ayudado a maquillar esa mañana. De vuelta a su identidad de príncipe, él lucía soberbio en su caftan rojo en combinación con un negro abrigo, y ella no pudo menos que sentirse orgullosa de él, y de su gran talento histriónico. Finalmente respondió: "Tenía miedo que pensaras que sólo me entregaría a ti para salvarte, pero no era así…"
"Lo sé", dijo el con una sonrisa. De pronto, el coche se detuvo frente al palacio, y él tomó las manos de ella entre las suyas. "¿Estás preparada para esto, princesa?"
Ella temblaba de miedo, pero no mostraría lo aterrada que estaba. Por Terry, y para Terry, sería una chica valiente, dispuesta a encarar al Sultán con el mismo valor con que él lo había hecho los pasados meses. Con un guiño de ojo le dijo: "¿Cómo crees que no voy a estar preparada, querido, después de todo el ejercicio amoroso que hemos hecho?" Y antes que él viera la preocupación en sus ojos, saltó del coche sin ayuda, y a pasos agigantados, se encaminó al salón principal. "¡Nadire, espera!", gritó él, con el corazón acelerado. Su princesa pecosa estaba nerviosa, de eso no le cabía la menor duda, y le correspondía a él darle el apoyo suficiente para sobrellevar el riguroso examen. De pronto, ella abrió la puerta al salón, y al hacerlo, el Sultán ya estaba sentado en su trono, esperándola, y haciéndole señas con una mano, le ordenó que se acercara.
Candy se aproximó al centro del salón, sintiendo la mirada del Sultán sobre ella, y para su horror, Mehmed gesticulaba con la mano a uno de los eunucos para que interviniera con ella; pero al ver que el hombre se acercaba, con intenciones de quitarle la ropa, ella alzó una mano al aire, y sin contemplaciones, se despojó de su caftan, quedando su cuerpo, repleto de huellas y otras magulladuras de pasión, a la vista de todos.
Tal y como había hecho la tarde que la vio en el mercado, Terry respiró profundo, sintiendo que el mundo se le venía encima. El futuro de él, y de su pecosa, dependían enteramente de la impresión que causara la anatomía de ella en su falso padre, y se sintió responsable por haber propiciado dicho encuentro. Si no hubiera propuesto convertirla en su princesa de la noche, si no hubiera insistido en hacerla suya, tal vez el Sultán no la hubiera deseado tanto… y ahora ella, metiendo su miedo en un bolsillo, esperaba con valentía a que el Sultán pusiera sus manos sobre ella, para ver cuán lejos había llegado el príncipe en sus arrebatos amorosos.
Candy mantenía la vista fija en su príncipe. 'Esto es por ti, mi amor', dijo en su interior, 'por ti seré fuerte, y saldremos adelante…' De repente, el Sultán se puso de pie, y extendió el brazo debajo del trono, hasta sacar del mismo un largo y puntiagudo bastón, y Candy apretó los labios, y luchó con todas sus fuerzas para evitar que las lágrimas se apoderaran de ella. Cerró los ojos, rogando a Dios porque el Sultán terminara el asunto de una buena vez, y de plano cesara de amenazar a Terry y lo dejara en paz, y al sentir el aliento de Mehmed cerca de ella, supo que se había puesto de pie, y justo cuando sintió el frío del bastón tratando de abrirse paso entre sus piernas, abrió los ojos con espanto, hasta que Terry caminó hacia ella, y delante de todos, la besó con fuerza y desespero, y le susurró al oído: "Perdóname por lo que voy a hacer", y empezó a frotar con vigor su intimidad, y la oleada de calor en su vientre no se hizo esperar. Estaba desnuda frente a decenas de extraños, y aún así, el simple roce de Terry sobre su piel la hacía olvidarse de todo a su alrededor. Con su otra mano, él acarició sus pechos, y ella reaccionó con deleite y abandono, conciente del hermoso gesto de amor de él. Lejos de querer humillarla en público, Terry la estaba salvando, una vez más, de las inquietas y lujuriosas manos del Sultán, quien ahora observaba con interés cómo su hijo perdido hacía vibrar de emoción a la indomable odalisca que había arribado con soberbia a Yildiz un mes atrás. Tal y como Tarkan había prometido, ella había sucumbido a la seducción del príncipe, convirtiéndose en una fierecilla domada, y Mehmed no pudo menos que admirar la perseverancia de su hijo para haber completado la encomienda, a su favor, de ganarse el amor de la princesa de la noche… y resolvió, finalmente, dejar las cosas como estaban. Después de todo, el resto de los herederos se encontraban presentes, y al éstos ser partícipes de cómo la odalisca se perdía en los brazos de su príncipe, los otros se llenarían de envidia, obligándose a sí mismos a hacer un mejor trabajo en el imperio, lo cual era muy conveniente para él. Ya llegaría el momento de volver a amenazarlos… de momento, disfrutaría esta nueva temporada de celos y envidia generada en los herederos gracias al deseo que en ellos había despertado la princesa de la noche. Lanzando el bastón hacia una esquina, Mehmed se alejó de todos, abandonando el gran salón, y Terry abrazó a su princesa, quien finalmente dejó escapar todo su llanto. "Lo siento tanto, Candy", dijo él entre sollozos, cubriendo con su cuerpo las formas de su princesa, "no fue mi intención hacerte esto, pero no podía dejar que te tocara, mucho menos con ese bastón-"
"Ya no llores, mi amor", suplicó ella, sin amainar su propio llanto, "hiciste lo que tenías que hacer… te amo tanto", y dejó que él le colocara el caftan con mucha ternura, y caminaron, fuertemente abrazados, de vuelta al coche que los llevaría de regreso a Topkapi, pero ninguno de ellos estaba tranquilo. Terry sabía que en cualquier momento el Sultán volvería a amedrentarlo, y estaba casi seguro que su pecosa pensaba igual; bastaba ver la tensión en su quijada para saber que ella seguía consternada por el rumbo que habían tomado las cosas.
Ambos permanecieron en silencio, con sus respectivas inquietudes, hasta que arribaron a Topkapi, y mientras caminaban de regreso al harén, un chico moreno observó a la llamativa pareja de amantes desde la puerta de su cocina. "No puede ser", dijo Neil entre dientes, sin despegar sus ojos de la rubia concubina que caminaba tomada de la mano con el susodicho príncipe Tarkan, "¿Candy es la princesa de la noche?" Sintió que los colores subieron a su rostro al recordar el escándalo que había formado la pareja el día anterior desde los confines del kiosko. "Es ella… está viva", dijo con asombro, "pero algo debe estar pasando, ella jamás se comportaría así", se sostuvo de una pared para no caer, "esto tiene que ser un secuestro, y ella debe estar bajo el efecto del opio o alguna sustancia parecida… sí, eso es", concluyó, y supo que había llegado el momento de llamar, en un silbido, al pajarraco al que tanto temía, y enviar con él la nota que lo cambiaría todo.
