PRINCESA DE LA NOCHE

Por Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.

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CAPITULO 16: Una luz en la distancia

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Un mes después

El candente sol mañanero llenaba de luz el interior de la librería, pero para Wilbur, sólo era un día más de trabajo. Desde que Susana dejara de frecuentar la tienda luego de haber descubierto el arreglo entre él y Terry Granchester, había hecho un esfuerzo sobrehumano en conservar su buen humor con los clientes, para quienes afortunadamente había pasado desapercibido el malestar de su vendedor de libros predilecto. Con mucho estudio y tezón, Wilbur se había ganado un sitial en la ciudad, ganándose el auspicio de sus compradores, ya que de nada valía adquirir los más preciados libros si no se mostraba amable con su público, pues se debía a su gente. Así las cosas, puso su mejor empeño en ayudar a sus clientes a seleccionar cuidadosamente sus libros, y mientras cobraba el importe de una decena de cuadernos a un consumidor recurrente, Susana entró a la tienda, y esperó a que él terminara la transacción de venta para hacer su aparición. "¿Susie?", preguntó él, sin levantar la vista del paquete de libros que entregaba a su cliente; y cuando éste se marchó, ella acercó su silla de ruedas hasta el mostrador donde tantas veces había ayudado al muchacho en el despacho de los artículos. "Hola, Wilbur."

El desplegó su característica sonrisa, que rara vez desaparecía de su rostro. "¡Qué sorpresa, Susana!", exclamó en tono casual, tratando de disimular su inquietud al verla. ¿A qué había venido? "No sabía que seguías en Londres."

Ella bajó la cabeza, pues le daba vergüenza explicarle que se había agotado todo su dinero, y que había tenido que recurrir a Patricia, o más bien Patty, para que la ayudara a sufragar los gastos del hotel hasta tanto la señora Marlowe llegara a Inglaterra. Luego de haberse molestado con su amiga de anteojos por no haberle revelado su relación de compañerismo con Terry y Candy, ni su posterior alianza con Russell, al final tuvo que hacer a un lado su orgullo y permitir que Patricia la ayudara, claro está, luego que esta última ofreciera una disculpa por haberle ocultado la verdad. Así pues, ambas reanudaron la amistad que había nacido por mutua necesidad, y ahora Patty tan sólo esperaba que la señora Marlowe arribara a suelo londinense para tomar el barco a Nueva York, y luego el tren que la llevaría de regreso a Florida. "Mi madre vendrá aquí, a reunirse conmigo", explicó.

Wilbur comenzó a reír. "¡Ya decía yo que te encantaba esta ciudad! ¿Cuándo planean regresar a América?"

"¿Me estás echando?", preguntó ella con una sonrisa sarcástica. Wilbur siempre sacaba lo mejor de ella, incluyendo un buen sentido de humor, que no sabía que tenía.

El mostró la mejor de sus sonrisas, acentuando los hoyuelos en su rollizo rostro. "¿Cómo voy a echar de aquí a la muchacha más bonita que ha pisado la tienda?"

"¡Wilbur!"

"¡Es la verdad!" Entonces decidió ir al grano, y aclarar, como debió haber hecho un mes atrás, los pormenores de su pacto con Terrence. "Susana, yo-"

"Sé lo que vas a decirme", indicó ella con un hilo de tristeza en su voz. "Quieres pedirme disculpas por no haber sido sincero conmigo antes…"

"Sí quería pedirte disculpas", admitió él sin aspavientos, "pero no por haberte mentido, sino por mi egoísmo y mi cobardía al haber enviado a otro en mi lugar a Estambul."

Susana quedó de una pieza. "¿Cómo es eso de que no te lamentas de haberme mentido?"

El terminó de cerrar su caja registradora. "Siento mucho ser yo quien te diga esto, Susie, pero… por mucho que estime al joven Terry, tengo la certeza de que él no está muy interesado en ser tu novio", y añadió, "a no ser porque llegaste hasta aquí, jamás hubiera sabido que tenía una novia esperando por él-"

"Todo Nueva York lo sabe", objetó ella.

"En Londres no tenemos la misma información", expuso él.

Ella no comprendía adónde él quería llegar. "¿Qué es lo que quieres decir… que ocultaste el paradero de Terry intencionalmente para que yo no pudiera encontrarme con él?"

"No hubieras podido hacerlo de todas maneras", explicó su amigo. "No tenías dinero para moverte de aquí, ¿recuerdas?", y aclaró: "Estabas tan contenta leyendo Don Quijote, y disfrutando de las obras de teatro que tanto te gustan, que no fui quién de arruinar estos días en que has vuelto a enamorarte de tu vocación."

Al oírlo, el corazón de Susana latió con fuerza. Ella no había sido la única en darse cuenta de su rezago en el teatro; él lo había notado también. No había excusa que justificara su dejadez, ya que bien podía dedicarse a escribir libretos, algo para lo que tenía mucho talento… y en lugar de eso se limitó a pensar en Terry, con la esperanza de encontrar cualquier indicio de que su amor por él era correspondido. Pero al haber leído la nota dirigida a Candy, supo que no podía engañarse a sí misma y a los demás: Terry nunca sería de ella, y al esforzarse en cambiar los sentimientos del actor, no sólo lo había terminado de alejar de su lado, sino que además se había olvidado de sí misma en el proceso… hasta ahora, que en cuestión de un mes, había recuperado esa parte perdida de ella. Una nueva amiga que había sufrido una trágica pérdida, así como el vivaracho propietario de una librería, e incluso el servicial asistente de Terry, habían coloreado el panorama del mundo en el que vivía, matizándolo de experiencias que atañían a ellos mismos, y por vez primera, Susana dejó de pensar en su propia desdicha y se puso en el lugar de sus amigos. Pobre Russell; había agotado sus escasos recursos con tal de asegurarse que ella no hubiera hecho nada indebido… Pese a la insistencia de él en buscar un medio de transporte que lo llevara a Anatolia, ella sugirió que aunara sus esfuerzos para lograr comunicación con el padre de Terry en España, pues el duque podía ejercer muchas influencias internacionales para sacar a Terrence de Anatolia sano y salvo; y también se debía informar a la señora Baker en Broadway, aunque esta última, confiando plenamente en su hijo, parecía estar en paz respecto a la duración del viaje. "Tienes razón…", reconoció, luego de una larga pausa; y sin más rodeos, pues lo había pensado mucho antes de visitar la tienda, dijo: "No estuvo bien que comprometieras a Terry en semejante situación, pero… te comprendo", observó la reacción de él al escucharla, y los ojos de Wilbur sonrieron, pronunciando más sus patas de gallo. "Obraste como lo hiciste para proteger a tu madre, y si Terry accedió a formar parte del juego, fue porque así lo quiso… después de todo, nadie lo obligó a hacerlo." Arrastró la silla de ruedas alrededor del lugar, pues no sabía cómo dar a Wilbur la nueva noticia. "He enviado por mi madre para que venga a vivir conmigo aquí en Londres. Ella está de acuerdo, y mientras toma el barco hasta aquí, buscaré un empleo, y de este modo tendré algo con qué distraerme para no pensar en él."

Wilbur quedó estupefacto. Susana no sólo lo había perdonado a él y a sus nuevos amigos, sino que además había tomado la difícil decisión de abandonar su tierra, y comenzar de nuevo, esta vez en otro continente. "¿Entonces tú y tu novio…?"

Ella se sujetó a los brazos de la silla. Por muy dura que fuera para ella su nueva resolución, esta vez no flaquearía su voluntad. Tenía que hacerlo, por su bien y el de los demás. "Aún lo quiero, y siempre lo querré… pero voy a dejarlo ir, Wilbur", dijo entre lágrimas, "voy a dejarlo libre", y lloró copiosamente, con un agridulce encuentro de emociones: la de estar haciendo lo correcto, por un lado; y por el otro, la de perder a su hermoso Terry, por quien había ofrecido la vida, y por quien lo volvería a hacer… Sintió una mano gruesa frotando su hombro, y al girarse, sonrió a Wilbur, pues sin haber mediado palabra, ofrecía todo su respaldo. Terry era maravilloso, el hombre que cualquier mujer quisiera tener, pero en su carrera por tenerlo a toda costa, había perdido de vista las grandezas del mundo, entre éstas, la sencillez y noble corazón del príncipe bonachón cuya única felicidad consistía en llevar una vida simple. 'Quise volar demasiado alto, y sólo conseguí estrellarme', pensó con sabiduría, 'pero lo más hermoso estaba a ras del suelo…', y con nuevos bríos, abrió los brazos a la vida, con la ayuda del príncipe de los libros.

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"Lo perdonó, Patty", dijo Russell, volviendo a espiar a través de los binoculares. "Lo perdonó, al igual que a nosotros…" Ambos jóvenes daban un paseo por la ciudad cuando vieron a Susana dirigirse a la librería, y era tanta su curiosidad, que se aprestaron, una última vez, a asomarse a verla desde el rincón de siempre. "No deberíamos seguir haciendo esto, Russell", se quejó ella, "ya me siento bastante mal con lo que pasó."

"No estamos haciéndole mal a nadie", difirió él, ajustando la resolución del objeto. "Sólo queremos asegurarnos que Susana pueda arreglárselas por sí sola luego que nos vayamos."

"Lo dices como si fuéramos a estar juntos todo el tiempo, pero sólo tomaremos el mismo barco…"

El pelirrojo frunció el ceño. "¿No habíamos quedado en que no partiríamos de Londres hasta tanto estuviéramos seguros que el joven Terry estuviera fuera de peligro, y que la señorita Susana hubiera encontrado su propio camino?"

"Su propio camino…" repitió ella, recordando la filosofía de su vieja amiga. A pesar de las dificultades, Candy siempre había tomado su propio camino, aunque en su opinión, había tomado una senda equivocada al haber dejado a Terry en manos de Susana; sin embargo, siempre había buscado un norte en la vida, y ahora era el turno de Susana para hacerlo. "Todos se están encaminando", comentó, encontrando en Russell un nuevo amigo en quien confiar. No podía negar que el chico había sobrellevado su propia tragedia de forma más optimista que ella, y tenía mucho que aprender de él. '¿Está correcto que tenga un nuevo amigo, Stear?', preguntó al cielo, mientras el pelirrojo colocaba casualmente la cabeza sobre su hombro. 'Apenas acabas de marcharte, y no estoy segura de querer olvidarte', y no lo olvidaría, pues con sus locuras y ocurrencias, había hecho de su vida una diversión sin fin… y fue entonces cuando descubrió que, gracias a Russell, había tenido, a pesar del resultado y el dolor de los implicados, la mayor aventura de su vida. "¿Qué pasará cuando lleguemos a América, Russell?", preguntó sin pensar, y él se alegró al ver el interés de ella en mantener contacto con él. "Yo trabajo en Nueva York, y tú vives en Florida", señaló, y de repente ella se entristeció, pues a pesar de su inicial desconfianza hacia él, Russell se había ganado un lugar en su corazón, como todos sus amigos. "¿Te volveré a ver?", preguntó.

En actitud de camadería, él rodeó la espalda de ella con un brazo. "Eso, Patty querida, dependerá del tiempo… y de ti." Y extendiendo una mano, la ayudó a levantarse, y se alejaron al fin de la librería.

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"¿Terry? ¡Terry, despierta!"

El sintió que lo zarandeaban de arriba hacia abajo, y colocó una almohada sobre su rostro para continuar durmiendo. ¿Qué horas eran… las tres, tal vez cuatro de la mañana? "Déjame dormir, pecas", dijo bajo la almohada, "estuvimos amándonos hasta la medianoche, y estoy exhausto…" Lo cierto era que ya no usaban ropas ni frazadas para dormir, pues hacían el amor todas las noches, razón por la cual se mudaron, por insistencia de la princesa, a la recámara de Murat III, ya que ella sentía un profundo pesar al ver los rostros ojerosos del resto de los ocupantes del harén. "No pueden dormir por culpa de nosotros", se lamentaba entonces, y él, como todo un príncipe enamorado, no dudó en complacerla.

Ella siguió sacudiéndolo con terquedad. "¡Terry, por favor!"

"Ummmfff", con renuencia, él se frotó los ojos, y soñoliento, se apoyó sobre un codo para atender a su pecosa. "¿Qué ocurre?"

Ella se arrepintió de haberlo despertado. Desde que asumieran una vida marital el mes pasado, habían perdido muchas horas de sueño, otorgando dicho espacio a sus prácticas amatorias; pero la imagen que había asaltado su mente mientras dormía la inquietó sobremanera, y buscando calmar su acelerado corazón, tuvo el imperioso deseo de despertar a su amo y señor. "Terry, yo…", tartamudeó, tratando de no hacerlo enojar por la forma tan abrupta como lo había despertado, "Yo, bueno… hace un rato hicimos el amor y-"

El sonrió, saliendo de su letargo. El sólo verla bañada por la luz de la luna que se colaba a través de la ventana bastaba para despertar del más profundo de los sueños. "¿Sí?"

Ella se llevó una mano a la boca, y en un gesto inconciente, comenzó a morderse las uñas en anticipación. "Bueno… luego que tú y yo terminamos, quedé tan satisfecha que me dormí enseguida, y mi sueño fue muy tranquilo y apacible hasta que…"

Terry se incorporó en la cama, abrazando a su señora. "¿Qué ocurre, Candy? Te veo preocupada-"

"¡Ya recuerdo lo que me pasó en el barco!"

El alzó las cejas con asombro. "¿Cómo así?"

El rostro de ella se prendió en llamas. "Como te decía, yo… me sentí tan plena luego de habernos unido, que mi mente se aclaró como nunca antes", y procedió a relatar todo lo relacionado al incidente, mientras él la escuchaba con atención. Al finalizar, ella dijo: "¡Debo salir de Anatolia cuanto antes, mi amor! Es urgente que hable con Eliza sobre lo que me pasó…" Pero el semblante de él adquirió un aspecto sombrío, y la piel de ella se erizó con el terrible gesto. "¿Terry, qué tienes?"

El se levantó de la cama, sacando dos caftanes de dormir de su guardarropa, y mientras se vestía con uno de ellos, lanzó el otro a la princesa. "Vístete", ordenó.

"Me estás asustando", dijo ella, mientras colocaba la reveladora prenda por encima de su cabeza. "¿Terry, qué tienes?"

El señaló hacia la ventana. "La luz a lo lejos, en el muelle… alguien se acerca, y tengo un fuerte presentimiento", y salió disparado de la habitación, seguido por Candy, quien a duras penas lograba mantener el mismo paso. "Zerrin debe estar durmiendo, así que pediré a un eunuco que abra la puerta del harén…"

"¿A esta hora?" La impaciencia en el rostro de él era tan evidente que no pudo evitar una severa sensación de alarma. "¿Qué crees que está sucediendo allá afuera?" De pronto, se percató de un detalle que, si no se arreglaba a tiempo, pudiera significar la muerte para él. "¡Terry, olvidaste el maquillaje!"

El se detuvo en seco. "¡Rayos!" Corrió hacia el jardín, y tomando un puñado de tierra húmeda en sus manos, la frotó sobre su rostro y brazos. "No hay tiempo", explicó, terminando de colorear su piel, "hoy, por primera vez, el príncipe se mostrará sin su armadura…"

"¿No crees que es muy arriesgado? ¡Alguien podría reconocerte!"

El la miró con incredulidad. "¿Aquí… en este país?", rió con mofa ante la absurda idea. "¡Lo dudo mucho!" Y siguió a pasos agigantados rumbo a la puerta de salida, dispuesto a atravesar los extensos jardines que conducían a la muralla exterior de Topkapi; de pronto, un chico moreno vestido de eunuco abrió la puerta del edificio donde ubicaba la cocina. "¿Quién pasa con tanto alboroto a esta hora de la noche?", preguntó el muchacho con insolencia, hasta que vio al príncipe y su concubina aproximarse a los límites del harén, y en un impulso, corrió hacia ellos y exclamó: "¡Candy!"

Esta vez ambos se detuvieron; él, al escuchar a otro pronunciar el nombre de su princesa; y ella, al reconocer aquella voz con claridad. Despacio, ambos se voltearon en dirección a la persona que la había llamado, y en efecto, Neil Legan contemplaba absorto a ambos. "Candy White", dijo con reproche, furioso de sólo pensar que el abuelo Albert y el resto de la familia se preocupaban por ella, mientras la chica gozaba de lo lindo fornicando con su raptor, aunque nada le quitaba de la cabeza que ella actuaba fuera de su voluntad. "¿Candy, qué has estado haciendo con este hombre?"

A pesar de todo, ella se alegraba de ver a Neil, y entonces recordó que Hüveyda y Edwina habían contado, hacía dos semanas, que un nuevo eunuco, que llevaba por nombre Dalan, o guiñapo, estaba haciéndoles la vida de cuadritos con su arrogancia, aunque a decir verdad, Hüveyda suspiraba cada vez que mencionaba el ridículo nombre del esclavo. "No lo puedo creer… ¡Neil!" Se lanzó sobre él para abrazarlo, pero él retrocedió molesto, sin dejar de mirar al mentado príncipe con reproche. "Este tipo te está drogando, ¿verdad? Es por eso que permites que se acerque a ti en las noches…"

"No seas tonto, Legan", dijo el príncipe con impaciencia, "no es momento para hablar de eso, pues me temo que vienen intrusos a atacarnos."

"¿Cómo sabes mi apellido?"

El príncipe y su concubina intercambiaron miradas, y él respondió: "Verás, Neil, yo soy-" Pero la puerta del harén se abrió de golpe, y varios hombres con uniforme militar, entre ellos un espigado joven rubio de ojos azules, irrumpían en el lugar, y cuando Terry y Candy se voltearon en busca de Neil, éste había desaparecido. "El muy cobarde", dijo Terry entre dientes, a medida que los soldados avanzaban hacia ellos, y el rubio de ojos claros se acercó al príncipe diciendo en inglés: "Usted debe ser Tarkan Reshad…"

El príncipe se tensó bajo el brazo de su princesa. "Así es."

Pero el otro sólo rió con burla. "Pues no le creo", y se hizo a un lado, para dejar pasar un grupo de civiles que acababan de llegar, y al verlos, Candy lloró de alegría e incredulidad. Albert y Archie habían arribado a Estambul, y al verlos, Candy corrió a darles un abrazo. "¡Archie… Albert!", lloró de emoción, al igual que sus amigos, quienes no podían creer el milagro de haberla encontrado con vida.

Albert se apartó para ver a su pequeña. El mes anterior había recibido dos avisos, cuál de ellos más confuso… en el primero, Patricia O'Brien narraba una inverosímil historia acerca de Terry fingiendo ser un príncipe otomano, y más tarde, Neil había escrito una nota indicando que Candy había sido drogada y ultrajada por su nuevo dueño. "¿Estás bien, pequeña? No fue sino hasta hace unos minutos que llegamos en la goleta, y por suerte este general y sus hombres ya habían sido avisados de nuestro arribo."

Candy se mantuvo abrazada a su padre adoptivo, y Terry sintió el ardor de los celos quemando su estómago, y no tenía por qué, ya que Albert había sido el tutor de Candy gran parte de su vida... "Soy el príncipe Tarkan", anunció; pero Albert sólo le estrechó la mano, y lo abrazó fraternalmente. "Lo sé todo… Terry", y él y Archie rieron en la fría noche. Tanto el alegado príncipe como su esclava estaban ataviados con ropas ligeras, como si se hubieran vestido a toda prisa luego de… y los brazos de ambos, saturados de sudor, eran la prueba más fidedigna de que Patty había estado en lo cierto respecto a la falsa identidad de Terry, y de que en parte, Neil había tenido razón al haber mencionado que Candy era la princesa de la noche del palacio. Lo que el moreno desconocía era que la rubia se había entregado al príncipe por libre albedrío, y que ese príncipe no era otro sino Terry; y para sorpresa de él, no le importaba en lo absoluto que su pequeña reanudara su romance con el duque. Debería estar celoso de la relación entre ellos, pero ahora estaba feliz por ambos, aún en medio de la difícil situación en la que estaban, ya que Dios había obrado el milagro de volverlos a reunir en aquel turbulento e interesante país. En eso, una chica de cabellos cobrizos empujaba con los codos a los soldados para pasar, mientras un militar trataba en vano de alcanzarla, y exclamó al rubio de ojos azules: "¡La polizonte ha escapado, general!"

El alto líder puso los ojos en blanco. "Ella no es una intrusa, sino un miembro de la familia que se coló a la embarcación sin avisar a sus parientes", dijo, en referencia a Eliza, quien acababa de llegar a la escena… y ella y Candy se contemplaron con curiosidad y avidez. Entonces el militar se paró al lado del príncipe y se presentó. "Soy el general Mustafa Kemal Atatürk, jefe de la resistencia otomana, y estamos aquí para rescatar a la señorita White y llevarla de regreso a su casa."

Los ojos de Candy se llenaron de lágrimas. Luego de un mes de encierro involuntario en el harén, al fin volvería a casa. Luego de haberse resignado a la posibilidad de no salir de Topkapi el resto de su vida, y de haber aceptado, por deseo propio, convertirse en la concubina del príncipe, al fin regresaría a América. Sin haber perdido las esperanzas, Albert había hecho hasta lo indecible para encontrarla, y aquí estaba, con el resto de su familia… Ahora entendía el por qué de la presencia de Neil en el sarayi: de seguro Albert lo había enviado primero para confirmar que, en efecto, ella se encontraba, viva, en Constantinopla.

Terry quedó sin habla. "¿Cómo supieron que mi princ… que Candy estaba aquí?"

Atatürk sonrió con sarcasmo. "Digamos que dos palomitas mensajeras hicieron una buena labor… una es un informante del palacio, y la otra es una amiga de la chica, quien estaba en Londres, y debemos añadir que el padre de usted fue avisado sobre lo que ocurría, y movilizó a las máximas autoridades londinenses para negociar con nosotros, y sobornar a los centinelas que guardan la entrada del sarayi."

Candy escuchó con atención al general. "¿Annie?"

Archie intervino. "Es Patty, Candy; Annie está en Egipto con la tía Elroy." 'Y durmiendo conmigo', quiso añadir, pero se contuvo. "No hubo otro remedio que escribir al hogar de Pony ya que todos allí están muy preocupados."

"¿Quién más está con ellos?"

"Flammy Hamilton", contestó Albert rápidamente. Antes de salir de Egipto, había prometido a la enfermera que regresaría a El Cairo en sus cinco sentidos, y no le iba a fallar… no a la persona que se había encargado de cuidar tan bien a su familia. "La conoces, ¿verdad, Candy?"

Candy sonrió al saber que Flammy había salido ilesa de los embates de la guerra. "¿Cómo no iba a hacerlo, si es la mejor enfermera que he conocido?"

"No tanto como tú", dijo Archie con una sonrisa, y luego se acercó a un meditabundo Terry. "Debes estar pensando cómo fue que Patty llegó a enterarse de tu nuevo papel."

"Más bien me pregunto cómo fue a parar a Londres del todo", indicó Terry. En el fondo, algo le decía que Susana estaba implicada en el asunto. ¿Qué tal si hubiera abandonado el refugio de su hogar, y se hubiera dado a la tarea de seguirlo a Londres? 'No, ella no sería capaz de…' Apartó el pensamiento de su cabeza, pues no quería añadir la posible presencia de Susana en Inglaterra a su carga de problemas, y mucho menos debía mencionar sus sospechas a Candy, ya que de hacerlo, su princesa no lo dejaría tranquilo hasta hacer que regresara al lado de la actriz. Cambiando de tema, tomó la mano de su pecosa, y mientras Atatürk y los suyos inspeccionaban los jardines, él le dijo: "Creo que hay algo que debemos aclarar respecto a Eliza, princesa."

Archie y Albert prestaron atención a su amiga. "Hasta que al fin escucharemos la verdad de tus propios labios", comentó Archie, con sus ojos lanzando chispas a Eliza, quien no tardó en defenderse: "¡Estoy cansada de repetirles que no la lancé por la borda, Archibald!"

"¡Ya no tiene caso que mientas!"

"Ella tiene razón, Archie." Candy había tomado la palabra, dejando boquiabiertos a sus familiares; y sosteniendo con fuerza la mano de Terry en busca de apoyo, indicó: "Supuse que ustedes sospecharían de ella pero… lo cierto es que ella me salvó la vida."

"¿Eh?" Todos observaron a Eliza, quien cruzada de brazos, alzaba la barbilla con desafío, tratando de ocultar el dolor y la incomprensión que la habían consumido los últimos meses. Entonces Archie exclamó: "¡Estás mintiendo para protegerla, Candy!"

"Mi princesa dice la verdad, elegante", sostuvo Terry.

Archie no pudo evitar sonreír al chico al que varias veces había catalogado, por celos, como un aristócrata malcriado. ¿Era su imaginación, o las penurias sufridas a raíz del accidente de Susana lo habían hecho madurar, tornándose incluso un poco más serio? Seguía teniendo la misma personalidad, pero algo en él había mejorado, tal vez gracias a Candy. Retomando el misterio alrededor del naufragio de su amiga, haló a Eliza por un brazo y cuestionó: "Si es cierto lo que ella dice, ¿por qué no habías comentado nada?"

Los ojos de Eliza se empañaron de lágrimas, y en esta ocasión, no intentaba manipular a nadie con su llanto. Los pasados dos meses habían sido una pesadilla, pues nunca antes se había sentido tan sola, ni tan despreciada por los suyos, incluyendo a… "¿Dónde está Neil?", preguntó de repente, temiendo que su único hermano estuviera pasando necesidades en el palacio. "¿Dónde se ha metido?"

Albert frunció el entrecejo. "Es cierto… ¿por qué Neil no está aquí?"

"De seguro está escondido dentro de un árbol, rogando porque su mamacita lo saque de aquí", planteó Terry con mofa, "no fue sino hasta hace unos minutos que supimos de su presencia en Topkapi."

"Entonces hizo un excelente trabajo", comentó Albert, sorprendido por el ingenio de Neil para sobrevivir a la dura vida de esclavo a la que definitivamente no estaba acostumbrado. Volvió a concentrarse en Eliza, cuyo llanto ahora era más agudo al no ver a su hermano. "¿Qué fue lo que pasó exactamente en el barco, Eliza… y por qué no te defendiste como siempre haces?"

"¿Y todavía lo preguntas?", reclamó ella bañada en llanto. "¿Cómo esperaban que yo les contara todo sin que me acusaran de asesina… cómo , si mi propio hermano no me creía cuando le decía que yo no lo había hecho?" Continuó llorando largo y tendido. "Supongo que me lo merecía, porque a través de los años, perdí mi credibilidad ante ustedes, así que no los culpo por no haberme creído-"

Archie seguía sin comprender. "¿Entonces qué fue lo que pasó esa noche?"

Eliza trató de calmar su llanto. "No niego que la idea había cruzado mi mente, y que por eso me quedé un rato más en cubierta, a escondidas de Candy", confesó, para sorpresa de la rubia, "pero luego decidí que no valía la pena manchar mis manos siendo tan joven, y arruinar mis pasadías en las pirámides por puro gusto… no era para tanto", observó a Terry, quien prestaba atención a su versión de lo sucedido, "y cuando me dirigía de regreso al camarote, me topé con un chico muy apuesto, y preguntó mi nombre…" Con una expresión soñadora, recordó ese mágico momento con el guapísimo muchacho. "Platicamos un rato, y acordamos que a nuestra llegada a Egipto, visitaríamos juntos las pirámides, y otros lugares de interés, hasta que regresó a su camarote, pues ya era tarde, y su hermano mayor debía estar preocupado por él."

"Yo lo vi desde la baranda", añadió Candy, "y sí que era muy guapo."

Eliza la ignoró. "En cuanto él se alejó, tuve deseos de molestar a Candy, dejándole saber mi buena suerte mientras que ella se había quedado sola sin su amor; pero cuando me acerqué para comenzar a burlarme, ella abrió los brazos para felicitarme por el buen partido que acababa de conocer, y yo me sorprendí tanto por su reacción, que me eché hacia atrás, pero ella se quedó moviendo los brazos en el aire hasta que…" Volvió a estallar en llanto, el cual había acumulado demasiado tiempo al percibir la falta de apoyo de los suyos, y entonces Candy tomó la palabra. "Eliza me tomó de la cintura, para evitar que me cayera; pero la cinta de mi vestido se soltó, y cuando caí al vacío, ella encontró un salvavidas que colgaba de una pared de la cubierta, y lo arrojó hacia mí…"

"¿Por qué no buscaste ayuda, Eliza?", preguntó Albert.

La joven temblaba sin control. "Tuve miedo, tío William… miedo de que me acusaran de ser una asesina, pues desde el momento en que la vi caer, sabía que me harían responsable."

"Si no hubiera sido por el salvavidas, tal vez me hubiera ahogado", sostuvo Candy. "Aún no sé el modo en que mis rescatistas me encontraron, pero tuve que haber estado flotando por muchas horas sobre ese salvavidas, o de lo contrario, hubiera muerto ahogada o por hipotermia." Se acercó a la llorosa Eliza, y tomándola del hombro le dijo: "Gracias… por haberme salvado la vida."

Archie permaneció cabizbajo. Si bien era cierto que Eliza se había ganado el desprecio y la desconfianza de muchos, ahora que había hecho un bien, no había contado con el respaldo de su familia. 'Sus padres también están lejos, en América', pensó, 'y no tienen idea de todo lo que han tenido que hacer sus hijos', acercándose a Eliza, le tendió una mano a modo de disculpas. "Reconozco cuando me equivoco, y ésta es una de esas ocasiones."

Eliza aceptó la mano que le ofrecía Archie, y asintió con la cabeza, dando por terminado el asunto. Había aprendido una gran lección, y aunque Candy aún le desagradaba, ya no debía causarle más daño a ella, ni a ninguna otra persona. Entonces miró a Terry, a quien no habría reconocido a no ser porque el tío William ya tenía conocimiento de su juego, y exclamó: "¡Veo que ustedes se han divertido muchísimo en este palacio!"

En otra época, Terry le hubiera escupido a la cara, pero sabía que en esta ocasión ella sólo bromeaba para animarse. "Ni que lo digas, Eliza", reafirmó, haciendo sonrojar a Candy, y todos se desternillaron de risa. De pronto el ambiente era más liviano, ante el inminente escape de Anatolia, con la ayuda de la resistencia. En eso, el general Atatürk se aproximó a ellos diciendo: "Es una suerte que los ocupantes del harén no están enterados de nuestra presencia", observó a Terry, "no entiendo cómo usted presintió nuestra llegada."

"¡El príncipe es muy intuitivo!", exclamó Candy entre risas. De pronto, todo era alegría y celebración, ya que pronto abordaría un barco que la llevaría de regreso a su hogar; y en efecto, Atatürk señaló la salida del harén, en un claro gesto para apresurar a los jóvenes. "Debemos irnos, antes que los otomanos, o algún miembro del harén, nos descubran", dijo Albert, y seguido de Archie, Eliza y los soldados, caminaron en dirección al atrio principal; pero cuando Candy se disponía a acompañarlos, vio que Terry no se había movido de donde estaba. "¡Vamos, mi amor!", exclamó con alegría. "¡No tenemos tiempo que perder!"

Albert y los demás se detuvieron al ver que el príncipe suplente permanecía en el mismo lugar. "No te quedes ahí, Terry", urgió el rubio, "tal vez no vuelva a presentarse otra oportunidad-"

"Porque no la tengo."

La angustia hizo mella en el corazón de Candy. ¿De qué estaba hablando él? "Terry, tenemos que irnos", insistió, con una nota de desesperación en su voz.

Terry miró fijamente a la mujer de su vida. Un mes atrás, Dios había dispuesto que ambos se encontraran, para que ella no tuviera que pasar dificultades mientras llegaba el momento de escapar… y ahora comprendía que el papel que había jugado en el libreto de vida de su pecosa había llegado a su fin. Con el corazón desgarrado, se dio de golpe con la cruda realidad de su falsa identidad, y de las consecuencias que acarrearía en otras personas. No era la primera vez que afrontaba esta situación, y en aquella ocasión lo había hecho por puro error, arrepintiéndose luego de su estupidez; pero esta vez era diferente… de veras otras personas dependían de él, si no todo un pueblo, según como el Sultán reaccionara a las intervenciones de la insurgencia. "Debo quedarme aquí, princesa", dijo con voz entrecortada. "Sé que te dije que debíamos aprovechar nuestro tiempo, y vivir lo nuestro, pero-"

Albert los interrumpió. "No tienes nada que perder, Terry; puedes fingir tu muerte por cualquier motivo, y partir con nosotros…"

"¿Y que hagan responsable a la resistencia por mi desaparición?" El rió con sarcasmo. "Tal vez hayan comprado a los guardias del palacio, pero debe haber testigos afuera que pudieran hablar, y si el Sultán se enterara, pudiera arremetir contra cualquiera." Apartó un mechón de su frente. "No puedo simplemente desaparecer así como así, al menos no de la manera como se está suscitando esta insurrección."

"Debiste haber pensado eso cuando aceptaste ponerte en los zapatos del príncipe", opinó Archie, quien se había unido a la conversación.

"No creí que fuera tan complicado", admitió él, "además, pensaba irme antes, cuando aún los otomanos no montaban guardia por el conflicto con los armenios, pero entonces encontré a Candy y…"

"No tienes por qué quedarte", dijo ella al borde del llanto. ¿Acaso él no había decidido luchar por su amor, sin importar las consecuencias? Sin importar las consecuencias… aunque ambos habían estado concientes de que nada garantizaba que permanecerían juntos luego de su salida de Anatolia, si salían de Anatolia, cosa que ya estaban por hacer… y aún estaba el factor Susana. 'Quizás lo pensó mejor, y decidió regresar a su lado en cuanto esto termine…' "¿Y si consiguieras un reemplazo?"

Agradecido por el interés de su princesa en ayudarlo, él señaló: "El Sultán me ha visto casi a diario, Candy. ¿Cómo crees que de la noche a la mañana su hijo va a despertar convertido en otra persona?"

"Puedes decir que se trataba de un error", sugirió Archie. "Sólo dile al Sultán que creciste toda tu vida pensando que eras el príncipe, y de repente alguien te sacó de dudas, y el verdadero príncipe tomaría tu lugar."

"No voy a exponer a Wilbur a una vida que no quiere."

"¿Y prefieres sacrificarte tú?" Archie no podía creer que, una vez más, el actor estuviera dispuesto a echar todo por tierra con tal de salvar a terceros. "Insisto en que podemos buscar otro reemplazo."

"Soy actor, Archie, pero el Sultán no se tragaría ese cuento tan fácilmente", argumentó Terry con exasperación. "Si desaparezco, o si invento algún pretexto para decir que no soy el príncipe, Mehmed volverá a enviar a su gente a Londres, y Wilbur y su madre correrían peligro de ser capturados, o asesinados… pero eso no es lo que más me preocupa", sostuvo el rostro de Candy en sus manos, "Si el Sultán descubre que fue engañado, podría desquitarse con mi princesa, y hacerle mucho daño."

Albert dio un paso adelante. "¿Desquitarse cómo?"

Terry lo miró de hombre a hombre. "Del mismo modo como pensaba hacerlo… si yo no me hubiera adelantado." Y así fue como Albert y Archie finalmente comprendieron que Terry no había convertido a Candy en su amante sólo para satisfacer sus necesidades, ni para realzar su falsa posición como príncipe, sino para protegerla… porque la amaba. "En eso tienes razón, Terrence", dijo el rubio; y sujetando a Candy por ambos brazos le dijo: "Lo siento, pequeña, pero no puedo poner tu vida en juego-"

"¿No vas a llevarte a Terry?", preguntó ella con aflicción.

"El ya tomó su decisión, del mismo modo en que tú tomaste la tuya en Nueva York, y debes respetarla…" Pero ella se zafó de los brazos de su padre adoptivo, y corrió a los de Terry, y llorando sobre su hombro exclamó: "¡No puedes dejar de luchar ahora… no después de todo lo que ha pasado entre nosotros!"

"No estoy dejando de luchar, princesa, al contrario…", derramando una lágrima, depositó un beso en la rosada frente, "ahora más que nunca debo cuidar de ti, pues si algo llegara a ocurrirte, no me lo perdonaría", y de súbito, la empujó a los brazos de Albert, quien se aseguró de que su protegida no volviera a liberarse. "Tuvimos nuestro tiempo, y nuestro amor", continuó él, permitiendo que su rostro se bañara en llanto, "y ahora debemos tomar nuestro propio camino, como tú misma me has enseñado…"

"¿Qué están esperando?", gritó Eliza a lo lejos. "¡El general no se puede demorar más tiempo, y aún nos falta buscar a Neil!"

Albert miró a Terry con impaciencia. "Si no nos vamos ahora, nos atraparán, y el barco nos espera...", pero sus palabras habían quedado perdidas en el viento, pues Candy y Terry se contemplaban a los ojos, tal y como habían hecho aquella fría noche de invierno en la azotea del hospital. El tenía razón; esta vez no estaba en peligro la estabilidad emocional de una joven inválida, sino las vidas de muchos otomanos, y quizás de muchos armenios, por no mencionar a Wilbur y su madre. Para suerte de él, nadie más en el sarayi sabía quién era en realidad, y mientras él siguiera asumiendo el rol de Tarkan, el Sultán estaría tranquilo, y no tomaría medidas drásticas contra su pueblo. Durante dos meses, él la había mantenido consigo, alejándola de todo daño, y no podía, por egoísmo, permitir que otros inocentes sufrieran por cuenta de una mala decisión. La historia volvía a repetirse, esta vez por las razones correctas… simplemente no había otra salida. "Ni siquiera puedo despedirme de mis amigas", se quejó en voz baja. "¿Cómo les explicarás mi ausencia?"

El sintió que desfallecía al verla ir, por segunda vez desde su repentina despedida en Broadway; y ahora que habían llevado su amor a su vida cotidiana y a su lecho en común, el golpe del adiós era más contundente. "Les diré la verdad… que te dejé ir, y quedaste libre", contestó, haciendo un esfuerzo para no quebrantar su voz; y volviendo a tomar el rostro de ella en sus manos, la besó con ardor, y ella respondió con dolor y agonía, reciprocando ese último acto de generosidad con todo el cariño que aún llevaba guardado en su pecho. El no se quedaba en Estambul sólo por la gente o por Wilbur, también lo estaba haciendo por ella, para que todos pudieran abandonar la ciudad sin ser descubiertos. "Te amo, Terry", musitó entre lágrimas, "gracias por el amor que me has dado… fue hermoso…"

El enjugó por última vez sus lágrimas. "Soy yo quien debe agradecerte, por haberme devuelto a la vida… te amo…" Con mucho pesar, se apartó de ella, y mirando al patriarca de los Andley le dijo: "Cuídala bien, Albert…" Y a diferencia de su primera separación, esta vez fue él quien se alejó a toda prisa, pero el amor no había muerto entre ellos… al contrario, estaba más vivo que nunca, y aunque éste había sido su último adiós, las lágrimas de Candy se convirtieron en sonrisas. Mirar hacia adelante… 'Sí, mi amor', juró en el fondo de su alma, 'te prometo que así lo haré.' La vida era muy corta, y no podía desperdiciarse, y por muy poco que hubiera durado su felicidad, la página en blanco de Candy White Andley ahora estaba llena de hermosos recuerdos, y nunca olvidaría al hombre del cual se había enamorado dos veces, y del cual se enamoraría cien veces más, a lo largo de toda su vida. 'Volveré a tomar mi camino', dijo, a medida que se aproximaba a la goleta que la llevaría de regreso a la realidad, 'por ti, Terry, y así todo habrá valido la pena…', y con su inquebrantable espíritu y gratitud, salió en busca de la libertad, esa libertad que él había puesto en sus manos… y la abrazó con fe y esperanza.