Epílogo
Desde la colina de Pony, Candy contemplaba el hogar donde había crecido, rodeado por el crepúsculo del atardecer. Habían transcurrido varias semanas de su regreso, pero la señorita Pony y la hermana María seguían colmándola de mimos, y cada día elevaban una plegaria en acción de gracias por haberles devuelto a su niña sana y salva. A lo lejos, ambas mujeres preparaban, tal y como habían hecho meses antes, un agasajo a las afueras de la casa, pues tenían mucho que celebrar. Los niños correteaban alrededor de los cuatro banquillos preparados para tan hermoso día, y los más grandecitos ayudaban a colocar manteles y comida. "Aquí todo es alegría", dijo a solas, sonriendo al sol que se posaba sobre todos, "y la felicidad es contagiosa…"
Vio llegar a varios de sus amigos, entre ellos, Annie y Archie, y gracias a su experiencia con Terry, pudo ver el lenguaje corporal de los novios, y era más que evidente que habían adelantado su luna de miel. 'Me alegro por ella, porque es lo que siempre ha querido', pensó, 'y por él, porque al fin encontró lo que estaba buscando…' Más tarde arribó Albert en compañía de George y Flammy, con quien ella se había reunido al hacer parada en Egipto, luego que saliera de Estambul. Ella había aceptado un ofrecimiento de Albert para trabajar en Lakewood, y luego de haberse hecho de rogar, Flammy finalmente aceptó, y ahora, como parte de sus nuevas labores, compartía con Albert día y noche, y hasta un ciego podía ver que a él no le molestaba en lo absoluto la presencia de la galardonada enfermera en la exclusiva mansión Andley. 'Ojalá y esa amistad culmine en algo maravilloso', deseó para sus adentros, mientras Patty hacía acto de presencia junto a Russell Bird. Terry le había hablado sobre su asistente durante su idílica estancia en Topkapi, y ella se alegraba por ambos, Russell y Patricia, ya que la tragedia había marcado la vida de ambos, y juntos estaban aprendiendo a levantarse, venciendo las barreras de la distancia al encontrarse en ese punto neutro que era Illinois… y fue justo a través de una de las cartas de Patty que Candy tuvo noticias sobre Susana. En un giro inesperado, la hermosa joven había decidido radicarse en Londres junto a su madre, y comenzaría una nueva vida como dramaturga con el apoyo de… Wilbur McCormick. Wilbur, quien había propiciado el traslado de Terry a Anatolia, cambiando el curso de todo y de todos… Susana había hallado a un príncipe, y en mejores manos no podía estar.
Echaba de menos a la tía Elroy y a Eliza, pero ahora que la chica había tomado la determinación de culminar sus estudios en otra ciudad, rara vez se le veía en Sunville, y la tía abuela había conseguido un departamento para hacerle compañía por la duración de las clases, ya que no quería que ella se sintiera sola, como de seguro hubiera estado Edwina de no haber sido por la amabilidad de Tom para platicar con esta chica que representaba una nueva adición a su familia de amigos. Dios había concedido a Edwina el pase a la libertad, a lo que ella tomó el primer barco disponible que la llevara a América. Zerrin, sin embargo, había tenido la misma oportunidad para marcharse de Topkapi, pero optó por quedarse en el palacio, ya que después de tantas décadas asistiendo e interpretando a los más grandes dignatarios, era lo único que sabía hacer, y era allí donde quería estar. Así pues, Candy admiró el entorno a su alrededor, incluyendo los invitados que adornaban el paisaje con sus anécdotas y buenos deseos … Escuchó unos pasos, y antes de darse la vuelta, ya sabía de lo que se trataba; y al girarse, un enorme y presumido caballo karacabey dominaba el espacio con su impactante color azabache, y montado sobre él, el príncipe que había cambiado su vida para siempre, ataviado con una elegante etiqueta gris, la observaba con curiosidad. "¿Es mi imaginación, o llevas un caftan por vestido?"
Ella se tocó la exquisita prenda de vestir de un tono azul celeste. "Es más práctico", sonrió, "y no tengo por qué cambiarlo por otro vestido luego que termine la ceremonia."
Saglam permitió que su jinete bajara al encuentro de su princesa. Había mostrado resistencia al haber sido colocado en un cuarto para animales durante el viaje en barco, pero bien había valido la pena, pues el hogar de Pony lo había recibido con mucho verdor, y estaba seguro que en su futuro hogar, a las afueras de Nueva York, lo esperaba una mejor vida, y quién sabe, tal vez una hermosa yegua se cruzaría en su camino, todo era posible… como el milagro de ver que su dueño y la princesa se habían mantenido juntos. En una súbita e increíble vuelta de hoja, había surgido, del modo más absurdo e inesperado que pudiera imaginarse, la solución a todos los obstáculos, y ahora el príncipe y su princesa eran libres de amarse como lo habían hecho al otro lado del mundo, y como siempre habían querido desde que se conocieron.
El príncipe se acercó a Candy y le dijo: "Eleanor acaba de llegar, y en unos minutos mi padre hará lo mismo… sólo falta el sacerdote."
Candy no dudó en expresar su preocupación. "¿Estás seguro de que va a casarnos? Después de todo, tú y yo-"
"El sabe que actuamos según las opciones que teníamos, que no eran muchas", aseguró él, y con cuidado acarició el estómago de su futura esposa. "¿Cómo está el panecito que tenemos en el horno?"
Ella rió al escuchar la tierna voz de Terry mientras hacía mención de la nueva vida que crecía dentro de su vientre, gracias a Hüveyda, quien con su astucia había engañado a Candy haciéndole creer que se estaba protegiendo para no concebir, cuando en realidad le estaba brindando un té sin ningún sabor ni propósito, pero no lo supo hasta su regreso a Illinois, cuando comenzó a padecer los síntomas. Ella y Terry aún eran muy jóvenes para casarse y tener hijos, pero la vida en común que habían llevado en Anatolia los había hecho maduros y fuertes, y a raíz de esa experiencia, podrían afrontar cualquier situación o etapa de vida, como lo sería su próximo matrimonio, y la llegada de su retoño. "Todo está en orden", respondió, "nuestro hijo está bien-"
"Hija", corrigió él. "Tendremos una princesita, y se llamará Nadire."
Ella se cruzó de brazos. "¡Pues no será así! ¡Será varón, y se llamará como tú!"
El lanzó un silbido de burla. "¡Ay, no me vayas a decir que eres de esas madres que siempre llaman a sus hijos igual que sus papás! ¿Dónde ha quedado tu creatividad, señora Granchester?"
"En tu trasero", dijo ella con enfado.
El permaneció de una pieza, hasta que estalló en risas. "Sí que la maternidad te ha hecho cambiar de humor… ahora hasta te expresas con vulgaridad, jajajajaja", pero no pudo terminar la oración, pues enseguida ella comenzó a correr detrás de él, tal y como había hecho años atrás en Londres y en Escocia, y posteriormente en los terrenos del harén. Entonces él adquirió conciencia del estado de ella, y la detuvo por un hombro, levantándola en brazos hasta montarla en el caballo. "¿Terry, qué haces?", preguntó, pero ya se había contagiado con su risa. Un hermoso e inimaginable acto de heroísmo y amistad conjunta los había traído hasta aquí, juntos, como habían ansiado estar, y ya no pondrían obstáculos a su alrededor, pues su amor era tan seguro y firme como una roca.
El la besó en los labios como una suave caricia. "Si no fuera porque la boda está por comenzar, te habría tomado aquí mismo, sobre el caballo-"
"¡Qué cosas dices!", exclamó ella sonrojada.
Terry quedó maravillado con la princesa que lucía más radiante que nunca, gracias al brillo de la maternidad. No había planeado embarazar a Candy, no por falta de deseos, sino porque no era oportuno hacerlo en el ambiente donde estaban… pero en el fondo, él había ansiado producir un fruto de su sólido y apasionado amor, que ahora descansaba en el cálido vientre de su madre. Una vez diera a luz, ella regresaría al mundo de la enfermería en un hospital de Nueva York, sin dejar de lado su deber y cariño de madre, mientras que él estaba contemplando aceptar un empleo como profesor de teatro en una conocida universidad neoyorkina. De esta manera, tendría más estabilidad para atender a su nueva familia, lo cual lo llenaba de entusiasmo. 'Si no hubiera sido por esa sorpresa que recibimos', pensó, 'Candy y yo no estuviéramos aquí…' Llevando las riendas de Saglam, comenzaron a descender la colina, al encuentro de Dios, así como de sus amigos. "¿Te he dicho que te amo, Candy?", preguntó en tono burlón.
Fingiendo ignorancia, ella contestó: "No, no lo has hecho."
"Pues acostúmbrate, ya que de ahora en adelante, lo diré a cada minuto… te amo, Candy", y la besó con fuerza, siendo correspondido por ella con el mismo ímpetu, y ella apartó un poco sus labios y susurró: "Yo también te amo, príncipe Terry", y bajaron a celebrar el amor y la vida…
Y a miles de millas de distancia, una fiesta sin precedentes tomaba lugar en el salón imperial de Topkapi. Decenas de bailarinas se contoneaban frente al trono del nuevo príncipe, quien con mucho alboroto se había aparecido, semanas antes, a las puertas de Yildiz, reclamando ser el verdadero hijo del Sultán, explicando, de paso, el mandato que había impartido a su asistente Tarkan para asumir su identidad mientras él se preparaba en Londres para hacer su entrada triunfal a Anatolia… y el Sultán, ni corto ni perezoso, había quedado impresionado con el ingenio y malicia de este hijo con quien se entendería muy, muy bien… y ahora el chico, abrazado a la encantadora Hüveyda, no dejaba de pensar una y otra vez: 'El muy tonto se creyó el cuento…' Vaya que era lista Hüveyda, agarrándolo del cuello aquella noche, luego de haberse escabullido del dormitorio de las concubinas, y escondiéndose en una esquina mientras escuchaban la plática del supuesto príncipe, saliendo a relucir toda la verdad, siendo aquélla la oportunidad que ella tanto había esperado para tener como príncipe al chico que le gustaba, y subir ella misma de posición. "Cariño…", susurró ella, plantando varios besos en su cuello, "¿qué te ha parecido todo esto?"
Neil contempló, extasiado, a su riquísima amiga y amante. Sólo sería cuestión de meses, tal vez un par de años, antes que el gobierno otomano quedara finalmente derrocado a manos de la resistencia, y entonces regresaría a Sunville, o iría a cualquier otra parte, de manos de su adorada Hüveyda. Pronto enviaría la primera carta a sus padres, así como a Eliza… sabía que sus progenitores jamás lo perdonarían por no haber regresado, pero después de todo, era su vida y no la de ellos, y nunca antes se había sentido tan útil e importante… "¡Esto sí que es vida!", exclamó, orgulloso de haberse convertido en héroe. Sentó a Hüveyda sobre su regazo, y no pudo evitar elogiar a la fabulosa mujer que la vida le había regalado. "Ayyyyy, mamáaaaaa…", ronroneó, y esta vez, no se refería precisamente a la autora de sus días, "¡mamaciiiita!" Y levantando a su princesa de la noche en brazos, salió a celebrar su propia fiesta en privado.
PRINCIPIO
