Disclaimer: La tumba de las luciérnagas y sus personajes son propiedad Akiyuki Nosaka.
«Hay vivos que deberían estar muertos y muertos que deberían estar vivos».
Gandalf el Gris —El señor de los anillos: La comunidad del anillo
Efervescencia
Sólo días después de irnos de nuestra casa e irnos a la de mi tía en Nishimomiya, tuve que hacer muchas cosas pero desearía tener una casa como la de ella en estos momentos. Extraño el estar con mamá; atendiéndola y escuchando su risa por la casa junto con la de Setsuko. Volver a aquellos tiempos en donde mi padre y mi madre estaban juntos y felices, extraño esos momentos en los que mamá salía con sus hermosos kimonos, esos mismos kimonos que cambiamos por arroz y algunas otras cosas.
Cuando llegamos a la casa de nuestra tía me sentí muy feliz porque así Satsuko podría dormir bien y yo estar menos preocupado por unos días. Pero no fue así, cada vez que Setsuko se despertaba en la medianoche llorando, mi tía empezaba a decir:
—Si no callas a esa niña en este instante tendré que echarlos, ya que mi hijo e hija estudian y trabajan desde muy temprano para que ella los despierte.
Varios días después cambiamos unos de los últimos kimonos de mamá y aunque no era mucho arroz mi tía repartía entre dos envases; uno para ellos y uno para nosotros. Pero como siempre, ellos terminaban comiendo del de nosotros también. Había días en los cuales escuchaba a mi tía raspando la olla y comer el poco arroz que quedaba, pero si mi hermana y yo decíamos que teníamos hambre o que ese era nuestro arroz ella nos decía:
—Niños malagradecidos, los dos vienen a mi casa sin yo cobrarles su estancia aquí, ¿y me pagan así? Ustedes saben que ellos tienen que comer más porque ellos necesitan estar mas alimentados para poder trabajar.
Después de la última noche de haber escuchado a mi tía gritar que callara a Setsuko y todo su repertorio de siempre, como que nos echaría si yo no la calmaba, compre una Jinrikisha y monté todas nuestras cosas en ella. Caminé por la calle tirando de la Jinrikisha mientras la gente nos miraba y mi tía tenía el descaro de decir:
—Yo espero que les vaya bien. Van a estar mejor.
Al haber caminado muy lejos encontré una cueva en forma de u, anteriormente ya había comprado unas ollas. Cocí un poco de arroz para Setsuko y para mí y así fueron varios días, luego éste se acabó y tuve que cambiar el último kimono nuevamente por arroz. Pero como las cosas estaban muy caras el único que me dio un poco de arroz fue el granjero. El arroz duró sólo unos días y a Setsuko le daba más hambre, así que tuve que robar verduras y otras cosas que pudiéramos comer.
Estaba tan desesperado, pero no podía hacer otra cosa sino en pensar en sobrevivir y eso era lo que podía hacer para mantenernos con vida.
Una vez llegué y Setsuko había atrapado una mariposa, comimos lo que traje y después de un rato ella me dijo que le picaba mucho la espalda. Al otro día la lleve al doctor para que me dijera qué tenía Satsuko, pero él simplemente dijo:
—La niña está desnutrida, sólo necesita comer sano—le dije que me diera algo para las ronchas, pero me respondió que nos fuéramos.
Esa tarde fuimos a la playa y le dije que se metiera en el agua, que eso calmaría la picazón, pero no hizo efecto alguno y siguió así fue por varios días. Después de que varios bombarderos acabaran con muchas de las aldeas, fui y me metí en las casas para tratar de conseguir algo, pero eran muy pocas las cosas de valor que hallaba. Intenté cambiar un kimono por arroz, pero ya no hacían trueques dado que el arroz y otras comidas habían aumentado muchísimo, incluso el agua.
Fui una noche a buscar algunas cosas para comer y cuando regresé, Setsuko se había quedado dormida sin comer. No pudo probar ni un poco de la sandía que traje. Cuando terminé de comer yo también me quedé dormido. Al cabo de un rato hubo una que luz me cegaba y escuché un hombre gritando, estaba golpeándome, me saco de nuestro refugio y terminó llevándome a la policía. Hubo tantos gritos, todo un escandalo armó. El guardia le dijo que sólo era un niño con mucha hambre y que pronto moriría, así que me soltó.
Con un ojo amoratado e hinchado volví al refugio, cuando llegué en la mañana Setsuko estaba afuera, sus brazos estaban aún más delgados que antes. Ella jugaba con la arena húmeda, me acerqué a ella y sostenía una bolita de arena mojada entre sus manos.
—Toma, Seita. Cómetela, está muy sabrosa —eso me hizo sentir muy mal, aveces pensaba en regresar a casa de mi tía, sin importar cuán mal nos tratase, pero creí que ella ya no debía estar allí.
Pasaron varios y Setsuko murió después de que yo llegara de buscar comida. Su rostro y su cuerpecito quedó grabado en mi mente. Cuando fui a incinerar su pequeño cuerpo, me dijeron que no podía hacerlo ahí, sin embargo un hombre me dijo que muy cerca de ese lugar vendían unos cestos y que eso serviría para que Setsuko se quemara.
Así lo hice, quemé el cuerpo de Setsuko y enterré sus restos a las afueras del refugio.
No sé cuántos días habían pasado, así anduve por las calles. Llegué a una estación de tren donde las moscas vagaban como guardias de seguridad y los guardias de seguridad andaban como fantasmas, me mantuve sentado en un pilar subsistiendo solo del agua que allí había. Decidí quedarme por eso, pero tenía diarrea desde varios días atrás, ésta se complicó haciendo inmóvil mi cuerpo y lo único que pude hacer fue escuchar unos pasos que se acercaban a mí.
Cerré mis ojos lentamente, sintiendo como me alejaba.
Espero que les haya gustado, nos leemos en un próximo fic. Gracias
Editado 28/08/2019
