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"Pensamiento"

# Sueño #

- Flashback -

La bienvenida y el juicio:

En Surrey la señora Dursley se levantó como todos los días, se puso su bata color cielo y se dirigió hacia la puerta para buscar la leche. Cuando abrió la puerta contemplo sorprendida el bulto que se encontraba junto a las botellas. Era un bebé. Una bebé para ser más especifica. Estaba envuelta en una manta pero lo que le llamo la atención fue una carta de pergamino con el nombre de ella. Recogió a la bebé, la dejó en el sillón y abrió la carta. El chillido que retumbó en toda la casa despertó al resto de su familia, un hombre gordo bajo corriendo las escaleras en segundos, un milagro teniendo en cuenta el tamaño del hombre. Mientras ambos susurraban y miraban con desprecio a la criatura que aun dormía un llanto de bebe inundó la casa, el bebe, Dudley, se había despertado y estaba pidiendo para comer.

- No nos queda de otra Vernon… puede que cuando crezca no tenga nada de esa rareza y si lo tiene se lo sacaremos… además cuando crezca me vendrá bien tener alguien que cocine y haga otras tareas sin pagar nada – la sonrisa maliciosa que apareció en el rostro de ambos fue el presagio de lo que vendría. Mientras Petunia subía las escaleras para consolar a su bebé, Harriett despertó, al estar en un lugar que no conocía se largo a llorar y balbucear. Un hombre gordo apareció ante sus ojos. La cogió sin delicadeza, se movió por la cocina abrió una puerta y descendió unas escaleras. Era el sótano.

- Cállate monstruo, deberías estar agradecida… me encargaré de liberarte de esa rareza… mientras tanto bienvenida a tu nuevo hogar – dijo mientras la dejaba en un viejo sillón destartalado y la dejaba en la oscuridad. Mientras la bebe lloraba, ellos desayunaban tranquilamente. Pasadas varias horas Petunia bajo y le dio un biberón con leche.

- Espero que después agradezcas lo que hacemos por ti bestiecita – la agarró y la llevó a la sala donde Dudley se encontraba jugando (en realidad estaba mirando la televisión y los juguetes estaban olvidados en el piso) la sentó en el piso lejos de su bebé y de ella pero lo suficientemente cerca como para ver lo que hacía mientas leía las revistas. En un momento en que un artículo le llamo la atención desvió su mirada de los bebes.

Harriett contemplaba los juguetes que se encontraban en el suelo y al niño que miraba la cosa con colores y sonidos, muy despacio se acercó al niño y lo contempló. El otro niño la miró y se levantó como pudo y se dirigió a sus juguetes.

- io… io – decía mientras tomaba todos sus juguetes y los sacaba aparte para que la desconocida no se acercara. Un juguete había quedado un poco más lejos Harriett se acercó, lo agarró y se lo tendió. Dudley le arrebató el juguete de la mano y contempló como la bebé se sentaba en el suelo y lo miraba, al ver que ella no tenía con que jugar le tendió un auto de carrera color azul, la bebé lo agarró e imitó el ruido de un auto, a lo cual ambos bebes se rieron. Cuando Petunia escucho las risas levanto la vista de la revista y vio como Dudley y ella jugaban con los autos. Que tierno que era su bebé, compartir algo con un fenómeno como ella… si sin duda ella tendría que agradecérselo más adelante, mientras Petunia pensaba esto unas barreras invisibles a cualquier ojo se alzaron sobre la casa, protegiendo a la niña que viviría en esa casa durante muchos años.

Mientras Harriett jugaba con su primo, muy lejos de allí en Londres, debajo de una cabina telefónica se encontraba el Ministerio de Magia Ingles, todos los magos estaban revolucionados, Los Potter habían muerto y su guardián secreto los había traicionado y vendido a Voldemort. Luego había matado a Peter Pettigrew otro de sus amigos y provocado la muerte de trece muggles.

En ese momento el Wizengamot se encontraba en medio de un juicio contra Sirius Black, el guardián secreto de los Potter, traidor y mano derecha del Lord Oscuro. El ministro Crouch silencio la sala con un ademan, el acusado estaba atado con cadenas a una silla en medio del lugar. Estaba desesperado, él sabía que era inocente.

- Tiene algo que decir señor Black – la forma en que dijo esas dos palabras reflejaron el desprecio que sentía – antes de ser condenado de por vida a Azcaban por vender a los Potter a su señor y provocar la muerte de un mago y trece muggles.

- Yo soy inocente… no los vendí, yo no fui el guardián secreto… tienen que creerme, pueden usar Verisatium… no miento… por favor– mientras decía esto miraba para todas partes frenético, pero todos apartaban la vista.

- Decidido, Sirius Orión Black es condenado de por vida a Azcaban – cuando dijo esto entraron dos aurores y sacaron al prisionero.

Sirius sintió como la última esperanza se apagaba.

Azcaban. La prisión de los magos. Que tenía como guardianes a los dementores. Seres que chupaban la alegría, los momentos felices y te dejaban con los peores recuerdos que tenías.

Pero no lo entendía, el era inocente… porque no le dieron Verisatium… era lo que hacían en todos los juicios. Porque con él era diferente. Ni siquiera Dumbledore lo había mirado… y era el él que había hecho el Fidelio y sabia que él era inocente, que el guardián era Peter… no lo entendía Dumbledore con su poder podría hacer que el sea libre pero él no había hecho nada. Con una mirada vacía se encontraba en la barca que lo llevaría a Azcaban, muchos porqués estaban rondando en su cabeza y no tenía ninguna respuesta para estos. Mientras era llevado a la celda rogó a cualquier deidad que existiera que su ahijada estuviera a salvo… era en lo único que podía pensar mientas la puerta se cerraba y el frío de los dementores se metía en sus huesos y la tristeza lo llenaba, mientras se acurrucaba en un rincón lo último que vio fue a una bebé con cabello negro ébano, ojos tan verdes como la maldición asesina y piel blanca suave que le sonreía con los pequeños dientes que tenia.

Y en silencio se prometió asi mismo que encontraría la manera de salir de ese lugar para cuidar a su ahijada, mientras pensaba en eso se quedo dormido y sus sueños se convirtieron en pesadillas. Ajeno a él un mago con túnicas de colores lo visitó unas horas después y murmuró unas palabras mientras lo señalaba con su varita, después se despidió de los guardias y desapareció.

Unos días después, Albus Dumbledore se declaró el guardián mágico de la pequeña Potter, uso los asientos de los Potter para aceptar varias leyes que lo beneficiarían, también bloqueó el testamento de los Potter e intentó acceder a sus cuentas pero los duendes se lo impidieron, solo tendría acceso a la cuenta de fidecomiso que los padres habían dejado, pues en las demás bóvedas solo podía acceder un miembro de la familia. Albus intentó por todos los medio ingresar a las bóvedas pero se lo impidieron muchas veces hasta que al final lo amenazaron con expulsarlo del banco a lo que él se dio por vencido no sin antes firmar unos pergaminos con un grupo de personas.

Vernon Dursley se encontraba enojado, un monstruo había aparecido en la puerta de su casa y ellos lo tenían que cuidar, su esposa también estaba enfadada pero ella le había dado una idea, "si", pensó mientras sonreía y miraba por la ventana, "el monstruo podía ser útil y si mostraba alguna anomalía el mismo se encargaría de sacársela del cuerpo".

Ese día el estuvo de muy buen humor y cuando su esposa lo llamó diciendo que había llegado un cheque junto con una carta que decía que se le daría determinada cantidad durante todos los meses durante los años que ella estuviera con ellos, el sonrió, decididamente el monstruo tendría que agradecérselos al fin y al cabo ellos le darían un techo y comida para vivir mientras que no hiciera ninguna cosa rara y si lo hacía ya se imaginaba lo que podía hacer.

Si, hoy era un buen día para Vernon Dursley.

Petunia estaba contenta, el monstruo era silencioso y no daba problemas. Su Dudley era muy amable al jugar con ella pero tendría que mantenerlo apartado, el no se tendría que relacionar con anormales.

Dejó a Dudley en su cuna y al monstruo lo bajo al sótano, donde lo puso en una cuna muy vieja, puso una lámpara para que iluminara el lugar y se fue, no merecía la pena preocuparse por ella. Cuando estaba a punto de ponerse a cocinar el timbre de la puerta sonó y ella se apresuro a ver quién era, al abrirla se encontró con sus vecinas que tenían diversos artículos de bebé en las manos. Las invito a pasar y las cinco mujeres se sentaron a tomar el té mientras conversaban.

- Permiso Petunia, no enteramos que adoptaste a una bebé y nosotras te trajimos algunas ropas y juguetes para que no tuvieras problemas, como ya sabes mis chicas ya están grandes – dijo una señora de cabellos castaños y sonrisa cariñosa, era la señora Douglas del n° 8, ella le dio una caja con ropita de bebé y algunos juguetes para niña. Petunia se lo agradeció profundamente, no necesitaría gastar dinero en ella después de todo.

- Yo te traje unos juguetes y unas mantitas – dijo una mujer regordeta de cabellos negros que vivía en el n° 7 – y si necesitas ayuda para cuidar a los dos niños no dudes en pedírmelo querida.

- Yo también traje un poco de ropa y algunos juguetes para los dos niños – dijo la chica que vivía en el n° 10, era maestra en un jardín de infantes y le encantaban los niños – y mi prima dijo que si necesitas una niñera ella se ofrece.

- Yo te traje una cunita para ella y unos zapatitos – dijo una señora mayor de mirada severa, la señora Grey, viuda desde hacía varios años que vivía en el n° 9.

Las cinco mujeres conversaron de todo un poco y cuando estaba llegando el mediodía se despidieron, entonces Petunia se fijo que había un sobre en el suelo, lo recogió y lo leyó, de inmediato sus ojos brillaron y sonrió. Decididamente el monstruo tendría que ser útil porque si no se arrepentiría de haber nacido.