Disclaimer: Harry Potter no me pertenece.
Esta historia participa en el reto "Doppelganger" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
Teorema
[...]
—... Y entonces, tu padre sacó su varita con la característica rapidez de la que gozaba, y acabó con dos mortífagos a la vez. Le costó una cicatriz en el brazo, pero finalmente salió vencedor junto a su equipo. Todavía recuerdo que llegó como si nada pasara, pero no pudo engañarme, seguramente esa herida dolía bastante y fue inevitable ante un pequeño roce —se detuvo un segundo—. Ese hombre orgulloso —musitó con melancolía—... Siempre fue una gran ventaja ser magos, pero ni la magia o sus habilidades evitaban que fuera un asco con hechizos curativos.
El niño, que la miraba desde su regazo, movió un poco la cabeza con renovada curiosidad. Sus grandes ojos azules se movieron de un lado a otro levemente, en señal de que se encontraba pensando.
—¿Cómo murió papá? Nunca me lo has dicho, tampoco cómo se llamaba.
Ella guardó silencio un momento, sin quitarle la mirada de encima. Suspiró un poco divertida, finalmente.
—Todavía no es tiempo.
—Pero mamá...
La mujer le sonrió con suavidad y llevó una mano al cabello del pequeño para acariciarlo.
—Cuando llegue el momento lo sabrás todo, posiblemente hoy no lo entiendas.
—Soy inteligente —afirmó con decisión y un leve tono de arrogancia, intentando incentivarla a que se lo contara.
—Por supuesto que lo eres —rió pasando a acariciarle bajo la mandíbula—. El niño más inteligente, astuto y apuesto del mundo. Pero eso no quita que no seas capaz de entenderlo del todo aún, ¿comprendes?
Theodore se acurrucó un poco más junto a ella, y sólo así volvió a mirarla, aunque brevemente.
—¿Podrías decirme al menos cómo se llamaba? —pidió.
Lo pensó, sería mentir decir que no lo hizo, pero no pudo evitarlo. Theodore parecía querer saber tanto esas cosas, y lo comprendía. Tal vez nunca debió empezar a hablarle de esa forma de su padre, tal vez sólo debió no comentarle nada y dejarlo ignorante sobre el tema a pesar de ser tan importante. Sin embargo, concluyó finalmente, ¿qué problema habría si le decía su nombre? Eso no era algo que necesitara comprender mucho más allá.
Así que asintió un segundo y susurró un sí, captando la atención de su hijo.
—Será un secreto entre los dos —dijo ella poniendo su dedo índice en medio de sus labios, consiguiendo que él se irguiera un poco, asintiendo con confidencialidad deslumbrando en sus ojos, iluminados sólo por la vela sobre la cómoda—. ¿Me prometes que sólo tú lo sabrás?
Una vez más, Theodore asintió, curioso y expectante.
Finalmente lo sabría. Había llegado el día en que dejaría de ver a su padre en su mente sin un nombre por el cual llamarlo más que papá. Entonces, tal vez ahora que sabría su nombre sí lo escucharía estuviera donde estuviera, tal vez ahora sí acudiría a su llamado, y tal vez podría ayudarlo con unos cuantos hechizos curativos que había estudiado en secreto sólo para él.
Su madre le susurró el nombre del difunto señor Nott y, sólo entonces, cuando Theodore se quedó al fin dormido en sus piernas, fue capaz de ponerle un nombre al varón de aspecto orgulloso que tenía sus ojos azules, al de aspecto imponente pero de sonrisa agradable con el que soñaba casi todas las noches.
Cuando Theodore hubiera crecido, su madre le contaría que el Señor Nott habría muerto por una maldición que le quitaría la vitalidad por cada día que pasara. Y el niño de los ojos lapislázuli entendería que los grandes tarde o temprano eran vencidos, por otros o por ellos mismos.
