CAPITULO 2
A/N: ¡Muchas gracias a todas las que se tomaron la molestia de comentar!
Aquí está el segundo capítulo; espero les guste y no haberlas decepcionado, aunque deberían saber que todo es parte de la trama y que ciertas cosas deben pasar para poder llegar a otros puntos más agradables y reconfortante así que deberán confiar en mí ¿vale?
Recuerden que es un AU, por lo tanto habrá cosas que les parecerán extrañas (créanme a mí también) pero me parece divertido explorarlas ya que quiero tomar puntos que o son poco comunes o nadie los ha puesto así so... denle una oportunidad ¿de acuerdo?
Intentaré que las actualizaciones sean semanales, pero espero entiendan que: 1) Soy estudiante y la escuela a veces puede ser asfixiante y 2) La inspiración va y viene, y aunque tengo algunos capítulos adelantados habrá un momento en el que yo misma me alcance (espero que falte para eso).
Bueno, no me queda más que desear que disfruten el capítulo y recordarles que… ¡Viva la Swan Queen!
Un mes después.
Emma
Click.
La rubia cambió de posición y rápidamente volvió a sacar otra foto. Click. Repitió su acción pero fue interrumpida por el sonido y la vibración que su celular emitía. Soltó la cámara, dejándola colgar de su cuello, junto con la respiración que había estado conteniendo.
Emma gruñó, eso parecía todo que últimamente podía hacer. Miró la pantalla de su celular donde el nombre de Lily brillaba, lo cual sólo la hizo gruñir más.
Tenía que contestar, ella lo sabía. Llevaba días sin hablar con su mejor amiga, días evitando cualquier llamada de todo aquel que intentaba comunicarse con ella. ¿Acaso nadie podía entender que Emma quería estar sola?
Tomó grandes bocanadas de aire y después de contar hasta diez, por fin accedió a contestar. Si algo haría que Lily dejara de llamar, era responderle de una vez por todas.
— ¿Dónde diablos estás? —fue lo primero que Emma escuchó en cuanto pegó el celular a su oreja.
Emma apretó los labios y soltó aire. Lily estaba enojada, demasiado para ser verdad, pero Emma igual lo estaba.
— ¿Acaso importa? —musitó molesta.
Si bien Emma no estaba enojada con Lily, últimamente tendía a desquitarse con todo aquel ser humano que tendía a ponerse en su camino.
— ¡Claro que importa! —devolvió la pelinegra, y Emma podía visualizarla apretando la mandíbula y tomando el celular con tanta fuerza que sus nudillos eran casi blancos— ¿Dónde demonios estás? —repitió Lily con impaciencia.
La rubia decidió que la inspiración que la había envuelto aquella mañana, se había desvanecido. Así que comenzó a guardar sus cosas y si había sentido que el tiempo se había detenido, pronto se dio cuenta que el mundo a su alrededor seguía andando.
— No importa —dijo seca.
Para Emma realmente no importaba, lo único que tenía relevancia en su vida era que estaba a kilómetros de Manhattan. Si la rubia quería algo, eso era estar lejos de la ciudad que encerraba tantos feliz pero también devastadores recuerdos.
— Emma —gruñó Lily—. Por amor a Dios, ¿dónde demonios estás? —si bien Lily estaba molesta porque Emma había desaparecido justo después del entierro de su abuela, también estaba preocupada— Un mes, Emma, ¡un mes! Sé que no estás en Manhattan, tu estudio está más muerto que la misma muerte, si es que eso tiene sentido alguno.
— No hay tiempo para esto, Lily —dijo entre dientes mientras caminaba hacia su auto— ¿qué quieres?
— ¡Saber dónde estás! ¿Qué no entiendes? ¡Mierda, Emma Swan! Intento ser una buena amiga pero tú idiotez es tan grande que no me lo permite —gritó la pelinegra por teléfono.
Ninguna de las dos se había atrevido hablarle así a la otra, nunca en todos sus años de conocerse ni siquiera cuando habían peleado hasta querer arrancarse la cabeza. No se atrevían, porque sabían que las palabras y el tono en el que decías las cosas podía herir más que un golpe en la cara.
— Quiero saber dónde estás y si estás bien —dijo Lily soltando aire, no iba a pedir una disculpa pero sí le iba hablar más tranquila—. Quiero que me dejes buscarte y me dejes...
— ¡Lily! —exclamó Emma cortando a su mejor amiga, y esta vez no sonó molesta pero suplicante— Lily —repitió sacando aire— Si te digo, no quiero que vengas. Porque si lo haces, de todas formas no me vas a encontrar.
— Emma —dijo casi en un susurro suplicante—, sé que fue difícil lo de tu abuela...
— Lily, no.
—... pero huir no es la respuesta —Lily decidió ignorar a Emma y sus súplicas de evitar el tema—. La señora Swan no habría querido...
— ¡Nadie sabe lo que mi abuela hubiera querido, Lily! —Emma golpeó el volante de su alto; seguía ahí sentada, escuchando a las inútiles palabras de Lily intentando reconfortarla— Y ni siquiera te atrevas a seguir utilizándola en mi contra. No quiero que sigas.
— Pero Emma... —hizo una pausa y resopló, Lily estaba cansada— Bien, no sabemos lo que la abuela Swan hubiera querido pero, ¿no crees que estás yendo algo lejos?
— ¿Eso crees? ¡Lily, acabo de perder a la persona que más me quería!
— No es verdad —la pelinegra saltó a defenderse, sintiéndose terriblemente ofendida—. ¿Acaso estoy pintada?
— No, Lily, pero sabes a lo que me refiero —dijo, sintiéndose agotada por toda la repentina atención que se había acumulado en su interior.
Cuando se enderezó, Emma escuchó sus huesos crujir.
— ¿Tus padres? ¡Emma! No pensarás...
— La única persona que me quería más que nada en esa familia fue mi abuela —dijo la rubia con tanta sequedad que la misma Lily tuvo que pasar saliva—. Para ellos sólo soy la hija adoptada que tienen para llenar un simple vacío.
— ¡Emma! Han pasado años... ¿Aún te sientes así? —preguntó Lily, sabiendo que la rubia se había sentido de esa manera durante los primeros tres años cuando había sido adoptada catorce años atrás.
— No me siento así, lo sé —apuntó con voz quebrada—. Y nunca fui lo suficiente para llenarlo, sabía que ellos se desharían de mí si mi abuela no los hubiera detenido.
— Em, ellos están preocupados por ti.
— ¿Por mí o por la herencia? —preguntó limpiándose las lágrimas que se habían atrevido a escapar— Porque sí, el abogado ha llamado ya y sé que la abuela me dejó casi todo, excepto por esa pequeña parte de que le ha dejado a August. Y no, no me voy aparecer porque ya todo ha sido arreglado.
— Emma —musitó Lily.
— Estoy en Boston —dijo rápidamente—. Y hablo en serio cuando digo que no quiero que me busques. De todas formas desapareceré antes de que lo intentes.
— No, Em...
La rubia cortó la llamada, dejando que se apagara la voz llena de preocupación de su amiga. Tomó aire con fuerza, y pronto se encontraba encendido el auto. Buscaría otro lugar donde sentarse y poder respirar con tranquilidad. Haría lo único que sabía hacer.
Emma no tenía ninguna intención de volver a Nueva York, al menos no en un tiempo. Mucho menos planeaba enfrentarse a sus padres, hambrientos por hacerse cargo de todo porque la mujer más poderosa de Manhattan le había dejado todo a la pobre y pequeña niña adoptada que ellos habían recogido con generosidad. O al menos eso Emma creía que era lo que ellos querían.
La rubia había aprendido que nadie realmente podría quererla; siempre anduvo en un sistema de guarda, donde pasaba de familia en familia a las que le pagaban por cuidarla y nunca le pareció a nadie lo suficientemente buena hasta que los Swan aparecieron y decidieron que ella les daría una linda imagen y podrían tener a la hija que ellos habían perdido y que aparentemente tendría la misma edad que la pequeña rubia.
Nadie quería a Emma Swan, ni siquiera su novio que había hecho que la meterían en la cárcel. Había sido cuatro años después de llegar a casa de los Swans, había sido un pequeño desliz que su abuela no tardó en reparar y su madre adoptiva no tardó en cubrir. Y a diferencia de su madre, quien había explotado y le había advertido de lo horrible que eso haría ver a la familia, su abuela la había abrazado le había prometido que todo estaría bien.
Su abuela había sido la única que le había querido, y ahora Emma había perdido todo.
— Hola.
Una pequeña voz atrajo la atención de la rubia. Levantó la mirada de su cámara y se encontró con un pequeño niño de lindos ojos aceitunados.
— Hola, pequeñín —dijo con dulzura— ¿Estás perdido?
El niño frunció los labios y entrecerró los ojos, como si decidiera qué era lo mejor para decir. Pronto se encontraba negando con la cabeza.
— Soy Henry —le dijo extendiendo su pequeña manita y soltando el libro que llevaba en las manos.
— Henry —repitió la rubia. El niño no parecía más allá de los cinco años, pero ya sabía cómo saludar propiamente. Así que sin pensarlo más, Emma tomó su pequeña mano y la estrechó con suavidad— Tienes un lindo nombre —dijo sonriente—. Soy Emma.
— Em-ma —repitió suavemente—. El tuyo también es lindo.
La ojiverde le sonrió.— Gracias —comenzó a mirar por todas partes y pronto se encontraba buscando entre la multitud—. ¿Dónde está tu mamá, Henry? —preguntó la rubia inclinándose un poco más para que sus ojos quedarán a la altura de los aceitunados. Henry se encogió de hombros— ¿No sa...?
— ¡Henry!
Ambos, tanto la rubia como el pequeño castaño, alzaron la mirada encontrándose con una atractiva mujer que lucía como si la vida casi se le escapara.
— Henry —repitió la castaña, inclinándose para quedar a la altura de su hijo, y Emma pronto se encontraba notando el buen trasero que poseía la mujer— ¿Qué te he dicho de escaparte así y... —hizo una pausa y miró fugazmente a la rubia, que rápido le ofreció una sonrisa que obviamente no fue devuelta— de hablar con extraños?
La mujer era sensual, demasiado para ser madre de un niño. Y sí, Emma la encontraba extremadamente atractiva porque a la rubia le encantaban las chicas como ella pero había algo sobre esa mujer en especial que había llamado la atención en el segundo que se plantó frente a ellos.
— Pero mami, Emma no es ninguna extraña —dijo Henry frunciendo el ceño.
— ¿Emma? —preguntó la castaña confundida y miró a la rubia con los ojos entrecerrados.
— Hola —saludó Emma, con suavidad, ofreciéndole una mano.
La castaña frunció el ceño e ignoró su saludo. La ojiverde igualmente frunció el ceño.
— Henry, no vuelvas hacer eso. No quiero perderte —la castaña abrazó a su hijo y Henry rió suavemente pero le devolvió el abrazo.
— Sigo aquí, mami —le dijo el niño a su madre y Emma sintió un pequeño calor en el vientre que no pudo más que reconocer como envidia—. Emma es mi amiga.
La castaña le dio una mirada de recelo pero Emma luchó contra la furia que llevaba días hirviendo en su interior y se esmeró por ofrecerle una sonrisa a la atractiva mujer.
— Henry, ¿qué te dije de los extraños? —preguntó mirando a su hijo nuevamente.
— Que no son confiables —repitió el castaño de forma mecánica.
— Exacto, y ella... —la mujer le ofreció a Emma una mirada que la misma rubia no pudo descifrar más que con disgusto.
— Hey! Lamento informarle que no soy una clase de pedófilo o algo por lo parecido —se defendió la rubia cruzándose de brazos, olvidándose del trabajo en el que había estado ocupada antes de que el pequeño castaño se apareciera frente a ella y atrajese a su atractiva pero, al parecer, temperamental madre.
— Seguro que no —bufó la castaña—. Henry, vamos. Es momento de regresar a casa.
El castaño le regaló una sonrisa y después tomó la mano de su mamá. Emma le regresó la sonrisa, algo genuino en días.
— ¿Qué es un pedófilo, mami? —escuchó Emma que Henry preguntaba cuándo comenzaban a alejarse.
Pronto, la rubia sintió enojarse. ¿Quién demonios era aquella mujer, caliente como el infierno, para insultarla tan sutilmente que pensaba que podía salirse con la suya? Si bien, estaba mal que el pequeño hablara con extraños, Emma no había hecho nada más que decirle hola y preocuparse por saber dónde estaba su madre. La descuidada había sido aquella misteriosa mujer, no Emma.
Agarró sus cosas, junto con el libro de Henry, y caminó detrás. Sinceramente esto era absurdo, la rubia sabía que debía dejar ir las cosas pero algo en su interior le gritaba que debía insistir tan siquiera por una disculpa.
— Disculpe —dijo con fuerza, intentando atraer la atención de la castaña. Cosa que fue desapercibida o bien, como sospechaba Emma, ignorada— ¡Disculpe!
La castaña se detuvo, y Emma notó cierta tensión creciendo en sus hombros. La rubia sonrió suavemente y esperó hasta que la castaña ya se estaba volteando y, aunque Emma realmente disfrutaba la vista trasera, admiró el frente que la mujer tenía. Caliente como el infierno, repitió mentalmente.
— ¿Sí, Em-ma? —dijo la castaña alzando la ceja, y la ojiverde sintió sus rodillas temblar ante la pronunciación de su nombre. Henry había hecho lo mismo, pero en los labios de su madre era la forma más sexy que podría haber escuchado— Si es que ese es tu verdadero nombre, claro. Porque podrás engañar a un niño de cuatro años, pero...
— Basta —dijo Emma, irritada—. Las dos sabemos que no soy ninguna clase de acosador sexual, huh... —se quedó pensativa— Lo siento, ¿cuál dijiste que era tu nombre?
La castaña sonrió, miró fugazmente a su pequeño hijo que miraba la escena con curiosidad y luego puso un mechón de su cabello corto detrás de su oreja.
— Buen intento —le dijo dando un pequeño y titubeante paso hacia delante—, pero no te daré mi nombre. Suficiente con que sepas el de mi hijo, ¿no es así? Eso ya nos pone en peligro.
Emma dio otro paso hacia delante. Oh dios, la mirada de esa mujer – amenazadora y retadora al mismo tiempo– la estaba llevando a su límite, y tampoco era que Emma contara con uno en aquel momento.
La rubia tenía ira atascada; todo le había sido arrebatado en un abrir y cerrar de ojos, y ahora una completa extraña parecía querer ponerla aprueba por algo tan insignificante como era hablar con su pequeño hijo. Y Emma iba a tomar esa oportunidad, porque ella quería liberarse de esa ira que la estaba consumiendo por dentro.
— ¡Qué no soy ninguna amenaza, mierda! —exclamó irritada y la castaña pronto le cubrió las orejas a su hijo— ¡Por dios, no sabe lo que digo!
— Tal vez no sepa, pero está aprendiendo —dijo la castaña en un gruñido—. Así que le voy a pedir, que no vuelva hablar así frente a mi hijo o algún otro niño. Es inapropiado.
Emma rodó los ojos pero la castaña no planeaba quitar su mirada retadora en ningún momento, así que la acción de la rubia sólo logró irritarla más.
— Henry dejó esto —dijo tendiéndole un pequeño libro, porque claro que Emma se había convencido en cuestión de segundos que esa era la razón para seguir a la pequeña familia y no buscar pelea sin razón.
La castaña frunció el ceño y miró a su pequeño hijo que pronto le ofrecía una sonrisa inocente. Soltó un suspiro y se inclinó para tomar el pequeño libro.
— Henry, debes ser más cuidadoso —dijo con suavidad, guardando el libro en una pequeña mochila que seguramente pertenecía al niño—. Anda, vamos. No queremos que oscurezca antes de llegar a casa.
Henry asintió y ambos se dispusieron a caminar nuevamente. Emma gruñó; esa mujer se atrevía a enseñarle modales a su hijo pero no los tenía ella misma.
— ¡¿De nada?! —gritó Emma frustrada.
La castaña miró sobre su hombro y sonrió de lado, Emma juró que si no se sintiera tan molesta iría tras ella para invitarle un trago.
— Gracias, Em-ma —dijo lo suficientemente fuerte para que la ojiverde escuchara.
Y si Emma no hubiera quedado hipnotizada por la dulce y sensual pronunciación de su nombre, tal vez habría reaccionado a tiempo para siquiera insistir y saber su nombre.
Regina
Miró una vez por el espejo retrovisor de su amado Mercedes y vio a su pequeño hijo con la cabeza de lado y los ojos cerrados con cierta paz que hizo a Regina sentirse mejor.
Había sido un día largo; había llevado a Henry a Boston para poder comprar sus regalos de cumpleaños. Ya casi cumplía cinco, y como niño sus gustos siempre iban cambiando así que Regina no había tenido más remedio que llevar a su hijo y dejarlo elegir.
Pero fuera de las compras, lo que perseguía a Regina eran esos brillantes ojos verdes llenos de desesperación y algo de ira combinadas con un brillo que la castaña no pudo descifrar.
Regina había sido grosera a propósito; por supuesto que no aprobaba que su hijo hablara con extraños, pero mucho antes de acercarse a él había visto a la rubia, tomando fotos del lindo parque donde ella había llevado a Henry a comer helado. Y la castaña había notado que no era ningún peligro para el pequeño, pero de todas formas su lado de mamá oso había salido a la luz más cuando había notado esos ojos verdes, rogándole que la retara.
Regina sonrió. Tal vez ahora no poseía un corazón de hierro pero le gustaba provocar a las personas, le gustaba sentir su ira y saber que si ella se lo propusiera podría volver a su oponente diminuto. Pero la rubia había sido alguien interesante, y la castaña sabía que habría sido una gran oponente por enfrentar.
Una vez que entró en la calle principal de Storybrooke, cuatro horas después de haber conocido a esos fugaces ojos verdes, detuvo el auto frente a la pequeña cafetería de Granny. Dios sabía que Regina podría cocinarse la cena pero su cansancio era más grande que las ganas de poner en marcha su experiencia en la cocina.
Tras asegurarse de que Henry estuviera cómodo y seguro en la parte trasera de su auto, Regina se apresuró a entrar a la cafetería para no perder ni un segundo. Storybrooke podría ser una pequeña ciudad en Maine, el índice de crímenes era muy bajo pero Regina no iba a dejar que ese tres por ciento la hiciera víctima.
— Bienvenida a Granny's... —la castaña frente a Regina alzó la mirada y le sonrió— ¡Alcaldesa! —dijo la mesera con amabilidad— No la esperábamos tan pronto de regreso.
— Sólo fuimos a comprar unos cuantos regalos —sonrió Regina. Se sentía tan bien no ser temida y ser tratada con tanta amabilidad, más cuando la mesera y ella también habían tenido ciertas diferencias y ahora, como Mary Margaret, eran amigas—. Ruby, ya te he dicho que puedes llamarme Regina.
La castaña hizo una mueca.— Lo siento, sabes que no estoy totalmente acostumbrada. Incluso extraño tus maltratos.
Regina y ella compartieron una pequeña risa.— Eso puedo arreglarlo —sugirió Regina—. Pero por ahora, lo mismo de siempre para llevar, por favor. Henry me espera en el auto.
Ruby asintió y fue rápido a dejar la orden en la cocina para después regresar a la barra. Se inclinó sobre la barra y en los ojos de Regina encontró un brillo que fácilmente pudo descifrar.
— ¿Quién te hizo enojar? —preguntó tranquila, hace tiempo que podía hablarle a Regina de esa forma sin sentir temor a que la, ahora, amada Alcaldesa de Storybrooke la mirara como si quisiera arrancarle el corazón y hacerlo polvo entre sus manos.
— ¿Qué dices, querida? —preguntó con inocencia, pero una sonrisa traviesa comenzó a dibujarse en su rostro— No estoy enojada.
Ruby soltó una risita y la miró fijamente.— ¡Oh vamos, Regina! —exclamó— Hemos pasado por tanto, es fácil saber cuando sientes satisfacción por haber hecho enojar a alguien o al menos haberlo frustrado.
— ¿Tan fácil soy de leer? —preguntó incrédula.
Regina, a pesar de todo, seguía siendo una persona muy privada y cerrada. Siempre escondiendo sus sentimientos del resto, porque podría ser buena y amable con todos ahora pero nunca – absolutamente nunca– se dejaría ver por completo. No con alguien que no era demasiado cercano. Y aunque Ruby ahora era algo cercana a la mujer, no significaba que tenía acceso a todo.
— No —respondió Ruby sonriendo de lado, casi como si supiera lo que pasaba por la mente de Regina—, pero conozco ese brillo en los ojos. Lo veía frecuentemente cuando hacías enojar a Granny.
— ¿Ah sí? —preguntó juguetona. Su amistad con Ruby ya había llegado a ese punto— ¿Y cómo es eso?
— Satisfacción pura —la castaña se encogió de hombros—. Porque seamos sinceras, adoras hacer enojar a la gente.
— Es mi mejor talento —dijo como si fuera lo más casual del mundo, haciendo un ademán con la mano y provocando que una risa abandonara los labios de Ruby.
La campana de la cocina sonó, indicando que la orden estaba lista y al no haber tantos clientes a esa hora Regina asumió que era la suya. Ruby alzó una mano en señal de que la esperara y la castaña asintió.
Era lindo lo aceptada que era ahora Regina, un sentimiento que la abrumaba y que no podía creer. Le gustaba porque tantos años se había sentido sola y sin esperanza, con una madre que era más seca e insensible que ella y que era la única persona en la que Regina podía buscar refugio. Hasta que decidió revelarse. Y, claro, hasta que su madre decidió dejar Storybrooke – o al menos hasta que la castaña la obligó hacerlo–.
La mesera se plantó frente ella nuevamente, dejando una bolsa de papel frente a la alcaldesa y un vaso de café.
— Aquí tiene, alcaldesa —sonrió Ruby—. ¿Segura que no quieres cenar aquí? Eso de estar sola...
— Está bien, Henry está en el auto y tengo muchos papeles que revisar —contestó sonriendo de lado—. Aún quedan muchas cosas de la fiesta por arreglar y sólo tengo una noche.
— Cierto —Ruby hizo una mueca pero pronto volvió a sonreír, tanto que llegó a sus brillantes ojos azules—. ¿A qué hora nos necesitas mañana? Granny se encargará de la comida, así que puedo ayudar hasta que sea el momento de llevarla a la casa.
Regina, que había estado sacando un par de billetes para pagar, se detuvo y miró a la castaña frente a ella.
— Ruby... —comenzó Regina; por más que fuera su amiga, aún no podía con el sentimiento de que en esas ocasiones.
— Ni lo pienses, ¡quiero ayudar! —dijo animadamente— Aparte, podrías contarme sobre quién hiciste enojar. Tengo curiosidad.
Regina rió, e incluso Ruby tuvo que admitir lo bien que se escuchaba la risa de la mujer.
— Siempre queriendo escuchar el chisme, señorita Lucas —los labios rojos de Regina se tornaron en una sonrisa, igualando la de su amiga frente a ella.
— Es mi mejor talento —replicó.
— ¿Saber todo? No lo creo —rió Regina—. Tal vez sea esparcir el chisme, pero no saberlo.
— Hey! Si me preguntan, cuento —se defendió Ruby—. No me gusta mentir.
— Seguro que no —contestó Regina, riendo suavemente—. Pero bien, Mary Margaret llegará a las nueve para desayunar. ¿Tal vez te quieras unir? Después de eso comenzaremos a arreglar la casa.
La castaña asintió.— ¡Ahí estaré!
Y después de dejar los billetes sobre la barra, Regina salió de la cafetería con su cena en mano y un sentimiento de satisfacción acumulándose en su interior pero esta vez, a diferencia de la satisfacción que le daba molestar a las personas, era de saber que por fin pertenecía a un lugar, que era aceptada y querida.
