CAPITULO 3.

¡Holaaaaaa! Me parece que me retrasé un día, pero es que como ya estoy en la escuela, ¡mis días han estado de locos!

Espero lo disfruten, nuestras amadas señoritas ya se conocen, pero ¿se reencontrarán? ¡Recuerden dejarme sus comentarios, me gusta saber si les va gustando la historia! Y si quieren hablar conmigo pueden mandarme PM o mi Tumblr es: jerriesdaughter o ya en todo caso twitter que es: fixmepesy

Nunca olviden que Swan Queen es endgame, ¡VIVA LA SWAN QUEEN!


Regina

Un susurro la levantó. Lentamente fue abriendo los ojos y se fue enderezando, escuchando los huesos de su espalda crujir. Gruñó; odiaba que la despertaran.

— Regina —escuchó con claridad y rápidamente terminó de abrir los ojos, notando que no sólo se había quedado dormida, pero lo había hecho en el estudio de su casa. De ahí que le doliera el cuerpo.

Volteó y se encontró con un par de ojos entre verdes y azules mirándola sonrientes.

— ¿Mary Margaret? —preguntó en un bostezo— ¿Qué haces aquí?

La castaña comenzó a organizar los papeles que estaban esparcidos sobre su escritorio. No recordaba en qué momento se había quedado dormida, pero claro que lo había hecho trabajando en las cosas de Henry y de la ciudad.

Regina era una perfeccionista. No podía dejar pasar por alto absolutamente nada, todo su ser le gritaba que tenía que trabajar duro para ser la mejor, aunque nadie estuviese compitiendo con ella. Era, tal vez, una de las consecuencias de haber crecido con alguien como su madre.

— Son las nueve, tontita —rió suavemente su amiga—. Ruby ha ido a comprar el desayuno, viendo que no has preparado nada. ¿Trabajaste hasta tarde?

La castaña asintió y comenzó a estirarse mientras que otro bostezo abandonaba sus labios.

— Tenía que terminar esto. La comisaría no se va arreglar sola, ¿sabes? —dijo tranquila.

Mary Margaret rió. — Claro que tenías que trabajar en eso. Anda, puse algo de café.

Regina asintió nuevamente, levantándose de su asiento y sintiéndose, todavía, algo desorientada. Ambas mujeres abandonaron el estudio y caminaron hacia la cocina.

— Huh, ¿cómo entraste? —preguntó la alcaldesa cuando por fin recobró algo de coherencia.

Al entrar a la cocina, vio a su pequeño hijo sentado junto a la pequeña isla que estaba en su cocina. Henry estaba pintando felizmente mientras comía un plato de cereal.

— Henry nos ha abierto la puerta —admitió Mary Margaret—. Pero preguntó quién era antes de abrir —se apresuró a añadir, atrapando la mirada que Regina le estaba lanzando a su hijo.

— ¡Sí, eso hice! —exclamó Henry, orgulloso de sus actos— Hola, mami — el pequeño castaño la miró con una enorme sonrisa dibujada en su rostro.

— Hola, mi niño —saludó con ternura su mamá. Se acercó para abrazarlo—. ¡Feliz cumpleaños, mi corazón!

Henry rió cuando su madre comenzó hacerle cosquillas, retorciéndose entre los brazos de la castaña.

— Basta, mami —suplicó Henry—. ¡Ya soy niño grande!

Regina se detuvo y lo miró detenidamente. Cinco años parecían pocos, pero ante sus ojos Henry seguía siendo el mismo bebé que había cargado entre sus brazos cuando recién tenía tres semanas de nacido. Niño grande, decía él, pero era el bebé de Regina. Parecía como si ni un día hubiese pasado entre ellos y, aun así, la castaña le atemorizaba saber qué sería de ella para cuando él ya fuese todo un adulto.

— ¿Y los niños grandes no reciben cosquillas? —preguntó la castaña.

— Nop —dijo su hijo, marcando la última letra con los labios.

— Oh, entonces tampoco reciben juguetes —declaró la castaña—. ¿Tú qué dices, Mary Margaret?

— Tiene razón, Henry —sonrió la pelinegra, juguetona.

El pequeño niño se quedó pensativo un par de segundos, apretando los labios y entrecerrando los ojos dejándolos viajar entre su madre y Mary Margaret.

— No dije que fuera tan grande —contestó al fin, haciendo reír a ambas mujeres.

— Bueno, eso podemos arreglarlo ¿no es así? —sugirió Regina, quitando el puchero que estaba haciendo su hijo— Ahora, mami irá a darse una ducha y después regresará para empezar a organizar todo. ¿Podrías...

— ¡¿Haremos el pastel?! —preguntó con felicidad su hijo.

— El pastel ya está comprado, Henry...

— Pero mami... —el castaño comenzó hacer ese puchero que hacía que su madre cayera a sus pies, abriendo mucho los ojos y mordiéndose el labio inferior.

Pero —lo detuvo la castaña— podemos hacer cupcakes si prometes ser bueno con la tía Mary Margaret mientras tomo una ducha, ¿qué dices? —Henry comenzó asentir frenéticamente y Regina le sonrió— ¡Ese es mi chico! —chocaron las palmas y pronto la castaña miró a su amiga— ¿Podrías cuidarlo? Prometo no tardarme.

— No te preocupes, sirve que voy poniendo los cubiertos en la mesa —le sonrió la pelinegra—. Ese niño te manipula muy bien —dijo riendo levemente.

Regina miró a Henry. — Lo sé.


La gente entraba y salía de su hogar una y otra vez.

Como siempre, la alcaldesa quería brindarle a su hijo el mejor cumpleaños de todos haciendo de su fiesta de celebración la mejor, esmerándose más que el año anterior.

Este año, Henry se había interesado mucho por los superhéroes, así que había hecho la fiesta del mismo tema. Por lo mismo, tomando en cuenta la cantidad de servicios que había contratado, la gente entraba y salía del lugar.

— Wow, poco falta para que hagas magia —comentó Ruby, entrando en la cocina y depositando una bandeja llena de bocadillos.

Regina le sonrió. — Todo por Henry.

La castaña asintió y se inclinó sobre el mesón donde Regina estaba trabajando. Henry había ido rápido a lavarse las manos y Regina aprovechaba para seguir trabajando en los pequeños pastelitos que le había prometido a su hijo aquella mañana.

— ¡No toques! —exclamó Regina en cuanto vio las intenciones de Ruby. La joven castaña hizo un puchero— Ugh, bien. Uno —sucumbió rápido al puchero que hacía su amiga—. ¿Te has estado juntando con Henry?

— Tal vez —dijo Ruby, desinteresada.

Regina la miró fugazmente mientras la castaña le daba una lamida a su pastelito, la acción seguida de una mueca de placer.

— ¿Está bueno? —preguntó Regina.

— Como todo lo que haces —confesó Ruby.

— ¡Mami! —Henry entró corriendo a la cocina y pronto estiraba los brazos en dirección a Ruby para que lo ayudará a subirse en una silla junto a ella— Tengo una idea.

Su mamá lo miró curiosa y al mismo tiempo algo temerosa. Dios sabía que las ideas de Henry solían ser demasiado creativas, poniendo la creatividad de Regina en un hilo porque siempre quería complacer a su pequeño hijo.

— ¿Y cuál es esa idea, hombrecito? —preguntó Ruby, notando la pequeña mueca de Regina.

— ¡Chispas de chocolate! —exclamó.

Ambas mujeres se miraron entre ellas y luego fruncieron el ceño. Miraron al pequeño con cierta confusión brillando en sus ojos.

— ¿A qué te refieres, mi corazón? —preguntó Regina.

— Que necesitamos chispas de chocolate para los cupcakes, sabrán mejor ¿no?

Regina lo miró incrédula, era lo más cercano a la idea más normal que había tenido su pequeño hijo. Pero rápido supo que debía actuar de inmediato, antes de que Henry quisiera arreglar la idea y entonces sí, agregar algo totalmente imposible.

Comenzó buscando en las alacenas, pero pronto realizó que aquel tipo de dulces no tenía. Regina siempre alimentaba saludable a Henry, así que era impresionante cuando lo dejaba comer dulce. Por lo que no, no tenía ni un pequeño bote de chispas de chocolate o de algo que se pareciera.

— Henry —su hijo la miró sonriente y ella se maldijo internamente. Era débil por Henry, demasiado, y más si era el día de su cumpleaños, que era cuando más quería complacerlo—, iré a comprar un bote de chispas, ¿de acuerdo? Ruby... —alzó la mirada y la joven castaña asintió, sonriéndole mientras la miraba con cierta desaprobación y al mismo tiempo algo burlona— Tú y la tía Ruby cuiden los que están en el horno, no me tardaré ¿de acuerdo?

Ambos castaños asintieron y Regina suspiró. Salió de la cocina y le pidió a Mary Margaret que se hiciera cargo de todo mientras ella iba a buscar las chispas de chocolate de su hijo, la pelinegra, que había estado hablando por teléfono, asintió y pronto Regina salía de su casa.

Decidió caminar, la acción le ayudaba aclarar la mente y tampoco era el pequeño supermercado le quedara tan lejos.

Sus tacones repiqueteaban en el asfalto y Regina se concentró en el sonido que emitían, dejando que su cuerpo se relajara un poco del estrés que la noche anterior y aquella mañana le habían abrumado. Cuatro calles después, Regina ya entraba en el pequeño supermercado.

Vio al señor Clark, mejor conocido como Sneezy, estaba detrás del mostrador y en cuanto vio que la alcaldesa entraba le ofreció una sonrisa. Regina no pudo más que regresársela.

La castaña buscó rápido, y no pudo evitar llevar algunas cosas más que sabía le hacían falta. Incluso se sintió con ánimos de preparar lasaña pronto que no hizo más que comprar los ingredientes. Para cuando llegó al mostrador, una rubia le daba la espalda y notó que el tiempo se le había pasado rápido y que tal vez había tardado más de lo que debía.

— Gracias —escuchó a la rubia decir, y Regina hizo una mueca intentando recordar a quién pertenecía la voz.

Dio un paso hacia delante y la rubia, descuidadamente, dio la vuelta chocando con la alcaldesa.

— ¡Dios, lo siento! —exclamó la rubia sorprendida.

— Ten más cuidado a la siguiente, queri... —la voz de Regina se fue apagando cuando se encontró con unos no-tan-familiares-pero-inolvidables ojos verdes— ... da. ¿Qué haces tú aquí?

La rubia rodó los ojos. — ¿Yo? Tú me debes estar siguiendo, ¿acaso te mandaron mis padres? ¿El niño era una trampa?

— ¿Tus...? ¿El niño...? —Regina hizo una mueca de confusión— ¿Qué?

— Me escuchaste, ¿me estás siguiendo? —preguntó Emma, irritada.

— No, la pregunta aquí es ¿tú me estás siguiendo? —replicó Regina frunciendo el ceño— Y luego dicen que soy paranoica con Henry —mofó.

— No hay posibilidad ni en el infierno de que estés en esta ciudad tan pequeña por accidente —insistió la rubia—. ¿Quién te mandó?

— ¿Qué? —repitió Regina con confusión— ¿De qué demonios hablas, Emma?

— ¡¿Ves?! ¡Hasta te sabes mi nombre! —dijo la ojiverde, más irritada.

— ¡Te conocí ayer! Y claramente nos has seguido, ¿y aun así te atreviste a decir que no eras ninguna psicópata? —dijo la alcaldesa entre dientes.

— ¿Psicópa...? ¿Qué? —Emma gruñó— ¡Ni siquiera sé tu maldito nombre! ¿Sabes qué? No hay tiempo para esto.

Y la rubia salió del pequeño supermercado, dejando a una Regina muy furiosa. Nadie, absolutamente nadie, podía tener la última palabra más que ella. Era casi una regla tácita en la ciudad. Su ciudad


— Hey, déjame ayudarte.

David apareció frente a ella mucho antes de que pudiera atravesar el pequeño camino que llevaba hasta la puerta de su casa. Regina le sonrió con amabilidad mientras el rubio le quitaba ambas bolsas de papel.

Tenía menos de veinte minutos para estar lista, y realmente le sorprendía haber perdido tanto tiempo en una compra que se supone sólo sería por chispas de chocolate.

David y ella cruzaron la puerta. Regina le indicó a David que dejara las bolsas en la cocina mientras que ella guardaba sus cosas en el armario. Cuando terminó, comenzó a caminar hacia la cocina, esperando terminar a tiempo.

— Debes estar bromeando —escuchó Regina detrás de ella y se congeló—. ¿Y dices que no me sigues?

La castaña giró sobre sus talones y se encontró con la rubia, que seguramente venia de la sala de estar. Entrecerró los ojos viendo a Emma frente a ella, la rubia con los brazos cruzados sobre su pecho de forma defensiva.

— ¿Qué demonios haces tú aquí? —preguntó Regina entre dientes, con una mirada llena de irritación haciendo que, por un segundo, Emma temiera por su vida.

— Una amiga me pidió que la viera aquí —explicó Emma con sequedad—. ¿Tú qué haces aquí? —le ofreció una sonrisa falsa

Regina pintó la misma sonrisa en su rostro. — Yo vivo aquí, querida.

Y la sonrisa de Emma desapareció, junto con el poco rubor que se apoderaba de sus mejillas. Regina sonrió con satisfacción.

— ¡Emma! Veo que ya conociste a Regina —Mary Margaret apareció. La rubia se sorprendió de escuchar por primera vez el nombre de la castaña, lindo—. Regina esta es Emma... —la pelinegra notó la tensión entre ambas mujeres y frunció el ceño— Swan —completó, confundida—. ¿Qué sucede aquí?

— Mary Margaret —dijo Regina con voz rasposa y la recién mencionada hizo una mueca, conocía ese tono y sólo podía significar una cosa: la alcaldesa estaba molesta—, ¿qué hace esta chica en mi casa?

— Yo... huh... Regina, ¿recuerdas que...

— Esta chica tiene nombre —dijo Emma en un gruñido.

— ... te pregunté si podía invitar a una amiga a la fiesta de Henry? —siguió Mary Margaret, notando como poco a poco el enojo se apoderaba de Regina.

Tal vez la alcaldesa ya era una mejor persona, pero eso no significaba que fuese a dejar que le hablaran en el tono en el que la rubia se había atrevido.

— Lo recuerdo —dijo Regina, sosteniendo la mirada retadora de que Emma le ofrecía—. Qué lástima que esta chica ya no sea más bienvenida en la casa, ¿cierto?

— ¿Me estás echando? —preguntó Emma, dando un paso hacia delante y su rostro recuperando el color que minutos atrás había perdido.

— Emma... —Mary Margaret la tomó del brazo, ella misma sabía que Emma estaba cavando su tumba.

— ¿No fui clara? —contestó Regina, ignorando a su amiga que claramente intentaba detenerlas— Te quiero fuera, loca psicópata, no sólo de mi casa, pero de la ciudad.

Emma abrió los ojos con sorpresa y pronto, éstos oscurecieron en ira. — ¿Disculpa? ¿Quién demonios te crees para decirme dónde puedo estar y aparte llamarme loca psicópata?

Ems... —suplicó Mary Margaret, intentando detener a Emma que no paraba de dar pequeños pasos hacia delante.

— ¿Quién me creo? —preguntó Regina con tono burlesco, dejando acercarse a Emma. Y pronto, las puntas de sus narices rozaban.

— Sí, mierda, ¿quién te crees? ¿La dueña de la ciudad? ¿La alcaldesa? —bufó Emma, cruzándose de brazos ofreciendo una pose retadora.

— De hecho, Emma... —comenzó Mary Margaret, deseando que la rubia detuviera sus ganas de confrontación.

— Tranquila, Mary Margaret —rió Regina—. Como muchas cosas que Em-ma ignora, esto sólo se le une a la lista —la suavidad de las palabras casi hizo a la rubia temblar, y Regina lo notó—. Sí, Emma, eso me creo porque eso soy.

— ¿Qué? —soltó Emma incrédula— Imposible.

— Oh, cariño, pregunta a quién quieras —rió Regina—. Todo lo que ves, me pertenece. Ahora, largo...

— ¿Emma?

Las tres mujeres voltearon y vieron a Henry salir de la cocina, con David y Ruby detrás de él.

— Hola, pequeñín —saludó Emma.

— ¿Mami? Pensé que Emma era una extraña, ¿qué hace ella aquí? —preguntó Henry, confundido.

Regina captó la mirada divertida y curiosa de Ruby antes de poder mirar a su hijo. La misma Ruby ya había resuelto el problema, al parecer.

— Y lo es, Henry —explicó Regina, recargando sus manos sobre sus rodillas e inclinándose para quedar más cerca de la altura de Henry—. Por eso, ya se va.

El castaño hizo una mueca. — ¿No te quedarás a celebrar mi cumpleaños?

— ¿Es tu...? —comenzó Emma confundida— ¡Feliz cumpleaños, Henry! —el castaño sonrió— Me encantaría quedarme, pequeñín, pero tu madre me está echando.

Regina la miró con cara de pocos amigos y Emma imitó su expresión para después mofarse. Oh no, la rubia no lo dejaría con una mala imagen.

— Henry, Emma debe irse porque es una extraña ¿recuerdas? —insistió Regina.

— No, no lo es —replicó su hijo—. Sabemos su nombre —el pequeño se giró. Quien le hubiera dicho a Henry que saber el nombre de alguien no los hacía extraños en su vida, merecía ser pateado en el trasero por Regina—. ¿Puede quedarse? ¡Andaaaaa! ¿Sí? —suplicó.

Y antes de responder, Regina maldijo a quien le hubiera enseñado los trucos para manipular a su madre.

Henry —gruñó.

— Mami, por favor.

La castaña volvió a maldecir. ¿Por qué demonios no podía plantear su faceta dura en un día como éste? Estaba mal sucumbir a los deseos de su hijo, pero ella encontraba eso un delito que al menos no podía cometer en el cumpleaños del pequeño.


Emma

La rubia se recargó en su silla y miró como la pequeña multitud de niños corría de un lado a otro. Del otro lado del lugar, dentro de la casa, estaba la alcaldesa de la pequeña ciudad que había decidido visitar, pensando que era un escape de su realidad a pesar de que había sido Mary Margaret, una de sus viejas amigas, quien lo había sugerido.

Regina se llamaba la ardiente castaña que no había podido sacar de su mente. Emma no sabía si era su lado frustrado por no ser quien triunfara en la diminuta discusión o si era que esos ojos casi miel se le habían grabado en la mente, pero la noche anterior la castaña había invadido sus pensamientos y ahora estaba ahí, frente a ella mientras agitaba los brazos frustrada.

La alcaldesa de la ciudad, la dueña del lugar... ¿En serio, Mary Margaret?, pensó la rubia mientras robaba una mordida del pastelito que Henry le había llevado.

La ojiverde sonrió en el momento que el pequeño castaño cruzó su mente. Oh dios que, si no fuera por él, Regina le habría pateado el trasero. Pero hasta Emma notó la pequeña debilidad que tenía la castaña por su hijo.

— ¡Emma!

La rubia dio un respingón y levantó la mirada, encontrándose con los ojos brillantes de Mary Margaret. Emma hizo una mueca y la pelinegra entrecerró los ojos.

— ¿Qué pasa? —preguntó Mary Margaret confundida.

— Estoy decidiendo si debo detestarte por no decirme que vendría a la fiesta de cumpleaños del hijo de la dueña de esta ciudad o simplemente dejarlo pasar —confesó Emma.

— Hey! ¿Yo tenía que saber que la habías hecho enojar un día antes y treinta minutos antes de llegar aquí? —se defendió la pelinegra y Emma bufó, pero lo dejó pasar— Pero ya hablaremos de eso.

La rubia alzó la mirada. — ¿Eh? Suena a que hice algo malo. ¡Ella me atacó! Aparte, no sé si me vaya a quedar más de dos días...

— ¿Aún eres fotógrafa? —interrumpió Mary Margaret.

Emma frunció el ceño. — ¿Qué si...? ¿Qué? —dijo confundida— Digo, sí. ¿Por qué?

— Porque hay una forma de poder arreglar las cosas con Regina —ofreció Mary Margaret.

Emma bufó. Su orgullo era muy grande como para poder pasar por encima de él y arreglar las cosas, pero ella sabía que una parte de sí misma pedía a gritos volver a, tan siquiera, confrontar a Regina.

— ¿Y qué te hace pensar que quiero hacerlo? Podrá ser la reina de Inglaterra y seguirá importándome un comino lo que ella piense de mí —dijo rápidamente.

— Pues dile eso a la media hora de miradas que le lanzabas mientras te mordías el labio, al menos debería de importarte qué piense ella de ti si lo que quieres es llevarla a la cama —regresó Mary Margaret. Y antes de que Emma pudiera abrir la boca para replicar, la pelinegra se apresuró hablar—. Pero bien, no lo hagas por ella, pero por Henry. Sabrá Dios qué pasa, pero le has agradado más rápido de lo normal y parece que él también a ti.

— Es un lindo niño —musitó—. Ya, ve al punto. ¿Qué necesitas?

— El fotógrafo no ha podido llegar, y Regina está al borde de un ataque de pánico.

— ¿Y se supone que seré yo el valiente caballero con resplandeciente armadura que salvará a la damisela? —se burló Emma— Lindo intento, pero seamos sinceras... Verla desesperada en mejor que otra cosa.

Mary Margaret gruñó y Emma quedó sorprendida.

Años atrás, Emma y Mary Margaret se habían conocido en Francia durante uno de los viajes que la rubia había recibido como regalo de parte de su abuela. Ahí, ella y la mujer habían pasado días juntas pues casualidades de la vida las había obligado a compartir habitación. Y tras ese viaje, las dos siguieron en contacto, quedando de verse seguidamente durante todos esos años –Emma habría asistido a la boda de Mary Margaret si no se hubiese atravesado con eventos familiares importantes–. Y durante todos esos años, Emma nunca había escuchado a la pelinegra gruñir y mucho menos mirarla en la forma en que lo hacía en aquel momento.

— Y yo que pensé que harías a un lado tu faceta testaruda —dijo entre dientes—. Regina tenía razón, esto fue una pérdida de tiempo. Gracias, Emma.

La rubia frunció el ceño y, antes de poder reaccionar, Mary Margaret ya se alejaba dando pasos marcados y furiosos. Emma se levantó y se quedó meditando unos segundos hasta que decidió salir a la calle. Llegó a su escarabajo amarillo y sacó todo su equipo, colgándose su amada cámara en el cuello.

¿Por qué lo hacía? Emma no sabía con exactitud; tal vez era que quería remediar su error con Mary Margaret o, lo más probable, era probarle a Regina que estaba mal.

La castaña era ardiente, sí, pero tenía el don de sacar a Emma de sus casillas. Provocaba algo en el interior de la rubia que ni ella misma lograba explicarse, pero se hacía esclava del sentir pues al menos Regina lograba hacerla sentir viva, con fuego recorriendo las venas de la ojiverde.

Entró a la casa y caminó hacia Regina, Mary Margaret y otra castaña – linda, también– que Emma no tenía el privilegio de conocer.

—... Regi, todo va a estar bien. Existen los celulares, ¿sabes?

La desconocida castaña tomó la mano de Regina, y con el pulgar hizo círculos sobre la mano de ésta. Emma se sintió extraña, viendo con sequedad ambas manos interactuar.

— Pero la calidad... —la alcaldesa lucía más que frustrada. Al parecer tener recuerdos físicos de la fiesta de su pequeño hijo de, ahora, cinco años era demasiado importante para ella— Creo que haré que le corten la cabeza a Killian, cómo se le ocurre hacerme esto ahora —gruñó, y Emma sonrió.

Dio un paso y se aclaró la garganta. — Suerte que soy fotógrafa, ¿cierto?

— Señorita Swan —dijo Regina, endureciendo la mandíbula. Miró a Mary Margaret— ¿No habías dicho que te dijo que no? —cuestionó para después volver a ver a Emma, indiferencia brillando en sus ojos.

— Así fue, pero...

— La gente cambia de opinión, Regina —dijo Emma tras rodar los ojos—. Tómalo como un favor, no te voy a cobrar —comentó y le guiñó el ojo con cinismo.

— ¡Salte de mi casa! —exclamó la alcaldesa, sintiéndose furiosa con Emma.

A pesar de que Emma sabía que la había provocado, no pudo más que sentirse ofendida. ¿Qué demonios le pasaba aquella mujer?

— Esto me pasa por querer ayudar —gruñó—. Bien, ¿no quieres mi ayuda? Perfecto. Quédate con tus cámaras de celular y su mala calidad, Regina.

— Tal vez eso haga —replicó la castaña—. Y es...

— Regina, yo creo que deberías de aceptarlo —se apresuró a decir la otra castaña—. Es lo mejor que tenemos.

— Y lo mejor que tendrán porque apuesto a que tu fotógrafo es un fiasco a mi lado —dijo Emma, con el ego por los cielos, aunque ella misma dudaba de su ser.

Regina lo meditó. La alcaldesa se mordió el labio y pasó sus dedos por su barbilla. Después su penetrante mirada pasó de la castaña desconocida a Mary Margaret, y de la pelinegra.

— Bien —dijo por fin—. Hazlo, por favor —Emma sonrió con picardía y Regina tuvo que rodar los ojos—. Pero te voy a pagar, no me gusta deberle nada a nadie.

— Ya veremos eso, Regina —dijo Emma, sonriendo. Comenzó a sacar una de sus memorias limpias.

— Oh, y señorita Swan... —dijo Regina haciendo que la rubia alzara la mirada, un tanto confundida— Es alcaldesa Mills para ti.