CAPÍTULO 5
¡Holaaaa! Lamento haberme atrasado un día, la verdad es que esto debió haber estado desde el sábado en la noche pero estaba de fiesta y ayer estaba demasiado cansada como para pensar. Yep, aunque no lo crean (yo tampoco lo hago) tengo una vida social.
Espero disfruten el capítulo, me parece que salió un poco más largo que el anterior. Tal vez esté un poco aburrido pero siento que es necesario porque Emma y Regina se van conociendo, se detestan las señoritas pero algo en su interior les grita que las dos no son tan diferentes como les gustaría admitir.
¡Por favor comenten algo! La retroalimentación me es necesaria, quiero saber qué piensan. También recuerden que estoy en tumblr ( jerriesdaughter) y Twitter (fixmepesy) por si quieren platicar o preguntar cualquier cosa.
¡Muchas gracias por su apoyo! Disfruten, ¡y hasta la próxima!
Regina
Se sentía conmocionada. Sus movimientos robóticos eran señal de que no sabía cómo actuar en aquel momento con August Booth y Emma Swan sentados en la barra americana de su cocina. Regina estaba tan aturdida que incluso había llamado a Emma por su nombre de pila y había arrastrado a ambos en el interior de su casa sin más.
— Eh, August... —la castaña lo miró y éste le ofreció una cálida sonrisa— No sabía que la señorita Swan traería compañía, ¿puedo prepararte algo?
Emma los miraba confundida, pero Regina había decidido ignorarla porque definitivamente no aclararía ella sus dudas y no sabía si August lo haría más tarde. ¿Cómo era que ellos se conocían? Sólo Dios sabía pero a Regina le importaba poco la relación que tenían esos dos.
— Regina, no es...
— No digas tonterías, sólo pide algo y lo prepararé —dijo sacando un plato para poner el sandwich de Emma— Oh y señorita Swan, no sabía qué te gustaría pero te he traído esto ¿está bien?
La rubia sonrió levemente y asintió; ella misma no sabía cómo o qué sentir así que había decidido que actuaría con indiferencia hasta que August dijera algo, porque claro que Regina no le diría nada.
La alcaldesa le pasó el plato con el sandwich y una taza de café. August le pidió uno para él y Regina se apresuró a cocinar. La castaña amaba cocinar pero en aquel momento no le calmaba ni en lo mínimo, así que hizo el sandwich para su viejo amigo y lo depositó frente a él. Después se preparó una taza de café para ella y se sentó frente a sus invitados.
— ¿No desayunarás? —preguntó August mirándola con sus brillantes ojos azules, Regina casi se sintió intimidada.
— Huh... —se mordió el labio y bajó la mirada, incapaz de continuar mirando a August porque le hacía recordar y los recuerdos en aquel momento dolían como el infierno— No tengo mucha hambre, la verdad.
Subió la mirada un poco y se encontró con un par de curiosos ojos verdes, escondidos detrás de una gran taza blanca que ocultaba una pequeña sonrisa. Regina se recuperó y en silencio agradeció la presencia de Emma. Claro que ella no lo aceptaría abiertamente porque lo último que haría sería darle la satisfacción a la rubia de saber que en aquel momento la que la detenía de caer en trozos era ella. Porque Regina sabía que la presencia de August la estaba alterando emocionalmente y si ella no había caído de rodillas ya era porque con alguien tan ajeno a su vida presente no lo haría ni aunque le pagaran. Dios, nunca lo hacía en presencia de otros o al menos no frente a quienes no eran cercanos.
Desayunaron en silencio. Regina podía notar a Emma removiéndose incomoda en su asiento, y ella misma estaría haciendo lo mismo si internamente no estuviera forzándose a guardar la calma.
August había sido algo que no se esperaba; su cabeza era una revoltura de emociones e incluso comenzaba a dolerle pensar. Se sentía asfixiada ahí con el castaño frente a ella, el cual también le lanzaba una que otra mirada esperando poder descifrar a la castaña.
Después de algunos minutos, que parecieron años, los tres terminaron de desayunar y la alcaldesa se apresuró a recoger los platos para llevarlos al fregadero. Podía sentir su espalda arder con ambas miradas puestas en ella, pero decidió ignorar todo y comenzó a lavar los trastes sin más.
August se aclaró la garganta.— Huh, comenzaré a bajar las cosas del camión ¿vale? —Regina volteó, no muy segura de a quién le hablaba el ojiazul.
— Te ayudo —dijo Emma, saltando se su asiento.
— ¿Cosas? —preguntó Regina, confundida. Miró a August y después a la rubia, y casi sonrió al ver como la señorita Swan se encogía en su lugar bajo su mirada.
— Eh... —August titubeó— Yo comenzaré y dejaré que Emma te explique.
El castaño pasó junto a Emma y le depositó un beso en la frente, haciendo que la rubia sonriera levemente y que Regina desviara la mirada sintiéndose incomoda. ¿Tal vez eran pareja?
Después de unos segundos la alcaldesa se aclaró la garganta para llamar la atención de Emma, quien se había quedado mirando hacia la dirección donde había desaparecido August. La ojiverde se sentó de nuevo y se inclinó sobre la barra poniendo ambos codos sobre ella y mirando a Regina.
— ¿Cosas? —repitió la castaña, recobrando un poco esa hostilidad que tenía hacia Emma— ¿Te ofrezco una habitación y planeas mudarte? Comprendo que Mary Margaret y David son algo absorbentes pero...
— Regina, sabes que no son esas cosas —rió con sequedad Emma, rodando los ojos ante el comentario de la castaña.
— Por enésima vez, es alcaldesa o señorita Mills para ti —gruñó Regina.
Emma suspiró, sabía que la calma que había guardado Regina se evaporaría rápido pero no tanto. Se lamió los labios y dio un sobro a su café.
— Bien, su majestad —dijo sonriendo socarronamente—. Necesito material para trabajar y le he pedido a August que trajera algunas cosas desde mi lugar de trabajo ¿vale? Son pequeñas cosas pero trajo una mudanza porque les he traído un obsequio a Mary Margaret y David también. Aparte, si convertiremos una de tus habitaciones en un cuarto oscuro... Bueno, hay ciertas reglas que debo seguir ¿está bien? Será algo improvisado, nada que no podamos quitar al terminar.
Regina la miró sorprendida y asintió para después desvió la mirada, escondiéndose detrás de su taza de café. Emma rió.
— ¿Qué encuentra tan gracioso, señorita Swan?
— Por enésima vez, es Emma para ti —rió la rubia imitándola.
Regina rodó los ojos y se preparó para responder el comentario de Emma pero August apareció con tres cajas y las miró.
— Faltan dos —anunció— ¿dónde puedo poner estas?
— Al pie de la escalera, por favor —le dijo Regina y dejó su taza de café sobre la isla que había en medio de su cocina.
August asintió y volvió a salir. No fue hasta después de dos minutos que ya se encontraba de nuevo en el interior de la casa.
Los tres estaban ya al final de la escalera y un silencio denso cayó sobre ellos. Regina casi quería llorar, odiaba sentirse así de incomoda y emocional. Todo era culpa de August, pensó.
El castaño se rascó la nuca y después de inhalar profundamente y de haber mirado a la rubia y a la castaña, dijo.— Señoritas, tendré que dejarlas. Manejé toda la noche y buscaré un lugar donde dormir...
— ¿No me vas ayudar? —saltó Emma rápidamente, no estando muy segura de ya querer quedarse sola con Regina.
— Puedes usar una de las habitaciones... —comenzó Regina al mismo tiempo.
Los ojos azules de August viajaron nuevamente entre ambas mujeres y encogió los hombros mientras negaba con la cabeza.
— No y no —respondió—. Sabes que soy malísimo cuando trabajo de tu ayudante, no es mi área —dijo mirando a Emma y después miró a Regina, la alcaldesa sintió como su corazón se detenía por un segundo y como se formaba un nudo en su garganta—. Regi... —dio un paso hacia delante y la castaña ni siquiera se inmutó cuando August acarició su mejilla levemente— no me puedo quedar hoy, pero... ¿Estaría mal si me invito a cenar? Sabes que...
— Sí —cortó Regina, rápido recordando que Emma seguí ahí. August alzó una ceja.— Digo no, no estaría mal. ¿Hoy a las ocho? — el castaño asintió —. Bien, bien.
August dio otro paso titubeante y luego se inclinó para plantarle un suave beso en la frente a Regina, haciendo que la castaña cerrara con fuerza los ojos.— Te veo más tarde, ¿de acuerdo? —la alcaldesa asintió, sintiéndose incapaz de decir algo.
Después de despedirse de Emma, quien se había estado removiendo incomoda en su lugar, August abandonó la casa dejando a ambas en un silencio total.
Regina no quería mirar a la rubia, pero tampoco le gustaba sentirse débil bajo la mirada de otra persona porque eso no le pasaba a ella. Cora le había enseñado a Regina a siempre tener la mirada en alto y hacer sentir pequeño al que estuviera enfrente, pero en aquel momento Regina no quería sentirse así sólo necesitaba respirar y poder sentirse humana porque llevaba toda la vida pretendiendo poder pararse y fingir que todo estaba bien cuando no lo era. Tampoco era que pudiera hacerlo frente a Emma.
— ¿Podrías...
Regina alzó la mirada se encontró con esas dos orbes verdes mirándola con curiosidad. La alcaldesa se aclaró la garganta; quería dejar que todos sus sentimientos salieran y resguardarse en los brazos de alguien pero ese alguien no era Emma Swan y ese no era el momento.
— ¿El sótano te funciona o quieres una habitación más pequeña? —preguntó la alcaldesa recobrando la compostura. La rubia asintió.— Bien, sígueme —se inclinó y tomó una de las casas, tambaleándose un poco por el peso de ésta.
— Regina...
— Alcaldesa Mills —gruñó entre dientes.
Emma suspiró.— Bien. Alcaldesa Mills, no es necesario que me ayudes —dijo inclinándose para tomar dos cajas y empezar a cambiar detrás de Regina.
— Tal vez no, pero detesto esas cajas en el pie de la escalera.
Emma abrió la boca para responder, pero de inmediato supo que era mejor cerrarla porque en aquel momento todo era más que unas feas cajas estorbando en las escaleras.
Emma
La rubia se tiró en el suelo después de tres horas de estarse moviendo por todo el sótano. Impresionantemente el lugar había estado impecable así que fue fácil empezar a montar todo lo que necesitaba siguiendo el mapa que había hecho ella misma del cuarto rojo en Manhattan.
Estaba exhausta pero estar trabajando la había prevenido de estarle dando vueltas al tema de Regina y August. Pero ahora estaba sentada, dándole un largo trago a la limonada que Regina le había bajado –cosa que sorprendía pues pensó que tendría que hacer una pausa para salir a comprar algo pensando que Regina la mataría de sed– era cuando las preguntas comenzaban arremolinarse en su mente.
¿Desde hace cuanto Regina y August se conocían? ¿Habían sido pareja? ¿Mejores amigos? Tal vez eran familia. ¿Por qué lucían como si hubieran perdido algo importante en sus vidas? Y la mejor de todas, ¿qué tan cercano era August para poder acercarse así a alguien de piedra como Regina?
A la rubia la estaba comiendo viva la curiosidad, pero si intentaba hablar con Regina esa pequeña paz que August había establecido al dejarlas conmocionadas, desaparecería sin más.
Escuchó el repiqueteo de un par de tacones. Alzó la mirada y primero se encontró con las lindas piernas de Regina y la rubia se dejó divagar pensando en el delicioso final al que llevarían. Al final del día, Emma aceptaba que Regina era atractiva – demasiado que hacía a Emma perder la cabeza– y que de no tener ese carácter tan retador como el que la castaña poseía, Emma ya estaría escalando hacia su cama.
La alcaldesa apareció y miró a Emma alzando una ceja.— ¿Te estoy pagando por descansar?
— Ya casi termino, sólo estaba tomando un respiro —comentó Emma con una sonrisa cínica— ¿Puedo ayudarle en algo, su majestad?
Regina la miró intensamente unos segundos, meditando la situación. Después tomó aire y la miró.— Saldré a comprar unas cosas y no confío en que te quedes sola. Vendrás conmigo.
Si se pudiera, la mandíbula de la rubia habría caído hasta el suelo como vil caricatura. ¿Cómo era que semejante mujer, hermosa como si fuera hija de la Diosa Afrodita, la trataba de aquella forma?
— Es broma, ¿no?
— No, señorita Swan. No es broma —dijo seca— Así que vámonos, no tardaré. Aparte, necesito que alguien cargue las cosas —comenzó a subir las escaleras y Emma iba detrás de ella, deleitándose con el trastero frente a sus ojos.
— ¿Oh? ¿Ahora soy tu mozo o algo? —preguntó— No soy Robin para estarte besando el trasero, ¿sabes?
La castaña se detuvo y Emma estuvo a nada de que su rostro chocará con el trasero de la alcaldesa; ¿qué tan malo sería? Porque hasta ese momento Emma sólo encontraba ventajas.
— ¿Disculpa? —la castaña se giró y luego se inclinó para poder quedar a la altura de Emma. La rubia comenzó a maldecirse internamente— Creo que no te escuché bien.
— Oh, pero lo hiciste —sonrió la rubia, socarrona—. Si tanto quieres a un burro de carga, estoy segura de que el señor Locksley te ayudará con gusto.
Regina abrió la boca con sorpresa, en sus ojos brillaba lo mucho que quería discutir con Emma en aquel momento y eso hacía que la ojiverde sonriera satisfecha.
— Eres una... —las palabras se quedaron atascadas en su garganta y la rubia sonrió.
— ¿Disculpa? ¿Qué dijiste? —Emma puso su mano detrás de su oreja y se acercó.
— Idiota —musitó Regina.
— ¿Qué? ¿Podrías repetirlo? —se burló Emma, viendo esto como una oportunidad de escuchar a la alcaldesa decir malas palabras.
La castaña retrocedió y luego tomó aire profundamente. Le sonrió falsamente a Emma y luego comenzó a caminar.
— Vamos, señorita Swan, no tengo todo el día.
Emma gruñó.
Llevaban fácil cinco minutos decidiendo qué sabor de gelatina llevar y si el contenido de azúcar afectaría a Henry. ¡De verdad que no era tan difícil!
— Regina —comenzó Emma y la castaña se aclaró la garganta—. Bien. Alcaldesa Mills, su majestad, su alteza... —continuó la rubia y notó como Regina rodaba los ojos, provocando que una sonrisa socarra o se plantará en los labios de la ojiverde— ¿De verdad controlas hasta el azúcar de tu hijo? — Loca, dijo mentalmente y rió internamente.
— No sé qué clase de infancia haya tenido usted, señorita Swan, pero podría apostar que una muy descontrolada. Mi hijo tiene que crecer en un ambiente sano, no quiero perderlo a los cuarenta años gracias a un coma diabético —informó Regina sin darse cuenta de que la mención de la infancia de Emma había provocado que los ojos de la rubia se tornaran oscuros y apretara los puños hasta casi ponerlos blancos. Oh, la castaña había tocado un tema sensible sin saberlo.
A Emma le gustaría decir que no, pero sí tuvo una infancia descontrolada y no porque ella quisiera. Eso era diferente. Había vivido a base de chocolates y panecillos dulces gran parte de su vida, pues las familias con las que había estado desde pequeña poco se preocupaban más que por el cheque. Y ella, desde temprana edad, se había visto en la penosa necesidad de tener que robar tan siquiera algo para llenar su pequeño estomago. De nuevo, agradeció haber encontrado a la familia Swan; tal vez la habían adoptado para llenar un vacío pero ahí había encontrado sábanas limpias y cinco comidas al día pues su madre era estricta con la buena alimentación, aunque su abuela siempre la dejaba escaparse con ciertos gustos dulces.
La memoria de su abuela hizo que se le nublara la mirada y, pronto, Emma se encontraba sacudiendo levemente la cabeza para deshacerse de todo ese mal sentir que se había acumulado gracias a tan tristes –pero buenos– recuerdos.
— Es un niño, Regina —dijo Emma y esta vez ignoró el gruñido de la alcaldesa. ¿Qué más podía decir? Si era verdad que ya era casi un hobby molestar a la castaña.
— Un niño que, si bien recibe unos cuantos dulces para aliviar esas ganas de alta cantidad de azúcares, está aprendiendo a llevar una vida saludable —entonces Regina eligió una gelatina de fresa light, porque aún con todo se resistía a llevar tanta azúcar a su casa.
La rubia rodó los ojos y continuó empujando el carrito del supermercado que ya iba algo lleno.
No lo aceptaría abiertamente, pero el hecho de que Regina la hubiese arrastrado con ella para hacer las compras había despejado un poco a Emma y la había relajado. De todas formas ya faltaba poco para terminar la instalación y tal vez mañana podría empezar, pero realmente no es que tuviera mucha prisa en hacerlo.
— ¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó Emma cuando entraron al pasillo de los cereales.
— Estoy segura de que acabas de hacer una, querida —comentó la alcaldesa sin mirarla—. Y no —arrugó la nariz y Emma se encontró pensando que Regina se veía tierna.
¿Regina tierna?, se mofó en su interior, esa mujer es como una pantera negra al acecho ¿y yo creo que es tierna?
— De todas formas la haré —dijo ofreciendo una sonrisa abierta.
— No veo el punto de preguntar si puedes hacerla, entonces —musitó la castaña, prestando más atención a los cereales y algo le decía a Emma que se llevarían aquí un buen rato eligiendo el mejor para Henry. La rubia quiso quejarse.
Se recargó en el carrito, poniendo sus brazos sobre la barra y sacando un poco el trasero para poder recargar su barbilla sobre sus brazos. Titubeó unos instantes, contemplando si realmente valía la pena hacer aquella pregunta pues al final del día ella y Regina eran unas completas extrañas, pero la curiosidad la estaba matando.
— ¿De dónde conoces a August? —soltó tan rápido que cuando terminó dio una bocanada de aire.
La alcaldesa, que había estado paseando su dedo índice por las cajas de cereal y leyendo con determinación, se detuvo sin siquiera atreverse a mirar a Emma.
— ¿Disculpa? —contestó y la rubia supo que había sido escuchada, pero Regina se rehusaba a contestar y que prefería fingir que no lo había hecho. Oh, la rubia había usado tanto aquella técnica.
— Pregunté que de dónde conoces a August —repitió la rubia, siguiendo el juego de la castaña—. Ya sabes; alto, castaño, brillantes ojos azules y realmente atractivo. Podría ser mi tipo — de no gustarme las mujeres, continuó mentalmente. Regina no tenía que saber eso, aún.
No era que a Emma le avergonzara su preferencia sexual, de hecho se sentía muy orgullosa de ser homosexual – a su parecer no había mejor creación que la mujer, era lo más bello del mundo –, pero no toda la gente veía de buena forma a los homosexuales. Pleno siglo veintiuno y no todos sabían aceptar que la diversidad siempre había existido, que no era algo nuevo y que tampoco era algo fuera de lo común. Tampoco era que le importará qué pensara Regina de ella, pero había sufrido la suficiente discriminación para querer evitarla a toda costa.
— ¿Oh? ¿Acaso son pareja? —respondió Regina alzando una ceja, dejando caer una caja de Froot Loops y una de Cheerios en el carrito y tirando levemente de éste para que Emma supiera que debían continuar.
La rubia se enderezó y siguió a la alcaldesa.— ¡Pregunté primero!
— Pues así como no es de mi incumbencia, y mucho menos de mi interés, tu vida amorosa —comenzó la castaña deteniéndose frente a las barritas de cereal para después agarrar una caja de brownies de Special K—, mi relación con el señor Booth no es la tuya —finalizó.
Continuaron caminando, la rubia iba maquinando alguna forma de conseguir la información en aquel momento pues estaba segura de que no vería a August hasta al día siguiente y si algo definía a la ojiverde era su extrema curiosidad. Bien decían que la curiosidad mató al gato, pero a Emma le gustaba creer que realmente tenían nueve vidas.
— No somos pareja —comentó después de unos minutos en silencio.
— ¿Disculpa? —Regina la miró fugazmente para después seguir recolectando lo que, Emma pensó, serían ingredientes para lasaña. Tampoco era que la rubia fuera una experta en la cocina, sólo sabía hacer un par de cosas sin tener que incendiar el lugar.
— August y yo —aclaró—, no somos pareja. Nos conocemos desde hace unos cuantos años, él era... —un nudo se apropió de la garganta de la rubia. Era. Tiempo pasado. Ya no estaba su abuela. De nuevo su vista se nubló, y otra vez Emma sacudía la cabeza— Era cuidador de mis abuelos, por eso nos volvimos buenos amigos.
Regina la miró, y Emma casi pudo jurar que la castaña vio a través de ella pues aquel brillo –fugaz, claro está– de simpatía en sus ojos le hizo creer a la rubia que –por un segundo, tal vez– la alcaldesa había atrapado el sentir de la rubia y que entendía.
— Ya veo —comentó Regina rompiendo la efímera conexión entre ellas—. Gracias por compartir información no requerida, señorita Swan.
— Oh, pero preguntaste —dijo sonriendo—. Y ahora debes responder la mía.
— No, no debo —dijo la alcaldesa, a la defensiva—. Tú respondiste porque quisiste, no significa que yo deba hacerlo.
Emma se mordió el labio inferior; Regina aveces podía ser totalmente infantil, no se necesitaba conocer a la castaña de años para averiguar eso. Tampoco significaba que la alcaldesa dejara de hacerlo con clase; si algo poseía la mujer frente a ella era eso: clase. El título de reina no le quedaba tan mal, después de todo. Era algo más como una Reina Malvada, pero reina al final del día.
— Pero esto es como un trueque, su majestad —explicó Emma empujando el carrito, yendo ya hacia la caja. Gracias Dios, pensó—. Estoy segura de que está familiarizada con ese tipo de negociación, era del neolítico me parece.
— ¿Me estás llamando vieja? —preguntó Regina, alzando una ceja y mirando directamente a los ojos a Emma.
— Te estoy llamando anticuada —aclaró—; tengo la impresión de que no eres de este siglo o del pasado, en su defecto —sonrió tranquila.
— Exageraste un poco, me parece —contestó rodando los ojos y comenzando a sacar las cosas del carrito. Emma ayudó.
— Bien, de todas formas sabes qué es un trueque y quiero mi paga.
La castaña la miró por un par de largos minutos, contemplando la idea de contarle a Emma. La rubia era una total extraña, por lo mismo no importaba qué pensara de ella o qué supiera. Pero tampoco era que Regina divulgara su vida personal a cualquiera.
— Somos viejos amigos —dijo seca.
Emma definitivamente no estaba satisfecha.— Eso lo noté —dijo, viendo como el cajero pasaba las cosas y fingiendo que no escuchaba, pero la expresión de sorpresa que bailaba en sus facciones le decía que seguramente nadie le hablaba de aquella forma a la alcaldesa a menos de que fueran amigos como Mary Margaret, y eso tampoco creía seguro—, pero eso no fue lo que pregunté. ¿De dónde lo conoces?
Regina ofreció su tarjeta de crédito para pagar, ignorando olímpicamente a la insistente rubia. Emma decidió esperar mientras la veía firmar el ticket de compra y lo regresaba. Entonces, siguió empujando el carrito que ahora llevaba todas las bolsas con las recientes compras.
— ¿Entonces? —preguntó cuando salían del lugar para ir directo al estacionamiento.
Regina se detuvo y suspiró; si quería sacarse a Emma del cabello tendría que contestar con algo que la dejara satisfecha y que la hiciera sentir cómoda al mismo tiempo.
— Fue en la universidad —comenzó ella—, yo estaba estudiando en Boston y él era mejor amigo de mi prometido —hizo una pausa y la rubia casi juró que los ojos de la castaña se nublaban— ex-prometido —corrigió, aclarándose la garganta—, éramos siempre los tres y nos volvimos grandes amigos. Perdimos contacto cuando Daniel murió, supongo que los dos estábamos demasiado tristes como para querer vernos y saber que faltaba una pieza de la unión.
Emma procesó la información, poco a poco uniendo las piezas del rompecabezas y supo que había provocado el mismo sentimiento que ella estaba evitando: pérdida. Regina había perdido a su prometido, y August era el recordatorio de eso.
— Regina, yo... —comenzó cuando chocó con alguien. Alzó la mirada y se encontró a un atractivo ojiazul que, si bien le lanzó una mirada fugaz de enojo, le sonrió coquetamente— Lo lamento —comentó frunciendo el ceño cuando notó que Regina ya huía con las llaves del auto en mano.
— Yo no —rió el hombre frente a ella—, no todos los días encuentras algo tan atractivo en este pequeño pueblo. ¿Cómo te llamas, corazón?
Emma quiso rodar los ojos; si bien estaba acostumbrada a terribles comentarios de coqueteo de parte del sexo opuesto, no significaba que fuera de su agrado o devoción.
— Emma Swan —respondió cortante, sintiendo la necesidad de ir tras la alcaldesa pues por más que quisiera negárselo en aquel momento ella sí simpatizaba con la castaña. Emma sabía lo que era perder a alguien y tener un recordatorio constante de que estaría vacía el resto de su vida— ¿Y tú eres?
— Oh, ¿eres la Emma Swan? Ya sabes, la talentosa fotógrafa que Louis Miramar aduló tan insistentemente —Emma asintió, sorprendida de que alguien en aquel pequeño pueblo supiera de ella. Si la rubia era famosa por su estatus social, nunca hacía referencia de ello porque no le importaba—. Soy Killian Jones, fanático de tu trabajo.
— Oh, ¿eres el Killian Jones? Ya sabes, el fotógrafo que cobra una fortuna por un trabajo al cual no asistió —se burló la rubia. Killian alzó la ceja—. Cubrí tu trabajo en el cumpleaños de Henry Mills, vaya profesional.
El pelinegro ruborizó y se rascó la nuca. Emma sonrió satisfecha.
— Me encanta tu trabajo y tu técnica... —dijo intentar desviar el tema. Pero Emma no lo dejaría tan fácil.
— Me gustaría decir lo mismo, pero déjame darte un consejo —se inclinó un poco— si vas a cobrar tanto por un trabajo, mínimo hazlo. Nunca dejes a una dama esperando, no llegarás lejos así.
— Es un pueblo pequeño, y el trabajo no llueve del cielo como en Nueva York ¿sabes? —se defendió y Emma quiso rodar los ojos por segunda vez.
— Pues si es así, con más razón nunca dejes esperando a alguien —señaló a la castaña que la esperaba ya en el auto con la cajuela abierta—. Suerte que fui su salvadora y mejor aún, no requiero ni un centavo por un trabajo que cuando mucho valdría quinientos dólares —movió el carrito—. Ahora, si me permites, seguiré mi consejo y no dejaré esperando más a la dama de allá. Fue un... —hizo una pausa y plasmó una sonrisa falsa en su rostro— placer, Killian.
Y se alejó de ahí, dejando a un pelinegro boquiabierto pero pensando que tal vez se había topado con la mujer más extraordinaria. Sin saber que aquella mujer por lo mismo estaba fuera de su liga, o de su preferencia en todo caso.
La rubia se acercó a la castaña y Regina la miró con una ceja alzada. La ojiverde le ofreció una pequeña, pero genuina, sonrisa.
— ¿Qué fue todo eso? Los lácteos tienen que llegar a mi refrigerador sirviendo, señorita Swan —comentó Regina, sabiendo perfectamente con quién hablaba Emma y, por la mirada que había lanzado la rubia, teniendo una idea de qué había dicho.
— Oh ya sabes, me encontré con tu fotógrafo. Sentí la necesidad de agradecerle por cederme su trabajo, de otra forma no podría estarte molestando ¿sabes? —dijo encogiéndose de hombros.
— Gracias —murmuró Regina, algo tan bajo que por poco Emma no atrapa la palabra.
— De todas formas, ¿pensé que querrías tener una que otra palabra con él? Después de todo, no me plantaron a mí —la rubia comenzó a meter los alimentos en la cajuela y Regina hizo lo mismo.
— Y lo haré, sólo que ahora no siento la necesidad de hacerlo. Es domingo, mi día de descanso. Mañana puedo volver a torturar a una que otra alma —dijo encogiéndose de hombros.
Continuaron guardando las cosas en silencio, hasta que Emma regresó el carrito a su lugar y después se subió en el asiento del copiloto cuando Regina ya encendía el auto.
— Regina, sobre lo que dijiste... —comenzó la rubia, no muy segura de cómo o, en su defecto, qué decir.
— Señorita Swan, espero que esté contenta con la respuesta —dijo Regina con la mirada puesta en el camino, regresando a la seriedad habitual—. No planeo dar detalles.
— No los quiero — creo que ya los conozco o mínimo los imagino, completó Emma en su mente decidiendo que no era lo más inteligente por expresar abiertamente— Sólo quería decir que...
— Tampoco quiero su lastima —cortó la alcaldesa, sabiendo a la perfección hacia dónde llevaba todo aquello.
— No es lastima, sólo quería...
— Emma —Regina volvió a cortar a la rubia, dejando una vez más la idea en el aire, y detuvo el auto para mirar a la rubia a los ojos.
Las orbes cafés de la alcaldesa brillaban rogando que dejara el tema, por si el hecho de llamarla por su nombre de pila no era suficiente. Y Emma decidió que era mejor así, ella misma detestaría si alguien estuviese forzando una conversación que no quería tener ahora –o nunca, cuando más–.
Y cuando Regina estuvo segura de que el tema estaba cerrado, y le agradeció con la mirada a Emma –porque nunca lo haría en voz alta–, retomó el camino a casa.
Regina
La rubia ya había dejado su casa; Regina le había sugerido que comenzara el trabajo en una semana pues en días de trabajo la alcaldesa siempre llegaba tarde a casa y no confiaba lo suficiente en Emma como para estar rondando en la casa sola, a lo cual la rubia había insistido en que era porque quería verla y no porque no confiara en ella, ganándose una mirada irritada de la alcaldesa. Por supuesto que no se trataba de eso.
Ahora la alcaldesa se encontraba preparando la cena, dejando que su mente comenzara a divagar mientras cortaba vegetales. Henry no tardaría en llegar y estaba segura de que pequeño y adorado hijo no le daría tiempo de respirar, tampoco era que le molestara en lo más mínimo. Henry era su pequeño angelito, siempre iluminando hasta el más oscuro rincón en la mente de la castaña y haciéndola sentir mejor.
Continuó cortando vegetales cuando August Booth cruzó por su mente y tuvo que obligarse a pausar pues el pensar en August de inmediato le hacía saltar a pensar en Daniel.
No era que no le gustara pensar en su difunto prometido, la mayoría de sus mejores recuerdos eran en su compañía, pero eran esos recuerdos los que le dolían. Regina era fiel creyente de que cuando alguien te dejaba, fuera porque se iba de tu vida o porque fallecía, las personas no lloraban por su partida sino por la idea de que ya nunca más tendrían con quién elaborar tan lindos momentos.
Limpió las lágrimas que por fin había dejado escapar. Oh, August le recordaba tanto aquellos lindos momentos. Y sabía que los dos extrañaban a Daniel, lo supo cuando el castaño la había envuelto en sus brazos.
Nunca pensó que lo volvería ver; ella misma había huido después del funeral de Daniel, negándose a saber de cualquier otra persona porque no podía ni quería – en aquel momento – manejar la lastima que todas las miradas le habían ofrecido. Y si bien, le habría gustado que August se quedara con ella para los dos poder manejar juntos su más grande perdida, también había entendido que el castaño necesitaba tanto espacio como ella.
El timbre la sacó de sus pensamientos y volvió a limpiarse las lágrimas. Ese debía ser Robin con Henry y no mostraría debilidad ante su amigo, mucho menos ante su pequeño hijo.
Se lavó las manos y, tras secárselas en una toalla de manos que estaba cerca, se quitó el delantal para después dirigirse a la entrada. Respiró profundamente un par de veces antes de decidir que ya estaba lo suficientemente tranquila para recibir a su pequeño rayito de sol.
Abrió la puerta y se encontró con Robin, Roland y Henry. Los tres le sonreían amigablemente, y Robin luchó contra su necesidad de inmediato saltar a preguntarle a la castaña si se encontraba bien pues algo que Regina no podía ocultar eran sus ojos rojos, el castaño sabia mejor que eso.
— ¡Mami! —exclamó el pequeño Henry, alzando los brazos para que su madre lo llevara sus brazos. El niño había extrañado a su mamá, tanto cómo ella a él. Sólo se tenían el uno al otro, después de todo.
— ¡Mi amor! —sonrió Regina, inclinándose para levantar a su hijo entre sus brazos pero notando una vez más que su niño ya tenía cinco años y que no se estaba volviendo más ligero.
Henry le plantó un sonoro beso a su madre en la mejilla y la castaña se lo devolvió, sintiendo algo cálido apoderarse de su pecho. Su hijo le hacía tanto bien sin saberlo.
— ¿Estás bien, mami? —preguntó el pequeño castaño y Regina casi maldijo que Henry fuese tan perceptivo.
La castaña miró fugazmente a Robin, que le lanzaba una mirada curiosa, y después volvió a mirar a su hijo que también me le miraba curioso.
— Claro que sí, mi corazón —dijo dándole un pequeño beso en la nariz—. Es sólo que te extrañe mucho —entonces le repartió besos por toda la cara.
— ¡Mami! —rió Henry y tomó el rostro de su madre entre sus pequeñas manos, alejándola y sonriéndole con toda la inocencia del mundo brillando en sus aceitunados ojos— Yo también te extrañé —le aseguró el castaño devolviéndole un beso en la mejilla a su madre.
Regina lo miró unos segundos, dejando que el afecto de su hijo la envolviera. Después miró a Robin, que observaba la escena con cierta ternura; el castaño sabía lo que era tener toda la adoración de un niño.
— Robin, muchas gracias por cuidar a Henry. Espero se haya portado bien —le lanzó una fugaz mirada a su hijo.
— ¡Sí lo hice! —se defendió el pequeño.
Robin rió levemente.— Lo hicieron, no tuvimos problemas —aseguró—, incluso se comió todos los vegetales ¿no es así, Henry?
El pequeño castaño asintió frenéticamente y miró a su madre esperando una sonrisa orgullosa, y eso le ofreció Regina.
— Muy bien, mi príncipe —le dio otro pequeño beso a su hijo en la mejilla—. Huh, Robin... Lamento no invitarte a pasar esta vez —dijo sincera, después de un par de minutos—. Tengo algo de prisa y no podría atenderte como se debe.
— Está bien, de todas formas tengo que llevar a Roland a cenar pronto para que duerma temprano ¿cierto, campeón? —dijo el hombre mirando a su pequeño hijo, quien asintió levemente.
— En ese caso, que tengan buena noche —sonrió Regina.
— Igualmente —Robin le devolvió la sonrisa—. Despídete, Roland.
— Adiós, señora Mills —el pequeño se paró en las puntas de sus pies pretendiendo alcanzar a Regina, y ésta se las arregló para agacharse con su hijo en brazos permitiendo que Roland le plantara un beso en la mejilla—. Adiós, Henry, nos vemos mañana. ¡Recuerda llevar a Batman!
— Oh sí, sí —sonrió Henry—. Nos vemos, señor Locksley.
— Nos vemos, Henry. Pórtate bien —el castaño se revolvió el cabello y, después de tomar a Roland en brazos, se alejó hacia su auto.
Regina cerró la puerta y después caminó con su hijo hacia la cocina, y pronto lo sentó en un banco alto junto al mesón del centro donde había estado trabajando.
— ¿Qué vamos a cenar, mami? —preguntó su hijo, apoyando ambos codos en la superficie mientras veía como su madre se ponía una vez más el delantal.
— Tu platillo favorito —le sonrió Regina—, aunque tendrá que ser una porción pequeña porque no queremos que pase lo de la vez pasada ¿cierto? — Henry arrugó la nariz recordando cuando comió tanta lasaña que por la noche estuvo vomitando y teniendo terribles dolores en el estomago— Y, corazón, tendremos visitas ¿está bien?
— ¡¿Emma vendrá a cenar?! —exclamó su hijo y Regina quiso estrellar su rostro contra el mesón.
¿Qué demonios tenía la rubia que fascinaba a su hijo? Henry parecía adorarla y apenas la conocía.
— No, Henry. La señorita Swan no vendrá hoy —o nunca, pensó— pero vendrá alguien que estoy segura que te he platicado.
El niño se quedó pensativo unos cuantos momentos, dejando que su madre cortara más vegetales mientras éste intentaba recordar a alguien significativo para su madre.
— ¿Vendrá papá Daniel? —preguntó después de un par de minutos, provocando en su madre una punzada en el pecho.
Regina siempre le había hablado a Henry de Daniel, diciéndole que él era su papá aunque Daniel no hubiera llegado siquiera al proceso de adopción. Pero la castaña quería hacer sentir a Henry que siempre hubo una figura paterna, alguien que aparte de ella lo deseó porque así fue. Regina sabía que Daniel habría deseado y amado a Henry tanto como ella lo hacía.
— No, amor —le dijo suavemente a su hijo—. Recuerda que papá nos está cuidando desde allá arriba.
— Oh sí, que es un angelito —dijo Henry como si nada.
Regina asintió.— Exacto. Vendrá otra persona, ¿recuerdas que te conté sobre el mejor amigo de papá?
Henry volvió hacer una pausa, quedando pensante otra vez y Regina le permitió tomarse su tiempo. Su hijo era muy inteligente pero aveces sólo necesitaba tiempo para procesar todo.
— ¡Oh sí! ¿El tío bota? —preguntó emocionado su hijo.
Regina rió levemente, no podía esperar a que August escuchara su apodo. Henry le llamaba así porque decía que confundía bota con Booth, lo cual Regina no entendía pero sabía que se llamaba asociación y que era necesaria para Henry.
— El tío bota —confirmó—. ¿Quieres conocerlo?
Y en el momento que su hijo asintió, su timbre volvió a sonar.
