CAPÍTULO 6.

¡Hola! ¿Cómo están?

Ahora sí pude actualizar con tiempo e incluso un poquito antes, aparte quedó algo largo. Y es que, si me retraso es porque capítulo así no se escribe en una sola noche, ¡me llevan días!

Bien, ahora debo decirles que nuestras amadas señoritas comienzan a conocerse. Ya saben, es un camino largo por recorrer (o al menos lo suficiente para que todo sea genuino), pero nunca pierdan la esperanza.

ADVERTENCIA: ¡Hay algo de Red Queen! Lo siento, no me resistí. Tienen que aceptar que es algo sexy. ¡Pero Swan Queen es y siempre será canon! ¡No lo olviden! También hay participación de alcohol, por si les molesta el tema o algo (nada realmente serio). Drunk! Regina es de mis favoritas y, aunque aquí no la exploro lo suficiente, que sepan que habrá más.

Ahora sí, espero que lo disfruten. ¡Y hasta la próxima!


Emma

Por fin era viernes.

La rubia había planeado quedarse cuando mucho dos días, pero se había encontrado envuelta en la tranquilidad que ofrecía el aire de Storybrooke. Así que ya llevaba casi una semana en el lugar y ya tenía una rutina; por las mañanas salía a correr por el puerto y en la playa –cosa que se encontraba haciendo en aquel momento, con los audífonos puestos y a todo volumen–, y por la tarde ayudaba a Mary Margaret a cuidar a Henry –trabajo al que se había unido August, pues el castaño se rehusaba a dejar el pueblo porque había encontrado a Regina y a su nuevo sobrino–.

Regina.

Oh, la castaña también ya era algo de rutina, recogiendo a su pequeño hijo por las noches. La primera noche fue el lunes, y cuando descubrió que Henry había estado bajo los cuidados de la rubia, había salido corriendo del loft de Mary Margaret sin decir más, a lo que la pequeña pelinegra comentó que hacía tiempo que no pasaba. Después de eso, la castaña era tan cortante como podía y recogía a rápido a Henry, limitándose a hablar un par de minutos con su amiga y a discutir cinco con Emma.

Por otra parte, August parecía que no quería perderse un momento con la familia Mills –quienes le habían recibido con los brazos abiertos– y parecía ser que ahora era la persona favorita de Henry –más cuando le contaba historias del padre del pequeño castaño–.

Y Emma también había encajado a la perfección la tranquila vida del pequeño pueblo; Mary Margaret y David la trataban como si fueran familia, Henry también la traía de arriba para abajo y August... August era su mejor amigo que sólo completaba para la ecuación perfecta. Incluso Regina, a quien molestaba a diestra y siniestra, parecía ser un factor importante en la tranquilidad que abrumaba a la rubia.

No significaba que la tormenta hubiera pasado; seguía extrañando a su abuela todos los días, a todas horas, en todo momento, pero Emma había encontrado el lugar perfecto para huir mientras sanaban sus heridas porque lo mejor que podía hacer era huir, era lo único que sabía hacer de hecho.

Al llegar a casa de Mary Margaret, entró con la copia de la llave que le habían ofrecido –cosa a la que intentó resistirse, pero la pelinegra era tan terca cómo podía cuando se lo proponía– y fue directo a su pequeña maleta de dónde sacó un cambio de ropa: un par de jeans, un top blanco y su adorada chaqueta de cuero roja. Después se dirigió al baño y se dispuso a tomar una larga ducha. Para cuando salió del baño, la rubia se sentía más tranquila.

Faltaban todavía tres horas para que Henry, y por consecuencia Mary Margaret, saliera del kínder. Así que la rubia decidió que iría un rato a Granny's –lugar donde se había encontrado últimamente, creando una amistad con Ruby– a comer una deliciosa dona y a tomar cocoa con canela y crema.

Se puso rápido sus botas y tomó sus llaves para poder ir directo al pequeño y familiar restaurante.


— Ahorita veo a quién mando, corazón —decía Ruby al teléfono cuando Emma cruzó la puerta. La rubia se sentó en la barra y miró con curiosidad a la alta castaña que sostenía el teléfono en su mano derecha pegado a su oreja. Le sonrió a Emma mientras escuchaba del otro lado de la línea. — No, no es necesario que vengas. Las dos sabemos que... Sí, pero no es molestia —le pasó una pequeña libreta a Emma y una pluma para que anotara su pedido, y eso hizo la rubia— ¡Vamos, Regina! Sabemos que puedes... — ¿Regina?, Emma alzó levemente la mirada prestando ahora más atención— Oh, mujer testaruda. Está bien, sólo esta vez —resopló Ruby—. No tardaré en mandarlo, ten cuidado ¿de acuerdo? —la castaña se mordió el labio inferior— ¿Sí se hará lo de esta noche? ¡Llevas toda la semana posponiéndolo! —Emma pasó su pedido deslizando el papel sobre la barra y Ruby asintió para rápido pasarle su dona y comenzar a preparar su cocoa— ¿De verdad? Perfecto, me arreglaré en tu casa si está bien para ti y les avisaré a las demás... Bien, de acuerdo. ¡Ten cuidado y nos vemos en la noche! ¿A las ocho está bien? —le pasó su taza a Emma y luego tomó firmemente el teléfono— Siete para arreglarnos, sí. Cuídate, ¡te quiero! —apagó su celular y miró a Emma con los ojos azules brillando— ¡Hola, Swanie!

Ruby —Emma gruñó ante el absurdo apodo que le había puesto la mesera.

— Bien, bien, Swan —rió y se recargó en la barra— ¿qué te trae por aquí?

Emma resopló tras darle una mordida a su dona, se limpió la comisura de los labios y sonrió. — El aburrimiento y la buena comida que hace tu abuelita.

— Esa es una buena respuesta —comentó Granny pasando detrás de Ruby y ambas mujeres rieron.

Emma había hecho mancuerna con Ruby rápidamente; la castaña era una persona extrovertida, pero conocía sus límites y había metido a la rubia en una zona de confort de la que la ojiverde no se encontraba queriendo huir. Ruby parecía una gran amiga.

— Huh, ¿vas a salir? —curioseó la rubia, no bien sabiendo cómo sacar a Regina a la conversación. ¿Qué podía decir? Le había entrado curiosidad.

Si bien Emma había pensado en darle un par de visitas a Regina en el ayuntamiento, también era consciente de que la castaña era la alcaldesa y podría meter su trasero en la cárcel con tal de fastidiarla. Tampoco era que Emma tuviera realmente mucho interés en la castaña, o que ésta fuera dueña de una que otra fantasía con la que la rubia se hubiese levantado un par de noches atrás totalmente frustrada; Regina era fácil de molestar y ya. O eso se repetía.

— No puedo, pero tengo qué porque no hay nadie que... —la mirada azul de Ruby viajó por el cuerpo de Emma— ¿Estás ocupada?

La rubia le lanzó una mirada confundida, ¿qué demonios? Por su parte, Ruby meditaba qué tan mala idea sería mandar a Emma y si Regina la mataría por hacerlo.

— Huh, supongo que no —se encogió de hombros— ¿en qué puedo ayudar, Red?

La alta castaña titubeó un poco, mordiéndose el labio inferior y mirando fijamente a la rubia frente a ella. Regina no podría matarla, ¿cierto? Entendería que Ruby está por los cielos con el trabajo ¿verdad? Porque sí, en aquel momento el pequeño lugar estaba algo lleno y en el restaurante sólo eran Granny y ella. Aunque la alcaldesa había dicho que iría ella misma por su pedido, pero Ruby no quería que se distrajera. Regina merecía momentos de paz.

— Necesito que me hagas un favor —dijo, por fin. Los ojos de Emma brillaron con curiosidad, algo que Ruby había notado que hacían con frecuencia. Oh, sí por eso también habían hecho click de inmediato— Pero primero, ¿qué harás hoy por la noche?

— ¿Dormir? —Emma no estaba segura de por qué la castaña preguntaba, aunque todo su interior gritaba que tenía que ver con Regina—. No tengo gran cosa que hacer, Ruby. ¿El punto?

Ruby sonrió. — Bueno, creo que es un buen momento para que conozcas al resto. Quiero decir, posiblemente viste a todas en la fiesta de Henry pero... Mira, tal vez sea un buen momento para que convivas con Regina y veas que no es mala persona. Sólo es... Regina.

Emma bufó. Aunque también estaba emocionada; moría por pasar un rato con Regina y meterse debajo de su piel, porque las miradas que siempre mandaba la castaña en su dirección eran satisfactorias.

No son tan diferentes, pensó Ruby viendo como los ojos de Emma brillaban mientras creaban un plan.

— ¿Estás segura? —preguntó la rubia, no queriendo dejar que se notase su emoción por decir que sí— Regina...

— No es mala persona —repitió Ruby. Sólo le gusta meterse con cualquier persona que se le pone en frente, continuó mentalmente la castaña.

Emma fingió meditarlo unos segundos, aunque era absurdo porque ambas sabían que la ojiverde diría que sí y que no era necesario que Ruby insistiera.

— Bien, ¿dónde?

— The Rabbit Hole —respondió la mesera—. Es un pequeño bar del pueblo y seremos nosotras y las chicas. Les vas a encantar a todas.

— Sé de una a la que no le agrado, mucho menos le encantaré —rió y Ruby rodó los ojos—. Pero bien, iré. Ahora, ¿qué necesitabas que hiciera?

Ruby se quedó pensativa unos segundos y después saltó recordando lo que realmente quería pedirle a Emma.

— Cierto, necesito que le lleves su pedido a Regina —sonrió inocente, y Emma hizo una mueca—. ¡Por favor! Lo haría yo misma, pero no puedo dejar a Granny para ir a los establos a dejar esto.

— ¿Tienen establos? —preguntó de inmediato la rubia.

— Huh ¿sí? Bueno, son de la familia Mills. Pero desde que Regina tomó el mando del lugar, los volvió públicos —sonrió Ruby, recordando cómo la castaña presumía de aquel movimiento con orgullo argumentando que nadie debía privarse de compartir sus vidas con animales tan nobles como los caballos.

— ¿La ciudad realmente es de Regina? —preguntó Emma curiosa. Ruby asintió— Wow.

— Prácticamente mi trasero le pertenece —comentó la castaña y la ojiverde alzó una ceja—. Oh sí, también en ese sentido —bromeó haciéndole un guiño—. El punto es, ¿podrías ir hasta allá y darle su comida? Llegar no es tan difícil, y prometo darte lo que pueda dar de propina esa mujer. Siempre da de más, aunque le digo que no es necesario —dijo encogiéndose de hombros—. Entonces, ¿podrías...?

Emma se mordió el labio. ¿A Regina le gustaba montar caballo? Wow, esa mujer hacía todo. Iba a una semana y Emma comenzaba a preguntarse si había algo que no pudiera hacer. Era casi perfecta, y el casi era porque Emma se negaba a creer la totalidad de aquel hecho.

— Bien, iré —sonrió—. Pero de no regresar viva, será tu culpa ¿de acuerdo? —Ruby rió y asintió— De acuerdo, ¿cómo llego a los establos?


El escarabajo amarillo se detuvo frente a una pequeña casita y bajó rápidamente con la bolsa de papel que Ruby le había dado. Caminó hacia la casita, notando que era una oficina donde había una pequeña rubia detrás del mostrador leyendo un enorme libro. Emma se aclaró la garganta y la rubia alzó la mirada, ofreciéndole rápidamente una sonrisa amigable.

— Hola, ¿puedo ayudarte en algo? —preguntó, poniendo un separador y cerrando su libro.

— Huh estoy buscando a la alcaldesa Mills —dijo rápidamente.

La rubia frente a ella la miró con brillantes ojos verdes y asintió. — Regina está en las caballerizas, ¿quieres que te lleve?

Así que Regina sólo la hacía llamarle alcaldesa a ella, ¿eh? Porque todos parecían llamarla por su nombre de pila y la castaña no daba una señal de irritación como hacía con Emma.

— Por favor —respondió.

La rubia asintió y le pidió que la siguiera. Caminaron fuera de la pequeña oficina y empezaron a caminar por un lindo sendero.

— Soy Tink, por cierto —se presentó la rubia—. Y tú no eres de por aquí.

Emma rió; la rubia era tierna. — ¿Tan obvio es?

— Un poco —confesó la rubia—. Primero, ya casi nadie le dice "Alcaldesa Mills" a Regina. Todos la tratan de tú, aunque también existen las formalidades —apuntó y Emma sonrió. Sí, definitivamente era algo contra Emma—. Y segundo, es un pueblo pequeño. Podría decirse que casi somos familia, nos conocemos todos —rio levemente.

— Ya veo —asintió—. Bueno, soy Emma Swan —se presentó extendiendo una mano.

— ¿Eres la fotógrafa? —preguntó Tink dándole un apretón de manos.

Emma asintió confundida. Era la segunda vez que le pasaba. — ¿Cómo...?

— Killian nunca se calla —dijo rodando los ojos—. Realmente es fan de su trabajo.

— Oh, ¿conoces a Killian?

— Claro —asintió la rubia—, sé que te lo encontraste. De verdad que se siente soñado teniendo una celebridad en el pueblo, él jura que nada interesante pasa aquí.

¿Acaso el hombre no conocía a su alcaldesa?, pensó Emma y asintió mirando a Tink.

— No es para hacer tanto alboroto —comentó Emma—. ¿Es tu amigo?

Entonces las mejillas de Tink se tornaron rosadas y Emma lo supo, pero no dijo nada.

— Algo así —musitó—. Llegamos, Regina está al fondo con Rocinante. Intenta guardar tu distancia, por seguridad.

Emma asintió y le ofreció una sonrisa. — Nos vemos, Tink. Fue un placer. Y gracias.

La rubia asintió y pronto desapareció en dirección a la oficina. Emma tomó una bocanada de aire y después se dispuso a caminar hacia Regina.

Un leve tarareo comenzó hacerse audible. Mientras más se acercaba Emma a su destino, más fuerte era el sonido y tuvo que aceptar que era un sonido placentero. Cuando estuvo cerca, vio a Regina cepillando a un enorme y elegante caballo el cual parecía relajado ante la presencia de la castaña.

— Oh, Rocinante, te juro que me está volviendo loca —dijo la castaña de repente—. Esa rubia lleva una semana aquí y se está metiendo bajo mi piel, pero a Henry parece agradarle y los dos sabemos que nunca puedo negarle nada a Henry.

Estaba hablando de ella. Emma sonrió y era estúpido sonreír en aquel momento, pero lo hizo de todas formas porque hasta en aquel momento donde Regina se encontraba sola, la rubia era tema de conversación. Aunque sólo fuese para quejarse de ella.

La ojiverde se acercó un poco más y se aclaró levemente la garganta; si bien le habría encantado molestar a Regina asustándola, tampoco quería matar a la mujer espantando al caballo y provocando un accidente.

Regina se detuvo y murmuró palabras tranquilizantes a Rocinante, pasó sus manos con suavidad por el lomo del caballo para después mirar al interruptor de su momento.

— ¡Señorita Swan! —dijo sorprendida y Rocinante pareció alterarse, de inmediato Regina fue a tranquilizarlo— Tranquilo, todo está bien —escuchó Emma que Regina decía—. ¿Puedo saber a qué debo tu presencia? O mejor, ¿cómo me encontraste?

Emma alzó la bolsa que llevaba en sus manos en forma de respuesta y sonrió fingiendo inocencia.

— ¿Puedo saber qué haces hablándole al caballo de mí? Oh, claro, te estoy volviendo loca —Emma le guiñó un ojo.

Regina rodó los ojos y se bajó del pequeño banco donde había estado parada. Salió del pequeño lugar y se paró frente a Emma; aún sin tacones y sin faldas letales pegadas a sus caderas, Regina Mills lograba lucir extremadamente elegante y sexy. Tal vez son los pantalones ajustados, pensó Emma sabiendo de primera mano que no importaba pues llevara pijamas, la alcaldesa Mills luciría bien.

— En el mal sentido, por supuesto —dijo tranquila—. ¿Se puede saber por qué no vino Ruby? Le dije que podía ir a recoger esto yo misma, no que mandara a cualquiera con mi comida.

— Puedo irme y dejar esto allá. Supongo que no tendrás ningún problema en dar una vuelta innecesaria —sonrió la rubia.

Regina gruñó y extendió la mano. — Sólo dámelo y largo —ordenó intentando quitarle la bolsa de papel de las manos, pero, aprovechando que Emma ya tenía un poco de ventaja en cuanto a la estatura porque Regina no llevaba tacones, la rubia alejó la bolsa con agilidad.

— No sabía que te gustaba montar —comentó la rubia paseando con la bolsa mientras Regina la miraba fulminante.

— Hay muchas cosas que no sabes de mí, claro está —contestó Regina—. Ahora dame...

— Tampoco sabía que tuvieras un corazón. Ruby me dijo que esto era sólo tuyo y lo volviste público.

Para suerte de Regina, Emma estaba distraída mirando con curiosidad dentro de las caballerizas para admirara los caballos que estaban ahí —aunque en su mayoría estaban fuera disfrutando de correr libres— cuando la mirada de la castaña se nubló y brilló con cierto dolor.

No era la primera vez que Regina escuchaba que decían que no tenía corazón, pero sí era la primera vez en mucho tiempo y aunque viniera de parte de una rubia sin importancia —o eso aseguraba ella en aquel momento— el comentario le había dolido.

— Oh, Ruby siempre hablando de más —dijo fingiendo desinterés—. Lo volví público porque es un lugar que vale la pena. Tal vez muchos no quieran siquiera montar, pero convivir con animales tan nobles es lo mejor que pueden hacer —se sinceró y Emma se forzó a esconder una pequeña sonrisa que amenazaba con salir—. Dicho esto, dame...

— ¿Rocinante es tu caballo?

— Todos son míos, señorita Swan. Pero sí, Rocinante es exclusivamente mío —apuntó.

— ¿Me dejarías venir aquí un día? —preguntó Emma, porque si era sincera a ella le atraían los caballos, aunque no había tenido una oportunidad de siquiera visitar un establo.

— ¿De verdad me estás pidiendo permiso? —rió Regina— Pues por más que quisiera oponerme, no me queda de otra más que aceptar. Es un lugar público, después de todo. Tendrás que hacer una cita con Tink, supongo que ya la conociste ¿no es así? Y ella te designará a alguien para que no vayas a terminar lastimada.

— Oh, ¡ya hasta te preocupas por mí! —se burló Emma.

— Lo digo por los problemas legales que traerías a este establecimiento, no por ti —respondió Regina rondando los ojos—. Ahora, ya...

— ¿Y sí quiero que tú me enseñes? —la rubia veía esto como una forma de molestar a Regina, no iba a desperdiciar sus oportunidades.

— ¡Emma, dame ya mi comida! —ordenó.

La rubia rió, disfrutando de las muecas de mal humor que hacia la alcaldesa. Este era el mejor pasatiempo, pensó. Regina lucía como si estuviera a un paso de cortarle la cabeza o pasarle a Rocinante por encima. Tal vez así era.

— ¿Te quema la garganta el decir "por favor"? —preguntó curiosa— Apuesto a que sí, seguro fuiste una chica mimada a la que papi nunca le dijo que no —la rubia levantó aún más la bolsa de papel cuando Regina comenzó a acercarse para agarrarla otra vez—. Haremos esto: te daré tu comida si... —hizo una pausa dramática y Regina rodó los ojos— lo pides por favor y... —los ojos de la castaña se entrecerraron mientras la sonrisa de Emma se ensanchaba— me enseñas a montar a caballo.

— No y no — respondió de inmediato la castaña—, después de todo no tenía tanta hambre, puedo esperar — y a modo de traición, su estómago rugió y la rubia alzó una ceja.

No sabía de dónde había salido todo aquello, pero algo en ella quería pasar tiempo en Regina. Es que quiero molestarla, dijo mentalmente. Pero en el fondo, Emma seguía sin poder dar una razón válida para su repentino interés por la castaña.

— Entonces puedo irme sin problemas —dijo dando dos zancadas hacia atrás y sonriendo socarronamente—. Como no tienes hambre...

Regina se mordió el labio inferior mientras que la rubia daba media vuelta y comenzaba a alejarse lentamente.

— ¡Señorita Swan, espera! —llamó Regina, intentando no muy exitosamente esconder su desesperación. Pero Emma no se detuvo, la haría llamarle por su nombre de pila— ¡Señorita Swan, por dios! —Regina se quejó cuando Emma comenzó a subir la velocidad, provocando que la castaña corriera detrás de ella— ¡Emma, por favor!

La rubia se detuvo en seco y una sonrisa triunfante comenzó a dibujarse en su rostro. Se quedó quieta en su lugar, regodeándose internamente por su pequeña victoria, y espero hasta que sintió la mano de Regina caer sobre su hombro. El tacto de la castaña era tan cálido que Emma sintió relajarse por escasos segundos.

— ¿Si, Regina? —se volteó lentamente y los ojos de Regina la miraron con cierto brillo juguetón que se extinguió tan rápido como llegó.

— ¿Podrías darme mi comida, por favor? —pidió casi a regañadientes y la rubia alzó una ceja.

— Estoy segura de que te está faltando algo.

Regina rodó los ojos, pero Emma sólo podía sentirse drogada por el exquisito perfume de la castaña que no hacía más que llenar las fosas nasales de la rubia haciendo que se mareara un poco, se sentía con ganas de más.

— Bien, una lección —concedió por fin—. Bajo mis términos, claro está. Y yo pondré la fecha.

La rubia asintió, satisfecha con la respuesta. Extendió la bolsa de papel y en cuanto Regina estiró la mano para tomarla, Emma volvió alejarla otra vez provocando que la castaña gruñera.

— Una cosa más —dijo tranquila—, ¿podré trabajar mañana? Será sábado.

La alcaldesa rodó los ojos y asintió. — De verdad, señorita Swan —Emma alzó una ceja y Regina apretó los labios—, digo, Emma, estamos pasando más tiempo del necesario. Sólo dame mi almuerzo y desaparece de mi vista.

La rubia rió levemente y tendió la bolsa hacia Regina que no titubeó en tomarla, temiendo que la torturaran de nuevo. Comenzaron a caminar, o más bien Emma siguió a Regina que no pensó dos veces en abandonar a la rubia.

Salieron de las caballerizas y pronto se encontraban en una mesita de madera, cerca de donde los caballos se encontraban comiendo con los cuidadores. Emma ni siquiera preguntó, sólo se sentó frente a la castaña que olímpicamente la ignoró.

Los minutos pasaron y Emma, sin intentarlo o planearlo, se encontró paseando su mirada en la imagen frente a ella; Regina sólo estaba comiendo una absurda ensalada con algo de pollo y un té helado, algo tan común y corriente que sólo ella podía hacer lucir elegante. Emma quiso reír, era casi ridículo cómo las cosas pequeñas e insignificantes Regina las volvía como casi una obra de arte.

No por primera vez, Emma aceptó en su interior lo hermosa que era Regina; aquellas largas pestañas, esos finos labios rosados que ahora iban teñidos de rojo, y sus brillantes ojos cafés eran de las pequeñas cosas que hacían a Regina perfecta. Y ni siquiera quería pensar en la sensualidad que emanaba de la mujer, era casi absurdo como un par de pantalones ajustados y aquella camisa especial para jinetes igualmente ajustada, provocaban cosas en el interior de Emma que la rubia se estaba obligando a apagar.

— ¿Por qué todos te llaman por tu nombre de pila y conmigo parece que me sacarás los ojos si se me ocurre? —preguntó de la nada.

Regina hizo una pausa para mirarla fijamente y darle un trago a su té helado. Después bajó la mirada y volvió a dio un gran bocado a su comida. Emma esperó, porque sabía que lo que Regina quería era hacerla sufrir.

— Porque no eres cercana, señorita Swan —explicó tras otro largo trago a su té—. Y no creo que lo seas nunca, nos detestamos lo suficiente como para que pase —continuó y Emma la miró curiosa—. Llevas una semana aquí, ¿o me equivoco? Y tampoco puedes conocerme en ese lapso de tiempo, mucho menos si nos vemos dos minutos al día. De hecho, me sorprende que sigas aquí — dijo señalando el lugar— cuando estrictamente te pedí que te fueras.

— Oh, pero me gusta molestarte —aseguró Emma, ganándose una vez más que Regina rodara los ojos—. Dime, ¿realmente me detestas? Como dijiste, no puedes conocer a alguien en un lapso de tiempo tan pequeño. Yo, por ejemplo, no te detesto. Sólo me provocas algo que me hace querer molestarte mucho.

La alcaldesa la miró y alzó una ceja. Pasó el bocado que estaba masticando. — ¿Ah sí? —Emma asintió— Y tienes razón, no te detesto. Pero tampoco soy fanática de tu presencia, aunque mi hijo sí —lo último lo murmuró, pero Emma alcanzó a escucharla.

La rubia no sabía nada de criar a un niño, mucho menos entendía lo que era el amor de una madre a su hijo o comprendía la reciprocidad que eso generaba, pero lo que sí sabía y conocía era el miedo de perder a alguien, el no sentirte lo suficiente para esa persona de la que tanto anhelabas ganar o mantener su amor. Y todo aquello vio brillar en los ojos de la castaña, junto con las dudas de si misma y Emma sintió terror porque era como si pudiera comprender a Regina y eso significaba que Regina también podría comprenderla.

— Regina...

La castaña la miró aún más fijamente a los ojos y comenzó a negar con la cabeza, justo como si pudiera leer la mente de la rubia. Si ella también temía por esa conexión que ambas compartían, la alcaldesa no dijo nada, pero comenzó a guardar su basura en la bolsa de papel.

— Gracias por traer mi almuerzo, señorita Swan —dijo levantándose— Tink puede darte el dinero, se lo dejé a ella porque no tengo bolsas y ahí está la propina también. Dile a Ruby que la mataré más tarde.

Emma asintió procesando todo y luego miró a Regina que comenzaba a darse la vuelta para tirar la bolsa a la basura. La rubia resopló y sacudió la cabeza; era absurdo todo aquello, llevaban una semana de conocerse y, sin embargo, sentía que llevaban años de hacerlo porque algo la atraía a la castaña, algo magnético y peligroso.

La ojiverde se levantó y caminó de regreso a la oficina.


Regina

— ¿Estás segura de que te quieres quedar? Podemos pedirle a Granny que... —comenzó Regina, mirando a la rubia frente a ella.

— Realmente quiero graduarme, Regina —la rubia dejó caer una mano sobre la mano de la alcaldesa y luego le dio un apretón—. Prometo salir con ustedes la próxima semana, sólo dejen que pase semana de pruebas.

La castaña resopló y tomó la mano de la ojiverde, ¿cómo había terminado siendo amiga de alguien menor que ella por unos cuantos años? No lo sabía, pero le agradaba.

— Eso espero, Tink —dijo suspirando—. Muchas gracias por cuidar de Henry, adora estar contigo —le sonrió—. Y sabes que no debes irte, por favor usa la habitación de huéspedes —Tink rió—. Hablo en serio, señorita Bell —la rubia rodó los ojos y asintió, en ningún momento la sonrisa abandonó sus labios provocando en el interior de Regina una sensación cálida—. No tardaré, pero de cualquier forma conoces la hora de dormir de Henry. ¡Y no dulces! La cena está en el horno, lista para que coman y...

La rubia tomó la mano de la alcaldesa y le dio un apretón, y Regina se mordió el labio porque sabía que lo estaba haciendo de nuevo: ser una madre sobre-protectora.

— Regina, he cuidado miles de veces a Henry. Te prometo que seguiré cumpliendo las reglas al pie de la letra —los hombros de la castaña se relajaron y pronto se encontraba ofreciéndole una sonrisa a Tink.

En ese momento, Ruby bajó de las escaleras con Henry colgado de su cuello. El pequeño castaño ya llevaba el pijama puesta y venía hablando con la ojiazul, quien le prestaba genuina atención al pequeño.

— Hablaremos con tu mamá, Henry —le dijo Ruby al llegar al pie de la escalera.

— ¿Qué hablarán conmigo? —preguntó Regina, viendo como Ruby depositaba a su hijo en el suelo sin inmutarse en esos grandes tacones. Vaya que Ruby sabía moverse dentro de esos vestidos ajustados y esos tacones de aguja.

Henry miró al alta castaña y luego a su mamá; Ruby quiso reír porque si bien tenía una pequeña idea de que el mismo Henry sabía que su madre no podía decirle que no, el castaño también conocía el temperamento de su madre y siempre que quería algo que sabía que había una gran posibilidad de ser denegado, pedía ayuda.

— Henry quiere ir de campamento —anunció la castaña y Tink rió levemente al ver cómo la mueca de disgusto se dibujaba en el rostro de la alcaldesa.

¡Henry! —Ruby le lanzó una mirada reprendiéndola y Regina tomó aire. Se inclinó para quedar a la altura de su hijo— Amor, no sé acampar. ¿No podrías elegir algo más sencillo? —el pequeño negó con la cabeza y la alcaldesa resopló. Compartió una mirada fugaz con Ruby; la ojiazul la miraba con burla mientras que, en su interior, Regina se sentía caer –una vez más– por los encantos de su pequeño hijo, que la miraba con ojos llenos de esperanza— ¿Y si... y si lo vemos después? —Henry asintió y Regina reguló su respiración. Le dio un sonoro beso en la frente—. Bien, ya nos vamos ¿de acuerdo? Pórtate bien, no le des problemas a tía Tink —dijo mientras le acomodaba el pijama. Volvió a darle un beso, ahora me la mejilla, y después se levantó. Se acomodó rápido el vestido y miró a sus amigas — Hora límite: diez treinta —Henry rodó los ojos, como bien había aprendido de su madre, provocando risas de Tink y Ruby. Regina suspiró—. Hablo en serio —miró a la rubia y ella hizo el saludo de un militar provocando que Regina rodara los ojos como lo había hecho su hijo—. Vámonos, roja.

— Nos vemos, príncipe —se despidió Ruby, revolviéndole el cabello y Henry le regaló una sonrisa amplia—. Adiós, rubia.

La alcaldesa salió de la casa, seguida de la castaña y lo último que escucharon fue un "¡No tomen mucho! ¡Usen protección!" y, claro, a Henry preguntando "¿Qué van a tomar? ¿Qué es usar protección?" lo cual hizo a ambas mujeres reír porque Tink odiaba ser la que siempre tenía que explicar todo.


— Juguemos algo con shots —propuso Katherine poniendo una botella de tequila en la mesa.

Belle y Regina se miraron, sabiendo que Ruby sería la más puesta para el juego y que intentaría llevarlas al lado oscuro junto con Katherine.

— ¡Tengo una idea! —exclamó la alta castaña en aquel momento— Tomemos un shot por cada vez que Regina se haya enojado con nosotras.

— Ruby, quiero tomar no quedarme sin hígado —comentó Katherine y las cuatro rieron, incluida Regina porque había aprendido tanto a reírse del pasado con sus amigas... de todas formas, rodó los ojos y Ruby la apuntó.

— También podemos tomar un shot cada vez que Regina ruede los ojos cuando decimos algo estúpido —sugirió la ojiazul.

La alcaldesa le dio un sorbo a su cerveza, porque sí, Ruby la convenció de tomar cerveza y no su aburrido y costoso vino tinto de siempre –según dijo ella–. Escuchó como sus dos amigas comenzaban a planear el juego, mientras que Belle saltaba al asiento junto a ella y le daba un suave golpeteo en el hombro.

Belle y Regina habían tenido un comienzo complicado, más porque la joven castaña había llegado en uno de los momentos más difíciles en la vida de la alcaldesa, pero pronto las dos habían limado asperezas y ahora eran casi confidentes. Belle, después de todo, ya era de su círculo cercano.

— Escuché que Robin te invitó un café y te negaste, otra vez —comentó casualmente y Regina rió levemente.

— ¿Will te contó eso porque Robin le contó? —preguntó Regina y Belle se encogió de hombros— Las dos sabemos que Robin... Es un gran amigo, Belle, pero no...

La joven castaña le tomó la mano y le dio un apretón, asintió porque entendía a Regina. La alcaldesa llevaba tanto tiempo con los sentimientos encerrados, alejados de ella por temor, que el mismo hecho de desencadenarlos le provocaba pánico.

— También escuché qué hay una rubia dándote dolores de cabeza, creo que la he visto por el pueblo —rió Belle.

Regina rodó los ojos y Ruby la apuntó. — ¡SHOT! —gritó pasándole un vaso de shot a todas y haciéndolas tomar, después chuparon un limón con algo de sal— ¿Ves, Kat? No es tan difícil —y continuaron hablando.

Regina rió levemente, porque Ruby era todo un caso; la castaña era menor que ella, era demasiado extrovertida, pero era una de las personas más sinceras que conocía y en las que Regina confiaba.

En ese momento, Mary Margaret apareció en la entrada y Regina sonrió levemente. Había llegado a pensar que la pequeña pelinegra no llegaría, que las había dejado plantadas porque ni siquiera un mensaje les había mandado. Mary Margaret les sonrió y les ofreció un saludo con la mano, Regina asintió y justo cuando su sonrisa se ensanchaba, de inmediato se desvaneció al notar a cierta rubia aparecer detrás de la pelinegra.

— Hablando de rubias y dolores de cabeza —murmuró la alcaldesa, tomando la botella de tequila y sirviéndose un shot que pronto se encontraba calentando su garganta.

Belle volteó hacia la entrada y entrecerró los ojos al ver a la rubia que había captado la atención de su amiga, y no pudo evitar pasear su mirada entre ambas mujeres porque era un hecho de que la ojiverde también tenía los ojos conectados con la castaña. Belle se mordió el labio inferior, la curiosidad comenzaba a arder en su interior, pero no dijo nada. Tal vez eran sólo ideas suyas.

Mary Margaret y Emma se acercaron a la mesa, y Ruby se recorrió para que la pelinegra se sentara junto a ella, dejando el único asiento libre junto a Regina. La mesera le sonrió abiertamente a la alcaldesa, fingiendo inocencia, y ésta última se limitó a entrecerrar los ojos.

— Lo sentimos, intentábamos que David no quisiera venir —explicó Mary Margaret, riendo.

— ¡Llegaron justo a tiempo! —exclamó Ruby levantando la mano y de inmediato pidiendo al mesero que trajera dos caballitos más— Esta noche jugaremos a tomar un shot por cada vez que Regina se haya enojado con nosotros o ruede los ojos por cada tontería que digamos.

— Oh, no creo que mi hígado pueda soportar tanto alcohol —bromeó Emma, logrando que Regina rodara los ojos y que Ruby, una vez más, gritara "¡SHOT!" y sirviera una ronda de tequila—. Mira, la alcaldesa toma algo más que vino —comentó la rubia inclinándose para que sólo Regina la escuchara, y señaló la cerveza que estaba frente a ella.

— Soy más de sidra —le dijo tranquila—, pero Ruby me convenció de que tomara cerveza —se encogió de hombros—. ¿Tú qué haces aquí, por cierto?

Emma rió pasando por alto el tono de la castaña y alzó mano llamando nuevamente al mesero. Pidió una cerveza para ella y una para Regina, pues la suya parecía casi vacía, y después miró a la castaña con una sonrisa en los labios.

— Me invitaron para convivir —dijo tranquila—, contigo —añadió—. Aunque creo que este no es tu ambiente, ¿sabes?

— ¿A qué te refieres? —la castaña frunció el entrecejo y Emma no pudo evitar pensar que se veía tierna.

— Seguramente, después del tercer shot caes perdida —dijo la rubia en cuanto pusieron las dos cervezas frente a ellas.

— Mi récord son veinte, señorita Swan —dijo intentando calmar las ganas que comenzaban a apoderarse de ella por explicarle a Emma todo—. Tampoco es que sea de tu incumbencia.

— ¡Ya sé! —dijo Emma tras un trago a su cerveza—Si caigo yo primero, cancelamos la lección de equitación —Regina alzó una ceja y asintió—. Alcaldesa, deje que termine antes de que acepte —rió la ojiverde—. Pero si tú caes primero, y claro que lo harás porque eres aburrida hasta la médula, será dos lecciones de equitación los días que yo quiera.

Regina se mordió el labio inferior y la mirada de Emma viajó rápidamente hasta ellos, pero la rubia se obligó a ver a Regina a los ojos.

— ¿Cuál es el afán de pasar tiempo conmigo? —inquirió Regina.

La rubia se encogió de hombros y le ofreció una sonrisa amplia a la castaña, que reprimió las ganas de rodar los ojos pues sabía que Ruby estaba esperando a que lo hiciera para poder tomar otro shot.

— ¿Trato? —preguntó Emma, extendiendo la mano hacia la alcaldesa.

La castaña miró la mano de Emma, meditando la propuesta. ¿Por qué Swan quería pasar más tiempo con ella? Sólo Dios sabía. Pero lo que era claro es que Regina no podía resistirse a un reto, no a uno puesto por Emma Swan, aún sabiendo que sus posibilidades eran mínimas contra neoyorquina frente a ella. Porque sí, tal vez Regina había hecho algo de investigación sobre Emma después de ser mencionada por Tink, y había descubierto que venía de una buena familia, que además estaba al poder del lado más caro de Manhattan.

— Bien, trato hecho —dijo dándole un rápido apretón—. Prepárate para perder, Swan.

Emma bufó y le dio un trago a su cerveza.


Emma

Definitivamente había ganado. Pero ahora no sabía si eso le gustaba, aunque tal vez eran los efectos del alcohol.

La alcaldesa estaba sentada en el regazo de Ruby que, junto con todas las demás, ya también estaba borracha. La alta castaña tenía las manos alrededor de la cintura de Regina, manteniéndola segura mientras que la alcaldesa reía por cualquier cosa que Katherine estuviera diciendo.

La ojiverde entrecerró los ojos y dio un trago a, la que era ahora, su séptima cerveza. Apretó la botella cuando vio como Ruby pasaba una mano por uno de los senos de Regina, y ésta última sólo reía y escondía su rostro en el cuello de la mesera.

El punto de que la alcaldesa se pusiera borracha era para que se pusiera amigable con ella, no con Ruby. Y Emma rápido sacudió la cabeza, ¿qué demonios?

— Creo que te estás poniendo verde de envidia —comentó Belle, una joven castaña que trabajaba en la librería pública del pueblo. Emma alzó una ceja y la ojiazul se ruborizó—. Lo siento, creo que no es de mi incumbencia.

Belle comenzó alejarse, pero Emma puso una mano sobre su hombro atrayendo su atención. La rubia negó con la cabeza y le ofreció una sonrisa cálida. La joven castaña frente a ella le ofrecía cierto aire de comodidad al que Emma estaba dispuesta a respirar para poder controlar aquel hormigueo que se acumulaba en su vientre al ver a Ruby y Regina.

— No le tengo envidia a Ruby —declaró, casi mintiendo porque muy en el fondo ella sabía que sí, ese hormigueo eran celos—. Sólo que esperaba poder llevarme mejor con Regina, no tuvimos un gran comienzo —explicó, y de nuevo fue casi mentira porque cierta parte de ella adoraba ser quien volviera loca a la alcaldesa de Storybrooke.

— Bueno, aunque no tengas envidia tal vez debas saber que ellas siempre son así —rió Belle—. Ruby y Regina se han vuelto muy amigas en el último año y, aunque yo misma debo admitir que me he puesto algo celosa, es algo casi usual que se pongan así —se encogió de hombros y Emma alzó una ceja—. Supongo que Regina está intentando ocultarse de algo, nadie lo dice, pero todos sabemos que salta a los brazos de alguna de nosotras cuando se siente indefensa —la ojiazul sonrió cálidamente—. Y, si te soy sincera, eso mucho mejor que antes cuando no confiaba en ninguna de nosotras.

— ¿Cómo? —preguntó Emma, demasiado curiosa como para querer detenerse ahora. Más cuando Belle estaba a darle datos sobre la flamante mujer sobre el regazo de su, también, nueva amiga.

— Regina no siempre fue así. Nunca salía y tenía un humor de los mío demonios —comentó Belle y Emma bufó—. Oh, si tú crees que a ti te va mal deberías saber que estás en la gloria en cuanto al humor de nuestra amada alcaldesa —rió Belle y Emma asintió, aunque nunca perdió el brillo de curiosidad en sus ojos—. De cierto modo estaba bien, era su forma de defenderse contra el mundo después de lo que le había pasado —Emma abrió la boca para preguntar, pero Belle comenzó a negar con la cabeza—. Eso no te lo diré, después puedes preguntarle a ella —Emma reprimió un gruñido, pero le indicó con la cabeza que siguiera—. El punto es que, cuando adoptó a Henry cambió todo y Regina comenzó a abrirse a nosotros. Arregló todos los problemas que tenía con cada uno de nosotros, por más insignificantes que fueran.

La rubia miró a la alcaldesa, que ahora se inclinaba para provocar a Ruby con sus incitantes labios rojos y después comenzaba a reír junto con la mesera y Katherine, que al parecer era quien las había retado.

— ¿Henry es adoptado? —curioseó Emma, intentando despegar los ojos de la alcaldesa, que tenía las mejillas encendidas mientras tomaba otro trago de tequila.

Belle asintió. — No te daré detalles, Emma —apuntó la joven castaña antes de que Emma siquiera intentara preguntar algo—. Henry sabe que lo es, aunque dudo que lo entienda, y Regina es su madre no importa que no sea de sangre —Emma asintió, ella lo entendía mejor que nadie—. Ahora, creo que tú eres su nueva distracción. Ni siquiera creo que le caigas mal, simplemente la retas y Regina ama los retos. Casi vive por ellos.

— ¿Disculpa?

Emma se encontraba haciendo un increíble esfuerzo para mirar a la joven castaña junto a ella, más cuando en su vista periférica Ruby y Regina se encontraban coqueteando abiertamente y sin remordimiento. Lo que hace el alcohol, pensó Emma. No sería la primera vez que veía amigas besarse bajo los efectos del alcohol, porque Regina no podía... No. Ruby tal vez era bisexual, ¿pero Regina? No.

— Regina rara vez se pone así —rió Belle señalándola—. Es verdad que toma, y bastante, pero no así. Y sé que la retaste; no es de mi incumbencia, pero en mi defensa todas las escuchamos —Belle alzó una ceja cuando Emma se ruborizó levemente—. Le das algo de emoción, aunque ella se niegue. Le gusta que la reten y le gusta ganar, siempre.

— Oh, entonces no le gustará tanto conmigo —rió Emma para después darle otro largo trago a su cerveza, terminándola cuando de reojo miraba como Regina se volvía acercar peligrosamente a Ruby. Está borracha, insistió mentalmente—. A mí tampoco me gusta perder.

— Y por eso —Belle se inclinó y señaló discretamente a Regina—, aunque no lo diga en voz alta, ella te respeta por eso. ¿Qué mejor enemigo que el que se niega a ceder?

Y con eso, Belle se levantó y se sentó junto a Mary Margaret, que había estado hablando con David por teléfono, asegurándole que no tardaría en llegar a casa y que estaba bastante sobria, aunque en realidad la pelinegra estaba colorada hasta las orejas y se reía como niña pequeña.

Emma llamó al mesero y pidió otra cerveza, mientras que Katherine pedía ahora una de vodka con algo de jugo de arándano. Se recargó en su silla, y la rubia se quedó mirando una vez más a la mesera y a la alcaldesa.

Llevaba una semana conociendo a Regina, y no se podía negar que había algo tóxico sobre la mujer que le llamaba la atención. Tal vez por eso insistía tanto en pasar tiempo con ella, aunque también quería conocerla. Ella no odiaba a Regina, ni siquiera la conocía lo suficiente para eso, y estaba segura de que la castaña tampoco la odiaba, pero había algo que las atraía a chocar como placas tectónicas.

¿Qué es lo que tiene Regina Mills que llama tanto tu atención, Emma?, se preguntó mientras agradecía al mesero por la cerveza y después le pedía que cerrara la cuenta con la botella de vodka como su último pedido.


— Una más —pidió la alcaldesa haciendo un puchero mientras que Emma pasaba el brazo de la castaña sobre su hombro.

— Regina, no. Ya todas nos están esperando en el auto, y mira que no cabemos todas — dijo la rubia, tomándola de la cintura.

Señorita Swan —apuntó la alcaldesa mientras era llevaba por Emma en dirección a la salida—, me parece que no le estoy preguntando —continuó deteniéndose contra la pared y mirándola con una ceja alzada, aunque su estado no le ayudaba en lo más mínimo.

Emma rodó los ojos y rió levemente. Haber separado a Regina y Ruby había sido, curiosamente, su momento favorito. Pero ahora la alcaldesa se había convertido en una total niña chiquita, haciendo pucheros cada que quería algo y Emma se lo negaba.

— Me agradecerás no haber tomado más —le sonrió Emma y luego la obligó a salir del lugar—. Dejaremos primero a Mary Margaret y... ¿tengo entendido que todas irán a tu casa? —Regina medio asintió y luego rió—. ¿Qué es tan gracioso, alcaldesa Mills?

— Que estés cuidando de mí, ¿no se supone que te caigo mal? —inquirió la castaña, mientras caminaba casi colgada del cuello de la rubia.

Emma rió y se detuvo junto a su auto, donde todas estaban metidas y riendo como si fueran adolescentes. La rubia agradecía en silencio que ninguna hubiese vomitado hasta ese momento.

— No me caes mal, Regina —le sonrió—. Sólo me gusta molestarte, debo admitir que enojada eres más divertida —le guiñó un ojo y Regina se las arregló para poner los suyos en blanco; aún con todo y el doble de alcohol corriendo por las venas de la alcaldesa, ésta se encargaba de nunca perder su esencia.

La alcaldesa se inclinó y le dio a Emma un pequeño abrazo. — Gracias —le dijo sincera—. No deberías siquiera hacerlo, la única que conoces lo suficiente es a Mary Margaret.

Emma se encogió de hombros. — Sólo espero que recuerdes nuestra apuesta.

— Mientras no me recuerdes que te abracé, te daré tres lecciones —rió Regina, arreglándoselas para abrir la puerta del coche.

— ¿Y cómo te recordaré la tercera lección si no puedo recordarte el abrazo? —preguntó Emma.

— Oh, estoy segura de que te las arreglarás —le aseguró Regina y después se metió en el auto, siendo recibida por gritos y risas de sus amigas.

La rubia cerró la puerta y suspiró, ¿quién le habría dicho que su noche de viernes terminaría con cinco mujeres borrachas en su auto? Una de ellas volviéndola loca, igualmente.

Es una semana, Em, ¿qué demonios?, pensó mientras se subía al lado del conductor, riendo por lo bajo al notar que, aunque todo aquello le fuera nuevo también le estaba a ayudando a limpiar las heridas que aún se sentían recientes.

Después de todo, Storybrooke parecía ser un pueblo de segundas oportunidades. O, en su caso, terceras oportunidades.