Miedo

Matsuri

"Miedo es una emoción primaria, una en la que todo shinobi debe trabajar para lograr perfeccionar sus técnicas, por lo general se caracteriza por un fino reconocimiento de peligro, real o aparente, presente o futuro y se deriva de la prevención natural al riesgo o la amenaza."

Las palabras del libro resonaban en su mente, muy para su desgracia, ella parte del grupo que aún no lograban ahogar ese sentimiento como haría un shinobi. El miedo era parte innata de ella, ya no de la forma como lo conoció: cuando se mete entre la piel y se encarga de erizar los cabellos de la nuca, que gusta de dejar el cuerpo estático cuando debería hacer cualquier cosa menos pasmarse.

El miedo seguía con ella, pero en una terrible forma evolucionada anidando en su pecho, esperando el momento justo para tomar el control de sus acciones, aguardando por el instante en que su amotinamiento pudiera causar mayores estragos.

Ya no era el miedo a herirse ni a las armas que le arrebataron un pedazo de su vida, ese miedo estaba ausente en sus movimientos con el jōhyō, pero presente en su mirada que preveía los movimientos de arremetida en su contra, asomándose en los pensamientos que le cruzaban en esos momentos.

La punta metálica iba y venía, recibía, intersectaba, atacaba, todo perfectamente sincronizado por las direcciones que su portadora indicaba.

No quería mirar más allá de sus oponentes, no quería confirmar el olor a cenizas y carne quemada provenía de las ruinas de la aldea que en teoría debía proteger, su corazón seguía bombeando lo que quedaba de sangre a las extremidades inferiores. El mismo libro decía que cuando una situación de miedo extremo invadía a una persona, se activaba un mecanismo de auto preservación que obligaba al corazón a mandar más sangre a las piernas para que estas corrieran más rápido.

La palidez de su rostro estaba siendo encubierta por el hollín que se pegaba a su piel gracias al sudor que generaba tanto el calor como el esfuerzo de mantenerse en pie, los labios ya los tenía morados, sus manos con dificultad disimulada seguían ordenando al jōhyō hacia dónde ir.

¿Tenía miedo?

Esa pregunta la había hecho uno de sus atacantes, y tenía una respuesta más que obvia.

¿De morir?

No precisamente, ese miedo lo había superado hacía mucho cuando comprendió que la muerte en realidad no tiene porque ser temida si a final de cuentas todos estaban encaminados hacia ella. Se trataba de algo mas, algo que le podía dar la victoria, pero le daba pavor.

Ella no estaba entrenada como kunoichi de asalto, no lo había querido así, simplemente porque le daba miedo y con todo el descaro del mundo lo había dicho al consejo. Y precisamente por eso estaba allí sola, para "superar" su miedo.

Necesitaba una buena táctica para compensar el hecho de que la superaran en número.

No podía morirse, no ahora, aún tenía muchas cosas que hacer en la vida. Cerró los ojos y tuvo una idea, podía ganar, se movió tan rápido como pudo sin supuesto rumbo, escuchó un leve crujido.

Si… ya había ganado…

Una explosión lanzó su pequeño cuerpo a una distancia considerable de su lugar de origen, cayendo de espaldas y una vez en el suelo rodando un par de metros más hasta quedar finalmente de cara a la tierra con un montón de escombros encima. Ya no podía moverse, pero una ligera risa escapó de su boca, había ganado y ni siquiera había puesto ella la trampa, se empeñaron tanto en vencerla que dejaron de lado totalmente sus propias bombas.

Por su cuerpo inactivo aún corría la adrenalina mientras se esforzaba para tomar bocanadas de aire combinado con tierra, sangre seca y ceniza. Al menos esa mezcla era mejor que nada.

Se puso de pie como pudo, apenas estuvo erguida miró con suma consternación el resultado de su táctica; una verdadera carnicería, de los atacantes no quedaba más que un montón de pedazos esparcidos. No lo pudo evitar, lo que quedaba del almuerzo del día fue a dar fuera de su estómago, tenía los ojos llorosos y un terrible peso que respondía al nombre de "no era necesario" encima.

En cuanto fue más o menos capaz de recobrar el aliento, corrió en dirección a la zona con menos daños, la misión consistía en salvar a quien pudiera, pero pasó un buen rato y no encintaba a nadie. Con tropiezos y mareos se movió a todo lo largo y ancho de la aldea… nada… llamó, gritó, buscó… nada.

El residente de su pecho se reía a carcajadas y parecía hacerse más fuerte a cada instante que su desesperación crecía. Había ocurrido una verdadera masacre, una de la que fue partícipe para nada. Había matado a todo un grupo sin lograr nada, odiaba que eso se hiciera frecuente, que su instinto de supervivencia nublara su sentido humanitario, eso le daba miedo, que cada vez el peso de "no era necesario" se alivianara, que ya no la sofocara como la primera vez, incluso había momentos en que se alegraba de terminar con la vida de sujetos como esos.

Su maestro le hablaba mucho de lo rutinario que se volvía el ir por la vida llevándose vidas y recoger la sangre de los ponentes caídos, y de lo peligroso que eso era. Ella le creía cada palabra, porque conocía la historia del jinchūriki, ella le creía porque había visto todas las caras crueles de la naturaleza humana, de la corrompida naturaleza humana, y aunque su maestro estuvo en aquél bando por mucho tiempo, nunca lo vio como veía a los cretinos que caían a fuerza de sus crímenes…

Sus crímenes… esos crímenes por los que eran juzgados por lo general eran robo, asesinato, traición.

Aunque si lo pensaba detenidamente, los shinobi hacían exactamente lo mismo, entraban en algún pueblo, se hacían de información valiosa u objetos, y eliminaban a todo aquél que estuviera de por medio… ella también era criminal entonces.

No hubo sobrevivientes, llegó demasiado tarde, pero habría otra misión. Y en esa ya habría oportunidad de salvar a alguien.

Se quedó quieta, realmente no podía creer que ella estuviera pensando en eso, como si las vidas perdidas ese día no fueran nada, tragó saliva, ya estaba comenzando… el altamente efectivo proceso de conversión humano-cascarón en el que al final del camino ya no había dolor, duda, miedo: nada.

Agitó la cabeza y salió corriendo de regreso a la aldea, se haría cargo del papeleo si era necesario, pero jamás volvería a un campo de batalla, si era ninja usaría sus habilidades para defender a sus seres amados no para fortalecer el nivel militar de la aldea.

Viéndolo de esa manera le gustaba su miedo, el inquilino de su pecho podía quedarse, porque mientras él estuviera, significaba que aún había algo ahí dentro, que aún podía jactarse de ser humana.


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