Dualidad

Tsume Inuzuka

Las sombras de la noche caían penetrantes en la aldea. En el silencio total que dominaba el lugar no había nadie que rondara las calles, en esas horas de plenilunio la mayoría de la gente dormía, y si no lo hacían, realmente no era porque prestaran atención a lo que acontecía fuera de sus hogares.

Esa hora justo era la indicada para que los ninjas que volvían de misiones peligrosas pudieran volver a su hogar, porque a esa hora no habría curiosos, nadie notaría las heridas causadas por las batallas, no habría que explicar que los shinobi eran tan humanos como cualquier otro aldeano.

Un pequeño grupo se acercaba a las puertas apenas consientes de sus movimientos, solo deseando poder detener su errante andar frente algún pórtico familiar. Llegaron apenas consientes a la torre del Hokage donde la líder del grupo entregó un reporte al asistente de turno nocturno, que a esas horas era el único despierto, pero apenas el pergamino estuvo en posesión de aquél, la otra se desvaneció evitando el impactar de lleno en el suelo gracias a su compañero de cuatro patas, que aunque no estaba mejor, al menos tenía más fuerzas.

La madrugada era fría y no queriendo abrió los ojos, el cuarto blanco se veía azul por la débil luz del amanecer que entraba por la ventana, miró a su alrededor notando que era un cuarto de hospital. Alcanzó a ver el reloj de pared que marcaba las seis menos cuarto. Se levantó como pudo quitándose el suero, las vendas y así vistiendo bata de hospital salió por la ventana seguida de su Kuromaru, que hasta entonces había permanecido al pie de su cama.

Divisó su casa que no estaba lejos pero salir con el frío, apenas vestida y tremendamente cansada había convertido el trayecto en un suplicio, se coló por la ventana de su habitación, abrió el armario y sacó una camisola de dormir, se cambió para meterse en su propia cama que era mil veces mejor que la del hospital, pero no se atrevió a quedarse dormida, ya se anticipaba a lo vendría y que de hecho, había sido su razón para abandonar el hospital aún en su estado.

A tan solo unos minutos de apenas haberse cubierto con las sabanas escuchó cómo la puerta se habría despacio, un par de pies pequeños hacían golpes suaves sobre las baldosas de madera, los seguía un dócil andar de cuatro patas. Sintió perfectamente cómo desde la parte final del cobertor subía un pequeño explorador, continuó fingiendo que dormía aún cuando una cabecita castaña se asomaba por su lado de la almohada, aún cuando un dedito se acercaba a su mejilla, tocándola con cuidado.

—Mamá… — pronunció suavemente el niño, ella simulo abrir los ojos adormilada como si de verdad la hubiera despertado. —Hoy es el festival de fin de año en la academia ¿Vas a ir? Akamaru y yo vamos a hacer una demostración del jutsu de transformación.

No pudo evitar sonreír a los ojos suplicantes que la veían, quizás no tan ignorante de lo que había sucedido la noche anterior pero al menos en el hospital se habían encargado de limpiarla, no le gusta que su pequeño oliera la sangre que se quedaba pegada a su piel. Se puso de pie en un movimiento que le recordó cuantas costillas tenía rotas, pero su quejido se escondió tras una sonrisa, ese gesto suyo en el cual arrugaba la nariz y cerraba los ojos. Tomó al pequeño entre sus brazos lo despeinó afectuosamente mientras le confirmaba que ahí estaría, y después de una pelea de juego sobre la cama en la que él "ganó" después de que su madre quedara hábilmente "apresada" con las sábanas, tuvieron que bajar corriendo, ya era tarde.

Después de dejar al menor en la puerta de la academia, se apresuró a despedir a su hija al punto de encuentro en el que se vería con su equipo. Se había graduado hacía un año, pero apenas les asignaban una misión fuera de Konoha, había veces el viejo Sandaime no reconocía el talento aún cuando lo tenía al frente. Se detuvo a una distancia considerable, no pensaba llegar hasta donde los chicos aguardaban por su maestro. La chica Inuzuka levantó el rostro y discretamente olfateo el aire descubriendo a su madre en las cercanías, quien orgullosa de haber sido percibida solo levantó la mano a modo de saludo y despedida. El Jōnin a cargo hizo acto de presencia y sin más ceremonias salieron a toda marcha.

Haciendo un par de sellos una nube de humo la reemplazó en aquél lugar, debía volver a la torre, de seguro ya le tenían alguna otra misión.

Tal como lo había supuesto, sí tenía una misión; había que llevar un pergamino a una aldea vecina, no estaba lejos, así que si se daba prisa estaría de regreso al medio día, no por nada era la Jōnin más veloz de la aldea.

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Abrió la boca para sacar toda la sangre que se había juntado en su garganta después de aquél golpe y cayó de rodillas, Kuromaru seguía de pie, pero lo estaban apaleando de la peor forma. La pareja era superada en número, las heridas de la mujer causadas la noche anterior aún no estaban sanadas abriéndose de nuevo con tremenda facilidad.

Las piernas le temblaban de sobremanera y a fuerza de golpes era movida de un sitio a otro, escuchaba vagamente alguna palabra, pero ni siquiera podía mantener la mirada en un punto específico.

Una última patada cargada de una dotación generosa de chakra la lanzó de espaldas contra un árbol para luego caer de cara a la tierra. En el acto salió de entre sus ropas una cadena de oro con un par de colmillos por dije. Con los ojos medio abiertos pudo verlos sobre la tierra, uno era de Hana, el otro de Kiba: sus deciduos, sus colmillos "de leche"…

—Prepárate kunoichi, hoy te toca morir. — le dijo uno que se acercaba con kunai en mano. La tomó del cabello para levantarla al tiempo que le colocaba el filo en el cuello, ella solo se río un poco.

—Perdona, pero tengo un compromiso hoy al medio día. — le dijo regalándole una sonrisa.

Totalmente consternados por la actitud de la mujer, ninguno de los agresores puso atención a los sellos que esta formaba con las manos. Lo que sucedió a continuación una polvareda la cubrió.

Corría tan rápido como le era posible, el jutsu había acabado con unos cuantos y aturdido a los otros. Su compañero canino la iba reprendiendo por haberse tardado tanto en reaccionar, pero igualmente corría, si llegaban a la periferia de la aldea ya podían cantar victoria.

Los imponentes muros les dieron el aliento que necesitaban para cruzar la puerta. Como acto de inercia Kuromaru se dirigió hacia la torre del Hokage, pero a mitad del camino notó que iba prácticamente solo. Preocupado porque su compañera hubiera desfallecido retrocedió sobre sus pasos, ayudado de su olfato siguió un rastro que llevaba hasta la casa Inuzuka, extrañado, decidió entrar y no pudo evitar regañarla como si fuera una chiquilla: frente a él estaba bañada y cambiada, dando unos retoques a su maquillaje, tratando de disimular algunos moretones y ocultando casi exitosamente el metálico aroma de sangre con agua de colonia.

Antes de salir e ignorando olímpicamente al angustiado can, tomó una tarjeta clavada con un kunai en el marco del espejo del vestíbulo, cruzó el umbral de la puerta y de un salto desapareció.

Kuromaru se quedó estático, no había sido ignorado ¡Había sido mandado por un cuerno!

Momentos después salió a la persecución de su compañera, la llevaría al hospital, a rastras de ser necesario, mentalmente estaba preparando un buen discurso que se aseguraría, esta vez escuchara. Llegó hasta la academia, saltó el jardín principal, el edificio, llegó hasta la zona de entrenamiento donde se encontraban montadas las carpas de brillantes colores.

Era el festival de fin de clases, buscó a la mujer y la encontró sentada en una de las gradas que daban perspectiva a una pista central, en medio de la cual se encontraba el pequeño Kiba y su cachorro compañero preparando el jutsu que mejor les salía… un éxito total, ni un solo fallo en aquella técnica tan difícil, claro considerando la edad del chico y el hecho de que tenía que controlar también la transformación del can.

Una orgullosa y extrovertida madre salto de su lugar agitando los brazos contra todo pronóstico médico de que hacer eso era imposible por la cantidad de costillas rotas, contra toda lógica por la cantidad de chakra perdido. En cuanto terminó su participación usando los sellos de transportación llegó hasta donde su aún más entusiasta hijo brincaba de emoción, vio como lo tomaba en brazos y lo alzaba como si esa mañana únicamente hubiera hecho el aseo de la casa.

Kuromaru había sido su compañero desde que ella era tan solo una aprendiz de ninja, la había visto crecer y volverse una kunoichi de las más poderosas, la vio entregar su corazón, estuvo con ella cuando sus hijos nacieron, permaneció a su lado cuando se vio en la necesidad de hacerse cargo de la familia ella sola… tanto tiempo pero simplemente no comprendía cómo la fiera de batalla que entregaba cada gota de sudor y sangre en cada misión, era la misma suave y gentil madre que jamás rompía una promesa.

Los hombres eran extraños, pero las mujeres los superaban y por mucho.


Comentarios y aclaraciones:

La última parte se narra desde la perspectiva de Kuromaru, porque recuerden que los Inuzuka están muy ligados a sus perros.

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