Histeria
Yoshino Nara
Uno…
Vuelta a la izquierda; el muro blanco estaba desprovisto de cualquier cosa que le diera un poco de personalidad pero cerca, recargado, se encontraba un cuadro de la familia. Ella había hecho que les tomaran esa foto en cuanto su bebé nació y desde hacía dos semanas el cuadro esperaba a su esposo para colocarlo.
"Solo voy por un martillo" había dicho… ya pensaba en pagar un equipo Genin para ayudar a su marido a encontrar la extraviada herramienta que a la fecha no aparecía.
Vuelta a la derecha; la mesita de noche tenía un reloj digital de verdes números que le hacían saber que cuatro horas habían pasado desde que se metió en la cama y no podía dormir. A su lado una lámpara, un biberón, una botellita de loción, un tarro de crema, un peine… todo en perfecto orden.
Boca arriba; las sombras del exterior se proyectaban en el techo haciendo algunas siluetas, frunció el ceño, no le gustaban esas sombras porque podían confundirse la de un gato callejero con la de un enemigo.
Boca abajo; la almohada no era la suya, lo sabía, tenía impregnado un curioso aroma a maderas del bosque...
Un ruido alertó sus sentidos, con cuidado sacó un kunai que guardaba bajo la almohada, cerró los ojos y bajó su respiración para fingirse dormida. La ventana se abrió despacio y el intruso se acercó con cuidado hasta el bebé que dormía plácidamente en su cuna del otro lado de la habitación, pero antes de que pudiera hacer cualquier cosa ella se levantó de golpe y con el arma lo acorraló contra la pared.
—Tranquila mujer, ya llegué.
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Dos…
Corrió tan rápido como pudo, corrió como no lo había hecho en toda su vida importándole poco que el medicamento para el resfrío cayera al suelo. Toda la fuerza que tenía la usó para quitar de su camino a los encargados de la evacuación de la aldea, para esquivar las poderosas llamaradas que hacían como tarjeta de presentación del infierno en la tierra, para llegar, solo para llegar.
El calor era sofocante a tan solo unos minutos de haber llegado el demonio de las nueve colas. Fuego por todos lados, pero no le importó. Entró por la ventana de la sala de espera que era la más cercana y llegó hasta el cuarto donde escuchó el apenas audible llanto de su mayor tesoro, lo tomó en brazos y buscó salida antes de que la estructura colapsara.
Quizás pensó que era inmune, quizás ni siquiera lo sintió.
Los trozos de madera encendida, la tela cayendo sobre su cabeza, luego, de alguna manera su cuerpo se movió por cuenta propia… cuando reaccionó estaba afuera con el bebé fuertemente en brazos y a su lado el padre de la criatura. Los tres se alejaron de aquel sitio solo importándoles solo que su hijo estuviera bien.
—Duerme pequeño, yo estoy aquí.
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Tres…
Los conflictos entre clanes de la misma aldea no paraban, y si a eso se le sumaban los que había fuera de ella, el panorama no era muy alentador. Eran tiempos difíciles disimulados al máximo, pero su esposo le había pedido que no se confiara, nunca se debía bajar la guardia porque las oleadas de violencia y odio no respondían a razones lógicas, tragándose incluso a quienes no tienen nada que ver.
El día era claro, solo unas pocas nubes surcaban el perfecto día. Tan buen clima hacía que la ropa se había secado antes de lo que planeaba, así que con un poco de tiempo extra podía darse el lujo de tranquilamente descolgar las prendas, doblarlas y acomodarlas en la cesta que llevaba. Cuando terminó, se dirigió al interior usando la puerta de la cocina que conectaba el patio de servicio con el resto de la casa. Subía las escaleras para llegar a las habitaciones de la planta alta cuando un golpe seco la hizo callar el tarareo de su canción, no se movió… un pergamino bajaba por las escalera desenrollándose, revelando el contenido escrito con una caligrafía floja pero decente, luego un ruido metálico y otro golpe. Subió los escalones que le faltaban, con precaución se asomó por el pasillo; la primera puerta estaba abierta. Alarmada entró a la habitación dejando caer la canasta con toda la ropa escaleras abajo.
Su corazón se detuvo segundos al encontrar sobre el piso a su pequeño, a un lado la mochila abierta con todo el contenido esparcido en el piso; shurikens, kunais de práctica, pergaminos y, la ventana abierta con la cortina ondeando afuera. Le llamó por su nombre mientras lo sacudía y lo revisaba rápidamente. En plena conmoción el niño abrió los ojos perezosamente y soltando un bostezo le dijo:
—Mendokusai, la escuela da sueño.
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Cuatro…
Ya casi era hora de que terminaran las clases en la academia. Las madres de los chicos de nuevo curso se arremolinaban en la puerta del edificio. Era bastante molesto el bullicio que armaban así que se apartó un poco.
Pasó un rato y poco a poco todo volvía a quedar vacío, pero de su hijo ni la sombra, y nótese que ella sí podía decir eso.
Entró sin pedir permiso al portero que se quedó con la palabra en la boca, con paso rápido y apretando los puños, no era normal que demorara tanto en salir. Si bien nunca lo hacía corriendo y dando saltos de alegría, no era de los que se fascinaran con horas extra en la escuela. Se dirigió directamente al salón de clases fuera del cual y recargado en la pared estaba el niño mirando por la ventana el cielo. Pero antes de que pudiera decirle o hacerle algo el maestro la llamó y la hizo pasar, pidiéndole que tomara asiento en uno de los lugares de la primera fila.
No hubo espacio para los silencios incómodos porque ella paciencia no tenía, y molesta preguntó la razón de la detención de su hijo, definitivamente no creía que fuera partícipe en alguna travesura, porque eso era gastar energía inútilmente, así que conflictivo su hijo no podía ser.
… Atento, hábil, astuto, sumamente perspicaz, precavido, un genio total, pero haragán, vago, apático, si no necesitara aire en los pulmones no respiraría por el esfuerzo que implicaba, un shinobi no podía darse esos lujos.
Lo iban a aplazar, y no le pedían permiso, solo habían tenido la cortesía de informarle personalmente, pero ella solo sonrió de lado;
—Ya verán que no se queda un año más.
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Cinco…
El plato que tenía en sus manos estaba más que limpio, reluciente, hasta posiblemente más que cuando recién se compró, pero el jabón seguía pasándole una y otra vez. Si pudiera hablar la pieza de cerámica le habría pedido piedad a la mujer que absorta en sus pensamientos se empeñaba en seguir fregando.
Tenía la mirada perdida en las nubes del cielo que la habían hecho entrar en un lapso de contemplación.
Doce años habían pasado.
Soltó un suspiro, el tiempo pasaba rápido y pensar que cuando nació veía muy lejano ese día, como si siempre se fuera a quedar pequeño y entre sus brazos.
Escuchó la puerta abrirse junto con la voz desganada que anunciaba la llegada de su hijo. Para cualquier persona debido al mismo tono apático que usaba para hablar de cualquier cosa era completamente imposible saber con precisión si el día había sido bueno o malo, pero tanto tiempo de práctica y convivencia la hacía conocer que si hablaba, hiciera como lo hiciera, todo estaba bien, el problema era cuando se quedaba callado.
Salió a su encuentro dejando descansar al plato sobre una toalla de manos, él iba entrando a la cocina para buscarla y sonrió muy suavemente enseñándole con orgullo una cinta azul que ostentaba una placa con el emblema de la hoja.
—No fue tan difícil.
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Seis…
Su marido la tenía abrazada por la cintura queriendo calmar los nervios que la destrozaban.
El bosque de la muerte, el dichoso bosque de la muerte.
Se mordió el labio inferior solo de imaginar vagamente lo que estaría sucediendo en esos momentos. Recordó el día en que había estado ahí para su propio examen. El bosque no era tan denso en aquél entonces, pero no por eso era menos peligroso. Cerró los ojos e imágenes de kunais chocando contra todo se hicieron presentes haciéndola estremecer, sus compañeros heridos y solo ella de pie para garantizar el que salieran vivos de ahí. No recordaba exactamente cómo, pero la fierecilla de su alma no se dejó domar, y salió, apenas consiente, con la vida pendiendo de un hilo, de no ser por la chica Uchiha que la ayudó, no habría pasado de los trece años.
Se trataba de la segunda generación del trío Ino-Shika-Cho, pero no engañaba a nadie convenciéndose de que eso les aseguraba salir adelante. Los tres eran muy jóvenes, los tres eran muy distintos, los tres aún no eran tan amigos como sus padres. Presionó fuertemente los brazos que la rodeaban como queriendo salir en esos momentos y entrar al bosque para hacer lo que fuera con tal de que no le pasara nada a su hijo. Su esposo habló.
—No te atrevas, la mejor labor de una madre es enseñarles a sus hijos que no necesitan su ayuda.
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Siete…
El crujido de los huesos rompiéndose nunca le había parecido más satisfactorio. Un poco de violencia resultaba efectiva para liberar tensiones. Los ninjas del sonido no profanarían su hogar, no mientras tuviera fuerzas y no mientras ella estuviera en la casa.
Desempolvaba sus habilidades shinobi mejor que el librero de la sala dejando salir su temperamento explosivo acompañado de un puño firme y alguna patada generosamente cargada de chakra. La aldea estaba bajo ataque, todo aquél que hubiese puesto los pies en la academia debía responder, eso la incluía, y sin mayor problema estaba manteniendo a raya a los idiotas que "iban a acabar con cada mujer y niño que se encontraran".
No brillaba por genjutsu o ninjutsu, y le faltaba algo de técnica a su taijutsu, ya que naturalmente hacía bastante tiempo que no las empleaba en serio, pero compensaba eso con el espíritu de batalla que no se había entumido con sus años de ama de casa.
Esa mujer estaba loca, pero no se rendirían, solo era una mujer. Al menos eso pensaban antes de que se las arreglara para mandar a los tres del otro lado de la calle donde una oleada de kunais los recibió. Los miembros del equipo de su esposo estaban cerca y se habían encargado de terminar el trabajo. El rubio rió.
—Nunca se metan con la mujer de un Nara… y no lo digo por el Nara.
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Ocho…
Solo eran cuatro días, nada serio, solo eran cuatro días
Posiblemente Ino se lastimó un tobillo en el camino y debieron bajar la velocidad… o quizás Chōji les había pedido parar a comer… no, lo más seguro es que fuera el maestro, él debía tener la culpa por solapar a su hijo en su calidad de vago.
La alfombra de la sala ya tenía un caminito marcado por la insistencia de la mujer a pasearse de ida y vuelta mirando de reojo el reloj, alternando entre el de pared que estaba sobre la chimenea y el de pulsera que llevaba en su muñeca. Sin embargo, cada que lo hacía las manecillas solo avanzaban un minuto más.
Solo eran cuatro días más de la fecha marcada para volver.
¿Y si los emboscaron en el camino? ¿Y si su oponente era más poderoso de lo que esperaban? ¿Y si…?
La puerta se abrió despacio y su hijo cruzó el umbral totalmente ausente, algo había salido mal.
Se acercó con el corazón queriendo salírsele del pecho, un torpe tartamudeo con el nombre de su maestro fue todo lo que dijo antes de enterrar su rostro en el cuello de su madre que no tardó en asimilar todo lo que significaba eso, lo abrazó fuerte tratando de calmar los temblores disimulados del cuerpo del chico mientras sentía crecer la humedad en su hombro. No sabía exactamente qué decir, era una pena para su alma joven, pero ella estaba tranquila porque bien pudo ser él quien no volviera.
—Tú estás a salvo.
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Nueve…
El ventanal de la sala tenía una vista perfecta al acceso, le gustaba sentarse ahí a ver el jardín que tenía; las flores, el pequeño árbol de abedul que daba refugio a una familia de gorriones y sobre todo el paisaje que se extendía más allá de la cerca que delimitaba el terreno de la casa: el bosque del clan Nara.
Vio perfectamente la explosión que ocurrió y solo pudo ser capaz de bajar la mirada. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sabía lo que había ocurrido pero todo era parte del camino ninja que había escogido su hijo, por mucho que le costara admitirlo. Todos debían crecer y separar la parte humana de la parte guerrera.
La noche caía cuando el genio haragán se acercó.
El ninja entró a la casa sabiendo de inmediato que le esperaban en la sala obscura, pues ni las luces había encendido la mujer en su meditación. No se quiso acercar, conocía su culpa, sin verse al espejo sabía que sus rasgos jóvenes aún estaban endurecidos y sombríos, que olía a pólvora y sangre.
Sintió un poco de vergüenza por llegar así y lo único que hizo fue arrojarle una cajetilla de cigarros que no volvería a ocupar.
—El olvido es la única venganza… y el único perdón, todos los ninjas nos merecemos ambas.
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Diez…
Respiró profundo mientras veía a los dos varones de su familia tirados sobre el pasto del jardín mirando las nubes hacer su trayecto natural mientras la podadora descansaba tranquilamente en su lugar de siempre, la hierba que bordeaba la cerca de la entrada crecía feliz, las rosas tenían conflictos con sus vecinas las azaleas que se empeñaban en acaparar toda la tierra. Los botes de pintura se secaban despacio por estar expuestos al sol y los pajarillos se comían las semillas de vergeles que se suponía ya estuvieran sembradas.
Respiró profundo cuando el padre le dio un golpecillo afectivo al hijo mientras se ponía de pie estirando cada músculo de su cuerpo y se acercaba a la podadora para ponerla en marcha.
Respiró profundo, porque cuando decidió unir su vida con los Nara, sabía que lo único que podía hacer era contar hasta diez.
Comentarios y aclaraciones:
Sé que había mil momentos más para narrar, pero entonces al ser más de diez se perdía el chiste.
Espero no les decepcione, y mejor ya no prometo que no me tardo en subir el siguiente porque volveré a quedar mal.
¡Gracias por leer!
