Flores

Suzume Namida

Dos segundos antes de que el despertador comenzara con su insistente ruido matutino queriendo taladrarle lo oídos, ella ya tenía la mano sobre el botón apagando la torturante misión del aparato aquél. Casi al momento se incorporó sobre la cama pero manteniendo los ojos cerrados levantó los brazos hacia el techo de su habitación estirando bien los músculos de la espalda y soltando un discreto bostezo que casi al momento cubrió con una mano como si hubiese alguien que le recriminara el acto como una descortesía.

Se puso de pie y con los ojos aún cerrados, se encaminó al baño para asearse rápidamente con la misma metodología de todos los días: se humedecía el cabello, le aplicaba el acondicionador y mientras este actuaba lo cubría con un gorrito plástico, seguía a pasar jabón de lirios por todo su cuerpo. Una vez enjabonada, apartaba el gorro, retiraba el acondicionador lavándose el cabello negro con mucho esmero, retirando finalmente toda la espuma de su cuerpo. Cerraba las llaves de agua y se cubría con una toalla blanca.

Ya limpia era cuando abría los ojos y se colocaba los lentes sin los cuales el mundo no era más que manchas amorfas, a veces de colores confusos.

No se los ponía antes porque naturalmente que no se bañaría con ellos y solo se desesperaba al no definir nada de lo que estaba a su alrededor, así que prefería mantener los ojos cerrados evitándose la frustración de la razón por la que no era ninja activo de misiones sino instructora de la academia.

Se miró al espejo mientras cepillaba la melena negra que tenía y que de alguna forma era lo único que se encontraba atractivo, después de todo, vista de espaldas llegaban a confundirla con Kurenai Yūhi. Una comparación nada despreciable.

Pero esa mañana, algo en su rutina no salió como siempre, esta vez el espejo le devolvió una imagen bastante diferente a la que estaba acostumbrada a ver constantemente. El peine que separaba los cabellos negros alcanzó a revelar unos hilos plateados que aparecieron, supuestamente, de la nada. Se acercó más y revisando la zona notó que no solo eran "unos cuantos", era todo un mechón que estaba blanqueándose.

Se ajustó las gafas para constatar que estaba viendo bien, y no fuera que ya necesitara aumentar la graduación de las lentillas.

Para su desgracia, no solo eso había cambiado sin razón aparente; lo que en un principio solo eran líneas de expresión en el contorno de sus ojos y las comisuras laterales de la boca se habían profundizado dejando arrugas, aún no muy marcadas pero si se hacían visibles para ella que no distinguía nada más allá de la punta de sus dedos cuando estiraba la mano, aún con los lentes, para los demás deberían ser espantosamente notorias.

¿Por qué no las había visto antes?

Dejó el peine sobre el tocador y se dio la vuelta buscando su ropa, misma que estaba perfectamente doblada sobre la silla del escritorio donde estaban los ensayos de poesía de las niñas ya calificados, ordenados por notas; de la más baja a la más alta, tal como acostumbraba.

Se alistó tan rápido como pudo sin mirar de nuevo el espejo, limpió minuciosamente, pero igualmente con prisa, la poco desordenada habitación, tomó los ensayos, salió para bajar hasta la cocina; poner un poco de café y preparar el almuerzo.

Mientras servía el agua de la tetera en una taza de cerámica, no pudo evitar dirigir la vista a sus manos: la blanca piel se mostraba unas pequeñas manchas marrones, de un tono suave aún, pero el hecho era que estaban ahí y sin duda eran un signo más de que el tiempo había seguido su paso sin ignorarla.

Se sentó en la silla del desayunador y tanteo el sitio donde había ubicado el primer "lunar de canas" encontrándolo sin mayor problema. Los rizos de ahí se sentían como pelambre; gruesos y más retorcidos que el resto del cabello. Se sintió sin ganas de seguir con la parte de la rutina que faltaba: limpiar el resto del departamento que a razón de entrega de trabajos finales se encontraba al tope de escritos, y cualquier cantidad de manualidades listas a ser revisadas.

Se recargó en el respaldo sin siquiera probar las tostadas que había preparado, el hambre se había ido.

Jugando con la nueva adquisición que el tiempo le había regalado, enrollaba el mechón en uno de los dedos para luego soltarlo, enredarlo de nuevo y soltarlo, así en un gesto nervioso. ¿Cuántos años tenía? ¡Apenas había entrado en los treinta! ¡No era justo! ¡Muchas mujeres que conocía no tenían su primera cana sino hasta los cuarenta!

El reloj de la cocina marcaba diez minutos para las nueve de la mañana, tenía que ir a dar clase y no pensaba que algo como descubrir la acción del envejecimiento en el cuerpo era motivo suficiente como para justificar una inasistencia.

Se puso de pie tomando todo lo que tenía que llevar.

.

No le gustaba usar el salón, prefería dejar a los chicos ahí y sacar a las niñas a un claro del bosque cerca del edificio, después de todo, la clase que tenían ellos solo era sobre asuntos de higiene y seguridad mientras que ellas seguían la línea de formación Kunoichi: aprender a ser "mujeres".

Siempre había dudado sobre la necesidad de separar al grupo en géneros para esas dos horas, los hombres también podían ser capaces de armar un arreglo de flores, ni que fueran a caer enfermos de gravedad por saber cocinar o fueran mortalmente alérgicos a los bordados. Pero en cierta forma le alegraba no tener que lidiar con varones, nunca había sabido tratarlos.

Ya había dado las instrucciones como hacía con cada generación cuando tocaba el tema del dichoso arreglo floral. Primero ellas debían seguir su intuición, y su trabajo como instructora solo era "pulir" el sentido de estética que cada una tuviera.

Mientras las esperaba se sentó al pie de un frondoso árbol teniendo cuidado de acomodar la yukata blanca con propiedad e inevitablemente volvió al tema de lo ocurrido en la mañana. Se miró las manos y sus casi invisibles manchas. En eso estaba cuando un grupo de niñas que estaba cerca abrió conversación con respecto al trabajo del día, y no pudo evitar escucharlas:

—A mí me gustan más las flores de plástico, nunca se marchitan y siempre son bellas.

—A mi no, prefiero las de verdad.

— ¿Por qué? Se hacen viejas, feas y se mueren.

—Las de verdad se marchitan porque están vivas ¿Qué chiste tiene estar siempre bonita si se está muerta?

Siempre les había dicho que todas las mujeres eran como flores, cada una diferente, cada una hermosa por su cuenta y a su manera. Y ahora ella estaba marchitándose.

Cada día terminaba cansada de regañar a las que no ponían atención, revisaba uno por uno el avance que lograban, trataba de impulsar a las que rezagaban. Se sentía a veces con ganas de simplemente tirarse en la cama para no saber nada del mundo hasta la mañana siguiente porque simplemente estaba viva y no sumergida en formol como pieza de exhibición bien conservada.

Viéndolo así, no eran arrugas, eran marcas de batalla y se las había ganado como buen ninja.


Comentarios y aclaraciones:

Valla, creo que subí en tiempo récord y sinceramente me gustó, el mal de toda mujer (que conozco), el pánico a envejecer.

Suzume Namida es la instructora de la academia, la maestra que aparece en los recuerdos de Sakura e Ino cuando pelearon en el primer examen a Chūnin. Sí, también la metí, y creo que encontré un buen tema... creo.

Como dice una querida amiga: los reviews hacen felices a los autores. Los autores felices trabajan mejor, y cuando un autor trabaja mejor los lectores son felices. Por lo tanto, si dejan review serán felices…

Al menos por mi cumpleaños.

¡Gracias por leer!