Garritas

Jason odiaba la Veterinaria. Odiaba cuando Roy le llevaba a poner sus vacunas, sus baños y corte de pelo, porque al parecer las despuntadas a su pelaje eran necesarias… cuando lo llevaba para que le hicieran limpieza dental y terminaba de morder a su médico que tenía las manos frías. Jason odiaba mucho la Veterinaria aunque su doctor intentara hablarle bonito y siempre ponerlo en la mejor de las jaulas con camita mullida.

El olor y el ruido.

Los maullidos y ladridos que salían desde la entrada principal, en donde el resto de cachorros ladraban y buscaban llamar la atención de las personas, le fastidiaba. Le ponía de mal humor. Por lo que saltaba al pecho de Roy apenas lo recogía. Le ronroneaba, lo marcaba, le decía al resto de pequeños animalitos que ese era su humano y que ni se atrevieran a mover la cola hacia él. Unos osados le ignoraban y jamás podía darles un zarpazo, porque siempre se quedaba en brazos de Roy, para impedir que se fijara en alguien más.

Porque tenía miedo de que lo abandonaran.

Por eso odiaba las veterinarias.

Había muchos lindos y tiernos rivales. Cachorritos juguetones y adorables que derretían los corazones de los humanos. Y esos lindos eran criaturitas con pedigrí, una de las muchas razones por las que a él lo votaron.

A un simple gato callejero que fue puesto a regalo pero aun así nadie le quiso.

-¿Estará bien? – La angustiosa voz de Roy mareo a Jason. Le hizo dar tumbos en su mente e incluso intento pararse. Pero no dio con la fuerza. Maulló lastimeramente, queriendo ver a su amo - ¿Doc?

-La anestesia lo tiene atontado. No le duele nada, por ahora. No fue grave, Roy – El pelirrojo no pensaba lo mismo – Bruce exagero pero me sorprende que un gato tan grande no hiciera mayor daño. Digo, Bruce casi mata a un perro. Sólo digo que pudo haber sido peor. Jason estará bien. Unas cuantas puntadas que deberán de ser removidas en una semana y comida, mimos, baños, ya sabes, que lo traten bien.

-¿Puede quedarse con Bruce? – El gato negro maulló en desagrado y Roy pensó lo mal que estaba de la cabeza como para haber sentido que ese bichejo le amenazo – No me siento cómodo con él en casa.

-Están apareándose – Resolvió el veterinario – Los gatos son así. Medios brutos. Su apareamiento es muy escandaloso, y doloroso – Roy deseo no saber tanos detalles. Miraba a Bruce y a Jason y sentía piedad por su pequeño bebé.

Bruce dejo al humano seguir traumándose con los detalles innecesarios de su falo. Estaba más preocupado por Jason.

Salto por sobre el mostrador, se metió entre las piernas de uno de los otros veterinarios y quedo frente a la jaula de Jason. Su gatito traía un suero, la aguja le penetraba la patita izquierda y estaba recostado en una mullida esponja. Sus vendajes sobre el lomo y el pecho seguían limpios. Lo que Bruce entendía era buena señal. Con tantas heridas en su historia comprendía cuando es que las vendas se chivateaban con alguna información.

Por lo menos esas blancas tiras no eran rojas.

Deseaba consolarlo.

Lamerle la carita y quedarse a su lado.

La puta reja era un incordio.

-Jason – Dijo y vio el estremecimiento. No supo que le pego de peor manera, si ver a Jason así o saber que Jason le temía – Perdón. Las cosas se me fueron…

-Cállate.

-Merezco que estés enojado – Jason estaba de acuerdo – prometo que no volverá a pasar.

Jason giro su pequeña cabeza roja, Bruce se derritió. Jason era tan mono, diminuto, todo fuerza pero aun no llegaba a ser su mejor versión.

Bruce pego su hocico a la reja, donde la pata de su gatito estaba más cerca, y saco su rasposa lengua rosa. Lamio los cojines rosados, los acicalo, los baño y acaricio. Jason maulló de sorpresa y gusto.

Tratándose de Bruce, era una declaración de protección.

Una de hasta afecto.

Bruce se quedó el gran rato lamiéndolo.

Disculpándose.

-¿Sabes? – Dijo Jason – Puedo perdonarte si haces algo por mí.

-Lo que sea – Bruce le traería las croquetas de Joker si Jason se lo pedía.

-No dejes que mi humano sea seducido por un saco de pulgas – Bruce volteo a ver a los congéneres en jaulas – No dejes que me remplace.

-Jason… tu eres su gato. Roy no parece de los humanos que abandonan a sus...

-¡NO sabes nada! – Maulló feroz y Roy se tensó. El veterinario le cogió del brazo y le detuvo… a su experta mirada ambos gatos no se veían agresivos - ¡Claro! ¿Qué podría saber un gato de casa?

-Ambos somos caseros.

-Pues yo tenía una familia – Le dijo – Y el humano se quedó con mi madre y me dejo en uno de estos lugares. Nadie me adopto y me tiraron a la basura. Si no fuera por Roy… ¡Tú no sabes lo que es estar solo!

Bruce se quedó callado.

-Sólo debo de llevarme a Roy ¿Cierto?

Jason asintió.

Bruce se quedó otro rato, lamiendo las patas de su pequeño. Sentía la culpabilidad. Aun no entendía como fue que se llevó a Jason entre sus garras. Aun no lo comprendía. Sólo fue un reflejo.

Para cuando Roy se despidió de su gatito con un beso en la cabecita roja, Bruce le jalo del pantalón con una buena mordida que no toco la suave piel, mientras maullaba con ira y advertencia a los demás pequeños en las jaulas. De hecho, ese gesto sirvió para que los atrevidos que llevaban todo el rato queriendo llamar la atención del humano de su pequeño se encogieran.

Al menos comprendían quien era el Alfa.

-¡Mas les vale ser amistosos con mi Omega! – Gruño y ningún gato le llevo la contra.

Roy se dejó jalar.

No fuera que Bruce le arañara si no, tenía miedo de ese loco gato.

Jason ronroneo, feliz porque ver como Bruce cumplía su promesa.

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Al día siguiente, bruce se levantó temprano. Ni siquiera hizo su recorrido nocturno ni matutino. Dejo que los gatos vecinos se metieran dónde quisieran.

Tenía la misión de buscar cosas lindas para Jason. Hoy regresaba a la casa y tenía que ser perfecta la bienvenida.

Nada de pájaros ordinarios.

Siquiera de pescado. No robaría al dueño de la esquina.

Jason se merecía algo muy bueno.

Inolvidable.

Mientras pensaba, mullía la almohada de la cama de su Omega, porque Jason ya era suyo.

Y dio con la respuesta.

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-Ya estamos en casa, Jay – Jason agradeció la delicadeza de su amo. ¿Quién hubiera imaginado que Roy pudiera tener esa delicadeza para dejarlo en su cama? – No provoques a Bruce.

¡No era su culpa!

A Bruce le faltaban unos atunes en el cerebro.

En fin.

Iba a conciliar el sueño cuando el suave olor del chocolate le llego. Un olor tan delicioso que no se pudo detener a hurgar con su nariz debajo de su almohada.

¡Oh sorpresa cuando dio con unos chocolates y hierva gatera!

-Espero que te gusten – Le soltó Bruce por detrás. Jason ya estaba acostumbrándose a su presencia.

-¿De dónde los sacaste?

Bruce se lamio las patas.

-Por allí. Hay humanos que dejan las ventanas abiertas.

Y Jason se largó a reír.

El gato malo admitía haber robado por él y para él.

¿Era malo sentirse alagado?

-Perdón, Jason.

¿Era malo no odiar a Bruce?

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Notas de la autora.

Si! Por fin salió el capítulo.

Gracias por la paciencia.