Soltería

Mei Terumi

Cerró los ojos con fuerza mientras se tapaba los oídos para dejar de escuchar el concurso de flatulencias que habían montado sus compañeros de clase en lugar de dedicarse a la búsqueda de las cuatro piezas de una estatuilla, que era en lo que constituía la prueba del día.

El número de mujeres en el curso ninja era realmente reducido, por no decir que se limitaba a ella misma y otras dos con quienes además de todo, no había sido capaz de entablar buenas relaciones. A parecer de sus compañeras, no estaban ahí para convertirse en guerreros, sino para tener más oportunidad que "las otras" para elegir para sí mismas a los prospectos de marido más valiosos. Formando parte de la clase encontrarían sin duda al más fuerte y la mejor oportunidad para acercarse a ellos.

Su padre también pensaba lo mismo, si no había estallado en gritos de horror cuando le mostró la carta de aceptación en la academia, era porque tenía la firme convicción de que encontraría mejor marido ahí que en las plazas mandándola a hacer las compras para ser abordada por algún campesino. Su padre creía que era guapa, y estaba completamente convencido de que eso y saber algo de armas sería un cebo perfecto para alguien de un clan interesante.

Únicamente por eso tenía permitido acudir a las clases regulares. No por el honor de la familia, no por el poderío de la aldea, no por el bien de la gente, solo para poder tener un buen marido.

Su padre pensó que el rojo de su cabello le traería problemas, con poca luz pasaba por castaño, pero las clases al aire libre rebelarían que era ciertamente rojo, y los niños pelirrojos atraían muchas burlas, pero afortunadamente había un chico con un problema de estética peor que estaba por graduarse, pero mientras él y su extrañeza atrajeran las mirada y comentarios, su hija estaría bien.

De acuerdo a la indicaciones de su madre tenía que ser responsable en clase pero nunca la más brillante, se le aclaró muchas veces que los hombres no se sentían interesados en mujeres que destacaban más, aunque sí tenía que superar a la competencia que representaban las otras chicas, aunque su número fuera reducido, ya que tampoco gustaban mucho de aquellas más tontas. Había dejado crecer su cabello pese a que las indicaciones del entrenamiento observaban que era mejor llevarlo corto, y todas las noches lo lavaba con agua de rosas y aceite de almendras. Por las tardes se untaba el rostro con diferentes cremas para no permitir que la pubertad le hiciera estragos en la cara y el blanqueado de dientes se hacía una vez cada tres meses, todo eso lo llevaba a cabo con minuciosidad, equilibraba el lanzamiento de shuriken y combate con kunai, con clases de cocina y costura. Su padre incluso pagó lecciones a una modista de la capital para que le enseñara el arte del buen vestir.

Servir té correctamente durante una reunión privada de su padre y algunos compañeros para decidir el asesinato de un señor feudal.

Sonreír amablemente mientras pasaba corriendo un grupo de reconocimiento a toda prisa para repeler un ataque en la frontera.

Mostrar habilidad con el arreglo florar de las tumbas de aquellos que perdieron batalla…

Si hubiera pasado más tiempo así, hubiera cumplido las expectativas de la familia, si hubiera sido capaz de mantenerse imperturbable como las demás, mirando la vida pasar por la ventana, agachando la cabeza, aceptando lo que pasaba como algo natural. Entonces tal vez se habría casado con mayor rapidez, habría hecho lo que sus padres esperaban de ella, pero no. Simplemente no fue así.

Cuando llovió sangre en la aldea, lloraron aquellas que siempre debían sonreír, pero solo por unos instantes, porque después debieron regresar a las costumbres para las que fueron entrenadas. Más no ella, sus labios se movían como siempre, se lavaba el cabello como siempre, se maquillaba y arreglaba sus uñas tal cual como hacía siempre. Entregaba sus deberes limpios con uno o dos errores nada gravosos, acababa segunda o tercera en las pruebas, como siempre. Pero el día en que enterraron a su padre algo cambió, algo como si toda su perspectiva del mundo cambiara, como si acabara de despertar de un sueño muy extraño.

Su madre debió casarse para conseguir seguridad social, e ingresos nuevos, pues no tenía algún talento con el que conseguir un empleo, y a ella le faltaba unos años para graduarse y percibir sueldo. Y ese nuevo esposo no resultó ser una bestia desalmada como había previsto, pero tampoco era un caballero encarnado, era exactamente igual a anterior, igual a los demás: trabajaba, traía dinero, seguía las ordenes, nada más.

Nada cambió.

Otra guerra estalló, nuevamente su madre perdió a su marido. Guardó luto, lloró, y volvió a casarse.

Se recupero el orden de todo. La cotidianidad bajo la eterna lluvia, la normalidad de la sangre derramada y la poca preocupación por aquellos que se iban.

—Hay algo raro en ti, una muchacha no debe de preocuparse por estas cosas.— le había dicho su madre en alguna ocasión en que le comentó lo mucho que esperaba el día de su promoción para empezar a moverse en los círculos altos.

—Además habíamos dicho que no lo harías, te retirarías antes.

—No puedo… no puedo…

Y era verdad, ya no podía quedarse mansamente esperando la próxima guerra.

—No niña, no. es imposible que una chiquilla pueda hacer algo que muchos hombres han intentado.

—Pero si no quiero ser Mizukage mañana, sé que lleva tiempo.

—Ni todo el tiempo del mundo. Anda y ve, ahora que sigues siendo bonita, tu cara no durara toda la vida, búscate un buen marido, un hombre guapo y fuerte que te de hijos fuertes. Eso es lo que puedes hacer por la aldea.

Bajó la mirada no teniendo poder para replicar, más no se dio por vencida y presentó el examen de graduación tan temido aunque reformado recientemente.

—Tú estás loca niña, convertirte en espadachín te arruinaría los dientes, además, debías de ser más pequeña, a los espadachines los entrenan desde niños.

—A veces me gustaría contar con tu apoyo.

—Te he apoyado toda la vida, mi más grande protección viene de que jamás te he enseñado los secretos de nuestra herencia, ni lo haré nunca.

Y así fue, su madre murió jamás detallándole el secreto de su poderosa herencia, rogándole una última vez que se buscara un marido.

Mansa como fue siempre con ella, se decidió a cumplir con aquella petición que siempre había rehuido desde su "despertar", después de todo si en algo había tenido siempre razón y día con día lo reafirmada, era que las mujeres tenían una fecha de vencimiento para ser consideradas como "adecuadas" para el matrimonio.

Finalmente el candidato apareció, lo atrapó con las artes femeninas que tanto había perfeccionado y aún a pleno de las batallas por control político, se fijó una fecha.

—Akatsuki… — susurró mientras aspiraba el aroma de las flores de su tocado que debía acomodarse en el cabello a tan solo unos minutos de empezar la ceremonia. Pero las flores no cambiaron su turbio humor apenas llegaron a ella las noticias sobre el verdadero regente de la aldea.

Sus pensamientos volaron, repasaron todos los hechos y era cuestión de tiempo, semanas, días tal vez, antes de que estallara una revuelta por ver quién sucedía al cuarto Mizukage.

¿Y si quedaba aquél que pretendía volver obligatorio el entrenamiento a todos los niños nacidos en la aldea?

¿Y si quedaba aquél que quería cesar a las kunoichi para volver el cuerpo militar exclusivo de hombres?

¿O el que proponía eliminar a los partidarios de Yagura?

¡No iba a permitirlo! ¡De ninguna manera!

Si se movía rápido alcanzaría… la boda.

— ¿Todo bien? Ya casi es hora.— habló una anciana al otro lado de la puerta.

—Un segundo.

Acomodó las flores escuchando en su mente el consejo de su madre sobre no involucrarse y caminó hasta el templo.

El sol se había ocultado, nubes y niebla rodeaban su camino y difuminaba a los invitados. Su futuro marido esperaba al frente, pronto estuvieron uno al lado del otro.

—Escuché que necesitaremos un nuevo Mizukage.— murmuró volviéndose hacia el sacerdote, pero él le escuchó claramente.

—Así es.

— ¿Iras?

— ¿Para qué? Nada va a cambiar.

—Entonces, iré yo.

—No seas absurda ¿Qué serías capaz de hacer?

Los cantos iniciaron y su mente completamente despierta seguía sopesando las posibilidades.

—De manera que no crees que pueda lograr algo.

—Creo, — dijo sonriendo al sacerdote que había escuchado el murmullo que traían los novios; —Que sacrificarte por una causa así, no vale la pena. Si te preocupa lo que pueda pasar con los demás aspirantes al puesto, entonces nos iremos del país, a un sitio más seguro.

Irse. Dejar atrás los problemas en lugar de afrontarlos, seguir la vida simple a la que la habían acostumbrado.

Sus manos fueron enlazadas para recibir la copa ceremonial de bebida.

—No.

— ¿Disculpa? — preguntó el sacerdote al verse interrumpido en voz alta.

—No puedo aceptarlo.

—Entiende razones, no puedes hacer nada al respecto, no tienes ningún talento especial, deja que quienes son más fuertes arreglen todo, o terminen de empeorarlo.

— ¿Y me conformo con lo que resulte?

No esperó respuesta, no quería escuchar una vez más eso que le habían repetido muchas veces ya, pero cada vez conseguía hacer menos efecto de control sobre sus bríos.

—No me perdonaría nunca si no respondo a este llamado de mi corazón… y de mi aldea.

Bajó sus manos, las soltó del enlace y levantó la mirada, encontró en los ojos de los presentes, en los de su propio prometido, que lo que elegía en ese momento ya no tendría vuelta atrás. Él no pelearía, y el asunto no se resolvería en tan solo unos días, pasarían tal vez años enteros antes de lograr una estabilidad razonable, años que se sumaban a ella apartándola de la lista elegible para muchos.

¿Valía la pena? Ella misma se cuestionaba.

Quedarse y conseguir una tranquila vida marital, y que el resto del mundo no importara.

Marcharse en ese momento, ser una guerrillera solterona con pocas posibilidades de sobrevivir para ver calmada su sed de… justicia.

A eso se resumía todo: una justicia por ella y sus deseos, por el talento que le fue negado desarrollar y el papel que tomaría en el lugar donde nació.

—Sí, vale la pena.


Comentarios y aclaraciones:

Naruto (Manga) capítulo 454

Naruto (Anime) episodio

Creo que Mei (también conocida como la quinta Mizukage) debió tener en el sentido de desarrollo profesional muchos problemas. Parto de lo explicado por Zabuza y Haku, la persecución de los usuarios de Kekkei Genkai (Mei tiene varios), la crudeza de los exámenes y en general el caos y reino de terror que se vivió, por eso creo que aunque sí recibió entrenamiento ninja, no fue sino hasta mayor que empezó a desarrollar sus técnicas particulares, lo que de paso me respondería a porque nunca figuró ni fue mencionada como uno de los ninjas grandes, si siempre mantuvo perfil bajo y luego salta hasta ser Mizukage me parece razonable. Bueno, eso creo yo.

Y también quería meter ese conflicto que tiene con las relaciones amorosas y su edad, hay traumas que no abandonan.

¡Gracias por leer!