Dolor
Ameyuri Ringo
Sus compañeros seguían mirando con la misma expresión de idiotas que los caracterizaba cuando no estaban seguros de qué hacer o qué responder, y que amargamente sucedía demasiado a menudo como para no haberla ya aprendido de memoria. Restándole importancia, empezó a lavarse el cabello con una barra de jabón de lavandería, después de intentar sacar la sangre y el lodo solo con agua y en ausencia de un producto cosmético más especializado. Pero no le importaba mucho, que su cabello oliera a campo de fresas, representaba un enorme cero en su escala de prioridades. Además, siempre había usado ese jabón, porque era inmensamente más barato y cuando uno no tenía padres que pagaran absurdos tratamientos acondicionadores, lo importante en todo caso, era no convertir su cabeza en un nido de liendres y piojos.
Froto con insistencia y casi podía asegurar que sus uñas podrían desgarrarle el cuero cabelludo, pero había demasiada mugre como para andarse con sutilezas y cuidados. Dejó que el agua caliente cayera sobre su espalda amoratada causándose una sensación eléctrica, apenas aminorada por el ligero ardor en los raspones de los brazos y piernas.
El agua a sus pies corría al desagüe en color marrón que poco a poco dejaba de parecer un deslave de montaña. Para cuando finalmente pudo hacer espuma supo que había tenido éxito en aquella jornada de limpieza y debía darse prisa para no retrasar la cita que tenía.
Frotó su cuerpo con una esponja enjabonada haciéndole doler todas las heridas, pero proporcionándole una gratificante sensación de poder y éxito, de realidad, de logro.
Se envolvió en una toalla y se lavó los dientes, pasó hilo dental por cada uno de ellos y usó dos veces el enjuague bucal hasta que la menta le hizo perder la sensibilidad de la lengua.
Se revisó frente al espejo un par de veces; sus dientes, perfectamente blancos y alineados sin necesidad de que interviniera un ortodontista eran la envidia de todas sus compañeras de promoción, si bien realmente no había más que un puñado de kunoichi en toda la aldea, tan pocas que podían contarse con los dedos de una sola mano. No usaba incrustaciones porque nunca había perdido dientes o parte de ellos en ninguna misión, no tenía caries ni tampoco se había dañado el esmalte pese a que tenía la costumbre de meterse armas en la boca. Sonrió a sí misma pensando en lo idiotas que eran otras chicas que podían gastar una cantidad generosa de dinero por arreglar un estúpido milímetro que separaba los incisivos centrales superiores.
Ropa nueva, zapatos nuevos e incluso puso especial empeño al momento de peinar su largo cabello, grueso y fuerte, aunque áspero por el rudimentario cuidado que le daba con la misma barra de jabón que le servía para lavar la ropa.
Podía sentir el palpitar de su corazón y la adrenalina corriendo por sus venas, estaba demasiado excitada como para no demostrarlo con una sonrisa mientras recorría las calles de la aldea dirigiéndose al punto de su cita.
Llegó justo a tiempo y pudo pasar al pequeño y modesto salón en el que se encontraba un hombre completamente vestido de blanco. Era alto, delgado, pero a través de la ropa era fácil adivinar que tenía la musculatura suficiente como para poner mantenerla acostada e inmovilizada él solo. Se acercó rápidamente si dejar se sonreír demostrando lo ansiosa que estaba.
—Házmelo ya. — demandó con un jadeo.
El hombre pasó sus dedos, largos y finos, alrededor de sus labios, delineándolos parsimoniosamente y notando que era más suaves de lo que cabría esperar después de tanto tiempo dedicada a la batalla. No usaba lápiz labial, ni siquiera brillo, eran naturales por completo, tanto como toda ella que no llevaba ni gota de maquillaje encima.
La tomó por el brazo y la condujo hasta el sillón reclinable.
—Besarte será difícil. — dijo él.
—No me importa. No me gustan los hombres. — dijo mirándolo directamente a los ojos, demostrándole que no mentía.
— ¿No será que no has encontrado al tipo indicado?
—Todos son una basura de la que me puedo deshacer rápidamente. Por eso estoy aquí ¿No?
—No hay vuelta atrás, será permanente. — advirtió mientras la cubría con una sábana quirúrgica.
—No, no hay vuelta. — dijo con ansias.
Él acercó la aguja que se acercaba a su encía para adormecerla pero ella le detuvo la mano.
— ¿Siempre la usa? — preguntó.
—Bueno, será más cómodo.
Frunció el ceño y sin ningún esfuerzo le quitó la aguja.
—Quiero sentirlo. Me lo he ganado como todos, no me humille usando anestesia. — dijo con firmeza y casi enojo.
El hombre dudó unos momentos, pero al verla directamente a lo ojos, supo que lo decía en serio, y nada de lo que dijera la haría cambiar de opinión. El rechinido del aparato rompió el silencio del salón y poco a poco, lo que en un principio era una sola molestia, pronto se volvió un dolor punzante que envolvió su cabeza completa.
Se aferró con fuerza a las coderas del sillón, casi arañándolas mientras por su boca empezaba a bajar el sabor metálico de su propia sangre.
—Enjuaga. — dijo él, acercándole un cono de papel.
Así lo hizo y no pudo evitar el deseo de pasar la lengua por los bordes pulidos de primer incisivo frontal.
—Escuché que antes metían una piedra y lo hacían con un cincel.
El hombre asintió.
—Pero a veces las piezas se perdían completas.
—Debió ser increíble…
Se recostó y abrió la boca tanto como pudo para que continuara, así lo quería y realmente no podía esperar a que estuviera lista.
El chirrido metálico empezó de nuevo y continuo por casi seis horas hasta que la cabeza estaba por estallarle del dolor y, sin embargo, apenas se había movido. Respiraba jadeante con los labios temblorosos y los ojos llorosos, tenía las mejillas encendidas y el cabello húmedo por el sudor, con todo eso, estaba segura de que no podía sentir nada mejor en todo el mundo.
—Está listo. — anunció con solemnidad el dentista.
Tan rápido como pudo, se incorporó aceptando el espejo de mano que le hubiera ofrecido.
Sonrió ampliamente para poder ver todas sus piezas dentales, ahora convertidas en perfectos triángulos, con las encías enrojecidas e hinchadas y rastros de sangre aún sobre el esmalte blanco.
—Ez perfecto. — dijo siseando.
Se puso de pie ignorando el mareo que amenazaba con desmayarla, los nervios de los dientes, exaltados y palpitantes le daban la sensación de tener la boca del tamaño de la cabeza entera.
—Será mejor que lleves dieta blanda un par de días. Nada de grasas para evitar infección. — le dijo por toda indicación antes de que se marchara.
La tarde caía y el débil sol permanentemente oculto en nubes grisáceas iluminaba todavía. Estaba perfectamente consiente de que el motivo de que las buenas esposas de la aldea desviaran la vista era simplemente que se había empeñado en sonreír.
—Que niña tan tonta. — decía alguna por ahí.
—Ahora nunca podrá encontrar un esposo adecuado.
¿Y a quién le importaba eso? ¡Era ella ya uno de los espadachines de la niebla! Y sus dientes perfectos eran un precio hasta estúpido por ello.
Comentarios y aclaraciones:
Naruto (Manga) #522
Naruto Shippuden (Anime) #265.
¡Gracias por leer!
