Paz
Kaguya Ōtsutsuki
No se sentía capaz de reconocer en su vida algo como un inicio. Quizás lo hubiera olvidado, como si quedara un vacío entre momentos, como si cada día desde el comienzo de su existencia hubiera sucedido de la misma manera cada vez.
Su mente tenía grabado profundamente cada detalle del templo, cada olor, cada sombra que se creaba con la flama danzante de una vela. Cada canto, cada oración en cada una de las lenguas que usaban quienes llegaban hasta el pie de la escalera llevando ofrendas y regalos a la diosa.
Los miraba desde arriba, siempre a la distancia, escuchando sus deseos encausados a las buenas cosechas, el clima benévolo, salud para los enfermos y fuerza para los trabajadores, los jóvenes esposos iban a buscar bendiciones para que pudieran tener hijos, y después llevaban a los niños ante ella para que crecieran fuertes y sanos.
Cuando el día terminaba, ella se retiraba a meditar sobre el universo mismo, en todas las formas distintas en que la vida era concebida. Siempre igual.
Entonces, una vez quiso algo para sí misma, para sentir aquello que era tan poderoso: una vida.
Y así sucedió, como todo en ella no tenía principio, parecía que todo había estado igual de la misma manera desde que podía recordar y quería conservarlo de esa manera, del mismo modo, todo lo que pudiera llamarse tiempo junto a los hijos que había traído al mundo. Los veía dormir, tan pequeños, tan indefensos, confiados en que ella velaba sus sueños con más dedicación de la que hacía por aquellos extraños que acudían a su templo en busca de sus bendiciones.
Los miraba abrir los ojos y mirar ese lugar, empezando a reconocer las formas como ella lo había hecho tantas veces atrás pero para lo que apenas le quedaba interés, porque no había nada más hermoso que solo mirarlos, intentando recordar si ella había sido así, si ella había estado en otro lugar o ahí mismo, con una persona que, como ella, había creado una vida y la miraba con fascinación, creciendo como todo lo que estaba atado a la existencia, volviéndose fuerte, despertando su mente y uniéndose a la conciencia del universo para desentrañar sus misterios.
Temía incluso tocarlos, porque ella era diferente, ella no tenía principio y quizás no tenía fin, estaba fuera de toda existencia y aún así había podido concebirlos, quizás su propio deseo tuvo el poder para hacerlo, o tal vez así debería ser para que ella cumpliera su cometido.
Pero el tiempo que ella no sentía, sí pasó para el resto del mundo y cambió los deseos de aquellos que buscaban sus bendiciones, no había más intenciones de buenas cosechas, de salud y fuerza. Era poder, era pedirle que tomara partido para favorecer solo a algunos, solo al que llevaba la ofrenda más basta, le pedían que despreciara enemigos que a ella no la habían ofendido, que irrumpiera la existencia de los que se oponían, que bendijera sus armas para que causasen más daño.
Y ella no podía hacer eso.
No cuando de ella debía mantenerse toda la fuerza vital que recorría cada forma de vida.
Entonces cerró las puertas del templo y se rehusó a escuchar esos vanos deseos, mirando a la más hermosa de sus creaciones crecer mientras sentía cómo las vidas se apagaban, cómo todos los deseos se volcaban a un solo propósito: destruir.
Desde la lejanía el desorden y el caos se abrían paso, pero ella solo se confundía, escuchaba que le pedían que detuviese el horror, pero ella no lo había comenzado, ella se había rehusado a tomar partido, aún así, la hacían responsable de todas las vidas que se extinguían en esa guerra.
Casi podía oler el humo, la sangre y la carne quemada.
Entonces sintió algo que no había sentido nunca antes, un miedo incontrolable que no la dejaba descansar ni concentrarse en nada más que todas esas vidas apagándose una tras otra, estando cada vez más cerca, hasta que creía estar segura de escuchar sus gritos.
¿Y qué pasaría si llegaban? ¿Si esa guerra alcanzaba el templo en el que había transcurrido toda su existencia?
Ella no tenía principio, y tal vez no tendría fin pero…
Los miró dormidos en su regazo, a ellos que eran la vida más valiosa de todo el mundo y que, aunque formaban una parte de sí misma, el tiempo sí los había tocado, se movían en el ciclo natural de todo lo existente.
Intentó calmar sus temores acariciando sus cabellos, sintiendo sus respiraciones suaves y tranquilas, confiaban en que nada sucedería, en que ella que era la diosa de la vida que había tomado el fruto del Dios Árbol y había traído una época de paz, volviera a intervenir para poner las cosas en su lugar.
Entonces volvió a abrir las puertas del templo, abandonado y derruido.
El mundo caótico había llegado y son sus ojos blancos alcanzaba a ver más allá de sus límites, hasta donde salía el humo, de donde escuchaba los gritos y por un instante ese terror le hizo creer que esos gritos provenían del lecho en que su más preciado bien descansaba.
Levantó la vista hacia el cielo nocturno.
No pensaba permitirlo, no tenía deseos de que las batallas continuaran, ese había sido su único propósito al comer el fruto del árbol.
Levantó los brazos dejando fluir el gran chakra del que era poseedora.
Solo ella podía traer paz.
Solo ella podía detener la muerte y la locura.
Comentarios y aclaraciones:
Conocida también como la diosa-jode finales, creo que debía incluirla pese a todo.
En mi opinión ni siquiera es una villana, y no lo digo por que su personaje poco desarrollado llegara en un momento en que la trama parecía un episodio de Scooby Doo en el que le quitan la máscara a Tobi que resulta ser Obito haciéndose pasar por Madara que estaba controlado por Zetsu (sí, todo hubiera salido bien si no fuera por esos chicos entrometidos). Me refiero a que en realidad estaba en su derecho de enojarse y mandar allá lejos al montón de humanos que solo quieren matarse unos a otros y le ofende que alguien trate de detenerlos.
En fin, el siguiente capítulo es definitivamente el último y estará dedicado a una kunoichi a la que le tengo cierto afecto ¿Ya saben quién?
¡Gracias por leer!
