Casa de Severus Snape, calle Las Hilanderas

Se removió en la cama satisfecho. Tratando de despertar. Estaba tan cómodo y relajado. No sabía que hora era pero, por la claridad que se colaba a través de las cortinas; debía ser mediodía. Aspiró hondamente reconociendo el olor de su pareja entre las sabanas. Y pensando en ese chucho… estiró la mano y no lo encontró.

Perezosamente, abrió ligeramente un ojo. Nada, ni rastro del pulgoso. Oh! Que el cielo nos asista! Sirius Black ha madrugado! Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, riéndose de su propia ocurrencia. Suspiró mientras se desperezaba como un gato.

Agudizó el oído pero no oyó ruidos en la ducha mmmmmm ¿desayuno? Pensó el pocionista. Le daba cinco minutos y bajaría a la cocina, si aquel hombre era malo en pociones no quería ni pensar cómo sería en la cocina. Temía por sus ingredientes.

Después de refunfuñar contra su pareja un poco más, se destapó y buscó el pantalón de su pijama. El maldito había quedado colgado de la lámpara de la habitación. El pensamiento de Severus cuando lo encontró fue: ¿Cuándo…? Mph! No importa y pasó al cuarto de baño.

Tras una ducha rápida, un cepillado de dientes y colocarse el dichoso pantalón; se dirigió a la cocina para encontrar… nada. El desayuno no estaba listo y su pareja tampoco.

-¿Dónde coño estas chucho?- preguntó a la nada.

Algo mosqueado se dirigió a la biblioteca, luego al baño de ese piso y poco a poco fue recorriendo la pequeña casa de dos plantas comprobando que estaba solo.

- ¿Ha salido? ¿A donde? – murmuró intentando ignorar la pequeña opresión de su pecho - ¿Qué es tan importante para madrugar un domingo de diciembre? – su mente de ex espía comenzó a trabajar a toda velocidad.

No había razón para su comportamiento. Repasemos: no había quedado con el idiota de Potter ni con Lupin, no hacía falta ningún alimento, el periódico llegaba por lechuza, ¿alguna emergencia?, imposible lo habría despertado. Entonces solo quedaba una opción.

Había sido abandonado.

Sirius Black se había ido. Un frío desconocido acababa de anidar en su corazón. ¿Ya se había aburrido de él? ¿Tan pronto? Siempre tuvo la duda de por qué un hombre como Black, estaba con él. Es decir, Severus Snape no era lo que se puede decir un buen partido. Ni su físico ni su carácter. Eso era, por fin se había dado cuenta. Su estomago se contrajo. Mierda, él no quería que se fuera.

El sonido del timbre en la entrada principal lo sacó de sus lúgubres pensamientos. Tan turbado estaba que no se dio cuenta que solo llevaba el pantalón del pijama al abrir la puerta.

Frente a él un policía, muggle, le miraba con sorpresa. Repasaba su musculatura contando mentalmente las cicatrices de su pecho. Severus iba a llamarle la atención al maleducado hombre (de una forma muy Snape) cuando un gruñido les hizo fijar su atención a la derecha del muggle.

El extraño llevaba atado con una correa y un bozal a un perro negro bastante conocido por el pocionista. Toda la preocupación y desesperación que había sentido hasta ahora se volvió furia. (oh! Pobre perrito)

- Buenos días – el hombre por fin encontró su voz – he encontrado a su perro vagando por el parque a dos manzanas de aquí. Debería tener más cuidado y procurar que no se escape. – terminó el policía.

Snape estaba confuso ¿su perro? Cruzó los brazos y frunció el ceño. Miró al pulgoso y allí, colgando de su cuello, estaba el collar que le compró como broma dos días atrás. En la argolla del mismo colgaba una plaquita con el nombre del perro (Padfood) y la dirección de Snape.

- Tranquilo no volverá a suceder – declaró extendiendo una mano para hacerse con la correa con la que sujetaba al can. Se despidió secamente del otro hombre y le cerró la puerta en las narices. Ahora solo estaban ambos magos en el hall.

Estaba cabreado, furioso más bien. ¿El imbecil de Black se había ido a dar un paseo? Arggg iba a matarlo. Él preocupándose porque se creía abandonado y este… este… malnacido solo estaba dando un paseo. Apretaba los ojos mientras pellizcaba el puente de su nariz, inspirando profundamente para calmarse.

- Severus…. – abrió los ojos para contemplar como caía el bozal de las manos del animago que ya había recuperado su estado original.

Todos los reclamos quedaron olvidados ante la visión de Sirius en su forma humana. Oh! Por el gran hijo de puta de Merlín! Tragó. Evidentemente, tras su transformación, Black estaba desnudo. Pero también sudado y sucio. Sucio. Pequeños trozos de barro se extendían por su piel, incluso por parte de su cabello desordenado.

Aunque eso no fue los que más lo impactó. Tampoco fue la sonrisa torcida exclusiva de ese mago al saberse observado (y deseado), no no no. No fue eso. Fue el collar que aun llevaba atado al cuello. Volvió a tragar.

La sonrisa torcida se ensanchó ligeramente mientras se acercaba a su pareja. Conocía esa mirada de su Sev perfectamente. Lentamente tomó su mano y la acercó a su boca. Beso su palma sin dejar de mirar sus ojos. Luego lamió el índice y lo llevó a la argolla del collar que se cerraba en su cuello. Tras esto, esperó.

Snape parpadeó y salió de su interrupción mental. Pasó su dedo corazón por la argolla también, y tiró hacía abajo. El animago obedeció lentamente, Severus podía sentir el aire caliente que exhalaba su pareja: sobre su pecho, caliente, sus abdominales, su vello se erizaba, su ombligo… hasta que lo detuvo frente a su miembro.

Ninguna palabra fue dicha pero Sirius se acomodó de rodillas y con sus manos sujetó las caderas del pocionista. Alzó la vista y, sin separar los ojos del otro mago, lamió despacio la tela que cubría la hombría ajena.

Snape sintió como sus piernas flaqueaban y su respiración entrecortaba. Apoyó su espalda contra la pared. Black volvió a lamer disfrutando de su trabajo. De arriba abajo, despacio. Las manos que sujetaban las caderas de Severus resbalaron hacia abajo llevándose (de paso) el pantalón de este.

Respiró sobre la erección del otro antes de engullirlo de una vez arrancando un gruñido a su pareja. Sonriendo internamente se dedicó por completo a su tarea autoimpuesta, lamiendo, mordiendo ligeramente, succionando, haciendo exactamente lo que volvía loco a su compañero.

Por otro lado Snape sentía que tenía todo el control del acto y eso solo hacía que su excitación creciera hasta niveles insospechados. La mano que sostenía la argolla dirigía al animago. Sus gemidos y maldiciones iban en aumento coreados por los sonidos totalmente indecentes que hacia su pareja mientras le atendía. Sonidos húmedos que invadían sus oídos, que le hacían imaginarse a Sirius arrodillado con su polla en la boca y como su saliva se escurría por sus labios a su mentón, resbalando a su largo cuello, bajando por su pecho….

Y no hizo falta nada más, arqueando la espalda y con un grito mudo, se corrió fuertemente en la boca de su pareja. Tardó minutos que parecieron horas, en volver a acompasar su respiración, pero aun con todo no había soltado la argolla. Tuvo que ser el animago el que le obligara a soltarla para arrastrarlo a la habitación, y más concretamente, a su cama para seguir estas deliciosas actividades dominicales.