III
A casi nueve meses de aquélla desventura, Angelina seguía sin obtener una buena pista que le condujera a su fin. Había utilizado sus contactos, pero no era posible clarificar de quién se trataba. Muchas veces trató de olvidar el asunto, empero, al crearse nuevamente esas crudas imágenes de Barnett y ella en el bosque, la impotencia de no poder reunir las piezas y no entender el mensaje de las notas para esclarecer, si después de todo, eso tenía relación con aquélla desgracia, nacía en su pecho una ácida sensación de culpabilidad.
Ya vivía de nuevo con sus padres, la propiedad que habitó una vez con su fallecido esposo, la puso en venta. Todo marchaba sin problemas, como si de pronto, no hubiese existido aquel noble hombre que juró amarla toda la vida. Su madre la invitaba con frecuencia a la mansión Phantomhive, para charlar con su hermana, pues también era vital fortalecer los lazos. El conde siempre le dejaba una majestuosa impresión, que enardecía sus venas y su sexo. No podía evitar sonreírle y manifestar cuán feliz era teniéndole enfrente y con esos poderosos ojos azules mirándola. –Todavía no sé muy bien, sólo me lo comentó hace días. —Le decía su hermana, una tarde mientras le servía un exquisito té chino. –No sé si esté preparada para ser madre. Me ilusiona tener un hijo, pero no lo sé. —Le sonreía. Angelina intentó oscurecer su incomodidad, quiso sonreírle también, pero sabía que forzaba los músculos de su rostro y que comprimía su corazón. –Pues no veo porque negarse. Ya casi cumplen un año juntos, es perfecto para formar una familia, y recibir ese obsequio de Dios. —Le respondió la escarlata casi entre dientes, mientras disfrazaba su molestia con un buen sorbo de té. Rachel no dijo más y se dedicó a terminar su infusión de naranja.
Esa noche, en casa de sus padres, antes de cerrar la ventana de su alcoba, una de las criadas le entregó un papel maltrecho. La criada alcanzó a leer su nombre y por eso decidió entregárselo directamente antes que a sus padres. "Será mejor que te detengas, no sabes dónde estás nadando. Sé quién eres, conozco vuestro linaje, y vuestra hermana. No le temo al perro de Phantomhive. Esta es mi última advertencia, Angelina…", amenazaban esas letras tan fríamente trazadas. Inmediatamente dedujo que eso tenía relación con su pesquisa sobre "R. Crimson", ¿acaso él mismo había osado escribirle? ¿Y por qué no daba la cara? ¿Y por qué a estas horas? ¿Creía que siendo entregada una nota a mitad de la noche, se asustaría terriblemente? Por supuesto, que Angelina no desistiría, esto, por el contrario, significaba continuar su pesquisa y encontrar al sujeto que amenazó a su Barnett, y, a ella misma.
No sabía si contarle de esto a Rachel, pues en esa nota apareció el nombre del conde Phantomhive. ¿Por qué? ¿Tuvo que ver con la desaparición de Barnett? ¿La pobre Rachel sabía de esto? La dejó fríamente intrigada. El hombre al que de verdad amaba, había dejado de pronto, un hueco en su corazón, no obstante, aún mantenía la esperanza de que posiblemente se trataba de un malentendido, o que ella así atribuía.
Meses después de ese suceso, Angelina continuaba con su búsqueda, con más cautela para no levantar sospechas de su mensajero anónimo. Sin embargo, los resultados eran inútiles. Algunos decían que el sujeto había muerto por un ajuste de cuentas, o en el peor de los casos, ni le conocían. Pero, en una sus tantas tardes en las que pasaba leyendo las respuestas a sus misivas, recibió una con un mensaje muy peculiar: "Phantomhive no es un simple mortal, ese hombre tiene asegurado el mismo cielo. Incluso, si alguien se atreviere a hacerle daño o a alguien cercano a él, lo sabría de inmediato y desaparecería a su interceptor, antes de que llegue a tocarle. Es un fiel sirviente de su majestad. Sabe acerca de muchas cosas. Él se encarga de los trabajos sucios. No intenten molestarle." -¿Trabajos sucios?—Se preguntó con extrañeza la escarlata. No era solamente un aristócrata más. ¿Con quién se había casado su hermana? –Tal vez Rachel no tenga conocimiento de esto, ni quisiera preguntárselo. —Añadió, luego dobló sin cuidado esa nota y la escondió en los cajones de su escritorio.
