IV
Cerró ese capítulo de búsqueda luego de casi 18 meses. Se había rendido, y confiaba su venganza al mismo cielo, "la justicia divina sabrá cómo proceder", se dijo. Era una mujer más independiente. Asistía a reuniones de sus amigas o a mascaradas, llevaba una vida ligera, opacando ese terrible pasado. Decidió no volver a enamorarse, cosa que sus padres reprobaban. –El amor sólo se entrega una vez, y no quiero fingir que puedo amar a alguien como a él. —Les aseveraba una noche en el comedor. -¿Y qué piensas hacer cuándo envejezcas? ¿A quién le dejarás tu fortuna? –Le cuestionaba su madre. Ya no le importaba. Tenía la idea de otorgar su fortuna a varias beneficencias para ayudar a los pobres. De todas maneras, a donde tuviera que ir, ya no necesitaría de lo material.
Su amiga, Sofía, luego de semanas, la invitó a una mascarada, también a su hermana, Rachel. Ambas viajaron en la misma diligencia. –No sé cómo a Sofía se le ocurre una mascarada en invierno. —Platicaba la rubia. –Tú sabes cómo es, se le ocurre algo y no desiste. Sabes además, que no se contiene de mostrar lo que ha adquirido, un nuevo retiro cerca del lago. Es una presumida. —Le respondió Angelina sin dejar de mirar el camino. Sofía, una joven de pocas carnes y una cabellera de cobre, amiga de la familia, las recibía a ambas Durless en su Salón principal. Las charlas, las risillas que intentaban apagarse con los abanicos, las miradas silenciosas y el coqueteo, marchaban pacíficamente, hasta que una de las mujeres cuestionó a Angelina sobre el por qué continuaba tan sola, habiendo en esa amplia sala, tantos caballeros solteros y de un estatus social respetable. –Querida, eres tan hermosa para solamente sonreírte al espejo y para ti. ¿Qué pasa? Mira, allá está el Barón Finnley, un hermoso joven irlandés, dicen que ha adquirido una firma de calzado aquí, en Londres, o por allá, el Señor Ashton, un empresario de una gran relojería…-Le susurraba, pero la misma Angelina la interrumpió. –Sí, sé que tienen una generosa herencia, pero no pienso buscar más. Cómo dije, el amor se entrega una sola vez. —Respondía con una mueca. Esas charlas siempre la irritaban, y a veces, le costaba disimular cuán molesto le era hablar sobre ello. Las mujeres de su edad eran consideradas unas "perlas sin collar", es decir, aún tiernas con oportunidad de hacer su vida, sin embargo, las perlas no siempre encontrarían un collar y podrían perderse en el mar. Se mostraba esquiva con estos temas, no contestaba ni sí ni no.
Angelina se enfocó en donar ropas u otros enceres a beneficencias de caridad, era muy conocida por los lugares que frecuentaba. En especial, era cautivada por los niños, intentaba colmarles de regalos y más recursos que ayudaran a un sano crecimiento. La gente de los alrededores hablaba muy bien de ella, y de vez en cuando, le devolvían el favor con flores o algún otro presente. Esto convenció a su hermana menor, quien también le llevaba cosas para donarlas a los más necesitados.
Pronto se inyectó en la mujer carmesí, o Madame Red cómo le había apodado la gente de las beneficencias, debido a su obsesión por el color rojo, un sumo deber de apoyar a los niños. Era fiel creyente de instruir a un niño con amor, para obtener a un adulto sensato y con miras hacia el bien. Por eso, también comenzó a hacer donaciones de su fortuna a varias escuelas. Una sonrisa o un abrazo de un niño, le colmaba su espíritu. No obstante, una tarde en la que había acordado dejar más ropas a los niños de un orfanato, una terrible escena le estrelló en miles de añicos su regocijante alma. Una mujer zarandeaba a regañadientes a un niño. No pudo soportar ese repugnante comportamiento, y terminó enfrentando a la mujer. -¡Alto! ¡Cómo se atreve a hacerle eso a un niño!—Le reclamó. La mujer se volvió con desprecio, le mostró los dientes. –Es mi hijo y sé lo que hago. Usted es rica y hermosa, ¿qué va a saber de niños?—Le contestó de mala gana. Angelina continúo exclamándole, hasta que logró salvar al pequeño. No sería la única ocasión: había encarado a muchas personas, y les injuriaba por maltratar a los niños. Sin embargo, un día, una mujer de aspecto descuidado y de fuerte voz, le había hecho realmente enfurecer, hasta que la misma Durless le contestó: -Yo nunca podré tener un hijo, un bebé mío, de mis entrañas, en mis brazos. Munca podré verlo crecer y guiarle por todo este largo y ácido sendero, llamado vida. El Señor así lo ha decidido y no puedo cuestionarlo, pero aquí estoy, ayudando a otros niños para que vivan felices y se conviertan en personas de bien. Y usted, parece sacar provecho de su cólera para desquitarla con un pequeño ángel. No se atreva a juzgarme. Usted, gracias a Dios, ha podido concebir un hermoso hijo, cuídelo y no vuelva a levantarle la voz ni a pegarle jamás. —Terminó apenas con firmeza, las lágrimas le ahogaron la voz.
