V
Conforme pasó el tiempo, Angelina se interesó también por ayudar a aquellas mujeres que no podían concebir a sus hijos. Las apoyaba pagando sus visitas al médico, indagando sobre el tema y propagando la información. Así como, invitarlas a su casa, en la sala y charlar al respecto. Conoció a muchas personas muy interesantes, que influyeron beneficiosamente en su vida. Le fueron arreglando poco a poco su quebrado corazón, pues entendían, sin duda alguna, todo el padecimiento que había cargado por años.
Buscó titularse en medicina, obviamente, era en esos tiempos, muy extraño que una mujer se interesara por la ciencia, además de que era mal visto. Pero se aventuró y logró ser aceptada en la Universidad de Oxford. De ese modo, ayudaría con más licencia, a todas esas desdichadas mujeres.
No obstante, no todo era viento en popa, su hermana menor, había intentado quedar encita en varias ocasiones, pero con resultados nefastos. Eso tensaba su relación con el apuesto conde Phantomhive. -¡No puedo, querida hermana! ¿Por qué Dios me castiga así?—Sollozaba la rubia, deambulando de un lado a otro en su alcoba, frente a su hermana. Angelina sintió cómo el hueco que la carcomió durante años, volvía a abrirse en medio de su corazón. Corrió hacia la desdichada alma y le abrazó. –Tranquila, tranquila, Rachel. Dios no te ha castigado. Esto puede resolverse con la ciencia. —Intentó calmarla. –Es que no lo sé. Ya hemos intentado desde hace seis meses… Y él ya no quiere dormir conmigo. Es muy frío. Las primeras veces me decía que no se cansaría de intentarlo, pero ahora… Tengo que recurrir a prácticas sucias para llamar su atención y probar de nuevo. No quiero vivir así, Annie, ¡no quiero estar junto a este hombre, quiero a mi esposo y a mi vida de vuelta!—Rompió en llanto la desdicha mujer. Madame Red le acompañó en su tormento. Ella sabía muy bien lo que era ser una mujer digna de proveer un heredero. No obstante, ella sí logró embarazarse, ¿qué sucedía entonces con su hermana, quien conservaba, como todas las mujeres, la caja para hacer niños? ¿Qué pasaba? El cuerpo humano escondía muchos misterios. Aún no era muy docta para determinar un diagnóstico.
Pasaba casi todas las tardes en casa de su pequeña Rachel. La triste mujer se iba apagando, su salud se deterioraba con facilidad. Había dejado de comer, y los huesos comenzaban a notársele. ¿Qué maligna fuerza imperaba en el delicado cuerpo de su hermana, y también, en su espíritu? Lord Phantomhive mostraba una faceta muy distinta a la que Madame Red estaba acostumbrada, de hecho, sus seductores ojos azules, lucían opacados y amenazantes. Parecía que no le importaba la salud de su esposa. –No sé qué ha sucedido. No sé si deba continuar orando con Dios, pues cada vez, la veo peor. —Le dijo una vez a Angelina.
Madame Red no desistía de visitar la Catedral principal y fortalecer sus estudios. –Por favor, Rachel, no te desanimes, voy a encontrar la cura. Ahora debes luchar por ti, tu salud está muy mal. Te amo tanto. —Besó su frente. –El Señor nos escucha, no te rindas. —Le suplicó la escarlata.
Gracias a sus conocimientos en medicina, su querida Rachel iba tomando fuerzas. El rostro se le alegraba un poco. Las oraciones no paraban. Había resultados después de todo. Sin embargo, Angelina quería saber la razón final: ¿por qué su querida hermana no podía embarazarse? Buscó a varios médicos y les expuso el caso de su hermana, uno de ellos, que era su profesor, accedió a hacerle una visita. Luego de varias revisiones, concluyó que la joven mujer tenía una lesión en el útero. -¿Una qué? ¿Y cómo?—Preguntó desalentada su madre. –Bueno… Pues depende de cómo haya sido la práctica sexual. El cuerpo de la mujer es muy delicado, y cualquier movimiento en esa zona, debe hacerse con mucho cuidado. También puede deberse a un mal trato de algún procedimiento médico, algún golpe, falta de higiene… -Respondió el médico, pero se vio interrumpido por Lord Phantomhive. -¡Qué dice! ¡De qué lesión habla!—Reclamó con vehemencia. Empero, Rachel terminó revelando que hace meses, un supuesto médico le introdujo un artefacto que le sanaría esa zona, no recordó cómo era, pero tenía una forma parecida a la de un falo, y que éste, liberaría una sustancia dentro de ella, que había preparado ese individuo, para que lograra embarazarse. -¿Supuesto médico?—Cuestionó Madame Red. Habían caído en la desesperación, que se vio obligada a recurrir a los curanderos, sin la autorización de su esposo. El médico le dejó una hoja con las indicaciones para sanar esa lesión, y la medicina para combatir cómo debía ser, los efectos de ese mal procedimiento.
Luego de semanas, la noticia había llegado: Los Phantomhive, esperaban a su primogénito. Angelina recibió con tanto júbilo la nueva, que al terminar sus prácticas de medicina, corrió a la imponente mansión y celebró junto a los esposos y sus padres, toda la alegría de ese día. -¡Oh, mi dulce Rachel! ¡Qué feliz estoy! Mírame, los pómulos van a reventárseme. —Le decía la escarlata, al sostener sus manos con las suyas. –Lo sé hermana mía. Estoy tan contenta. A Vicent se lo ve mejor, ¿eh?—Río triunfante la dorada.
La noticia también tenía otro bonito detalle, según los cálculos del médico y de Angelina, el nacimiento del primogénito estaba pactada para el 14 de diciembre, a una semana antes de navidad.
Madame Red estaba muy al pendiente de los cuidados de su hermana, trabajó junto a su mentor para procurar que todo se llevara en regla y que su querida hermana, no tuviera un parto con complicaciones, ya que debido a su lesión, tenía que ser muy estricta cada indicación y llevarse cómo tal.
El día llegó, los Durless, los Phatomhive y amigos, se habían reunido para recibir al nuevo integrante de la ostentosa familia. Las mujeres y el médico se encontraban en la habitación, mientras que los caballeros, en el vestíbulo, aguardaban con suspenso la venida de ese pequeño. Por supuesto, que los gritos de dolor los dejaba más absortos. El conde Vicent, se limpiaba el sudor del rostro, caminando de un lado a otro. Madame Red estuvo al lado de su mentor, ayudando y tranquilizando a su hermana. -¡Eso es, un último esfuerzo, mi señora, ya puedo ver su cabeza!—Le decía el médico. Finalmente, el pequeño apareció a la vista de las espectadoras. –Es un varón, un hermoso varón. —Añadió el médico. Madame Red lo envolvió en una delicada sábana y se lo entregó a su hermana. -¡Muchas felicidades, querida, lo has logrado!—Le hablaba despacio a la rubia. La familia festejó con pompa la llegada del hermoso retoño. Había valido la pena esperar tanto tiempo. -¿Y cómo se llamará el pequeño?—Preguntó regocijante la señora Durless. –Ciel, Ciel Phantomhive. —Respondió con una gran sonrisa la joven madre. –Es un nombre precioso. —Concluyó Angelina sosteniendo una copa.
