VIII
Las tardes en el hospital eran las horas favoritas de Angelina, pues en ese horario, recibía más pacientes. Eran de diferentes edades, muy jóvenes o incluso mayores que ella. Madame Red las asistía en todo el lapso de gestación de sus pequeños, algunas veces, la satisfacción era indescriptible cuando los matrimonios se aparecían frente a su puerta para agradecerle; otras, las mujeres se marchaban en lágrimas, resignándose a la cruda verdad que salía de los exquisitos labios de Madame Red.
Pero, aquélla tarde de 1881, invadida por una terrible lluvia, acompañada de amenazantes relámpagos, Angelina se encontraba en el hospital como de costumbre. De algún modo, ese día, tenía un ambiente opresor. Había atendido a más pacientes de los que solía. Casi estallaba, pero, siendo su deber, supo mantener la calma. Pasadas largas horas, ya solo restaba una jovencita, de unos 15 o 16 años. Su aspecto no dejaba en claro que pretendía con el evidente esfuerzo de aparentar ser una refinada señorita. Sus modales no hacían más que delatarla.
–Pase, por favor. —Le dijo Angelina, limpiándose el sudor de su frente. La joven pasó junto a ella con soberbia. –Bien, dígame, ¿qué puedo hacer por usted?—Preguntó la escarlata al cerrar despacio, la puerta de su consultorio.
–Pues estoy embarazada, cómo puede ver. —Le respondió de mala gana la joven, señalando su abultado vientre.
-¡Enhorabuena! ¿Y cuántos meses tiene?—Contestó con regocijo.
-¿Enhorabuena?—Cuestionó molesta la muchacha. –No. No, es así. Quizá tengo unos dos meses.
-Sí… -Respondió la bella escarlata con un tono apagado. ¿Cómo? Era la primera mujer que le refutaba. Advirtió cómo se le alteraba con parsimonia, la sangre en sus venas. -¿Recuerdas cuándo fue tu última menstruación?
-¿Tengo qué responderle?—Replicó con una mueca la joven.
-Sí, es vital para el diagnóstico. —Contestó Madame Red, dejando escapar sin disimulo, un suspiro.
-No sé, pero tengo semanas que no se me presenta. —Hizo un ademán la señorita.
Angelina detestaba a los soberbios, pues debido a su exagerada e irritable vanidad, estaban tan ciegos que no eran capaces de advertir lo sofocantes que resultaban. Le pidió a la joven que se recostará sobre la cama que tenía dentro, ahí, examinaba a sus pacientes, ya que, cercas, había una máquina con la que se apoyaba para sus análisis. Quiso darle una oportunidad a la joven, así que comenzó a charlar sobre lo fría que era la habitación, cómo estarían las calles luego de la lluvia, si vivía aun con sus padres, no obstante, cuando le preguntó sobre quién era el padre, la chica reaccionó de muy mala gana. -¡No lo sé!—Exclamó. –Me salí a hurtadillas luego de que mis padres se fueron a su alcoba. En la esquina me esperaba mi mejor amiga y fuimos a una fiesta, ni siquiera sabía de quién. Pero, ahí conocí a un hermoso muchacho. Hablamos toda la noche. Antes de irnos, se ofreció a llevarnos a casa, ya era de madrugada, las calles estaban muy solas, ni un alma había. Aceptamos. Mi querida Emilie sospechó de las intenciones de Michelle, sí, el que me hizo esto. En fin, Emilie se despidió de nosotros al llegar a su casa, y yo me fugué con Michelle a la mitad del campo. Hicimos el amor. Cuando desperté, me encontraba sola, un campesino me había despertado. Tuve que encarar a mis padres, ya tenían a medio mundo alertado sobre mi desaparición. ¡Qué exagerados! Y tuve que confesarles lo qué pasó. No hemos dado con ese cobarde, ni Emilie se ha pronunciado al respecto. Así que necesito de su ayuda para abortar. —Terminó con una horrenda sonrisa y de forma muy cínica. Angelina apenas entendía la frescura con la que se había expresado aquélla niña. En un santiamén, sus venas ardían y recalcaban sus mejillas en un rojo muy especial. Hizo un colosal esfuerzo por ignorar esa desfachatez. Parecía que la respiración se le pausaba. "¡Qué descaro!", pensaba. ¡Cómo se le ocurría pedirle tal cosa! No se trataba de un vestido, o de unos zapatos, era un ser humano, un niño. Debido a lo abultado del vientre, Angelina dedujo que no eran dos meses, sino, cuatro. En esta fase de la gestación, el producto ya era considerado un ser humano. ¿Cómo era posible que alguien desperdiciara su cuerpo y una vida más, por mero capricho? ¡Qué clase de jovencita era! Las miles de preguntas comenzaron a hostigar sus pensamientos. No podía permitir algo así. Lanzó con arrebato su cuaderno y se puso de pie. Pasando por su rostro una y otra vez, su mano derecha, como si se contuviera de un vómito. –No, yo no puedo hacer eso. Vete, yo soy un médico, y mi deber es salvar a mi paciente, dentro de todas mis posibilidades. —Le dijo de espaldas, en voz baja. La muchacha le espetó que le habían recomendado en varias ocasiones buscarla, ya que tenía una reputación admirable y mucho reconocimiento entre los médicos.
-¡No puedo creer que me trate de este modo!—Profirió manoteando. -¿Qué clase de médico es usted? ¿Cómo se atreve a rehusarse a atenderme? Soy su paciente. —Insistió con autoría.
-Ya se lo dije, soy un médico. Retírese. —Subrayó la escarlata, permaneciendo de espaldas. Esperaba que se marchara, empero, la muchacha le injuriaba y le tiró al suelo una mesita en la que reposaban muchos de sus enseres. -¡Maldita bruja! ¡Usted cree que voy a cuidar a esta cosa que está dentro de mí! Ustedes las amargadas nunca sabrán lo qué es divertirse. –Ajustó con firmeza su vestido. –Bien, si no me quiere ayudar, buscaré a alguien más, que me retire esta calamidad de mi cuerpo. –Refunfuñó mientras se acercaba a la puerta. Eso último, detonó en Angelina una terrible cólera. Tomó un bisturí e interceptó a la joven antes de abandonar la sala. Le clavó el artefacto en medio del cuello. La abundante sangre humedecía sus blancas ropas, como si se tratara del agua de los mares. Silenció a la muchacha con una mano sobre su boca. Los ojos marrones saltaban de sus cuencas, se inyectaban sobre los suyos. Ambas se deslizaron hasta el suelo, donde la joven iba consumiéndose. –Te dije que te marcharás… Alguien cómo tú, no merece vivir. —Le aseveraba Madame Red. Finalmente, giró a la derecha el bisturí para rematar. El cuerpo se desvaneció, ya no había ningún sonido. No obstante, Angelina no podía terminar así. Esa joven la había hecho realmente enfurecer. Pronunciándose a favor de la una vida plena para los niños, cómo alguien podía contradecirla así, y lo peor, juzgarla y llamarla "maldita" o "amargada". Con el mismo bisturí, procedió a hacer un corte en medio del vientre, como si le realizara una cesárea. Extrajo la placenta con el retoño dentro. Abrió el saco y contempló unos minutos a la pobre criatura. -¡Oh, mi Dios, es tan delicado!—Lo sostuvo entre sus brazos, acariciando su tierno cráneo. Debía deshacerse de toda esa escena. Siendo médico, sabía cómo limpiar la sangre y más evidencias que la fueran a delatar. Lo primero que se le ocurrió fue hacer cuartos al cadáver. No obstante, debía buscar cómo cortar toda esa carne. No debía llamar la atención, o todo fenecería aquí. Recordó una daga de adorno que había sobre su escritorio, era un obsequio de su padre, nunca lo consideró como un arma, sino, un ornamento traído del medio oriente. Tenía la empuñadura de oro y un grabado de un león. Sí, la tomó y con ella, fue destrozando el cuerpo de la joven. Buscó una manta de las que ocupaban para sacar a los cuerpos. Luego, procedió a limpiar todo el lugar minuciosamente. No debía existir ni un recuerdo de ese hecho. Se deshizo también de su delantal y camisa, las quemó en el fuego de la chimenea que tenía en su mismo consultorio. Se aseguró de no encontrar compañía o cuervos. Por lo que se aventuró a salir en medio de la copiosa lluvia. Caminó un buen trecho, y arrojó los cuerpos al río, ese desembocaría luego hasta el océano, así que, no habría nunca pistas sobre quién y cómo. Les abandonó en el mar. Al retornar, se topó de frente a una enfermera, ambas se sobresaltaron. -¡Ah, Madame! La estaba buscando, el Señor Hunter tendrá una operación, y el médico la necesita en la sala de cirugía, en el pasillo tres, de casos especiales. —Le dijo con una mano en el pecho. Angelina asintió y dijo que iría en seguida. Antes de marcharse, la enfermera le preguntó por qué había salido a la tremenda lluvia. –Quería relajarme. —Respondió a secas y sin mirarla.
Toda la noche, ya en casa, analizaba detalle por detalle sobre el acontecimiento de hoy. ¿Alguien la habría visto? ¿Cuántos años pasaría en prisión? ¿Era justificable? Había montado en cólera, ¿se lo merecía? ¿Y los padres? La estarán esperando, ¿y su pareja, la familia y amigos? Sí, comenzarán a extrañarla. Emitirán una alerta a las autoridades, ¿qué sucedería al encontrarla? ¿Hallarían pistas sobre el autor de ese homicidio? No, eso era imposible, sabía cómo borrar su presencia de lo que tocaba, lo había estado trabajando desde hace años. ¿Y Rachel? ¿Se enteraría algún día? Sin duda, era una asesina, la había matado, y también, al pequeño que se encontraba en el vientre de aquélla desdichada. Eso era lo que más le dolía, incluso, se sentía satisfecha por haber descuartizado a la muchacha, pero no podía perdonarse por la muerte del pequeño. -¡No, no! ¡Qué hecho! ¡Qué he hecho! ¡Qué he hecho!—Se repetía ahogando su llanto. Nadie debía saber ni sospechar absolutamente nada. Fue un desliz, un accidente. Nunca quiso llegar a esos límites, no era una ladronzuela, ni una asesina, simplemente, no pudo contener su enfado. ¿Eso la convertía en alguien peligrosa? ¿La policía la estaría buscando ahora mismo?
