IX

¿Hace cuánto que pasó desde aquel día? Hace ya dos meses. Se juró no volver hacerlo. Ella era un médico, lo repetía cientos de veces. Intentó convencerse de que su proceder tuvo una muy buena justificación, así, ni el fantasma de esa mujer ni su conciencia, estropearían sus noches ni las hermosas sonrisas de su querida hermana y el pequeño Ciel.

[…]

Pasaron tres años, Madame Red, mantenía su reputación de altruista y entre los mejores médicos. Su mentor había fallecido hace unos meses atrás, por lo que tenía otra razón más para seguir brillando cómo el médico destacado que había sido todos esos años. No pensaba en el amor, ni siquiera contemplaba un nuevo prospecto, había tenido suficiente. Durante este tiempo, varios caballeros intentaron robarse su corazón, sacarlo de ese gélido letargo y volverlo carmín, no obstante, Madame Red se limitaba a sonreír y a ser la hermosa mujer que siempre había sido. Algunos decían que con los años se tornaba más seductora y elocuente, pero Angelina eligió el indomable camino de la ciencia. Por supuesto que su familia cuestionaba esa decisión suya. Su madre era tan sagaz para encontrar el momento preciso y recordarle el problema que hallaría en la vejez y sin un heredero.

–Madre, tú ya no tienes de qué preocuparte. —Le decía durante la cena, la vívida pelirroja. –Mi fortuna pasará al hospital y a The Miracles' Sunshine, es lo mejor que se le puede hacer al dinero. —Sonrió.

-¡Qué es Miracles' Sunshine!—Espetó su madre.

-Es la casa de caridad a la que perteneces, ¿no es así?—Interrogó su padre.

-Así es. Incluso tengo también algo para mi dulce Ciel. —Cerró su diálogo Madame Red con un sorbo de té.

Evidentemente su madre cuestionaba la seguridad con la que le decía cómo terminaría su poderosa fortuna. Un tema que no dejaba otro camino que las duras palabras y la furia retenida en los puños y ojos de su madre.

Pero lo más importante: su familia, no sospechaba de aquél incidente, es más, Angelina lo había archivado en las arenas del pasado, solo se trataba de esos amargos momentos que la vida otorga a todos.

Luego de semanas, el décimo cumpleaños de su querido sobrino, iba a tener lugar en la suntuosa mansión Phantomhive. Por supuesto que no se perdería una ocasión tan relevante y especial cómo esa. Ya había acordado salir temprano del hospital. Se dirigió a su residencia y eligió un soberbio vestido rojo, acompañado de dos largos guantes de ante negro, un tocado discreto pero bien colocado para terminar mezclado perfectamente, con su exquisito collar de perlas. Subió a la diligencia que la llevaría hasta el fastuoso lugar. Llevaba también, un presente para el pequeño Ciel. Sus padres llegarían algo tarde, pues su madre tenía una pequeña reunión en casa de la señora Roweson, por lo que debía apresurarse a llegar. -¿Cómo se le ocurre a estas horas? Ya es el cumpleaños de Ciel. —Pensaba Madame Red. Escandalosamente, se dibujó frente a su diligencia, las gigantescas llamas que calcinaban la mansión Phantomhive. Se quedó absorta, por unos instantes no entendía que las incandescentes flamas rodeaban todo el lugar y que se trata de la mansión que habitaba su hermana y el pequeño Ciel. Le ordenó enérgicamente a su chofer que se detuviera. Descendió sujetando su largo vestido y así se dirigió con presteza hacia la mansión. Las flamas daban un tremendo espectáculo de luces. Ya había gente fuera de la mansión, eran los criados, y uno que otro que intentaba lidiar con las colosales llamas. -¡Qué está pasando! ¡Y mi hermana!—Gritó a los criados. Uno de ellos se dejó venir y le quiso explicar con serenidad, pero Angelina estalló en alaridos y pataleos que luego se convirtieron en un desconsolado clamor. -¡Dónde está mi hermana! ¡Y Ciel, qué pasó con el pequeño! ¡Déjenme pasar, déjenme pasar! ¡Quiero ver a mi hermana y a mi sobrino! ¡Dónde están! ¡Ayúdenlos, por favor! ¡Sáquenlos de ahí! ¡Dios, Dios mío!—Lloraba la escarlata en medio de dos criados que intentaban detenerla y tranquilizarla. Frente a ellos, las llamas crecían, tomaban más volumen y de vez en cuando, las flamas escupían con fuerza los cristales y otras cosas del interior de la mansión.

La policía y los bomberos arribaron minutos después, eran tan pequeños junto al horrible monstro de juego. Madame Red yacía de hinojos, contemplando vagamente cómo todo se consumía sin ningún problema. Sus padres la alcanzaron después de la llegada de las autoridades.

El descomunal monstruo de fuego se empequeñecía y dejaba un terrible color sobre los muros de la mansión, que antes lucían un precioso color hueso. Las fauces del monstruo desaparecieron. El humo se había esparcido por todo el campo. Ese negro fúnebre que quedaba en lugar de los exquisitos mármoles, ventanales, escaleras, alfombras y todo el hermoso y soberbio interior de la mansión Phantomhive, liberaba un abismal hueco que no era otra cosa, que el mismo vacío que se abría en cada uno de los presentes. Angelina corrió sin más, hacia la habitación de su hermana, sin embargo, sólo encontró los restos del que una vez fue el lecho que recibió al hermoso Ciel. De pronto, un alarido la tomó por sorpresa: era su madre, había encontrado en un salón, los cuerpos calcinados de su hija, el de Lord Phantomhive y el de su perro. La señora Durless se cubrió el rostro deshecho en lágrimas. Angelina no quería ir a averiguar, sabía que la escena la quebraría en miles de trozos, pero tenía que asegurarse. El alma casi le abandonó las carnes cuando contempló el mismo cuadro que su madre: su hermana y su esposo, el apuesto Lord Phantomhive, reducidos a cenizas. -¡Mi querida Rachel!—Dijo luego de romper en llanto. Los criados la llevaron al vestíbulo junto con sus padres, las tres almas no tenían ningún dialogo para compartir, el terrible dolor que el hueco iba produciendo en su interior, les impedía pensar en otra cosa. -¿Y dónde está Ciel? ¿Dónde está mi nieto?—Exclamó la señora Durless. Las autoridades y los criados, buscaron en cada espacio, puerta, pasadizo, en el sótano, en todas partes de la imponente mansión y no encontraron absolutamente nada de Ciel. -¡Qué! ¡Esto no puede ser! ¡Dónde está, carajo!—Reclamó el señor Durless, frente a los policías.

La búsqueda del pequeño Ciel se difundió por todo Londres, incluso llegó a lugares como Manchester y Surrey, algunos dicen que se enteraron en Glasgow. Evidentemente la noticia llegó hasta el Palacio Real. De donde se enviaron brigadas especiales para encontrar al gran heredero del linaje Phantomhive.

Los funerales se llevaron en el Panteón Real, dónde reposaban los nobles que prestaron sus servicios a la corona; sin el pequeño Ciel, ya que las investigaciones aseguraban que el infante se encontraba con vida. De no hallar ningún rastro de su cuerpo luego del incendio, apuntaron que definitivamente estaba desaparecido. -¿Está diciéndome la verdad?—Cuestionaba Madame Red a uno de los policías, que había aparecido al término del entierro de su difunta hermana y su esposo. –Sí Madame, hemos dado otra exhaustiva búsqueda en la mansión y no hay rastros del pequeño. –Afirmó el policía.

La familia Durless se encargó de cooperar con las autoridades para continuar con la pesquisa del pequeño Phatomhive. Apenas tenía 10 años, un niño que vivía en sus corazones y que su pérdida, rasgaba con más ímpetu el hueco que carcomía sus endebles espíritus. La señora Durless casi vivía en la Catedral, oraba a Dios; su esposo, estaba tan al pendiente de los diarios y cualquier información que tuviera el nombre de su nieto, o de su hija o de Lord Phantomhive; y Madame Red, también leía los diarios, pero contactaba a sus fuentes para indagar a más profundidad, quién tuvo que ver con el incendio y con la desaparición de su querido sobrino. Algunas veces se preguntaba si esa persona tenía que ver con el incidente que ella había padecido hace años.

Las investigaciones no progresaban, se mantenían con la misma incertidumbre. Parecía que la misma monarca bloqueaba todo avance y se limitaba a dar las mismas noticias: "Aún desconocemos el nombre del criminal. Nuestros equipos continúan esforzándose, tenga clama." No obstante, para buena sazón de Madame Red, había recibido una misiva de uno de sus contactos. "Por favor, debemos mantenernos lejos de esto, han amenazado a otros de los nuestros. No tiene nada de relación con R. Crimson. Ya no buscaremos más", rezaba el mensaje. ¿Cómo? ¿Tan terrible era? ¿Quién era? ¿Quién cometería un acto así? ¿Quién protegía a un monstruo como ese? Suspiró y se dejó caer sobre su silla. ¿Por qué alguien de esa índole, estaría protegido? No tenía ninguna intención de frenar la búsqueda, empero, esas líneas se resaltaban en sus adentros: "Por favor debemos mantenernos lejos de esto, han amenazado a otros de los nuestros…". Su espíritu, reacio, le suplicaba seguir hasta lo último, sin embargo, estrujo aquel papelillo y lo guardo en el fondo de un cajón de su escritorio.