XII

Habían transcurrido varias semanas desde aquélla amarga tarde en la mansión Phantomhive. Madame Red continuaba laborando en el Royal Hospital. De vez en cuando asistía en la casa de su sobrino. No le gustaba dejarlo abandonado con ese hombre de aura lúgubre. Además, que sus intenciones eran precisamente, conocerle. Charlaba sobre cualquier tema de actualidad con él, e impresionantemente, tenía unas respuestas muy sólidas que daban lugar a otros temas. A veces no toleraba de él esa honradez tan pulcra; a punto de volverse irritante, y esa amabilidad con la que la recibía o la atendía, como si nunca hubiese malos días para el joven mayordomo. ¿Acaso no existía algo que en verdad le molestara? ¿Era tan fuerte para mantener esa hermosa sonrisa todo el tiempo? ¿Sabía cómo eludir ardientes discusiones? ¿Qué era lo que le permitía ser tan gentil? De las veces que Madame Red asistió, su precoz sobrino, lució molesto o cansado, ¿por qué Sebastián no?

-¿Ha escuchado sobre Los Michaelis, Madame?—Le preguntó una tarde Sebastián, mientras extendía un delicado mantel sobre la mesa de la sala contigua.

–No, no he oído sobre ellos. —Respondió en voz baja Angelina.

-Entiendo, Madame. Mi familia no es tan notoria como la suya, ni como la de mi amo. No somos nobles, pero afortunadamente nuestra economía bastaba para solventar las necesidades y uno que otro capricho. –Continuó el gallardo joven.

–Éramos una familia dedicada a la herrería. Hubo un taller muy famoso en Scaborough, hace siglos, cuando existían en boga, las historias de caballeros y doncellas. Bueno, ese taller le perteneció a mi familia, Los Michaelis, los mejores herreros en su época. No obstante, debido a los saqueos y pestes, el negocio se fue eclipsando. No se ha podido restaurar a la gloria de aquéllos días, además de que los talleres pequeños han pasado a segundo término. –Sonrió el joven.
¿Qué tan cierta era esa historia? Era verdad, nunca había escuchado sobre Los Michaelis, ¿pero cuántas familias no yacían en el anonimato? No cabía duda de que era un muchacho muy amable y atento a las órdenes de su sobrino, y que su servicio se encontraba por encima de sus expectativas, no obstante, aun así, su aspecto no dejaba de ser macabro y a la vez, tremendamente atractivo. Todavía no terminaba de revelarse, al menos para ella, el verdadero misterio que guardaba muy en el fondo de su sonrisa.

[…]

De algún modo, terminó acostumbrándose a la presencia de Sebastián y la nueva actitud de su sobrino. Ya no le escandalizaba el hecho de sostener complejas charlas con su pequeño y extraño Ciel.
Una tarde de octubre, de 1887, cuando regresaba a su mansión. Decidió dar un paseo por las deliciosas calles otoñales de Londres. El sol todavía intentaba brillar a lo lejos, los colores cálidos se fusionaban magistralmente con las ropas de los transeúntes y con las fachadas de los edificios. Recordó el callejón donde se encontraba su cafetería favorita: "The Moon's lips". Se dirigió ahí. Dentro, saludó al propietario, muy amigo suyo, el señor Beckham. –Por favor, querido, sírveme ese café con crema tan exquisito que bebí hace días. —Le habló sonriente, la bella escarlata. Se sentó junto a la ventana. Desvistió sus manos, dejando sus guantes de seda en su pequeño bolso. Era una artesanía, el color rojo en sus cabellos, en su vestido y en sus labios, la hacían toda una atracción, una bonita atracción. Beckham le sirvió su café. Luego de agradecer y dar un ligero sorbo a su bebida, una voz estridente le cambió el sabor de esa tarde. Era una mujer que se encontraba detrás de ella. Se quejaba del cambio que sufre el cuerpo al estar encinta. Por un momento, le pareció un asunto banal, de esos que predominan por las calles y no en las sublimes puestas de sol, en medio de una sala hogareña. Sin embargo, algo se activó en ella, provenía de su pecho. Se asemejaba a una punzada hecha con una saeta, incrustada desde lejos con gran precisión. La mujer le decía a su interlocutora, pues por el tono de voz se trataba de otra fémina, que necesitaba buscar un mejor método para no quedar embarazada. –Sí, es repugnante. No quiero verme como Margaret. Ni siquiera puede lucir ese hermoso vestido verde desde hace meses. –Protestaba. La otra, respondía del mismo modo, ampliando más lo repulsivo que les era ver a una mujer cargar con una vida dentro y lucir una figura voluminosa. Madame Red, intentó pasar por alto algo que realmente, no merecía su atención; espíritus así de pequeños, eran los que más abundaban y se debía ser superior, demostrando tolerancia e instruyendo para erradicar tan ignorantes criterios. Una mujer como ella, con un conocimiento científico, no debía dejarse llevar. Sin embargo, no lo soportó más. Decidió seguir a ambas mujeres y darles una lección. Cuando abandonaron el café, Angelina hizo lo mismo, empero, con más discreción. Persiguió con serenidad a esas mujeres, más jóvenes que ella. Por sus vestimentas, se trataba de dos prostitutas, de las que pululaban con descaro en los barrios más nobles de la capital. Un negocio como ese, tenía cavidad en cualquier clase social. Las mujeres no advertían en lo más mínimo que estaban siendo cazadas, sus charlas fútiles y esos ademanes exagerados, creyéndose dignas de toda atención y hasta, licenciándose para reír de una manera burda, pero que proviniendo de ellas, se trataba de seducción; las distraía por completo. Había peces que lamentablemente pescaban sus asquerosos anzuelos, por supuesto, eso enfadaba aún más a Madame Red.

Con disimulo, esculcó el interior de sus brazos para tomar su cuchillo. Sin embargo, lo había olvidado en su alcoba. Actuando con discreción, tomó una piedra que apareció en el callejón por donde bajaban las mujeres. Su proceder sería rápido, lo había maquinado todo desde que las vio caminar con esa frescura que le repugnaba. No permitiría que mujeres con esa desfachatez, continuaran existiendo. De hecho pensó que podría deshacerse de todas ellas. La primera, se metió a una puerta, la otra aguardó fuera. Antes de que pudiera advertir la figura de Madame Red, se le dejó ir encima, azotando la piedra contra su frente. No pudo emitir un grito, más que una expresión de asombro. Cayó al instante con la cabeza abierta en medio de los ojos. La sangre se deslizaba con la gracia de las gotas de lluvia en un cristal. Sus ojos verdes, todavía la identificaban, pero bien sabía Madame Red que ya no había un registro funcional en la desdichada. La segunda mujer apareció, estaba a punto de soltar un alarido, empero, lo único que pudo liberar fueron sus brazos que se levantaron, Angelina le dio en la nuca. Cayó encima de la otra. No perdió más tiempo y se retiró con cautela del lugar.

Luego de días, los diarios no paraban de noticiar: "Matan a dos mujeres en el callejón The Gorgeous Deck", un encabezado que alertaba a cualquiera, pues eran las calles de alta sociedad, ¿cómo era posible que un acto tan ruin se cometiera en un lugar así? En ningún periódico se tenían pistas sobre el autor del crimen. Madame Red no había dejado evidencia que lograra por lo menos, inquirir si se trataba de un hombre o de una mujer. Fue muy cuidadosa con su proceder. Actuaba con total naturalidad cuando le hacían saber sobre esa noticia, que duró semanas en los principales diarios. La policía montaba guardia a todas horas y en lugares estratégicos, donde se pudiera advertir la señal de algún malhechor. Los nobles, se quejaban sobre la falta de atención en sus calles, exigían que nada interrumpiera sus actividades.

Madame Red compraba cada tomo de los diarios más relevantes, leía las secciones que se referían a ese homicidio, o cómo le denominaban: "doble homicidio". –No, aquí tampoco. —Se dijo mientras arrojaba al suelo, una hoja del "Daily London News". Tenía varias tiras sobre el mismo asunto. Algunos revelaban el artefacto con el que había asesinado a las mujeres. Eso le sorprendió, los forenses eran meticulosos y aprovecharían cualquier detalle para dar con ella.
No obstante, esta vez no tuvo ningún remordimiento, estaba convencida de que había actuado cómo su corazón le indicó. Además, se justificaba cuando recordaba los repulsivos diálogos de las mujeres, y cómo se expresaban sobre las que estaban encinta, que solo querían su cuerpo para una sola cosa y no para ser mujeres.

Hace años se prometió no volver a matar, empero, su cólera por encontrar mujeres de pensamientos tan banales y primitivos, le volvían a recordar a su primera víctima, y nuevamente, ese terrible ardor que ascendía desde su estómago e inundaba todas las venas de su cuerpo, y que al llegar a su corazón, se potencializaba, le impulsaba a no permitirse que existieran esa clase de personas. ¿Acaso el cuerpo de la mujer solo era para satisfacer sexualmente al hombre, o a otra mujer? ¿Acaso entregar diariamente el cuerpo por unas monedas, las tornaba en mujeres frívolas? ¿Existía un número considerable de abortos? ¿No les importaba envejecer y continuar vendiendo sus carnes? Estas eran las interrogantes que escandalizaban a Madame Red, por las que más se convencía de que estaba en lo correcto cuando mató a esas mujeres. Y de ser necesario, lo repetiría una y otra vez, lo suficiente para aterrar a las que se dejaban llevar por el efímero y arcaico deseo carnal.

Efectivamente, había aniquilado a cinco mujeres más en menos de dos semanas. Todas en los altos suburbios, en las calles de más prestigio y en los lugares mejor resguardados por la policía. Sin embargo, les quitó el útero, y dejó a la intemperie las vísceras de los cadáveres. Los diarios enloquecían a toda Inglaterra, y ya había comenzado a sonar en Irlanda, Escocia y Gales. Los procedimientos que utilizó para dar muerte, eran muy estrictos, lo que dificultaba su indagación. Algunos diarios decían que se trataba de un pequeño cuchillo, otros de una daga. Pues Madame Red no volvió a utilizar las rocas para matar. Ni se atrevió con sus enceres de médico. Se las arreglaba para realizar los cortes, no los hacía cómo le enseñaron en la universidad, por lo que los forenses a primera instancia, descartaban la idea de que se tratara de un médico.

-¡No puedo creerlo!—Exclamaba su madre durante el almuerzo. –Henry, de nuevo apareció ese bellaco. ¡Por qué está matando a las mujeres!—Dijo enérgica.

-No lo sé… Es un demente. Pero tranquila Mónica, tendremos mucho cuidado. Procuraremos no llamar la atención, este infeliz busca a las mujeres cuando están solas. No creo que lo haga cuando se encuentran acompañadas de un hombre. —Intentó calmarla su esposo.

Angelina opinaba muy poco al respecto. Reprobaba la violencia y se mantenía tranquila, sin manifestar la preocupación que los demás no podían esconder. Quiso ir varias veces a la Catedral, pero no, pues entre sus reflexiones, se justificaba ante Dios. —Tú sabes que hacen mal, entregarse a la lujuria y no procrear un hijo. Las mujeres son más que eso. —Se dijo una noche en su alcoba.
Los ataques se detuvieron casi por un mes, no obstante, luego de volver a escuchar a otra de sus pacientes referirse al embarazo de una manera despectiva, así como, escuchar hablar a otras mujeres en las cafeterías o en las calles, volvió a la carga. Todas sin el útero y con unos terribles cortes, dejando una verdadera carnicería. Los diarios le apodaron "El destajador de Londres", empero, luego de haberse suscitado otra ola de ataques, y con los horrendos descubrimientos, le nombraron "El destripador". La mayoría de la gente creía que se trataba de un hombre, un malviviente que se deleitaba con las mujeres para luego matarlas; un enfermo que gozaba del sufrimiento. Por lo que aumentaron la seguridad en las penitenciarías, en los burdeles y bares. Se duplicaron las brigadas de policías por las calles. Se mandó interrogar a cada hogar sobre alguna posible pista del asesino. Ya había un patrón: prostitutas y mujeres que estaban por comprometerse, todas jóvenes, en edad fértil y que deambulaban por la zona aristócrata de la ciudad. También se sometió a interrogatorios a los comerciantes más poderosos, a los hombres de los puertos, a los tripulantes, a los capitanes y a los trabajadores de los comerciantes.

Angelina no sentía culpa de ningún acto suyo. Leía las descripciones en los diarios, que desde luego, usaban la retórica para alterar los hechos, pues recordaba perfectamente cada paso que efectuó al aniquilar a esas infortunadas. No le aterraba en lo absoluto, de hecho, se sentía elogiada cuando aparecía una noticia suya en los encabezados de los diarios. –El destripador. —Decía entre risas. —Nada mal, estos de la prensa saben cómo enganchar al público, y los motes se les dan muy bien. —Sonrió con alevosía.

No había un horario en específico para asesinar, Madame Red se burlaba con facilidad la vigilancia que había por las noches. Acumuló en casi un mes, 9 mujeres asesinadas. No podía estar tranquila si no mataba a las mujeres que figuraban en su lista. Ya tenía una agenda con los nombres escritos en claves, que sólo ella podía descifrar, de las desdichadas que había desaparecido, y las próximas que tenían el tiempo contando. Esa agenda, estaba escondida en su alcoba, en un pequeño hueco de muy difícil acceso en su librero.

Pronto se dio cuenta de que asesinar, además de cumplir su objetivo, se volvió en su nueva pasión. Adoraba el olor fresco de la sangre y las gesticulaciones que hacían sus víctimas antes de morir. Era un placer que no podía satisfacer de otro modo, y que si se privaba de ello, caía en la ansiedad, casi en la locura.

Lo hallazgo de cadáveres en las mismas situaciones: nauseabundas y macabras, produjeron un ambiente hostil en la decaída Londres. Cada vez eran más frecuentes los descubrimientos de mujeres muertas sin útero. Esto ya había llegado a oídos del soberbio Ciel. Recibió una carta de su majestad para que procediera a investigar a tan atroz crimen. No obstante, la segunda carta demandaba una pronta solución, pues se estaba saliendo de control y afectaba terriblemente a toda la ciudad y a sus alrededores. –Por favor, Madame, ya no venga sola, Londres no es nada seguro con ese rufián suelto. —Le dijo Ciel a su tía, una noche, antes de que abordara su diligencia. –Gracias por preocuparte, tendré más cuidado, te lo prometo. Solo que no puedo dejar de visitarte. —Respondió Angelina con una sonrisa que opacaba todos sus macabros actos y haciéndola incauta frente a los ojos de su sobrino. Madame Red sintió un terrible escalofrío en toda su espalda. Sabía que Ciel continuaba el trato de su padre con la reina, y que si no tenía cuidado, él podía encontrarla y acabar con su nueva manía.