XIII
Habían transcurrido varias semanas sin que Angelina saliera a cazar. No obstante, los diarios continuaban publicando más reportajes y notas sobre los terribles hallazgos de sus víctimas. Marchaba todo con la normalidad de antes, bueno, su rutina y ella, volvían a ser las de antes. Ya no se mostraba sorprendida por todo lo que se hablaba de sus fechorías. De hecho, comenzaba a aburrirle.
Necesitaba algo en su vida. Ser médico, le dio una enorme satisfacción, pero necesitaba algo que la desafiara, algo imposible. Muchas veces quiso revelar la identidad de "El destripador", empero, temía ir a prisión y que su reputación se mancillará. Quería continuar siendo la misma, pero con nuevos matices.
Acordó salir con sus amigas por las noches e ir a casas de juegos, o a fiestas privadas, llevando un antifaz. Al principio, temían que "El destripador" las tomara por sorpresa, pero Angelina las convenció de ir por un atajo secreto que jamás lo encontraría ese rufián. -¿Acaso sabes las rutas por dónde anda ese truhan?—La cuestionó una de sus amigas. -¡No!—Respondió molesta. –Pero sé que es difícil de hallar, además así protegeremos aún más nuestras identidades. —Aseveró. En efecto, salían muy tarde de sus casas, se reunían fuera de su mansión. Y así, emprendían su caminata, o en diligencia, a una fiesta, que previamente habían anotado para llegar triunfantes al lugar y contribuir a la fogosidad del ambiente. Acordaron no beber de más ni facilitarse a cualquiera que quisiera conocerlas. Sin embargo, una noche, en plena fiesta, una de las mujeres exigió que le mostraran el baño. Madame Red la siguió, pues siendo un médico, se prestaba para auxiliarle.
-¿Estás bien?—Le preguntó Angelina
-Sí… No, la verdad no. —Respondió Heather, con las manos en su cintura. De pronto comenzó a llorar. Madame Red la tranquilizó. Le pidió varias veces que le revelara su padecimiento. Si se trataba de algo del cuerpo, ella podría ayudarle. –Es que… ¡Oh, mi querida Angelina! Sé que pusimos la condición de no meterse con ningún hombre, pero hace unas semanas, no recuerdo en cuál fiesta, me topé con un hombre maravilloso. —Se limpiaba las lágrimas. –Charlamos toda la noche y no pude evitar buscarlo luego. Y pasó, me acosté con él y ahora estoy embarazada. Mi criada es partera, y me dijo que tenía todos los síntomas de una embarazada. ¿Puedes creerlo?—Soltó una risa amarga.
-¿Y él? ¿Dónde está?—Exigió saber Angelina. Apoyó sus manos en los hombros de su interlocutora.
-¿Él? Ya era casado. Me lo reveló hace dos días, la última vez que nos vimos, y tenía que partir a España con su prometida. –Sollozaba. -¿Y ahora qué hago con esto?—Espetó, con las manos en su vientre, como si quisiera arrancarlo.
-¿Qué haces? Pues eres su madre, debes hacerte cargo…-Contestó apagada Madame Red.
Heather continuaba quejándose, injuriaba al hombre que la hechizó, se injuriaba así misma por permitirse llegar hasta ese momento. Angelina optó por lavarse el rostro y salir de ahí. No obstante, cuando la desdichada mujer mencionó que buscaría el aborto, la hermosa escarlata apretó sus puños. De inmediato, sus venas filtraron la desgarradora mezcla de cólera hecha en su estómago, y que se expandió por todo su cuerpo. En ese momento, pudo haberla desollado, pero se controló, además, de que sentía un extraño placer por hacerlo, casi orgásmico. Se contuvo, y le dijo a Heather que ella se encargaría de ayudarle con esa carga, era médico, así que sabía cómo proceder en situaciones así. La desventurada se silenció y aceptó.
Una vez que dieron por terminada su estancia en ese lugar, las mujeres retornaban a sus hogares. La mayoría aprovechaba esas ocasiones porque sus esposos estaban de viaje, sólo Madame Red y Heather no tenían compromiso. La diligencia hacía una parada en cada mansión y dejaba a sus ocupantes frente a su puerta. Cuando tocó el turno de la desdichada, Angelina le insistió que se quedara en su casa, de ese modo, procedería a ayudarle con su problema. Heather se rehusó, le dijo que ella tomaría la decisión sobre en qué fecha acordaría reunirse con ella para llevar a cabo esa intervención. Angelina insistió, empero, las dos mujeres se alteraron, ni una ni otra cedía. La cólera que había intentado apagar desde hace rato, se enardeció de nuevo, Angelina golpeó en la cara a su acompañante. Le dio un golpe tan fuerte que le dejó inmóvil por unos minutos. Ordenó al chofer que continuara y que se detuviera hasta que ella le ordenara. Heather quiso defenderse, pero Madame Red la amenazó con su daga, que desenfundó de uno de sus antebrazos.
Avanzaron un buen trecho, habían llegado a los suburbios del puerto. Angelina exigió al chofer que ahí se detuviera. Estiró de los cabellos a la desdichada mujer y, así descendieron del carruaje. El chofer, al ver la escena, intervino para ayudar a la otra. -¡Sí no se larga…!—Le decía Madame, no obstante, si le permitía marcharse, significaba el fin del destripador. Soltó del cabello a su víctima y se lanzó al cuello del hombre. La mujer no dudo en echarse a correr, Madame estaba distraída. Por su parte, Angelina arrojó el cuerpo del chofer a las aguas del Támesis. Pronto recorrió los pasajes en que se dividían los suburbios del puerto. Buscaba con ímpetu a su presa. Parecía un laberinto, sin conducir a una salida ni a Heather. No podía rendirse, de lo contrario, todo se fulminaría ahí mismo. Y esa mujer, lograría abortar. Iba tan de prisa, que embistió a Heather sin saber que era ella. Ambas mujeres cayeron al suelo. Forcejeaban, una deteniendo la daga, y la otra, impulsándola para atravesar su pecho. La mujer buscó cómo deshacerse de Angelina, le estiró de los cabellos, la arañó, le arrancó parte de su vestido, incluso pataleó para lograr darle en alguna parte del cuerpo. Pero Madame, le apretaba el cuello para ganar más dominio. -¡No dejaré que vivas, maldita perra! Una mujer cómo tú no debe vivir. —Gruñó Madame. La furia que todavía inundaba las venas de Angelina, alimentaron sus fuerzas y lograron que enterrara la daga en el pecho de Heather. -¡Entonces tú eres el destripador!—Le dijo con un mar de sangre en su boca. Eso provocó un movimiento brusco en el pecho de Angelina. La cólera avivó sus venas, las dilató, y en sus pupilas se divisaba una pequeña flama que alimentaba su ira, propiciando un aspecto feroz en su hermoso rostro. Apuñaló a la mujer hasta que la cólera se fue apagando. No conforme, desfiguró la cara de su víctima, hasta reducirla a meros trozos de carne. Debía deshacerse de aquello de inmediato. Jadeó un poco, no obstante, antes de proceder a limpiar la escena, una voz le habló. Provenía del viento, no había nadie a su alrededor. –Así que le has destrozado…-le dijo. Madame Red amenazó a todos lados con su daga. La espina dorsal se le había congelado tanto, que le costaba girar con presteza. -¡Quién anda ahí! ¡Quién es, con un demonio!—Gritó, intentado disimular el miedo, teniendo a sus pies, un trozo enorme de carne. De pronto, una figura apareció detrás de ella. Soltó un grito antes de volverse. Tenía frente a ella, un hombre de buen aspecto, delicado, unos cuántos centímetros más alto que ella, y delgado. Vestía una capa negra que le ondeaba ligeramente. Un listón bicolor le colgaba en su cuello blanco. Su piel era pálida, y sus ojos verdes tan brillantes como la luz de la luna. Poseía un cabello igual de rojo como el suyo y muy largo. En su rostro, se dibujaba una sonrisa insidiosa, y de la que se podía divisar una dentadura extraña, construida de incisivos muy blancos. Debajo de sus ojos, portaba unas gafas de armazón escarlata. Madame Red no bajó la guardia. -¡Quién eres!—Le preguntó aun con el frío en sus venas. El hombre se le acercaba, Angelina retrocedió unos pasos, no obstante, se armó de valor y se mantuvo quieta. No quería ceder, era una mujer fuerte y no le sería ningún problema acabar con otro hombre más. Lo hizo con el chofer, podría repetirlo también con este. Tenía ya planeado rajarle el cuello si continuaba. –He visto a las mujeres has matado. He tenido que llevármelas, no es tan simple. Pero al fin te encontré. —Le decía el hombre. Se acercaba a ella con tanta seguridad, que Madame Red volvió a sentir esa terrible cólera en su interior. Se balanceó sobre él para cortarle el cuello, no obstante, el hombre atrapó su antebrazo y lo dobló con tanta fuerza que la doblegó en un santiamén. -¡Oh, no cariño, no intentes eso conmigo! No te funcionará. —Le dijo con una escalofriante sonrisa. El corazón de Angelina se alteró tanto que comenzó a gritar. El hombre, la azotó contra la pared y la silenció con su enorme mano sobre sus labios. –Será mejor que te tranquilices, Angelina Durless…-Le dijo mirándola fijamente a los ojos. Su interlocutor le condicionó que la liberaría si le prestaba atención y se mantenía callada. Madame Red asintió con los ojos llorosos. El pecho se le hinchaba tanto, que sus senos relucían más con cada respiración.
-¿Quién eres? ¿Por qué sabes mi nombre?—Cuestionó Angelina con un nudo en su garganta.
-Soy Grell Sutcliff. –Respondió con esa sonrisa tan macabra.
-¿Y qué quieres de mí?—Suspiró la hermosa escarlata.
-Ayudarte con tu diversión. Adoro el color rojo…-Le habló de cercas, rozando sus labios con los de ella. –Luce con magnificencia en los cuerpos, ya sea en ropas, ya en afeites o en sangre. Estoy enamorado del color carmesí, es la tonalidad más sublime que existe, y tú, lo tienes corriendo en tus venas. —Pasó su dedo índice por su cuello. –Yo me encargo de llevar las almas a dónde corresponde, yo decido si viven o mueren. Soy un dios de la muerte. —Acentúo.
Angelina tenía los ojos desorbitados. El corazón se le paralizó por unos segundos. No podía creer lo que el hombre le decía. Respiraba con dificultad. Estaba absorta. Pensó que se trataba de un vagabundo que quería divertirse con ella, sin embargo, las ropas de su interlocutor, eran muy finas para determinar que en efecto, era un plebeyo. El frío en sus venas se intensificaba, al punto, de quedar inmóvil frente a ese individuo tan extraño. No emitió palabra alguna por unos instantes. Incluso llegó a pensar que estaba viviendo una pesadilla, pero los intensos ojos de su interlocutor, y la fuerza con la que tenía sometida, le hacían ver que estaba atrapada, que tal vez sería su fin, después de todo. –No creo ni una palabra de lo que dices. –Le dijo de pronto, entre sollozos. –Eres un demente y si quieres hacer de las tuyas, te mataré. —Aseveró. Quiso tomar fuerzas de nuevo, empero, el sujeto le tomó su mano derecha con brusquedad. Se abrió el pecho y pasó encima la pequeña mano de Angelina. Aterrorizada, descubrió que no había ningún corazón palpitando, el pecho del individuo estaba tan gélido. Con los labios entreabiertos miró al hombre. Su cara liberaba miles de expresiones. Ese sujeto no tenía vida como los demás y aun así, estaba de pie, frente a ella. Era un muerto. Un cadáver deambulando en el mundo de los vivos. Le soltó su mano, Angelina la apretaba sin dejar de mirarlo con horror. Las lágrimas le humedecían sus mejillas. No sabía si huir o dejar todo y que culminara sin más. –No puede ser…-Se repetía con la voz deshecha. –No puedes estar vivo, el corazón bombea sangre a todo el cuerpo, la sangre es vital para mantenernos con vida… Tú no existes. Estoy enloqueciendo… ¡Oh Dios mío, perdóname, perdóname! No quise llegar a esto, pero ellas desperdiciarían la vida de inocentes. Este es tu castigo, lo acepto, pero ten piedad de mí…-Decía rompiendo en lágrimas. Tenía sus manos sobre la cabeza. –Por favor, apiádate de mi alma. Yo lamento esto, ¡perdóname, Señor!—Terminó con la voz totalmente quebrada, ya de hinojos. Grell soltó una risotada tan espantosa, que paró en seco los lamentos de Madame Red. -¡No te burles demonio!—Espetó la escarlata. El hombre no paraba de reír. Angelina se puso de pie. Se dejó ir contra el sujeto para golpearlo. Sus puños no sirvieron de nada, Grell la sometió de nuevo, esa vez, la llevó flotando hasta entrar a una de las oficinas del puerto. No encendió la luz, la luna alumbraba en diagonal parte de ese pequeño cuarto. La acorraló en una esquina, sin dejar de mirarla. Tomó su delicada barbilla entre sus dedos, y la levantó hacia él. –No hables con Dios. Él ya no va a escucharte, mataste a muchas de sus hijas. Te ha dado la espalda, estás sola. Tú elegiste esto, y ahora, estás bajo mi dominio. —Le habló en voz baja, con un tono más suave. –Eres mía, Angelina, y nadie podrá salvarte. A menos, que hagas lo que te diga. Te prometo que al final de tus días, me encargaré de llevarte a un hermoso lugar, donde encontrarás la paz eterna. No garantizo que te reencuentres con los tuyos, pero, salvaré a tu alma del camino de las tinieblas. —Aseveró con un aire tétrico. Madame Red se echó a llorar de nuevo, le imploraba que no le hiciera nada, que la perdonara y le permitiera marcharse. -¡Por favor!—Le decía entre lágrimas. -¡Por favor, déjame ir! Ya no haré el mal, quiero vivir, me arrepiento de esto. Por favor, déjame ir, no volveré hacer estas cosas. Seré buena. –Suplicaba. Grell le sonrió. Arrojó su capa al suelo. Silenció a la mujer con su dedo índice sobre sus exquisitos labios rojos. Los ojos de la escarlata lucían un aura rojiza a su alrededor, las mejillas y la nariz también tenían ese matiz. Su interlocutor la tomó de la cintura y la acercó a él, despacio. Limpió con sus dedos, el delicado rostro de Angelina, empapado en lágrimas. –Tranquila. —Le susurró. Pasó su diestra enguantada sobre la hermosa cabellera carmesí de Madame Red. Contempló su rostro por unos segundos, luego, besó con sutileza los blandos labios de Angelina. Intentó negarse, pero el demonio logró someterla a un candente deseo, que terminó moviendo sus labios con los de él. –Entrégate a mí, querida, y te daré un destino como ningún otro, te prometo la salvación de tu alma y toda la diversión que quieras, a cambio, de que me permitas divertirme contigo. –Le habló en un oído con un galanteo tan poderoso, que Angelina advirtió de pronto, un cosquilleo en su sexo. Alteró su respiración, convirtiéndola en jadeos dulces. Cerró sus ojos y aceptó la oferta del demonio. Grell le habló con autoría,-¡Mírame, mírame!—le ordenó. Sin embargo, no era una orden hostil, Angelina estaba encantada de obedecerle. Colgó sus brazos alrededor de su cuello. El intercambio de miradas se fortalecía, y así, la llevó entre sus brazos, a un pequeño lecho que había al otro lado. Se posicionó encima de ella, dejando caer sus largos cabellos rojos, en los prominentes pechos de Angelina. La besó nuevamente, pero con más fogosidad, jugando con las lenguas, los labios y la saliva. Madame Red no podía resistirse, las manos de su acompañante le recorrían el vientre con algo de ímpetu, eso la enloquecía. Después, el demonio besaba su cuello, liberando una sensación de placer que nunca había sentido. Era tan única, le provocaba a desearlo tanto, que si no lo consumaba, moriría en ese momento. Los dulces jadeos, se convirtieron en gemidos más deliciosos, por parte de ambos. Grell descendió hasta los pechos de la escarlata. Levantó la mirada para encontrarse con la de ella, un rostro ruborizado, trabajando todo lo que en ese momento estallaba. Se desató ese listón bicolor de su cuello, desvistió su chaleco negro de seda y abrió su camisa. Angelina lo miraba con las pupilas dilatadas. Flexionó sus piernas y las abrió. Sin dejar de mirarlo, alzaba lentamente su vestido, dejando descubiertas sus piernas y las medias con encaje que vestía. El demonio sonrió ligeramente. Pasó su antebrazo en medio de los voluminosos pechos, hasta alcanzar el rostro de Angelina, quien cerró nuevamente sus ojos, dejándose entregar a lo que procedía. Grell besó otra vez sus labios, con más sutileza. Se alejó, de hinojos permanecía frente a ella. Madame Red se levantó, manteniendo la conexión de miradas. Desvistió su casaca. Se acercó a él para que le ayudará a desatar su corsé, confeccionado en un rojo más oscuro, y ornamentado con encajes en un tono más claro y costuras delicadas, formando líneas paralelas. Realzaba aún más los enormes pechos blancos de Angelina. Una vez que terminó de desatarle el corsé, las sayas también cayeron al suelo. Antes de mirarla, besó su cuello y su hombro, luego se alejó para contemplar cómo lucían desnudos los dos voluptuosos pechos de la escarlata. Angelina se mordió los labios. Se acercó a su amante, y le despojo de su camisa. Descubriendo lentamente el torso del hombre. A ambos sólo les restaba la parte inferior de sus cuerpos. Madame Red se desvistió las medias, su compañero, desabrochaba la hebilla de su cinturón, luego terminó con el pantalón y finalmente, su ropa interior. Yacían de hinojos, frente a frente, completamente desnudos. Grell se acercó sutil hacia la escarlata. Pasó su mano en medio de sus pechos, para llegar a su cuello. La acostó nuevamente. Levantó una de sus piernas, la apoyó en su hombro izquierdo. Angelina estaba ansiosa, tenía sus los labios humedecidos. Sintió las dos enormes manos de su amante sobre sus pechos, los estrujaba con cuidado. Descendió lento hasta su sexo, como si se sumergiera en las aguas de los mares. Abrió su boca e introdujo su lengua en su vagina. Angelina prensó sus dedos a las sábanas. Enloquecía con cada movimiento que hacía su compañero allá abajo. Gritaba bañada en la bondad y en locura del placer. Grell también comenzaba a sentirlo. Succionó con más frenesí del sexo de la hermosa escarlata. Le fascinaba escuchar los delicados gritos que le producía todo el jugueteo. Ambos gemían, el calor descendía y subía por sus cuerpos. Grell le sonrió, se volvió a posicionar encima de ella, y comenzó a moverse lentamente hacia adelante y hacia atrás. Angelina advirtió de inmediato cómo un mar de sensaciones se abría en su sexo, provocando que su abdomen se levantará cada vez que la penetraba. Lo tomó de los antebrazos. Expuso su cuello, llevando hacia atrás su cabeza, disfrutando de toda la magnificencia del momento. Ambos tenían las venas enardecidas, por lo que ese dulce placer se exteriorizaba en ellos, en sus candentes voces. No podía creer la maravilla que estaba viviendo. No quiso pensar en su Barnett, pues esto lo superaba mil, mil veces, era divino, supremo, mucho más supremo que lo que había experimentado con su difunto esposo.
Mientras su acompañante continuaba adentrándose más en ella, le recorría el hermoso torso y las piernas, con sus labios y con su lengua. Describiendo perfectamente los pechos, erizados, y la delicada piel de su vientre. El movimiento oscilante que producía el demonio, los acercaba más al sublime éxtasis. Angelina buscaba el cuerpo de su amante: fuerte, definido y completamente delicioso al tacto. Tan sólo con recorrer el pecho y los brazos, el calor se le intensificó en todo su cuerpo. Exploró más: la espalda, los muslos, los glúteos, la entrepierna… Habían alcanzado el clímax, pues en ambos se detonó con gentileza, un cúmulo de suntuosas emociones. Toda una maravilla sin poder describirse a la perfección, solamente, dejarse llevar. El acto feneció lentamente, sin molestar a ambos, luego de varios minutos. Estaban satisfechos, uno al lado del otro, tendidos, aún desnudos. Intentaban recuperar el aliento, habían ejercitado sus cuerpos y sus espíritus. Angelina buscó una de las manos de Grell, y la apretó sin fuerzas. El silencio se apoderó de ellos un momento más. –Nunca había sentido algo así. —Habló por fin, Madame Red. –Tan divino, tan delicioso…-Terminó con un pequeño gemido. Se acercó a su amante y se dejó caer sobre su pecho. –Es parte de lo que te prometí. —Le contestó suavemente el demonio. Angelina se puso encima de él y continúo besándolo. –Quiero siempre estar contigo. —Le dijo en sus labios.
