XV

Los titulares de los diarios continuaban hablando sobre los asesinatos cometidos por Madame Red, tenían ya un historial, una lista con los nombres de las fallecidas y las fechas en que fueron encontradas. La gente también apoyaba a la difusión del tema, no había otra charla que no recalcara las expresiones de los interlocutores, como lo hacía el desgarrador relato de las víctimas a manos de Madame Red. Sin embargo, comenzaba a prestar atención, pues aquella noche, ese dulce demonio la había hechizado y, parte de su encuentro sexual, se describía en los principales encabezados de los diarios. "Antes de matar a sus víctimas, se divierte con ellas", "Confirmado, 'El destripador' es un hombre, las viola y luego las asesina", rezaban algunos de los titulares. De algún modo, estaba tranquila, aún pensaban que era un hombre. Disimulaba sin problema la tensión del momento, esa incertidumbre que todos compartían cada vez que se mencionaba el asunto.

Empero, una tarde la visitó una de sus amigas, Eleonor Adams, conocida de los Durless, refinada en facciones y en vestimentas, de buen hablar, sarcástica y casada con Lord Dickens, amigo de Lord Phantomhive y dueño de la relojería más famosa del Reino Unido. Las visitas de Eleonor no eran muy frecuentes, de hecho, cuando se aparecía, era para actualizar a los caseros sobre los temas en boga o sobre los sucesos relevantes o picantes, de algún conocido del círculo de amigos. -¡Oh, y ahora a qué vendrá!—Decía discretamente en la ventana, la señora Durless. Detrás de ella, se encontraba Angelina. La recibieron con sonrisas artificiales. –Pasa querida, es bueno verte. —Le hablaba Madame Red. En la sala, pidió charlar a solas con Madame, pues no traía buenas noticias y debido a que sus salidas eran clandestinas, la señora Durless no podía enterarse sin antes, tratarlo con Madame.

-Gracias Angelina. —Respondió sin entusiasmo. Una criada les servía té. –Tú sabes cómo nos ha desgarrado el corazón la partida de Heather, su madre está devastada y no creo que pueda continuar así por más tiempo.

-Lo sé, es algo muy delicado también para mí. —Le contestó Angelina con el mismo matiz.

-Sé que debimos tener más moderación con nuestras salidas. Esa noche tenía el presentimiento de que algo nefasto nos ocurriría. No sé, estos sentidos que se desarrollan en nosotras, nos advierten siempre de algo que no debemos ignorar, pero la vanidad y el desenfreno por retomar las licencias de nuestros años mozos, nos llevan a esto. Y es peor, teniendo ya nuestra edad. No somos unas adolescentes, por Dios. –Continuó apagada y algo molesta. –La última vez, el chofer las condujo hasta la mansión de Heather, ¿verdad? Bueno, fuiste la única que se quedó con ella.

-En efecto. —Respondió de golpe Madame Red. –La diligencia me trajo hasta las puertas de mi mansión, la pobre debió llegar a la suya. Se supone. —Expresó sin mirar a su interlocutora.

-Debió hacerlo. –Entrelazó sus dedos al dirigir su mirada al jardín de los Durless. -¿Tú conocías al chofer?

-Era de Heather, ¿no recuerdas que ella misma se ofreció para llevarnos esa noche?—Contraatacó Madame Red. Cruzó su pierna izquierda sobre la derecha.

-No parecía un mal sujeto. Lo encontraron flotando en el Támesis, ¡qué horror! –Acentúo Eleonor. -¿Cómo no pudimos detectar que algo iba mal con él? –Dijo, luego bebió de su té.

-Ella era una joven muy fresca… Esa noche me confesó que estaba embarazada y me ofrecí a ayudarle, quería abortar, su reputación no podía mancillarse. Aceptó mi ayuda. –Le contó la escarlata sin cambiar su tono de voz.

-¡Encinta!—Manifestó asombro su interlocutora. – ¿Y por qué quería abortar?

-El hombre sólo la ilusionó, y…

-Entiendo. —Asintió Eleonor.

-Tal vez quiso sobrepasarse con el chofer. –Dijo en voz baja Madame Red. Esto, agudizó los ojos de su visita. Los clavó sobre ella, casi podía leer sus pensamientos. Parpadeó varias veces. No daba crédito de las palabras de Angelina. Estaba irritada.

-¿Insinúas que Heather se divirtió con el chofer? –Exigió saber.

-Sólo lo pensé.

-¡Pensarlo! –Atacó la fémina.

-Por favor, Eleonor, ambas sabemos cómo era de fácil. Si no la cuidábamos, ella se desviaba. –Rebatió Angelina con un tono más agudo.

-Sí, es cierto, pero, ¿por qué no te bajaste junto con Becky? Ella vive cercas de tu residencia. No había necesidad de quedarte hasta el final con Heather, su mansión queda al oriente, muy contrario a tu occidente. –Espetó la mujer.

-¡Estás culpándome! ¿Lo estás haciendo? ¿A eso has venido? –Estalló Madame Red.

-Es muy sospechoso, ¿no lo crees, querida? Tú, que abogas en contra del aborto y esa noche te ofreciste para ayudarla, ¿no crees que es algo tan contradictorio? Atenta contra tu filosofía. ¿Cómo podrías acceder así? ¿O estás mintiéndonos?- Contraatacó Eleonor.

-¡Cómo te atreves a juzgarme! –Refutó Madame, se puso de pie, sin perder la vista sobre su interlocutora. -¿Crees que yo la maté? ¡Qué disparate! ¿Y el chofer? ¡Por favor! Yo no haría algo así, y no podría, no tengo esas fuerzas para maquinar algo así en mis pensamientos. –Defendió la escarlata.

-¿Y cómo justificas esto? –Respondió la mujer. Eleonor sacó de su pequeño bolso, un bulto cubierto con un lienzo blanco. Lo descubrió: era un prendedor con forma de rosa, tan característico de Madame Red. -¿Es tuyo, verdad? Estaba en la capa que encontró la policía. –Preguntó con firmeza.

Angelina quedó gélida ante el artefacto que yacía en la diestra de su visita. El corazón se le adormecía y le pesaba más de lo normal. Ambas mujeres quedaron en silencio por varios minutos. Madame Red contemplaba su prendedor como si se tratara de un repugnante bicho al que debía comer si quería estar con vida. Era el suyo y no otro. Era su prendedor, el que usaba para acentuar el rojo de su cabellera, el que presumía en eventos importantes. El que le obsequio Barnett, y el que despojo Grell. ¡Cómo pudo ser tan descuidada! Esta evidencia, podría conducir a todos sus crímenes y llevarla a su tumba. Sería juzgada, sería finalmente juzgada, manchando el nombre de su familia, condenando a su familia a un oscuro trayecto sin perdón.

-¿Es tuyo?—Insistió la fémina.

Madame no tenía juicio en ese momento. Pensaba miles de cosas para su desenlace. Miles de torturas e injurias para ella y su familia. ¿Y el pequeño Ciel? ¿Estaría en su juicio? ¿Y Grell? ¿La abandonó para siempre? Había confiado en él porque le prometió salvar su alma. ¿Estaría ese día para concluir su trato? Cubrió su boca con su mano enguantada. Estaba a punto de deshacerse en lágrimas y liberar sus lamentos, empero, se contuvo, debía tratar de despistar a Eleonor.

-¡Es tuyo! –Exigió la mujer. Se puso de pie con una expresión despectiva hacia su interlocutora. Ajustó su vestido y se retiró del lugar sin decirle nada más a Madame. Salió airada de la mansión Durless, ni siquiera permitió que los criados le abrieran las puertas. Caminó con tanta fuerza hacia la salida. Angelina continuaba inmovilizada frente a su prendedor. De pronto, reaccionó. Si Eleonor salía de ese jardín, la historia del destripador comenzaría a ser desmentida, y ella, sería una protagonista de mal gusto, para aterrorizar por siglos a todas las futuras historias que se alimentarían de la suya, alterándola e inmortalizándola en los registros de los humanos más despreciables. ¿Y su siguiente capítulo? Se apresuró a alcanzar a Eleonor. Parecía imposible, la mujer casi tenía un pie fuera de la mansión Durless. El alma se le palidecía junto con sus carnes, cuando Eleonor cerró la enorme verja negra. No obstante, un caballero apareció de improviso. Pasó su diestra sobre el rostro de la mujer y esta se desvaneció. El hombre la detuvo en su antebrazo izquierdo. Angelina era incapaz de distinguir los rasgos de esa figura a esa distancia. Se quedó unos minutos sobre el mismo lugar. -¿Eleonor? ¿Eleonor?—Preguntó con inseguridad, semejante a un cachorro indefenso que se niega a abandonar su madriguera. Llamó con más autoría a la mujer, obteniendo el mismo resultado. -¡Quién está ahí! ¡Qué le has hecho a Eleonor!—Cuestionó con los labios temblorosos. La verja se abrió de par en par, y entraba con altivez, el caballero con el cuerpo de la mujer en sus brazos. ¿Cómo pudo abrirse un barandal de esa magnitud, con la suavidad del viento? Angelina retrocedió, intentado permanecer quieta. Estaba a punto de echarse a correr, no obstante, el hombre le habló. -¡Madame, Madame! Aguarde, no se vaya. La he atrapado. —Dijo con una voz tan suave, pero a la vez, con una resonancia impresionante que pudo escuchar perfectamente lo que solicitó desde esa distancia. -¿Quién eres? No puedes osar entrar así a una morada cómo esta. —Continuó Madame. Bajó la mirada unos segundos, y de la nada, el hombre estaba frente a ella. Se sobresaltó y dejó escapar un grito. De algún modo, el hombre le era familiar, tenía una cabellera larga y castaña, sujetada en una coleta, vestía una capa de color negro; sus ojos verdes describían miedo y al mismo tiempo, un airecillo tétrico, como si fuera un hermoso cordero con las fauces de una bestia. Sintió miedo, empero, Eleonor yacía en sus brazos. Le indicó pasar a una pequeña sala, ahí había un sofá, le pidió dejar a la mujer sobre éste. –Gracias, por favor, abandone ahora mismo mi propiedad. —Le dijo casi autoritaria. El hombre sonrió y luego se echó a reír. Eso erizó los poros de la piel de Angelina, se quedó sin aliento por unos minutos, hasta que el desconocido se detuvo. –Soy bueno con los disfraces, ¿verdad, Angelina?—Dijo con otra voz, una que ella conocía. Era Grell. ¡Cómo fue que pudo engañarla con un movimiento así!

-¿Grell?—Preguntó con miedo.

-Sí, Madame, soy yo. –Afirmó con esa sonrisa tan intimidante. -¿No pudo reconocerme?

-No. —Respondió absorta. –No, no… Yo… Te estuve buscando todos estos días, ¿por qué luces así? ¿Y tu cabello rojo?
Grell soltó el listón con el que sujetaba su cabellera, tomó un pequeño cepillo del interior de su capa y lo pasó entre sus cabellos, tornándolos en ese rojo tan vivaz con el que le conoció aquella noche. El rostro también le cambió, adoptando una faz sombría, delicada y atractiva, con esas brillantes esferas verdes; la misma careta que la conquistó esa vez. Volvía a ser ese demonio con el que fornicó en el muelle, y con el que había acordado un pacto.

-Grell, ¡Grell!—Dijo con efusividad y se echó a los brazos de su lúgubre amante. Sostuvieron la mirada unos segundos antes de fundirse en un profundo beso. El corazón de Angelina comenzó a latir con la intensidad que lo hizo la noche en que se entregó a él, su sexo también se estremecía, todo su cuerpo reaccionaba al toque de su amante. –Estoy tan feliz, mi dulce amor. —Le hablaba con suavidad. —Pensé que me habías olvidado…

-No, querida, olvidarte no. Tenía unos asuntos pendientes. –Le respondió en un tono seductor, mientras sostenía el rostro de su interlocutora.
Madame no se detuvo, continuó besando a su fúnebre amante, pasando sus manos por su espalda, delineándola, para sentir cuán ancha era. Sin embargo, su madre, los sorprendió. Los estudiaba con asombro. -¿Angelina?—Interrumpió. Madame Red se incorporó y se apartó de Grell. Los presentes enmudecieron por unos minutos. Sin embargo, el aspecto de Grell, retornó al inseguro joven que apareció hace unos minutos. Una transformación que la señora Durless no advirtió.

-No me lo has presentado, querida. —Dijo la señora Durless, estudiando al demonio.

-Lo lamento madre, él es Grell Sutcliff… mi, mi, mi…-Habló la escarlata con imprevisión, mirando a su compañero. –Mi…

-Angelina, ¿te das cuenta de lo que…?—Decía su madre, sin embargo, se vio interceptada por la suceso del fondo, Eleonor desmayada sobre el sofá. La señora Durless se dejó ir, dominada por la escena. -¡Qué es lo que tiene!—Reclamaba.

-Está bien madre, sólo se ha desmayado, Grell me ayudó a traerla aquí. Estaba a punto de abandonar la mansión, pero él me ha socorrido con la pobre Eleonor. Ya viene la servidumbre. —Respondió pronta Madame Red, tranquilizando a su madre.

-Menos mal. Realmente me ha tomado por sorpresa, Angelina. —Exclamó. -¿Cómo puedes besarte así en un momento como éste?—Espetó la señora Durless. -¿Es la primera vez que entra aquí?—Se dirigió al demonio.

-Así es mi señora. Su hija ha solicitado de mis servicios para servir en esta excelsa propiedad. —Respondió con una reverencia, el misterioso hombre.

-¿El mayordomo de nuestra mansión?—Reafirmó altiva la señora Durless.

-Estás en lo correcto madre. Lo copié del querido Ciel. Yo también quería un mayordomo. —Intervino Madame Red.

-¿Un hombre? Supongo que tus damas seguirán atendiéndonos. Lo recalco porque hay cosas que sólo las mujeres entienden de otras mujeres. —Reforzó su madre. –De lo contrario, no me imaginaría que se entrara a tu alcoba por las mañanas. –Levantó una ceja y acomodó su chal.

-¿Y cuál es el problema?—Atacó Angelina, cruzada de brazos.

-Es que no te puedes mezclar con la servidumbre. —Insistía su madre.
Ambas mujeres comenzaron una fuerte discusión, que terminó con la retirada de su madre. De nuevo, quedaron solos. Angelina cerró bajo llave la habitación. Así, ninguna otra alma les interrumpiría. Madame Red cerró las cortinas. Se acercó a su amante y retomó los profundos besos. Con más ímpetu, como si estuviera sedienta. Casi lo devoraba. Gemía para provocarle y que llegaran a los niveles de aquella noche. Angelina desvistió su casaca y su chaleco rojos. No obstante, Grell la interrumpió. Le negó con la cabeza.

-¡Por qué, por qué no podemos! Ya no hay nadie, Eleonor está desmayada. —Le reclamó Angelina.

- Sólo tendremos unos minutos, no la dormí por más tiempo, porque quiero divertirme mientras se encuentra alerta. –Respondió Grell con voz suave.
Madame no entendía a qué se refería exactamente. El demonio le pidió llevar a Eleonor a un lugar más discreto. Su padre tenía una pequeña casa de verano al otro lado de Londres, cercas de un lago. Salieron de esa sala y subieron a una diligencia. Recorrieron casi todo el bosque, lo hicieron a toda marcha. –Si dejas que escape, sabrán la identidad del Destripador, y bien sabes cómo terminará. —Le sonrió su amante. Por supuesto que eso quería evitar Madame Red.
De pronto, su víctima despertó. Miró al frente, ahí estaba Madame. Enseguida, Grell le apretó del cuello, amenazándole con estrangularla si emitía el más mínimo ruido. Eleonor se aguantó los suspiros y el terrible espasmo que le agitaba el pecho.-¿A dónde vamos?—Preguntó con la voz quebrada. Los presentes se miraron, pero no le respondieron. La desdichada mujer soltó varias lágrimas. Se inquietó al darse cuenta de la presencia del demonio. -¿Quién es él?—Volvió a preguntar. Sus interlocutores se mantuvieron en silencio. Después, a unos cuantos metros, se divisaba la hermosa construcción Durless. Obligaron a Eleonor a descender del carro. Grell la tomó con brusquedad del antebrazo. –Grell…-Le dijo de reojo la escarlata. Angelina lo guio a un pequeño cuarto, donde se encontraban viejas cajas. –Creo que aquí estará bien. Cerraré bajo llave. —Dijo. Grell dejó a la mujer sobre una vetusta mesa, todavía con suficiente fuerza para soportar un cuerpo como el de Eleonor. Angelina buscó cómo atarla, encontró en una sala, varios cordones para cubrir con lonas, a los pequeños botes. –Toma. —Le entregó los cordones al demonio. Atravesaron los cordones por encima de sus brazos y piernas, para enlazarlos debajo de la mesa y así, reforzar a su víctima. La desventurada mujer, sollozaba, intentando apagar el terror que le había explotado dentro. Les suplicaba que la dejaran ir, prometió no decir nada al respecto. -¡Por favor Angelina! Esto no puede ser de ti, eres una mujer brillante, ¿por qué caes en la locura? ¿Qué te he hecho? ¿Qué no recuerdas nuestra amistad de años? ¡Por favor libérenme, tengo hijos, cuatro hijos, me necesitan y mi esposo! ¡Tengo familia, por Dios! –Se agitaba para zafarse. Grell puso su mano sobre la pequeña frente de Eleonor, le recordó que guardara silencio, o le produciría mayor dolor. La mujer finalmente rompió en llanto, conteniendo los terribles suspiros. Querían estallarle y deshacerse de toda esa angustia.

-Y bien Madame, ¿por dónde quiere comenzar?—Le preguntó sonriente el demonio, quien había tomado un estilete.
Angelina se acercó a él y le quitó el estile. Sin dejar de mirarlo, asegurando que su acto iba a enriquecer a ambos, se pasó el artefacto a mitad de su palma izquierda. La sangre emergió como si fuera vino derramado sobre su blanquecina piel. Le dio a beber a su amante. –Te entrego mi sangre, mi vida, quiero ser tuya por toda la eternidad. —Dijo la hermosa escarlata, excitada por el sutil movimiento de los labios del demonio. Enseguida, Grell se desvistió una mano, e hizo lo mismo que su acompañante, abrió la carne de su palma izquierda. –Entonces bebe también de mí, dulce vida. Te acepto como mi consorte. La muerte no podrá separarnos. –Le habló con gracia. Ambos tenían sus labios bañados en ese líquido carmesí. El férreo aroma se mezcló al fundirse en un beso, un metálico sabor se colaba entre sus carnes y su saliva. Angelina tomó un bisturí y rajo el cuello de Eleonor, no para darle muerte, sino, para mantenerla con vida y así disfrutar junto a su macabro conyugue, la hecatombe que irían a hacer. La mujer apenas podía gritar, el corte que le hizo Madame le destripó la voz. El grotesco río de sangre que brotaba de la desventurada mujer, se infiltraba por las arrugas de la madera, y llegaba hasta el suelo, donde las botas de los esposos, se marcaban. Además, de producir ese olor de carnes frescas. Grell bailaba junto a su amada, ya cortaban en un brazo, ya en una pierna o donde fuera. Sus cuchillos también danzaban y se enterraban con júbilo en las carnes de la desdichada Eleonor. Sus ojos se desorbitaban del dolor, de vez en cuando pataleaba, pues Grell y Madame le abrían el pecho, con una repulsiva parsimonia, que en sus mentes quedaron bien grabadas las expresiones de la pobre mujer. Reían mientras las entrañas de su víctima resaltaban por todo el lugar. Grell le torcía los dedos de las manos y los arrancaba con fuerza, hasta desprender también los huesos.

-¿Qué opinas de sus ojos? A mí sinceramente, me parecen asquerosos. —Le dijo mientras los miraba de cerca. Con dos de sus dedos, extrajo uno de los ojos. Lo contempló un rato y luego se lo llevó a la boca. Masticaba indagando el sabor, como si fuera un montón de bayas. Angelina tenía en su rostro una sonrisa agridulce, le agradaba la frialdad de Grell, empero, le parecía nauseabundo el comer carne humana. Antes del gran final, su amante le sugirió cortar ese 'maltrecho' cabello. –El cuero cabelludo se desprende con una facilidad increíble. —Afirmó con las manos sobre la cabeza de la desdichada Eleonor. Prensó sus dedos a unos cuantos centímetros de la frente, tomando unos mechones, los cuales, estiró con algo de fuerza hacia atrás y así, arrancó todo el cabello de la víctima. Sostuvo frente a Madame, aquel pelambre de castaños cabellos. Lo dejo en otra mesa, goteando el líquido carmín. Angelina sintió un poco de miedo de su amante, nunca pensó que fuera a acceder a tales actos sin ninguna resistencia, al contrario, disfrutaba la tortura y la sangre. Y pareciera, que esto no era nada nuevo para él, pues tenía mucho dominio en lo que hacía. Finalmente,

Madame se enfocó en el vientre de Eleonor. Le describía a Grell cómo le habían enseñado en la escuela de medicina. –Haces primero un corte transversal. Pero, hay que disfrazarlo.—Le indicaba. Extrajo el útero de la mujer. Lo mantuvo frente a él por unos minutos y luego lo arrojó al suelo con vehemencia. -¡Maldita perra!—Exclamó colérica. Grell se acercó a ella. Tomó su barbilla y así juntó sus labios con los de él. Nuevamente hicieron el amor, no obstante, mientras Grell la penetraba por el ano, tenía frente a ella, a unos escasos centímetros, el otro ojo de Eleonor. La miraba fijamente, como si le hablara y le dijera lo enferma que estaba por su desfachatez. "Ya no existes para Dios", pareció susurrarle el cadáver.