XVI
Esa noche, arrojaron el cuerpo a uno de los caudales del Támesis. Había pasado una semana desde aquella ocasión. Los titulares continuaban con la oleada de nuevas sobre el hallazgo de una mujer de mediana edad, esposa de Lord Dickens, en las aguas del Támesis; mutilada, 'una escena dantesca', tildaba el London News. -¡Oh Dios mío! ¿Por qué ese monstruo sigue con vida? ¡Qué nadie o nada puede detenerlo!—Se quejaba la señora Durless. Angelina se mantenía en silencio, indiferente a las reacciones de sus padres. Sabía quiénes eran los autores, ella vivió la escena, hizo la escena; ¿por qué alarmarse? Simplemente se divertía con Grell. No sabía quién era exactamente, sin embargo, lo deseaba con toda su alma. Estaba profundamente enamorada de él, y haría cualquier cosa por hacerlo feliz y mantenerlo a su lado.
Su curiosidad por indagar más sobre la identidad de su amante, la aquejaba todos los días. Se sonreían al mirarse, le acompañaba a las fiestas y reuniones importantes, incluso, se lo presentó a su querido sobrino, Ciel. –Yo también tengo mi mayordomo, se llama Grell Sutcliff, un apuesto caballero, tan eficiente como Sebastián. —Presumía Madame, una tarde en casa de su extraño sobrino. Ciel no mostró interés, empero, su mayordomo, el hombre misterioso y diabólicamente hermoso, no paraba de estudiarlo. Grell pasó por alto la mirada exhaustiva de Sebastián, se mantenía en silencio e impasible.
-¿Sucede algo, señor?—Le cuestionó Madame, pues la insistencia del joven ya le incomodaba.
-Disculpe mi intromisión. Es sólo que, Grell parece de otro mundo. —Respondió con propiedad el joven misterioso.
-No es la primera vez que me dicen algo así, mi señor. Si no le molesta, lo tomaré cómo un cumplido. —Intervino el mayordomo de Angelina.
¿Por qué Sebastián lo observaba tanto? No se trataba de algún coqueteo, no, para nada, era como si leyese el interior de Grell y descubriera mucho más. Por eso, Madame, no pudo evitar su curiosidad: ¿quién era en realidad? Sabía que hace semanas, él mismo le confesó ser un dios de la muerte, pero, ¿por qué dudarlo? Era un ser especial, no era un hombre común. De algún modo, sintió que debía saber más sobre su amante.
Caminaba con presteza por uno de los pasillos de su mansión. Buscaba a Grell, debía averiguar de quién se había enamorado. Luego de dar varios recorridos y resignarse a preguntar a alguno de los criados, provenientes de una puerta, escuchó unas voces. Se acercó con cuidado. Antes de abrir, pegó su oído a la puerta, ahí estaban las voces. Giró con mucho cuidado el pomo de la puerta, y encontró una escena que le dejó perpleja: era Grell y uno de sus criados. Grell le sostenía la barbilla al otro. –Sólo una vez más, por favor. —Le susurraba con galanteo al otro muchacho. Quien, parecía no estar seguro de responderle. Vacilaba. El demonio besó con efusión al otro, no ponía resistencia, le seguía los besos. Incluso, metió sus manos en los genitales del mayordomo. Angelina contemplaba la escena sin ningún juicio. No sabía cómo reaccionar. Se supone que Grell estaba enamorado de ella, ¿por qué lo había encontrado con un hombre? Ambos se tocaban con tanta intensidad, que sus voces se tornaron muy dulces, eran gemidos. Angelina sintió ese característico ardor en su sangre. -¡Grell, qué estás haciendo!—Reclamó con un curioso toque, entre enfado y lágrimas. Los hombres se detuvieron de golpe. -¡Déjanos, Rafael! Y cierra la puerta. —Le ordenó con vehemencia la escarlata. El muchacho ajustó sus ropas y salió de inmediato. Grell mantenía la mirada agachada. Madame se acercó a él y le exigió que la mirara. -¡Por qué te besaste con él!—Continuó demandando la hermosa escarlata. Comenzó a sermonearle, hasta que Grell le pidió detenerse.
-¡Basta Madame!—Expresó.
-¿Basta? Grell, te estabas besando con un hombre, ¡con un hombre!—Atacó Angelina. -¿Y lo nuestro? ¿Te gustan los hombres?
Su amante se enfadó tanto que termino sosteniendo el delicado rostro de la mujer y casi, le azotaba contra la pared.
-He dicho basta. —Le dijo en voz baja. –A usted la amo.
-¡Es mentira!—Insistió Madame. –Eres un contra natura, un hombre que se enamora de hombres, y engaña a las mujeres. —Respondió con la voz quebrada.
-No sé si clasificarme de ese modo, pero…
-¿Quién eres?—Suplicó la mujer. No pudo contener sus lágrimas, así que terminó sollozando frente a él. No le dirigía la mirada. Se conservaba decaída.
-Escuche, hace muchos, muchos años terminé con mi vida. Nadie entendió mi padecer, y no lo harán. Los humanos se dejan llevar por lo que dictan esos hombres con túnica y estolas purpura; cuando en ellos, hay más perversión que un pecador. La abstinencia a la que se han entregado, sofoca sus más puras necesidades, y eso, provoca en ellos la saciedad de los placeres. Claro, que buscan la manera de disfrazarlo, para conservar la pulcritud en su aspecto, en sus almas y en su juicio. Los demás confían aun así, en esas figuras de podredumbre, como si fueran el ejemplo más recto. –Habló Grell con más finura. –Nunca he sentido que este cuerpo me pertenezca como tal…
-El cuerpo sólo es carne. —Intervino Madame.
-No, querida, que no inunden tu buen juicio con esas sandeces. El cuerpo sirve y se le debe tener respeto. Pero a veces, este cuerpo no corresponde con la esencia de nuestra naturaleza. En pocas palabras, un hombre tanto física como anímicamente, está de acuerdo y feliz con lo que tiene en su cuerpo, esto,-le señala su entrepierna,-y lo mismo, con una mujer, usted por ejemplo, ama su cuerpo tal y cómo es. Ahora imagine, que usted siente que no es una mujer en sí, que nació en un cuerpo equivocado. Así yo. ¿Lo puede entender? Mi familia al advertir mi comportamiento, me escondió en una habitación, la más lejana de la casa. Como si fuera un prisionero. Dijeron que había muerto para ellos, que el demonio me había tocado y que un fenómeno cómo yo, debía morir en soledad, esperar la sanación por Dios y así, abandonar este mundo. A veces comía las sobras, otras, se apiadaban de mí y me dejaban comida de verdad. Duré días y noches enteros sin ver la luz del sol, ni la magnificencia de la luna. Oraba a Dios, pidiéndole que me convirtiera en una mujer real, o que me hiciera un hombre, como todos los demás. Dios nunca me escuchó. Algunas veces, mi padre se entraba en esa alcoba a golpearme, hasta que se cansaba. Reclamaba a Dios por haberle dado un monstruo en lugar de un hijo. Mis hermanas lloraban y mi madre, corría a detenerle. Le decía que ya era suficiente. Algunas veces me permitían bañarme y limpiar mi alcoba. –Hizo una pausa para limpiar las cristalinas lágrimas de Angelina. –Un sacerdote venía a visitarme. Me decía que no dejara de orar a Dios, que él iba a curarme. Nunca pasó. No soporté más y decidí hacer justicia por mi propia mano. Ese es el castigo por adelantarse a la hora de la muerte que a cada uno nos tienen destinada: llevarse las almas de los demás.
Madame Red absorbía su llanto, no quería dejarse llevar y contagiar a su amante. Le costaba entenderlo. ¡Cómo se supone que la había tocado así aquella noche!
-Entonces, dime, ¿qué fue lo que hicimos en ese cuarto oscuro del muelle?—le cuestionó la escarlata con el alma en los labios. Se aferraba a la puerta.
-Amor, fue amor. No fue un encuentro casual. —Respondió con suavidad el demonio.
-¡Mientes! ¡Mientes!—Exclamó colérica Angelina. Estaba a punto de abandonar la habitación, cuando Grell se interpuso en la puerta y la cerró de golpe. Miró con desprecio a la desdichada mujer. La tomó del mentón.
-Escuche, madame, le estoy hablando con la verdad. Usted ha sido la única mujer de la que me he enamorado. –Acentuó. —Ese hermoso cabello carmesí junto a estas finas facciones de su rostro, la volvieron una verdadera joya para mis ojos. –Le indicaba mientras pasaba sus dedos por los cabellos escarlata de su amante. —No pude evitar sentirme atraído por usted, una mujer, delicada y bañada en sangre. La había estado buscando. Y aquella noche, la vi matar a esa mujer. Me excitó contemplar su cólera, su sensual arrebato para aniquilar a esa maldita. Créame que soy difícil de complacer, y usted logró cautivarme sin ningún obstáculo. –Se mordió el labio inferior. —Yo también estaba confundido, ¡cómo podía enamorarme de una mujer! Oh, no, usted desconoce el calvario al que yo he sobrevivido.
-Yo… No sé qué creer. Es que, te entregué mi cuerpo…-Contestó con flaqueza Madame Red.
El demonio la besó sin dejarle respirar por varios segundos. Continuaba convenciéndola de que realmente la amaba. Finalmente, Angelina cedió. Se volvió entregar a su diabólico amante. No lo pensó más y se dejó arrastrar hasta el fondo de sus sensaciones, hasta el mismo clímax.
-Grell, —Le habló, sostenía su rostro con sus pequeñas manos-yo quiero estar siempre contigo. Quiero ir a dónde tú vas, no quiero estar aquí, aguardando por ti. Quiero participar contigo, quiero ser tuya. Por favor, quédate con mi alma y llévame siempre contigo. —Retomó el mismo tema que emergió en la noche del muelle. El demonio selló el pacto con un profundo beso y continuó haciéndola suya.
