XVII
Las estadísticas de "El destripador" persistían alarmando toda Londres, de hecho, ya resonaba en más ciudades del viejo mundo: Florencia, París, Madrid y Lisboa. Los turistas se habían llevado la historia hasta esos lares y quien sabe más a dónde. El Reino Unido era un centro poderoso de atención, pues ya era el punto negro de Europa. Parecía que los diarios exageraban, que de algún modo, la retórica era fundamental en ese aspecto, sin embargo, la noticia continuaba viva y se había apoderado del buen juicio de sus habitantes. Una gran parte de la población perdió la fe en la reina y en la iglesia. Algunos habían organizado redadas para atrapar al monstruo por su propia cuenta, lo que también desató más confusión y abría la grieta en la deslegitimación del gobierno. Grell y Angelina se regocijaban con cada cuerpo desmembrado que dejaban en cualquier calle, barrio o callejón. El demonio le daba muchas ideas para volver más dantescas, las nauseabundas escenas de mujeres asesinadas.
Angelina no le interesaba distinguir entre sus amistades, junto a Heather y Eleonor, se sumaron otras tres. Los ostentosos vestidos de ambos, se deslucían con la sangre fresca de las desventuradas mujeres. Parecían revalidar sus votos cada vez que asesinaban.
Habían pasado varios meses, y "El destripador" seguía en boga. Angelina paseaba junto a Grell, en su diligencia. Tenían planeado aniquilar a una hermosa campesina que había desairado a Madame Red hace días en el hospital. –Sí, tengo ya cómo: la amordazaré, mientras tú la golpeas del estómago hasta romperle las costillas. —Le decía entusiasmada a su amante. Grell sonreía y se pasaba su lengua por la sierra blanquecina que tenía cómo dentadura. Si todo marchaba bien, llegarían en una hora o menos a la casa de la infortunada campesina. No obstante, el bramar de los caballos, comenzó a alertar a la escarlata. Luego, un movimiento brusco, los sacudió dentro. Angelina reclamó furiosa al chofer. -¡Qué demonios haces! Vamos dentro. —Le golpeó la ventanilla con su bastón. Sin más, el coche se detuvo, los pasajeros se miraron estupefactos.
-Madame, por favor descienda del carro. —Le pidió su chofer al abrir la puerta.
Obedecieron, no obstante, Angelina le dirigió una miradilla a Grell, quien volvió a hacerse pasar por ese joven tímido y lerdo mayordomo de la familia Durless. De inmediato, se percató de que su chofer estaba siendo obligado a pedirle tal cosa. Detrás del hombre, se hallaba un montaraz ladronzuelo, del otro lado, apareció una figura de más poder. No un mentecato, sino, un caballero, apuesto, de cabello castaño y corto, con un buen mostacho y un rostro bien esculpido. Ese hombre bajó de la bestia. Estudió rápidamente a los pasajeros con su mirada.
-Bien, esto más sencillo de lo que parece. Usted es una dama, acompañada de su mayordomo, sin cuidado me tienen. Entreguen sus pertenencias, y puede que les perdone la vida. —Aseveró mientras retorcía su mostacho.
Angelina estaba a punto de responder, sin embargo, Grell le detuvo.
-No se adelante mi señor. Nunca subestime a sus víctimas. —Le respondió con una terrible sonrisa.
El hombre reiteró su postura, y temerario, les exigió acatar sus órdenes o terminaría con ellos. Grell se rehusó y atacó a ambos hombres con una velocidad prodigiosa. Ni siquiera pudieron verlo moverse. Al mentecato le rompió el cuello, y al otro, le inmovilizó, torciéndole con mucha fuerza, el brazo derecho, detrás de su espalda. Madame se acercó vacilante y con un aire victorioso. -¿Quién es usted?—Se inclinó y le tomó de la barbilla. El desdichado se resistía. –Grell, rómpele el brazo. —Ordenó con ironía. No obstante, el incauto suplicó.
-Me conocen cómo R. Crimson, Ronald Crimson. —Contestó alterado.
Pareciera que un balde de agua fría cayó sobre la hermosa escarlata cuando escuchó ese nombre. En un santiamén, vino a ella, esa nota de hace tiempo, cuando intentó hacer justicia por su mano. Cuando quería vengar a su dulce Lord Barnett. Luego, un torbellino de ira consumió a toda marcha, esa pausa del tiempo. La vistió en un terrible fuego. -¡Grell, rómpele el brazo a este maldito! ¡Hazlo sufrir!—Ordenó airada. Sus ojos se desorbitaron y pareció que gruñía. Madame, sacó de uno de sus guantes, su inseparable daga. -¡Sostenlo, yo misma me encargaré de este infeliz!—Demandó sin dejar de mirar con rabia a Ronald. El pobre, se deshacía en alaridos, pues Grell había aplicado tanta fuerza, que sacó los huesos de ambos brazos. Angelina rajaba toda la carne que tenía en frente. El líquido férreo y carmín, le brotaba por todas partes, también lo hacía en el verde pasto. Descargó toda su energía hasta que desfiguró al desventurado Ronald. El chofer había huido, sin embargo, Madame le ordenó a Grell que lo matará. –Nadie debe saberlo. —Le dijo a secas. El demonio complació a su amante, el chofer tenía torso separado de su cuerpo. Grell se regocijó al ver tal hecatombe. Brincaba y elogiaba a su consorte. Madame comenzó a reír tan fuerte junto a su aterrador amante. También se entusiasmó y bailó junto a él. Terminaron en un fogoso beso y se marcharon a casa.
