XVIII

Grell volvió a desaparecer, antes, puso al tanto a su amante, le pidió unos cuantos días para atender unas tareas suyas. Se verían de nuevo. Esa mañana, Madame decidió hacerle una visita a su querido sobrino, el excepcional Ciel Phantomhive. Sorprendió al mayordomo de la poderosa mansión, Sebastián, no ver a su fiel acompañante. –Bienvenida, señora Duless. —La recibió con un ademán cálido. —Pase, mi señor está en el saloncito, pasando un poco de su tiempo libre. —Sonrió. La guío hasta el lugar, en efecto, ahí estaba su sobrino, con aura fúnebre. Le dio la bienvenida, y le pidió tomar asiento.

-Tenía días que no sabía de usted, Madame. —Le dijo en un tono de voz casi burlesco, pues una sonrisa única, que no sabía cómo leer Angelina, se dibujaba con veracidad en el pálido rostro del heredero Phantomhive. Nunca antes le había visto una sonrisa de esa índole. Era tremendamente inusual encontrarlo con una sonrisa, o con algo de vida.

-Pues me sorprende más que me recibas con esa cándida sonrisa. —Defendió la escarlata.

-Bueno, tiene razón. —Recibió altivo una taza de fina porcelana con una infusión que Sebastián servía. Luego bebió. –Pero tengo un motivo para hacerlo. –Dio otro sorbo. –Han encontrado una daga, una pista que puede guiarnos hasta el Destripador. —Sebastián le entrega un folder. –Aquí está la prueba, la policía le tomó esta fotografía, hace unos días, en el camino a Manchester. —Acentuó su peculiar sonrisa. Con sus delgados dedos, avienta hacia Madame, la fotografía de la daga. Un artefacto que con sólo mirarlo, le heló la sangre. Y sabía por qué le provocaba un terror desmedido. –Sin duda ese destripador, tiene un buen gusto. Una daga así, no es tan asequible. Hay que saber moverse en los negocios para obtener una daga de esa talla. —Prosiguió el fúnebre hombrecito. Angelina intento eludir todo tipo de manifestación, no quería ser tan obvia, más de lo que posiblemente Ciel, podía intuir. –Pero, hay otro detalle. –Terminó de beber su infusión, Sebastián le recogió la taza y el plato. –Según los primeros estudios de la policía, y mi fuente, -sonrió, luego revisó los documentos—los cortes no fueron hechos por cualquier bellaco, se trata de alguien que sabe cómo hacerlo. Puede ser un carnicero, un chef o un médico. Sebastián, ya tienes tu primera tarea, investiga a cada individuo que se dedique a los oficios que he mencionado, y en cuanto a los médicos, sería bueno que empezarás por el Royal Hospital, el de más prestigio. –Dijo autoritario el enigmático Ciel, su mayordomo, salió de inmediato por la ventana. –Finalmente, pondremos fin a esta tragedia, la catarsis de nuestro protagonista será evidente. Todo llega a un desenlace. –Concluyó con ínfulas, sin dirigir la mirada a su tía.

Angelina aplaudió la astucia de su querido sobrino, silenciando la aguda cólera y el repugnante frío que le estrujaban las carnes y el alma. Debía marcharse ya. Pues en cualquier momento, la última pieza apuntaría hacia ella. Se despidió de Ciel, de forma fugaz, como si no quisiera hacerlo. Subió a su diligencia y desapareció. Se mantenía en pausa, no pensaba ni decía nada. Arribó a su mansión, tan tenue, peor que la última cera en pie de las velas que la habían acompañado durante las noches. Se cerró bajo llave. Cerró tres ventanas y recorrió las cortinas. Caminó hasta el centro de su habitación. Miró hacia el techo, contenía las irremediables lágrimas. Luego estalló tan iracunda, gritó a todo pulmón; se dejó caer de hinojos. Lloraba ríos de furia. Cómo era que todo llegó a su fin, así tan de pronto. Recordó la daga, tal vez era una confusión, la suya estaba aquí. Arrancó los cajones de su escritorio, de su tocador, de su armario, las sábanas de su lecho, los rincones secretos, todo desbarató en su alcoba. No era de otro modo, la daga que vio en la fotografía, sin duda, era suya; la que su padre le había obsequiado. Sí, la del grabado de un león, traída del medio oriente, con la que despedazó el cuerpo de aquella señorita, en la tarde lluviosa, en Royal Hospital. Su primera víctima. ¿Cómo había llegado esa daga con Ronald Crimson? Se supone que era un adorno, tan sólo un adorno. Se puso a recordar cada episodio que vivió con Grell, su aterrador compañero. ¿Por qué la policía demoró tanto en encontrarla? ¿Y por qué tan sólo con una daga definen los perfiles? Sí, Grell deshacía los cuerpos con esa sierra eléctrica, así era muy difícil determinar a un sospechoso. ¿No? Él le había ayudado a ocultarlo todo. -¿Y qué se supone que haga? ¿Debo culparlo también a él?—Se lamentaba la desventurada escarlata.

No podía conciliar el sueño, a decir verdad, se le había hecho costumbre. Tenía miedo afrontar esa misma escena que la ha acechado desde varios años atrás. La luna siempre le iluminaba el rostro, infiltrándose a la fuerza por una hendidura de su ventana, la que no se atrevía abrir por completo desde ese día. Uno que otro ruido nocturno estrellaba la quietud con la que se acostumbró a despertar. ¿Qué hacía? Era media noche ya. El elocuente Grell no estaba con ella. Ni siquiera fue capaz de imaginar su sonrisa. Las lágrimas parecían escasear, había llorado toda la tarde. –Grell…-Musitó. ¿Debía dejar alguna nota? Es que no había otro camino, la atraparían y la condenarían a muerte, su familia estaría maldita para siempre. Decidió escribirle al más sublime miembro de su linaje, Ciel Phantomhive.