XIX
Los Durless y más allegados, contemplaban con desolación el ataúd en el que reposaba el cuerpo de la hermosa escarlata, Madame Red, en la principal catedral. A primera hora de la mañana, una de sus criadas alertó que era imposible acceder a su alcoba. Más criados y su señora madre, forzaron la puerta. Al abrirla, descubrieron que Angelina se encontraba acostada boca arriba, con los brazos extendidos, sobre su lecho. Tenía enterrado un cuchillo en el estómago. No fue por otra mano, más que de la misma Angelina. Sus ojos yacían abiertos, fijados al techo del dosel. Se le comunicó al conde Phantomhive que su tía decidió poner fin a su vida, y que era evidente su presencia en el cortejo fúnebre. Ahí estaba, en primera fila, velando a los restos de la hermana de su madre, como lo hacían todos los demás. También le acompañaba, la hermosa Lizzy, su futura esposa. Sebastián entró sigiloso y le entregó una carta. –Esto ha llegado mi señor, es para usted. —Le habló al oído. Ciel recibió la misiva, inexpresivo. Desató el pequeño listón y dio lectura:
No tenía a nadie más para dirigirme, ni siquiera pensé en él. Tú eres quien puede entender estas líneas, querido Ciel. He decidido llegar a este punto porque mi orgullo así es. No voy a ceder ante nadie, ni ante ti. Sé que has deducido la verdadera identidad de 'El Destripador', hasta conoces su apellido. Ha jugado ajedrez contigo, y ha bebido de las magníficas infusiones que te prepara tu fiel mayordomo. Los Durless tenemos ese defecto, un orgullo que parece impenetrable. Me disculpo de este modo, pues sé que no nos volveremos a ver, espero que puedas perdonarme, aunque sea con el paso del tiempo. Pero, el amor es tan poderoso, que cuánto más le injuriamos para echarle de nuestras vidas, más se aferra y nos atonta. Así me pasó a mí. Busqué refugio en los brazos de otro. No pude superar la muerte de Barnett, y él me acogió en sus brazos y me volvió a la vida. No pude decirle que no, pues era yo quien más lo deseaba. Le entregué mi cuerpo y mi alma, y juró protegerme luego de esta vida, y sé que así lo hará. Sé que estaremos por siempre juntos, no en el cielo, sino, en medio, donde reinan los seres cómo él. No importa donde sea, pero estando a su lado, soy libre e invencible. Por favor, no reveles a mis padres quién era El destripador, pues tiene dos caras, y no una. No quiero inculparle, es toda mi vida hasta ahora. Sé fiel a tus principios. Hasta pronto.
Angelina.
Concluyó la misiva, tenía su rostro más agobiado. No entendía a quién se refería su difunta tía. No obstante, no había errado en deducir, aquella noche, la última en que se reunió con ella, el verdadero rostro de ese carnicero. Había sellado con éxito su misión. Dobló la carta y la guardó dentro de su gabardina. Sin embargo, al levantar la mirada, se sobresaltó al ver cómo Madame se incorporaba, como si hubiese despertado. La vio de pie, con ese hermoso vestido blanco, tan regocijante. Caminó a su lado, dirigiéndose a la salida del templo. Ciel no dudó en seguirla. -¡Es Madame, ha despertado!—Alertó a los presentes. No reaccionaron a primera instancia, empero, Ciel continuó notificando lo que veía. Los padres de Angelina rompieron en más lágrimas, algunos amigos de ambas familias, se acercaron a Ciel, lo tranquilizaban. -¡Es verdad, ella está viva!—Insistía el jovencito. Lizzy se puso de pie, secando sus lágrimas, y le pidió que se calmara. –Ciel, lo lamento, pero ella se ha ido, ven, siéntate conmigo. —Le rogaba. El conde Phantomhive avivó más la congoja de los presentes. Sin embargo, una fuerte corriente abrió de par en par, las enormes puertas de la catedral, Angelina andaba tan solaz como si fuera una niña. Ciel fue el único que advirtió tal fenómeno. Al fondo, apareció un individuo, de aspecto casi histriónico, con un aire aterrador; de cabellos rojos y largos, y gabardina negra. Extendió sus brazos al ver que Angelina se acercaba a él. Ciel la siguió hasta casi salir del templo. Sintió un escalofrío tan punzante, que le erizó cada poro de la piel. Finalmente, Angelina se balanceó sobre el cuello de ese hombre. Festejaban haberse reunido, con miradas, caricias y un beso. Se tomaron de las manos y avanzaron. Ciel caminó irresoluto, no obstante, guardaba en él algo de coraje. -¡Sebas…!—Intentó ordenarle a su mayordomo, casi descubriéndose el ojo del parche. Pero, se detuvo a secas, Angelina se volvió a verle y se despidió con una sonrisa que nunca le vio en vida. Los observó, a ella y a su amante, hasta que desaparecieron al internarse en el bosque. De algún modo, sintió que un pedazo de su alma se había esfumado. –Ella también hizo un pacto. —Se dijo en voz baja al mirar que su mayordomo, Sebastián, se acercaba a él.
FIN
